R. P. Jaime Balmes- Cartas a un escéptico en materia de religión

AÑO 1846

Carta IX

Contradicciones de los incrédulos

CARTA 9


La moral de los hombres irreligiosos. Defensa de la moral del Evangelio. Las pasiones. Actos internos y externos. Diferencia capital entre la religión cristiana y los filósofos que la combaten. Vicio radical del sistema de los incrédulos. Aplicación al principio de fraternidad universal. Sabiduría de la moral evangélica. Suavidad de los incrédulos convertida en crueldad. Observaciones sobre la Providencia. Importancia de la religión.


Mi estimado amigo: El método que va siguiendo usted en la discusión epistolar que hemos entablado, me va manifestando una verdad, que, si bien ya la tenía conocida, me la hace V. mucho más evidente: hablo de la poca fijeza y exactitud en la moral; vicio de que adolecen generalmente los que no están fundados sobre el sólido cimiento de la religión. Con mucha verdad se ha dicho que la moral sin dogma era justicia sin tribunales. Se les oye a Vds. ponderar y ensalzar con entusiasmo la sublime doctrina de Jesucristo en todo lo concerniente a la conducta del arreglo del hombre; confiesan que nada hay superior ni igual entre los filósofos antiguos y modernos; reconocen que nada hay que añadir ni quitar; todo esto con una sinceridad y una expresión de buena fe, que no le dejan a uno duda de que, si rechazan los dogmas de la religión cristiana, al menos abrazan como convicción filosófica la moral que ella nos enseña. Cuando he aquí que a lo mejor, hablando de puntos de alta importancia, se disparan de improviso con la exposición de una doctrina que no puede conciliarse con la moral del Evangelio, pues que se halla en abierta oposición con lo que éste prescribe. Así me ha sucedido con la última carta de V., en la cual, después de resignarse a abandonar la trinchera en la que se había hecho fuerte, pretendiendo que nuestra religión se empeñaba en luchar con lo más íntimo de la naturaleza, al prohibir como cosa mala el amor propio, me viene V. modificando su argumento, pero en realidad proponiéndose un objeto semejante.

Dice V. que está de acuerdo conmigo en que la religión no destruye sino que rectifica el amor propio; y no tiene V. inconveniente en reconocer que las objeciones de su carta anterior estribaban en un supuesto falso. No obstante, deseando no abandonar el terreno sin combatir, se empeña V. en sostener que la manera con que la religión rectifica el amor propio es demasiado dura, y contraria por demás a los instintos de la naturaleza. Aquí tiene su aplicación lo que le estaba diciendo poco antes, a saber, que los hombres irreligiosos caen con frecuencia en una contradicción patente, alabando, de una parte, la moral de Jesucristo, y atacándola, por otra, sin consideración ni miramiento. V. pertenece al número de aquellos que se glorían de reconocer la santidad de la moral evangélica, y, sin embargo, no tiene reparo en condenarla por lo que prescribe con respecto a las pasiones. Y ¿Sabe usted que el declarar una moral mala, o inútil, o inaplicable en lo relativo a las pasiones, es condenarla poco menos que en su totalidad? ¿No ha advertido V. que la mayor parte de los preceptos de la moral se rozan con el arreglo y represión de las pasiones? Si, pues, la del Evangelio no sirve para ellas, ¿para qué servirá?

Afirma V. que los preceptos evangélicos son duros en demasía, por oponerse a irresistibles instintos de la naturaleza; y, por lo que toca a algunos de sus consejos, se adelanta V. a decir que difícilmente se le persuadirá de que sean conformes a la razón y a la prudencia. Asienta V. por principio que el secreto de dirigir las pasiones es dejarles respiradero para evitar la explosión, añadiendo que el olvido de esta máxima es uno de los defectos capitales de que adolece la moral del Evangelio. No lleva V. a mal que se declaren culpables los actos que introducirían la perturbación en las familias, y aun aquellos que tienden a multiplicar la población, encargando a la caridad pública el fruto de la incontinencia; pero no puede persuadirse de que el rigor se haya de llevar hasta el punto de prohibir el mismo pensamiento, declarando culpable a los ojos de Dios aquel que admitiera la liviandad en su corazón, por más que se abstenga de todo cuanto repugne a la naturaleza o pueda acarrear algún daño a la familia y a la sociedad. Dejando aparte la discusión a que bajo muchos aspectos podría dar lugar la objeción de usted, y ciñéndonos al punto de vista de la prudencia, que es el que V. encarece principalmente, sostengo que la moral del Evangelio es tan profundamente sabia y cuerda en su pretendida dureza, que sería mucho más dura si se amoldase a las doctrinas de V. Extravagante aserción ha de parecer esta que acabo de emitir, y, no obstante, me lisonjeo de poderla apoyar con tales razones, que se vea V. precisado a subscribir a mi dictamen.

