MONS. OLGIATI: LA PIEDAD CRISTIANA – LAS PRÁCTICAS DE PIEDAD: V – LA MEDITACIÓN

Monseñor FRANCISCO OLGIATI

LA PIEDAD CRISTIANA

OLGIATI-PIEDADSEGUNDA PARTE

LAS PRÁCTICAS DE PIEDAD

Continuación…

V

LA MEDITACIÓN

Antes de discutir sobre los métodos propuestos por las grandes escuelas de la espiritualidad cristiana para la meditación, y antes de ver en qué sentido sostengo yo que no hay métodos, sino que hay un método único sin el cual nada se obtiene, es necesario que planteemos el problema con claridad para entender su verdadera enunciación y para precisar el significado de los términos.

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LA HISTORIA DE LA MEDITACIÓN

Todos concuerdan en la distinción entre la oración vocal y la oración mental, ya sea que en esta última prevalezca la actividad intelectual, o bien la oración afectiva.

Además, la ORACIÓN MENTAL en una u otra forma siempre es “una elevación y un acercamiento del alma a Dios, para rendirle el homenaje que le es debido y para ser mejores a gloria suya”.

Todos admiten que la oración mental, o meditación, ha existido siempre. Con ella se aprende a descubrir la verdad y a amarla.

Así es como el Salmista no cesa de repetir que la ley divina es todo el día el objeto de su meditación (Salmo 118); y que con las piadosas reflexiones se aviva en él el fuego del amor divino (Salmo 38).

Los libros de los Profetas y los libros de la Sabiduría son ricos en meditaciones que alimentaban la piedad de los israelitas; y Nuestro Señor, insistiendo sobre el culto en espíritu y en verdad, pasando noches en la oración, haciendo una larga oración en el Huerto de los Olivos y en el Calvario, abría el camino a aquellas almas interiores que debían, a través del tiempo, retirarse a la celda de su corazón para orar a Dios en secreto.

San Pablo recomendaba a Timoteo (I Tim. 4, 15) la meditación atenta de los consejos que aquél le daba para progresar en el bien.

San Agustín se convirtió en Milán mientras estaba meditando las páginas del Apóstol.

Los primeros ascetas cristianos —recuerda Pourrat— consideraban la meditación “como un medio eficaz para vencer al demonio”; y San Pacomio instaba a sus monjes a que meditaran algún trozo de la Escritura o algún pensamiento piadoso, ya caminando por el monasterio, ya durante el trabajo, ya también en la soledad y en el silencio de la celda.

La regla de San Benito menciona una meditación que los religiosos podían hacer después de las vigilias los días que terminaban antes de la hora de Laudes.

San Juan Clímaco afirmaba que la oración verdaderamente ferviente es aquélla que se une a la meditación, sobre todo a la meditación de la muerte.

Y los místicos de la Edad Media hacen notar especialmente los beneficios de la meditación “y sus múltiples ventajas”. El De Consideratione de San Bernardo desarrolla todos estos conceptos. La Scala Paradisi los ilustra aún más y los completa.

La escuela de San Víctor insiste mucho en la práctica de la meditación para llegar a la contemplación.

Santo Tomás la recomienda como un medio para crecer en el amor de Dios y para entregarse a él

Y si quisiéramos recordar la historia de la meditación en los siglos cristianos, podríamos llenar páginas y páginas. Cada espíritu religioso que ejercitó algún influjo sobre una multitud de almas o creó una nueva dirección para la espiritualidad, habla de meditación, enseña cómo debe procederse en ella, sugiere y da reglas.

Santa Teresa la grande y San Francisco de Sales, San Pedro de Alcántara y el Padre Luis de Granada, son nombres que encierran todo un programa.

Benedictinos, carmelitas, franciscanos, dominicos, jesuitas, y en general toda gran familia religiosa, tiene autores para citar, obras para presentar y normas que se pueden sugerir.

