R. P. Jaime Balmes- Cartas a un escéptico en materia de religión

AÑO 1846

Carta VII
La tolerancia

CARTA 7


La gracia y la fe. Doctrina católica sobre la fe. Historieta de un eclesiástico. Observaciones sobre la intolerancia de ciertos hombres. Injusticia e intolerancia de los incrédulos. Manifiéstase que un fiel puede tener idea clara del estado de espíritu de un incrédulo. Lo que debe hacer un católico antes de disputar con un incrédulo. En las disputas religiosas es necesario guardarse del orgullo.


Mi estimado amigo: Mucho me complace lo que usted se sirve insinuarme en su última de que, si bien mis reflexiones no han podido decidirle todavía a salir de esa postración de espíritu que se llama escepticismo, al menos han logrado convencerle de un hecho que V. consideraba poco menos que imposible; esto es, que fuese dable aliar la fe católica con la indulgencia y compasiva tolerancia con respecto a los que profesan otra diferente, o no tienen ninguna. Bien se conoce que V., a pesar de haber sido educado en el catolicismo, se ha dejado imbuir demasiado en las preocupaciones de los impíos y de algunos protestantes, que se han empeñado en pintarnos como furias salidas del averno, que únicamente respiramos fuego y sangre. Usted me da las gracias porque “sufro con paciente calma las dudas, la incertidumbre, las variaciones de su espíritu”: en esto no hago más que cumplir con mi deber, obrando conforme a lo que prescribe nuestra sacrosanta religión; la cual da tan alta importancia a la salvación de una alma, que, si toda una vida se consagrase a la conversión de una sola y esto se consiguiese, debieran tenerse por bien empleados los trabajos más penosos.

Mis profundas convicciones, o, hablando más cristianamente, la gracia del Señor, me tiene firmemente adherido a la fe católica; pero esto no me impide el conocer un poco el estado actual de las ideas, y la diferencia de situaciones en que se encuentran los espíritus. Un escéptico me inspira viva compasión, porque desgraciadamente son muchas, en los tiempos que corren, las causas que pueden conducir a la pérdida de la fe; y así es que, al encontrarme con alguno de esos infortunados, no digo nunca con orgullo non sum sicut unus ex istis, “no soy como uno de éstos”. El verdadero fiel que está profundamente penetrado de la gracia que Dios le dispensa, conservándole adherido a la religión católica, lejos de ensoberbecerse, ha de levantar humildemente el corazón a Dios, exclamando de todas veras: Domine, propitius esto mihi peccatori; “Señor, tened misericordia de este pecador”.

Me acuerdo de que, al seguir mi curso de teología, se explicaba en la cátedra aquella doctrina de que la fe es un don de Dios, y que no bastan para ella, ni los milagros, ni las profecías, ni otras pruebas que demuestran claramente la verdad de nuestra religión, sino que, además de los motivos de credibilidad, se necesita la gracia del cielo; a más de los argumentos dirigidos al entendimiento, es menester una pía moción de la voluntad, pia motio voluntatis; y confieso ingenuamente que nunca entendí bien semejante doctrina, y que, para comprenderla, me fue necesario dejar aquellas mansiones donde no se respiraba sino fe, y hallarme en situaciones muy varias y en contacto con toda clase de hombres. Entonces conocí perfectamente, sentí con mucha viveza cuán grande es el beneficio que dispensa Dios a los verdaderos fieles, y cuán dignos de lástima son aquellos que en apoyo de su fe sólo reclaman el auxilio de los motivos de credibilidad, sólo invocan la ciencia y se olvidan de la gracia. Repetidas veces me ha sucedido encontrarme con hombres que, a mi parecer, veían como yo las razones que militan en favor de nuestra religión; y, sin embargo, yo creía, y ellos no; ¿de dónde esto? me preguntaba a mí mismo: y no sabía darme otra razón, sino exclamar: misericordia Domini quia non sumus consumpti.

