Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Circuncisión del Señor

Sermones-Ceriani

 LA CIRCUNCISIÓN DE NUESTRO SEÑOR

Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el Ángel antes de ser concebido en el seno materno.

El misterio de la Circuncisión de Nuestro Señor Jesucristo se puede llamar el gran misterio de sus humillaciones, la prístina prenda de nuestra salvación, la consumación de la Ley Antigua, y las arras del primer sello del Nuevo Testamento.

Se sujeta el Hijo de Dios voluntariamente a esta ley de humillación, aunque por ningún título estaba obligado a ella.

Pero como se cargó del empleo de Salvador de los hombres, fue menester, dice San Agustín, que se cargase asimismo con la marca de pecador, para que pudiese también cargar sobre sus espaldas la pena correspondiente al pecado.

Hasta que se perfeccionó este misterio no había habido en el mundo propiamente Jesús, o Salvador que fuese Hostia de propiciación por nuestros pecados.

Por eso no tomó el nombre de Salvador hasta el día de su Circuncisión; y este fue el día en que, echándose a cuestas la carga de nuestros pecados, hizo solemne obligación de satisfacer por ellos.

Nada padeció en su Pasión, ni durante el curso de su vida, que no hubiese aceptado libremente en su Circuncisión.

Desde ese día se puede decir propiamente que comenzó la redención del mundo, y que Jesucristo tomó posesión de su empleo de Salvador, haciendo las primeras funciones de tal por la primera efusión de sangre.

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Todos los misterios de Jesucristo contienen una gracia propia para nuestra alma. ¿Cuál es la gracia peculiar de estos misterios que festejamos? La Iglesia misma nos lo indica en la Misa de Media Noche. En la Oración Secreta resume sus anhelos y deseos de este modo:

Dignaos, Señor, aceptar la oblación que os presentamos en la solemnidad de este día, y haced que por vuestra copiosa gracia y mediante este intercambio santo y sagrado, nos hagamos partícipes de aquella divinidad con la cual fue unida nuestra substancia humana por el Verbo.

Pedimos, pues, la gracia de compartir aquella divinidad, a la que fue unida nuestra humanidad, en la cual se verifica una especie de comercio con el mismo Dios: per hæc sacrosancta commercia

El Verbo toma nuestra naturaleza humana al encarnarse, y en cambio nos comunica una participación de su naturaleza divina.

Este pensamiento está expresado todavía de un modo más explícito en la Secreta de la Misa de la Aurora:

Haced, Señor, que nuestras ofrendas sean conformes con los misterios de Navidad, que hoy celebramos; y que, así como el Hombre que acaba de nacer resplandece también como Dios, así también esta substancia terrestre [a que se une] nos comunique, todo cuanto en Él hay de divino.

Hacerse participantes de la Divinidad con la cual se halla unida nuestra humanidad, en la persona de Cristo, y recibir este don divino mediante esta misma humanidad, he ahí la gracia propia del misterio de Navidad.

Es una transacción humano-divina; el Niño de Belén es hombre y Dios; y la naturaleza humana que Dios asume, ha de servir de instrumento para comunicar su divinidad: sic nobis hæc terrena substantia conferat, quod divinum est

¡Oh admirable comercio —cantamos en la Primera Antífona de Vísperas de la Octava— el Creador del género humano vistiéndose de un cuerpo animado, ha tenido a bien nacer de una Virgen; y apareciendo como hombre aquí en la tierra, nos ha hecho participantes de su divinidad!

O admirabile commercium ! Este mutuo préstamo entre la criatura y el Creador, entre el Cielo y la tierra, constituye toda la esencia del misterio de Navidad.

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Trasladémonos a la gruta de Belén y contemplemos al Niño reclinado en el Pesebre o bajo la acción del cuchillo de la circuncisión. ¿Qué aparece a los ojos de un habitante de aquel pueblecito que acudiera por casualidad al establo? No vería sino un niño que acaba de nacer, sometido a la Ley de Moisés.

Pero a los ojos de la fe, hay una vida harto más elevada que la vida humana que anima a este Niño: posee la vida divina. ¿Qué nos dice de Él la fe? ¿Qué revelación nos hace?

La fe profesa que este Niño es el Hijo de Dios, que posee la naturaleza divina con todas sus infinitas perfecciones, y que Dios Padre le engendra con una generación eterna, en medio de los resplandores de los Cielos.

Vemos, pues, cómo a los ojos de la fe hay dos vidas en este Niño; dos vidas unidas de un modo indisoluble e inefable, porque la naturaleza humana pertenece al Verbo, el cual con su propia subsistencia sostiene la naturaleza humana.

Al hacerse hombre, el Verbo permaneció lo que era y tomó de nuestra naturaleza lo que no era.

No absorbe lo divino a lo humano, ni lo humano aminora lo divino, sino que ambas naturalezas están unidas en una sola Persona, que es la Persona divina del Verbo.

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He aquí, pues, uno de los actos de este divino comercio: Dios toma nuestra naturaleza para unirse con ella mediante una unión personal.

