Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón del Miércoles de Ceniza

Sermones-Ceriani

MIÉRCOLES DE CENIZA

Empezamos hoy, dice San Bernardo, el santo tiempo de Cuaresma; este tiempo de combates y de victorias para el cristiano, por medio de las armas del ayuno y de la penitencia.

¡Con qué ánimo, con qué confianza, con qué fervor debemos comenzar esta carrera!

Pero, ¡con qué exactitud debemos observar el ayuno prescrito!

Es esta una ley, dice san Bernardo, común a todos los fieles. Habiendo Jesucristo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, ¿se atrevería un cristiano a dispensarse del ayuno de Cuaresma?

San Agustín dice que el ayuno de cuarenta días establecido en la Iglesia está autorizado por el Antiguo y por el Nuevo Testamento; por el Antiguo, puesto que Moisés y Elías han ayunado un número igual de días seguidos; por el Nuevo, puesto que el Evangelio nos hace ver que Jesucristo ayunó otro tanto tiempo; por donde vemos la conformidad del Evangelio con la Ley, figurada por Moisés, y con los Profetas, representados por Elías.

El Salvador santificó por su ayuno de cuarenta días el ayuno solemne de los cristianos; y su ejemplo fue la primera institución de Cuaresma. Su ejemplo fijó el número de días, y el tiempo inmediatamente anterior a la Pascua pareció el más apropiado para que sirviese de preparación a esta gran fiesta.

En efecto, dice san Agustín, no podría elegirse en todo el año un tiempo más conveniente para el ayuno de Cuaresma que el que termina en la Pasión de Jesucristo.

Como las seis semanas de Cuaresma no comprenden más que treinta y seis días de ayuno (porque los Domingos no se ayuna), la Iglesia, siempre conducida por el Espíritu Santo, ha añadido a ellas los cuatro días precedentes, y ha fijado como principio de esta Santa Cuarentena al Miércoles de Ceniza.

Este primer día de la Cuaresma se llama así a causa de la santa ceremonia de imponer la ceniza sobre la cabeza de los fieles.

No sólo en la Nueva Ley, sino también en el Antiguo Testamento, ha sido la ceniza el símbolo de la penitencia, y la señal sensible del dolor y de la aflicción.

Ninguna cosa fue más común entre los penitentes desde los primeros días de la Iglesia, y los Padres y los Concilios antiguos han añadido siempre la ceniza a la penitencia.

Según las antiguas ceremonias, los grandes pecadores se presentaban a la puerta de la iglesia cubiertos de saco, los pies desnudos, y con todas las señales de un corazón contrito y humillado. El Obispo, o el Penitenciario, les imponían una penitencia proporcionada a sus pecados. Después, habiendo recitado los salmos penitenciales, se les imponían las manos, se les rociaba con agua bendita, y se cubría su cabeza con ceniza.

Pero, como todos los hombres son pecadores, dice San Agustín, todos deben ser penitentes; y esto es lo que movió a los fieles a dar en este día una señal pública de penitencia, recibiendo la ceniza sobre su cabeza.

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Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris. Acuérdate, hombre, que eres polvo, y en polvo te convertirás.

Estas son las memorables palabras que dijo Dios al primer hombre después de su desobediencia. Las mismas dirige la Iglesia en particular a cada uno de nosotros, por boca de sus ministros, en la ceremonia de este día.

Palabras de maldición, en el sentido que Dios las pronunció; pero palabras de gracia y de salud, en el fin que se propone la Iglesia cuando nos las dice.

Palabras terribles y fulminantes para el hombre pecador, porque significan el decreto irrevocable de su condenación a muerte; pero palabras misericordiosas y consoladoras para el pecador penitente, porque le enseñan el camino de su conversión por la penitencia.

Los sacerdotes esparcen hoy la ceniza sobre nuestras cabezas para apaciguar la cólera del Señor por este acto de humillación, para atraernos las gracias y los favores de Dios, para excitar en nuestros corazones sentimientos de una verdadera penitencia.

En este espíritu y con esta disposición se debe practicar en este día la ceremonia de la ceniza.

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Esta se hace de la leña de los ramos benditos el Domingo de Ramos precedente.

Basta comprender las oraciones de que la Iglesia se sirve para esta bendición, para comprender con qué espíritu se debe participar de esta saludable ceremonia.

