Los Sueños de Don Bosco

LAS VACACIONES
SUEÑO 108.—AÑO DE 1878

(M. B. Tomo XIII, págs. 761-764)

Don_Bosco

Sobre la salida de los jóve nes para las vacaciones de este año y sobre el regreso, no quedó consignada noticia alguna, a excepción de un sueño relacionado con los efectos que este tiempo de asueto suele acarrear.

[San] Juan Don Bosco lo contó en la noche del 24 de octubre. Apenas anunció que iba a proceder a su narración, las manifestaciones de satisfacción.
Estoy muy contento —comenzó diciendo— de volver a ver al ejército de mis hijos armados contra diabolum. Esta expresión, aunque latina, la comprende hasta el mismo Cottino.

Era el tal Cottino un cri ado del comedor que se las daba de poeta.

Tendría que decirles tantas cosas, pues es la primera vez que les hablo después de la s vacaciones; pero ahora les quiero contar un sueño. Vosotr os sabéis que los sueños se tienen durmiendo y que no ha y que hacerles mucho caso, pero si no hay mal ninguno en no creer en ellos, tal vez tampoco hay mal alguno en cr eer en ellos, pudiéndonos servir a veces de lección, como por ejemplo este:

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Me encontraba en Lanzo durante la primera tanda de ejercicios y estaba durmiendo, cuando, como les he dicho, tuve un sueño. Me pareció estar en un lugar que no sabría identificar, pero se hallaba próximo a un pueblo en el que se veía un jardín y junto a éste un amplísimo prado. Estaba en compañía de algunos amigos que me invitaron a entrar en el jardín. Penetré en él y vi una gran multitud de corderillos que saltaban, corrían y hacían mil cabriolas según su costumbre. Cuando he aquí que se abre una puerta que ponía en comunicación con el prado y los corderillos corrieron a él para pastar. Muchos, sin embargo, no se preocuparon de salir, sino que se quedaron en el jardín, e iban de un lado para otro despuntando algunas hierbecillas alimentándose de esta manera, puesto que no había hierba en tanta abundancia como en el prado, al que había salido el mayor número de aquellos animales.

—Voy a ver qué es lo que hacen estos animales ahí fuera— me dije.

Fuimos al prado y los vi paciendo tranquilamente. Mas he aquí que de pronto se oscurece el cielo, brillan los relámpagos, retumba el trueno y se aproxima una tempestad.

—¿Qué será de estos animales si les coge la tormenta?, -—me decía yo—. Vamos a ponerlos a salvo.

Y comencé a llamarlos. Después, yo por una parte y mis compañeros repartidos por otras, procurábamos llevarlos hacia la entrada del jardín. Pero ellos no querían entrar; uno corría por aquí, otro escapaba por allá, y nosotros intentábamos perseguirlos, pero ¡que si quieres!, ellos eran más veloces que nuestras piernas. Entretanto comenzaron a caer densas gotas, después a llover más intensamente y yo no conseguía reunir el ganado. Una o dos ovejas entraron afortunadamente en el jardín, pero todas las demás, y eran muchísimas, continuaron en el prado.

—Bien, si no quieren entrar en el jardín, peor para ellas—dije yo—. Vamos a retiramos nosotros.

Y así lo hicimos.

En el jardín había una fuente sobre la cual se veía escrito con caracteres cubitales: Fons signatus, fuente sellada. Estaba cerrada, pero de pronto se abre, el agua sube hacia la altura y se divide y forma un arco iris, pero a semejanza de una bóveda, como este pórtico.

Entretanto menudeaban cada vez más los relámpagos, seguidos de fragorosos truenos, comenzando a caer el granizo. Nosotros, con todos los corderillos que estaban en el jardín, nos amparamos y cobijamos bajo aquella bóveda maravillosa donde no penetraba el agua ni el granizo.

—Pero ¿qué es esto?,—preguntaba yo a los amigos—. ¿Qué será de los pobrecillos que han quedado fuera?

—Ya verás—me dijeron—. Mira las frentes de estos corderos, ¿qué observas?
Me fijé y vi que sobre la frente de cada uno estaba escrito el nombre de un joven del Oratorio.

—¿Qué es esto?—, pregunté.

—¡Verás, verás!

Entretanto, yo no podía detenerme más y quise salir para ver qué había sucedido a los pobres corderillos que estaban en el prado. —Recogeré a los que hayan muerto y los enviaré al Oratorio— pensaba entre mí.

Pero al salir de debajo de aquel arco la lluvia caía sobre mí y vi a aquellas pobres bestezuelas tendidas en tierra, moviendo las patas intentando levantarse y dirigirse hacia el jardín: pero no podían andar. Abrí la puerta, levanté la voz, pero sus esfuerzos eran inútiles. La lluvia y el granizo continuaban azotándolas de tal manera que infundían lástima; una era herida en la cabeza; otra en la quijada, otra en un ojo, otra en una pata, otras en diversas partes del cuerpo.

