SAN AGUSTÍN- SERMONES

La penitencia

augustinus

Los hombres que no se olvidan de lo que son comprenden fácilmente cuan útil y necesaria es la medicina de la penitencia. Está escrito: Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. También el Señor dice en el Evangelio: Porque el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado. Además, el publicano aquel, atento a la confesión de sus pecados, salió del templo más justificado que el fariseo, confiado en el recuento de sus méritos. Aunque también él diera gracias a Dios, diciendo: Te doy gracias, ¡oh Dios!, porque no soy como los demás hombres: injustos, adúlteros, ladrones; como ese publicano. Ayuno dos veces en el sábado y pago los décimos de cuanto poseo, le tomó la delantera aquel que estaba lejos, de pie, sin atreverse a levantar sus ojos al cielo, y golpeaba su pecho, diciendo: «Señor, séme propicio a mí, pecador».

Aquel fariseo no hallaba tanto gozo en su salud como en el compararla con las enfermedades ajenas. Dado que había venido al médico, le hubiera sido más útil mostrar, confesándolos, los males que le tenían enfermo que ocultar sus heridas y osar gloriarse frente a las cicatrices ajenas. No es, pues, extraño que saliera más curado el publicano, que no tuvo reparos en mostrar lo que le dolía. En las cosas visibles, para alcanzar lo que está en lo alto hay que erguirse; a Dios, sin embargo, aunque es lo más alto de todo, se le alcanza no ensalzándose, sino humillándose. Por eso dice el profeta: El Señor está cerca de los de corazón contrito. Y también: El Señor es excelso y pone su mirada en las cosas humildes; las elevadas las conoce de lejos. Las cosas elevadas están puestas aquí para indicar a los soberbios. Pone su mirada en aquéllas para levantarlas; a éstas las conoce para abatirlas.

Al decir que las cosas elevadas las conoce desde lejos, mostró con suficiencia que a las humildes las mira de cerca, a pesar de haber dicho antes que el Señor es excelso. Solamente Dios no peca de arrogancia por mucho que se alabe. No piense la soberbia que se oculta a los ojos de Dios, pues Dios conoce las cosas elevadas. Ni se considere tampoco unida a Dios, pues las cosas elevadas las conoce de lejos. Por tanto, quien rehusa la humildad de la penitencia no piensa en acercarse a Dios.

En efecto, una cosa es elevarse hacia Dios y otra elevarse contra él. A quien se postra ante él, lo levanta; a quien se levanta contra él, lo derriba. Una cosa es la solidez que proviene de la magnitud y otra la vaciedad de la inflación. Quien externamente está hinchado, dentro está podrido. A quien elige ser despreciado en la casa de Dios antes que habitar en la tienda de los pecadores, Dios lo elige para que more en sus atrios y acoge en el trono de la bienaventuranza a quien nada tomó para sí. Razón por la cual se canta en el salmo con suavidad y verdad: Dichoso el varón a quien tú acoges, Señor. No pienses que permanecerá siempre postrado el que se humilla, dado que se ha dicho: Será exaltado. Mas para que no pienses que su exaltación se efectuará ante los ojos de los hombres por medios corporales, después de haber dicho: Dichoso el varón a quien tú acoges, Señor, a continuación añadió algo todavía, mostrando que es espiritual la exaltación que conlleva esta acogida: Dispuso, dijo, en su corazón, en el valle del llanto, peldaños hacia el lugar que le ha dispuesto. ¿Dónde, pues, dispuso los peldaños? En el corazón, es decir, en el valle del llanto. Es lo que significa: El que se humilla será exaltado. Como los peldaños aluden a una exaltación, así el valle a la humillación y al llanto. 

Como el dolor es el acompañamiento de la penitencia, así las lágrimas son testigo del dolor. Muy acertadamente dice luego: He aquí que dará la bendición quien dio la ley. La ley fue dada para que manifestara las heridas de los pecados que iba a sanar la bendición de la gracia. La ley fue dada para descubrir al soberbio su manifiesta debilidad, para persuadir la penitencia al débil2. La ley fue dada para que digamos en este valle de llanto: Veo otra ley en mis miembros que se opone a la ley de mi mente y me tiene cautivo en la ley del pecado que reside en mis miembros, y mientras lloramos, clamemos: ¡Infeliz de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?, y nos socorra al oírnos quien levanta a los caídos, da libertad a los presos e ilumina a los ciegos, la gracia de Dios por Jesucristo nuestro Señor.

Tres son los actos penitenciales que vuestra erudición reconoce conmigo. Son habituales en la Iglesia de Dios y conocidos de los que miran atentamente. El primero es aquel que engendra al hombre nuevo hasta que el bautismo salvador produzca el lavado de todos los pecados pasados; de forma que, como si ya hubiera nacido el niño, desaparezcan los dolores que presionaban a las visceras para que se produjese el parto, y a la tristeza suceda la alegría. En efecto, todo el que se ha constituido ya en arbitro de su voluntad no puede iniciar una nueva vida, al acercarse al sacramento de los fieles, si no se arrepiente de su vida pasada. De esta penitencia contemporánea al bautismo sólo se hallan libres los niños pequeños, pues aún no pueden hacer uso de su libre voluntad. A los cuales, sin embargo, les aprovecha la fe de quienes los presentan, en orden a su consagración y remisión del pecado original. De esta forma, cualquier mancha delictiva que hayan contraído por medio de sus padres es lavada mediante las preguntas y respuestas de otros.Con mucha verdad se llora en el salmo: He aquí que he sido concebido en la iniquidad y en pecado me alimentó mi madre en su seno. También está escrito que ni siquiera el niño que lleva un día de vida sobre la tierra está limpio en la presencia de Dios.

