ESPECIALES DE CRISTIANDAD CON EL P. CERIANI – DICIEMBRE 2011: 3º ESPECIAL: PROGRAMA PARA VIVIR EN LA INHÓSPITA TRINCHERA

PROGRAMA PARA VIVIR

EN LA INHÓSPITA TRINCHERA


ESPECIAL GRABADO EN LOS ESTUDIOS DE RADIO CRISTIANDAD EL DÍA 23 DE DICIEMBRE DE 2011

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¿No hago nada?

Corazón, tente en pie sin doblegarte
de la injusta opresión a la insolencia;
aunque estoy loco, tengo yo mi arte:
“Nam furor sæpe fit læsa patientia”.
[En efecto, muchas veces
la ira lesiona la paciencia]

Luchando sin más armas que mi triste
corazón contra el mal peor que existe
¿No hago yo nada? Lucho,
s
angro y no caigo al suelo.
No hago mucho,
pero hago más de lo que puedo…

Centinela aterido,
no dejo sospechar que estoy herido,
ni dejo conocer que tengo miedo…
herido, helado, aguanto la bandera;
no deserto la inhóspita trinchera.

Y aunque sé que la muerte me ha podido,
estoy de pie y estoy ante ella erguido,
marcando el SOS de la brega
a un auxilio que no me llegará
sino un momento tarde, si es que llega,

Y que muerto de pie me encontrará…
la otra mitad la hará sobre mi tumba
otro infeliz, después que yo sucumba…
¡Corazón!, ¡tu mitad se ha hecho ya!

Fortaleza y Paciencia

El gran escollo del hombre ético es el dolor; no se entiende bien el dolor.

Se entiende el dolor como castigo de faltas, como estímulo para la lucha, como alimento vital de la energía; pero no se entiende el dolor sin esperanza, el dolor sin compensación, el dolor perpetuo.

El hombre ético hoy día sucumbe al dolor; a semejanza de “la semilla que cayó entre zarzas, que prendió y creció, pero al final las zarzas la ahogaron”. Esto no lo entiende bien el hombre ético, que sucumbe a la persecución.

El hombre religioso sufre persecución; y su vida está bajo el signo del dolor; no del dolor como accidente o prueba pasajera, sino del dolor como estado permanente, estado interno, más allá de la dicha y la desdicha.

No se trata de que los católicos amen “el dolor por el dolor”, o enseñen que hay que buscar el dolor; pues no hay que buscar el dolor; es una cosa diferente.

Pero, ¿por qué? Porque la vida del hombre religioso, está dominada por la Fe. La Fe es algo así como un injerto de la Eternidad en el Tiempo; y por tanto la vida del hombre de fe tiene que ser una lucha interna continua, como la de un animal fuera de su elemento. La Fe es creer lo que Dios ha revelado; y lo que Dios ha revelado es superior al entendimiento del hombre.

“Todo el mérito de la Fortaleza viene de la Justicia”, dice Santo Tomás.

Fortaleza significa valentía y se define como “la aptitud para acometer peligros y soportar dolores”.

La cobardía puede ser pecado mortal y Jesucristo tiene verdadera inquina a la cobardía. En el Apocalipsis San Juan enumera una cantidad de condenados al fuego, y entre ellos pone “los mentirosos y cobardes”, que faltan a la Justicia y a la Fortaleza.

La falsificación liberal de la Fortaleza consiste en admirar el coraje en sí, con prescindencia de su uso, o sea, prescindiendo de la Prudencia y de la Justicia. Pero el coraje aplicado al mal no es virtud, es una calamidad, es “la palanca del Diablo”, dice Santo Tomas.

El coraje en sí puede ser una cualidad natural, una especie de furor temperamental, una ceguera para ver el peligro, o una estolidez en soportar males que no se deben soportar.

La Fortaleza no excluye el miedo, solamente lo domina; al contrario, ella está fundamentada en un miedo, en el miedo profundo del mal definitivo, de perder la propia razón de ser.

La Fortaleza se basa en que el hombre es vulnerable. La Fortaleza consiste en ser capaz de exponerse a las heridas y a la muerte (el martirio, supremo acto de la virtud de Fortaleza) antes de soportar ciertas cosas, de tragar ciertas cosas y de hacer ciertas cosas.

