29 DE ENERO-SAN FRANCISCO DE SALES

 El Amor revelado en la Cruz

SAN FRANCISCO DE SALES 1

En los escritos de San Francisco de Sales abundan los textos en los que habla del Sagrado Corazón, tanto en sus cartas y homilías, como en el Tratado del amor de Dios, la Introducción a la vida devota o en las Conversaciones espirituales. A veces su lirismo se explaya en páginas enteras, a veces sólo es una frase, una alusión que aflora al correr de su pluma…
Vamos a recoger algunas y enlazarlas en ramos…

¿Dónde descubriremos este amor tan grande, tan singular, que el Señor nos tiene?, ¿dónde sino en la Cruz, ya que el mismo Cristo nos dijo que no hay mayor amor que el dar la vida por aquéllos a los que se quiere? Cuando muere algún príncipe o algún señor distinguido de muerte inesperada, es costumbre abrirle rápidamente el cuerpo para saber de qué enfermedad ha muerto.

Muerto Nuestro Señor, uno de los soldados le dio una lanzada y le abrió el costado del lado del corazón, y habiendo abierto su costado, vieron que había muerto de verdad, pero de la enfermedad de su corazón, es decir de amor.

Sermón, San Juan, Puerta Latina

Entonces postrémonos al pie de la Cruz y contemplemos, como nos lo pide nuestro Santo fundador, a Aquél que fue traspasado por nosotros.
“¡Cuántos dolores en la Cruz traspasaron el corazón de mi Salvador!”.
Pero, en cuanto a mi, pienso que el mayor dolor que padeció el Corazón de Nuestro Señor fue causado por la ingratitud de los cristianos, al ver que muchos despreciarían su muerte y no aprovecharían su Pasión…y que su Redención, tan copiosa, sería ineficaz.

Sermón

¡Señor, haz que sepamos nosotros, nosotros, leer en ese corazón traspasado, ese amor que me tenías ya en la Cruz!
Comprende, Filotea, cierto es que el corazón de nuestro amado Jesús veía el tuyo desde el árbol de la Cruz y lo amaba y, por este amor, le estaba consiguiendo todos los bienes que puedas tener jamás.
Sí, querida Filotea, podemos decir como Jeremías: “Oh Señor, antes de que yo existiera me mirabas me llamabas por mi nombre”; más aún en verdad su divina Bondad preparó en su amor y misericordia todos los medios generales y particulares de nuestra salvación.
Como una mujer prepara la cuna, la ropa y vendas e incluso una nodriza para el hijo que espera, así Nuestro Señor preparó en el árbol de la Cruz todo lo que te era necesario: vuestra cuna, nuestra ropa y vendas, vuestra nodriza y todo lo que convenía para vuestra felicidad. Son todos los medios, inclinaciones y mercedes con los cuales dirige tu alma y quiere llevarla a la perfección.
Ah Dios mío, cómo deberíamos poner esto en lo hondo de nuestra memoria: ¿es posible que haya sido amada y tan dulcemente amada por mi Salvador, hasta pensar en mí en particular y en todas esas pequeñas ocurrencias por las que me atrajo a El? y por tanto cómo debemos amar, querer y emplear bien todo esto para nuestro provecho.
Esto es muy dulce: este corazón amante de mi Dios pensaba en Filotea, la amaba y le procuraba mil medios de salvación como si no hubiese en el mundo otra alma en que hubiera pensado, así como al iluminar el sol un lugar de la tierra no lo ilumina menos que si no iluminase en otro lugar y que iluminase sólo eso.
“Me amó, dice San Pablo, y se entregó por mi”; como si dijera, sólo por mí, como si no hubiera hecho nada por los demás. Quede esto grabado, Filotea, en vuestra alma.