Exceptuados ellos, sobre cuyo rango y méritos en la suerte futura de los santos que se nos ha prometido es inútil querer hacer averiguaciones, pues supera la medida humana, aunque es piadoso creer que les aprovecha para su salud espiritual lo que la autoridad de la Iglesia custodia con tanta firmeza en todo el orbe de la tierra; exceptuados ellos, repito, ningún otro hombre pasa a Cristo, para comenzar a ser lo que no era, si no se arrepiente de haber sido lo que fue. Esta primera penitencia es la que el apóstol Pedro ordena a los judíos al decirles: Haced penitencia y que cada uno de vosotros se bautice en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Es ésa también la que ordenó el mismo Señor al decir: Haced penitencia, pues se ha acercado el reino de los cielos. De ella dijo también Juan el bautista, lleno del Espíritu Santo; el precursor que preparaba el camino al Señor: Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira que ha de llegar? Haced, pues, frutos dignos de penitencia. 

La otra penitencia, cuyo ejercicio dura toda la vida que pasamos en esta carne mortal, ha de someterse a la humildad permanente de la súplica. En primer lugar, porque nadie desea la vida eterna, incorruptible e inmortal, si no le apena esta vida temporal, corruptible y mortal. En efecto, nadie nace a la vida nueva por la santificación del bautismo y depone en él todos los pecados pasados de modo que deponga, al mismo tiempo, la mortalidad y corrupción de la carne. Si esto no se da, queda en pie lo que está escrito, y que cada cual siente aún en sí mismo mientras se encuentra en esta vida: El cuerpo corruptible apega el alma y la morada terrena oprime a la mente, dispersa en muchos pensamientos.

Dado que no existirá entonces en aquella bienaventuranza, cuando la muerte sea absorbida en la victoria, ¿quién duda de que, cualquiera que sea la felicidad en que vivamos, debemos, no obstante, sentir dolor por esta vida, para correr con toda avidez hacia aquella incorrupción? A eso se refiere lo que dice también el Apóstol: Mientras estamos en este cuerpo somos peregrinos lejos del Señor, pues caminamos en la fe, no en la visión. ¿Quién sino el que se lamenta de ser peregrino se apresura y desea llegar a la patria y participar de aquella visión que es cara a cara? De ese dolor penitencial surge y resuena también aquella voz de un desdichado: ¡Ay de mí! Mi peregrinación se ha hecho larga. Y para que no pienses que eso lo dice quien aún no es creyente, fíjate en lo que sigue: Habité en las tiendas de Ce dar; era pacífico con quienes odian la paz; cuando hablaba con ellos me atacaban mucho. No sólo son palabras de un hombre creyente, sino también de un evangelizador firmísimo y de un mártir valerosísimo. De ahí proceden también estas palabras del Apóstol: Pues sabemos que, aunque nuestra casa terrena en esta morada se derrumbe, tenemos otro edificio, don de Dios, una casa eterna en los cielos; no hecha por mano de hombres. He aquí que vivimos entre gemidos, deseando ser revestidos con nuestra habitación procedente del cielo, en el caso de ser hallados vestidos y no desnudos. En efecto, quienes estamos en esta morada gemimos bajo el peso de aquello de que no queremos ser despojados, sino ser revestidos, de modo que lo mortal sea absorbido por la vida. ¿Qué deseamos, pues, sino el dejar de ser como ahora somos? ¿Por qué gemimos sino porque nos duele ser como somos? Pero ¿cuándo dejaremos de ser así sino una vez que se haya derrumbado la casa terrena y nos caiga en suerte la habitación celestial mediante la transformación de todo el hombre, alma y cuerpo? Por eso hasta el santo Job no dijo que hubiera tentaciones en esta vida, sino que la vida misma es una tentación, con estas palabras: ¿Acaso no es una tentación la vida del hombre sobre la tierra? En ese mismo lugar tocó también de modo maravilloso el misterio del hombre caído al decir: Como siervo que huye de su señor y que ha conseguido una sombra. A esta vida no hay que llamarla tanto vida como sombra de vida. No sin motivo, Adán, huyendo después del pecado, se escondió de la presencia del Señor, ocultándose entre las hojas de los árboles, que formaban una espesa sombra, como quien huye de su señor, según está escrito: y ha conseguido una sombra. 