No existiría la Fortaleza o Valentía si no existiera el miedo: “el miedo es natural en el prudente, y el saberlo vencer es ser valiente”; y tampoco si no existiera la vulnerabilidad.

La virtud de la Valentía no supone no tener miedo; al revés, supone un supremo miedo al último y definitivo mal, y el miedo menor a los males de esta vida captados en su realidad real; de acuerdo a la palabra de Cristo: “No temáis tanto a los que pueden quitar la vida del cuerpo; temed más al que puede condenar para siempre cuerpo y alma”. No dice: “No temáis nada”, porque eso es imposible: el prudente naturalmente teme los males naturales captados en su realidad real, no en imaginaciones…

Dice Cristo: “temed menos”, y, en caso de conflicto, que el temor mayor venza al menor, impidiéndonos “perder el alma”, aun a costa de perder la vida.

De ahí que los dos actos precipuos de la Fortaleza son acometer y aguantar; y este último es el principal; dice Santo Tomás inesperadamente.

¿Cómo? ¿No es mejor siempre la ofensiva que la defensiva, la actividad que la pasividad? Santo Tomás parece apocado, parece aconsejar agacharse y aguantar más bien que atacar; y el mundo siempre ha tenido el ataque por más valeroso que el simple aguante.

Santo Tomás tiene por más a la Paciencia que al Arrojo; pero no excluye el Arrojo cuando es posible, al contrario; con otra proposición paradojal dice que la Ira trabaja con la Fortaleza y hace parte de ella.

En la condición actual del mundo, en que la estupidez y la maldad tienen mucha fuerza, hay muchos casos en que no hay chance de lucha; y aun para luchar bien se necesita como precondición la paciencia; y a veces el sacrificio.

El acto supremo de la virtud de la Fortaleza es el martirio, pero la Iglesia ha llamado siempre al martirio “triunfo” y no derrota.

“Ten cuidado con el hombre paciente: es peligroso”, dijo uno. ¿Por qué? Porque espera su momento.

La paciencia consiste formalmente en no dejarse derrotar por las heridas, o sea, no caer en tristeza desordenada que abata el corazón y perturbe el pensamiento; hasta hacer abandonar la Prudencia, abandonar el bien o adherir al mal; y en eso se ejerce una actividad enorme. “Soportar es más fuerte que atacar”.

Otra vez volvemos los ojos al error moderno y plebeyo; considerar la paciencia como la actitud lacrimosa y pasiva del “corazón destrozado”, que dicen. Al contrario, la paciencia consiste en no dejarse destrozar el corazón, no permitir al Mal invadir el interior. Por tanto en el fondo se basa en la convicción o en la fe en la última “invulnerabilidad”, en la inmunidad definitiva.

Pase lo que pase, al fin voy a vencer, cree el cristiano; y hasta el fin nadie es dichoso. Aunque sea a través de la muerte, si es inevitable; pero si no es inevitable, no. De donde se ve que la Paciencia pende de la virtud de la Esperanza sobrenatural, lo mismo que la Fortaleza, y no del apocamiento y la debilidad.

La paciencia no consiste en el sufrir, sino en el vencer el sufrimiento. Sufrir y aguantar no es lo mismo: aguantar es activo, y es pariente de “aguardar” y “aguaitar”.

Con razón dice el filósofo Pieper que la Fortaleza o Valentía atraviesa los tres órdenes humanos, el Preorden, el Orden, y el Superorden, y está integrada en ellos.

El Preorden en este caso es el coraje natural, el instinto de agresión, en el varón sobre todo, y de resistencia, en la mujer sobre todo; que lo poseen lo mismo el ser humano que el león o el mastín, y depende mucho del cuerpo, temperamento y temple.

El Orden es el coraje ordenado por la razón y devenido valentía o valor.

El Superorden es la virtud moral de la Fortaleza, pendiente de la virtud supernatural de la Esperanza, la cual informa a los otros dos órdenes y los robustece o se los incorpora; de tal modo que puede darse un hombre tímido, cansado, entristecido y cortado de lo natural, que haga grandes actos de fortaleza en virtud de lo sobrenatural.

