SAN AGUSTÍN- SERMONES

EL AMOR

Lugar: Desconocido

Fecha: Años 425 al 430

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Quien tiene su corazón lleno de amor, hermanos míos, comprende sin error y mantiene sin esfuerzo la variada, abundante y vastísima doctrina de las Sagradas Escrituras, según las palabras del Apóstol: La plenitud de la ley es el amor; y en otro lugar: El fin del precepto es el amor que surge de un corazón puro, de una conciencia recta y de una fe no fingida. ¿Cuál es el fin del precepto sino el cumplimiento del mismo? ¿Y qué es el cumplimiento del precepto sino la plenitud de la ley? Lo que dijo en un lugar: La plenitud de la ley es el amor, es lo mismo que dijo en el otro: El fin del precepto es el amor.

No puede dudarse en modo alguno que el hombre en el que habita el amor sea templo de Dios, pues dice también Juan: Dios es amor. Al decirnos esto los apóstoles y confiarnos la excelencia del amor, están indicando que no comieron otra cosa sino lo que manifiestan esos eructos. El mismo Señor que los alimentó con la palabra de la verdad y del amor que es el mismo pan vivo que ha bajado del cielo, dijo: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Y también: En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os amáis los unos a los otros. El que vino a dar muerte a la corrupción de la carne a través de la ignominia de la cruz y a desatar con la novedad de su muerte la cadena vetusta de la nuestra, creó un hombre nuevo con el mandamiento nuevo. Que el hombre muriera era, efectivamente, algo muy antiguo; para que no siempre fuese realidad en el hombre, aconteció algo nuevo: que Dios muriera. Mas como murió en la carne, pero no en la divinidad, mediante la vida sempiterna de su divinidad no permitió que fuese eterna la perdición de la carne. Y así, como dice el Apóstol, murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación. Por tanto, quien adujo la novedad de la vida contra la vetustez de la muerte, él mismo opone al pecado viejo el mandamiento nuevo. En consecuencia, quienquiera que seas tú que quieres extinguir el viejo pecado, apaga con el mandamiento nuevo la concupiscencia y abrázate al amor. Como la concupiscencia’ es la raíz de todos los males, así también el amor es la raíz de todos los bienes.

El amor por el que amamos a Dios y al prójimo posee confiado toda la magnitud y latitud de las palabras divinas. El único maestro, el celestial, nos enseña y dice: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y amarás al prójimo como a ti mismo. De estos dos preceptos pende toda la ley y los profetas. Si, pues, no dispones de tiempo para escudriñar todas las páginas santas, para quitar todos los velos a sus palabras y penetrar en todos los secretos de las Escrituras, mantente en el amor, del que pende todo; así tendrás lo que allí aprendiste e incluso lo que aún no has aprendido. En efecto, si conoces el amor, conoces algo de lo que pende también lo que tal vez no conoces; en lo que comprendes de las Escrituras se descubre evidente el amor, en lo que no entiendes se oculta. Quien tiene el amor en sus costumbres, posee, pues, tanto lo que está a la vista como lo que está oculto en la palabra divina.

Por tanto, hermanos, perseguid el amor, el dulce y saludable vínculo de las mentes, sin el que el rico es pobre y con el que el pobre es rico. El amor da resistencia en las adversidades y moderación en la prosperidad; es fuerte en las pruebas duras, alegre en las buenas obras; confiado en la tentación, generoso en la hospitalidad; alegre entre los verdaderos hermanos, pacientísimo entre los falsos. Grato en Abel por su sacrificio, seguro en Noé por el diluvio, lleno de fidelidad en las peregrinaciones de Abrahán, suavísimo en medio de injurias en Moisés, mansísimo frente a las tribulaciones en David. En los tres niños espera con inocencia las blandas llamas, en los Macabeos tolera con fortaleza los fuegos atroces; es casto en Susana con respecto a su marido, en Ana después de muerto su marido, en María sin marido. Es libre en Pablo para argüir, humilde en Pedro para obedecer, humano en los cristianos para confesarle, divino en Cristo para perdonar. Pero ¿puedo yo decir algo mejor y más abundante a propósito del amor que las alabanzas que le prodiga el Señor por boca del Apóstol? Muestra un camino sobreexcelente y dice: Aunque hable las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como un bronce que suena o un címbalo que retiñe; y aunque tenga el don de profecía y conozca todos los misterios y toda ciencia, y aunque tenga tanta fe que hasta traslade los montes, si no tengo amor, nada soy. Y aunque entregue todos mis bienes y distribuya todo lo que tengo a los pobres, y aunque entregue mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, de nada me sirve. El amor es magnánimo, el amor es benigno; el amor no es envidioso, no obra el mal, no se hincha, no es descortés, no busca las cosas propias, no se irrita, no piensa mal, no goza con él mal, se alegra con la verdad. Todo lo tolera, todo lo cree, todo lo espera, todo lo sufre. La caridad nunca desfallece. ¡Qué grandeza la suya! Es el alma de las Escrituras, el poder de la profecía, la salvación de los misterios, el fundamento de la ciencia, el fruto de la fe, las riquezas de los pobres, la vida de los que mueren. ¿Hay grandeza de ánimo mayor que la del que muere por los impíos? ¿Qué hay tan benigno como amar a los enemigos? El amor es lo único que no oprime a la felicidad ajena, que no siente envidia de ella. Es lo único que no se engríe con la felicidad propia, porque no se hincha. Es lo único a lo que no punza la mala conciencia, porque no obra el mal. Se halla confiado entre los insultos, hace el bien el medio del odio; en medio de la ira es plácido; entre las insidias, inocente; en medio de la maldad, llora; en la verdad, respira. ¿Qué hay más fuerte que él, no para devolver las injurias, sino para curarlas? ¿Qué hay más fiel que él, no por vanidad, sino para la eternidad? En efecto, tolera todo en la vida presente, porque cree todo lo referente a la vida futura, y sufre todo lo que aquí le sobreviene, porque espera todo lo que allí se le promete; con razón nunca desfallece. Así, pues, perseguid el amor y, pensando devotamente en él, aportad frutos de justicia. Y cualquier alabanza que vosotros hayáis encontrado más exuberante de lo que yo haya podido decir, muéstrese en vuestras costumbres. Conviene que el sermón de un anciano no sólo sea sustancioso, sino también breve.