He dicho todo lo anterior para que nadie, aunque haya sido justificado de todos sus pecados anteriores por medio del bautismo, se atreva a enorgullecerse, ni cometa ninguno otro que le aleje de la comunión del altar, ni se jacte como si ya hubiera alcanzado la plena seguridad, sino que conserve la humildad, que es casi la única disciplina cristiana; ni se ensoberbezca quien es tierra y ceniza hasta que no pase toda esta noche, en la que se pasean todas las bestias del bosque, rugiendo los cachorros del león pidiéndole a Dios su alimento. A este mismo alimento se dirigió el mismo Job, que dijo: ha vida del hombre sobre la tierra es una tentación. Y también el Señor: En esta noche, dijo, Satanás ha pedido trituraros como trigo. ¿Qué hombre con la mente sana no gemirá? ¿Quién, por la penitencia, no sentirá desagrado de ser así? ¿Quién que no ore con toda humildad se presentará como digno de ser escuchado por el auxilio divino hasta que no pase toda esta ocasión de tentaciones y sombra terrena; hasta que no brille para nosotros, ilumine lo escondido de las tinieblas y revele los pensamientos del corazón el día sempiterno que nunca se pone, cuando cada uno recibirá su alabanza de parte de Dios? Además, aunque cada uno se gloríe de tener el cuerpo tan domado que esté crucificado para el mundo de toda obra mala y castigue sus miembros reducidos a servidumbre, de forma que el pecado ya no reine en su cuerpo mortal para obedecer a sus deseos, rinda culto al único Dios verdadero, sin entregarse a ningún rito idolátrico, sin verse envuelto en las redes de los sacrificios de los demonios, sin tomar en vano el nombre del Señor su Dios, esperando confiado el descanso eterno, otorgando a sus padres el honor debido, no ensangrentado con homicidios ni entorpecido con la fornicación, ni hecho fraudulento por el robo, ni doble por la mentira, ni manchado por el deseo de los bienes o mujer ajena; no despilfarre sus bienes ni se entregue al derroche; no se deje secar por la avaricia, no sea contencioso, insultante ni maldiciente; por último, venda sus cosas, dé lo recabado a los pobres, siga a Cristo y hunda las raíces de su corazón en el tesoro celeste —¿qué parece que pueda añadirse aún a justicia tan plena?—; con todo, no deseo que se gloríe. Comprenda que todo ello le ha sido dado, que no procede de él. Pues ¿qué tiene que no haya recibido? Y si lo ha recibido, ¿por qué se gloría como si no lo hubiera recibido? Dé, pues, el dinero del Señor; mire por el prójimo, de modo idéntico a como experimenta que han mirado por él mismo. No piense que basta con conservar íntegro lo que recibió, no sea que le digan: Siervo malvado y perezoso, debías haber entregado mi dinero, para que yo, al volver, lo recobrara con los intereses; no sea que se le quite lo que había recibido y sea arrojado a las tinieblas exteriores. Si los que pueden conservar íntegro todo lo que se les ha dado deben temer pena tan dura, ¿qué esperanza les queda a quienes lo malgastan de forma impía y pecaminosa? Ese tal, en medio de las cosas del mundo, se aplicará a adquirir bienes, no carnales, sino espirituales; sin sentirse atado por negocios seculares, pero, dado que milita al servicio de Dios, sin verse entorpecido ni envilecido por la ociosidad y desidia. Si tiene posibilidad, dé sus limosnas con alegría, tanto si ofrece algo para las necesidades corporales de los pobres como si, en cuanto dispensador del pan celeste, levanta campamentos inexpugnables en los corazones de los fieles contra el diablo. Pues Dios ama al que da con alegría. No lo quiebre el tedio en las dificultades que necesariamente han de existir, para recordar al hombre que es hombre. No se deslice la ira contra quien le ataca con odio o quien, forzado por la necesidad, le pide a destiempo; o quien sin consideración te suplica que le ayudes en un asunto suyo, cuando tú estas ocupado en otro más importante; o quien resiste con su palabra a la justicia evidente, ya por ciega ambición, ya por indolencia lamentable. No dé ni más ni menos de lo que conviene; no hable más de lo preciso ni cuando no es necesario. Pues preciosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian el bien. Con todo, de la tierra seca acumulan polvo, que ciertamente será sacudido para condenación de aquellos que con perversa voluntad desprecian lo que se les ha mostrado. Nuestra penitencia debe ser diaria no sólo a causa de la mortalidad e ignorancia de esta vida y por la malicia de cada día, que ojalá bastara, según está escrito de ella: he basta a cada día su malicia; malicia que se nos manda soportar y aguantar hasta que pase y soportar al Señor obrando varonilmente para dar fruto con nuestra tolerancia; hemos de hacer penitencia también a causa del polvo mismo de este mundo, que se adhiere a los pies que van por los caminos mirando por los demás, y las pérdidas que ocasiona incluso la acción ministerial, que tanto tiempo ocupa; pérdidas que el Señor tenga a bien compensar con ganancias mayores.

Y si esto deben hacer los dispensadores de la palabra de Dios y ministros de sus sacramentos, ¡cuánto más la restante multitud tributaria y cierta provincia del gran rey! Para no ofenderla ni siquiera con la falsa sospecha de avaricia, el apóstol Pablo, soldado fidelísimo y valerosísimo, militó a sus propias expensas, y cuando le faltó quizá lo necesario, dijo: Despojé a otras iglesias, recibiendo de ellas mi salario para serviros a vosotros. ¡Cuánto más deben hacer penitencia los provinciales (laicos) de la Iglesia, envueltos en negocios mundanos! Aunque se hallen inmunes de robos, de rapiñas, de fraudes, de adulterios y fornicaciones y toda clase de lujuria, del odio cruel y de la enemistad pertinaz, de la fealdad de cualquier idolatría, de la vanidad de los espectáculos, de la impía vanidad herética o cismática y de todos los crímenes y torpezas del mismo estilo, deben ser puros e íntegros; sin embargo, debido a la administración de los asuntos familiares y de los lazos tan estrechos del matrimonio, pecan tanto que parecen no ya rociados del polvo de este mundo, sino cubiertos de fango. Esto es lo que les dice el Apóstol: Ciertamente, ya es un delito el que andéis de tribunal en tribunal. ¿Por qué no preferís sufrir la iniquidad? ¿Por qué no el ser defraudados? En efecto, es cosa execrable lo que añadió en atención a algunos: Pero vosotros obráis la iniquidad y defraudáis, ¡y a hermanos! Prescindiendo de la iniquidad y el fraude, afirmó que era un delito el mismo hecho de andar en tribunales y litigios sobre asuntos temporales; lo cual sería llevadero, advierte, si tales litigios se fallasen en tribunal de la Iglesia. A esto se refieren también las palabras: Quien no tiene mujer, piensa en las cosas de Dios, en cómo agradar a Dios; quien, en cambio, está unido en matrimonio piensa en las cosas del mundo, en cómo agradar a su mujer. Y lo mismo dice de la mujer. También aquello otro: Y de nuevo volved a lo mismo, para que no os tiente Satanás por vuestra incontinencia. Para mostrar que eso era pecado, aunque se tratase de una concesión a la debilidad, añadió en seguida: Mas esto lo digo como concesión, no mandándolo. Sólo con la finalidad de la procreación carece de toda culpa la unión de uno y otro sexo3. ¡Cuan numerosos son los restantes pecados, tanto en el hablar de cosas o asuntos ajenos, que no te conciernen, como en las carcajadas vanas, según está escrito: El necio, al reírse, levanta su voz; el sabio, en cambio, reirá calladamente; o en los mismos alimentos, dispuestos como sustento necesario para la vida, cuando el apetito se revela ávido y sin moderación, excediéndose con frecuencia en la medida, que repercutirá en la indisgestión del día siguiente; o en los deseos perversos de vender caro y comprar barato! Causa reparo el enumerar todo lo que cada uno advierte y reprende en sí mismo con mayor acierto con sólo mirar atentamente el espejo de las Sagradas Escrituras. Aunque la herida de cada uno de esos pecados no se sienta como mortal, como en el caso del homicidio y del adulterio y otras cosas de la misma índole, sin embargo, todos juntos, como la sarna, al ser muchos, causan la muerte, o bien echan a perder nuestra belleza, de tal manera que nos separan de los castísimos abrazos de aquel esposo, el más hermoso de los hijos de los hombres, de no ser sajados con la medicina de la penitencia diaria. 

