ESPECIALES DE CRISTIANDAD – P. JUAN CARLOS CERIANI – DICIEMBRE 2015

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ALGUNAS CITAS BÍBLICAS SOBRE LA

SEGUNDA VENIDA DE NUESTRO SEÑOR EN GLORIA Y MAJESTAD

II Timoteo, 4: 7-8: He peleado el buen combate, he terminado la carrera, he guardado la fe. En adelante me está reservada la corona de la justicia, que me dará el Señor, el Juez justo, en aquel día, y no solo a mí sino a todos los que hayan amado su venida.

¡Amar su venida! Cada uno de nosotros puede examinar su corazón a ver si en verdad tiene este amor, con el cual debemos esperar a nuestro Salvador hora por hora, según la expresión de San Clemente Romano, o si tiene la triste idea de que Él vendrá como un verdugo.

¿Amamos la venida de Cristo? ¡Ni siquiera pensamos en ella!

Vagamente creemos que vendrá al fin del mundo, pero no estaremos ahí. Pensamos, tal vez, en nuestra muerte y esperamos de la misericordia divina la gloria del Cielo; pero no nos interesamos por la Vuelta maravillosa de Jesucristo.

¡En cuanto a amarla!…

Los tiempos misteriosos del “día del Señor” son para nosotros visiones espantosas: estrellas que caen del cielo, sol que se vela, diversos cataclismos al estruendo destructor de los jinetes del Apocalipsis y trompetas que resuenan.

La venida gloriosa de Cristo Jesús con sus Santos, no parece tener más que un interés secundario; evidentemente no la “amamos”.

Vemos que el Apóstol San Pablo refiere la suprema recompensa, es decir, la corona de justicia, a la guarda de la fe y al amor ardiente de la venida de Cristo, cuando venga a glorificar su Iglesia y sus Santos… Pero…

SAN PABLO

San Lucas, 12: 37-40:¡Felices esos servidores, que el amo, cuando llegue, hallare velando! En verdad, os lo digo, él se ceñirá, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirles. Y si llega a la segunda vela, o a la tercera, y así los hallare, ¡felices de ellos! Sabedlo bien; porque si el dueño de casa supiese a qué hora el ladrón ha de venir, no dejaría horadar su casa. Vosotros también estad prontos, porque a la hora que no penséis es cuando vendrá el Hijo del hombre.

Por lo general, se aplican estas palabras sólo al día de nuestra muerte…

¡Pero esto es un grave error, esto es falsear su verdadero sentido!

Debemos resaltar la grandeza de la Segunda Venida de Jesús: el único acontecimiento futuro que merece retener la plenitud de nuestra atención.

Así como la expectación del Mesías ha dominado la existencia humana, desde el Edén hasta Belén, de la misma manera la esperanza de su Vuelta debiera dominar al mundo cristiano desde la Ascensión sobre el Monte de los Olivos hasta su aparición gloriosa, que se hará “de la misma manera” que su partida (Hechos, 1: 11).

¡Esperanza de su vuelta! ¡Expectación de su venida! Eso es evidentemente lo que el Apóstol San Pablo tiene en vista cuando habla de aguardar el cumplimiento de “la bienaventuranza” (Tito, 2: 13).

Nuestra “viva esperanza” (I S. Pedro, 1: 3) son estas palabras: ¡VOLVERÁ! ¡REINARÁ!

El ilustre Cardenal Newman comenta a este respecto: “Sí, el Cristo debe venir algún día, tarde o temprano. Los espíritus del mundo se burlan hoy de nuestra falta de discernimiento; mas quien haya carecido de discernimiento triunfará entonces. ¿Y qué piensa el Cristo de la mofa de estos hombres de hoy? Nos pone en guardia expresamente, por su Apóstol, contra los burlones que dirán: “¿Dónde está la promesa de su venida?” (II S. Pedro 3: 4). Preferiría ser de aquellos que, por amor a Cristo y faltos de ciencia, toman por señal de su venida algún espectáculo insólito en el cielo, cometa o meteoro, más bien que el hombre que por abundancia de ciencia y falta de amor, se ríe de este error”.

Especiales Diciembre 2015 1

Hechos: 1: 11: Así vendrá, de la misma manera que le habéis visto subir al cielo.

