SAN AGUSTÍN- SERMONES

La conversión del apóstol Pablo y del pagano Faustino

Lugar: Cartago.
Fecha: 23 de junio del año 401

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Acabamos de oír las palabras del Apóstol, o mejor, las de Cristo, que habla por la boca de aquel a quien hizo, de perseguidor, predicador; hiriéndolo y sanándolo, dándole muerte y vida a la vez; cordero degollado por los lobos, hace de los lobos corderos. Estaba ya vaticinado en una célebre profecía.Cuando el santo patriarca Jacob bendecía a sus hijos poniendo sus manos sobre los presentes y la mirada en el porvenir, predijo lo que aconteció en Pablo. Según su propio testimonio, Pablo era de la tribu de Benjamín. Cuando Jacob, en el acto de bendecir a sus hijos, llegó a Benjamín, dijo de él: Benjamín es un lobo rapaz. ¿Qué decir? Si es lobo rapaz, ¿lo será por siempre? En ningún modo. ¿Qué entonces? Por la mañana hará presa y por la tarde repartirá el botín. Esto se cumplió en Pablo, porque a él se refería la profecía. Si os place, considerémosle ya haciendo presa por la mañana y repartiendo el botín por la tarde. Los términos «mañana» y «tarde» equivalen aquí a «antes» y «despues». Entendámoslo, pues, de esta manera: primero hará presa y después repartirá el alimento. Vedle como raptor: Saulo, según atestiguan los Hechos de los Apóstoles, habiendo recibido cartas de los príncipes de los sacerdotes para que, dondequiera que encontrase seguidores del camino de Dios, los detuviese y los llevase para ser castigados, se puso en camino anhelando y ansiando muertes. Este es el que de mañana hace presa. También, cuando fue lapidado Esteban, el primero en sufrir el martirio por el nombre de Cristo, estaba Saulo presente en primera fila. Y en tal modo se asociaba a los que lo apedreaban que no le parecía bastante el arrojar piedras con sus propias manos. Para estar él mismo en las manos de todos, les guardaba la ropa, mostrándose más cruel con esta ayuda a los demás que con las piedras que arrojaban sus propias manos. Hemos escuchado: Por la mañana hará presa. Veamos ahora lo otro: Por la tarde repartirá el botín. La voz de Cristo desde el cielo lo derribó, y, al serle prohibido su ensañamiento cruel, dio de bruces en tierra. Primero había de ser postrado en tierra, para ser luego levantado; primero herido, luego sanado. Pues Cristo no viviría en él si antes no moría su mala vida anterior. ¿Qué oyó cuando yacía en tierra? Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa es para ti el dar coces contra el aguijón. El respondió: ¿Quién eres, Señor? Y la voz de lo alto: Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues. La cabeza, desde el cielo, levantaba su voz en favor de sus miembros aún presentes en la tierra; pero no decía: «¿Por qué persigues a mis siervos?», sino: ¿Por qué me persigues? El replica: ¿Qué quieres que haga? El que antes se ensañaba en la persecución, se dispone ya a obedecer. El perseguidor va tomando ya forma de predicador; el lobo, de oveja; el enemigo, de soldado. Escuchó lo que debía hacer. Ciertamente quedó ciego; para que en su corazón resplandeciese la luz interior, se le privó temporalmente de la exterior; se le quitó al perseguidor para serle devuelta al predicador. Y durante el tiempo en que no veía nada veía a Jesús. De esta forma, hasta en su misma ceguera se manifestaba el misterio de los creyentes, puesto que quien cree en Cristo es a él a quien debe mirar, considerando las demás cosas como no existentes; para que la criatura aparezca como vil y el creador se muestre dulce al corazón. 