Después de algún tiempo, la tempestad había cesado por completo.

—Observa —me dijo el que estaba a mi lado—, la frente de estos corderos.

Y vi escrito en el lugar indicado el nombre de cada uno de los jóvenes del Oratorio.

—Conozco al joven que lleva este nombre —me dije—, y no me parece precisamente un corderillo.

—Verás, verás— me fue respondido.

Seguidamente me presentaron un vaso de oro con tapadera de plata y al mismo tiempo escuché estas palabras:

—Toca con tu mano untada con este bálsamo las heridas de estos animales y curarán inmediatamente.

Yo, entonces, comencé a llamarlos:

—¡Brrr, brrr!

Pero no se movían. Repito la llamada y nada; intento acercarme a uno y se me retira arrastrándose. Yo les seguía, pero el juego volvía a repetirse. —¿No quiere? ¡Peor para él!, —exclamé—. Iré en busca de otro.

Y así lo hice, pero también éste escapó. A cuantos me aproximaba para ungirles y curarlos, emprendían la fuga. Yo los perseguía, pero todo inútil. Al fin alcancé a uno, ¡pobrecillo!, que tenía los ojos fuera de las órbitas y en tan mal estado que daba compasión. Yo se los toqué con la mano, curó y saltando corrió al jardín.

Entonces, otras muchas ovejas, al ver esto, no manifestaron repugnancia y se dejaron tocar y curar y entraron en el jardín. Pero eran muchas las que quedaban fuera, especialmente las más llagadas, a las cuales no me fue posible acercarme.

—¡Si no quieren curar, peor para ellas! Pero no sé cómo podré hacer para que entren en el jardín.

—Déjalo por mi cuenta— me dijo uno de los amigos que estaban conmigo; Ya vendrán, ya vendrán.

—¡Ya veremos!—, dije; coloqué el vaso donde había estado primeramente y volví al jardín.

Este había cambiado de aspecto por completo, y pude leer a su entrada: Oratorio. Apenas penetré en él, he aquí que aquellos corderillos que no habían querido venir, se acercan, entran apresuradamente y corren a echarse por un lado y por otro; pero tampoco entonces pude acercarme a ellos. Hubo varios que no queriendo recibir el ungüento consiguieron que este se convirtiera para ellos en veneno que en lugar de curarles las llagas se las irritaba aún mas.

—¡Mira!, —me dijo un amigo—. ¿Ves aquel estandarte? Me volví y vi tremolar al viento un gran estandarte en el que se leía escrito en grandes caracteres: «Vacaciones». —Sí, lo veo— repliqué.

—Ahí tienes el efecto de las vacaciones-— añadió uno de los que me acompañaban, mientras yo me sentía abrumado de dolor al contemplar aquel espectáculo.

—Tus jóvenes —continuó el tal—, salen del Oratorio para ir a pasar las vacaciones, decididos a alimentarse de la palabra de Dios y a conservarse buenos; pero después sobreviene el temporal, que son las tentaciones; seguidamente la lluvia, que son los asaltos del demonio; después cae el granizo, que representa las caídas en el pecado. Algunos recobran la salud con la confesión, pero otros no usan bien de este Sacramento, o no se acercan a él en absoluto.

No lo olvides y no te canses jamás de repetirlo a tus jóvenes: que las vacaciones son como una gran tempestad para sus almas.

Observaba yo a aquellos corderos descubriendo en algunos de ellos heridas mortales estaba buscando la manera de curarlos, cuando Don Scappini, que había hecho ruido en la habitación próxima, me despertó.

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Este es el sueño, y aunque es un sueño tiene un significado que no le hará ma l al que le preste fe. Puedo decirles que anoté algunos no mbres de los muchos que vi en las frentes de los corder os y confrontándolos con los jóvenes, comprobé que se conducían como indicaba el sueño.

Sea como fuere, debemos en esta Novena de los Santos corresponder a la bondad de Dios, que quiere usar su misericordia con nosotros, y mediante una buena confesión curar las heridas de nuestra conciencia. Debemos, además, ponernos todos de acuerdo para combatir al demonio y con el auxilio de l cielo saldremos victoriosos de esta lucha y conseguiremos recibir el premio de la victoria en el Paraíso.

Este sueño— dice Don Lemoyne—, hubo de influir grandemente en la buena marc ha del nuevo curso escolar: en efecto, en la Novena de la Inmaculada las cosas procedían tan bien, que [San] Juan Don Bosco manifestó su satisfacción diciendo:

— Los jóvenes se encuentran actualmente en un punto, tanto por aplicación como por conducta, al que en años anteriores apenas habían ll egado en el mes de febrero.