P. ANTONIO ROYO MARÍN- EL SANTO VIÁTICO

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Viático es un término de origen romano, que en la liturgia católica es la administración de la comunión, a los moribundos para que los ayude en su partida de la vida terrenal.

La palabra proviene de la raíz latina “via”, o sea senda o camino, y su significado hace referencia a los “preparativos para el viaje que se está por emprender” como son las provisiones alimenticias y pecuniarias que llevaban los romanos cuando iniciaban un viaje de cierta importancia.
El Viático es un sacramento específico para los moribundos, aunque para tomarlo es preciso que se encuentren lúcidos.

El Viático no es lo mismo que la comunión que se da a los enfermos.

Esta costumbre se remonta a los primeros siglos de la cristiandad donde era muy apreciada, la recomienda el Concilio de Nicea, del año 325: “que si alguno va a salir de este mundo, no se le prive del último y más necesario viático”.
Ya los primeros cristianos tenían la costumbre de llevar la Comunión a los que estaban próximos a morir martirizados.

¿Qué es la comunión por Viático? – La Comunión por Viático es la que se da a los enfermos que están en peligro de muerte para que les sustente en el viaje que hacen de esta vida a la Eternidad. ( Catecismo Mayor de San Pío X)

Santo Tomás escribe en sus obras sobre teología y sacramentos, que éste se llama Viático en cuanto que «prefigura el gozo de Dios en la patria definitiva y nos otorga la posibilidad de llegar allí».

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Podemos distinguir dos clases de preparación para la muerte: una, remota, y otra, próxima.

Llamo yo preparación remota la de aquel que vive siempre en gracia de Dios.
Al que tiene sus cuentas arregladas ante Dios, al que vive habitualmente en gracia, puede importarle muy poco cuáles sean las circunstancias y la hora de su muerte, porque en cualquier forma que se produzca tiene completamente asegurada la salvación eterna de su alma.

Esta es la preparación remota.

Preparación próxima es la de aquel que tiene la dicha de recibir en los últimos momentos de su vida los Santos Sacramentos de la Iglesia: Penitencia, Eucaristía por Viático.

Extremaunción, e, incluso, los demás auxilios espirituales: la bendición Papal, la indulgencia plenaria y la recomendación del alma.

Esta es la preparación próxima.

Combinando y barajando estas dos clases de preparación podemos encontrar hasta cuatro tipos distintos de muerte: sin preparación próxima ni remota; con preparación remota, pero no próxima; con preparación próxima, pero no remota, y con las dos preparaciones.

Vivamos siempre en gracia de Dios y pidámosle al Señor nos conceda también la preparación próxima para la muerte.

Esta es la manera de morir que hemos de procurar con todos los medios a nuestro alcance: con la doble preparación.

Con la preparación remota del que ha vivido cristianamente, siempre en gracia de Dios, y con la preparación próxima del que a la hora de la muerte corona aquella vida cristiana con la recepción de los Santos Sacramentos y de los auxilios espirituales de la Iglesia: Penitencia, Eucaristía por Viático, Extremaunción, recomendación del alma, bendición papal.

Preparación próxima y preparación remota. Es la muere envidiable de los Santos, de la que dice la Sagrada Escritura que es preciosa delante del Señor: Pretiosa in conspectu Domini mors sanctorum ejus.

Los Santos que han vivido intensamente estas ideas, no solamente no temían la muerte, sino que la llamaban y deseaban con toda su alma para volar al cielo.

Porque la muerte cristiana, señores, tiene, entre otras, las siguientes sublimes características que la hacen infinitamente deseable y atractiva: morir en Cristo y morir con Cristo.

En primer lugar, morir en Cristo.

¿Qué significa morir en Cristo? Significa morir cristianamente, con la gracia santificante en nuestra alma, que nos da derecho a la herencia infinita del cielo.

¡Qué burla y qué sarcasmo, señores, cuando en los grandes cementerios de las modernas ciudades se ponen sobre las tumbas de los grandes impíos aquellos epitafios rimbombantes: “Aquí yace un gran guerrero, un gran artista, un gran literato, un gran emperador”! ¡Pero los ángeles de la guarda que están velando el sueño de los justos son los únicos que pueden leer el verdadero y auténtico epitafio de muchas de aquellas tumbas que el mundo venera: “Aquí yace un condenado para toda la eternidad”! Ojalá que a cada uno de nosotros se nos pueda poner este sencillo epitafio, pero auténtico, que refleje la verdad: “Murió cristianamente, con la gracia de Dios en su corazón”.