Veámoslo, pues. Fue conducido a Ananías, cuyo nombre significa «oveja» \ Ved cómo el lobo rapaz es llevado a la oveja, para seguirla, no para devorarla. Mas para que la oveja no se asustase ante la aparición repentina del lobo, aquel pastor celeste que guiaba todos estos acontecimientos anunció a la oveja que el lobo iba a llegar, pero no para derramar sangre. Con todo, puesto que era tan grande la fama de cruel que le precedía, la oveja, al escuchar su nombre, no pudo menos de llenarse de turbación. En efecto, cuando el Señor Jesús anunció al mismo Ananías que Pablo ya había venido a la fe y que debía llegarse a él, le dijo: Señor, he oído acerca de este hombre que ha hecho mucho mal a tus santos y que ahora ha recibido cartas de los príncipes de los sacerdotes para que, dondequiera que encuentre seguidores de tu nombre, se los lleve. Pero el Señor le replicó: Tranquilo, que yo le mostraré cuánto le conviene padecer por mi nombre. ¡Cosa grande y maravillosa! Se prohibe al lobo el ser cruel y se le lleva cautivo ante la oveja. Tanta fama le había precedido de lobo raptor, que sólo con oír su nombre temblaba la oveja aun bajo la mano del pastor. Se le dan ánimos para que no lo considere ya feroz ni tema su orgullo. El cordero muerto por las ovejas tranquiliza a la oveja respecto al lobo. 

Luego, aquel a quien el domingo pasado cantamos: Señor, ¿quién es semejante a ti? No guardes silencio ni te ablandes, ¡oh Dios!, es quien, sin embargo, dice: Venid a mí y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Veamos cómo manifiesta uno y otro aspecto y cómo en él van de acuerdo ambos textos. Es manso y humilde de corazón porque, como una oveja, fue llevado al matadero, y cual cordero que no bala ante el esquilador, no abrió su boca. Colgado del madero, sufrió las injustas llamas del odio y soportó las lenguas al servicio de un pésimo corazón. Las mismas lenguas que hirieron al santo crucificaron al justo. De esas lenguas se había dicho: Hijos de los hombres: sus dientes son armas y flechas, y su lengua una espada afilada. ¿Qué hizo la lengua? ¿Qué la espada afilada? Dio muerte2. ¿A quién? La muerte dio muerte a la vida para que la vida diese muerte a la muerte. Entonces, ¿qué hizo su lengua, esa espada afilada? Escúchalo, pon atención a lo que sigue: Levántate sobre los cielos, ¡oh Dios!; tu gloria está sobre toda la tierra. Ved lo que hizo ia espada afilada,. Sabemos que el Señor fue exaltado sobre los cielos; no lo vimos, pero lo creemos; que su gloria está sobre toda la tierra, lo leemos, lo creemos y lo vemos. Considera, pues, a quien es manso y humilde de corazón, para conducir a tal gloria el trofeo de su carne muerta. Pendiendo de la cruz, decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. También: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Sé tú nuestro maestro, puesto que eres manso y humilde de corazón. ¿Dónde pudo o debió mostrarlo más dignamente que en la cruz? A pesar de que sus miembros colgaban del madero; a pesar de que sus manos y pies estaban fijados con clavos; a pesar de que aquéllos seguían mostrando su crueldad con la lengua; a pesar de que, tras haber derramado su sangre, no estaban aún satisfechos; a pesar de que, enfermos, no reconocían al médico, dijo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Como si dijera: «Yo vine a curar a los enfermos; el hecho de que no me reconozcan se debe a la excesiva fiebre.» Porque es manso y humilde de corazón dice: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

