Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Sagrada Familia

Sermones-Ceriani

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA

Uno de los refugios predilectos de las almas piadosas es la Santa Casa de Nazaret.

Y el Evangelio nos conduce a ella para que disfrutemos de su silencio, de su paz, de su intimidad, de su unción.

Entrando en esta casa, nuestra alma se siente embargada por la piedad, la adoración y un reconfortante descanso.

En esta casa empezamos a aprender y a apreciar el valor divino del recogimiento; cobra sentido la gran verdad de que en la vida sencilla, modesta, trabajadora, que se pasa en compañía de Jesús, María y San José cabe una felicidad mayor que en las manías de grandeza, que acosan a los hombres y los lanzan en pos de una dicha inaccesible, efímera, para que luego, decepcionados, sea mayor todavía su tormento.

El mundo llena los corazones de sueños, de esperanzas vanas, de lamentos; y mientras tanto los desvía del único modo de vivir seguro, conforme al plan de Dios, el único capaz de comunicarnos dicha.

El mundo lanza a los hombres en busca de lo que no tienen, y no les deja solaz para aprender a vivir con felicidad en medio del recato, de la modestia, de la humildad.

La casita de Nazaret nos predica cómo vivió Dios en esta tierra. El mismo Señor nos enseña cómo hay que vivir en una casita con techumbre de paja, en medio de virutas y aserrín; vistiendo traje humilde, comiendo sencillamente y, con todo, rebosando de dicha, de una dicha indecible.

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Descubramos los rasgos principales de esta vida adorable y admirable, descubramos el espíritu de la Casa de Nazaret.

En primer lugar, es espíritu de hogar.

Su ambiente no es el derecho, ni la ley, sino la caridad, la donación, la disposición y la prontitud, la atención, la buena voluntad y la cortesía.

¿Qué diferencia hay entre el hogar y la casa hospitalaria de un amigo? Nos albergamos unos días en ésta; es nuestra y no lo es; el hogar, en cambio, es nuestro y seguirá siéndolo.

¿Qué diferencia hay entre el hogar y el comedor público? En éste lo principal es la ganancia; hasta se despachan sonrisas por un poco de dinero; en el hogar reina el desprendimiento.

He ahí el espíritu que debe informar nuestras relaciones familiares.

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Viene luego el espíritu de piedad.

La piedad es espíritu filial, en Dios ve al padre, en los Santos ve hermanos, en los padres a Dios y en los hombres a Cristo.

Los moradores de esta casa vivían sintiendo que Dios estaba en medio de ellos, que hablaban, sufrían y trabajaban en su presencia y todo lo hacían en unión con Él.

¿Qué vida es esa que transcurre en la cercanía inmediata de Dios y qué es lo que siente quien así vive?

La cercanía de Dios inspira al hombre el temor, pero también la confianza.

Mi Señor está cerca de mí; es mío, me pertenece; no es un extraño para mí, ya que está cerca, convive conmigo bajo un mismo techo.

Es mi Señor, es mi Creador y mi Dios, y por tal motivo le debo veneración y adoración.

Todo lo comparte conmigo, es Él quien me envía la desgracia y la alegría, en todo quiere mi bien; es mi Padre.

Para nosotros Dios es Nuestro Padre, y la Virgen Santísima Nuestra Madre; los Santos son nuestros hermanos mayores, llenos de gloria, y así los tratamos a todos y sentimos al unísono con ellos.

A este espíritu le damos, justamente, el nombre de piedad.

Este espíritu de piedad se irradia del alma unida con Dios.

Este espíritu alentaba en el Niño Jesús, en María Santísima y en San José.

La piedad consiste en tratar con Dios íntimamente, con llaneza, con amor filial.

Estar con Dios, sentir la proximidad del Señor, estar en contacto continuo con Él, pensar en Él con frecuencia y espontaneidad, como refugiándose junto a Él: he ahí la gracia de la piedad.

