P. JUAN CARLOS CERIANI: EL REINO MILENARIO Y LA DOBLE RESURRECCIÓN – 7º PARTE

EL REINO MILENARIO

Y

LA DOBLE RESURRECCIÓN

 

Séptima Entrega

 

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https://radiocristiandad.wordpress.com/2015/01/19/p-juan-carlos-ceriani-6o-parte/

 

 

Una vez terminada la argumentación exegética, el Padre Van Rixtel resume de la siguiente manera:

Estamos, pues, frente a los siguientes hechos:

San Pablo:

– en I Corintios 15, 23, afirma que “los que son de Cristo” han de resucitar “en su Venida”;

– en I Tess.4, 16, dice que los “muertos en Cristo” resucitarán primero;

– en I Corintios 15, 51, enseña que los vivientes, que estén esperando a Jesús, serán “transformados”;

– en I Tess.4 16-17, confirma que estos vivientes junto con los resucitados, “serán arrebatados” al encuentro de Cristo en los aires;

– en II Tess. 2, 8 dice que Jesús vendrá para destruir al Anticristo.

Luego, la primera resurrección tiene que realizarse antes.

Estas afirmaciones de los Apóstoles se encuentran todas en las palabras de Jesús.

Ahora bien, aunque ni los Evangelios, ni las Epístolas indican la duración del tiempo que ha de transcurrir entre la primera resurrección y la resurrección general, San Juan confirma en su Apocalipsis:

1º) Que Cristo viene para destruir al Anticristo.

2º) Que luego ha de realizarse el Reino Mesiánico de Cristo con sus Santos resucitados.

3º) Que este Reino de los Santos ha de durar mil años.

4º) Que esta es la primera resurrección.

5º) Que los demás muertos no resucitarán hasta acabar los mil años.

6º) Que durante este tiempo, ha de ser encadenado Satanás.

7º) Que sólo después de estos mil años, Satanás será soltado por un poco de tiempo y que realizará entonces la rebelión de Gog y Magog.

8º) Que luego tendrá lugar la resurrección final.

En suma, el Apocalipsis viene a confirmar y a arrojar aún más luz sobre las enseñanzas de muchos otros lugares de la Escritura entera; con la cual concuerda y armoniza perfectamente en su sentido literal.

¿Quién tiene, pues, el derecho de alegorizar este capítulo del Apocalipsis? ¿Quién tiene el derecho de aislarlo de su contexto?

Se dice que hay que entender esta primera resurrección del Apocalipsis 20, 4-6 en su sentido espiritual. Pero ¿Cómo se le puede interpretar espiritualmente, cuando San Juan dice: “los demás muertos no revivieron hasta cumplirse los mil años” y los mismos versículos, más tarde, profetizan el cumplimiento de esta profecía, relatando la resurrección de los “demás” muertos?

¿Y cómo puede resucitar “espiritualmente” un decapitado? Su resurrección “espiritual” (conversión) habrá tenido lugar antes, porque es un poco raro que uno que no está en la fe y en gracia de Cristo se deje decapitar por Él. Sin embargo, San Juan dice que “resucitaron después de ser decapitados”; luego no puede hablar de una resurrección espiritual, sino que habla de una resurrección física, corporal.

NOTA: aunque los milenaristas citan todavía muchos otros textos, con los que prueban que después de la Venida del Señor habrá todavía viadores y naciones en la tierra, confirmando así la doctrina de la primera resurrección, creemos haber ofrecido un fiel resumen de los más importantes textos con los cuales se prueba, aclara y confirma la doctrina de aquel acontecimiento glorioso, que se realizara en el día de la Parusía, día también de la “manifestación de los hijos de Dios”, día de “nuestra adopción” por la “redención de nuestro cuerpo” (Rom. 8, 19-26).

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A continuación, el Padre Van Rixtel hace una serie de reflexiones sobre esta doctrina:

A- Posiciones

 

B- Hay libertad de enseñanza

 

C- Una tesis apriorística

 

D- Una doble tarea

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A- Posiciones

Entrando en reflexiones sobre esta doctrina, hemos de observar en primer lugar que no es una doctrina corriente, sino que la mayoría de los teólogos y exégetas la rechazan.

1) Con mucha decisión se oponen los antimilenaristas contra la doctrina de la primera resurrección diciendo que está en oposición con nuestra creencia católica, la cual sostiene una resurrección única y simultánea para el juicio final. Algunos llegan hasta afirmar que está en oposición con la Tradición.