He aquí, pues, nuestra fe y nuestra esperanza fuertemente apoyadas sobre estas palabras angélicas y sobre la alegría que sintieron los apóstoles al volver a entrar en Jerusalén. Esta alegría, que no era normal —su Maestro acababa de abandonarlos—, muestra que ellos habían comprendido bien que Él volvería (S. Lucas, 24: 52)… ¡VOLVERÁ!

Los Apóstoles esperaron su vuelta, si no para ellos durante su vida, al menos para la humanidad rescatada, que no tendrá el complemento de su salvación más que en la Aparición y el Reino de Cristo.

La Ascensión marca el término del primer ciclo de la historia del mundo: Expectación del Mesías.

La vuelta de Cristo marcará el fin del segundo ciclo, en el cual nosotros estamos y que se resume así: Expectación del Rey.

Venga tu reino“, es la oración de la expectación y de la esperanza cristiana.

Los Patriarcas supieron esperar sin ver y, más aún, por esto mismo recibieron “el efecto de la promesa”, que dependía de la Primera Venida de Nuestro Salvador.

Leyendo asiduamente el Evangelio y las Epístolas, estamos obligados a creer en la vuelta de Jesucristo, obligados a esperar su Reino.

Que este día sea próximo o lejano, que lo veamos nosotros o no durante nuestra peregrinación terrenal, esta esperanza es una fuerza que debe transformar nuestra vida espiritual.

Esperamos a Jesús por causa de su Gloria.

Especiales Diciembre 2015 2

El profeta Isaías ha sido a veces representado en el arte con la mirada dirigida hacia lejanías misteriosas, con la mano sobre la frente para permitir a sus pupilas captar las cosas futuras.

Esta actitud figura la del pueblo judío que espera al Mesías; ella, es la que debe tener el pueblo cristiano esperando su Vuelta.

Una semejanza profunda existe, pues, entre la expectación de la Sinagoga, en otro tiempo, y la de la Iglesia, hoy día.

Pero, ¿en qué consistía exactamente la expectación de los judíos? Ellos esperaban la aparición de un rey poderoso, esperaban en el Ungido del Señor un jefe, que debía restablecer el reino de Israel. El Mesías, “de la posteridad de David” (S. Juan, 7: 42) sería Rey. Esta era la enseñanza oficial de las escuelas rabínicas y la creencia general.

Es fácil seguir en los Evangelios el desarrollo de esta creencia, en contradicción con las profecías de su Primera Venida.

Jesús venía primero para servir y morir.

Pero la Sinagoga tenía los ojos cegados, los oídos sordos, el corazón helado por la concepción puramente ritual de las prescripciones mosaicas. Ella no pudo, pues, reconocer a Aquél que venía a obedecer hasta la muerte de Cruz, llevando el pecado del mundo… Se creía sin pecado; no tenía, pues, necesidad de Salvador…

Ahora bien, ¿cuál es la actitud de los cristianos de hoy?

Teóricamente, todos esperan, implícita o explícitamente, la vuelta gloriosa de Cristo. Pero, en el hecho, fundamos mucho más nuestra vida de fe, nuestro desarrollo espiritual sobre el recuerdo del Gólgota, sobre la vida terrestre y pasada de Cristo, que sobre las prodigiosas promesas referentes al futuro.

Rara vez los católicos hacen el gesto del profeta Isaías, colocando la mano horizontalmente sobre su frente, para avistar mejor las maravillas lejanas del Día del Señor.

Especiales Diciembre 2015 3

El Mesías será primero EL CORDERO DE DIOS que quitó el pecado del mundo, al venir una primera vez a la tierra; a su vuelta será él LEÓN DE JUDÁ; levantará los sellos del libro y reinará (Apoc. 5: 5).

Los Apóstoles participaban de las ideas del Sanhedrín y de los Judíos en general, sobre el Mesías, Rey y Jefe; y, al igual que ellos, rechazaban la señal de la humillación y del sufrimiento, a pesar de las enseñanzas reiteradas de los Profetas.

Es preciso notar aquí que las “señales”, que tienen tanta importancia para reconocer la huella del Señor, pueden también conducir al error al espíritu que se asila en ideas preconcebidas.