Si lo dicho es falso, ¿por qué nos golpeamos a diario el pecho? También nosotros los obispos lo hacemos como los demás al acercarnos al altar. Por eso decimos también al orar lo que nos conviene decir en toda la vida: Perdónanos nuestras deudas, así como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. No pedimos que se nos perdonen los pecados que creemos se nos han perdonado ya en el bautismo, pues de lo contrario dudaríamos de la fe; nuestra súplica se refiere a los pecados cotidianos, por los que cada uno no cesa de ofrecer también, según sus fuerzas, el sacrificio de la limosna, del ayuno y de las mismas oraciones y súplicas. Así, pues, quien se examina diligentemente y no se engaña con ningún tipo de adulación, comprende suficientemente entre cuántos peligros de muerte eterna y con cuánta escasez de la justicia perfecta se efectúa la peregrinación lejos del Señor, aunque, encontrándose ya en Cristo, es decir, en el camino, intente regresar. En efecto, si no tenemos pecados y, golpeándonos el pecho, decimos: Perdónanos nuestras deudas, nadie duda de que por este mismo hecho pecamos gravemente, por mentir aun en medio de los misterios sagrados. Por lo cual, en la medida en que nos unimos a nuestro Dios mediante la fe, la esperanza y el amor y, en la medida en que nos es posible, le imitamos, no pecamos, sino que somos hijos de Dios; mas en la medida en que, a causa de la debilidad de la carne, aún no suprimida por la muerte, surgen inesperadamente movimientos reprensibles y reprobables, pecamos. Esto nos conviene confesarlo, no sea que por dureza de cerviz merezcamos no la sanación de nuestro mal, sino la condenación de la soberbia. Justamente están escritas las dos cosas: Quien ha nacido de Dios no peca; y lo que leemos en la misma carta de Juan: Si dijéramos que no tenemos pecado en nosotros, nos engañaríamos a nosotros mismos y la verdad no habita en nosotros. Lo primero se dijo de las primicias del hombre nuevo; lo segundo, de los restos del hombre viejo, pues una y otra cosa llevamos en esta vida. Mas poco a poco va creciendo la novedad y, cediendo la vetustez, gradualmente ocupa su puesto. Mientras ambas cosas tienen lugar, nos hallamos en el estadio, y no sólo asestamos golpes al enemigo con nuestras buenas obras, sino que también los encajamos al no ser cautos en evitar los pecados. Ahora no se mira a quién de nosotros vence, sino a quién hiere más frecuentemente y a quién combate con más valor, hasta que el que, después de haber caído sintió envidia del hombre, que se mantenía firme, arrastre consigo a unos a la muerte eterna y, al final, otros, los triunfadores, digan: ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu contienda? ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu aguijón? Nunca el enemigo nos derriba más fácilmente que cuando le imitamos en la soberbia, ni le infligimos dolores más intensos que cuando sanamos las heridas de nuestros pecados mediante la confesión y la penitencia. 