Máximas

* La Gloria del Padre, que le viene toda por el Hijo, y que se ha de manifestar cuando venga como el gran Triunfador, debe ser a un tiempo nuestra Pasión y nuestra Esperanza.

* La doliente esperanza en el Segundo Advenimiento.

* Mezquina aspiración a eternizar lo temporal y terreno sin gloria para Cristo.

* Acepto por Cristo la vida más triste que existe en la tierra: La vida que es lucha perdida, continua derrota.

* La nota distintiva del verdadero cristiano reside en las derrotas previsibles.

Porque sabes que no llegarás, por eso eres grande.

* Ante el llamamiento divino:

admirar la misteriosa grandeza;

humildad;

agradecimiento;

cálida confianza;

absoluto abandono;

no medir las consecuencias.

Oración para la Perseverancia

¡Madre Inmaculada! ¡Que no nos cansemos!

¡Madre Nuestra! ¡Una petición! ¡Que no nos cansemos!

Sí, aunque el desaliento por el poco fruto o por la ingratitud nos asalte, aunque la flaqueza nos ablande, aunque el furor del enemigo nos persiga y nos calumnie, aunque nos falten el dinero y los auxilios humanos, aunque vinieran al suelo nuestras obras y tuviéramos que empezar de nuevo…

¡Madre amada! ¡Que no nos cansemos!

Firmes, decididos, alentados, sonrientes siempre, con los ojos de la cara fijos en el prójimo y en sus necesidades, para socorrerlos, y con los ojos del alma fijos en el Corazón de Jesús que está en el Sagrario, ocupemos nuestro puesto, el que a cada uno nos ha señalado Dios.

¡Nada de volver la cara atrás!

¡Nada de cruzarse de brazos!

¡Nada de estériles lamentos!

Mientras nos quede una gota de sangre que derramar, unas monedas que repartir, un poco de energía que gastar, una palabra que decir, un aliento de nuestro corazón, un poco de fuerza en nuestras manos o en nuestros pies, que puedan servir para dar gloria a Él y a Ti y para hacer un poco de bien a nuestros hermanos…

¡Madre mía, por última vez!

¡Morir antes de cansarnos!

Paciencia

La hora se volvió propicia para la tentación… Las dudas, los cansancios, las tibiezas, como un enjambre de desdichas alrededor de nuestro corazón, bordonean los aires fúnebres de su desaliento: “es demasiado duro, es demasiado largo, es demasiado doloroso, es demasiado doloroso”

Es en la paciencia que es necesario poseer su alma; y los tres cuartos de los cristianos lo olvidaron; y esto explica las traiciones y las defecciones…

Sustinere, sostener, soportar, con alegría, en la esperanza y con la sonrisa de la alegría.

La Confirmación puso en nuestra inteligencia razones de “aguantar la vida”; razones de dominarla.

El cristiano soporta con suavidad. En las condiciones más irritantes para su temperamento, continúa con su deber.

El fuerte soporta con bondad mientras Dios quiera; y esta valentía da a su alma su libertad de acción.

El fuerte no habla sino a Dios de sus miserias; ve más allá de la prueba; su mirada llega mucho más allá de sus lágrimas; nublado por los llantos, pero encendido por la fe, posee esta indefinible expresión de suavidad muda y de indomable energía: se confirma en la paciencia.

Pero muy pocos comprenden eso, muy pocos; y por eso es que muchos son llamados a espléndidas santidades, pero pocos son los elegidos.

Allí donde vemos de razones para cesar, el Espíritu Santo ve razones para seguir…

Allí donde buscamos razones para huir de nosotros mismos, el Espíritu Santo ve razones para permanecer…

Allí donde quisiéramos encontrar razones para ceder, el Espíritu Santo ve razones para resistir…

Allí donde el sufrimiento clama a la rebelión, el Espíritu de amor convoca a la aceptación…

No tengáis miedo pequeño rebaño… Sigue sosteniendo los derechos de Dios, reprime todo temor, reprime todo miedo, antes que vosotros, yo conocí eso de puños alzados en torno mío en el Calvario, escuché el “tole… tole” de las burlas, de las injurias…

Defended la Verdad, y que vuestra fuerza de alma alcance su plena medida, aceptando los golpes de la adversidad.