¿Qué decir de lo otro: No guardes silencio ni te ablandes, oh Dios? Realice también esto. Ved que no calló; gritó desde el cielo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Cumplió, pues, aquello: No guardes silencio. Muestre lo otro: Y no te ablandes. En primer lugar, no perdonó al error; no perdonó la crueldad, puesto que derribó con su voz a quien estaba hambriento de muerte; privó de la luz a hombre tan cruel y lo llevó cautivo a Ananías, al que buscaba cuando era perseguidor. Ved que no es manso, vedle cruel; pero no contra el hombre, sino contra el error. Poco es esto todavía: no calle aún ni se ablande. A Ananías, que temía y temblaba con sólo oír el nombre de tan célebre lobo, le dijo: Yo le mostraré. Yo le mostraré. Velo amenazante, velo aún duro: Yo le mostraré. No guardes silencio ni te ablandes, ¡oh Dios! Muestra al perseguidor no sólo tu bondad, sino también tu severidad. Muéstrasela; sufra lo que él mismo hizo; aprenda también a sufrir lo que él mismo causaba; experimente él mismo lo que infligía a los demás. Yo, dijo, le mostraré lo que le conviene padecer. Son palabras que muestran su dureza, en cumplimiento de lo escrito: No guardes silencio ni te ablandes, ¡oh Dios! Pero sin dejar de lado esto otro: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Y yo le mostraré lo que le conviene padecer por mi nombre. Mostraste tu terror; ven en su ayuda, para que no lo sufra y llegue a perecer aquel a quien creaste y encontraste. Amenaza, no calla, no se ablanda. Yo le mostraré lo que le conviene padecer por mi nombre. Donde está el terror está la salud. ¡Quien actuaba en contra del nombre, sufra por el mismo nombre! ¡Oh crueldad misericordiosa! Ves al Señor que prepara el bisturí: ha de cortar para que no perezca; va a curar, no a matar. Cristo decía: Yo le mostraré lo que le conviene padecer por mi nombre. Pero ¿con qué finalidad? Escucha las palabras de quien lo padecía: Los sufrimientos de este tiempo no son comparables. Lo dice quien los estaba sufriendo, y sabía por qué nombre los padecía y el fruto que obtenía. Los sufrimientos de este tiempo no son comparables con la gloria futura que se manifestará en nosotros. Ensáñese el mundo, brame el mundo, ultraje con la lengua, blanda las armas, haga cuanto esté en su poder: ¿qué puede hacer comparado con lo que hemos de recibir? En la misma balanza pongo en un platillo lo que sufro, y en el otro lo que espero. Lo primero lo experimento, lo segundo lo creo. Y pesa más lo que creo que lo que experimento. Sea cual sea el tormento por el nombre de Cristo, si se aguanta con vida, es tolerable; si no se puede resistir en vida, te hace emigrar de aquí. Acelera, no destruye. ¿Qué es lo que acelera? El premio, la dulzura que, una vez presente, no tendrá fin. El trabajo tiene un fin, pero no la recompensa. 

Así, pues, hermanos, este vaso de elección primero se llamaba Saulo, nombre derivado de Saúl. Quienes conocéis las escrituras divinas, recordad quién fue Saúl. Uo rey pésimo, perseguidor del santo David; también él, si hacéis memoria, de la tribu de Benjamín. De la misma era este Saulo, cruel por herencia, pero que no iba a permanecer en esa crueldad. Y ahora, si Saulo proviene de Saúl, Pablo, ¿de dónde se deriva? Saulo proviene de un rey cruel, cuando él era soberbio, igualmente cruel y ansioso de muertes; pero Pablo, ¿de dónde? Se llama Pablo por ser pequeño. Pablo —Paulo— es el nombre de la humildad. Saulo se convirtió en Pablo tras haber sido conducido al maestro, que dice: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. De aquí procede el nombre de Pablo. Prestad atención al uso de la expresión latina, pues paulum equivale a pequeño, poco. «Paulo post te veré; espera aquí paulum», equivale a decir: «Después de un poco te veré; espera aquí un poco.» Escucha a Pablo: Yo soy, dice, el menor de los apóstoles. Ciertamente, yo soy el menor de los apóstoles; y en otro lugar: Yo soy el último de los apóstoles.

Es el menor y el último, cual orla del vestido del Señor. ¿Qué hay más bajo y más ínfimo que la orla? A pesar de ello, cuando la mujer la tocó, quedó curada del flujo de sangre. En este pequeño estaba el grande y en el ínfimo habitaba el excelso, y tanto menos excluía de sí al grande cuanto menor era. ¿Por qué nos extrañamos de que el grande habite en el pequeño? Más aún, mora hasta en los ínfimos. Escúchale decir: ¿Sobre quién descansará mi espíritu? Sobre el humilde, y el pacífico, y el que teme mis palabras. Así, pues, el excelso habita en el humilde para ensalzarlo. Excelso es el Señor, pero pone su mirada en los humildes; lo elevado lo mira desde lejos. Humíllate, y se acercará a ti; ensálzate, y se apartará de ti.