¿Cuál es el otro acto? ¿Qué nos dará Dios en cambio? Un don incomprensible; la participación real e íntima de su divina naturaleza es la moneda con que pagará el Verbo Encarnado a la humanidad el haberle prestado su naturaleza: largitus est nobis suam deitatem, nos ha hecho participantes de su divinidad

El ser Hijo de Dios, que Jesucristo tiene por naturaleza, lo tenemos nosotros por la gracia. El Verbo Encarnado es el autor de nuestra generación divina, dice la Oración Poscomunión de la Misa de Navidad.

He aquí los dos actos del comercio admirable que Dios realiza entre Él y nosotros: toma nuestra naturaleza con el fin de comunicarnos su divinidad; toma una vida humana para hacernos partícipes de su vida divina.

En nosotros también ha de haber dos vidas; la una natural, que tenemos por nuestro nacimiento, según la carne; la otra es sobrenatural e infinitamente superior a los derechos y exigencias de nuestra naturaleza.

Esta es la que Dios nos comunica por su gracia después de habérnosla merecido el Verbo Encarnado. Dios nos engendra a esta segunda vida por medio de su Verbo y la infusión de su Espíritu en la pila bautismal.

Es una vida nueva que se agrega a nuestra vida natural, aunque superándola y perfeccionándola. Ella nos hace hijos de Dios, hermanos de Jesucristo, dignos de participar un día de su bienaventuranza y de su gloria.

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¿Cómo nos hace partícipes el Verbo Encarnado de su vida divina? Por medio de su humanidad. Ella le sirve de instrumento para comunicarnos su divinidad; y esto por dos motivos: la humanidad hace a Dios visible y a la vez le hace pasible.

En primer lugar, la hace visible. La Encarnación realiza esta maravilla inaudita de ver los hombres a Dios mismo, vivo entre ellos.

Dice el Prefacio de Navidad:

Por el misterio de la Encarnación del Verbo se ha manifestado a los ojos de nuestra alma un nuevo resplandor de tu gloria; a fin de que, llegando a conocer a Dios bajo una forma visible, seamos atraídos por Él al amor de las cosas invisibles.

La humanidad de Cristo hace a Dios visible; pero lo más estupendo todavía es que hace que Dios sea pasible.

Para poder destruir en nosotros el pecado, exigía la justicia divina una cumplida satisfacción, una expiación, sin la cual era imposible recuperarla.

Ahora bien, siendo el hombre simple criatura, estaba incapacitado para dar satisfacción por una ofensa de una malicia infinita, y, por otra parte, la Divinidad no podía sufrir ni expiar.

Dios no puede comunicarnos su vida, mientras no se borre el pecado, y conforme a inmutable decreto de la eterna Sabiduría, el pecado no puede ser borrado, sino mediante una expiación dolorosa. ¿Cómo se resolverá este problema?

La Encarnación del Verbo es la solución que la divina Sabiduría supo encontrar. La humanidad, incorporada al Verbo, es pasible; ella sufrirá y expiará.

Tales sufrimientos y expiaciones pertenecerán, con todo, como la misma humanidad, al Verbo, y recibirán de la Persona divina un valor infinito suficiente para rescatar el mundo, destruir el pecado y hacer aumentar la gracia en las almas.

¡Oh comercio admirable! El Verbo nos pide una naturaleza humana para hallar en ella un medio de padecer, un medio de expiar, un medio de merecer y colmarnos de bienes.

El hombre se apartó de Dios por la carne y Dios libra al hombre haciéndose carne; la carne que asume el Verbo de Dios se convierte en instrumento de salvación para toda carne.

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Al comienzo de este nuevo año civil y para consolidar el fundamento de nuestro combate por la defensa de nuestra fe es conveniente que consideremos el Misterio de Jesucristo tal como el Adviento y la Navidad nos lo han mostrado y tal como la fiesta de hoy nos lo resume en su simplicidad y brevedad.

Es muy importante que contemplemos y meditemos el Misterio de Jesucristo, puesto que el Misterio de la Iglesia, y por lo tanto el nuestro, es su continuación y su complemento, prolongado y actualizado hoy en nuestro combate contra la apostasía de las naciones y el neomodernismo y la protestantización de la Roma Conciliar.

Este Misterio de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, se continúa y se completa en el Misterio de su Iglesia hasta la consumación de los siglos… Se prolonga y se consuma en cada uno de los miembros de su Cuerpo Místico: “Completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia”

Del mismo modo que su divino Fundador, la Santa Iglesia se presenta, a los ojos del creyente, gloriosa y divina, pero bajo un manto de pobreza y de humildad.

Se trata, pues, efectivamente de la aceptación del “misterio del Cristo” en su totalidad. Asentir al misterio de la Encarnación, con todas sus consecuencias: aceptación de Jesús en su Venida en humildad, y aceptación de su Iglesia, que compartirá las humillaciones de su Esposo divino…

¿Hemos comprendido todo lo que hay de sublime, de verdaderamente divino en la respuesta que Jesús dio a los dos enviados de San Juan el Bautista para preguntarle “Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro”?

