JORGE DORÉ: LOS HIJOS DE LA REVOLUCIÓN

Ya el diablo tuvo su concilio. Ya el diablo tiene su iglesia. Ya el diablo tienen sus vicarios en la Tierra. Ya el diablo tiene sus fieles.

Todo está preparado. La usurpación y la falsedad han llegado a su clímax. La revolución ha triunfado.

Sólo falta el Anticristo.

 

revolucionLos hijos de la revolución

Jorge Dore

“Y como quiera que lo verdadero en modo alguno puede estar en contradicción con lo verdadero, definimos como absolutamente falsa toda aserción contraria a la verdad de la fe iluminada; y con todo rigor prohibimos que sea lícito dogmatizar en otro sentido; y decretamos que todos los que se adhieren a los asertos de tal error, ya que se dedican a sembrar por todas partes las más reprobadas herejías, como detestables y abominables herejes o infieles que tratan de arruinar la fe, deben ser evitados y castigados.” (Papa León X, Bula Apostolici Regiminis, 19 de Diciembre de 1513, V Concilio de Letrán, Sesión VIII, T. 605-606)

Por haber vivido en un país comunista, he comprobado la facilidad con que las multitudes pueden ser seducidas e incitadas a aceptar una ideología extraña. Presencié en Cuba, de primera mano, a personas de confesión católica abrazar el marxismo con el patológico frenesí que bulle en todos los que aspiran a cambiar el mundo con ideales revolucionarios. Parecía que la luz se hacía en la conciencia de muchos ciudadanos que recién creían descubrir en el comunismo ateo un nuevo y mejor Dios.

Vi gente que, influida por la nueva ideología, dejaba de ser afable y amistosa para transformarse en vigilantes, delatores y perros de presa de un sistema opresor, injusto y anticristiano. Convertidos en entusiastas colaboradores de la tiranía, llegaban hasta el punto de apoyar la prohibición de exhibiciones públicas o personales de crucifijos u objetos religiosos así como manifestaciones de tipo sacro. Estos pobres engañados despuntaban como nuevos e incondicionales abogados del diablo.

El débil fundamento cristiano de sus vidas se quebraba bajo sus pies como fino hielo, al peso de tentaciones que les arrebataban la promesa del paraíso celestial para convencerlos de espejismos terrenales. Se habían transformado en tontos útiles, en cómplices del mal. Arrojaban las riquezas de Dios como lastre por la borda, convencidos de que a pie y sin más ayuda que la de sus fanáticos camaradas, alcanzarían, por propio esfuerzo, un utópico paraíso sobre la Tierra.

Engañar al prójimo no es difícil. Pero para hacerlo, es requisito indispensable poseer un grado de maldad proporcionado al engaño que busca perpetrarse y al daño a infligir. Hay que no tener conciencia.

Maldad mancomunada

En la década de los sesenta, como coreografiados por una mente perversa, se dieron cita tres apéndices del mal para destruir la Iglesia católica, apostólica y romana, dejando en pie sus restos. Estos fueron: comunismo, masonería y sionismo. La infiltración secreta fue el método usado no para derribar, sino para conquistar la milenaria institución, –que tantos ataques previos había sobrevivido,– sin derramamiento de sangre, sin mártires y sin espadas.

Tal como fuera planeado y ejecutado con secular paciencia, la fortaleza fue tomada desde dentro lenta y pacíficamente, exceptuando ciertas reacciones y voces de alerta de quienes, percatándose de la conspiración, la denunciaron y rehusaron ser partícipes de ella. Miles de sacerdotes y laicos conscientes del peligro, abandonaron la abominación que se establecía en Roma con el mismo repudio con que se abandona un pueblo declarado en cuarentena por la peste. No sin razón. No obstante, la proporción de los que se fueron era muy pequeña comparada con los que decidían quedarse y hacerle coro al novedoso “aggiornamento”.

Adjudicándose el título de católica, surgió una iglesia nueva sobre la armazón física de la antigua, con doctrina y sacramentos diferentes a la que previamente había frecuentado los templos de Roma. Una iglesia revolucionaria, enemiga de su predecesora, opuesta a ella: una nueva secta. La negativa, –por parte de sus fieles,– a repudiar un falso orden jerárquico, era justificada y todavía lo es, por una obediencia que, sin embargo, es indiferente a la ofensa a Cristo.

Miles de páginas se han escrito detallando los antagonismos entre la iglesia que hoy se dice católica sin serlo y el catolicismo, preservado en las catacumbas del tradicionalismo. No son simples sutilezas las que las apartan; son abismos de diferencia, son mundos de lejanía. ¡Es la distancia de Cristo a Satanás! Que nuestros enemigos de la fe pretendan hacernos creer lo contrario y que lo aceptemos, es declararnos serviles estúpidos del mal y por lo tanto cristianos inútiles para defender dignamente la cruz de Nuestro Señor. No nos dejemos confundir por una tilde bajo la lupa. Nuestra preocupación es la defensa de la cruz sobre el altar.

