Padre Juan Carlos Ceriani- ¿DESIGUALDAD NATURAL O IGUALITARISMO REVOLUCIONARIO?

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“Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. Entonces, aquella energía propia de la sabiduría de Cristo y su divina virtud habían compenetrado las leyes, las instituciones y las costumbres de los pueblos, impregnado todas las capas sociales y todas las manifestaciones de la vida de las Naciones… Organizada de este modo la sociedad, produjo un bienestar superior a toda imaginación. Aún se conserva la memoria de ello y ella perdurará grabada en un sinnúmero de monumentos de aquellas gestas, que ningún artificio de los adversarios podrá jamás destruir u obscurecer”.

Así se expresaba León XIII, con magnanimidad y nobleza, en su Encíclica Immortale Dei. Y más adelante agregaba con nostalgia y tristeza: “Pero el afán pernicioso y deplorable de novedad que surgió en el siglo XVI, habiendo perturbado primero las cosas de la Religión, por natural consecuencia, vino a trastornar la filosofía y, mediante ésta, toda la organización de la sociedad civil. De allí, como de un manantial, se derivan los más recientes postulados de una libertad sin freno, inventados durante las grandes perturbaciones del siglo XVIII y lanzadas después como principios y bases de un nuevo derecho que era hasta entonces desconocido y discrepa no sólo del derecho cristiano, sino también, en más de un punto, del derecho natural”.

Frente al antiguo derecho, ante el derecho cristiano, se eleva, pues, un derecho nuevo. Asistimos al enfrentamiento de dos formas de pensamiento, de dos cosmovisiones, de dos civilizaciones. Presenciamos y somos (o debemos ser) actores (y no meros espectadores) de las últimas batallas de la gran guerra entre las dos ciudades, entre el orden social cristiano y el orden social revolucionario, entre el derecho cristiano y el nuevo derecho.

Los principios de este derecho revolucionario anticristiano vienen de la Reforma, se imponen por la Revolución Francesa y son codificados por la Declaración de los Derechos del Hombre.

IGUALITARISMO

De esos principios, el primero y fundamental es éste: Todos los hombres, por ser de la misma naturaleza, son de hecho iguales entre sí.

Este postulado es el eje alrededor del cual gira todo el sistema revolucionario y constituye el artículo primero de la Declaración de los Derechos del Hombre: “Todos los hombres nacen y permanecen iguales en derechos”.

Toda la historia moderna y contemporánea gira en torno del problema de la desigualdad o de la igualdad de derechos de los hombres. Del siglo XVI al siglo XX la historia registra un movimiento igualitarista cada vez más acelerado y radical, que viene destruyendo todo lo que la Civilización Cristiana había edificado. Mientras la Iglesia Católica siempre enseñó que la desigualdad es un bien que debe ser deseado y respetado, la Revolución ha buscado como máximo bien la igualdad en todo.

En nuestros días todos hablan y trabajan en pro de la igualdad: las feministas quieren la igualdad entre el hombre y la mujer; los socialistas proclaman la igualdad de clases; los mundialistas pretenden la igualdad entre las naciones; los ancianos aggiornados quieren parecer jóvenes; los profesores psicoanalizados se dicen iguales a los alumnos; los gobernantes demagogos procuran igualarse a los gobernados; los padres acomplejados se rebajan al nivel de sus hijos; los sacerdotes y religiosos conciliares, para vincularse con los feligreses, dejan de lado su hábito talar y la compostura propia de un hombre consagrado… Más nefasto que todo otro igualitarismo es el preconizado por las autoridades de la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II que, con la libertad religiosa y el ecumenismo, decretó de hecho la igualdad de todas las religiones…

Las consecuencias de este principio supremo no son otras que una inversión total de valores y una revolución completa del orden jurídico y social. En efecto, definiendo que “los hombres nacen y permanecen iguales en derechos“, el nuevo derecho condena todas las desigualdades; definiendo que “los hombres nacen y permanecen libres” (precisamente porque son iguales), condena todas las subordinaciones.

Ahora bien, quien dice autoridad, órdenes, obediencia, etc., dice necesariamente desigualdad y subordinación.

Por lo tanto, el nuevo derecho, en su igualitarismo, condena los principios rectores del antiguo orden jurídico y social.

De este modo, es la sociedad misma la que se ve sacrificada: suprimidas la autoridad, la jerarquía y la ley, la sociedad va a su ruina.

Nacido de la doctrina revolucionaria, el nuevo derecho es su imagen acabada: enemigo, como ella, de la familia, de la autoridad paterna, de toda autoridad humana, de la autoridad divina…

“Seréis como dioses”, tal es la fórmula de la primera revolución del ángel y del hombre contra Dios. Desde Adán, es la fórmula de todas las revoluciones: “seréis como reyes”, dicen los revolucionarios aristócratas contra los soberanos; “seréis como nobles”, gritan los revolucionarios burgueses contra las clases altas; “seréis como ricos”, aúllan los revolucionarios socialistas contra la clase media…

El igualitarismo conduce de este modo a una destrucción total de la sociedad. Las diferentes etapas no serán otra cosa que la realización de ese endemoniado plan.