Los judíos no pensaban más que en una cierta realeza mesiánica, no en aquella que Jesús les ofrecía; entonces rechazaron a su rey. Dejaron en la penumbra las señales y las profecías de la humillación, del dolor y de la muerte. Porque, no lo olvidemos, el “misterio de Cristo” es complejo.

Todas las profecías bíblicas vienen a concentrarse sobre la persona del Hijo de Dios. “Heme aquí, que vengo con el rollo del libro escrito para mí” (Ps., 39, 8).

Todo esto estaba escrito para su primera venida y todo está escrito para el futuro.

Los profetas han sido los depositarios de los secretos del Padre referente a su Hijo.

Ellos han escrito toda la vida de Cristo: su vida pasada, su vida presente, su vida futura.

Jesús ha desenrollado la primera parte del rollo del Libro cumpliendo a la letra las profecías referentes a su primera venida.

Desenrollará el rollo hasta el fin al venir por Segunda vez, para cumplir, con no menos exactitud, las profecías referentes a su Vuelta y a su Reino glorioso.

Podemos decir que los “secretos” de Dios, confiados a sus servidores los Profetas, están divididos en dos grupos proféticos.

El primero anunciaba el nacimiento del Mesías, su vida humillada, la revelación de la ley de gracia, y, sobre todo, las circunstancias precisas de su muerte dolorosa.

Jesús mismo ha puesto el sello sobre estas profecías y a fin de señalar su completa realización, sus últimas palabras, —notémoslo bien— sus últimas palabras antes de su muerte, fueron: “TODO ESTÁ CUMPLIDO” ¡Ya todo está hecho!” (S. Juan, 19: 30).

El segundo grupo profético anunciaba un Masías glorioso y rey con todos los grandes acontecimientos del fin de los tiempos: restauración de Israel y de Jerusalén; vuelta gloriosa de Cristo para reinar con sus Santos, día de venganza de la justicia divina, después nuevos cielos y tierra nueva, un reino sin fin.

Estas profecías del Antiguo Testamento han sido completadas por la enseñanza de los Apóstoles y sobre todo por el Apocalipsis, revelación hecha por Jesús mismo a San Juan en la Isla de Patmos. El Apocalipsis es el libro final que pone el sello sobre el segundo grupo profético.

Y, si Jesús al morir decía: “Esto se ha cumplido”, dice a Juan, para sellar su propia revelación: Estas palabras son ciertas y verdaderas… ¡ESTO ES HECHO! (Apoc., 21: 6).

Constatamos, pues, que Jesús confirma las profecías realizadas en Él, por su última palabra sobre la cruz: “ESTO SE HA CUMPLIDO”. Confirma que las profecías no realizadas todavía se cumplirán y que entonces dirá: “ESTO ES HECHO”.

El Judío era un hombre que miraba hacia adelante, hacia el Mesías.

El cristiano, puede, a la vez, mirar hacia un pasado realizado en Jesús y también fijar sus ojos hacia una lejanía profética, esperando con alegre esperanza que Cristo desarrolle el final de lo revelado.

Lo que falsea, y gravemente, el sentido de las profecías, es la tendencia moderna a no explicarlas literalmente, sino de manera simbólica o puramente espiritual, alegóricamente.

Además, es preciso temer la falta de libertad de ciertos espíritus, que sometidos en exceso a ideas preconcebidas, están inclinados a leer, no lo qué está escrito, sino lo que quieren encontrar.

Tal fue esencialmente el caso de los Judíos. Y es el de algunos judaizantes de hoy…

Las profecías mesiánicas eran numerosas; y si los Judíos no se equivocaron en ellas cuando fue preciso indicar a los magos la ruta de Belén, al preguntar estos príncipes por “el Rey de los Judíos”, fueron incapaces, en cambio, de reconocer un Mesías venido para servir y morir.

Tal era la enseñanza rabínica. Pero, de todas maneras, los Judíos, que no habían aceptado la plenitud del sentido profético antes del Mesías, hubiesen podido adquirirlo cuando Jesús predicó y desarrolló la verdadera naturaleza de su reino, en su primer tránsito sobre la tierra.

¿No tenemos acaso testimonios irrecusables de la manera cómo Cristo quería hacerse conocer por el camino profético? Él mismo explica los textos que le conciernen.