¿Qué dice, pues, este mínimo? Lo que hemos escuchado hoy: Con el corazón se cree para la justicia y con la boca se hace la confesión para la salvación. Muchos creen de corazón y se avergüenzan de confesarlo con la boca. Sabéis, hermanos, que no hay casi ningún pagano que no se sienta lleno de admiración y no advierta que se han cumplido las profecías acerca de la exaltación de Cristo sobre los cielos, puesto que ven su gloria por toda la tierra 3. Mas como se temen recíprocamente y tienen vergüenza unos de otros, alejan de sí la salvación, puesto que con la boca se hace la confesión para la salvación. ¿Qué importa haber creído con el corazón para la justicia, si la boca duda en proferir lo que el corazón ha concebido? Dios ve la fe que hay dentro, pero es poco. Por temor a los soberbios no confiesas al humilde, y antepones los soberbios a aquel que por ti desagradó a los soberbios. Temes confesar la humildad del Hijo de Dios. No te avergüenzas de confesar la grandiosa Palabra de Dios, su poder y sabiduría, pero sí te ruborizas al confesar que nació, fue crucificado y murió. Aunque sublime, excelso e igual al Padre, él, por quien fueron hechas todas las cosas, por quien fuiste hecho también tú, se hizo lo que tú; por ti se hizo hombre, por ti nació y por ti murió. Enfermo, ¿cómo vas a sanar, si te avergüenzas de tu medicina? Elige el momento; éste es el tiempo oportuno; luego, el que fue despreciado vendrá a ser admirado; el juzgado, a juzgar; el muerto, a resucitar; el deshonrado, a honrar. Hay un ahora y un después; ahora se trata de un asunto de fe; después se verá a las claras. Elige durante este tiempo dónde has de estar en el futuro. ¿Te ruborizas del nombre de Cristo? Cuando él venga en su gloria a cumplir las promesas hechas a los buenos y las amenazas a los malos, te avergonzarás de haberte avergonzado ante los hombres. ¿Dónde estarás tú? ¿Qué harás cuando te mire el excelso y te diga: «Te avergonzaste de mi humildad; por tanto, no estarás en mi claridad»? Aléjese, pues, toda vergüenza indebida y hágase presente una saludable desvergüenza, si es que de desvergüenza se trata. Hermanos, me he violentado para decir estas palabras, sin temer el pronunciarlas. 

No quiero que nos ruboricemos ante el nombre de Cristo. Insúltennos por creer en un crucificado, en un muerto. Sí, en un muerto; pero de no haber manado la sangre de su cuerpo, todavía permanecería el documento autógrafo de nuestros pecados. Ciertamente creí en un muerto, pero en él murió lo que recibió de mí, no aquello con que me creó a mí. Es cierto que creo en un muerto, pero ¿qué muerto? En alguien que vino y tomó algo. ¿Quién vino? Quien, existiendo en la forma de Dios, no juzgó una rapiña el ser igual a Dios. Ved quién vino; ¿qué recibió? Se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, hecho a semejanza de los hombres. El hacedor fue hecho y el creador creado. Pero ¿en qué aspecto fue hecho y creado? En la forma de siervo, en cuanto que tomó la forma de siervo, sin perder la forma de Dios. Así, pues, en esta forma de siervo, en lo que tomó por nosotros, nació, sufrió, resucitó y ascendió al cielo. He mencionado cuatro cosas: nació, murió, resucitó y ascendió al cielo. Dos primero y dos después. Las dos primeras: nació y murió; las dos últimas: resucitó y ascendió al cielo. En las dos primeras te mostró tu condición; en las dos últimas te dio una muestra de la recompensa. Conocías el nacer y el morir, dos cosas de las que está llena la región de los mortales. ¿Qué es lo que abunda aquí, en toda carne, sino el nacer y el morir? Esto lo tiene el hombre en común con las bestias; llevamos una vida, pues, común con la de los animales; nacemos, hemos de morir. Pero aún no conocías el resucitar y subir al cielo. Dos cosas conocías y otras dos ignorabas; él tomó lo que conocías y te mostró lo que ignorabas: sufre lo que él tomó y espera lo que te mostró. 