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EL VERDADERO PROBLEMA

Advirtamos que no es éste el problema que interesa, ya que siempre hubo unanimidad de pareceres en cuanto a la necesidad de la meditación y a su eficacia.

No es sólo Santa Teresa que en nombre de Jesucristo asegura el cielo a quien haga diariamente un cuarto de hora de oración mental, y advierte a quien no hace la meditación que no tiene necesidad de ser empujado hacia el infierno, porque se dirige allí por su propia voluntad.

No es sólo Suárez quien exclama: “Prefiero perder toda mi ciencia antes que descuidar una hora de oración mental”.

Ni sólo San Alfonso quien subraya la imposibilidad de unir meditación y pecado.

Todos, y en todo tiempo y en diversas formas, ilustran idéntico pensamiento.

La cuestión es otra: queremos saber en qué forma, según qué método práctico, podemos conseguir meditar.

No es para nadie un misterio que —como lo advierte Tissot— para muchos, la meditación es una media hora de aburrimiento en la que tememos aburrir también al Señor.

Tampoco es un misterio para nadie que muchos quisieran hacer bien su meditación, y que, sin embargo, en vez de hacer oración mental caen en un éxtasis estilo novecientos, o en distracciones tediosas y exasperantes, o transforman la oración mental en un estudio que podrá ser útil pero que no es oración.

Si se observa bien la historia de la meditación, se ve que el problema fue interesando cada vez más y que poco a poco se elaboraron los tratados científicos sobre la metodología de la meditación que debían caracterizar muy especialmente al siglo XV.

San Atanasio en su De virginitate (16, 12), y San Ambrosio en su De virginibus (III, 18 y ss.) dirán por ejemplo que la virgen debe meditar la Sagrada Escritura; pero no dicen cómo deberá hacerse tal meditación. Lo mismo se puede decir de San Pacomio y del mismo San Bernardo.

San Juan Clímaco nos describe el progreso de la oración: al principio el alma se esfuerza por alejar los pensamientos malos o extraños que pueden distraerla; luego, en un segundo tiempo, atenderá bien a lo que dice o medita; finalmente vendrá la perfección de la oración con el rapto en Dios.

Pero preguntamos: ¿cómo podrá el alma llegar a estar completamente sumergida en la oración? ¿Cómo meditará?

La escuela de los Victorianos, con el De modo dicendi et meditandi o con el De meditando seu de meditandi artificio de Hugo de San Víctor, pone a nuestro alcance tesoros a propósito de la meditación intuitiva del místico y de su contemplación, que presupone una purificación moral y un perfeccionamiento del alma y de la actividad intelectual; pero no aclara el método por cuyo medio puede ejercitarse esta última en la búsqueda de la verdad, mediante la inquisición discursiva.

El mismo Santo Tomás (II-II, q. 82, a. 3, ad 1) distinguirá cuidadosamente la meditación científica, cuyo fin es el conocimiento de la verdad, de la meditación religiosa, que puede hacer nacer en nosotros el amor a Dios, pero no baja al terreno práctico del método.

Hasta Gerson en su Tractatulus consolatorius de meditatione no fija reglas para meditar, puesto que, observa, cada cual debe buscar el modo que mejor convenga a su temperamento y pedir consejo a su Director.

De esta falta de un estudio metódico nació la tendencia a buscar un método determinado, que se manifiesta completamente en el Rosetum exercitiorum spiritualium et sanctarum meditationum, publicado en 1494 en Deventor por Mauburnus; se desarrolla con los esfuerzos de los “Hermanos de la Vida común”, de los canónigos de Windesheim y sobre todo de la escuela benedictina con el Modus meditandi et orandi de Luis Barbo en 1523 y con el Ejercitario de la Vida Espiritual de Dom García de Cisneros; y se perfecciona al final de la larga evolución con los Ejercicios Espirituales de San Ignacio.