Comienza el sacerdote la bendición de las cenizas por el versículo del Salmo LXVIII:

Escúchanos, Señor, porque tu misericordia es benigna: míranos, Señor, según la muchedumbre de tus misericordias.

El sacerdote bendice las cenizas con cuatro oraciones:

1ª) Omnipotente y sempiterno Dios, perdona a los penitentes, sé propicio con los suplicantes; y dígnate enviar desde el cielo a tu Ángel, el cual bendiga y santifique estas cenizas, para que sean saludable remedio a todos los que imploren humildemente tu santo nombre, a los que se confiesen de sus pecados y a los que lloren sus crímenes delante de tu majestad o invoquen rendida y porfiadamente tu serenísima piedad; y haz que, por la invocación de tu santísimo nombre, todos los que fueren signados con ellas, para redención de sus pecados, alcancen la salud del cuerpo y la tutela del alma.

2ª) Oh Dios, que no deseas la muerte, sino la penitencia de los pecadores: contempla benignísimo la fragilidad de la condición humana; y dígnate, por tu piedad, bendecir estas cenizas, que vamos a imponer sobre nuestras cabezas, para profesar humildad y alcanzar el perdón; a fin de que, puesto que nos reconocemos ceniza y que, por causa de nuestra depravación, nos hemos de convertir en polvo, merezcamos alcanzar misericordiosamente el perdón de todos los pecados y los premios prometidos a los penitentes.

3ª) Oh Dios, que os dejáis rendir por la humillación, y os aplacáis por una satisfacción sincera, dignaos escuchar nuestros ruegos y nuestros votos, y mientras que la cabeza de vuestros siervos está cubierta con la ceniza, derramad vuestra gracia en sus corazones; a fin de que los llenéis del espíritu de compunción, les concedáis el efecto de su justa petición, y que ya no pierdan las gracias que les hubiereis concedido.

4ª) Dios omnipotente y eterno, que os habéis dignado perdonar a los ninivitas, cubiertos de ceniza, y revestidos de saco en señal de su penitencia; concedednos, por vuestra misericordia, la gracia de que imitándoles hoy en las señales de nuestra penitencia, obtengamos como ellos el perdón de nuestros pecados.

La Iglesia termina esta bendición de la ceniza, exhortando a todos los fieles de una manera patética, y en el sentido del Profeta Joel, a que se haga útil y eficaz la ceremonia de la ceniza:

No nos reformemos sólo en lo exterior, por la modestia de los vestidos, en la ceniza, y en el cilicio; ayunemos, y acompañemos nuestros ayunos con lágrimas de contrición, que debemos derramar delante del Señor; porque nuestro Dios está lleno de bondad y de misericordia, y siempre pronto a perdonarnos nuestros pecados; corrijamos las faltas que hemos cometido o por flaqueza, o por ignorancia, o por malicia; y no difiramos el hacerlo, no sea que sorprendidos por la muerte no tengamos tiempo para convertimos.

Cuando se acerque el sacerdote a señalarnos con el sello de la penitencia, aceptemos sumisos la sentencia de muerte que Dios mismo pronunciará sobre nosotros al decirnos: “Acuérdate, hombre, que eres polvo y en polvo te volverás.” Humillémonos y recordemos que por haber querido ser como dioses, prefiriendo nuestro capricho al querer de nuestro Señor, hemos sido condenados a morir. Pensemos en la inacabable secuela de pecados que añadimos al de Adán, y admiremos la clemencia de Dios que se contentará con una sola muerte por tantas rebeldías.

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La Epístola de la Misa de este día está tomada del Profeta Joel. Nada podía convenir mejor al espíritu y a la celebridad de este día:

