P. CERIANI: SERMÓN PARA EL DOMINGO DE SEXAGÉSIMA

DOMINGO DE SEXAGÉSIMA

Y como hubiese concurrido un crecido número de pueblo, y acudiesen solícitos a Él de las ciudades, les dijo por semejanza: Salió el que siembra, a sembrar su simiente. Y al sembrarla, una parte cayó junto al camino y fue hollada, y la comieron las aves del cielo. Y otra cayó sobre piedra: y cuando fue nacida, se secó, porque no tenía humedad. Y otra cayó entre espinas, y las espinas que nacieron con ella la ahogaron. Y otra cayó en buena tierra: y nació, y dio fruto a ciento por uno.

Dicho esto, comenzó a decir en alta voz: Quien tiene oídos para oír, oiga.

Sus discípulos le preguntaban qué parábola era ésta. Él les dijo: A vosotros es dado el saber el misterio del reino de Dios, mas a los otros por parábolas; para que viendo no vean y oyendo no entiendan. Es, pues, esta parábola: La simiente es la palabra de Dios. Y los que están junto al camino, son aquéllos que la oyen; mas luego viene el diablo, y quita la palabra del corazón de ellos, porque no se salven creyendo. Mas los que sobre la piedra, son los que reciben con gozo la palabra, cuando la oyeron; y éstos no tienen raíces; porque a tiempo creen, y en el tiempo de la tentación vuelven atrás. Y la que cayó entre espinas, estos son los que la oyeron, pero después en lo sucesivo quedan ahogados de los afanes, y de las riquezas, y deleites de esta vida, y no llevan fruto. Mas la que cayó en buena tierra; estos son, los que oyendo la palabra con corazón bueno y muy sano, la retienen, y llevan fruto con paciencia.

Sexagésima: la semana de los sesenta días antes de Pascua.

Hemos dado ya un paso más en el nuevo Ciclo Litúrgico. El Domingo pasado nos invitaba la Iglesia a trabajar en la Viña del Señor, hoy, con la Parábola del Sembrador, define cuál es nuestro trabajo.

El Señor siembra en nuestras almas la semilla del Reino de Dios. La semilla es el germen, y pide desarrollo.

Nosotros somos el suelo donde debe desarrollarse. De las condiciones del suelo depende en gran parte la vida de la planta.

De nosotros, pues, depende que la semilla de la Palabra divina y de la gracia, tome cuerpo en el alma.

Esa es nuestra labor: preparar y abonar el suelo.

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El sembrador salió a sembrar… ¿Y qué resultó de la siembra? Se perdieron tres partes, y una sola se salvó, y esto no con igualdad, sino con cierta diferencia.

La Parábola enseña que hay dos grados entre aquellos que reciben la divina semilla.

El primero se compone de aquellos que se hicieron dignos de la vocación del Cielo, pero que pierden la gracia por negligencia y tibieza.

El segundo se compone de aquellos que multiplican la semilla por medio de buenos frutos.

Además San Mateo establece tres diferencias en cada uno de estos grados. Porque aquellos que matratan la semilla no tienen igual modo de perderla y los que fructifican con ella, no reciben la misma abundancia.

Enseña San Juan Crisóstomo que no se pierde la mayor parte de la semilla por causa del que siembra, sino de la tierra que la recibe, esto es, del hombre que la oye, porque el sembrador habla indistintamente a todos. Ciertamente que sería culpable el labrador que procediera así, no ignorando lo que es piedra, camino, espinas y tierra fértil; pero no es lo mismo en lo tocante al espíritu, porque de la piedra puede hacerse tierra fértil, y puede conservarse el camino y destruirse las espinas. Si así no fuera, no hubiera sembrado allí, y haciéndolo nos da la esperanza de la penitencia.

Y para compendiar esto en pocas palabras, el Santo Doctor dice: éstos no quieren oírlo por negligencia, aquéllos por cobardía o debilidad, los otros, en fin, porque se han hecho como esclavos del placer y de las cosas del mundo. Bueno es el orden del camino, de la piedra y de las espinas. Necesarias son, por consiguiente, en primer lugar la memoria y la cautela, después la fortaleza y consiguientemente el menosprecio de las cosas presentes.

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Explicada por el propio Salvador la Parábola, sólo resta que abramos los ojos del espíritu e inspeccionemos las condicionas del suelo de nuestro corazón; que examinemos el trabajo que nos tomamos para que la semilla divina fructifique.

Afortunadamente, somos de aquéllos a quienes ha sido concedido el entender el misterio del Reino de Dios; por eso nos sentamos junto al Maestro y le pedimos se digne hacer Él mismo la aplicación de la parábola a nuestras almas.

Parte de la semilla cayó a lo largo del camino…

Son aquéllos que escuchan la palabra de Dios, sí, pero luego viene el diablo y se la saca del corazón…

¿Somos acaso nosotros a modo de camino por encima del cual puede pasar todo el mundo? Es decir, ¿pertenecemos al número de almas disipadas, en quienes la gracia divina, la palabra de Dios, no logra hacer señal de presencia, de modo que apenas caída la semilla, ya ha sido triturada o arrojada a lo lejos por un transeúnte?

Sea cual sea la respuesta, procuremos evitar la disipación, plaga de las personas espirituales, que no permite siquiera que la voz de Dios, las inspiraciones del Cielo dejen oírse en la conciencia.

