EL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS

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Considera lo primero, que acostumbraban los Hebreos en el día que circuncidaban al niño, ponerle nombre. Así lo hicieron con el Santo Niño Dios, y llamaron Jesús, según el arcángel San Gabriel le había dicho a la Virgen en su Anunciación, y a San José al sacarle de dudas sobre la preñez de la Virgen.

Considera la reverencia con que la vez primera salió este Santo Nombre de la boca de María y de San José: ambos hincando las rodillas en tierra con grandísimo sentimiento, nombraron al Niño Jesús; esto es, Salvador.

Aprende tú también la reverencia con que debe ser proferido por ti Nombre tan santo. Considera, fuera de ello, la junta de la Circuncisión y del Nombre, de modo que, si la Circuncisión es señal de pecador; el Nombre muestra que es Salvador, no de solo los cuerpos, sino de las almas; no de los enemigos visibles, no de la servidumbre temporal, sino de la tiranía del demonio y del pecado.

¡Qué buena nueva es esta para ti! ¿Qué alegría debes concebir en tu alma con estas palabras: Este mismo (Jesús) salvará a su pueblo de sus pecados?

Llégate pues, alma mía, con tanto afecto a este Divinísimo Niño; alégrate de que, si bien parece pecador, sea verdadero Salvador. Exponle tus necesidades; ruégale que quiera ser para ti  Jesús y Salvador; desea que muestre en ti la eficacia de su Santísimo Nombre y que puedas llegar por el a la salvación eterna.

Considera lo segundo, que este Nombre no es inventado en la tierra sino traído del Cielo: es nombre enviado del Padre Eterno a quien pertenece dar nombre a su Hijo, a quien engendra el desde la Eternidad y le conoce perfectamente. Y por tanto es el Nombre más propio y más expresivo de la grandeza de Cristo.

Nombre divinísimo, yo os adoro en vuestro origen y en la boca Sacratísima del Eterno Padre.

Considera también que este Nombre representa al Hijo según las dos Naturalezas Divina y Humana, pues sin alguna de ellas no pudiera ser perfecto Salvador de los hombres pecadores; porque; con sola la Naturaleza Humana no hubiera suficientemente satisfecho, y con sola la Naturaleza Divina no podía padecer.

Alégrome, Señor, con Vos de que este Nombre exprese vuestras grandezas y perfecciones; entiendo que cada vez que le nombrare os honro como a Dios y Hombre y que confieso y reconozco todas las grandezas que os convienen.

Finalmente, este Nombre es como el instrumento de que se sirve el Espíritu Santo para obrar maravillas sin cuya gracia no podemos proferir tan Santo Nombre con afecto, con fe y de manera que nos sirva para la vida eterna, como dijo San Pablo.

Haced, oh Santo Espíritu, que tenga yo estampado en mi corazón y de continuo en mi boca tan Santo Nombre; obrad, por medio de Él, vuestras maravillas en mi alma, para que nombrándole frecuentemente con el debido afecto, venga a recibir en mí el efecto de la salvación.

Considera lo tercero, la cualidad de este Nombre, y en primer lugar como este Nombre es llamado Nombre sobre todo otro nombre y que al resonar se inclina el Cielo, la tierra y todo el infierno.

Es nombre medicinal, que cura las enfermedades del alma, y por ello es asemejado al óleo derramado primero en la Judea y desde allí en toda la tierra; y por tanto con razón dice San Bernardo que este Nombre por su dulzura, viene a ser miel para el paladar, por su armonía es consonancia para el oído, y por su suavidad, es jubilo para el corazón.

¡Cuánta estima, pues, debes hacer de este Nombre tan excelente! ¡Con cuánta ternura de amor se ha de pronunciar, con cuánta reverencia y devoción debe ser nombrado!, pues nos representa a un Hombre Dios, que no es otra cosa, que Dios de amor, de misericordia y de bondad.

Resuélvete, pues, ánima mía, a pronunciar frecuentemente tan Santo Nombre y repetir muchas veces con San Agustín: ¡Oh Jesús!, asistidme Jesús y salvadme.