VERDADERA Y FALSA IGUALDAD

Pero, ¿de qué igualdad se trata? De una igualdad puramente aritmética: individualismo radical, absoluto, sin límites.

Individualismo para el cual sólo existe el número y sólo él es digno de consideración; para el cual la cualidad no solamente es opuesta al número, sino que ni siquiera debe ser tenida en cuenta.

Individualismo que no sabe más que contar y que cuenta a todo el mundo por uno; que no sabe más que sumar y restar y que suma y resta confundiendo todo: la virtud y el vicio, la inteligencia y la necedad, la competencia y la nulidad, el más y el menos, el ser y la nada, Dios y la criatura.

Confundidos por esta falsa filosofía, muchos de nuestros contemporáneos afirman y sostienen la perfecta igualdad de todos los hombres en derechos y jerarquía; proclaman que no debe existir la desigualdad de derechos y poderes; sostienen que no se debe honor ni reverencia a quienes están revestidos de cualquier autoridad; es más, llegan a negar toda autoridad.

De estos principios se sigue la rebelión de los hijos respecto de los padres, de los súbditos para con los gobernantes, de los alumnos contra los profesores…; de ellos se concluyen todas las doctrinas erróneas que tienden a nivelar por lo bajo las relaciones de los hombres entre sí.

Contra este igualitarismo se levanta la doctrina católica con toda su fuerza y claridad:

“El primer principio y como la base de todo es que no hay más remedio que acomodarse a la condición humana que en la sociedad civil no pueden todos ser iguales, los altos y los bajos. Afánanse, es verdad, por ello los socialistas, pero ese afán es en vano y contra la naturaleza misma de las cosas. Porque la naturaleza misma ha puesto en los hombres grandísimas y muchísimas desigualdades. No son iguales los talentos de todos, ni igual el ingenio, ni la salud, ni las fuerzas; y de la necesaria desigualdad de estas cosas síguese espontáneamente desigualdad en las condiciones. Lo cual es claramente conveniente a la utilidad, así de los particulares como de la comunidad; porque necesita para su gobierno la vida común de facultades diversas y oficios diversos, y lo que lleva precisamente a los hombres a que repartan estas funciones es principalísimamente la diferencia de sus respectivas condiciones” (Rerum novarum, del 15 de mayo de 1891).

“La humana sociedad, cual Dios la estableció, consta de elementos desiguales, como desiguales son los miembros del cuerpo humano; hacerlos todos iguales es imposible; seguiríase de allí la ruina de la misma sociedad”.

“Síguese de allí que en la humana sociedad es conforme al ordenamiento de Dios que haya príncipes y vasallos, patronos y obreros, ricos y pobres, sabios e ignorantes, nobles y de condición modesta; los cuales, todos unidos entre sí con vínculo de amor, se han de ayudar mutuamente a conseguir su último fin en el cielo, y aquí en la tierra su bienestar material y moral”.

“La igualdad de los varios miembros sociales consiste en esto sólo, a saber, que todos los hombres tienen su origen de Dios Creador; fueron redimidos por Jesucristo, y deben ser juzgados y premiados o castigados por Dios según la exacta medida de sus méritos” (S.S. San Pío X, Motu Proprio Fin dalla prima nostra enciclica, del 18 de diciembre de 1903, reafirmando la enseñanza de León XIII en la Encíclica Quod apostolici muneris, del 28 de diciembre de 1878).

La Iglesia nunca ha dejado de enseñar al mundo la verdadera igualdad de los hombres:

a) igualdad de origen: todos los hombres descienden de un mismo Dios Creador.
b) igualdad de naturaleza: todos los hombres tienen un alma igualmente espiritual, inmortal, creada a imagen y semejanza de Dios y rescatada por Nuestro Señor Jesucristo.
c) igualdad de destino: todos los hombres están igualmente sujetos a la muerte; tienen el mismo infierno que temer y el mismo cielo que merecer.

Por contrapartida, es cierto que también la Iglesia reconoce y respeta todas las superioridades legítimas. Dios ha creado al hombre para vivir en sociedad. Toda sociedad necesita de una autoridad. Por lo tanto, es imposible la igualdad social entre gobernantes y gobernados: los unos tienen el derecho y el deber de mandar y los otros el deber de obedecer. Esta desigualdad dimana de la naturaleza de las cosas. No se la puede destruir sin caer en la anarquía.

También es cierto que la Iglesia no destruye, ni puede hacerlo, la desigualdad de las condiciones sociales. Los hombres viven en sociedad y con facultades desiguales: los unos son fuertes, los otros débiles; los unos inteligentes, los otros sin talento; los unos virtuosos, los otros viciosos. Estas desigualdades físicas, intelectuales y morales son hechos evidentes que resisten a todos los esfuerzos de los revolucionarios por probar la igualdad entre todos los hombres. Pues bien, de esas desigualdades se siguen las desigualdades de las condiciones sociales.