No desconozcáis las legítimas audacias al servicio de las legítimas defensas; las exigencias de los derechos de la Verdad reclaman de vuestra parte el valor y el coraje que arremete cuando es necesario defenderlos.

Pero, una vez cumplido este deber, no desechéis la valentía, el temple y la impavidez que soporta…

La Magnanimidad

La magnanimidad supone un alma noble y elevada.

Se la suele conocer con los nombres de “grandeza de alma” o “nobleza de carácter”.

El magnánimo es un espíritu selecto, exquisito, superior.

No es envidioso, ni rival de nadie, ni se siente humillado por el bien de los demás.

Es tranquilo, lento, no se entrega a muchos negocios a la vez, sino a pocos, pero grandes o espléndidos.

Es verdadero, sincero, poco hablador, amigo fiel. No miente nunca, dice lo que siente, sin preocuparse de la opinión de los demás.

Es abierto y franco, no imprudente ni hipócrita.

Objetivo en su amistad, no se obceca para no ver los defectos del amigo.

No se admira demasiado de los hombres, de las cosas o de los acontecimientos.

Sólo admira la virtud, lo noble, lo grande, lo elevado; nada más.

No se acuerda de las injurias recibidas: las olvida fácilmente; no es vengativo.

No se alegra demasiado de los aplausos ni se entristece por los vituperios; ambas cosas son mediocres.

No se queja por las cosas que le faltan ni las mendiga de nadie.

Cultiva el arte y las ciencias, pero sobre todo la virtud.

Es virtud muy rara entre los hombres, puesto que supone el ejercicio de todas las demás virtudes, a las que da como la última mano y complemento.

En realidad, los únicos verdaderamente magnánimos son los santos.

Oración para pedir la Magnanimidad

Señor Jesucristo, Tu eres mi Rey. Hazme para contigo un noble corazón caballeresco.

Grande en mi vida: escogiendo lo que sube y se dilata, y no lo que se arrastra y languidece.

Grande en mi trabajo: viendo en él no la carga que se impone, sino la misión que Tú me confías.

Grande en mi sufrimiento: soldado verdadero frente a mi Cruz, verdadero Cireneo para las cruces ajenas.

Grande con el mundo: perdonando sus pequeñeces, sin ceder nada a sus engaños.

Grande con los hombres: leal con todos, servicial con los humildes y pequeños, afanoso de arrastrar hacia Ti a los que me aman.

Grande con mis jefes: viendo en su autoridad la belleza de tu rostro que me fascina.

Grande conmigo mismo: nunca replegado sobre mí, y apoyándome siempre en Ti.

Grande contigo, Señor Jesucristo: feliz de vivir para servirte, dichoso de morir para abismarme en Ti. Amén.

DAME, DIOS MÍO…

Dame, Dios mío, lo que te queda.
Dame lo que jamás se te pide.
No te pido reposo, ni tranquilidad,
Ni la del alma, ni la del cuerpo.
No te pido la riqueza, ni el éxito, ni la salud.
Tantos te piden esto, Dios mío, que ya no debes tenerlo.

Dame, Dios mío, lo que te queda.
Dame lo que se te rechaza.
Quiero la inseguridad y la inquietud,
Quiero la tormenta y la lucha.
Quiero el sufrimiento y la gloria en el combate…

Dame, Dios mío, lo que te queda:
Dame lo que se te rechaza
Quiero la tormenta y la lucha.
Quiero el sufrimiento y después la muerte en el combate.
Que Tú me lo des, Dios mío, definitivamente;
Que yo esté seguro de tenerlo siempre;
Porque no siempre tendré el coraje de pedírtelo.

Dame, Dios mío, lo que te queda.
Dame lo que otros no quieren.
Pero, dame también el coraje, la fortaleza y la fe…
para que esté seguro de mí.

AL ALMA

Sola ante Dios te encuentras, alma mía,
viviendo este tiempo de tinieblas,
que decretó la Augusta Providencia,
para otorgarnos el triunfo de la Iglesia.

Adversidad, abandono, incomprensión,
por mantener la Fe que se disgrega,
son señales de que aún no has claudicado,
y que ocupas un lugar en la Trinchera.

Amarás con dolor, hasta el martirio,
te purificarás con entrega y heroísmo,
siguiendo a Cristo Rey, tu Redentor
con renuncia y abandono de ti misma.