¿No has de morir, si no quieres? ¿Por qué temes lo que no puedes evitar? Temes lo que acontecerá, quieras o no, y no temes lo que, si no quieres, no llegará. ¿Qué es lo que acabo de decir? Para todo hombre nacido, Dios estableció la muerte, por la cual abandona este mundo. Te librarás de la muerte sólo si te excluyes del género humano. ¿Qué haces? ¿Acaso se te dice ahora: «Elige si quieres ser hombre»? Ya eres hombre. Como tal has venido. Piensa en cómo salir de aquí: naciste, has de morir. Huye, toma precauciones, rechaza, rescata: puedes diferir la muerte, pero no eliminarla. Vendrá aunque no lo quieras; y no sabes cuándo. ¿Por qué temes, pues, lo que, aunque no lo quieras, tendrá lugar? Teme, más bien, lo que no acontecerá si no quieres. ¿A qué me refiero? Dios amenazó con el fuego de la gehenna y las llamas eternas a los malvados, infieles, blasfemos, perjuros, perversos y a todos los malos en general. Para empezar, compara estas dos cosas: la muerte, que dura un momento, y las penas, que duran por siempre. Temes la muerte, que dura poco y que vendrá aunque no lo quieras; teme las penas eternas, que no vendrán si tú no quieres. Más importante es lo que debes temer y tienes en tus manos el evitarlo; es más importante, mucho más importante, incomparablemente más importante, lo que debes temer y tienes en tus manos el evitarlo. En efecto, vivas bien, vivas mal, has de morir; no te escaparás de la muerte ni viviendo bien ni viviendo mal. Pero, si eliges el vivir bien aquí, no serás enviado a las penas eternas. Dado que aquí no puedes elegir el no morir, mientras vives, elige el no morir eternamente. Esta es nuestra fe; esto nos mostró Cristo con su muerte y resurrección. Con su muerte te mostró lo que has de sufrir quiéraslo o no; con su resurrección, lo que has de recibir si vives bien. Aquí se cree con el corazón para la justicia, y con la boca se hace la confesión para la salvación. Pero temes confesar la fe para que no te insulten los hombres; no quienes no han creído, pues también ellos creen interiormente, sino para que no te insulten quienes se avergüenzan de confesarlo. Escucha lo que sigue: t)ice la Escritura: «Todo el que crea en él no será confundido.» Piensa en esto y mantente en ello. Este es el alimento no del vientre, sino de la mente. El que por la mañana hacía presa, por la tarde repartía el botín. 

Puesto que el Señor y Padre” me manda que os hable un poco acerca de lo que sigue, escuchad con un poco de mayor atención5. Anunciamos a vuestros oídos y estáis viendo con vuestros propios ojos la presa sacada de las fauces del lobo por la misericordia y acción de nuestro sumo pastor. El pastor atrajo a sí a aquel contra quien la grey clamaba. Dios no abandonó en la tribulación el corazón de sus siervos; más bien quiere encarecer la dulzura de su misericordia haciendo maravillosa su misericordia, según está escrito, para que a la tribulación siga el gozo. Aquel contra quien se levantó la voz en cuanto enemigo de la fe cristiana, abrazó la fe cristiana. También nosotros pudimos decir lo mismo que dijeron Ananías y tal vez algunos otros, o lo que quizá aún están diciendo hoy algunos: «¿Quién? ¿Cristiano aquél? ¿Creyó Fulano?» Nosotros no podemos ver ni mostrar el corazón del hombre. Dios dice: Lo manifiesto, para vosotros; lo oculto, para mí. Dice el apóstol Pablo: Hermanos, no juzguéis a nadie antes de tiempo; esperad hasta que venga el Señor, que iluminará lo escondido de las tinieblas y manifestará los pensamientos del corazón; entonces cada uno recibirá la alabanza de Dios. No puedes entrar a ver el corazón de este nuevo cristiano. ¿Qué tiene de extraño? ¿Puedes ver el de un cristiano desde hace ya tiempo? Diréis: «Pero creyó porque se sintió obligado.» Esto se podría decir también de aquel de quien poco antes hablábamos, que antes fue blasfemo, perseguidor y ultrajador. También a él le sobrevino una cierta necesidad. Fue derribado por una voz celeste, y para alcanzar la luz perdió la luz. Amenaza cuanto quieras y da a cualquier hombre lo que se te antoje: ¿qué hay más dulce que esta luz? Con todo, si Pablo no la hubiese perdido, no hubiese recibido la eterna. Creyó por necesidad. ¿Qué temió? Dígaseme, ¿qué temió? ¿A las ovejas que daban gritos? Las ovejas pueden levantar la voz, pero no morder. Pero en el mismo clamor de las ovejas pudo advertir la gloria de Dios y temer su juicio. Lo despertó de cierto sueño para considerar que se cumplía en Cristo lo que estaba profetizado acerca de Cristo. Pudo pensar en su corazón que sus dioses habían sido vencidos en él, que había sido abandonado por sus deidades. ¡Tanto puede el nombre de Cristo! ¡Tanto resplandece la gloria de Cristo! Así, pues, en pocas palabras lo digo a vuestra caridad, dirigiéndome a la Iglesia y al pueblo de Dios: «Si creyó, tú te lo encontraste; si temió, tú venciste.» 