Por este motivo, San Pío X condenó con severas palabras el movimiento francés Le Sillon:

“«Le Sillon» siembra entre vuestra juventud católica nociones erróneas y funestas sobre la autoridad, la libertad y la obediencia. Lo propio ocurre con la justicia y la igualdad. Se esfuerza en realizar una era de igualdad, que será por eso mismo una era de justicia mejor. Para él, pues, toda desigualdad de condición es una injusticia; principio sobremanera contrario a la naturaleza de las cosas, generador de envidia y de injusticia, y subversivo de todo orden social”.

“¿Qué han hecho los jefes de «Le Sillon»? No sólo han adoptado un programa y una enseñanza diferentes de los de León XIII, sino que abiertamente han rechazado el programa trazado por él, adoptando otro diametralmente opuesto. Además de esto, desechando la doctrina recordada por León XIII acerca de los principios esenciales de la sociedad, tienen por ideal realizable la nivelación de clases. Van, pues, al revés de la doctrina católica, hacia un ideal condenado” (S.S. San Pío X, Encíclica Notre charge apostolique, del 23 de agosto de 1910).

Una sociedad civilizada no puede subsistir sin la diversidad de las condiciones. Imaginemos por un instante qué sucedería si todos fuesen ingenieros y ninguno cocinero; o todos profesores, ¿a quién enseñarían?; o todos médicos y no hubiese barrenderos o basureros, ¿quién nos evitaría morir de peste o comidos por las ratas?…

Veamos dónde nos conduce la quimera de la igualdad absoluta.

Por más que digan o hagan, los modernos sofistas nunca podrán destruir las desigualdades sociales. Estas radican en la naturaleza misma de las cosas. Abolidas un día, renacen al siguiente.

Solamente la Iglesia establece la verdadera igualdad, la única posible: la igualdad ante Dios; la igualdad ante la ley; la igualdad de admisión de todos los empleos y puestos, según los talentos y virtudes de cada uno.

Santo Tomás de Aquino estudia profundamente este interesante tema y lo ilumina con la claridad que lo caracteriza. Lo hace en dos artículos de su magnífica Suma Teológica (I, q. 47, aa. 1 y 2); dos artículos que, dadas sus características, podemos denominar contrarrevolucionarios, pues condenan por anticipado todos los argumentos subversivos del revolucionario igualitarismo moderno.

LA DISTINCIÓN DE LAS COSAS

Santo Tomás no se plantea la cuestión de si existen o no seres distintos ; para él es un hecho. En efecto, la creación está constituida por una multitud de seres reducida a la unidad, constituyendo un todo: uni-verso.

Se dicen distintos los que numéricamente no son uno y lo mismo. Es distinto lo que no tiene identidad con otra cosa.

Las cuestiones que sí plantea Santo Tomás son tres: ¿cuál es la causa eficiente, cuál la finalidad y cuál el fundamento de la distinción de los seres?
A estas tres preguntas responde de este modo:

1º) Dios es la verdadera causa eficiente de la multiplicidad y distinción de los entes.

El Creador, con su sabiduría, libremente ha hecho a los seres distintos en entidad y perfección.

La distinción de las cosas no puede atribuirse a la materia sola, pues la materia misma ha sido creada por Dios (Suma Teológica, I, q. 44, a. 2) y, por lo tanto, toda distinción que pueda proceder de la materia es preciso reducirla a una causa superior a ella misma (Suma Teológica, I.q. 47, a. 1).

Tampoco se puede atribuir la distinción de las cosas a las causas segundas, porque el crear es una acción exclusiva de Dios y, además, porque de ese modo el conjunto de los seres no vendría de la intención del mismo agente, sino de la concurrencia de muchas causas, es decir, del acaso, lo cual es inadmisible (Suma Teológica, I.q. 47, a. 1).

Por esto afirma el santo doctor: “La distinción y multitud de las cosas provienen de la intención del primer agente, que es Dios” (Suma Teológica, I, q. 47, a. 1).

¿Qué intención tuvo Dios el producir seres distintos? Es lo que nos aclara la segunda respuesta.

2º) La finalidad de la distinción de las cosas del universo es la manifestación de la bondad y perfección de Dios.

Dios dio el ser a las cosas para comunicarles su bondad y representarla por ellas. Y como esta bondad no podía representarse convenientemente por una sola criatura, produjo muchas y diversas, a fin de que lo que faltaba a una para representar la divina bondad se supliese por las otras” (Suma Teológica, I, q. 47, a. 1).

La bondad y perfección de Dios es tal que una sola representación, por perfecta que sea, no puede manifestarla. Muchas criaturas representan mucho mejor la perfección divina. El contraste y la gradación de los seres permiten formarse una idea más aproximada de las perfecciones de Dios.
La distinción entre las cosas creadas tiene el mismo efecto armónico que las combinaciones de graves y agudos, silencios y sonidos en la música, y de sombras y colores en la pintura.

Esta razón nos da la clave para resolver la tercera cuestión.

3º) El fundamento de la distinción de las cosas radica en la limitación de las mismas para manifestar la bondad y perfección de Dios.