Por el camino estrecho de la Cruz,
has de unirte a su obra redentora,
confiando recibir la fortaleza,
para no desfallecer en esta hora.

Ni el dolor ni el sufrimiento te acobarden,
ni la angustia ni el temor te debiliten,
que la Pasión del Señor te fortalezca,
porque en su muerte triunfó por redimirte.

Y en constante oración y penitencia,
suplicando la Divina intervención,
conserva con valor la Tradición,
aguardando su próxima venida.

HEROICA FORTALEZA MILITANTE

Unidos al Cuerpo Místico de Cristo,
en esta noche oscura de la historia,
donde la luz de Dios no brilla, por las sombras
de las tinieblas en hordas desatadas.
unidos por la Gracia de la Fe,
Sol que alumbra a las almas desterradas,

Fe que mantendremos íntegra y total,
igual que nos ha sido revelada.
Unidos en la soledad de la Verdad,
porque sus fieles están en retirada,
como si fuera el tiempo de Pasión,
porque es la Iglesia que está ahora condenada.

Protegidos por la Madre Virginal,
van los hijos que escuchan su llamada,
al combate viril, sólo por Dios,
en la batalla final ya desatada.
Para que el Reino de Dios llegue a nosotros,
a las Familias y a las Patrias laicizadas,

Abrazando la Cruz y el sacrificio,
sólo así serán ellas restauradas.
Porque es lucha contra el mundo y contra sí,
contra el enemigo infernal que desafía.
porque es lucha interior y solitaria,
la que tiene que afrontarse cada día.

Es combate en la trinchera de la Fe,
heroica fortaleza militante,
no ceder, no abandonarla es su estandarte,
que significa un morir en cada instante.

Alcanzar y mantener la posición,
en esta gesta que tenemos asumida,
no depende del humano proceder,
será por virtudes celestiales recibidas.

La defensa de la Iglesia, la dura resistencia,
la continua defección y decadencia,
el retiro de Dios y de su Gracia,
es necesario preguntar, ¿a qué nos lleva?

¿A una rendición fatal y perentoria?
¿A un éxito buscado sin medida?
Incomprensible camino de esta vida,
por donde Dios nos conduce a la Victoria.

Que no será como yo quiero. ¡No!
Será Pasión que del Calvario brota,
es que al Triunfo Final que se avecina,
la debilidad lo tiene por derrota.

La Victoria que se alcanza por la Cruz,
espanta pusilánimes miradas,
que creen celo amargo o poca caridad,
y es una pobre visión desacertada.

Resistir firmes y serenos en la Fe,
es la premisa crucial para esta hora,
porque en la sombría noche de la Iglesia,
empieza a despuntarse ya la aurora.

¡A vencer cristianos con valor!
Que la victoria nos está asegurada.
Toca el clarín llamando a la batalla,
donde la serpiente infernal será aplastada.

Ven pronto, Señor, te lo pedimos,
auxilia a tus amigos de la Cruz,
que siguiendo tu Divina Voluntad,
y abandonándose a Ti en cuerpo y mente,
desean la Patria Celestial,
para vivir contigo eternamente.

Una partecita de la Cruz

Hoy le pedí al Señor una partecita de su Cruz… Le pedí ayudarle en su agonía, le pedí me hiciera partícipe de su sufrimiento, le pedí una partecita… (pequeña tiene que ser, pues soy débil) de su Santísima Cruz. Jesús me escuchó. Noté la Cruz sobre mis hombros…, me pesó y lloré mi abandono y soledad.

Después del desayuno paseé mi pequeño agobio por la galería de la enfermería. Una tristeza muy grande se apoderó de mí. Me vi tan enfermo, tan solo, tan débil para sufrir lo que Jesús me pide, que sentándome cansado de todo y de todos, lloré con agobio y con pena.

Grande me parecía el abandono en que me veía, material y espiritualmente. No tengo a nadie en quien hallar un alivio. Esto a veces es un consuelo muy grande, a veces es también un dolor muy profundo. Cuando estamos enfermos, sobre todo. En estos momentos en los cuales una palabra dicha al corazón, alivia tantas penas, e incluso da fuerzas para sufrir las flaquezas y miserias de la enfermedad… Sin embargo, a mi eso me falta.