Especiales Diciembre 2015 4

En Nazaret al principio de su ministerio público, Jesús estaba en la sinagoga, un día sábado. La costumbre mandaba que se leyese, después de la oración, un pasaje de los profetas. Cuando un extranjero o una notabilidad asistía a la reunión, el Jefe de la sinagoga lo invitaba gustosamente a hacer esta lectura en el rollo manuscrito de los profetas y a comentarla.

Se entregó, pues, a Jesús el rollo del profeta Isaías “y habiendo desplegado el libro, encontró el pasaje donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me consagró con su unción, para anunciar la buena nueva a los pobres y me envió a vendar a los que tienen quebrantado el corazón, a pregonar a los cautivos su liberación, a los ciegos la vista, para liberar a los oprimidos y promulgar el año favorable del Señor”.

Habiendo enrollado el libro, lo entregó a aquél que estaba de servició y se sentó, y los ojos de todos los que estaban en la sinagoga se dirigieron hacia Él. Entonces comenzó a decirles: “HOY SE HA CUMPLIDO ESTA ESCRITURA, en vuestros oídos” (S. Luc., 4: 17-22).

Importa mucho notar aquí que Jesús ha detenido su lectura en la mitad del versículo 2 del capítulo 61 de Isaías: “Él me ha enviado a publicar EL AÑO FAVORABLE DEL SEÑOR” alusión al año jubilar, en el cual todas las deudas eran perdonadas.

El Cristo ha vuelto para salvar, pagar la deuda de Adán, rescatar la humanidad.

Pero la continuación anuncia que si el año favorable pasa… Él vendrá entonces para promulgar EL DÍA DE VENGANZA DE NUESTRO DIOS”.

Jesús no había leído este anuncio terrible; su realización pertenece al siglo futuro.

Así, pues, en este solo versículo segundo, los dos grupos de profecías están bien deslindados.

El Mesías ofrecía un año de gracia como Salvador, pero vendrá también en “el día de venganza” como rey y juez.

“Estamos en el tiempo de paciencia” (Rom., 3: 25).

“¿No vendrá, pronto el tiempo de la cólera?” (II S. Pedro, 3: 9).

Estos dos tiempos están marcados en el rollo del Libro que de Él está escrito.

Especiales Diciembre 2015 5

Jesucristo se ha revelado principalmente, después de la Resurrección, como el Mesías paciente, a causa de la incomprensión que el pueblo tenía de este misterio.

Pero los Apóstoles, enseñados por el Espíritu Santo, van a ser los reveladores de estos misterios de gloria.

Los anuncios de la Vuelta y del Reino son renovados alrededor de trescientas veinte veces en el Nuevo Testamento, pues, en adelante la atención del cristiano debe estar dirigida hacia ese día: “Helo aquí, ya viene”.

San Pedro atestigua que no viene en nombre “de fábulas sabiamente concebidas” a hacer conocer “la potencia de la Venida” de Jesucristo y “la gloria magnífica” de su reino, sino que ha visto (este reino) sobre la santa montaña con sus propios ojos (II S. Pedro, 1: 16-18)

Y agrega: “POR ESTA VISIÓN HA SIDO CONFIRMADA PARA NOSOTROS LA ESCRITURA PROFÉTICA a la cual hacéis bien en prestar atención, como a una lámpara que brilla en un lugar tenebroso, hasta que el día despunte y que la estrella de la mañana se levante en vuestros corazones” (II S. Pedro, 1: 19-21).

He aquí los hechos bien establecidos: los Apóstoles creían en la Vuelta del Señor y en el establecimiento de su Reino, apoyándose sobre la profecía, dirigiéndose por la claridad de esta “lámpara”.

Muy deseosos de ver estos días, enseñaban a los cristianos los medios de apresurar la aparición: Vivid “en santidad y piedad ESPERANDO Y APURANDO la venida del día de Dios” (II S. Pedro 3: 12).

Nosotros podemos, pues, “apresurar” la Parusía y el Reino de Cristo.

¡Qué responsabilidad el no vivir “en santidad y piedad”, o en balbucear con negligencia el “adveniat regnum tuum” (venga tu reino), o cantar, sin alma, en el Credo: “iterum venturus est cum gloria” (vendrá otra vez con gloria), y “exspecto… vitam venturi saeculi” (espero la vida del siglo venidero)!

