REYNALDO: LA LIMOSNA

“ORACIÓN, AYUNO Y LIMOSNA”…

¿ES ASÍ?

En realidad, ¡no! ¡No es así!   Ese es el orden que a nosotros nos agrada, pero no es el orden que le dio el Señor en el Sermón del Monte a esas tres prácticas de piedad.

Si leemos en el Evangelio según San Mateo 6: 1-18, podría sorprendernos que el orden de Jesús es diferente. Él puso primero “la limosna”, en segundo lugar “la oración” y por último, “el ayuno”.

San Lucas, haciendo eco de este mismo orden, cuando describe la aparición del Ángel del Señor a Cornelio en Italia, transcribe las palabras del Ángel cuando le dijo a ese centurión: “Tus limosnas y tus oraciones han llegado a la presencia de Dios” (véase infra).

¡Cuán importante, pues, ha de ser la limosna para que el Señor, el Evangelista y otros más le hayan otorgado un lugar tan preferencial en esta lista de actividades inherentes a la vida cristiana!

A decir verdad, la palabra “limosna” no aparece como tal en el Antiguo Testamento. El hebreo no tiene un vocablo específico para designarla. Nuestra palabra castellana se deriva del griego –ἐλεημοσύνη (eleemosúne)–, que en algunos pasajes de la Septuaginta hace referencia a la “misericordia de Dios”, en otros a la “respuesta del hombre a Dios, y en otros más a la “misericordia del hombre hacia sus semejantes” (porque, dicho sea de paso, este sustantivo procede de otro sustantivo griego [éleos] que significa “misericordia”), la cual es auténtica sólo si se traduce en actos, entre los cuales ocupa un puesto preferencial el apoyo material de los que se hallan en la necesidad.

Sin embargo, aun cuando no exista un vocablo hebreo específico para designar la limosna, el Antiguo Testamento contiene testimonios valiosísimos de personas que la practicaron, la enseñaron, la predicaron y recibieron múltiples bendiciones de Dios.  Por citar algunos:

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En el Libro de Tobías 1: 19-21 leemos:

Visitaba Tobías cada día a los de su parentela, los consolaba; y repartía a cada uno, según podía, una porción de sus bienes.  Sustentaba a los hambrientos, vestía a los desnudos, y mostraba gran celo en dar sepultura a los que habían fallecido, o habían sido matados”.

En el Libro de Daniel, 4: 24, el propio profeta aconsejó al impío Rey Nabucodonosor de la siguiente manera:

Por eso, oh rey, séate grato mi consejo, redime tus pecados con obras de justicia, y tus iniquidades con obras de misericordia para con los pobres. Tal vez así se prolongará tu prosperidad”.

Ben Sirac nos enseña en el Libro del Eclesiástico 16: 14-15:

No escapará el pecador de su latrocinio;  y no se retardará al hombre misericordioso el premio que le espera.  Todo acto de misericordia prepara el lugar a cada uno según el mérito de sus obras, y según su prudente conducta durante la peregrinación (por este mundo)”.

Bastaría que estudiáramos el Libro de Tobías para que nos diéramos cuenta de todas las bendiciones que aquellos actos de misericordia (limosnas) atrajeron sobre este santo varón, y cuántos testimonios excelsos del Poder Divino coronaron esos actos en su vida.  Por otra parte, Daniel nos enseña que la limosna “redime pecados e iniquidades… y prolonga la prosperidad”.  Y finalmente, Ben Sirac indica que todo acto de misericordia (es decir, toda limosna) nos prepara un lugar en nuestra mansión celestial.

Valdría también la pena citar las palabras del Salmo 41 (40): 1-3, que directamente del hebreo se traducirían así:

Bienaventurado el que PIENSA EN EL POBRE porque en el día malo lo librará Yahvé.  Yahvé lo guardará y le dará vida, será bienaventurado en la tierra, y no lo entregará a la voluntad de sus enemigos.  Yahvé lo sustentará en el lecho del dolor y mullirá toda su cama cuando esté enfermo”.

¿Entendemos ahora por qué el Señor le dio el primer lugar en la lista de actos piadosos del Sermón del Monte en el capítulo 6 según San Mateo?

EL PAPEL DE LA LIMOSNA EN LA VIDA DE PIEDAD

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La limosna no debe ser una mera filantropía, sino un gesto puramente religioso. La generosidad con los pobres, ligada con frecuencia a las celebraciones litúrgicas excepcionales, formaban parte del curso normal de las fiestas en Israel.

La limosna fue encomiada y recomendada por el propio Jesús.

En San Lucas 11: 41 leemos:

Dad limosna de todo lo que poseéis, y todo os será limpio” (del griego).

