MEDITACIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE CENIZA

Cenizas

Jesucristo enseña a hacer bien los ayunos (S. Mat. 6, 16-18)

Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que fingen un rostro escuálido para que las gentes noten que ellos ayunan; en verdad, os digo, ya tienen su paga. Mas tú, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, a fin de que tu ayuno sea visto, no de las gentes, sino de tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará.

Considera, que después de haber enseñado Cristo a orar, trata luego del ayuno, en que, según la común doctrina de los Santos Padres y Teólogos, se comprehende todo género de maceración y aflicción del cuerpo, para que entiendas, que la oración debe ir acompañada del ayuno y mortificación del cuerpo; lo que mucho antes había dicho San Rafael a Tobías: Buena es la oración con el ayuno.

Que es la causa, que son ya muchos años que tratas de Oración, y todos los días, y siempre has anhelado a las virtudes interiores y substanciales, y al verdadero espíritu; y, sin embargo, te hallas a cabo de tantos años con tu natural vivo, poco medrado en estas virtudes, y poco espiritual.

¿Sabes por qué? Porque hasta ahora no has juntado tu oración con el ayuno. Has huido, cuanto ha sido en tu mano, de toda incomodidad en tu comida, bebida, vestidos, aposento, y estaciones del tiempo. Has en todo esto solicitado tus comodidades, gustillos, y sainetes.

¿Pues qué gran fruto podía salir de tu orar? Acuérdate, que está escrito en Job, que la sabiduría de los Santos no se halla en la tierra de los que viven suavemente, esto es, a su gusto.

Dirige pues la fuerza de tu oración a esta mortificación del cuerpo; y escondiéndola de los ojos de los hombres, conforme al consejo de Cristo, quedará grata a los de Dios, quien te la remunerará con muchos dones espirituales.

No queráis atesorar para vosotros en la tierra.

Considera que siendo tu creado para conocer, amar, y servir a Dios en este mundo y después gozarle en el Cielo, te da Cristo este saludable aviso, para que no te distraiga de tan alto e importante fin el afecto a los haberes terrenos: Lo que no sólo, te dice Kempis, entiendas de la moneda y riquezas, más aún de la ambición de honra y deseo de vana alabanza, todas las cuales cosas pasan con el mundo.

Buen medio te ofrece hoy nuestra Santa Madre la Iglesia, con la ceremonia de poner en tu cabeza la ceniza bendita, diciéndote: Acuérdate, hombre, que eres polvo, y en polvo te convertirás. Hoy recibirás la ceniza, y quizá al otro año en este día ya estarás resuelto en polvo; y si no es el próximo, otro año no puede tardar.

Dime, lo que allegaste de riquezas, honras, y alabanzas, ¿de quién será? Cierto, que no será tuyo en muriendo, y sólo lo será, y mucha cosa tuya, lo mal obrado con estas vanidades.

Aprecia pues al Cielo, y lo que te lleva allá; deprecia a este mundo, siguiendo el consejo del Apóstol San Pedro, que dice: Carísimos, os ruego, que como extranjeros y peregrinos os abstengáis de los deseos carnales, que militan contra el alma.

Atesorad para vosotros tesoros en el Cielo.

Considera que Cristo, compadecido de la ceguedad de los mortales, que tan poco aprecio hacen de los bienes espirituales, que son el tesoro que se ha de disfrutar en el Cielo, los excita con estas palabras a emplear toda su aplicación a recoger y colmar este tesoro.

Procura en no ser del número infinito de los necios, que tan poco caso hacen de este aviso de Cristo. Míralo como aviso de quien no puede errar, y te ama con amor infinito; y esto te obligue a no entender en otra cosa que a agradar a Dios y crecer en espiritualidad, en todos tus pensamientos, palabras y obras.

Reconoce los impedimentos de tu aprovechamiento espiritual en tus sentidos, en tus empleos, en la comunicación con los próximos, y en el gasto del tiempo, y aplícate a vencerlos con fortaleza.

Pon en medio de tu corazón aquella sentencia de Kempis: Vanidad de vanidades, y todas las cosas son vanidad, fuera de amar a Dios, y servir a Él solo.