Busquemos la claridad de la lámpara profética que ilumina nuestras tinieblas a fin de contemplar la plenitud del rostro de Cristo.

No miremos solamente al pequeño Niño, o al servidor, o al varón de dolores sometido al suplicio por amor, sino fijemos los ojos sobre nuestro vencedor de la muerte, sobre nuestro triunfador en los cielos, sobre aquél que volverá y reinará.

Nuestro Salvador es: Hombre y Dios, Sacerdote y Profeta, Rey y Juez. Nosotros debemos vivir todo el misterio.

La verdad del rostro del Señor nos aparecerá, en la medida en que, humildemente, con Él, hayamos desenrollado “el libro donde está escrito de Él” y a la cabeza del cual resplandece para la primera como para la segunda venida: “¡Heme aquí, yo vengo!”

El misterio de Jesucristo puede resumirse así:

En Belén: “Heme aquí, yo vengo” (Ps., 39: 8).

En el Gólgota: “Todo está consumado” (S. Juan, 19: 30).

En la Vuelta: “Helo aquí que viene sobre las nubes” (Apoc., 1: 7).

En el Reino final: “¡Esto es hecho!” (Apoc., 21: 6).

Tal será la conclusión de los oráculos proféticos “del libro donde de Él está escrito”, cuyos sellos levantará el León de Judá porque primero fue inmolado como Cordero (Apoc., 5: 5-9).

Especiales Diciembre 2015 6

Durante los cuatro primeros siglos, ningún cristiano hubiera pensado identificar el Retorno de Cristo con su propia muerte. Las admirables parábolas escatológicas transmitidas por San Mateo (c. 25), por San Marcos (c. 13) y por San Lucas (c. 12), se refieren TODAS a este día, Día del Señor. La duda no cabe (excepción hecha de la Parábola de San Lucas, 12, 16-21). Durante cuatro siglos jamás se dijo, como en nuestros días, hablando de la muerte: “Ella viene como ladrón”.

Esta acepción estaba exclusivamente reservada, al advenimiento glorioso de Cristo que vendrá en efecto como un ladrón, es decir, de improviso, súbitamente (II S. Pedro, 3: 10).

Cuando Jesús se compara al Ladrón, al Esposo, al Maestro, al Rey que vuelve de improviso después de haberse hecho esperar largo tiempo, se trata de una cosa completamente distinta dé la muerte individual, que tiene un carácter de castigo por el pecado.

Se trata de su segunda Venida para la resurrección de los justos, después de la larga expectación de los siglos y, por lo tanto, de un suceso que debe causarnos inmensa alegría.

Si “la muerte es una ganancia” como lo dice San Pablo, que tenía prisa de estar con el Señor (II Cor., 5: 8) ella sigue siendo, sin embargo, el enemigo “el último enemigo destruido” (II Cor., 15: 16). No es posible confundirla con la Parusía, que traerá una resurrección de los cuerpos y nos dará el reinar con el Cristo. La muerte, “este salario del pecado” (Rom., 6: 23) es, pues, una cosa y la Parusía otra, la confusión de una y otra es un grave atentado a las últimas enseñanzas de Jesús y a las de los Apóstoles.

Es preciso amar, apresurar la Venida de nuestro Salvador, que lo glorificará magníficamente y a nosotros con Él. Si vivimos de toda esperanza, nosotros seremos hechos puros según la promesa de San Juan, y entonces no temeremos nuestra muerte por muy próxima que ella esté: “Bienaventurados desde ahora los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, que descansen de sus trabajos: porque sus obras los acompañan” (Apoc., 14: 13).

“No durmamos como los demás hombres, sino que velemos y seamos sobrios” escribía el Apóstol San Pablo a los Tesalonicenses (I Thes., 5: 6). “Sed sobrios y velad” decía todavía San Pedro a fin de resistir fuertes en la fe, al diablo que ronda (I S. Pedro, 5: 8). Jesús no recomienda otra cosa en la enseñanza de la última semana y las parábolas escatológicas pueden resumirse en una sola palabra: “¡Velad! Yo lo digo a todos: ¡Velad!” (S. Marc., 13: 35-37).