Ahora, pues, dice el Señor, convertíos a Mí de todo vuestro corazón; con ayuno, con llanto y plañido. Rasgad vuestros corazones, y no vuestros vestidos, y volveos al Señor, vuestro Dios; porque Él es benigno y misericordioso, tardo para airarse y de mucha clemencia, y le duele el mal. ¿Quién sabe si volviéndose no se arrepentirá, y os dejará gozar de la bendición, ofrenda y libación para el Señor, vuestro Dios? Tocad la trompeta en Sion, promulgad un ayuno, convocad una solemne asamblea. Congregad al pueblo, convocad a junta; reunid a los ancianos, juntad a los párvulos y los niños de pecho; salga de su cámara el joven esposo, y de su tálamo la esposa. Entre el pórtico y el altar lloren los sacerdotes, ministros del Señor, y digan: ¡Apiádate, Señor, de tu pueblo, y no abandones al oprobio la herencia tuya, entregándolos al dominio de los gentiles! ¿Por qué ha de decirse entre las naciones: Dónde está su Dios? Mas el Señor, ardiendo en celos por su tierra, se ha compadecido de su pueblo; y respondiendo dice el Señor a su pueblo: Mirad, Yo os enviaré trigo, vino y aceite, y os saciaréis con ello; y no os haré ya más objeto de oprobio entre las naciones.

Los azotes con que Dios castigaba los pecados de su pueblo le ofrecen una buena ocasión al Profeta para estimularle a que procure apaciguar la cólera de Dios por medio del ayuno y de la penitencia, prediciéndole que el Señor, movido por la humillación, por la maceración del cuerpo y la oración, derramará sus bendiciones sobre los corazones contritos y humillados, y colmará de bienes las almas verdaderamente penitentes.

El estilo del Profeta Joel es pomposo, magnifico, vehemente, expresivo, figurado y, al mismo tiempo, vivo, interesante y patético.

Sus pinturas son vivas. Pinta las cosas de modo que parece que se ven. Romped vuestros corazones y no vuestros vestidos, y convertíos al Señor vuestro Dios, porque es bueno y compasivo, paciente y rico en misericordia, y todavía más misericordioso que nosotros, perversos.

Era entonces una costumbre muy ordinaria el desgarrar los vestidos en el luto y en el transporte del dolor. Innumerables son los ejemplos que presenta la Sagrada Escritura; pero Dios no se contenta con estas señales equívocas de conversión, de dolor y de arrepentimiento; quiere una conversión sincera, un dolor interior, un corazón contrito y despedazado de dolor; quiere la conversión del corazón, la reforma de las costumbres; pide frutos dignos de penitencia.

El Profeta designa a la vez tres disposiciones con que debemos hacer la penitencia; la confianza en la bondad de Dios, la contrición de nuestros pecados, y la desconfianza de nuestros propios méritos.

El Profeta exhorta a los jefes de la nación a que reúnan el pueblo, y en esta reunión general ordenen un ayuno solemne, y estimulen a todos, y en particular a los ministros del Señor, a apaciguar la cólera de Dios con sus lágrimas y su penitencia.

Derramen lágrimas, dice, los sacerdotes postrados entre el vestíbulo y el altar, y exclamen: Perdonad, Señor, perdonad a vuestro pueblo, y no permitáis que vuestra heredad caiga en el oprobio, y que sea dominado por las naciones.

Apenas el Profeta ha exhortado a todos sus hermanos a la penitencia, cuando les predice que el Señor se dejará ablandar de sus clamores; y a este perdón se seguirá todo género de prosperidades, y de una bendición abundante.

Tanta verdad es que la penitencia desarma a Dios, por más irritado que esté, y trae la calma y la prosperidad.

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Convertíos a mí de todo vuestro corazón. Dios mismo es el que nos invita, el que nos urge, el que nos manda que nos convirtamos a Él de todo nuestro corazón. Después de esto, ¿a qué pecador puede faltarle la confianza?, pero, al mismo tiempo, ¿quién puede diferir el convertirse?

La dilación de la conversión es el camino casi cierto de la impenitencia final. El que vive con un deseo ineficaz de convertirse, por lo común muere impenitente.

Dios es misericordioso, es verdad; más aún, es todo misericordia; pero no es menos justo.

El pecador no debe jamás desesperar de su salvación; aun cuando no le quedase más que un soplo de vida, debe reanimar toda su confianza en un Salvador que ha hecho tan grandes gastos, y que ha muerto por todos los pecadores; pero un pecador que es insensible a tan amorosas solicitaciones de la gracia, y que se endurece voluntariamente contra toda moción del Espíritu Santo, tiene mucho que temer…

Convertíos a mí de todo vuestro corazón… Quien dice de todo vuestro corazón, pide una conversión entera, perfecta, sin división. No hay conversión verdadera si no es de todo corazón.