Es muy interesante notar cómo la exigencia de una teoría del método se impuso por las dificultades inherentes a la meditación.

Por ejemplo, los canónigos de Windesheim querían meditar bien; y para facilitar sus meditaciones “compusieron trozos en los cuales los misterios de la vida del Salvador, y principalmente de su Pasión, eran distribuidos según los días de la semana. Así se repartían en siete meditaciones las verdades relativas a los últimos fines. Cada día de la semana los religiosos debían meditar un punto que recordase los beneficios de Dios o alguna circunstancia de la Pasión para aumentar el amor divino, y otro, a la noche, sobre la vida futura, para no perder el sentimiento del temor… A pesar de esta sabia distribución de los puntos de la oración, la meditación seguía pareciendo difícil a los religiosos de Windesheim. Se sentían atormentados por las distracciones, y quizás tardaban en reflexionar. Sentían la necesidad de un método, o sea una especie de doctrina intelectual y moral, capaz de fijar la atención del espíritu y de frenar sus divagaciones”.

¿Son por ventura escasas las páginas referentes a esto de la célebre autobiografía de Santa Teresa? Antes de llegar a la “lluvia abundante” de la oración mística, durante dieciocho años la Santa conoció el trabajo rudo de la meditación. Y describe las penas sufridas cuando el “cubo descendía al pozo bendito” y luego salía “sin una gota de agua”, sin un afecto, sin un pensamiento.

Luego, cuando por obra de San Ignacio y de San Francisco de Sales el uso de la meditación se extendió también a los laicos, tales dificultades se hicieron sentir aún más, y no es raro el caso de personas buenas apesadumbradas por no saber hacer su meditación, y peor aún, de personas que creen meditar cuando toman un libro piadoso, aunque sea dificilísimo como la Imitación de Cristo, y leen algún trozo o algún punto con el apéndice de unos cinco minutos distraídos o de un sueñito físicamente reparador.

Nótese bien: el problema del método no debe ser confundido con el procedimiento práctico que debe seguirse durante la meditación. Mucho antes de San Ignacio y después de él, son infinitos los métodos sugeridos por autores que se han situado en este último punto de vista del procedimiento.

Los actos que deben hacerse al principio de la oración mental; la preparación remota con la mortificación de los sentidos y de las pasiones, con el recogimiento habitual y con la humildad, o sea con las disposiciones necesarias para bien orar; la preparación próxima, que en la noche anterior determina el punto que se ha de meditar y el libro que se tomará y que a la mañana dispone al alma a la confianza en la divina bondad y al deseo de hacerse mejor; la preparación inmediata, que consiste en ponerse en la presencia de Dios y en implorar la ayuda del Espíritu Santo; los diferentes momentos de la misma meditación, de las consideraciones a los exámenes, de las invocaciones a los propósitos; la acción de gracias y la oración final de la meditación, no se refieren aún al verdadero punto, a la esencia del método en discusión.

Me explicaré con una comparación: si alguien me preguntase cómo se llega a ser poeta, podría:

a) recomendarle retirarse de la vulgaridad de la vida cotidiana, atender con su oído para recoger las lágrimas de las cosas y la profunda voz de su yo, elegir como objeto de su canto uno y otro objeto; y luego escribir lo que su alma sintió;

b) o si no, aunque exigiendo de él tales condiciones indispensables, podría sugerirle de qué forma su alma puede vibrar y crear un verso deslumbrante de artística belleza.

Solamente en este segundo momento se resuelve la cuestión fundamental. Hasta que no examino el problema de la actividad estética y del modo de suscitarla, no he llegado al punctum saliens, al corazón del asunto.

Lo mismo para la meditación: queremos saber no sólo las condiciones útiles o necesarias para disponernos a ella o para producirnos frutos, sino el modo práctico para provocar esa actividad espiritual, en qué consiste la oración mental.

No se trata, volvemos a decirlo, y es causa por la que muchos caen en grandes confusiones, de una cuestión de procedimiento, sino de una cuestión substancial.