En el hogar de Nazaret se sentían como en casa, y por esto conocían su espíritu y sabían qué espíritu han de adquirir los que quieren convertir su hogar en Santa Casa de Nazaret y su familia en Sagrada Familia.

Los Santos nos dicen: Hombres, hermanos, Dios se hizo nuestro Padre; tratadle, pues, como Padre.

Él quiere que le amemos; no sofoquéis los sentimientos de vuestro corazón, sino abridlo por completo, y acudid al Señor con todos los sentimientos de vuestro corazón, con vuestras lágrimas, vuestros suspiros, vuestras preocupaciones, vuestras dificultades.

Este espíritu se irradia hacia nosotros partiendo del Hijo de Dios, del Niño Jesús; y así como Él llenó de este espíritu su primera mansión, la casita de Nazaret; de un modo análogo llena con el mismo espíritu los hogares cristianos.

Este espíritu de piedad es lo que aprendemos en la casita de Nazaret; y no podemos aprenderlo en ningún otro lugar, o por lo menos no podemos aprenderlo tan bien y con tanta facilidad como en la Santa Casa.

El mundo no conoce este espíritu. Al contrario, rebosa de ese espíritu egoísta, árido, frío, que no ama la oración; rebosa del espíritu de la frivolidad y del enfriamiento para con Dios, y habla de todo lo divino con una indiferencia que hiela.

¿Dónde podemos notar, dónde podemos ver en la gran casa del mundo que el Señor está cerca de nosotros, que podemos acudir a Él con confianza y descansar junto a Él con dulce sosiego?

¡Todo es tan cruel y árido!

La piedad no es dura, no es egoísta, no es frívola. Sabe conversar con Dios y permanecer en sus cercanías; sus palabras, sus acciones, su mirada, su postura, sus afectos son maneras suaves de tratar con Dios.

¿Dónde se nos enseñará que Dios es Nuestro Padre, y que hemos de acudir a Él con la confianza, el amor y la piedad de hijos? ¿Dónde está esta escuela? ¿Dónde está esta filosofía?

¡Dulce casita de Nazaret!, tu silencio, tu paz y el Niño divino que habita en ti me dicen más, infinitamente más que todo el mundo con toda su ciencia, con todos sus raciocinios y manías de grandeza…, sí, me dicen más respecto de estas verdades: Dios es mi Padre, yo soy su hijo, y por consiguiente, he de abrazar con amor filial y espíritu piadoso al Señor.

¡Dulce casita de Nazaret!, abre tu puerta, y recíbeme; el deseo ardoroso de mi alma es estar cerca del Señor, estar siempre con Él.

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Tercer rasgo de la vida nazaretana es la vida sobrenatural. La vida de fe inspira un modo especial de pensar, de sentir, de querer y de obrar; en la casa de Nazaret vemos tres almas de esas que se enardecen, se inspiran y se mueven por la fe: ahí está el divino Redentor, la Virgen Santísima y San José.

Meditemos bien en qué se manifestaba su vida sobrenatural.

Primero, en el pensar.

En la casita de Nazaret, además de la luz del sol hay otra luz. Por ella vemos en el Hijo de María y de José, en “el hijo del carpintero”, al Hijo verdadero de Dios, cuyos actos, aun los más insignificantes, tienen un valor eterno.

Por doquiera le acompaña su dignidad divina; cuanto hace y cuanto toca lo hace y lo toca el Hijo de Dios. Lo vital del mérito no está en que Él haga algo grande, sino en que lo haga precisamente Él.

Junto al Niño vemos a su Madre Santísima. ¡Con qué esplendores aparece a la luz de la fe!

La fe no ve en Ella únicamente a la esposa de José, sino también a la Madre de Dios. Y no obstante, su virtud, su vida y sus méritos están velados con la humildad y sencillez de la esposa del carpintero.