El tercer acto de penitencia es el que hay que sufrir por aquellos pecados contrarios al decálogo de la ley, y de los que dice el Apóstol: Quienes tales obras hacen no poseerán el reino de los cielos. En esta penitencia, cada cual ha de mostrar una mayor severidad consigo mismo, para que, convirtiéndose en propio juez, no sea juzgado por el Señor, según dijo el mismo Apóstol: Si nos juzgáramos a nosotros mismos, no seríamos juzgados por el Señor. Suba, pues, el hombre al tribunal de su mente contra sí mismo si teme aquello: Conviene que comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que allí cada cual reciba según las obras realizadas mediante el cuerpo, buenas o malas. Comparezca ante sí mismo para que no le acontezca luego lo dicho. Dios, en efecto, amenaza al pecador, diciéndole: Yo te acusaré y te pondré ante tus mismos ojos. Así, constituido el corazón en tribunal, preséntese el pensamiento como acusador; la conciencia, como testigo, y el temor, como verdugo. Corra de allí, por las lágrimas, como la sangre del alma que se confiesa. Finalmente, profiera la mente misma una sentencia tal que el hombre se considere indigno de participar al cuerpo y sangre del Señor. Así, quien teme que la sentencia definitiva del supremo juez le aparte del reino de los cielos, sea separado por algún tiempo del sacramento de la paz celeste mediante la disciplina eclesiástica. Representad ante vuestros ojos la imagen del juicio futuro; de esa manera, cuando otros se acerquen al altar de Dios al que él no se acerca, piense cuánto ha de temerse tal pena, por la que, mientras unos reciben la vida eterna, otros son precipitados a la muerte eterna. A este altar que ahora aparece colocado en la iglesia sobre la tierra, expuesto a los ojos terrenos, para celebrar los divinos misterios, pueden acceder incluso muchos criminales, puesto que Dios ejercita en este tiempo su paciencia, para aplicar en el futuro su severidad. Acceden también los ignorantes, puesto que la paciencia de Dios los conduce a la penitencia. Aquéllos, en cambio, en la medida de la dureza de su corazón y de su impenitencia, atesoran ira para el día de la ira y de la revelación de justo juicio de Dios, que pagará a cada uno según sus obras. Pero a aquel altar al que por nosotros subió Jesús como precursor, adonde nos precedió como cabeza de la Iglesia y al que han de seguirle sus miembros, no podrá tener acceso ninguno de aquellos de quienes, como ya recordé, dijo el Apóstol: Porque quienes tales obras hacen no poseerán el reino de Dios. Allí sólo asistirá el sacerdote; pero el sacerdote en su plenitud, es decir, con el cuerpo, del que la cabeza, él, ya ha subido a los cielos. El es de quien dijo el apóstol Pedro: Pueblo santo, sacerdocio real. ¿Cómo se atreverá o podrá entrar en el interior del velo o en aquel invisible santo de los santos quien despreció la medicina de la disciplina celeste y no quiso separarse poco a poco de las cosas visibles? Quien no quiso humillarse para ser exaltado, cuando quiera ser exaltado será humillado, y se verá separado por siempre de los santos eternos todo el que durante este tiempo no se ha asegurado un puesto en el cuerpo del sacerdote por el mérito de la obediencia y la satisfacción de la penitencia. ¿Con qué rostro desvergonzado querrá entonces que la mirada de Dios se aparte de sus pecados quien no dice de todo corazón: Porque yo reconozco mi crimen y mi pecado está siempre ante ti? ¿En base a qué, pregunto, se dignará Dios perdonar lo que el hombre desdeña reconocer en sí?

O ¿qué es aquello con que se halagan quienes se engañan en su vanidad? Perseverando en sus maldades y lujurias, a pesar de escuchar lo que dice el Apóstol: Porque quienes tales cosas hacen no poseerán el reino de los cielos, osan prometerse la salvación deseada fuera del reino de Dios y, a la vez que rehusan hacer penitencia por sus pecados y mejorar sus costumbres perversas, dicen entre sí: «No quiero reinar; me basta con salvarme». Se engañan ya de partida, porque no habrá salvación alguna para quienes perseveran en la iniquidad. Ciertamente dijo el Señor: Como abundó la iniquidad, se enfriará el amor de muchos; mas quien perseverare hasta el final, ése se salvará; prometió, sí, la salvación a los que perseveran en el amor, no en la iniquidad. Mas donde existe el amor no pueden hallarse aquellas obras malas que separan del reino de Dios. Pues toda la ley se encierra en una sola frase; en lo que está escrito: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Por tanto, concedido que haya alguna diferencia entre los que reinan y los que no reinan, conviene, sin embargo, que todos se encuentren en un mismo reino para no ser contados en el número de los enemigos o de los extraños. Todos los romanos poseen el reino romano, aunque no todos reinan en él, sino que obedecen a los que reinan. No dijo el Apóstol: «Quienes tales obras hacen» no reinarán con Dios, sino: no poseerán el reino de Dios. Lo mismo dijo a propósito del cuerpo y la sangre: la carne y la sangre no poseerán el reino de Dios, puesto que esto corruptible se vestirá de incorrupción, y esto mortal, de inmortalidad; de forma que ya no será cuerpo y sangre, sino que a partir del cuerpo animal merecerá la forma y naturaleza del cuerpo espiritual. Llénelos de terror, al menos, aquella sentencia definitiva de nuestro juez, que quiso descubrir ya ahora para que los fieles puedan evitarla, dando a los que le temen una señal para que huyan de la presencia del arco. Exceptuados aquellos que serán jueces con él, según se lo prometió al decir: Os sentaréis sobre doce tronos, juzgando a las doce tribus de Israel… En ese número de jueces se incluyen todos los que abandonaron la totalidad de sus bienes a causa del Evangelio y siguieron al Señor. El número 12, efectivamente, significa una cierta universalidad. El hecho de que Pablo no estuviese entre los Doce no indica que no vaya a estar allí. Exceptuados, pues, ellos, a los que significó con el nombre de ángeles al decir: Cuando venga el hijo del hombre a juzgar con sus ángeles… Los ángeles son, ciertamente, mensajeros; consideramos justísimamente como mensajeros a cuantos anuncian la salud celestial a los hombres. De aquí que también podamos llamar mensajeros buenos a los evangelistas; hasta de Juan el bautista se ha dicho: He aquí que envío mi ángel delante de ti. Exceptuados ellos, como había comenzado a decir, el resto de la multitud humana, según resulta evidente de las mismas palabras del Señor, se dividirá en dos grupos. A las ovejas las pondrá a la derecha, y a los cabritos a la izquierda. A las ovejas, o sea, a los justos, dirá: Venid, benditos de mi Padre; recibid el reino que está preparado para vosotros desde el comienzo del mundo. Refiriéndose a este reino, dijo el Apóstol relatando las obras malas: Porque quienes tales obras hacen no poseerán el reino de Dios. Escucha lo que han de oír los que se encuentren a la izquierda: Id al fuego eterno, que está, preparado para el diablo y sus ángeles. Por tanto, ¿quién osará presumir del nombre cristiano y a la vez no escuchar con toda obediencia y temor al Apóstol, que dice: Tened bien claro esto, sabiendo que ningún fornicador, ni impuro, ni avaro, que es un servidor de los ídolos, tendrá parte en la herencia del reino de Cristo y de Dios? Que nadie os engañe con palabras vanas; por causa de todo eso viene la ira de Dios sobre los hijos desconfiados. No tengáis, pues, parte con ellos. Más extensamente dice lo mismo a los corintios: No os engañéis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los ebrios, ni los maldicientes, ni los salteadores poseerán el reino de Dios. Mas ved cómo les quitó el temor y la desesperanza de la salvación a quienes cometieron tales cosas en su vida anterior: También vosotros fuisteis todo esto, pero habéis sido lavados y santificados en el nombre de Jesucristo nuestro Señor y en el Espíritu de nuestro Dios.