Entretanto, hermanos, limitémonos a lo que pueden los hombres; no nos atribuyamos más de lo que nos está concedido. Dice el Apóstol: Acoged al débil en la fe, sin juzgar sobre opiniones. No usurpemos el juzgar el pensamiento de los otros; al contrario, presentemos a Dios nuestras preces incluso por aquellos sobre los que tenemos alguna duda. Quizá la novedad que supone comporte en él alguna duda; amad más intensamente al que duda; alejad con vuestro amor la duda del corazón débil. Entretanto, contemplad su rostro, motivo de gozo para vosotros; confiad a Dios su corazón, por el que debéis orar. Sabed que es abandonado por los malos y ha de ser recibido por los buenos. Vuestro amor al hombre sea mayor que vuestro antiguo odio al error; pues, cuando antes levantabais la voz contra él, le estabais buscando. No presumáis de haber clamado en balde; gozad de haber encontrado al que buscabais. —¿Quién hacía esto y lo otro? —Faustino. •—¿Quién era el culpable de esto y de aquello? —Faustino. —¿Quién se oponía a Cristo? —Faustino. —¿Quién temió a Cristo? —Faustino. •—Cristo vino a llamar a los enfermos, como hemos oído en el evangelio, pues no tienen necesidad de médicos los sanos, sino los enfermos. Y ¿qué hombre, si ha perdido una oveja, no deja en el monte las noventa y nueve y busca la única que se había extraviado? Y, cuando la encuentra, se llena de gozo. De igual manera, se alegra mi Padre por uno que hace penitencia, más que por noventa y nueve justos, que no tienen necesidad de penitencia. He aquí cómo Cristo vino a sanar a los enfermos; así supo vengarse de sus enemigos. A quienes tal vez sientan dolor por sus compañeros en el error, es posible que la ira los domine momentáneamente, pero después, quizá, lleguen a imitarlos. Por tanto, hermanos, lo encomendamos a vuestras oraciones, a vuestro amor, a vuestra amistad fiel. Acoged su debilidad. Según como vayáis vosotros delante, así irá él detrás; enseñadle el buen camino; no encuentre otro en vosotros. Hecho ya cristiano, discierna entre lo que abandonó y lo que encontró. El futuro dirá cuál es su vida y su entrega a la fe de Cristo. 