Bendito sea Dios.

Muy doloroso es padecer necesidad en el cuerpo, cuando también se junta la necesidad al espíritu y además, Dios se oculta y te deja solo con la Cruz…, ¿qué extraño tiene que el alma sufra y llore?

Esta mañana no me acordaba en aquellos momentos de lo que le había pedido a Jesús en la comunión… La partecita de su Cruz.

Ahora tengo paz, adoro y bendigo a Dios que atesora para mí en el cielo esas partecitas de su Cruz, que me envía cuando El quiere. ¡Qué gran misericordia tiene conmigo! Si no sufriera, ¿para qué serviría mi vida entonces?

Si tantos deseos tienes de penitencia, ¿por qué lloras? Mis lágrimas, Señor, no son de rebeldía… Mis lágrimas, Señor, no las cambio por nada… Recíbelas, pues con algo te tengo que pagar. Tú también sufriste hambre, sed y desnudez. Tú también lloraste cuando te viste abandonado.

Señor… qué contento estoy de sufrir. No me cambio por nadie… Pero ¿hasta cuándo, Señor?

Letanías del Olvido de Sí

Al dolor, envíame, Señor.
A la humillación, envíame, Señor.
A la ingratitud, envíame, Señor.
Al olvido, envíame, Señor.
Al fracaso exterior, envíame, Señor.
A la calumnia, envíame, Señor.

A la traición, envíame, Señor.
A la soledad, envíame, Señor.
A la abyección interna y externa, envíame, Señor.
A la oscuridad, envíame, Señor.
Al sufrimiento, envíame, Señor.
Al trabajo escondido y penoso, envíame, Señor.

A la incomprensión de los otros, envíame, Señor.
A la donación silenciosa y continua, envíame, Señor.
Al sacrificio, envíame, Señor.
A la muerte, envíame, Señor.
Al martirio, envíame, Señor.
A la Cruz, envíame, Señor.

Enséñame, Señor, a amar tu Cruz

Dios mío…, Dios mío…, enséñame a amar tu Cruz. Enséñame a amar la absoluta soledad de todo y de todos. Comprendo, Señor, que es así como me quieres, que es así de la única manera que puedes doblegar a Ti este corazón tan lleno de mundo y tan ocupado en vanidades.

Así, en la soledad en que me pones, me enseñarás la vanidad de todo, me hablarás Tú solo al corazón y mi alma se regocijará en Ti.

Pero sufro mucho Señor…, cuando la tentación aprieta y Tú te escondes…, ¡cómo pesan mis angustias!…

¡Silencio pides!… Señor, silencio te ofrezco.

¡Vida oculta!… Señor, sea tu Corazón mi escondrijo.

¡Sacrificio!… Señor, ¿qué te diré?, todo por Ti lo di.

¡Renuncia!… Mi voluntad es tuya, Señor.

¿Qué queréis, Señor de mí?

¡¡Amor!! ¡Ah!, Señor, eso quisiera poseer a raudales. Quisiera, Señor, amarte como nadie. Quisiera, Jesús mío, morir abrasado en amor y en ansias de Ti.

¿Qué importa mi soledad entre los hombres? Bendito Jesús, cuanto más sufra…, más te amaré.

Más feliz seré, cuanto mayor sea mi dolor.

Mayor será mi consuelo, tanto más carezca de él.

Cuanto más solo esté, mayor será tu ayuda.

Todo lo que Tú quieras seré.

Mi vida quisiera, que fuera un solo acto de amor, un suspiro prolongado de ansias de Ti.

Quisiera que mi pobre y enferma vida fuera una llama en la que se fueran consumiendo por amor…, todos los sacrificios, todos los dolores, todas las renuncias, todas las soledades.

Quisiera que tu vida, fuera mi única Regla. Que tu “amor eucarístico”, mi único alimento. Tu evangelio, mi único estudio. Tu amor, mi única razón de vivir.

Quisiera dejar de vivir, si vivir pudiera sin amarte.

Quisiera morir de amor, ya que solo de amor vivir no puedo.

Quisiera, Señor,… volverme loco… Es angustioso vivir así.

¡Es tan doloroso querer amarte y no poder!