Así, pues, todo el que tras el bautismo se encuentra atado por obra de alguno de sus males pasados, ¿será enemigo de sí mismo hasta tal punto que aún dude en cambiar de vida mientras todavía hay tiempo, a pesar de que, pecador como es, sigue viviendo? Al perseverar en su pecado, se atesora ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios. Al vivir todavía, la paciencia de Dios lo conduce a la penitencia. Atado con las cadenas de tan mortíferos pecados, ¿rehusa, o difiere, o duda en huir a las llaves de la Iglesia, que le desaten en la tierra para ser desatado en el cielo? Quien confía sólo en su nombre de cristiano, ¿puede osar prometerse alguna salvación después de esta vida y no temer a aquel trueno veraz salido de la boca del Señor: No todo el que dice: «Señor, Señor», entrará en el reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre que está en los cielos; éste entrará en el reino de los cielos? ¿Qué? ¿No concluye en lo mismo el Apóstol al mencionar tales cosas en su carta a los Gálatas? Son manifiestas, dijo, las obras de la carne, cuales son las fornicaciones, la impureza, la lujuria, la idolatría, la hechicería, las enemistades, los pleitos, los celos, los enojos, las disensiones, las herejías, las envidias, las borracheras, las comilonas y cosas parecidas, sobre lo cual os digo, como ya os he dicho, que quienes tales cosas hacen no poseerán el reino de Dios. Juzgúese, pues, el hombre espontáneamente respecto a estas cosas mientras aún le es posible y mejore sus costumbres, no sea que, cuando ya no pueda hacerlo, sea juzgado por el Señor, aunque no quiera. Y, aunque él mismo profiera contra sí la sentencia de una medicina durísima, pero medicina siempre, preséntese a los obispos, los ministros de aquellas llaves en la Iglesia4. Y como quien comienza ya a ser un buen hijo, guardado el orden de los miembros maternos, recibe la medida de la satisfacción de los ministros de los sacramentos. Así, ofreciendo con devoción y súplica el sacrificio de un corazón atribulado, cumpla lo que no sólo le servirá a él personalmente para recibir la salud, sino también de ejemplo para los otros. Si su pecado no sólo le causa un grave daño a él, sino que también sirve de escándalo para los demás, y al obispo le parece que repercutirá en bien de la Igesia, no rehuse hacer penitencia ante el conocimiento de muchos o incluso de todo el pueblo; no se oponga ni añada por vergüenza otro tumor a su llaga letal y mortal. Recuerde siempre que Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. ¿Hay cosa más desdichada, más perversa, que no sentir vergüenza de una herida que no puede ocultarse, y sentirla, en cambio, del vendaje? 

Nadie piense, hermanos, que debe despreciar el saludable consejo de esta penitencia porque tal vez advierte y sabe que al sacramento del altar se acercan muchos cuyos pecados graves conoce. Muchos, efectivamente, son corregidos, como Pedro; otros son tolerados, como Judas; muchos pasan inadvertidos hasta que llegue el Señor, quien iluminará lo escondido de las tinieblas y descubrirá los pensamientos del corazón. Son muchos los que no quieren acusar a otros porque desean hallar en ellos una excusa. Pero muchos buenos cristianos callan y toleran los pecados ajenos que conocen porque con frecuencia les faltan pruebas documentales y no pueden demostrar ante los tribunales eclesiásticos lo que saben. Aunque algunas cosas sean verdaderas, el juez no les ha de dar fácil crédito si no lo demuestran de forma fehaciente. Yo no puedo apartar a nadie de la comunión (aunque no se trate de un alejamiento mortal, sino medicinal) a no ser que haya una confesión espontánea o se le haya citado y declarado convicto en un tribunal eclesiástico. ¿Quién osará cargar sobre sus espaldas una y otra cosa, es decir, ser acusador y juez de alguien? Se sabe que el apóstol Pablo insinuó de forma breve este modo de proceder en la misma carta a los Corintios: cuando, mencionados algunos de esos pecados, a partir de ciertos casos, dejó la norma del juicio eclesiástico para todos los semejantes. Dijo: Os escribí por carta que no os mezclarais con los fornicarios —claro está que no son los fornicarios de este mundo—, o con los avaros, o los que viven de la rapiña, o los idólatras; de otro modo tendríais que salir de este mundo. Pues los hombres que viven en este mundo no pueden no vivir con los tales; ni podrían ganarlos para Cristo si evitasen el hablar y comer con ellos. Por ello dijo el Señor, que comía con publicanos y pecadores: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos; pues no vine a llamar a los justos, sino a los pecadores. Y por eso mismo sigue y añade el Apóstol: Pero ahora os he escrito que no os mezcléis. Si a un hermano se le denuncia como fornicario, o idólatra, o avaro, o maldiciente, o borracho, o ladrón, con los que son como él ni siquiera comáis.