2) Los no-milenaristas —con excepción de algunos que aceptan una resurrección de justos no solamente con prioridad de dignidad sino también de tiempo— no se pronuncian o se adhieren a la resurrección única y simultánea. No obstante, en general no afirman que la doctrina de la primera resurrección, en sentido milenarista, esté en oposición con la creencia católica y con la Tradición.

3) Observamos, empero, que la doctrina de la primera resurrección es una tesis universalmente sostenida en los primeros cuatro siglos.

En los primeros dos siglos no encontramos ni rastros de una enseñanza que sostenga la resurrección única y simultánea. Encontramos, sí al autor de la “Didaché”, a un San Papías, discípulo de San Juan Evangelista, a un San Justino, San Melitón, San Polícrates, que sostienen todos la primera resurrección; y a un San Ireneo que hace de esta doctrina la piedra angular de su enseñanza escatológica, la que transmite como una tradición recibida de los discípulos de los Apóstoles, de los Apóstoles, y del Señor mismo. Todos sostienen esta doctrina con decisión y no encuentran ninguna oposición.

Y tampoco en el tercero y el cuarto siglo encontramos documentos que nieguen la doctrina de la primera resurrección, a pesar de que surge el antimilenarismo.

Es en el quinto siglo que empieza a formularse la tesis antimilenarista, como una tesis que entre otras cosas sostiene la resurrección única y simultánea; y desde aquel entonces ha ido poco a poco dominando el campo de la teología y exégesis, sosteniéndose siempre como una tesis claramente antimilenarista.

4) A la vista de esto, creemos firmemente que los antimilenaristas están fuera de la verdad cuando dicen que la tesis —que aceptando la verdad de la resurrección general afirma que habrá una resurrección muy anterior para los que son de Cristo en su Venida— sería una tesis que está en oposición con la creencia católica o universal de la Iglesia.

También creemos que nadie puede afirmar que sea la tesis de la resurrección única y simultánea, sino sólo la de la resurrección primera, la que puede afianzarse en documentos y autoridades que se remontan a los primeros siglos.

Creemos que, frente a la historia, tenemos que caracterizar la tesis de la resurrección única y simultánea, como de tendencia antimilenarista.

Lentamente ella se ha hecho tradicional en los siglos posteriores; pero no es una tradición eclesiástica en el sentido propio de la palabra y mucho menos una tradición apostólica, sino más bien lo contrario.

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B- Hay libertad de enseñanza

De cualquier manera se debe afirmar que por lo menos los milenaristas tienen la mayor libertad para defender y enseñar la doctrina de la primera resurrección sostenida por hombres como el autor de la Didaché, San Papías, San Justino, San Melitón, San Polícrates, San Ireneo, Tertuliano, San Victoriano, Nepos, San Metodio, Comodiano, Lactancio, Quinto Julio, Hilariano, San Zeno, San Epifanio, San Ambrosio, San Hipólito, San Crisóstomo, San Cirilo Alejandrino, Teodoreto, Teófilo, Cayetano (Cornelio a Lapide no se pronuncia), Lacunza, Bengel, Meyer, Grimn, Alcañiz y Rovira.

Pues con toda seguridad estamos aquí frente a una cuestión en la que “nada ha sido definido por la autoridad de la Iglesia”, “ni sea unánime la sentencia de los Santos Padres”, ¡que decidan, pues, los argumentos!

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C- Una tesis apriorística

Habiendo leído con atención, en cuanto estaban a nuestro alcance, todos los argumentos que sostienen la tesis de la resurrección única y simultánea, hemos llegado a las siguientes conclusiones:

1º) Que el punto de partida de la argumentación es exactamente la afirmación “a priori” de una resurrección única y simultánea.

2º) Que esta argumentación no se funda, pues, en el texto, sino que trata de acomodar el texto a una tesis afirmada “a priori”.

3º) De allí la gran variedad de interpretaciones, muchas veces ingeniosas, pero a menudo contradictorias y nunca concluyentes.

Casi siempre pasan por alto la distinción entre la resurrección de entre los muertos y la de los muertos, fijada por el texto sagrado mismo.

Nunca entran en un examen sincero de la argumentación contraria; y cuando la mencionan se contentan generalmente con repetir el juicio de San Jerónimo, como autoridad máxima, a pesar de que este juicio no puede resistir a la sana crítica histórica.

Creemos por eso, que el lector crítico no puede escapar a la impresión de que está frente a interpretaciones, si no forzadas o tendenciosas, por lo menos apriorísticas, es decir: frente a interpretaciones que, por miedo de caer en el milenarismo, aceptan a priori la resurrección única y simultánea, y por eso empiezan la argumentación donde tendrían que terminarla.