Es tan triste arrastrar por el suelo del mundo la materia que es cárcel del alma que solo suspira por Ti…

¡Ah!, Señor, morir o vivir, lo que Tú quieras…, pero por amor.

Ni yo mismo sé lo que digo, ni lo que quiero… Ni sé si sufro, ni si gozo…, ni sé lo que quiero ni lo que hago.

Ampárame, Virgen María… Sé mi luz en las tinieblas que me rodean. Guíame en este camino en que ando solo, guiado solamente por mi deseo de amar entrañablemente a tu Hijo. No me dejes, Madre mía.

Ya sé que nada soy y que nada valgo… Miseria y pecados, eso es lo único, y lo mejor, que puedo alegar para que tu atiendas mi oración.

Ayúdame a seguir los consejos de la Imitación de Cristo, que me dice que no busque nada en las criaturas y me refugie en el Corazón de Cristo.

Nada quiero que no sea Dios… Fuera de Él todo es vanidad.

SEGUNDO DOMINGO DE EPIFANÍA

Terminada la vida privada de Nazaret, da Jesús comienzo a su vida pública… y la primera manifestación milagrosa de ella fue el prodigio realizado en Caná por intercesión…, casi podemos decir, por mandato de su Madre

Y entonces llegó a faltar el vino.

Fue Nuestra Señora la que en seguida lo advirtió… ¡Qué mirada la suya! ¡Tan fina y penetrante!… ¡Nada se la escapa!…

También Jesús lo supo; pero no hizo ni dijo nada…, dejó obrar a su Madre…, quería que fuese cosa suya.

Y entonces, volviéndose a Jesús, le dice: No tienen vino

¡Qué palabras!… ¡Qué sencillas! ¡Y cuánto encierran!…

No son un mandato… Ni siquiera una súplica… Sólo encierran la exposición de una necesidad…

No tienen vino… Ella no duda de que Jesús lo solucionará. No es necesario que pida y ordene. Basta que dé a entender su deseo, y Él lo comprenderá.

El deseo del Corazón de la Madre, es ley y mandato para el Corazón del Hijo…

El tono expuesto en las palabras de la Virgen a Jesús no es ni de orden ni de súplica. Es el tono de una súplica que equivale a una orden; el tono de quien posee poder legítimo eminente para hacerse escuchar, y derecho absoluto a ser escuchado. Se trata de una mediación soberana.

Jesús, sin embargo, parece rechazarla en esta ocasión y le contesta: ¿Qué nos importa a ti ni a mí de este asunto?

Y como si fuera esto poco, Jesús añade: Aún no ha llegado mi hora… No es éste el momento propicio…, ni la hora determinada por mi Padre para hacer milagros y manifestarme con prodigios…

Todo esto debería haber acobardado a María. Había fracasado en su primer intento. Las dificultades que Jesús oponía eran tales, que lo mejor era callar.

Así parece que hubiéramos juzgado, vista la cosa con ojos humanos…

Pero María no lo entendió así; y como si Jesús hubiera respondido de modo completamente favorable, demostrando estar dispuesto a todo lo que Ella quería, se pone a mandar, llamando a los criados, y les dice: Haced cuanto mi Hijo os diga

Y con esto Jesús queda comprometido…; ya no tiene más remedio que hacer algo…, y por voluntad de su Madre obra su primer y gloriosísimo milagro…

Muy grande fue el milagro del agua transformada en vino; pero mayor aún es este milagro del poder de María… el de la omnipotencia suplicante de María

Parece que Dios no se propuso otra cosa, en esta ocasión, que el de demostrarnos la fuerza de este poder de María.

La omnipotencia suplicante de la Virgen es un don divino. Correlativo a la gracia de la Maternidad Divina, es el mayor poder que se haya dado a una simple criatura.

Dios, al conferir esta gracia a María Santísima, ha vinculado para siempre a ella la omnipotencia creadora.

¡Qué cosa más admirable!… ¡¿Qué será María delante de Dios cuando tanto es su poder?!

Habla la Mujer, la mujer por excelencia, Nuestra Señora, Reina del universo…

¿Qué es esto que nada se hace por el Hijo de Dios sin María?… ¿No nos espanta y admira esta disposición de Dios de asociar a María a todas sus obras?…

Pues si así es, nuestra misma salvación y santificación de Ella dependen…, de Ella han de venir…, a Ella se las debemos confiar.