Con este preámbulo conocerá V., mi querido amigo, que sus dudas no han debido cogerme de improviso, ni ocasionándome aquel estremecimiento que naturalmente me causaran si no hubiese tenido a la vista las reflexiones que preceden; bien que de paso me permitirá V. que no apruebe la dura invectiva a que se abandona contra las personas intolerantes. ¿Sabe usted que en sus palabras se hace culpable de intolerancia, y que un hombre no llega a ser perfectamente tolerante sino cuando tolera la misma intolerancia? Pongámonos por Dios de buena fe, y no miremos las cosas con espíritu de parcialidad. Me hace V. el favor de decirme que “ya me conceptuaba con bastante conocimiento del mundo para no imitar el ejemplo de aquellas personas que no pueden soportar la menor palabra contra su fe, y que, constituyéndose desde luego los heraldos de la divina justicia, no aciertan sino a mentar la hora de la muerte, el infierno, y que acaban por romper bruscamente con quien ha tenido la imprudencia o poca cautela de franquearles su espíritu”. Refiéreme V. la historieta de aquel buen eclesiástico que antes le distinguía a V. con particulares muestras de aprecio y de amistad, y que se horrorizó de tal suerte al saber que trataba con un incrédulo, que fue preciso cortar toda clase de relaciones. Paréceme, mi querido amigo, que en las propias palabras de usted encuentro yo la apología de la persona a quien usted tanto inculpa; y a los ojos de quien mire las cosas con verdadera imparcialidad, no se le hará tan extraña semejante conducta. “Era, dice V. mismo, un joven de conducta irreprensible, de costumbres severas, de un celo ardiente, pero tenía la desgracia de no haber tratado jamás sino con personas devotas, de no haber manejado otros libros que los del seminario, y apenas le parecía posible que circulasen en el mundo otras doctrinas que las que se le habían enseñado por espacio de algunos años en el colegio de donde acababa de salir. Tuve la imprudencia de responder con una burlona sonrisa a una de sus observaciones sobre un punto delicado, y desde entonces quedé perdido sin remedio en su opinión.” Y bien, V. se queja en substancia de que aquel joven no tuviese hábitos de tolerancia: ¿dónde quería V. que los hubiese aprendido? El espíritu de aquel hombre, ¿podía estar dispuesto para el ataque que contra sus creencias se permitió su contrincante, con la significativa sonrisa? ¿No es demasiado exigente quien pide serenidad a un hombre que, quizás por primera vez, mira combatido o despreciado lo que él considera como más santo y augusto?

Es grave desacuerdo y además una solemne injusticia el inculpar la conducta de quien, guiado por un entendimiento convencido y un corazón recto, se porta cual por necesidad debe portarse, atendidas la educación e instrucción que ha recibido, y las circunstancias que le han rodeado en todo el curso de su vida. Nuestro espíritu se forma y se modifica bajo la influencia de mil causas, y a ellas es preciso atender, cuando se quiere formar exacto juicio sobre la situación en que se encuentra, y el sendero que probablemente haya de seguir. Lo demás es empeñarse en violentar las cosas, sacándolas de su quicio. ¿Pretendería V. que un misionero encanecido en su santa carrera tenga el mismo modo de mirar los objetos que cuando salió de los estudios? ¿No fuera esta una pretensión extraña? Es cierto que sí; pues no menos lo sería el exigirle ya en su primera juventud el mismo comportamiento que le han enseñado largos años de trabajos apostólicos en lejanos y variados países.

Es poco menos que imposible, sin larga práctica del mundo, saber colocarse en el puesto de los otros, haciéndose cargo de las razones que los impelen a pensar u obrar de esta o aquella manera; y es mucho más difícil en materias religiosas, refiriéndose éstas a lo que hay de más íntimo en el alma del hombre: cuando estamos vivamente poseídos de una idea, se nos hace inconcebible que los demás puedan mirar con indiferencia lo que nosotros contemplamos como lo más importante en esta vida y en la venidera. Por cuyo motivo, no hay asunto que más a propósito sea para exaltar el ánimo; y es de aquí que las guerras que se han hecho a título de religión, han sido siempre muy obstinadas y sangrientas. Quisiera yo que de estas reflexiones se penetrasen los que a roso y velloso, como suele decirse, hablan contra la intolerancia, pues que, de esta suerte, no sucediera tan a menudo que hombres en extremo intolerantes en todo lo que concierne a la religión, no quieran sufrir la intolerancia con que a su vez les corresponden las personas religiosas.

Bien comprenderá V., mi querido amigo, que no deseo yo prevalerme de estas reflexiones para mostrarme intolerante; pues que, si me he extendido algún tanto sobre el particular, ha sido con la idea de desvanecer la prevención con que por algunos es mirada la intolerancia de ciertas personas, resultando que se estiman en menos hombres, por otra parte, muy dignos de aprecio.