En su encíclica Mortalium Animos, S.S. Pio XI dice del ecumenismo religioso, –piedra de escándalo de la contra-iglesia de Roma–, que éste prepara “una pretendida religión cristiana que está a miles de kilómetros de distancia de la única Iglesia de Cristo”. En aquella época se anunciaba su preparación Hoy esa “pretendida religión cristiana” hija bastarda de la Cábala hebraica y del Talmud, es la antesala del Anticristo en la Tierra y lleva más de medio siglo adoctrinando seguidores que, creyéndose católicos, no cesan de defender la apostasía con uñas y dientes.

Cómo puede servirse a Dios supeditándose a quien le niega servidumbre, es difícilmente justificable. La jerarquía apostataba y la feligresía la seguía en letárgica procesión por el escabroso desfiladero del error. Y para mayor ofensa al Altísimo, se adjudicaba al Espíritu Santo la fuente de inspiración de toda la insidia de un conciliábulo previamente vendido al diablo por el enemigo y cuyos falsos vicarios de Cristo en la Tierra guardaban estrechas conexiones con sociedades secretas. Hecho éste confirmado cuando el 12 de septiembre de 1978, el periodista ex-masón Mino Pecorelli, publicó en su revista Osservatore Político, una lista de 121 masones, cardenales, obispos y altos prelados identificados por su número de matrícula y nombre codificado. ¿Cuánto habrá crecido esta lista hasta hoy?

A pesar de ser una conjetura, no sería de extrañar que el masónico templo dedicado al Santo Padre Pio en San Giovanni Rotondo, con su forma de caracol, –cuyo interior es un escandaloso homenaje a Lucifer–, fuera un monumento triunfal al vacío espiritual provocado por el concilio: el caracol privado de la vida que lo habitaba. El cuerpo sin alma. Y de paso, una venganza de los señores de la escuadra y el compás contra los restos del santo que en vida los condenó tan duramente y que además ordenó investigar su infiltración en la Iglesia.

El comunismo, la masonería y el sionismo han sido complacidos por los señuelos mitrados del Vaticano II para quienes la estación de caza de almas nunca ha cesado. Los amos del cambio suprimieron las condenaciones contra el comunismo, la masonería reconoció la consumación de la Revolución francesa bajo la cúpula de San Pedro y la comunión con la sinagoga judía ha florecido hasta alcanzar un grado de fraternidad insospechada: hoy un sucedáneo de Pedro se abraza con uno de Caifás en una comunión que desatiende la injuria afligida a Cristo mientras elogia la expectativa del pueblo hebreo, que sigue aguardando un mesías a la altura de sus mundanas y materialistas aspiraciones. Ese que un día les será concedido envuelto en sombras con hedor de muerte.

Entronización del hombre

Dos veces en mi vida, se me ha dado presenciar el engaño de multitudes arrastradas por una ideología perversa. La primera vez, la perversión fue impuesta a demagogia y balas. La segunda, por la seducción de un falso progreso, la “puesta al día” de una Iglesia inerme ante un mundo fácilmente predispuesto a oponerse a Dios y ávido por deificar al hombre. Avidez entusiasta y latente en el antipapa Pablo VI, obvio adorador del hombre, que en un discurso pronunciado el 7 de diciembre de 1965 dijo ante toda la Asamblea Conciliar frases como estas, que deberían haber abierto los ojos de todos los católicos:

«Para conocer a Dios, hace falta conocer al hombre.» «Toda esta riqueza doctrinal del Concilio no mira sino a una cosa: a servir al hombre.» «Nos, también mas que ningún otro, Nos tenemos el culto del hombre.» «La religión del Dios que se hizo hombre, se encuentra con la religión del hombre que se convirtió en Dios»…

Los hijos de la revolución espiritual del Vaticano II, consienten y aplauden gravísimas declaraciones como estas y otras peores que ofenden hasta la misma Trinidad, y justifican su obediencia a jerarcas henchidos de humanismo que no tienen el menor reparo en subsanar a un Cristo al que consideran manipulable como muñeco de ventrílocuo. Pero nuestra propia cobardía no debe ser mayor que nuestra deuda de amor con Quien no merece una injuria más.

Lamentablemente, los fieles a Roma no reconocen su coexistencia con un enemigo ni aceptan el robo de sus tesoros espirituales o el haber sido astutamente despojados de su fe, y sumisos a la garra que les prodiga algarrobas, se alejan cada día más de la casa del Padre. Quiera Dios que algunos de ellos encuentren el valor para sacudir el polvo del calzado contra sus verdugos espirituales y abandonen su secta para sumarse a las filas del catolicismo. Aunque sea en las catacumbas.

Herejía en expansión

Como en una visión cósmica surgida del delirio de Teilhard de Chardin, la iglesia de Roma, cual herético universo en expansión, se aleja cada día más de Cristo, sol y centro del universo de la fe. En la medida en que el hombre sube peldaños por la escala de su soberbia, Cristo los baja. Y cuando el hombre concluye que la solución a todos sus problemas está en sus propias manos y que es dueño y señor de su destino, Cristo se aleja. Y su rival, –aquel negado a servir–, toma las riendas del hombre.

Ya el diablo tuvo su concilio. Ya el diablo tiene su iglesia. Ya el diablo tienen sus vicarios en la Tierra. Ya el diablo tiene sus fieles. Todo está preparado. La usurpación y la falsedad han llegado a su clímax. La revolución ha triunfado.

Sólo falta el Anticristo.