“La bondad que en Dios es simple y uniforme, en las criaturas es múltiple y está dividida. Así la bondad de Dios está participada y representada de un modo más perfecto por todo el universo en conjunto que lo estaría por una sola criatura(Suma Teológica, I, q. 47, a.1).

Dios es el agente perfectísimo y le corresponde plasmar perfectísimamente su semejanza en las cosas creadas, en cuanto conviene a la naturaleza creada. Ahora bien, las criaturas no pueden alcanzar una perfecta semejanza de Dios dentro de una sola especie (porque lo que está en Dios en modo simple y unificado se encuentra en las criaturas de modo compuesto y multiplicado). Luego, fue oportuno que hubiese multiplicidad y variedad en las cosas creadas, para encontrar en ellas, a su modo, una semejanza perfecta de Dios (Suma Contra Gentiles, II, c. 45).

Por lo tanto y resumiendo, Dios crea para manifestar su bondad y perfección. Dicha manifestación se realiza por medio de las criaturas, las cuales, por ser limitadas, deben ser muchas y distintas para obtener el fin buscado.

De este modo, la inmensa variedad de minerales, los numerosísimos tipos y clases del reino vegetal, los innumerables especímenes del reino animal, las distintas razas humanas y (como nos enseña la fe) las miríadas de ángeles manifiestan las infinitas perfecciones de Dios, sin poderlas agotar. ¡El cielo y la tierra cantan la gloria de Dios!

LA DESIGUALDAD DE LAS COSAS

Luego de analizar el tema de la distinción de las cosas, Santo Tomás estudia su desigualdad. Si lo analizamos, veremos que en el universo hay una jerarquía de seres que partiendo de los minerales llega hasta los ángeles (como nos enseña la revelación), pasando por los vegetales, los animales y los hombres. Refiriéndose no ya a la simple variedad de seres, sino a los distintos grados de perfección que en ellos se advierte, Santo Tomás concluye diciendo: “Así como la divina sabiduría es la causa de la distinción de las cosas con miras a la perfección del universo, así lo es también de la desigualdad, porque no sería perfecto el universo si en las cosas hubiese un solo grado de bondad” (Suma Teológica, I, q. 47, a. 2).

Mientras todos los corifeos de la revolución predican la absoluta igualdad, el aquinate afirma no sólo la desigualdad, sino también que ella es causada por Dios. ¿Cómo explica esto? ¿Cómo lo justifica?

* Distinción formal

Partiendo de la base que Dios estableció que las cosas fuesen distintas, muestra que esa distinción intrínseca puede ser material (numérica) o formal (específica). Dicho de otro modo, no es la misma la diferencia que existe entre dos perros ovejeros que la existente entre esos dos perros y un hombre. Los primeros se distinguen entre sí sólo numéricamente, teniendo la misma forma específica; el hombre se distingue de ellos formalmente, tiene otra forma.

Ahora bien, de esas dos distinciones la más importante es la formal o específica, la cual exige la desigualdad. En efecto, ¿cómo hacer que dos cosas sean específicamente distintas?: por el agregado de diferencias específicas, de modo tal que las cosas no sólo sean distintas (no sean la misma cosa), sino también desiguales, es decir que difieran en naturaleza o especie.

Debemos advertir que la distinción de las especies proviene de la forma, mientras que la distinción de los individuos de la misma especie tiene su origen en la materia. Ahora bien, del mismo modo que lo formal excede a lo material, así la bondad de la especie excede a la del individuo. Luego, más añade a la bondad del universo la multiplicidad de especies que la de individuos de una misma especie. Y, por tanto, a la perfección del universo contribuye no sólo el que haya muchos individuos, sino el que haya diferentes especies y, consiguientemente, diversos grados de perfección en las cosas.

Por lo tanto, así como Dios quiere la distinción de los seres para la perfección del universo y manifestar así su gloria, así también quiere y causa la desigualdad de los mismos.

* El orden del universo

Evidentemente, si Dios causa la desigualdad eso tiene que ser bueno. Con todo, no basta decir que la desigualdad es un bien porque Dios lo quiere así; hay motivos sapienciales profundos para que Dios haga las cosas distintas y desiguales.

Santo Tomás enseña en la Suma contra Gentiles (II, cc. 39 y 45) que la bondad del universo consiste en el orden de las partes entre sí, porque el bien del orden de diversos seres es mejor que cualquiera de los ordenados tomado separadamente. Pero, el orden no puede darse sin la distinción de las criaturas, pues sólo se pueden ordenar seres distintos.

No es posible ordenar entre sí cosas idénticas. Por ejemplo, es imposible poner en orden alfabético una lista de cuarenta nombres iguales.

* La sabiduría divina

Además, el orden del universo refleja la sabiduría de Dios. En efecto, el orden refleja el grado de inteligencia del ordenador; así, una persona analfabeta ordenará los libros de una biblioteca por tamaños o colores; en cambio, una ordenación por temas y autores indicaría que el ordenador sabe leer. Dios, Suma Sabiduría, creó todo con desigualdad y orden perfecto.