Lo sobrenatural también se manifiesta en las vicisitudes de esta familia. Dios amaba esta casa, la amaba entrañablemente, y con todo esta casa se vio exenta de trabajos, preocupaciones y tribulaciones.

La Providencia divina vela de un modo especial sobre sus moradores, y no obstante también éstos se ven obligados a luchar en los diversos combates de la vida.

Toda la vida es gris y monótona; y en esta vida gris y monótona brillan la luz de la fe y la vida sobrenatural, que inspiran todos los actos de la Sagrada Familia.

Ora comáis, ora bebáis —dice San Pablo—, hacedlo todo por amor de Dios. A diario hemos de proponernos este programa.

 

En las luchas diarias, se recurre a Dios, con Él se consuela, se anima y se entusiasma. Este estado es lo que llamamos espíritu de oración.

Este espíritu nos comunica fuerza y consuelo. Además nos llena continuamente de respeto y temor de Dios.

No nos detengamos, pues, en la naturaleza, en lo puramente natural. Allí hay muchas cosas buenas, pero la naturaleza es una raíz salvaje que necesita injerto…, necesita la gracia.

Será dichoso quien sabe ver a Dios por doquier, y nunca se aparta de Él, y por muy humilde que sea su oficio, aunque tenga que hacer faenas caseras, trabajo de artesano o de labriego, no pierde el contacto con el Señor.

Los que tal espíritu tienen, siempre se sienten cerca de Dios, y siempre encuentran motivos y ocasión para alabarle; no han de cavilar dónde podrán encontrar al Señor; todo en la creación se lo manifiesta con toda su pompa y gloria.

Así se llenará de Dios el alma; así se convertirá en hogar suyo la casita de Nazaret, donde Dios mora con ella.

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Muchos no saben comprender qué es lo que hizo Jesús en Nazaret durante treinta años…

La Sagrada Escritura, sin embargo, nos dice lo que hizo: vivió una vida divina, revelándonos el sentido, el contenido y las profundidades de la vida.

Su vida silenciosa, pura, trabajadora estaba henchida de Dios.

En tal ambiente vivía Jesús, en un ambiente de silenciosa modestia, pero que rebosaba de vida, conciencia y sentimiento. Tales fueron las profundidades por las cuales anduvo Jesús treinta años; habría podido andar por tales derroteros durante toda la eternidad…

Jesús vivía —ejerciendo su oficio— para su misión eterna. Se movía sub specie æternitatis, bajo el signo de la eternidad… Para Él la vida tenía un sólo objetivo: formar el tipo del hijo de Dios; “crecía en sabiduría, en edad y en gracia“.

Esta vida, de gran estilo, es la más íntima. Este hogar es santo, y cálido; goza de la intimidad, del recogimiento, del amor materno; tiene padre trabajador, que lucha, cuyo oficio llega a apropiarse el Señor; y la Virgen Santísima, esposa y madre, alivia las fatigas y preocupaciones de ambos.

La sublime e intensa vida espiritual de Jesús no ha roto estas condiciones naturales de la existencia humana; pero todo ello lo sobrenaturalizó y lo impregnó de su vida divina.

Lo que necesita la humanidad es Nazaret. Esto es lo que nos enseña Jesús con sus treinta años de vida oculta.

Y la Virgen Santísima se sentaba junto a su divino Hijo… se sentaba como buena esposa junto al esposo amado…, y le era grato aliviarles la fatiga…

Vayamos, nosotros, a sentarnos cabe María, Nuestra Madre Santísima…

No seamos de esos hombres que no tienen ideales, que no se esfuerzan por vivirlos, que no tienen vida espiritual.

Que Jesús, María y José nos enseñen cómo se ha de vivir una vida divina, aun en una casa humildísima, pues tal fue la de Ellos.

Por consiguiente, en medio de los tormentos del mundo y molestias de la vida, sea nuestro hogar la casita de Nazaret, y more siempre con nosotros el Niño Jesús, la Purísima María y el Buen San José.