Introducción a la vida devota

De este amor solícito, maravilloso, que Francisco de Sales nos descubre, no habla sólo con Filotea, sino también, y más fuertemente con Teótimo.
Teótimo, el sumo sacerdote de la ley, llevaba en sus hombros y en su pecho los nombres de los hijos de Israel, es decir unas piedras preciosas sobre las cuales estaban grabados los nombres de los jefes de Israel. Ea pues, mira a Jesús, nuestro Sumo Obispo, y contémplalo desde el instante de su concepción; considerad que nos llevaba sobre sus hombros habiendo aceptado el cargo de rescatarnos por su muerte y una muerte de cruz. Oh Teótimo, Teótimo, el alma del Salvador nos conocía a todos por nuestro nombre y nuestro apellido; pero sobre todo en el día de su Pasión, cuando ofrecía sus lágrimas, ruegos, sangre y vida por todos os dedicaba a vos en particular estos pensamientos de dilección! Ay, Oh Padre Eterno, tomo sobre mí y cargo con todos los pecados del pobre Teótimo, para sufrir los tormentos y la muerte para librarle de ellos y para que no perezca, sino que viva. Muera yo con tal de que él viva; sea yo crucificado con tal que sea glorificado.
¡Oh amor soberano del Corazón de Jesús! ¿qué corazón te bendecirá jamás con suficiente devoción?
Así, en su pecho materno, su divino Corazón preveía, disponía, merecía, impetraba todos los beneficios que tenemos, no sólo en general para todos sino en particular para cada uno. Las inclinaciones, inspiraciones, suavidades con las cuales guía, conduce y alimenta nuestros corazones para la vida eterna. Los beneficios no nos enardecen si no miramos la voluntad eterna que nos los destina y el corazón del Salvador que nos los ha merecido con tantas penas y sobre todo con su Muerte y Pasión.
Dios, desde el abismo de su eternidad, pensaba para mí unos pensamientos de bendición; meditaba y deliberaba, y así determinaba la hora de mi nacimiento, de mi Bautismo, de todas las inspiraciones que me iba a dar, y, en suma, todos los beneficios que me dedicaría y ofrecería. !Ay! ¿Puede haber dulzura semejante a esta dulzura?
¡Oh! Cómo debe maravillar este descubrimiento del amor que Dios nos tiene! Ningún hombre se ve apartado del calor de este amor.
Teótimo, el dulce Jesús, que nos ha rescatado por su sangre, desea infinitamente que le amemos para que estemos eternamente salvados, y desea que seamos salvados para que le amemos eternamente, tendiendo su amor a nuestra salvación y nuestra salvación a su amor. Ea, dice, he venido para prender fuego al mundo, ¿que pretendo yo sino que arda? Pero para declarar más vivamente el ardor de este deseo, nos manda este amor en términos admirables.
Amarás, dice, al Señor tu Dios con todo tu corazón, toda tu alma, todas tus fuerzas, es el primer y mayor mandamiento! ¡Dios mío! Teótimo ¡cuán enamorado está el corazón divino de nuestro amor! ¿No bastaba que hubiese publicado un permiso dándonos licencia para amarle, como Labán permitió a Jacob que amara a su hermosa Raquel y la conquistara por sus favores? Pues no, declara todavía más profundamente su pasión amorosa hacia nosotros y nos manda amarle todo lo que podemos para que, considerando su Majestad y nuestra miseria, que conforman tan infinita disparidad y desigualdad entre Él y nosotros, ni tampoco ningún pretexto, nos pueda distraer de amarle.
Con lo cual da fe, Teótimo, que no nos ha dejado en balde la inclinación natural para amarle; pues para que no quede sin provecho, nos anima a que la usemos con este mandamiento general y para que este mandamiento se pueda practicar no hay ningún ser viviente al que no dé con abundancia todos los medios necesarios para este fin.
El sol visible lo toca todo con su calor vivificante y, como el enamorado universal de las cosas inferiores, les da el vigor requerido para que ofrezcan sus productos; y asimismo la Bondad divina anima todas las almas y alienta todos los corazones a que le amen, sin que ningún hombre quede oculto a su calor.
Sí, desde arriba, donde esta ahora, Cristo nos mira, Cristo nos llama.
Mira, ahí está ese divino amor del Amado, está detrás de la pared de su humanidad; ¡mira que se deja entrever por las llagas de su corazón y la abertura de su costado, como por unas ventanas y como por una celosía a través de la cual nos mira! Si, es cierto, Teótimo, el amor divino sentado en al corazón del Salvador como sobre su trono regio, mira por la abertura de su costado traspasado todos los corazones de los hijos de los hombres; porque, siendo ese corazón el Rey de los corazones, mantiene siempre sus ojos sobre los corazones.
Pero como los que miran a través de las celosías ven y no son vistos apenas, así el divino amor de este corazón ve siempre claramente los nuestros y los mira con ojos de dilección, pero sin embargo nosotros no lo vemos, lo vislumbramos apenas; porque, ¡Oh Dios, si le viéramos tal como es moriríamos de amor por él ya que somos mortales, del mismo modo que él mismo murió de amor por nosotros mientras era mortal; ¡Oh si oyésemos cómo canta este divino corazón con una voz infinitamente dulce el cántico de alabanza a la divinidad! ¡Qué gozo Teótimo! ¡Cuánto se esfuerzan nuestros corazones para lanzarse al cielo para oírle siempre! Nos convida a ello el amigo querido de nuestras almas “¡Levántate paloma mía, hermosa mía” sal de ti misma, emprende el vuelo hacia mí.
“¡Ven amada mía, ven a contemplar mi corazón en la caverna de la abertura de mi costado, que fue hecha cuando mi cuerpo, igual que una casa reducida a escombros, fue demolido en el árbol de la Cruz! ¡Oh ven, amada mía!”