Y que se lleven los mundanos los mausoleos espléndidos, las flores que para nada sirven, los homenajes póstumos que nada remedian, las sesiones necrológicas, los ridículos “minutos de silencio…”, ¡que se lo lleven todo los mundanos! A nosotros nos basta con morir cristianamente: nada más.
¡Morir cristianamente! ¿Sabéis lo que eso significa? En primer lugar, es el término del combate.

En este mundo estamos librando todos una tremenda batalla –lo dice la Sagrada Escritura– contra los tres enemigos del alma: mundo, demonio y carne.

Estamos librando un combate.

Pero llega la hora de la muerte, y si tenemos la dicha de morir cristianamente, nos convertimos en el soldado que termina victorioso la batalla y se ciñe para siempre el laurel de la victoria.

En el labrador, que después de haber regado tantas veces la tierra con el sudor de su frente, recoge los frutos de la espléndida y ubérrima cosecha.
En el enfermo, que ve terminados para siempre sus sufrimientos y entra para siempre en la región de la salud y de la vida.

¡Qué bien lo sabe decir la Iglesia Católica cuando pronuncia sobre el cristiano que acaba de expirar aquella fórmula sublime: Requiescat in pace: “Descansa en paz”! En segundo lugar, la muerte cristiana es la arribada al puerto de seguridad.

En este mundo no podemos estar seguros.

Absolutamente nadie.

Ni el Soberano Pontífice, ni los mismos Santos mientras vivían acá en la tierra: nadie puede estar seguro de que morirá cristianamente.
Dice el Concilio de Trento que, a menos de una revelación especial de Dios, nadie puede saber con seguridad si se salvará o si se condenará; si recibirá de Dios el don sublime de la perseverancia final, o si lo dejará de recibir.

No lo podemos saber.

Es un interrogante angustioso que está suspendido sobre nuestras cabezas.
Ni los Santos estaban seguros de sí mismos.

Porque, aunque ahora seamos buenos, aunque estemos ahora en gracia de Dios, ¿qué será de nosotros dentro de diez años, dentro de veinte, y, sobre todo, a la hora de nuestra muerte? Es un misterio, no lo podemos saber.

¡Ah!, pero cuando se muere cristianamente, es el ruiseñor que rompe para siempre los hierros de su jaula y vuela jubiloso a la enramada.
Es el náufrago, que después de haber luchado contra las olas embravecidas que amenazaban tragarle hasta el fondo del océano, salta por fin a las playas eternas.

Es la caravana, que después de haber atravesado las arenas abrasadoras del desierto, llega por fin al risueño y fresco oasis.

Es la nave que llega al puerto después de peligrosa travesía.

Es emerger de la penumbra del valle y bañarse para siempre en océanos de clarísima luz en lo alto de la montaña.

El alma del que muere cristianamente queda confirmada en gracia, ya no puede perder a Dios, ya tiene asegurada para siempre la felicidad eterna.

Por eso la muerte cristiana es la entrada en la vida verdadera.

¡Cuánta pobre gente equivocada, que ha vivido y respirado el ambiente del mundo y está completamente convencida de que esta vida es la vida verdadera, la que hay que conservar a todo trance! ¡Qué tremenda equivocación! ¡Esta vida no es la vida! Un filósofo pagano exclamaba con angustia: “Ningún sabio satisface – esta duda que me hiere–: ¿es el que muere el que nace –o es el que nace el que muere–?” No sabía contestar esa pregunta porque carecía de las luces de la fe.

Pero a su brillo deslumbrante, ¡qué fácil es contestar a ella! Que se lo pregunten a San Pablo y les dirá: “Estoy deseando morir para unirme con Cristo”.

Pregúntenlo a Santa Teresa de Jesús y les contestará con sublime inspiración: “Aquella vida de arriba, que es la vida verdadera –hasta que esta vida muera–, no se alcanza estando viva…” O quizá de esta otra forma: “Vivo sin vivir en mí –y tan alta vida espero– que muero porque no muero”.

Que se lo digan a Santa Teresita de Lisieux, la Santa más grande de los tiempos modernos, en frase del inmortal Pontífice San Pío X.

Cuando la angelical florecilla del Carmelo estaba para exhalar su último suspiro, el médico que la asistía le preguntó: “¿Está vuestra caridad resignada para morir?” Y la santita, abriendo desmesuradamente sus ojos, llena de asombro, le contestó: “¿Resignada para morir? Resignación se necesita para vivir, pero ¡para morir! Lo que tengo es una alegría inmensa”.

Los Santos, señores, tenían razón. No estaban locos. Veían, sencillamente, las cosas tal como son en realidad.