Ya que V. parece aficionado al estudio del corazón, me atreveré a preguntarle si, en el supuesto de haberse de prohibir un acto es más difícil alcanzar la obediencia prohibiendo también el deseo, o dejándole campear libremente. Tengo por seguro que es harto más fácil lograr que el hombre evite aquello que no puede ni desear, que no el que, siéndole permitido el deseo, haya de abstenerse de la obra. Se ha dicho muy bien que del pensamiento a la ejecución va tan poca distancia como de la cabeza al brazo, y la experiencia está enseñando todos los días que quien ha concebido deseos vehementes de poseer un objeto, deja con mucha dificultad de emplear los medios para lograrlo. Cabalmente en la materia de que estamos tratando, se ciega de tal modo la razón, y preponderan de tal suerte las pasiones, que el que se deja arrastrar por ellas se degrada y embrutece, olvidando lastimosamente su honor, sus bienes, su salud y hasta su vida. Y con una pasión semejante, ¿cree V. que la prudencia aconseja permitir el deseo y prohibir la ejecución? Afirma usted sin vacilar que es dura la prohibición que se extiende al deseo, sin advertir que sólo en el sistema de V. hay la verdadera crueldad, pues que se pone al hombre en el tormento de Tántalo, haciendo correr a las inmediaciones de sus sedientos labios, aguas frescas y cristalinas que no se le permite probar. Reflexione V. maduramente sobre estas observaciones y se convencerá de que la verdadera dureza está en la moral de V. y no en la del Evangelio; que en la de usted, bajo la apariencia de indulgente suavidad, se pone en verdadera tortura al corazón; y que en la del Evangelio, con una severidad prudente y oportuna, se procura a las almas virtuosas la tranquilidad y la calma. El hombre que sabe no serle lícito deleitarse ni siquiera en un pensamiento malo, lo rechaza con fuerza desde el momento que se le ocurre, y así no da lugar a que la pasión se exalte y le ciegue; el que creyese no caber pecado sino en la ejecución, procuraría complacer las inclinaciones de la naturaleza, engañándose a sí mismo con la esperanza de que el placer del pensamiento y del deseo no le arrastraría hasta cometer el acto; pero, desde el momento que la razón y la voluntad hubiesen abdicado su soberanía, aun cuando fuese con la condición expresa de que no se los había de llevar más allá de lo que permitieran los deberes, fuérales imposible contener las pasiones turbulentas, que, engreídas con la primera concesión, no cederían hasta satisfacerse cumplidamente.

Una diferencia capital existe entre la religión cristiana y los filósofos que bajo distintos nombres la combaten: aquélla asienta por principio que es preciso atajar las pasiones en su cuna, creyendo que será tanto más difícil dirigirlas o sujetarlas cuanto más incremento se les haya dejado tomar, mientras éstos se conducen por la regla de que conviene permitir que las pasiones, aun las de tendencias más aviesas, se desenvuelvan hasta cierto punto, en el cual afirman que es necesario detenerlas. Y ¡cosa notable!, así se portan los filósofos que no disponen de otros medios para dominar el corazón que estériles discursos, cuya impotencia se manifiesta siempre que se hallan en lucha con una pasión algo vehemente; y la religión obra en sentido contrario, ella que abunda de medios eficacísimos para obrar sobre el entendimiento y la voluntad, y señorear al hombre entero. La religión fundada por el mismo Dios se atiene a una regla prudente, estimando en más la precaución del mal que no el tener que remediarlo, procurando curarlo cuando es pequeño por ahorrar la dificultad de hacerlo cuando sea grande; y el débil mortal se atreve a soltar el dique a las aguas, afirmando que conviene dejarlas correr libres, y que basta el que, cuando lleguen al límite prefijado, se les diga: “de aquí no pasaréis, y aquí quebrantaréis el orgullo de vuestras olas”.