De esta manera vemos que en las cosas naturales aparecen los reinos ordenados gradualmente: los elementos o cuerpos simples, los cuerpos compuestos, las plantas, los animales, los hombres y los ángeles.

Si analizamos el universo, comprobamos una grandísima variedad de reinos distintos entre sí, y que en cada uno de ellos existe una gran y proporcionada desigualdad.

* Los minerales

En el mundo atómico, cada elemento tiene sus propiedades particulares. En la tabla periódica de elementos existen (quizá para horror de los igualitaristas) gases nobles, así llamados porque no se mezclan con otros.

En el macrocosmos estelar también hay una gran desigualdad armónica; cada sistema tiene satélites que, a su vez, hacen la corte a una estrella. San Pablo dice que una estrella difiere de otra (I Corintios, 15: 41).

* Los vegetales

En el reino vegetal la desigualdad aumenta de valor porque la vida vegetal trae una variedad mayor. Los vegetales se dividen en dos subreinos (las criptógamas y las fanerógamas), divididos a su vez en tipos, subtipos, clases y subclases. Hay cedros majestuosos en el Líbano, secoyas gigantes en California, así como orquídeas delicadas, rosas finas y también vulgares repollos.

En los vegetales, lo que establece una desigualdad mayor es la vida, la cual permite también una capacidad simbólica más importante. Por ejemplo, si una joven asiste una fiesta con un brazalete de rústico metal, imitación del oro, no causará gran extrañeza e incluso habrá quien ni siquiera lo perciba; pero, si en lugar de una hermosa rosa o una espléndida orquídea coloca sobre su vestido un repollo, ciertamente provocará una explosión de risa. Esto se debe a que la desigualdad entre el repollo y la rosa o la orquídea es mucho mayor que la existente entre el oro y el metal vulgar.

* El reino animal

Entre los animales la desigualdad es todavía mayor, pues la diversidad de órganos y la especialización de sistemas aumenta la distinción. Es muy grande, por ejemplo, la desigualdad entre un protozoo (cuyo cuerpo se reduce a una sola célula, o a varias pero sin diferenciación de tejidos) y un mamífero (constituido no sólo por una multitud de células agrupadas en diversos tejidos, sino que también es un celomado, cordado y vertebrado).

* El hombre

Examinando los seres humanos, comprobamos que ellos se distinguen unos de otros desde la punta de los dedos hasta la punta del alma. Se calcula que se agotará la energía y la luz del sol antes de que aparezcan dos hombres con la misma impresión digital; hay hombres altos y bajos, gordos y flacos, rubios y morenos, blancos, amarillos y negros, etc. Si con los pocos trazos de la cara Dios causa una variedad casi infinita de fisonomías, ¿qué se dirá de las características espirituales? Las desigualdades psicológicas y espirituales son todavía mayores que las físicas: la variedad de inteligencias, talentos y virtudes es inmensamente mayor que la de los rostros.

Sin embargo, la especie humana no admite subespecies inferiores. La razón de esta excepción se debe a que “no teniendo el entendimiento órgano corporal, no pueden diversificarse los seres intelectuales por la diversa complexión de los órganos, como se diversifican las especies de los seres sensitivos por la diversidad de órganos, a la cual acompañan diversas relaciones a las operaciones de los sentidos” (II De anima, lect. 56).

* El mundo angélico

Entre los Ángeles, seres puramente espirituales y los más perfectos de la creación, la desigualdad es mayor que en cualquier otro reino. Santo Tomás enseña que la desigualdad es tan grande que no hay dos ángeles de la misma especie (Suma Teológica, I, q. 50, a. 4). Además, ellos se clasifican en tres jerarquías, cada una de las cuales se divide a su vez en tres coros; lo cual nos da nueve coros sabiamente jerarquizados y armoniosamente unidos.

* Consecuencias y principios

A pesar de lo dicho, hay en los hombres una igualdad fundamental proveniente del hecho de tener una sola naturaleza. De ahí los derechos naturales, comunes a todos los hombres e iguales para todos. De este modo, todos los hombres tienen igual derecho a vivir, a alimentarse, a trabajar, a descansar, a reproducirse, a tener propiedad, a conocer la verdad, a amar el bien, etc.

Más que todo esto, los hombres tienen una suprema igualdad: la de haber sido todos llamados a la misma y eminente dignidad de hijos de Dios, teniendo el mismo origen y el mismo fin.

Aunque los hombres posean esa igualdad natural, de esto no se sigue que sean iguales en todo; en los accidentes, los hombres son desiguales: no es igual ser alto que bajo, profesor que alumno, capaz que incapaz.

Hay accidentes que no conllevan derechos y los hay que sí generan derechos: a accidentes desiguales corresponden derechos accidentales desiguales. Es justo que el virtuoso, el capaz, el trabajador tenga más derechos que el pecador, el incapaz y el perezoso; el profesor debe tener más derechos que el alumno, así como el padre respecto del hijo, aunque todos ellos sean iguales por naturaleza y tengan derechos naturales iguales.

Incluso existen desigualdades en las gracias y en las virtudes, así como en los méritos y en las culpas, lo cual produce desigualdad en la gloria del cielo y en los castigos del infierno.