La inmensa mayoría de los hombres no las ven así. No se dan cuenta de que están haciendo un viaje en ferrocarril y no se preocupan más que del vagón en el que están haciendo la travesía: el negocio, el porvenir humano, el aumento del capital.

Todo eso que tendrán que dejar dentro de unos años, acaso dentro de unos cuantos días nada más. No se dan cuenta de que el ferrocarril de la vida va devorando kilómetros y más kilómetros, y en el momento en que menos lo esperen, el silbato estridente de la locomotora les dará la terrible noticia: estación de llegada. Y al instante, sin un momento de tregua, tendrán que apearse del ferrocarril de la vida y comparecer delante de Dios.

Entonces caerán en la cuenta de que esta vida no es la vida.

Ojalá lo adviertan antes de que su error no tenga ya remedio para toda la eternidad.

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La segunda característica de la muerte cristiana es morir con Cristo.

¿Qué significa esto? Significa exhalar el último suspiro después de haber tenido la dicha inefable de recibir a Jesucristo Sacramentado en el corazón.

¡El Viático! ¡Qué consuelo tan inefable produce en el alma cristiana el simple recuerdo del Viático! La Eucaristía es un milagro de amor, de sublime belleza y poesía en cualquier momento de la vida.

Pero la Eucaristía por Viático es el colmo de la dulzura, de la suavidad y de la misericordia de Dios. Poder recibir en el corazón a Jesucristo Sacramentado en calidad de Amigo y de Buen Pastor momentos antes de comparecer ante Él como Juez Supremo de vivos y muertos, es de una belleza y de una emoción indescriptibles.

¡Qué paz, qué dulzura tan inefable se apodera del pobre enfermo al abrazar en su corazón a su gran Amigo, que viene a darle la comida para el camino –que eso significa la palabra Viático– y ayudarle amorosamente en el supremo tránsito a la eternidad! Cuando desde lo íntimo de su alma, el pobre pecador le pide perdón a su Dios por última vez, antes de comparecer ante Él, sin duda alguna que Nuestro Señor Jesucristo, que vino a la tierra precisamente a salvar lo que había perecido (Mt, 18, 11) y en busca de los pobres pecadores (Mt 9, 13) le dará al agonizante la seguridad firmísima de que la sentencia que instantes después pronunciará sobre él será de salvación y de paz.

¡Y que una cosa tan bella y sublime como el Viático estremezca de espanto a la inmensa mayoría de los hombres, incluso entre los cristianos y devotos! Son innumerables los crímenes a que ha dado lugar tamaña insensatez y locura.

¡Cuántos desgraciados pecadores se han precipitado para siempre en el infierno porque su familia cometió el gravísimo crimen de dejarles morir sin Sacramentos por el estúpido y anticristiano pretexto de no asustarles! Este verdadero crimen es uno de los mayores pecados que se pueden cometer en este mundo, uno de los que con mayor fuerza claman venganza al cielo. ¡Ay de la familia que tenga sobre su conciencia este crimen monstruoso!

El Viático no empeora al enfermo, sino, al contrario, le reanima y conforta, hasta físicamente, por redundancia natural de la paz inefable que proporciona a su alma.

Pero, aun suponiendo que por el ambiente anticristiano que se respira por todas partes en el mundo de hoy, asustara un poco al enfermo la noticia de que tiene que recibir el Viático, ¿y qué? ¿No es mil veces preferible que vaya al cielo después de un pequeño o de un gran susto, antes que, sin susto alguno, descienda tranquilamente al infierno para toda la eternidad? ¡Y qué cosa tan evidente y sencilla no la vean tantísimos malos cristianos que cometen la increíble insensatez y el enorme crimen de dejar morir como un perro a uno de sus seres queridos! Gravísima responsabilidad la suya, y terrible la cuenta que tendrán que dar a Dios por la condenación eterna de aquella desventurada alma a la que no quisieron “asustar”.

Escarmentad todos en cabeza ajena. Advertid a vuestros familiares que os avisen inmediatamente al caer enfermos de gravedad.

La recepción del Viático por los enfermos graves es un mandamiento de la Santa Madre Iglesia, que obliga a todos bajo pecado mortal, lo mismo que el de oír Misa los domingos o cumplir el precepto pascual.

Y como la mejor providencia y precaución es la que uno toma sobre sí mismo, procurad vivir siempre en gracia de Dios y llamad a un sacerdote por vuestra propia cuenta –sin esperar el aviso de vuestros familiares– cuando caigáis enfermos de alguna consideración.

Compartimos con ustedes, para completar este hermoso y alentador escrito el Episodio dos del misterio del mas allá.

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