Yo no sé si se habrá convencido V., mi estimado amigo, con las razones que acabo de alegar en defensa de la moral del Evangelio y en contra del sistema filosófico. Como quiera, no podrá V. negarme que estas consideraciones no son para despreciadas, dado que se fundan en la misma naturaleza del hombre y en lo que nos está enseñando la experiencia de todos los días. Lo que hemos aplicado a la pasión más turbulenta y peligrosa de las que afligen a los míseros humanos, puede decirse de todas las demás, bien que de ella se verifica de una manera particular aquello de que no hay más remedio que la fuga. Sentencia profundamente sabia y prudente, que advierte al hombre de lo mucho que importa no perder el dominio sobre sí mismo, porque no le sería fácil encadenar las pasiones, una vez hubiese llegado a soltarlas.

Sucede con el individuo lo propio que con la sociedad: si el poder supremo, cuyo cargo es gobernar, principia a ceder a las exigencias de los que deben obedecer, éstas van cada día en aumento, la autoridad se degrada a proporción que pierde terreno, hasta que al fin se llega a una completa anarquía o se apela a una reacción violenta, para recobrar lo perdido y restablecer derechos que jamás se debieran haber abdicado. Las leyes de orden tienen una analogía singular, aun en sus aplicaciones a cosas de naturaleza muy diferente; pudiera decirse que es una misma ley, sin más modificaciones que las absolutamente indispensables para atender a la especie del sujeto que por ellas se ha de regir.

He dicho que cuanto acababa de afirmar sobre la pasión voluptuosa era también aplicable a las demás, y voy a hacérselo sentir a V., atacándole por la parte más sensible, que es la filantropía, ya que Vds. los filósofos no pueden tolerar que se ponga en duda su ardiente amor a la humanidad. Están Vds. encareciendo continuamente el precepto de fraternidad universal, que, según la religión de Jesucristo, enlaza a todos los hombres como miembros de una misma familia. Se infiere de dicho mandamiento la prohibición de dañar al prójimo, y, según nuestros principios, no sólo no podernos dañarle, pero ni aun tener este deseo; por manera que pecamos con sólo complacernos en nuestro corazón un pensamiento de venganza.

Ahora bien, aplicando al caso presente la teoría de V., resultará que debe condenarse por sobrado dura la moral cristiana en esta parte, y para seguir los consejos de una suave prudencia, será preciso contentarse con declarar que es malo el cometer un acto que dañe a nuestros hermanos, pero no lo es el deseo, si nos limitamos a él. Así la bella fraternidad de Vds. se podrá expresar de esta suerte: “Hombres, no os causéis daño, ni de obra, ni de palabra, porque con esto faltaríais a las reglas de la sana moral, y ofenderíais al Dios que os ha criado, no para que os perjudiquéis mutuamente, sino para que viváis en pacífica harmonía. Hasta aquí llega la obligación; pero entrando en el santuario de vuestro interior, sois dueños de desear a los demás hombres todo el mal que os pluguiere, seguros de que con ello no cometeréis ninguna falta, pues que Dios no es tan duro que haya querido, no sólo prohibir los hechos, sino también el pensamiento y el deseo.” ¿No le parece a V. que el precepto de la caridad, de la fraternidad universal, es cosa curiosa y peregrina, si la explicamos de esta manera? Y, sin embargo, es evidente que de esta suerte lo explica V., no habiendo yo hecho otra cosa que reunir las partes del sistema para que se notara más vivamente el contraste.

El vicio radical de dicho sistema es poner en desacuerdo lo interior con lo exterior, es suponer que conviene limitar las obligaciones morales a los actos externos, es establecer una especie de moral civil que en último análisis vendría a parar a una jurisprudencia puramente humana, sin otro objeto que impedir el que se perturbase la tranquilidad pública. A este resultado conducen las doctrinas de V.; y nada extraño es que así sea, puesto que es muy natural que, en desterrando a Dios del mundo, o no admitiendo religión alguna, es decir, quitando la influencia divina sobre los actos del hombre, queden éstos considerados en el orden puramente externo, y no tengan importancia a los ojos del filósofo, sino en cuanto son capaces de producir algún bien exterior o de causar algún mal. Quitando Vds. a Dios, o, lo que viene a parar a lo mismo, destruyendo la religión, destruyen también la conciencia, destruyen al hombre interior, y reducen toda la moral a una combinación de utilidades bien calculadas.