Ahora bien, cuando dos cosas son iguales por su naturaleza pero desiguales en sus accidentes, ellas son semejantes pero no iguales.

Esta desigualdad debe ser respetada, y quien no lo haga cometerá graves errores. Si en sus cálculos un arquitecto despreciase la desigualdad entre dos triángulos (iguales en naturaleza, pero desiguales en el tamaño o grados de sus ángulos), su construcción se desmoronaría; de la misma manera, la sociedad moderna comete el mismo error al promulgar constituciones y leyes en las que se considera a todos los hombres iguales, cuando en realidad son semejantes.

Por otro lado, y entre paréntesis, aquellos que proclaman la igualdad absoluta de derechos de todos los hombres no dudan, sin embargo, en establecer el derecho a ser distinto no sólo en cuestión religiosa, sino incluso en materia sexual…

Dejemos esto de lado y, basados en lo que llevamos dicho, establezcamos los siguientes principios:

1º) La distinción y la desigualdad son leyes de la naturaleza. Dios hizo todo distinto y desigual. En todos los reinos de la creación existen la distinción y la desigualdad. Ellas son queridas por Dios para manifestar su bondad y perfección y que todo redunde en su mayor honra y gloria.

2º) La desigualdad aumenta con la perfección del ser. Cuanto más perfecto es el ser, tanto mayor es la desigualdad: las desigualdades menores se dan entre los minerales, las mayores entre los ángeles.

3º) Los hombres, iguales en la naturaleza, son desiguales en los accidentes. Los hombres son semejantes, pero desiguales.

4º) De la igualdad de naturaleza de los hombres, sobrevienen derechos naturales iguales para todos.

5º) De la desigualdad de ciertos accidentes, se originan derechos accidentales desiguales.

6º) Cuanto más se perfecciona un hombre, más se distingue de los otros.

7º) Querer imponer la mayor igualdad posible entre los hombres es querer que ellos no se perfeccionen, sino que decaigan. La igualdad sólo se puede realizar por el nivel más bajo.

8º) Sólo la desigualdad social permite el progreso social. Cuantos más peldaños tuviese una escala social, más fácil será progresar y ascender socialmente; cuantos menos peldaños tuviese o cuanto más desproporcionados fuesen ellos, más difícil será el ascenso o progreso social.

9º) Digan lo que digan los revolucionarios, la Civilización Cristiana Medieval, sancionando las desigualdades naturales y accidentales, creó una sociedad jerárquica con desigualdades proporcionadas, facilitando la movilidad, el ascenso y el progreso sociales.

10º) La “civilización moderna”, en la medida que tiene por ideal la igualdad absoluta, rechaza el perfeccionamiento de los individuos porque esto los torna desiguales. Por eso la sociedad igualitaria es decadente.

Por el contrario, sobre la distinción y desigualdad se funda el derecho cristiano y en ellas se basaban los principios rectores del orden social cuando “la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados”.

Todas las distinciones y desigualdades físicas, intelectuales, morales y sociales son queridas por Dios y se ordenan a la perfección de la sociedad política, a la santificación de las almas, a la salvación de los hombres y, en definitiva, a la gloria de Dios.

LA DESIGUALDAD Y EL PECADO

Teniendo en cuenta que la desigualdad puede ser no sólo de naturaleza, sino también de forma, cantidad o cualidad, Santo Tomás afirma que en el estado de justicia original existía la desigualdad entre los hombres.

Se dicen diversos aquellos cuya esencia no es la misma: tal ser no es tal otro y viceversa. La diversidad puede ser según el número (así como se distinguen según la materia dos individuos de la misma especie), o puede ser según la especie (así como se distingue un buey de un burro y, con mayor razón, un hombre de un bruto).

Se dicen diferentes los que tienen algo en común, pero determinado de modo distinto (el hombre y el bruto difieren porque la animalidad está determinada en uno por la racionalidad y en el otro por la irracionalidad).

Los seres que son de la misma especie, difieren accidentalmente; los que son del mismo género, pero diversa especie, difieren substancialmente.

Dos cosas de una misma naturaleza son distintas numéricamente, pero pueden ser desiguales por su forma, cantidad o cualidad, y diferir, entonces, accidentalmente.

Antes del pecado original los hombres eran desiguales; la desigualdad no es fruto del pecado original.

Ciertamente que este pecado y, especialmente, los pecados personales aumentan y profundizan las desigualdades; pero incluso sin el pecado ellas existirían.

Aun sin la primera caída los hombres hubiesen sido desiguales entre sí; se habrían dado diversidades y diferencias en cuanto al sexo, en cuanto al cuerpo y en cuanto al alma. Respecto del cuerpo, unos hubiesen sido más robustos que otros y desiguales en estatura, hermosura y complexión. Respecto del alma, unos hubiesen tenido más virtud que otros, más ciencia o sabiduría, mayor entendimiento, más fuerza de voluntad, etc. (Suma Teológica, I, q. 96, a. 3).