Esta palabra será una de las últimas dirigidas a los Apóstoles en la noche de la agonía, palabra de reproche a los tres íntimos que se durmieron en Getsemaní. El Maestro entristecido les dijo: “¡Así, no habéis podido velar una hora conmigo! ¡Velad y orad!” (S. Mateo, 26: 41).

La parábola de las vírgenes prudentes y de las vírgenes necias, fue propuesta por Jesús el martes antes de su muerte, en el Monte de los Olivos.

Jesús, para despertar la atención de sus discípulos, se sirvió de una semejanza, que aún hoy será fácilmente comprendida en Oriente, pues las costumbres recordadas por el Maestro están todavía en vigor.

Cuando una joven abandona su casa para contraer matrimonio, es conducida por un cortejo de amigas a la presencia del esposo que viene a su encuentro.

Especiales Diciembre 2015 7

Entonces el esposo introduce a la esposa y a su corte a la sala del festín.

Generalmente el encuentro se hace en la tarde; de ahí la costumbre de proveerse de lámparas, de esas pequeñas lámparas de tierra o de bronce, cuya falta de capacidad hace necesario llevar consigo un pequeño depósito con aceite de reserva.

Cinco de las jóvenes habían tomado este vaso de emergencia para alimentar sus lámparas en caso de que el esposo se hiciera esperar un poco. Las otras cinco habían descuidado esta prudente precaución.

Ahora, la espera fue larga; duró hasta la media noche. Todas las vírgenes se durmieron. Parece que esta larga espera (que era muy anormal) debía, según el pensamiento de Jesús, llamar la atención de los discípulos, y sobre todo la nuestra. Jesús, el verdadero Esposo de la Iglesia y de las almas tardaría en volver…

Esta espera es, pues, la nuestra, y la de los cristianos que nos han precedido. Estos murieron; estos son los dormidos que esperan, en el polvo, el despertar, a la voz del Arcángel (I Tes., 4: 16).

Pero, ¿acaso muchos de los vivos no duermen también? ¡Es tan pobre su esperanza en esa hora suprema!

A media noche un grito resuena: ¡”Helo aquí al Esposo que ya viene, salid a su encuentro!” Entonces todas las vírgenes se despiertan, pero no todas están preparadas para la venida del Esposo.

Especiales Diciembre 2015 8

Mientras que las necias corren al mercado para comprar óleo, pues sus lámparas se extinguen, las que están preparadas entran con el Esposo en la sala de las bodas. Y la puerta se cierra.

Nosotros encontramos aquí, en esta hora solemne, una imagen del Segundo Advenimiento, una especie de selección, de segregación, de separación radical entre las diez vírgenes. Jesús había recordado una distinción semejante, hecha por Dios, entre los hombres en tiempos de Noé. Los hombres que sucumbieron durante el diluvio y los ocho salvados en el arca. Esta separación ha de renovarse a su Venida: “Entonces estarán dos en el campo: a uno toman y a otro dejan. Estarán dos moliendo en la tahona: a una toman y a otra dejan” (S. Mateo, 24: 40).

Así también, cinco vírgenes están preparadas y entran a las bodas, cinco se retrasan y son desechadas.

Cuando estas últimas llegan con las lámparas encendidas, llaman y gritan: “¡Señor, Señor, ábrenos!”; y el Esposo responde: “No os conozco”. ¡Palabra punzante entre todas!

Y Jesús pone en guardia a los cristianos: Velad, les dice, porque no sabéis el día ni la hora (S. Mateo, 25: 1-4). En efecto, Jesús no reconocerá a los negligentes, a aquéllos que no desearon ni amaron su regreso, a aquéllos que entre los burlescos decían: “¿Dónde está la promesa de su Advenimiento?” (II S. Pedro, 3: 4).

El anciano Simeón, impulsado por el Espíritu de Dios, fue al Templo. Él, ciertamente tenía conocimiento de la profecía de Malaquías, que la liturgia nos hace leer el 2 de Febrero: “Y repentinamente vendrá a su Templo el Señor a quien buscáis, es decir, el Ángel de la alianza que deseáis. Helo aquí, que viene”.