Y yo respondo al problema, enunciado ya en sus términos precisos: el método es uno solo y nadie mejor que San Ignacio lo ha intuido y descrito.

Pero como semejante tesis no es aceptada por muchos óptimos escritores maestros de ascética, y por otra parte, como nos encontramos frente a un tema importantísimo, que es necesario examinar y profundizar, consideremos antes que nada la opinión de otros y veamos si soportan un examen crítico.

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3

LA TEORÍA DE LOS DIVERSOS MÉTODOS

Para esto es necesario distinguir dos categorías de maestros de ascética.

I. — Primeramente aquéllos que sostienen la multiplicidad de los métodos en la meditación y la legitimidad de todos ellos; pero, agregan, los diferentes métodos se pueden reducir a dos tipos principales: el método de San Ignacio y el método de San Sulpicio.

El primero está expuesto en el pequeño libro de los Ejercicios Espirituales; la idea madre y las líneas directivas del segundo vienen del Cardenal De Bérulle, del Padre de Condren, de Olier y fueron perfeccionadas en sus detalles por Tronson.

Es la tesis, por ejemplo del Padre Tanquerey en su hermoso libro, que ya citamos varias veces.

a) EL MÉTODO IGNACIANO. — “En los Ejercicios Espirituales, escribe Tanquerey, San Ignacio propone sucesivamente varios métodos de oración, según los puntos sobre los cuales se medita y los resultados que se quieren obtener.

El método que generalmente más conviene a los principiantes es el llamado de las tres potencias, porque se ejercitan las tres facultades principales: la memoria, la inteligencia y la voluntad. Esto está expuesto en la “primera semana”, y a propósito de la meditación sobre el pecado”.

Es mejor que dejemos la palabra a San Ignacio, según el cual la meditación se compone de una oración preparatoria, de dos preludios, del cuerpo de la meditación, dividido en varios puntos, cada uno de los cuales exige la aplicación de las diversas potencias del alma, y finalmente de una conclusión, que resuma las resoluciones tomadas y que termine con coloquios piadosos.

Enseña, pues, San Ignacio, a propósito de la meditación sobre el pecado:

La oración preparatoria es pedir gracia a Dios Nuestro Señor para que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina Majestad.

El primer preámbulo es composición viendo el lugar. Aquí es de notar que en la contemplación o meditación visible, así como contemplar a Cristo Nuestro Señor, el cual es visible, la composición será ver con la vista de la imaginación el lugar corpóreo donde se halla la cosa que quiero contemplar. Digo el lugar corpóreo, así como un templo o monte, donde se halla Jesucristo o Nuestra Señora, según lo que quiero contemplar. En la invisible, como es aquí de los pecados, la composición será ver con la vista imaginativa, y considerar mi alma ser encarcelada en este cuerpo corruptible, y todo el compuesto en este valle, como desterrado entre brutos animales digo todo el compuesto de alma y cuerpo.

El segundo, es demandar a Dios Nuestro Señor lo que quiero y deseo. La demanda ha de ser según la materia, es a saber: si la contemplación es de Resurrección, pedir gozo con Cristo gozoso; si es de Pasión, pedir penas, lágrimas y tormento con Cristo atormentado. Aquí será pedir vergüenza y concusión de mí mismo, viendo cuántos han sido condenados por un solo pecado mortal, y cuántas veces yo merecía ser condenado para siempre por mis tantos pecados.

NOTA: Ante todas estas contemplaciones o meditaciones, se debe hacer siempre la oración preparatoria sin mudarse, y los dos preámbulos ya dichos, algunas veces mudándose según la materia.