Si queda todavía alguna pasión dominante que sujetar, alguna afición favorita que vencer, alguna injuria que perdonar, alguna frialdad que extinguir, algún lazo que romper, la conversión no es entera; no hay conversión de todo corazón, cuando hay alguna reserva en la conversión.

¡Qué de conversiones ambiguas, imperfectas, defectuosas! ¡Cuán pocos se convierten a Dios de todo su corazón!

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Consideremos, pues, que la ceremonia de imponer hoy la ceniza sobre nuestra cabeza no es una ceremonia puramente exterior. Es una práctica religiosa que, recordándonos el formidable decreto pronunciado contra nosotros por el soberano Juez, es también el símbolo de la penitencia y de nuestra mortalidad.

¿Qué hacemos, pues, hoy cuando imponemos la ceniza sobre nuestra cabeza? Hacemos lo que en la ley de gracia nos ha dicho Jesucristo que habrían hecho Tiro y Sidón, si hubiese obrado a su vista los mismos prodigios que había obrado en Corozain y en Bethsaida.

Hacemos lo que tantos Santos han hecho. Las palabras que el sacerdote, con la ceniza en la mano, pronuncia hoy sobre el hombre postrado a sus pies, son los mismos términos del decreto pronunciado contra el primer hombre en castigo de su pecado.

El designio de la Iglesia, imponiéndonos la ceniza en la frente, es excitarnos a la penitencia y al desprecio de nosotros mismos, a la vista de este débil resto en que vienen a parar todos los bienes, los placeres, los honores de esta vida, y a que nosotros mismos hemos de quedar reducidos en la muerte.

Las oraciones que hace la Iglesia sobre estas cenizas, al bendecirlas, dan una virtud secreta a esta religiosa ceremonia, que no deja de inspirar la compunción, y de atraer la gracia de la penitencia a todos los que reciben esta ceniza sobre su cabeza con disposiciones santas en el corazón.

Se trata de un Sacramental. Proporciona la gracia en la medida de las disposiciones del que lo recibe. Debe producir desprendimiento, disgusto de los bienes creados, indiferencia por las dignidades más brillantes…

Se puede ver en este puñado de ceniza, la imagen verdadera de lo que llegaremos a ser un día; no se puede oír este decreto, este oráculo terrible, cuyas amenazas verificaremos nosotros muy pronto, sin que nuestro orgullo quede humillado, sin que nuestra molicie sea confundida, sin que queden confundidos nuestros ambiciosos proyectos, sin que nos llenemos de vergüenza, y tengamos un verdadero sentimiento de haber hecho tanto caso de las engañosas conveniencias de esta vida…

¡Qué remedio tan saludable son estas cenizas esparcidas sobre la hinchazón del corazón humano! ¡Qué apropiadas son para abrir los ojos sobre el falso resplandor de mil objetos seductivos y para suavizar las más amargas adversidades de esta vida!

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Como la ceremonia de la ceniza es una práctica de Religión, debemos realizarla con todas las disposiciones y con el espíritu que pide una ceremonia tan santa.

Una de las astucias más perniciosas del demonio, es el hacemos mirar las ceremonias más santas de la Religión como costumbres indiferentes.

Es inútil que se esparza la ceniza en la cabeza, si reina el orgullo en el corazón. Dios mira con horror toda afectación. Si el alma no está contrita y penetrada de la idea de su nada, toda esta humillación exterior no pasa de una ficción.

Hemos de guardarnos bien de llevar la irreverencia y la indevoción hasta en los ejercicios más humillantes de la Religión.

Hay que presentarse a recibir la ceniza en la frente con un corazón contrito y humillado; en satisfacción de nuestros pecados, y como una pena que hemos merecido justamente.

No perdamos de vista la muerte, cuyo símbolo más natural es la ceniza. Este pensamiento persuade fácilmente la penitencia y endulza su rigor.

Comencemos la Santa Cuaresma con espíritu de penitencia. ¡Qué consuelo tendremos de haberla observado cristianamente, si debiese ser la última para nosotros!

Unamos nuestro ayuno al de Jesucristo, para hacerlo por este medio más meritorio.

Acompañemos y animemos esta Cuaresma con espíritu cristiano; y en todo lo que hagamos digámonos a nosotros mismos: Acuérdate que no eres más que polvo, y que serás reducido al polvo dentro de pocos días.