En San Lucas 12: 33 dice:

Vended aquello que poseéis y dad limosna.  Haceos bolsas que no se envejecen, un tesoro inagotable en los cielos, donde el ladrón no llega, y donde la polilla no destruye.  Porque allí donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”.

Desde el primer siglo, la iglesia siempre practicó la limosna:

Con respecto a una feligresa de Joppe llamada Dorcás, mujer muy caritativa y fiel a la que Pedro resucitó, nos cuenta el Libro de los Hechos 9: 36:

Estaba llena de buenas obras y de las limosnas que hacía”.

Más adelante, en el versículo 39, se da constancia de que entre las muchas obras buenas que llevaba a cabo, cosía para las viudas de la iglesia: “… condujeron (a Pedro) al aposento alto (donde estaba tendida Dorcás), y se le presentaron todas las viudas llorando y mostrándoles las túnicas y los vestidos que Dorcás les había hecho estando entre ellas”.

Un simpatizante del judaísmo, aunque incircunciso, llamado Cornelio, residente de Cesarea que servía como centurión en la cohorte denominada Itálica, era un varón piadoso y temeroso de Dios con toda su familia y, según nos relata Hechos 10: 2, “daba muchas limosnas al pueblo y hacía continua oración a Dios”.

A Dios le plugo incluir a este hombre en Su Plan Maravilloso de salvación; y estando en oración, se le apareció un Ángel que le dijo estas palabras:

Cornelio, tus oraciones y limosnas han subido como recuerdo delante de Dios”.

Y el propio Apóstol San Pablo, movido por la precaria situación financiera de la iglesia en Jerusalén, subió allá con el propósito de hacer limosnas en favor de los cristianos pobres de ese lugar. Él mismo cuenta en Hechos 24: 17: “después de varios años vine a traer limosnas a mi nación y a presentar ofrendas”.

El Libro de Proverbios también está saturado de promesas para los que se acuerdan de los pobres y los ayudan en sus necesidades.  Procedo a citar algunos ejemplos:

Proverbios 14: 21

El que desprecia a su prójimo peca, pero es feliz el que se apiada de los pobres.

Proverbios 28: 8

El que aumenta su riqueza por interés y usura, la recoge para el que se apiada de los pobres.…

Proverbios 11: 24-25

Hay quienes reparten liberalmente y se enriquecen; y hay quien ahorra más de lo justo, y permanece pobre. El alma benéfica será saciada, y el que riega será regado.

Proverbios 28: 27

El que da al pobre no pasará necesidad, pero el que cierra sus ojos tendrá muchas maldiciones.

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Y ya que al Señor le plugo hermanar esta práctica con la oración y el ayuno, quiero decir alguna palabra con respecto a este último.
Voy a proponerles algo para esta Cuaresma… ¡¡¡PASAR LOS CUARENTA DÍAS EN AYUNO!!! ¡Sí!, pero no se asusten… el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo vamos a ayunar según está ordenado por Nuestra Santa Madre Iglesia –disminuiremos las raciones de nuestros alimentos para dedicarnos con más libertad a la oración y a nuestra vida sacramental. Y el resto de los cuarenta días también vamos a ayunar pero de otro modo:

  • Ayunemos las palabras de crítica y murmuración, los comentarios que no edifican.
  • Ayunemos los pensamientos negativos, los juicios temerarios, las raíces de amargura, los recuerdos de agravios pasados. Dejemos todo eso a los Pies de la Cruz.
  • Ayunemos parte de nuestro tiempo y visitemos enfermos, ancianos, personas que no tienen quien las visite ni se ocupe de ellas.
  • Ayunemos algún dinero y empleémoslo en obras de caridad. Recordemos a nuestros sacerdotes que nos alimentan con la Palabra de Dios y con los Sacramentos y que siempre que los necesitamos, allí están.
  • Abramos nuestro armario y contemplemos nuestra ropa, nuestros zapatos, nuestras prendas de vestir y elijamos algunas de las mejores, de las que más nos agradan y desprendámonos de ellas en favor de alguna persona que no tendría lo suficiente para comprarlas.

Y quiero concluir citando el capítulo 58 del Profeta Isaías que, cada año y en cada Cuaresma, constituye el centro de mis reflexiones.  Voy a usar una versión contemporánea muy interesante, pero vosotros podéis compararla con las versiones que tengáis a mano y realizar un estudio de la Palabra de Dios y hacer propósitos concretos para que nuestra vida sea la reproducción fiel de la Epístola del Domingo de Quincuagésima (I Corintios 13: 1-13).

Grita con la voz de un toque de trompeta.

¡Grita fuerte! No seas tímido.

¡Háblale a mi pueblo Israel de sus pecados!

Sin embargo, ¡se hacen los piadosos!

Vienen al templo todos los días

y parecen estar encantados de aprender todo sobre mí.