Me habla V. de la dificultad de entendernos, siendo tan opuestas nuestras ideas, y habiendo sido tan diferente nuestro tenor de vida: es bien posible que dicha dificultad exista; sin embargo, por lo que a mí toca, no alcanzo a verla. ¿Creería V. que hasta llego a comprender muy bien esa situación de espíritu en que se fluctúa entre la verdad y el error, en que el espíritu, sediento de verdad, se encuentra sumido en la desesperación por la impotencia de encontrarla? Se imaginan algunos que la fe está reñida con un claro conocimiento de las dificultades que contra ella pueden ofrecerse al espíritu; y que es imposible creer desde el momento que en él penetran las razones que en otros producen la duda; no es así, mi querido amigo: hombres hay que creen de todas veras, que humillan su entendimiento en obsequio de la fe con la misma docilidad que hacerlo puede el más sencillo de los fieles, y que, sin embargo, comprenden perfectamente lo que pasa en el alma del incrédulo, y que asisten, por decirlo así, a sus actos interiores, como si los estuvieran presenciando.

Es una ilusión el pensar que no se puede tener idea clara de un estado sin haber pasado por él, y que no alcanza a comprender un cierto orden de ideas y de sentimientos sino quien haya participado de ellos. Si así fuese, ¿dónde estarían los escritores capaces de inventar en literatura? Mucho se siente que no se consiente; y, cuando no se llega a sentir, hay la imaginación, que en muchos casos suple por el sentimiento. Nosotros, los cristianos, podemos traer a este propósito las tentaciones, materia que, si a V. no le parece muy filosófica, no dejará de interesarle su aplicación. Leemos en las vidas de los santos que Dios permitía que les asaltase el demonio con pensamientos y deseos tan contrarios a las virtudes que ellos con más ardor practicaban, que les era necesario llamar en su auxilio toda su confianza en la misericordia divina para no creerse abandonados del cielo, y culpables de los mismos pecados que más detestaban en el fondo de su alma. Cuando tan violenta era la acometida, que les hacía concebir temores de haber sucumbido; cuando tan vivas eran las imágenes con que a su fantasía se presentaban los objetos malos, que, a pesar de la aversión que les profesaban, se los hacían tomar como una realidad, bien se concibe que no dejarían aquellas santas almas de comprender el estado de un hombre que se hallase encenagado en los mismos vicios. Esto que allá, en los primeros años de su edad, habrá V. leído en algunos de aquellos libros que no debían de escasear en el colegio, le hará conocer cómo nosotros, que ni por asomo podemos lisonjearnos de santos, habremos sentido una y mil veces germinar en nuestra alma algunas de las innumerables miserias intelectuales y morales de que adolece la triste humanidad; y que, siendo una de éstas el escepticismo, fuera muy raro que no se hubiera presentado a las puertas de nuestra alma como huésped de mal agüero. Cerradas las conserva el verdadero fiel, y, ayudado de los auxilios de la gracia, desafía a todas las potestades del infierno a que las rompan, si pueden; pero acontece entonces lo que nos dice el apóstol San Pedro: “Anda dando vueltas el diablo como león rugiente buscando a quien devorar”. Créalo V., mi estimado amigo; resistiéndole fuertemente con la fe, no ha podido mordernos, pero conocemos bien su rugido.

Sobre todo en el siglo en que vivimos, es poco menos que imposible que esto no suceda a los hombres que por una u otra causa se hallan en contacto con él. Ora cae en las manos un libro lleno de razones
especiosas y de reflexiones picantes; ora se oyen en la conversación algunas observaciones en apariencia juiciosas y atinadas, y que a primera vista como que hacen vacilar los sólidos cimientos sobre que descansa la verdad; tal vez se fatiga el espíritu y se siente como sobrecogido por una especie de tedio, desfalleciendo algunos momentos en la continua lucha que se ve forzado a sostener contra infinitos errores; tal vez, al dar una ojeada sobre la falta de fe que se nota en el mundo, sobre la muchedumbre de religiones, sobre los secretos de la naturaleza, sobre la nada del hombre, sobre las tinieblas de lo pasado y los arcanos de lo venidero, desfilan por la mente pensamientos terribles. Angustiosos instantes en que el corazón se inunda de cruel amargura, en que un negro velo parece tenderse sobre cuánto nos rodea, en que el espíritu, agobiado por el aciago fantasma que le abruma, no sabe a dónde volverse, ni le queda otro recurso que levantar los ojos al cielo y clamar: Domine, salva nos, perimus; “Señor, salvadnos, que perecemos.”