¿Quién soy yo para juzgar a los de fuera? De los de dentro, ¿no juzgáis vosotros? De los que están fuera, Dios será el juez. Alejad el mal de vosotros mismos. Con esas palabras manifestó bien a las claras que no hay que separar a los malos de la comunión de la Iglesia a la ligera y de cualquier forma; si no pueden ser apartados mediante un juicio, hay que tolerarlos más bien, no sea que, evitando sin discernimiento a los malos, un cualquiera se salga él mismo de la Iglesia y arrastre al infierno a aquellos de los que parece huir. Al respecto nos han dejado ejemplos las Sagradas Escrituras, como el de la mies, donde la paja ha de tolerarse hasta la última limpia; o el de las redes, donde los peces buenos están mezclados con los malos hasta el momento de la separación, que se efectuará en la orilla, es decir, al final del mundo, y han de ser tolerados con ánimo sereno. Y no contradice a esto lo que en otro lugar dice el Apóstol: ¿Quién eres tú para juzgar a un siervo ajeno? Se mantiene en pie o cae para su propio señor. No quiso que un hombre juzgase a otro hombre en base a una sospecha arbitraria o incluso usurpando un poder judicial que no era el suyo, sino que se hiciese según el orden establecido en la Iglesia, ya confesando espontáneamente, ya tras haber sido acusado y declarado convicto. De lo contrario, ¿por qué dijo: Si un hermano es denunciado como fornicario o idólatra, etc., sino porque quiso dar a entender que esa denuncia que se hace contra alguno se efectúa mediante sentencia conforme a la normativa e integridad del derecho? Pues si basta la denuncia, se condenará a muchos inocentes, puesto que es frecuente que se les denuncie falsamente en cualquier crimen. 

Aquellos a quienes exhortamos a hacer penitencia no han de buscarse compañeros de tormento ni gozarse de encontrar muchos, pues no arderán menos por el hecho de arder en compañía de muchos. Eso no sería un consejo acertado para la salud, sino solaz vano de un malquerer. ¿O acaso se fijan en que muchos de los dignatarios y ministros que se hallan en los puestos de honor de la Iglesia no viven de acuerdo con las palabras y los sacramentos que ellos mismos administran a los pueblos? ¡Oh hombres desdichados, que se olvidan de Cristo por mirar a los tales! A Cristo, que con tanta antelación dijo que se ha de obedecer a la ley de Dios antes que imitar a aquellos que dicen y no hacen, y quien, tolerando hasta el final a su traidor, hasta le envió a evangelizar con los demás. Esos hombres son tan absurdos, tan fuera de orden y miserables, que prefieren imitar las malas costumbres de sus superiores a cumplir los preceptos del Señor por ellos predicados. Se parecen a un viajero que piensa que ha de detenerse en el camino porque las piedras miliares que, llenas de inscripciones, se lo indican no andan. Si desea llegar, ¿por qué no mira y sigue a aquellos compañeros que no sólo le indican el camino justo, sino que también caminan por él con perseverancia y alegría? Y si éstos faltan o, mejor, no se ven —pues no pueden faltar—, ¿por qué esos hombres no buscan con afanoso amor lo que ellos predican para realizarlo, del mismo modo que buscan con maldad llena de sospechas qué murmurar para engañar, en parte porque no encuentran buenos, mientras ellos mismos son malos, y en parte temiendo encontrarlos, queriendo ser siempre malos? Mas concedamos que no se encuentren ahora hombres dignos de imitación. Quienquiera que seas tú que esto piensas, mira con tu mente al Señor, que se hizo hombre para enseñar a vivir al hombre. Si Cristo habita en el hombre interior por la fe presente en tu corazón y te acuerdas de lo que dijo el apóstol Juan: Quien dice que permanece en Cristo, debe caminar él como Cristo caminó, no te faltará a quién seguir, y, si te ve algún otro, dejará de lamentar la falta de buenos cristianos. Si, pues, no sabes qué significa vivir santamente, aprende los mandamientos divinos. Quizá son muchos los que viven así, pero a ti te parece que nadie vive de esa manera, porque ignoras en qué consiste el vivir rectamente. Pero, si lo sabes, ponió en práctica, para tener lo que tú buscas y mostrar a los demás qué imitar. Mira con tu mente a Cristo, a los apóstoles, el último de los cuales es aquel que dice: Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo. Contempla con tu mente a tantos millares de mártires. ¿Por qué te deleita celebrar sus nacimientos con torpes banquetes5 y no te agrada el seguir su vida con costumbres honestas? Entre ellos verás no sólo varones, sino también mujeres, e incluso niños y niñas, a quienes ni la imprudencia engaña, ni la iniquidad pervierte, ni el temor del peligro quiebra, ni el amor del mundo corrompe. Así, sin que encuentres excusa, te circundará no sólo la inevitable rectitud de los preceptos, sino también una innumerable multitud de ejemplos.