El primer punto será traer la memoria sobre el primer pecado, que fue de los Ángeles, y luego sobre el mismo, el entendimiento discurriendo; luego la voluntad, queriendo todo esto recordar y entender por más avergonzarme y confundirme, trayendo, en comparación de un pecado de los Ángeles, tantos pecados míos, y donde ellos por un pecado fueron al infierno, cuántas veces yo le he merecido por tantos. Digo traer en memoria el pecado de los Ángeles, cómo siendo ellos creados en gracia, no queriéndose ayudar con su libertad para hacer reverencia y obediencia a su Creador y Señor, viniendo en soberbia fueron convertidos de gracia en malicia y arrojados del cielo al infierno; y así en esta forma discurrir más en particular con el entendimiento, y consiguientemente moviendo más los afectos con la voluntad.

El segundo, hacer otro tanto, es a saber, aplicar las tres potencias sobre el pecado de Adán y Eva, trayendo a la memoria cómo por el tal pecado hicieron tanto tiempo penitencia y cuánta corrupción vino sobre el género humano, andando tantas gentes para el infierno. Digo traer a la memoria el segundo pecado de nuestros Padres: cómo después que Adán fe creado en el campo Damasceno y puesto en el Paraíso terrenal, y Eva ser creada de su costilla, siendo vedados que no comiesen del árbol de la ciencia, y ellos comiendo, y asimismo pecando: y después de vestidos de túnicas pelíceas y arrojados del Paraíso, vivieron, sin la justicia original que habían perdido, toda su vida en muchos trabajos y mucha penitencia; y seguidamente discurrir con el entendimiento, más particularmente usando de la voluntad, como está dicho.

El tercero, asimismo hacer otro tanto sobre el tercer pecado particular, de cada uno que por un pecado mortal es ido al infierno; y otros muchos sin cuento por menos pecados que yo he hecho. Digo hacer otro tanto sobre el tercer pecado particular, trayendo a la memoria la gravedad y malicia del pecado contra su creador y Señor; discurrir con el entendimiento, cómo en el pecar y hacer contra la bondad infinita, justamente ha sido condenado para siempre, y acabar con la voluntad, como está dicho.

Coloquio. — Imaginando a Cristo Nuestro Señor delante y puesto en cruz, hacer un coloquio, cómo de Creador es venido a hacerse hombre, y de vida eterna a muerte temporal, y así a morir por mis pecados.

Otro tanto mirando a mí mismo, lo que he hecho por Cristo, lo que hago por Cristo, lo que debo hacer por Cristo, y así viéndole tal, y así colgado en la cruz, discurrir, por lo que se ofreciere.

El coloquio se hace, propiamente hablando, así como un amigo habla a otro, o un siervo a su señor, cuándo pidiendo alguna gracia, cuándo culpándose por algún mal hecho, cuándo comunicando sus cosas, y queriendo consejo en ella; y decir un Pater noster.

b) El MÉTODO DE SAN SULPICIO. — El método de San Sulpicio se funda, por el contrario, en la idea central de nuestra incorporación a Cristo y de la obligación que de allí se sigue para nosotros de reproducir en nosotros sus disposiciones interiores y sus virtudes.

Para conseguirlo, debemos, según la expresión del venerable Olier, tener a Jesús delante de los ojos para admirarlo como un modelo y ofrecerle nuestro acatamiento (adoración), tenerlo en el corazón, participando de sus afectos y de sus virtudes por medio de la oración (comunión), tenerlo en las manos, colaborando con Él en la imitación de sus virtudes (cooperación).

La unión íntima con Jesús, y, por medio de Jesús, a la Trinidad viviente en nosotros es el alma de este método.

La preparación próxima consiste: 1) En la elección, la noche anterior, del tema de la oración, determinando con precisión lo que deberá ser considerado en Jesucristo, las consideraciones y las peticiones que se han de hacer y las resoluciones que se han de tomar. — 2) En el estar recogido y dormirse pensando en el punto de oración. — 3) En el tomar de mañana el primer momento libre para cumplir el santo ejercicio.

