Don Manuel González, “Obispo de los Sagrarios abandonados”

EL ABANDONO DE LA “LITURGIA DE LA COMUNIÓN EN EL VESTIR”

Tomado del Libro El abandono de los Sagrarios acompañados

Si al sacerdote no le es lícito, fuera del caso de necesidad, administrar la sagrada Comunión con su traje ordinario, sino que, por respeto y veneración al Sacramento, ha de revestirse de ornamentos sagrados, ¿no será muy conforme a la razón y justicia que al fiel, que se dispone a gozar del honor y de la dicha de ser comensal de tan rica y augusta mesa, se le exija en su traje alguna señal extraordinaria de veneración y respeto?
Y digo alguna señal, porque, siendo la Comunión para todos, para ricos y para pobres, y por intención y deseo de su divino Autor, manjar de todos los días, la Santa Madre Iglesia jamás ha mandado determinada forma ni clase de vestido para comulgar, no fuera a poner el más leve obstáculo a la frecuente Comunión por parte de los impedidos por pobreza o cualquier otro motivo de adquirir o usar el traje preceptuado.


A una sola condición ha reducido la Santa Iglesia lo que pudiera llamarse “liturgia del traje para comulgar”, y esa condición se llama decencia. Y cuenta que decencia no es suntuosidad, ni galas, ni lujo…
No está la decencia del traje en su valor, que no está al alcance de todos por igual, sino en su limpieza y en su modestia. Y en esto, que está a la disposición de todos, es en lo que la Madre Iglesia pide algo extraordinario al comulgante.
¡Qué bien entendieron nuestros mayores este sentir y desear de la Iglesia!

mujeresAntes, en tus Sagrarios más frecuentados, Jesús mío, cuando se alzaban los ojos, no se veía más que a Ti. Hoy en muchos de ellos no se te puede ver ¡porque no se puede mirar!
¡¡No se pueden abrir los ojos!! Entre tu Hostia y los ojos de los que te buscan, han levantado una pared la lujuria y la vanidad, con actitudes provocativas de gentes que, yo no sé por qué, todavía se llaman devotas y están en el templo…
–Señor Obispo, me han dicho muchos jóvenes que quieren ser cristianos de verdad, ¡ni aun en los Sagrarios se va pudiendo ya estar en paz con Jesús!
¡Abandono de Sagrarios acompañados, y muy elegantemente acompañados! ¿Cómo no sentirte y desagraviarte? ¿Cómo no sentir lo solo y avergonzado que se sentirá Jesús, asediado y oprimido por esas turbas inmodestas y provocadoras?
De mí os digo que me deja amargura en el alma para todo el día, la mañana en que me veo precisado a dejar sin comulgar a alguna de esas inmodestas devotas, sin duda más vanidosas o cobardes que malas, y que estoy viendo venir castigos terribles de Dios para esta pobre sociedad, que parece que tiene por principal ocupación y obsesión robar y hasta raer el pudor de las mujeres honradas y cristianas y de los niños y las niñas.
Escribiendo estas líneas leo en la prensa que el Obispo de una populosa ciudad italiana se ha visto precisado un domingo a mandar cerrar las puertas de su catedral a los asistentes de la Misa de doce… ¡No le quedaba ya otro remedio de evitar esas sacrílegas exhibiciones de desnudeces a que se van reduciendo muchas de esas Misas de días festivos!…
En el siglo III de la Iglesia, el gran apologista cristiano Tertuliano, echaba en cara a los gentiles este apóstrofe: ¡Os hemos dejado vuestros templos solos!
Dios mío, ¿habrá llegado la hora de convertir el apóstrofe a los paganos del apologista, en oración a Ti?… Ante tanta mujer cristiana obstinada en preferir la insolencia de su desnudez al honor de su fe y a la hermosura de su pudor, ¿no va llegando la hora de pedirte a Ti y de imponerles a ellas ¡que nos dejen solos nuestros templos!?
Marías, mujeres cristianas, todavía muy numerosas, que aun tenéis ojos para ver, y oídos para oír, y cara para enrojeceros de vergüenza, y corazón para compadecer y desagraviar: ¡a desinfectar de inmodestias los Sagrarios acompañados!
En honor y desagravio de la Hostia Santa, pura e inmaculada, y de vuestro propio sexo, no vayáis a la iglesia sino decentemente vestidas.