Así permite el Señor que sean probados los suyos, y hace más meritoria la fe de sus discípulos; así les enseña que para creer no basta haber estudiado la religión, sino que es necesaria la gracia del Espíritu
Santo. Mucho fuera de desear que de esta verdad se convenciesen los que se imaginan que no hay aquí otra cosa que una mera cuestión de ciencia, y que para nada entran las bondades del Altísimo. ¿Sabe usted, mi querido amigo, lo primero que debe hacer un católico cuando le viene a la mano algún incrédulo en cuya conversión se proponga trabajar? Cree V., sin duda, que se han de revolver los apologistas de la religión, recorrer los apuntes propios sobre las materias más graves, consultar sabios de primer orden, en una palabra, pertrecharse de argumentos como un soldado de armas. Conviene, en verdad, no descuidar el prevenirse para lo que en la discusión se pueda ofrecer; pero ante todo, antes de exponer las razones al incrédulo, lo que debe hacerse es orar por él. Dígame usted, ¿quién ha hecho más conversiones, los sabios, o los santos? San Francisco de Sales no compuso ninguna obra que bajo el aspecto de la polémica se llegue a la Historia de las variaciones de Bossuet; y yo dudo, sin embargo, que las conversiones a que esta obra dio jugar, a pesar de ser tantas, alcancen ni con mucho a las que se debieron a la angélica unción del Santo Obispo de Ginebra.

Por ahí puede V. conocer, mi querido amigo, que no las ha con lo que suele llamarse un disputador, ni un ergotista; y que, por más que aprecie en su justo valor la ciencia, y particularmente la eclesiástica, tengo muy grabada en el fondo del alma la saludable verdad de que los caminos de Dios son incomprensibles al hombre, de que es vano confiar en la ciencia sola, y que algo más que ella se necesita para conservar y restaurar la fe.

Pedía V. tolerancia y tolerancia le ofrezco, la más amplia que encontró jamás en hombre alguno; se arredraba V. por la dificultad que había de mediar en entendernos; y no dudo que con mis aclaraciones se habrá desvanecido semejante recelo; como no temo tampoco que se figure V. en adelante que le haya yo de salir al paso con lo que apellida sutilezas de escuela, y argumentos valederos para personas ya convencidas. Si V., pues, se sirve continuar proponiéndome las principales dificultades que le impiden volver a la religión que comienza a echar de menos a los pocos años de perdida, yo procuraré responderle como mejor alcanzare; pero sin pretender ninguna palma si quedare usted satisfecho, ni darme por abochornado si continuare en su incredulidad.

Cuando se combate contra los enemigos de la religión, que sólo buscan medios de atacarla valiéndose
de cuanto les sugieren la astucia y la mala fe, entonces la disputa puede tomar el carácter de un combate en regla; pero, cuando tiene uno la fortuna de encontrarse con hombres que, si bien han tenido la desgracia de perder la fe, desean, no obstante, volver a ella, y buscan de corazón los motivos que puedan conducirlos a la misma, entonces el hacer alarde de la ciencia, el mostrar espíritu de disputa, el pretender el laurel del vencimiento, es un insoportable abuso de los dones de Dios, es un completo olvido de los caminos que, según nos ha manifestado, se complace el Señor en seguir, es sacar a plaza el orgullo, es decir, el enemigo declarado de todo bien, y el más grave obstáculo para que puedan aprovecharse las mejores disposiciones.

Si se hace de la disputa religiosa un asunto de amor propio, ¿cómo podemos prometernos que la gracia del Señor fecundará nuestras palabras? Los apóstoles convirtieron el mundo, y eran unos pobres pescadores; pero no confiaban en la sabiduría humana, ni en la elocuencia aprendida en las escuelas, sino en la omnipotencia de Aquel que dijo: “hágase la luz, y la luz fue hecha.” Bien comprenderá V. que no por esto desprecio la ciencia; el mejor medio de conservarla y ennoblecerla es señalarle sus límites, no permitiéndole el desvanecimiento del orgullo.

Esa impotencia para creer de que V. se lamenta, no debe confundirse con imposibilidad; es una flaqueza, una postración de espíritu, que desaparecerá el día que al Señor le pluguiera decir al paralítico: “Levántate, y camina por el sendero de la verdad.”

Entre tanto yo oraré por V.; y si bien el estado de su espíritu no es muy a propósito para hacer lo mismo, sin embargo, todavía me atreveré a decirle que ore V., que invoque al Dios de sus padres, cuyo santo nombre aprendió a pronunciar desde la cuna, y que le suplique le conceda el llegar al conocimiento de la verdad. Quizás ¡oh pensamiento de horror!, quizás pensará V.: ¿cómo puedo llamar a Dios, si en ciertos momentos, abatido por el escepticismo, hasta siento flaquear mi única convicción, y no estoy bien seguro ni de su existencia?… No importa: haga V. un esfuerzo para invocarle; Él se le aparecerá, yo se lo aseguro: imite V. al hombre que, habiendo caído en una profunda sima, no sabiendo si es capaz de oírle persona humana, esfuerza no obstante, la voz, clamando auxilio.

Cuente V. con el entrañable afecto y la consideración de este S. S. S. Q. B. S. M.

J. B.