Estas consecuencias le serán a V. desagradables, y no me cabe duda de que hará un esfuerzo por rechazarlas; mas, para evitar disputas, le ruego a V. que vuelva a seguir el hilo del raciocinio que me ha conducido a ellas, pues estoy cierto de que, haciéndolo así con imparcialidad y buena fe, no podrá menos de reconocer que mis palabras nada tienen de falso ni hiperbólico.

Entre tanto, y para hacer sentir más y más los errores o inconvenientes de la doctrina que V. abrazaba con tanta seguridad, voy a hacer una aplicación de ella al mismo precepto de fraternidad universal, no considerado en su parte prohibitiva, sino en la preceptiva. Dando por sentado que el mal está únicamente en los actos externos, deberemos convenir también en que la bondad de las acciones estará también en lo exterior: así ejerceremos un acto laudable haciendo bien al prójimo, mas no deseándoselo. Y ¿sabe V. a dónde nos conduce este principio? ¿Sabe V. que nada menos se logra con él que destruir de un golpe esa fraternidad universal tan encarecida por la filantropía de los filósofos. ¿Qué es el amor que se limita a los actos exteriores? ¿Es verdadero amor el que no está en el corazón? ¿No es esto lo mismo que nos está indicando el lenguaje cuando distingue entre la beneficencia y la benevolencia, es decir, entre hacer el bien y el desearlo? Así la primera como la segunda, ¿no son virtudes muy loables? Quien no puede ser benéfico por faltarle los medios necesarios, ¿no es muy laudable que sea benévolo, esto es, que tenga deseos de hacer el bien, ya que no le sea posible realizarlo? Quien hace el bien ¿no lo desea antes de ponerlo en práctica? Es decir, el hombre benéfico ¿no es antes benévolo? ¿Y no es benéfico por lo mismo que es benévolo? Yo no sé si usted mirará las cosas desde este punto de vista, pero de mí sabré decirle que considero tan enlazados el deseo y el acto, que se me presentan como cosas de un mismo orden, y como que la una es complemento de la otra. Más diré, limitándome a la beneficencia: cuando me figuro a un hombre que hace el bien por un motivo cualquiera, pero que al mismo tiempo no abriga en su corazón un afectuoso deseo que le impulsa a estos actos, es decir, cuando veo la beneficencia separada de la benevolencia, o no concibo allí un acto de virtud, o por lo menos la encuentro manca, despojada de los más bellos adornos que la hacían agradable y encantadora.

Ya ve V., mi querido amigo, que la religión cristiana no anda tan desacertada en entrometerse en los actos internos, en extender sus mandamientos y sus prohibiciones hasta lo más recóndito que ejecutamos en el fondo de la conciencia; y que el tacharla de dura por este procedimiento, es dar por el pie, no sólo a la moral religiosa, sino también a la enseñada por la luz de la razón. Así se enlazan las cosas que parecen más distantes; así se encadenan las verdades con tan estrecha intimidad, que quien se atreve a negar una, se ve forzado a desechar muchas otras, que él tal vez respeta y venera con toda sinceridad y acatamiento. De estas consideraciones desearía yo que sacase V. una consecuencia que le he indicado varias veces, y que no me cansaré de repetirle, y es la importancia de que, al examinar las cuestiones religiosas, no nos empeñemos en aislarlas demasiado, pues que corremos peligro de mutilar la verdad, y una verdad mutilada es un error. Los incrédulos y los escépticos incurren casi siempre en este defecto: toman un dogma, un precepto moral, una práctica, una ceremonia de la religión, la separan de todo lo demás, la analizan prescindiendo de todas las relaciones que tiene con otros dogmas, preceptos y prácticas o ceremonias; no miran el objeto sino por un lado, y de esta manera consiguen que la ceremonia parezca ridícula, que la práctica sea irracional, que el precepto sea cruel, que el dogma sea absurdo. No hay orden de verdades que no venga al suelo si de este modo se las examina; porque entonces no se las considera como son en sí, sino como las ha arreglado allá en su mente el antojo del filósofo. En tal caso se crean fantasmas que no existen, se huye el cuerpo a los verdaderos enemigos, para pelear con otros imaginarios, con lo cual es poco peligroso el entrar en la lucha, partiendo de un tajo descomunales jayanes.