La preparación inmediata exige: 1) Que nos pongamos en presencia de Dios, que está en todo lugar, y sobre todo en nuestro corazón. — 2) Que nos humillemos con el recuerdo de los pecados cometidos, recitando el acto de contrición y diciendo el Confíteor. — 3) Que, reconociéndonos incapaces de orare sicut oportet, invoquemos al Espíritu Santo con el rezo del Veni Sancte Spiritus.

En el primer punto (adoración, o sea, Jesús frente a nuestros ojos), se considera en Jesús y en los Santos el objeto que debe ser meditado, se adora, se admira, se alaba, se agradece, se alegra, se compadece, se ama.

En el segundo punto (comunión, o sea, Jesús en el corazón) nos convencemos de la necesidad o utilidad de la virtud considerada; se reflexiona sobre sí mismo con sentimientos de contrición por el pasado, de confusión por el presente, de deseo para el porvenir, se pide a Dios la virtud sobre la que se medita y todas las gracias de que estamos necesitados nosotros, la Iglesia y los demás.

En el tercer punto (cooperación, o sea, Jesús en las manos) se toma una resolución particular y se renueva el propósito del propio examen particular.

En la conclusión se agradece a Dios por la meditación, se implora perdón por las negligencias cometidas, se ora para bendecir, se forma un ramillete espiritual de pensamientos que durante el día podrán ser útiles para recordar las promesas realizadas, y se confía todo a la Santísima Virgen.

“Estos dos métodos, concluye Tanquerey, son excelentes, cada uno en su género… y lo mismo se puede decir de todos los demás, que se acercan más o menos a este doble tipo (como sucede con el método de San Francisco de Sales en La Vida devota, con el de los Carmelitas Descalzos, con el de los Cistercienses reformados, de los Dominicos, etc.). Y es bueno que haya muchos métodos, para que cada alma pueda elegir, según el consejo de su Director y de sus preferencias sobrenaturales, aquello que mejor le convenga”.

II. — Una segunda categoría de estudiosos, influenciados por Bremond y Festugiére, van más adelante aún y juzgan el método ignaciano de meditación como esencialmente individualista, en antítesis con el espíritu sobrenatural que había inspirado la oración mental en los siglos antecedentes y que tan vivo se encuentra en el método sulpiciano. San Ignacio “vive en una época de notabilísimo individualismo… se propone combatir la Reforma… adueñándose por una parte del programa del individualismo protestante acomodándolo a la más perfecta ortodoxia romana. Él procurará, ante todo, dar a las almas, de quienes se sirve, una formación enérgicamente individualista y libertarlas de las ataduras sociales, que podrían ser obstáculos para su acción”. Por esto “inicia un método de meditación que rompe absolutamente con todas las antiguas formas tradicionales de la oración privada”.

Se entiende cómo, quien tomó tal camino, llegó a contraponer la oración litúrgica a la meditación ignaciana, como si se tratase de dos cosas antitéticas y tuviera que combatir la segunda en favor de la primera.

Siempre bajo el influjo de tales críticos, otros acusaron al método ignaciano de intelectualista y han encontrado en él un gran peligro, el de cambiar la oración en estudio. Cuando se insiste, dicen ellos, sobre la necesidad de las consideraciones intelectuales, se llega a admitir que la oración es únicamente un trabajo, o a lo menos, principalmente especulativo. La inteligencia queda absorbida por un constante esfuerzo de reflexión, ya que la meditación consiste en profundizar y desarrollar lógicamente un objeto espiritual cualquiera, absolutamente como si se preparase una conferencia o un sermón. La oración y los efectos están confinados al término de este trabajo a manera de conclusión o casi de agradecimiento, después de la reflexión intelectual.

Convendría examinar estas teorías, a mi juicio radicalmente erradas, no para afrontar una elegante discusión, sino para llegar al punto que debe marcar el pensamiento dominante de este capítulo, o sea cuál es el verdadero método de meditación.

Continuará…