Rechazando a priori la resurrección primera, ofrecen varias interpretaciones alegóricas que sólo concuerdan en que se desvían del sentido literal, y por lo demás se contradicen como blancos y negros.

Uno afirma que por primera resurrección debe entenderse la glorificación de las almas de los justos, que van al cielo después de su muerte.

Otro sostiene que la primera resurrección es la que se opera en el alma, cuando pasa del pecado al estado de la gracia.

Bail, en su colección de los concilios, dice que la primera resurrección (Apoc. 20, 5) es… la de réprobos (¡sic!), la cual se llama “primera” porque sólo afecta a los cuerpos, ya que las almas de los condenados no resucitarán para la gloria.

Otros, en fin, ofrecen una cuarta interpretación, diciendo: “La primera resurrección, insinuada en el Apocalipsis se realizó primero, objetivamente, con la redención de Cristo, la cumplida por medio de su Pasión, Muerte y Resurrección; la segunda, subjetivamente, es decir, en cada uno de nosotros, por medio del Santo Bautismo, en el cual, según la expresión de San Pablo, hemos sido llamados de la muerte del pecado a la vida de la gracia (¿En qué quedamos?).

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D- Una doble tarea

Los antimilenaristas y aquellos no-milenaristas que sostienen la tesis de una resurrección única y simultánea tienen, pues, una doble tarea:

1ª) Explicar cómo se puede sostener esta tesis sin entrar en conflicto con los Padres Apostólicos.

2ª) Deshacer todos los argumentos bíblicos con que los milenaristas prueban la doctrina de la primera resurrección.

 

Primera tarea

 

En primer lugar, la de explicar cómo se puede sostener esta tesis sin entrar en conflicto y sin deshacer la autoridad de San Papías, San Justino, San Ireneo que, presentándose como testigos de la Tradición, afirman la doctrina de la primera resurrección como recibida de los Apóstoles.

Porque llegamos a entender que se puede deshacer la autoridad de San Agustín, de San Jerónimo, o de Santo Tomas, o de cualquier otro Padre posterior, con la autoridad de San Papías o de San Justino, o de San Ireneo, o de cualquier otro Padre Apostólico, cuando presentan su afirmación como un testimonio de la Tradición Apostólica.

Pero no llegamos a entender cómo se podría deshacer la autoridad de un testigo de la Tradición de los tiempos apostólicos (sin deshacer todo su testimonio y sin poner en peligro las bases de la Tradición misma como fuente de doctrina) apelando a la autoridad de Padres y Doctores posteriores.

Pues, una de dos: o estos Padres y Doctores se presentan como testigos de la Tradición, y entonces no pueden estar en conflicto con los Padres anteriores; o se presentan como autoridad privada, y entonces no tienen peso alguno cuando están en conflicto con un testigo de la Tradición Apostólica.

Concretando:

San Papías, Obispo de Hierápolis, oyente de San Juan, compañero de San Policarpo, que fuera discípulo de San Juan, hombre que con un admirable criterio de la Tradición hizo todo lo posible, según su propio testimonio, para informarse bien acerca de las enseñanzas de los Apóstoles. Con este fin hizo un viaje para encontrarse con discípulos de los Apóstoles.

Él valorizó —según el testimonio de San Ireneo— la doctrina del Reino, cuya piedra angular es la doctrina de la primera resurrección, como enseñanza recibida de los Apóstoles y del Señor mismo.

San Justino, Padre y Apologista del segundo siglo, interrogado por Trifón acerca de la doctrina del Reino, dice: 1º que no enseña otra cosa que lo que cree; 2º que con él muchos otros cristianos creyeron la misma doctrina, y tuvieron la misma esperanza futura; 3º que entre aquellos, que no son herejes, había muchos otros individuos que no se adhirieron a esta doctrina; 4º que él, empero, y así también aquellos cristianos que piensan rectamente en todo, saben que ha de venir la resurrección de la carne (y con esto entiende la primera resurrección de entre los muertos), y los mil años en la ciudad de la Jerusalén edificada, ornada y amplificada. Después de estos mil años ha de venir la resurrección y el juicio final.

San Polícrates, obispo de Éfeso (ciudad donde residió San Juan), varón de grandísima autoridad entre los obispos de Asia a fin del II siglo. Viajó mucho para hablar con los hermanos dispersos en el mundo. Este varón santo da testimonio especial de la doctrina de la primera resurrección, diciendo que es una enseñanza recibida siguiendo la tradición de los Padres de Asia anteriores a él, es decir “de aquellas grandes lumbreras ya extintas, que duermen en la esperanza de la Venida del Señor”.