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Parte cayó sobre un pedregal… Son aquéllos que oída la palabra, recíbenla, sí, con gozo, pero no echa raíces en ellos.

¿Somos, por ventura, nosotros, cual seco pedregal, capaz de recibir, sí, la semilla, pero impotente para darle desarrollo?

Es decir, ¿somos del número de aquellos que llegan a percibir la voz de la inspiración divina, los estímulos de la gracia; pero que son tan insensibles a la operación del espíritu y tan inconstantes en sus buenas resoluciones, que no dejan que la semilla mística arraigue en sus corazones, faltos de unción, desprovistos de devoción?

Procuremos huir de este grupo, haciéndonos sensibles a las mociones secretas del Espíritu Santo y perseverando en el bien emprendido.

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Parte cayó entre espinas, y las espinas que nacieron con ella la ahogaron

Son los que la escucharon, pero, con los cuidados y las riquezas, al cabo la sofocan.

No menor sería muestro daño, si el suelo de nuestra alma, en vez de tierra, presentase punzantes espinas y zarzas espesas.

Esas espinas son las pasiones, el amor a los placeres, al dinero, los humanos cuidados y pretensiones.

¿Cómo puede crecer entre tanto abrojo la semilla de la gracia? Imposible. Le quitarán la poca savia que el escaso suelo le dé y quedará sofocada.

Los cuidados y gustos mundanos ahogarán la voz de la conciencia, el gusto por las cosas espirituales, y la gracia perecerá.

Arranquemos, por tanto, de nuestra alma las malas hierbas del espíritu mundano; castiguemos las pasiones; sólo así podrá hallar desarrollo la semilla de la gracia.

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Parte cayó en buena tierra… Denota aquéllos que con corazón bueno y muy sano oyen la palabra de Dios, y la conservan, y mediante la paciencia dan fruto sazonado.

Enseña San Cirilo: Son tierra rica y fértil las almas humildes y buenas, que en su humildad reciben la semilla de la palabra, la conservan y la hacen fructificar. Cuando se introduce la palabra divina en una inteligencia limpia de los cuidados mundanos, echa raíces profundas, produce espigas y crece oportunamente.

Todos los que aspiramos a la perfección tenemos parte de buena tierra y parte de tierra que no da el fruto que el Sembrador tiene derecho a esperar.

Felicitémonos por nuestra suerte; pero despertemos también del abandono en que yacemos postrados.

Pongamos en buen estado el campo de nuestra alma.

Cual diligentes agrícolas, no abandonemos nunca de las manos los instrumentos de labranza, no sea que a deshora venga el Sembrador y no encuentre el campo en condiciones.

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Con la lectura del pecado de Adán y Eva, durante la semana de Septuagésima, la Iglesia ha procurado despertar en los fieles la conciencia de la propia culpabilidad. Llegado el Domingo de Sexagésima, pretende hacernos concebir un horror grande al pecado. Esa finalidad persigue la lectura espiritual de esta semana: la narración del diluvio.

Representémonos al vivo los horrores de aquellos días; el agobio de los que huyen precipitadamente a los picos de los montes; su aplastamiento al verse alcanzados por las aguas; los ayees de las madres apretando sus hijos contra el pecho, mientras luchan con la corriente amenazadora; la desesperación de los hombres que bregan contra las olas; los gritos de los débiles; la impresión horripilante de los cadáveres flotando sobre las aguas….

Es el brazo de Dios que barre la maldad humana; son aguas de la cólera divina, expresando tumultuosamente la enormidad de nuestros pecados, que merecieron la indignación de Dios.

Fomentemos este sentimiento. Esta meditación tiene que producir en nuestra alma un vivo horror al pecado a vista de su enorme malicia.

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¡Oh Señor, con cuánta razón conmoviste la tierra y la turbaste con el huracán del diluvio! ¿Cómo podían sufrir tus ojos la maldad del mundo?

Pero, Dios mío, ¿qué fruto ha sacado la humanidad de tan seria lección? Todavía camina inconsciente por la vía de la perdición, amontonando pecados sobre pecados.

Y lo peor es, que también yo me he unido a ese cortejo de malignidad. El tentador ha hallado en mí agarradero.

Señor, ten piedad de mi flaqueza. Horrorizado ante monstruo tan deforme como el pecado, reclamo tu favor.

Levántate, Señor, ¿por qué duermes? Levántate y no nos tengas por siempre abandonados. ¿Por qué apartas tu rostro y te olvidas de nuestra angustia? Nuestro pecho está abatido hasta el polvo. Levántate, Señor, ayúdanos y líbranos (Introito de la Misa).

Afirma mis pasos en tus sendas, para que mis pies no vacilen. Inclina tus oídos y escucha mi plegaria. Manifiesta tus misericordias, Tú que salvas a los que en Ti esperan (Ofertorio de la Misa).

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Quien tenga oídos para oír, que oiga. Sí, Dios mío, adoctrinado por Ti mismo, he comprendido tan divina lección. Sólo te pido, que abras más y más los sentidos de mi alma, para que tu voz nunca suene en vano en mi espíritu.

Te pido que, ya que me das luz para entender, me concedas asimismo virtud para obrar.

Te pido, que no seas únicamente sembrador, sino que me ayudes también a arrancar las piedras y malezas que cubren el campo estéril de mi alma y fertilices su suelo.

Contigo lo podré todo; sin Ti no lograré nada.