Esta desigualdad se extendería también al dominio o sometimiento de unos hombres sobre los otros: unos mandarían y los otros obedecerían. No se hubiese tratado de un dominio de servidumbre, sino de dirección o gobierno.

El dominio de servidumbre se da cuando se somete a alguien para propia utilidad; al contrario, el dominio de gobierno o dirección de las personas es para el bien propio del gobernado (Suma Teológica, I, q. 96, a. 4).

Según esta segunda sujeción, habría existido el dominio incluso antes del pecado original, ya que no se daría orden en la multitud si unos no fuesen gobernados por otros más sabios. La razón de esto radica en que el hombre es naturalmente sociable, y la sociedad no se concibe sin una autoridad que la represente y dirija.

Sería contrario al mismo orden de la naturaleza el que si alguno tuviese sobre los demás excelencia de ciencia, sabiduría, virtud y santidad, no la ejerciese en bien de todos. ¡Ha sido necesario llegar a las últimas etapas revolucionarias para asistir al deprimente espectáculo en el cual se ve gobernar a los ineptos y corruptos!…, ¡y esto gracias al sufragio de la mayoría!
Por no aceptar las leyes de la misma naturaleza, los hombres se ven de todos modos sometidos a otros hombres, desiguales a ellos, pero no superiores en ciencia y virtud, sino en ignorancia y desórdenes morales. Instructivo castigo que Dios aplica por medio de la misma naturaleza que ve violada sus leyes.

LA LIBERACIÓN FEMENINA

Si analizamos uno de los temas más actuales y candentes a la luz de todo lo dicho, podemos hacer una aplicación práctica muy oportuna.

Por una parte, afirmamos la igualdad del hombre y la mujer: igualdad de creación, de elevación al orden sobrenatural, de redención, de incorporación al Cuerpo Místico y de llamado a la vida bienaventurada. Sin embargo, por otro lado, debemos también enseñar la desigualdad entre el hombre y la mujer: desigualdad en cuanto a sus cualidades físicas y espirituales, que son complementarias entre sí y se ordenan a la vida matrimonial para la procreación y educación de los hijos.

Además, esa misma sociedad matrimonial exige también desigualdad de jerarquía y de gobierno, pues toda sociedad, como ya hemos visto, requiere una autoridad.

La naturaleza dio al hombre más capacidad para gobernar que a la mujer; por lo cual es él la cabeza de la mujer y el jefe de la familia. Esta doctrina es enseñada por San Pablo y San Pedro y nos es revelada ya en el relato mismo de la creación.

Génesis 2: 18-24: “Entonces dijo Yahvé Dios: «No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda semejante a él». Formados, pues, de la tierra todos los animales del campo y todas las aves del cielo, los hizo Yahvé Dios desfilar ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que el nombre de todos los seres vivientes fuese aquel que les pusiera el hombre. Así, pues, el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, y a las aves del cielo, y a todas las bestias del campo; mas para el hombre no encontró una ayuda semejante a él. Entonces Yahvé Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió; y le quitó una de las costillas y cerró con carne el lugar de la misma. De la costilla que Yahvé Dios había tomado del hombre, formó una mujer y la condujo ante el hombre. Y dijo el hombre: «Esta vez sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada varona, porque del varón ha sido tomada». Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se adherirá a su mujer, y vendrán a ser una sola carne”.

I Corintios 11: 3 y 8-10: “Mas quiero que sepáis que la cabeza de todo varón es Cristo, y el varón, cabeza de la mujer (…) Pues no procede el varón de la mujer, sino la mujer del varón; como tampoco fue creado el varón por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por tanto, debe la mujer llevar sobre su cabeza la señal de estar bajo autoridad, por causa de los ángeles“.

Efesios 5: 22-24: “Las mujeres sujétense a sus maridos como al Señor, porque el varón es cabeza de la mujer, como Cristo cabeza de la Iglesia, salvador de su cuerpo. Así como la Iglesia está sujeta a Cristo, así también las mujeres lo han de estar a sus maridos en todo”.

Colosenses 3: 18: “Mujeres, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el Señor”.

I Timoteo 2: 11-15: “La mujer aprenda en silencio, con toda sumisión. Enseñar no le permito a la mujer, ni que domine al marido, sino que permanezca en silencio. Porque Adán fue formado primero y después Eva. Y no fue engañado Adán, sino que la mujer, seducida, incurrió en la transgresión; sin embargo, se salvará engendrando hijos, si con modestia permanece en la fe y amor y santidad”.

I Pedro 3: 1-5: “De igual manera, vosotras, mujeres, sed sumisas a vuestros maridos, para que si algunos no obedecen a la predicación sean ganados sin palabra por la conducta de sus mujeres, al observar vuestra vida casta y llena de reverencia. Que vuestro adorno no sea de afuera: el rizarse los cabellos, ornarse de joyas de oro o ataviarse de vestidos, sino el adorno interior del corazón, que consiste en la incorrupción de un espíritu manso y suave, precioso a los ojos de Dios. Porque así también se ataviaban antiguamente las santas mujeres que esperaban en Dios, viviendo sumisas a sus maridos”.