En la parte moral, mayormente cuando se trata de los sentimientos más dulces y seductores, no es difícil alucinar a los incautos ofreciéndoles como una expansión inocente lo que es un veneno mortífero. Así, por ejemplo, en la dificultad que V. me propone en su apreciada carta, ¿qué cosa más conforme a los instintos de la naturaleza, a los más suaves impulsos del corazón, que la doctrina por usted sustentada? “¿Qué, decía V., no basta prohibir los actos que podrían producir malos resultados a la sociedad, a la familia, o al individuo, que sea preciso penetrar hasta lo interior del alma y allí complacerse en atormentar el corazón, obligándole a abstenerse hasta de aquellas exhalaciones que, más bien que crímenes, deberán ser a los ojos de Dios inocentes desahogos de la naturaleza? Si el mal no se consuma, ¿a quién daña el deseo? ¿Es posible que el Criador pueda ofenderse de los actos más inofensivos de su criatura?” He aquí lo que se apellidan golpes sentimentales, y que son argumentos decisivos para las almas candorosas y ardientes, que están ansiosas de una doctrina que excuse sus debilidades, aflojando algún tanto la austeridad de la moral que aprendieron en el catecismo.

Pero he aquí también sofismas peligrosos, que a nada conducen para el bienestar y consuelo de aquello en cuyo favor se hacen, y que, antes al contrario, los extravían y corrompen de una manera lastimosa. “¿Qué, se podría replicar imitando el propio tono, seréis tan crueles que permitáis arrimar a los labios sedientos el fresco y sabroso licor, y no consintáis probarlo? ¿Seréis tan crueles que soltéis la rienda a la pasión en las regiones interiores y no le dejéis un desahogo en lo exterior? ¿Seréis tan crueles que desencadenéis las tempestades en el fondo del corazón, que allí conservéis a éste agitado y combatido por todos lados, sin dejar que el desahogo le alivie de sus penas, y que, extendiéndose la borrasca, se haga menos intensa y dolorosa? O cerrad enteramente la puerta al daño, o permitidle el remedio: no pongáis de tal suerte en lucha al hombre interior con el exterior, al corazón con las obras; ya que de humanos os preciáis, procurad que no sea tan cruel vuestra mentida indulgencia.”

Por lo que toca al otro punto de si Dios puede indignarse por los actos interiores de su criatura: ¡Qué!,
Podríamos decir, si relaciones hay entre Dios y el hombre, si el Criador no ha abandonado a su criatura, si la mira todavía como digno objeto de sus cuidados, ¿no es claro, no es evidente, que el entendimiento y la voluntad, es decir, lo más precioso que hay en el hombre, lo que le hace capaz de conocer y amar a su Hacedor, lo que le ensalza sobre los brutos, lo que le constituye rey de la creación, no es aquello, repetiremos, lo que debe suponerse objeto de la solicitud del Supremo Hacedor, y que Éste no atiende a los actos exteriores sino en cuanto manan del santuario de la conciencia, donde se complace en ser conocido, amado y adorado? ¿Qué es el hombre, si prescindimos de su interior? ¿Qué es la moral, si no la aplicamos al entendimiento y a la voluntad? ¿Es fundada, es razonable siquiera, una doctrina que, aparentando sobreabundancia de sentimientos de humanidad, y blasonando de dignidad e independencia, mata tan despiadadamente al hombre en lo que tiene de más independiente y más digno?

Persuádase V., mi querido amigo, de que no hay verdad, no hay dignidad en nada de lo que se opone a la religión; que lo que a primera vista parece más noble y generoso, es en realidad bajo y degradante; y a propósito de sentimientos filantrópicos, guárdese V. de esas inspiraciones repentinas que se le ofrecerán como argumentos decisivos, y que, examinados a la luz de la religión y hasta de la sana filosofía, no son más que raciocinios infundados, o bien que, estribando sobre principios erróneos, conducen a establecer el predominio del cuerpo sobre el espíritu, y a desencadenar sobre la tierra las pasiones voluptuosas.

Ínterin vea V. en qué puede complacerle este su amigo y S. S. Q. B. S. M.
J. B.