Ahora, hermanos míos, no se hizo necesario, ni los pastores consideraron oportuno, rechazar a quien llamaba o diferir a quien buscaba. Querer juzgar sobre lo oculto del corazón y no aceptar lo que manifiestan las palabras, no está dentro de nuestra decisión ni propósito. Sabemos, en efecto, de qué modo amenaza aquella misericordiosa avaricia del Señor que por doquier busca extraer ganancias de su dinero, y que dice a su perezoso siervo, que quiere juzgar sobre lo que no ve y entorpece la recogida de las ganancias del Señor: Siervo malvado, por tu boca te condeno. Tú dijiste que yo era un hombre insoportable, que cosechaba donde no había sembrado y que recogía donde no había esparcido. Estabas al corriente de mi avaricia. Si hubieses dado mi dinero a los banqueros, a mi regreso lo hubiese exigido con los intereses. Nosotros no hemos podido otra cosa que dar del dinero del Señor; él será el exactor no sólo de aquel criado, sino de todos nosotros. Cumplamos, pues, el oficio del que va delante dando, sin usurpar el del exactor. Hermanos, esta labor, cuyo resultado aparece ante vuestros ojos, no es nuestra, sino de Dios. Nosotros no somos los autores de lo que ha acontecido, pues ni siquiera lo esperábamos. Nuestros y vuestros planes eran distintos. Conocéis cuántos gritos se han alzado aquí y para qué; lo sabéis bien: «Para que los paganos no sean superiores; para que los paganos no dominen a los cristianos.» 6 Tal es lo que se ha dicho. Como este nombre producía envidia, muchas veces los cristianos alzaron sus voces a propósito de este nombre, llevados de celo por la casa de Dios. Lo único que se pretendía era que los paganos no fuesen superiores a los cristianos. Que llegase a ser cristiano aquel contra quien se gritaba, ni siquiera los cristianos lo pensaban; pero así lo disponía Cristo. En verdad se cumplió lo que está escrito: Muchos son los pensamientos que yacen en el corazón del varón, pero la decisión del Señor permanece por siempre. Estaba oculta esta decisión; estaba oculta, pero en vigor. Hacían los hombres lo que podían, y el banquero Faustino salió transformado del taller del Señor. Por tanto, hermanos, retened en vuestra mente la obra de Dios. Buscabais una cosa, y encontrasteis otra distinta de la pensada. Encarecemos la obra de nuestro Señor, nosotros siervos, a vosotros, consiervos. Amemos más en él lo que hizo nuestro Señor que lo que pretendíamos hacer nosotros. Las obras de Dios son mejores. Escuchamos su voz poderosa y llena de devoción: «Renuncio a mi dignidad; quiero ser cristiano.» Alegraos, exultad, amadlo más de lo que lo habíais odiado. Encomendad a Cristo su obra con vuestras oraciones. Acompañad con un espíritu fiel, piadoso y amistoso los comienzos del anciano. ¿Qué importa el que lo veáis ya en edad provecta? Llegó a la viña a la hora de nona, pero ha de recibir idéntica recompensa. 

Traemos a la memoria de vuestra caridad esta fecha cristiana, aunque no se dará nunca el que se borre de vuestros corazones. Pero la encarecemos porque también los paganos y los impíos, por sus motivos poco a poco envejecidos, celebran esta fiesta cristiana, aunque mal, perversa e infelizmente 7; pero ante vuestros ojos está cuan numerosos son los que se van librando de ella. Son cosas que van envejeciendo; no prestéis vuestra colaboración; distinguios de ellos buscando las cosas divinas. Vamos a celebrar la fiesta de San Juan, de San Juan Bautista, el precursor del Señor, el amigo del esposo, en ambiente de castidad y sobriedad plena. Cuando ellos, llenos de admiración, vean que vuestros motivos de alegría son distintos, os seguirán poco a poco, y aquellas cosas todas envejecerán y perecerán. Escuchad al profeta y ved cómo se cumple y se hace realidad lo predicho: Escuchadme los que conocéis lo que es justo. Lo dice el profeta Isaías; Dios por medio de él: Escuchadme vosotros los que sabéis lo que es justo; pueblo mío, en cuyo corazón está mi ley. No temáis los oprobios de los hombres ni seáis derrotados por sus detracciones. Ni deis mucha importancia a que os desprecien. Como al vestido, así el tiempo los consumirá, y serán roídos como la polilla roe a la lana. Pero mi justicia permanece para siempre: Estad, pues, tranquilos, hermanos; completamente tranquilos. Envejecen, disminuyen; acabarán o creyendo o muriendo. Por mucho que griten, por mucho que se entreguen a los deleites de la carne, por mucho que, en oposición a los cánticos cristianos, chirríen obscenidades y dancen, hoy son menos que ayer. Así, pues, hermanos, como acabo de decir, en el nombre del Señor celebraremos mañana la fiesta de San Juan Bautista. Pasados siete días, es decir, el sábado, celebraremos también el nacimiento de los santos mártires Pedro y Pablo.