San Ireneo, obispo de Lion, en el segundo siglo, discípulo de San Policarpo, quien era a su vez discípulo de San Juan, por lo que le pudo instruir admirablemente en las Escrituras. Ireneo hizo un viaje por Palestina con el afán de estudiar las enseñanzas de Cristo y de los Apóstoles, en el mismo lugar donde fueron confiadas a otros y se encontró alii con varios discípulos de los Apóstoles.

Su testimonio tiene, pues, un enorme valor. Por eso recibió el nombre de “El testigo de la Tradición”, porque lo es por antonomasia; pues en el argumento de la Tradición su testimonio es decisivo acerca de la autenticidad de las Escrituras, de la sucesión sin solución de los sumos Pontífices en la sede de Roma, de la dispensación de la Eucaristía desde la existencia de la primera comunidad cristiana, y de la fe de la Iglesia en la presencia real de Cristo bajo ambas especies.

Ireneo nos da, de igual modo y con la misma insistencia, testimonio acerca de la doctrina del Reino y de la primera resurrección, piedra angular de su escatología, afirmando:

  • a) Que esta es la doctrina recibida de los “presbíteros”, de aquellos “presbíteros” que han conocido a Juan, “el discípulo del Señor”.
  • b) De aquellos “presbíteros” que fueron discípulos de los Apóstoles”.
  • c) Agregando, que los “que se imaginan que creen rectamente” pero rechazan esta doctrina, “caen en gran contradicción como cayeron los judíos”, y son “ignorantes acerca de las disposiciones de Dios, habiendo sacado sus creencias de sermones heréticos”, siendo “hombres que tienen una convicción herética” (Véase Alcañiz S.J, “Eccl. Patr. Et milenarismus”).

Que los defensores de la resurrección simultánea prueben o indiquen, pues, el camino que hay que seguir para defender esta tesis en contra de la tesis de la primera resurrección, sin entrar en conflicto con estos testimonies apostólicos

Y aquí no basta una argumentación sentimental, diciendo que es demasiado grave e intolerable inculpar a San Jerónimo o a San Agustín o a cualquier otro Doctor, de estar en un conflicto “consciente” con la Tradición apostólica; porque nadie le culpa de ello.

Se trata, simplemente, de probar a base de hechos, si aquellos grandes Doctores bajo la presión del peligro y de la confusión milenarista de su tiempo, no han ido demasiado lejos en su reacción antimilenarista e inconscientemente han entrado en conflicto con la Tradición apostólica.

Segunda tarea

Habiendo cumplido con esta tarea primordial, viene la segunda, a nuestro juicio, igualmente delicada y difícil: la de deshacer, en sí y en su conjunto, todos los argumentos bíblicos con que los milenaristas católicos y otros no-milenaristas prueban (y a nuestro entender de modo irrefutable) la doctrina de la primera resurrección, la de entre los muertos, la de todos los que son de Cristo en Su Venida, debiendo demostrar que estos argumentos están en conflicto con el sentido directo y literal de los textos citados o con otros lugares de la Sagrada Escritura.

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CONCLUSIÓN

Mientras tanto creemos tener no sólo la plena libertad, sino también, frente a los tesoros de la Tradición Apostólica y de las Escrituras, el deber de sostener y ensenar la doctrina de la primera resurrección, como una tesis central del Evangelio de Nuestro Señor, predicado y explicado por los Apóstoles.

Ellos dirigieron la mirada de la Iglesia, Esposa de Cristo, no hacia la muerte, prometiendo el descanso del alma, sino hacia el día de la Redención de nuestro cuerpo, cuando venga el Esposo para reunirse con la Esposa, es decir: para “tomar a Sí mismo” a todos lo que son de Él y que han anhelado Su Venida.

Porque esta doctrina nos llena con el gozo de una Esperanza concreta, que no pasa por alto la suerte de nuestro cuerpo y hace fácil el “apartarse del mundo”, guardando sin mancha nuestra alma y nuestro cuerpo para aquel día glorioso.

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Hasta aquí el Padre Van Rixtel, de su libro El Testimonio de Nuestra Esperanza, capítulo VII: Resurrección de entre los muertos.

En una próxima entrega publicaremos este capítulo en una separata.

Luego, haremos otro tanto con el Capítulo VI de la Primera Parte (Segunda dificultad. La Resurrección de la carne, simultánea y única) del libro del Padre Manuel Lacunza Venida del Mesías en Gloria y Majestad.

 

 

Padre Juan Carlos Ceriani