Actúan como una nación justa

que nunca abandonaría las leyes de su Dios.

Me piden que actúe a su favor,

fingiendo que quieren estar cerca de mí.

“¡Hemos ayunado delante de ti! —dicen ellos—.

¿Por qué no te impresionamos?

Hemos sido muy severos con nosotros mismos,

y ni siquiera te das cuenta”.

¡Les diré por qué! —les contesto—.

Es porque ayunan para complacerse a sí mismos.

Aun mientras ayunan,

oprimen a sus trabajadores.

¿De qué les sirve ayunar,

si siguen con sus peleas y riñas?

Con esta clase de ayuno,

nunca lograrán nada conmigo.

Ustedes se humillan

al hacer penitencia por pura fórmula:

inclinan la cabeza

como cañas en el viento,

se visten de tela áspera

y se cubren de cenizas.

¿A eso le llaman ayunar?

¿Realmente creen que eso agrada al Señor?

¡No! Esta es la clase de ayuno que quiero:

pongan en libertad a los que están encarcelados injustamente;

alivien la carga de los que trabajan para ustedes.

Dejen en libertad a los oprimidos

y suelten las cadenas que atan a la gente.

Compartan su comida con los hambrientos

y den refugio a los que no tienen hogar;

denles ropa a quienes la necesiten

y no se escondan de parientes que precisen su ayuda.

Entonces su salvación llegará como el amanecer,

y sus heridas sanarán con rapidez;

su justicia los guiará hacia adelante

y atrás los protegerá la gloria del Señor.

Entonces cuando ustedes llamen, el Señor les responderá.

“Sí, aquí estoy”, les contestará enseguida.

Levanten el pesado yugo de la opresión;

dejen de señalar con el dedo y de esparcir rumores maliciosos.

Alimenten a los hambrientos

y ayuden a los que están en apuros.

Entonces su luz resplandecerá desde la oscuridad,

y la oscuridad que los rodea será tan radiante como el mediodía.

El Señor los guiará continuamente,

les dará agua cuando tengan sed

y restaurará sus fuerzas.

Serán como un huerto bien regado,

como un manantial que nunca se seca.

Algunos de ustedes reconstruirán las ruinas desoladas de sus ciudades.

Entonces serán conocidos como reconstructores de muros

y restauradores de casas.

Entonces el Señor será su delicia.

Yo les daré gran honor

y los saciaré con la herencia que prometí a su antepasado Jacob.

¡Yo, el Señor, he hablado!

—00—

Súplica a Nuestra Señora

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Madre, Reina y Señora nuestra, modelo de caridad fraternal, que Te olvidaste de Ti Misma, de Tu propia gestación, de Tu propia necesidad de tiempo para preparar el ajuar de Tu Divino Hijo al que pocos meses después habrías de dar a luz… y corriste veloz junto a Tu anciana prima, Santa Isabel, para servirla y ayudarla en otro lo que había menester.  Enséñanos, pues, a mirar siempre hacia el lado, hacia el que nos necesita (aunque no lo diga).

Dinos cómo subir la montaña y poner bajo nuestros pies nuestros intereses egoístas, nuestros caprichos, nuestros deseos personales.

Enséñanos, como hiciste Tú, a no esperar a que nos llamen, sino a adelantarnos y acudir al lugar o a la persona que precisa de nuestra ayuda, de nuestra provisión, de nuestro consejo, de nuestra alegría.

Además, ayúdanos a llevar esas obras de amor hasta el final… ¡Que no las dejemos inconclusas!  Tú estuviste en casa de tu prima “tres meses” –es decir, hasta terminar la obra que habías comenzado.

Madre, enséñanos a darnos cuenta de dónde y cuándo falta el vino espiritual en alguna persona o en algún hogar… como Tú te percataste en Caná de que faltaba el vino material y recurriste a Jesús para que llenaras las vasijas vacías.

Madre y Maestra nuestra, Encanto de nuestros ojos, Bálsamo Celestial para nuestro corazón, Panal de Miel que endulza nuestra vida y transforma nuestras pruebas y dolores en bendición, queremos vivir una Cuaresma fructífera, queremos salir de la Cuaresma renovados espiritualmente, transformados, reflejando Tu hermosura en cada acto de nuestra vida…. Y entonces, el Viernes Santo, junto a Ti al Pie de la Cruz podremos ofrecer a Jesús estas gavillas como un sacrificio de alabanza por Su entrega total y Su compañía constante.

Envuélvenos en Tu Manto para que no se vea nuestra desnudez espiritual…. Perfúmanos con Tus aromas divinos para que el hedor de nuestros pecados no perturbe el Olfato de la Deidad… y sobre todo, Madrecita nuestra, sujeta nuestras manos entre las Tuyas para que nunca nos apartemos de Ti. Amén.