Estas palabras se refieren a la Primera Venida, pero luego el profeta agrega: “Mas ¿quién es capaz de soportar el día de su advenimiento; quién podrá estar en pie cuando él apareciere? Porque será como el fuego del crisol, como el jabón de los bataneros, pues que se sentará como acrisolador y purificador de la plata y purificará a los hijos de Leví y los afinará como el oro y la plata” (Malaquías, 3: 1-3).

Este segundo pasaje evidentemente no puede referirse más que a la Vuelta de Jesús. Las expresiones son absolutamente claras, relacionadlas con aquéllas de los otros profetas. “Helo aquí que viene” es colocada en el texto como refiriéndose a la vez a las dos venidas.

En el pasaje citado hallamos el doble: Ecce venio.

Es bastante frecuente en la Escritura encontrar un texto único como aquel de Malaquías, agrupando a la vez las dos venidas del Salvador.

Especiales Diciembre 2015 9

Simeón supo descubrir por la fe, no a aquél que viene en gloria. “¿Quién podrá quedar en pie cuando él aparezca?” sino a aquél que viene primero para obedecer, sufrir y redimir.

Dura fue la contradicción para la fe y la esperanza de Simeón. Pero, habiendo atravesado incólume la prueba, pudo mejor que nadie reconocer el carácter del Niño: “está en el mundo para ser blanco de la contradicción”. Y cuando hubo recibido a Jesús Niño en sus brazos, sus ojos se abrieron del todo.

El vigilante se volvió vidente: “Han visto mis ojos tu salvación que preparaste a la faz de todos los pueblos, luz que debe disipar las tinieblas de las naciones y gloria de Israel, tu pueblo (S. Lucas, 2: 30-32).

Hoy, los videntes no se vuelven vigilantes…

Los hombres que en los últimos tiempos se dejarán seducir y se agruparán en masa alrededor del “Dictador” continuarán, sin embargo, llevando su vida, su pequeña vida cotidiana, con un descuido sorprendente y una quietud perfecta.

En la enseñanza que dio curso de la última semana, el Señor Jesús cita el ejemplo de los tiempos que precedieron inmediatamente al DILUVIO y a la destrucción de SODOMA, para llamar nuestra atención y ponernos en guardia contra la tendencia natural o vivir nuestra vida sin pensar en la proximidad del retorno.

Justamente, en medio de la vida más corriente, “el ladrón” horadará la casa.

Pero decía el Apóstol San Pedro: “el Señor sabe librar de la prueba a los hombres piadosos” (II S. Pedro: 2: 9).

Entonces los justos, a ejemplo de Lot, serán puestos en salvo.

Dios, en su misericordia, dio entonces señales, como las da ahora.

La construcción del arca duró cien años, era un signo para todo aquél que hubiese querido considerar el estado de la sociedad de entonces “llena de violencia”. El envío de dos Ángeles a Sodoma fue también una advertencia para toda la ciudad.

Pero mientras Noé “condenaba al mundo” construyendo el instrumento de salvación que era el arca “con un piadoso temor” (Heb., 11: 7) sus contemporáneos se burlaban de él. Los yernos de Lot, a quienes este dio aviso en la víspera de la catástrofe de Sodoma, no le creyeron tampoco: “A los ojos de sus yernos pareció que se chanceaba (Gén. 19: 14).

Parecen chancearse todos aquéllos que anuncian el fin de los tiempos.

No creemos posible que acontezca durante nuestra vida. Sin embargo, no tenemos seguridad que esto será así. Hasta la víspera de ese día los hombres comerán, beberán, venderán y comprarán.

Si no velamos, si sólo nos atraen las vanidades de la tierra, ¿lograremos escapar? “Acordaos de la mujer de Lot”, decía Jesús (S. Luc., 17: 32).

Especiales Diciembre 2015 10

Fue dejada; como serán dejados del mismo modo: la mujer que muele, el hombre en el campo, uno de los dos esposos.

Habrá, pues, en esta hora trágica, UNA SEPARACIÓN de los fieles y de los infieles.

Así como Dios pone a Noé al abrigo en el arca y a Lot sobre la montaña, Jesús vendrá a poner al abrigo a los suyos.

Tal es el parecer de San Jerónimo: “En el momento en que la noche se acaba, al fin de los tiempos, es cuando Jesucristo vendrá a poner en seguridad a los suyos” (Comentario sobre San Mateo, XIV, 25).