Mas tratemos de cuan útil y saludable es la penitencia, para cumplir de una vez con lo que nos propusimos. Si, perdida ya la esperanza en la salvación, acumulas pecados sobre pecados, según está escrito: El pecador, cuando llega a lo profundo del mal, lo desprecia, no lo desprecies,’no pierdas la esperanza; clama al Señor incluso desde lo profundo y di: Desde lo profundo a ti he gritado, Señor; Señor, escucha mi voz. Estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica. Si miras a los delitos, Señor, Señor, ¿quién resistirá? Porque en ti está el perdón. Desde esa profundidad gritaron los ninivitas, y encontraron ese perdón, y la amenaza del profeta quedó anulada con más facilidad que la humillación de la penitencia. Aquí dirás quizá: «Yo ya estoy bautizado en Cristo, momento en que se me perdonaron todos mis pecados pasados; me he vuelto despreciable iterando mis caminos y a los ojos de Dios me he hecho cual perro horrible que vuelve a su vómito. ¿Adonde huiré de su espíritu? ¿Adonde huiré de su presencia? ¿Adonde, hermano, sino, mediante el arrepentimiento, a la misericordia de aquel cuyo poder habías despreciado al pecar? Nadie puede huir efectivamente de él a no ser huyendo hacia él, huyendo de su severidad a su bondad. En efecto, ¿qué lugar te recibirá en tu fuga donde no te halle su presencia? Si subes al ciello, allí está él; si desciendes al infierno, allí está. Toma, pues, tus alas y ponías en dirección recta y mora en esperanza en las extremidades de este mundo: allí te llevará su mano y te guiará su derecha. Hayas hecho lo que hayas hecho, hayas pecado lo que hayas pecado, aún te encuentras en esta vida, de la que con toda certeza te hubiese sacado el Señor de no querer curarte. ¿Por qué, pues, pasas por alto que la paciencia de Dios te conduce hacia la penitencia? El que clamando no consiguió persuadirte para que no te alejaras, perdonándote te llama para que vuelvas. Fíjate en el rey David. También él había recibido ya los sacramentos de su tiempo, ya estaba circuncidado, cosa que nuestros padres consideraban como el bautismo; pues, refiriéndose a eso, dice el Apóstol que Abrahán había recibido la señal de la justicia de la fe. Ya estaba también ungido con una unción venerable, en la que estaba figurado el sacerdocio real de la Iglesia. De forma repentina se hizo reo de adulterio y de homicidio. No en vano, pues, arrepentido, clamó al Señor desde tan terrible y abrupto abismo del crimen, diciendo: Aparta tu rostro de mis pecados y borra todas mis móldales. ¿En mérito a qué sino a lo que dice a continuación: Reconozco mi maldad y mi pecado está siempre en tu presencia? ¿Qué le ofreció al Señor para tenérselo propicio? Si hubieses querido un sacrificio, dijo, te lo hubiese ofrecido; pero los holocaustos no te deleitan. El sacrificio para Dios es un corazón atribulado; un corazón contrito y humillado, Dios no lo desprecia. Así, pues, no sólo le ofreció devotamente este sacrificio, sino que también mostró con esas palabras lo que convenía ofrecerle. No basta, en efecto, mejorar las costumbres y apartarse de las malas acciones si no se satisface a Dios por todo cuanto se ha hecho mediante el dolor de la penitencia, el gemido de la humildad, el sacrificio de un corazón contrito y la colaboración de las limosnas. Dichosos los misericordiosos, porque de ellos tendrá misericordia Dios. No se ha dicho solamente que nos abstengamos de los pecados: Ruega a Dios, dijo, también por los pecados pasados, para que te sean perdonados.

También Pedro era ya fiel y hasta había bautizado a otros en Cristo. Mira, pues, a Pedro presumiendo y acusado, temeroso y herido, lloroso y sanado. Incluso después de la venida del Espíritu Santo del cielo, cierto Simón quiso comprar al mismo Espíritu Santo, pensando en un trato sumamente criminal e impío ya después de bautizado; sin embargo, también él, corregido por el mismo Pedro, aceptó el consejo de la penitencia. Dice asimismo el apóstol Pablo, quien ciertamente enviaba sus cartas a quienes ya eran fieles: Rara que, cuando vaya a vosotros, no me humille de nuevo Dios y tenga que llorar a muchos de los que pecaron con anterioridad y no hicieron penitencia por la impureza, lujuria y fornicaciones que cometieron. Nos rodean, pues, no sólo los preceptos para obrar rectamente, sino también los ejemplos tanto de quienes obraron el bien como de quienes se arrepintieron para recuperar la salvación que habían perdido al pecar. Mas supon que no está asegurado que Dios perdone. ¿Qué pierde al suplicar a Dios quien no dudó en perder la salvación ofendiendo a Dios? ¿Quién tiene la certeza de que el emperador va a perdonar? Y, sin embargo, se gasta dinero, se atraviesan los mares y se someten a la incertidumbre de las tormentas, y, para evitar la muerte, casi se recibe a la misma muerte. Se suplica a un hombre por medio de otros hombres; lo hacen sin dudar, a pesar de ser dudoso el fin adonde han de llegar. Y, sin embargo, ofrecen más garantía las llaves de la Iglesia que el corazón de los reyes, y todo lo que desaten esas llaves en la tierra será desatado también en el cielo, según está prometido. Y además es mucho más honesta la humildad, por la que se humilla uno en la Iglesia de Dios, y se exige un esfuerzo menor, y sin peligro alguno de muerte temporal se evita la muerte eterna.