Esta desigualdad y sumisión de la mujer respecto del hombre existieron también en el estado de justicia original, antes del pecado, pero sin el menor género de repugnancia ni humillación en virtud de la plena conformidad de su voluntad con la del varón, su cabeza y jefe nato. Pero, con el pecado, esa sumisión se hizo penosa y a modo de castigo a causa del mismo: “Dijo asimismo a la mujer: multiplicaré tus trabajos en tus preñeces; con dolor parirás los hijos, y estarás bajo la potestad de tu marido y él te dominará” (Génesis 3: 16).

Santo Tomás lo explica de la siguiente manera: “Debe decirse que los primeros padres a causa de su pecado fueron privados del beneficio divino por el que se conservaba en ellos la integridad de la naturaleza humana, por cuya sustracción ésta cayó en los defectos penales. Por lo tanto, fueron castigados atribuyéndoseles las condiciones que convienen a la naturaleza destituida de tal beneficio, y esto en verdad en cuanto al cuerpo y en cuanto al alma. En cuanto al cuerpo, al que pertenece la diferencia de sexo, a la mujer se impuso un castigo y al hombre otro. A la mujer, en efecto, se le aplicó la pena bajo los dos puntos de vista por los cuales está unida al hombre, y que son la generación de los hijos y la comunicación de las obras que pertenecen a la vida doméstica. En cuanto a la generación de los hijos, fue castigada de dos maneras: 1º, en cuanto a las angustias que sufre al llevar en su seno la prole concebida, y esto se da a entender cuando dice, «multiplicaré tus dolores y tus preñeces»; 2º, en cuanto al dolor que sufre al parir, acerca de lo que se dice, «con dolor parirás los hijos». En cuanto a la vida doméstica es castigada al estar sometida al dominio del marido, por lo que se dice, «estarás bajo la potestad de tu marido»” (Suma Teológica, II-II, q. 164, a. 2).

¡Pobres las familias en las cuales, invirtiendo el orden querido y establecido por Dios, gobiernan las mujeres!

¡Qué triste paradoja!: se predica la igualdad revolucionaria, y se termina sometiendo a aquel que naturalmente es desigual y que, por esa misma desigualdad, sustenta el derecho y el deber de gobernar.

“No es ésta, dice S.S. Pío XI en su Encíclica Casti connubii, la verdadera emancipación de la mujer ni la libertad dignísima y tan conforme con la razón que compete al cristiano y noble oficio de esposos; antes bien, es la corrupción del carácter propio de la mujer y de su dignidad de madre, es el trastorno de toda la sociedad familiar, con lo cual al marido se le priva de la esposa, a los hijos de la madre y a todo el hogar doméstico del custodio que siempre vigila. Más todavía, tal falsa libertad y antinatural igualdad de la mujer con el hombre tórnase en daño de ésta misma, pues si la mujer desciende de la sede, verdaderamente regia, a que el Evangelio la ha levantado dentro de los muros del hogar, bien pronto caerá en la servidumbre, muy real, aunque no lo parezca, de la antigüedad, y se verá reducida a un mero instrumento en manos del hombre, como acontecía entre los paganos”.

CONCLUSIÓN

Una sociedad bien ordenada no puede existir sin la diversidad y jerarquía de las condiciones. La Iglesia no engaña al pueblo con el incentivo de la igualdad absoluta de dones físicos, intelectuales y morales, con el igualitarismo de condiciones sociales y de bienes. La Iglesia no engaña a la mujer con la mentira de la liberación femenina, basada en una igualdad antinatural. Estas igualdades son imposibles.
Por más que digan y hagan, los revolucionarios nunca podrán poner término a las naturales desigualdades.
Sólo la Santa Iglesia establece la verdadera igualdad; sólo el catolicismo iguala a los hombres enseñándoles su origen común, su naturaleza creada y redimida por igual, su destino igualmente eterno de felicidad o de desdicha.
Los revolucionarios se atribuyen resueltamente la invención y la defensa de la igualdad. Es la estrategia de Satanás: reivindicar para sí y los suyos el prestigio de las palabras, mientras trabaja por aniquilar las ideas y conceptos expresadas por ellas.
Los revolucionarios hablan mucho de igualdad, y sólo aspiran a la más absoluta como injusta dominación, en la cual unos pocos ejercerán un tiránico gobierno sobre la gran masa de sometidos por la fuerza y el miedo.
La Iglesia Católica habla poco de igualdad, pero la practica. La realidad expresada por esa palabra nunca faltó en los siglos verdaderamente cristianos, cuando regía el derecho católico y la “filosofía del Evangelio gobernaba las Naciones”. Esa realidad que responde a la palabra igualdad falta realmente en las sociedades que apostatan del catolicismo y adoptan el nuevo derecho.
Si hoy nos hemos ocupado de la igualdad, no es sino para reivindicar lo que Jesucristo nos legó, para devolver a las palabras el verdadero valor y el concepto exacto que encierran, y para aquilatar en las ideas el brillo obscurecido por la nube del error y el polvo de la falsa filosofía.