Los judíos soñaban (y sueñan) con un Mesías triunfador, que restableciese en todo su poder el reino de Israel. Por eso no podían (y no pueden) reconocer como Mesías al humilde hijo de María, que, nacido en un establo, creció en una carpintería.

¡Oh judíos enceguecidos por vuestras ambiciones terrestres!, este Mesías que nace en la pobreza de Belén, no os parece lo suficientemente grande. Era necesario que viniese al mundo en el palacio de Herodes…

Un Mesías rico, honrado, potente, aclamado; un Mesías a la cabeza de ejércitos victoriosos; un Mesías rey o emperador… ¡Y sin embargo!… ¡Cómo todo esto hubiera sido vulgar, además de ser puramente humano y vano!…

Ahora bien, discípulos de Jesús, ¿no somos acaso nosotros un poco como esos judíos, cuya ceguera sin embargo condenamos?

Nosotros también, cediendo a pensamientos demasiado terrestres, querríamos ver a la Iglesia de Cristo establecer aquí abajo sus derechos temporales.

Nos parece que después de veinte siglos todos los pueblos de la tierra deberían aclamar su poder, curvar sus frentes bajo su cetro y, de un polo al otro, entonar el hosanna de su eterno triunfo…

Y hete aquí que, por el contrario, la Iglesia de Jesús, como su Fundador en el tiempo de su vida mortal, es discutida combatida, perseguida, vencida… Su causa, mal servida por los unos, traicionada por los otros, parece siempre a punto de sucumbir…

Por el contrario, sus enemigos triunfan…

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Entonces, nosotros también, como los discípulos de San Juan, nos allegamos a Jesús para preguntarle: ¿En verdad eres el Salvador? ¿Es realmente esta tu Iglesia? ¿No debemos esperar a otro o a otra?

¡Ahora bien!… Hoy como ayer, hoy como en los días de su Evangelio, Jesús puede responder: ¡Bienaventurado el que no se escandaliza de Mí! ¡Bienaventurado el que no se escandaliza de mi Iglesia! Hasta el fin de los tiempos permaneceré en medio de vosotros, siempre contrariado, objetado, discutido, negado, rechazado, a menudo perseguido… vencido… en mi Iglesia…

Pero también podrá siempre extender sus manos sobre la inmensa multitud de los que sufren para confortarlos… y a los que vengan a preguntarle. ¿Eres Tú el Salvador prometido del mundo?, responder como a los discípulos de Juan: “Id, y decid lo que habéis visto y oído”.

Son innumerables los hechos que hacen tocar con el dedo, sea las carencias de la autoridad jerárquica, sea el poder asombroso de las autoridades paralelas, sea los sacrilegios en el culto, sea las herejías en la enseñanza…

La falsa iglesia, que se presenta entre nosotros desde el curioso concilio Vaticano II como la iglesia oficial, se aparta sensiblemente, año tras año, de la Iglesia fundada por Jesucristo.

Por las innovaciones más extrañas, tanto en la constitución jerárquica como en la enseñanza y las costumbres, la pseudo-iglesia-oficializada se opone cada vez más a la Iglesia verdadera, la Iglesia de Cristo, la Iglesia Católica.

De la misma manera que no se puede decir que Jesucristo ha sido vencido, tampoco se puede decir que la Iglesia, perseguida por fuera y traicionada por dentro, sufre una derrota y corre a su ruina.

La Iglesia es victoriosa… Es la Esposa de Cristo victorioso. Porque la propiedad de obtener la victoria es una prerrogativa incuestionable del Señor, también es un privilegio necesario de su Esposa.

Entonces, profesar la fe en la Iglesia frente al modernismo, ser feliz de tener algo que sufrir para dar un hermoso testimonio de la Iglesia traicionada por todas partes, es velar con Ella en su agonía, es velar con Jesús que continua en su Esposa, afligida y traicionada, su agonía en el Jardín de los Olivos.

En la medida en que permanezcamos fieles en la oración y la vigilia, inaccesibles al temor mundano y al desaliento, en la misma magnitud conoceremos por experiencia que la Santa Iglesia es un misterio de fortaleza sobrenatural y de paz divina.

Tenemos un año menos para contemplar esta divina realidad… Falta menos…

Tenemos un año más para merecerla… Aprovechemos este tiempo para suplicar en nuestro Getsemaní: ¡Oh Dios! ¡Oh nuestro Padre!, que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre así en la tierra como en Cielo; venga a nosotros tu Reino así en la tierra como en el Cielo; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo…

Entonces, después de haber trabajado aquí abajo en la medida de nuestras fuerzas por la glorificación del Nombre de Dios sobre la tierra, por la venida del Reino de Dios sobre la tierra, por la realización de la Voluntad de Dios sobre la tierra, eternamente liberados del mal, diremos en el Cielo el eterno Sanctus, Sanctus, Sanctus: Que así sea…