Tratado del amor de Dios

Ese amor que Dios nos tiene, este amor que nos fue desvelado tan divinamente en la Cruz, este amor ha existido siempre. Dios nos ama con un amor eterno.
Considera el amor eterno que Dios te ha manifestado, porque antes ya de que Nuestro Señor Jesucristo, en calidad de hombre sufriese en la Cruz por nosotros, su divina Majestad te ideaba en su soberana bondad y te amaba en extremo. Pero ¿cuando empezó a amarte? Empezó cuando empezó a ser Dios; y ¿cuando empezó a ser Dios? Nunca, porque lo ha sido siempre, sin
principio ni fin y por tanto te ha amado desde la eternidad; por eso te preparaba las gracias y favores que te ha dedicado. Lo dice por el Profeta: “Te he amado (te habla a ti y a nadie más) con un amor perpetuo y por tanto te he atraído compadeciéndome de ti. Ha pensado pues, entre otras cosas, en hacerte tomar el propósito de servirle.
Oh Dios ¿qué propósitos aquellos, que Dios ha pensado, meditado, proyectado desde la eternidad? ¡Cuánto debemos quererlos y apreciarlos, cuánto deberíamos padecer antes que abandonar el más nimio de ellos! Eres el árbol de vida más hermoso que Dios ha plantado
con su mano en medio de mi corazón, antes mil muertes que permitir que algún viento os arranque. No, ni vanidad, ni deleites, ni riquezas, ni tribulaciones me arrancarán jamás mi determinación ¡Ay! Señor, pero lo has plantado y en tu seno paterno has guardado eternamente este hermoso árbol para mi jardín:¡Ay! ¿Cuántas almas no han sido favorecidas de este modo? Oh hermosos y santos propósitos, si os conservo me conservaréis; si vivís en mi alma mi alma vivirá en vosotros. Vivid pues para siempre oh propósitos, que sois eternos en la misericordia de Dios; que permanezcáis y viváis eternamente en mí, que nunca os abandone.

Introducción a la vida devota

Y ¡entonces es el intercambio! Al amor de Dios responde nuestro pobre amor y eso transforma nuestra vida.
Releamos para convencernos de ello, el hermoso capitulo que Francisco dedica en los Diálogos a las tres leyes de las palomas.
La primera de las leyes…
Que he determinado daros es la de las palomas que lo hacen todo para su palomo y nada para ellas; parece que no dicen nada imitando en eso a la hermosa paloma del soberano Palomo, que es la Esposa sagrada: mi amado es todo mío y yo soy toda suya queriendo sólo complacerle en todo; su corazón está siempre vuelto hacia mí por conocimiento así como el mío está vuelto hacia él por confianza.
Quizás hayáis visto, pero no notado, que mientras las palomas incuban los huevos, no se mueven de encima hasta que sus palomitos salgan del cascarón; y cuando han salido siguen cobijándolos y dándoles calor mientras lo necesitan. Y durante todo este tiempo la paloma no va a coger granos para alimentarse, sino que lo deja al cuidado de su querida pareja, la cual le es tan fiel que no sólo va en busca de los granos que la alimenten sino que también le lleva agua en el pico para calmar su sed; con una delicadeza sin par, cuida de que no le falte nada que le sea necesario, hasta tal punto que jamás se ha sabido de una paloma muerta por falta de alimento en ese período.
“Señor cómo cuida de mí vuestro amor”
No podemos resistirnos a proseguir con esta página tan hermosa
La paloma por tanto, lo hace todo para su palomo: incuba y da calor a sus crías deseando agradarle a él al darle descendencia, y el palomo se ocupa de alimentar a su querida paloma que se deja cuidar por él; ella no piensa más que en agradar a su compañero y él en cambio, sólo piensa en cuidarla.
¡Oh qué ley tan agradable y provechosa es ésa, de no hacer nada sino es por Dios y dejarle a él todo el cuidado de nosotros! No hablo sólo de lo que respecta a lo temporal, porque no quiero hablar de lo que se refiere a nosotros mismos, esto se entiende sin decirlo; hablo de lo que concierne a lo espiritual y al progreso de nuestras almas en la perfección ¡Ay! ¿No veis que la paloma no piensa más que en su amado palomo y en agradarle, no moviéndose de encima de sus huevos? Y sin embargo nada le falta, al cuidar él totalmente de ella en recompensa de su confianza. Oh! Cuán felices seríamos si lo hiciéramos todo por nuestro amable Palomo porque cuidaría de nosotros; y a medida de que nuestra confianza por la cual descansaríamos en su providencia se haría mayor, más se extendería su dilección sobre todas nuestras necesidades. Y no deberíamos dudar jamás de que Dios no nos puede faltar, pues su amor es infinito para el alma que descansa en él.