Y ¡con cuánta seguridad debemos confiárselo todo a Ella!

Lancémonos sin miedo en brazos de Madre tan poderosa…; expongámosle nuestras miserias…, nuestras necesidades…; que la que no sufrió la falta de vino en unas bodas, menos sufrirá la falta de virtudes en nuestro corazón, si a Ella acudimos y si a Ella le pedimos el remedio.

Vengamos ahora a una aplicación práctica, concreta para nuestros tiempos…

La Madre de Dios, por su Inmaculada Concepción y su Maternidad virginal, aplasta la cabeza del dragón infernal.

Ella domina como Soberana todos los tiempos de nuestra historia, y sobre todo el más formidable para las almas: el momento de la llegada del Anticristo y de su Falso Profeta, así como aquellos tiempos de la preparación de éstos dos por sus diabólicos precursores.

María Santísima se manifiesta no sólo como la Virgen que consuela en las horas de angustia para la sociedad terrena, sino que Ella se presenta como la Virgen poderosa, fuerte como un ejército en orden de batalla, en los períodos de devastación de la Iglesia y de agonía espiritual para sus hijos.

Ella es la Reina de toda la historia de la humanidad; no sólo en momentos de angustia, sino principalmente para el fin de los tiempos, los tiempos particularmente apocalípticos.

Incluso cuando el Anticristo y su Falso Profeta irrumpan en el interior mismo de la ciudad Santa, la Iglesia no cesará de ser la Santa Iglesia: ciudad bien amada, inexpugnable para el diablo y sus secuaces; ciudad pura e intachable, cuya Reina es Nuestra Señora.

Ella es la Reina Inmaculada, que hará abreviar los sombríos días del Anticristo. También, y especialmente, durante este período, Ella obtendrá la perseverancia y la santificación para sus hijos.

Su presencia, desde Caná hasta el Calvario, para cuando se reservó el Vino de mayor calidad, nos prueba su fidelidad. Unida estrechamente a la Hora de su Hijo, a su sacrificio redentor, Ella obtiene las gracias de adopción para sus hijos, miembros del Cuerpo Místico.

Su mediación obtiene todas las gracias; las gracias para enfrentar las tentaciones y las tribulaciones ordinarias, pero también las necesarias para perseverar y santificarse, resistiendo en el peor de los momentos de la Iglesia de Jesucristo, el de la autodestrucción.

La Virgen Madre nos hace comprender, sin dar lugar a la más mínima duda, que Ella será capaz de sostener a sus hijos mediante una intercesión maternal omnipotente.

La ocupación de la Iglesia, los puestos de mando usurpados por el modernismo en todos los niveles de la jerarquía, sin excluir el más elevado, es un drama sin precedentes; pero las gracias obtenidas por la Madre del Hijo de Dios son más profundas que esta tragedia.

Todos aquellos a los cuales Nuestro Señor Jesucristo, por una singular muestra de honor, convoca a una mayor fidelidad en la lucha contra los precursores del Anticristo y de su Falso Profeta introducidos en la Iglesia, debemos confirmar y robustecer nuestra fe y esperanza en la divinidad de Jesús, en la Maternidad divina de María y en su Maternidad espiritual.

Recurramos a Nuestra Señora en nuestra calidad de hijos suyos; y a continuación experimentaremos que los tiempos del Anticristo y de su Falso Profeta son tiempos de Victoria: victoria de la plena redención de Jesucristo y de la soberana intercesión de María.

Entretanto, debemos estar muy atentos a las palabras de la Madre de Jesús, y Nuestra Madre, en razón de que en varias ocasiones se ha manifestado para advertirnos sobre la gravedad de la hora que vivimos.

La Virgen Inmaculada, en efecto, siempre presente junto a sus hijos, nos ha visitado más especialmente en los últimos tiempos.

Es siempre la misma Virgen María Inmaculada, y siempre es el gran drama de la redención de los hombres. La única diferencia es que los siglos han pasado y el drama ha tomado ribetes de mayor gravedad; por eso Nuestra Madre y Reina interviene, insistiendo para hacerse escuchar.

A pesar de los nuevos peligros que amenazan a la Iglesia; sea lo que sea de la organización de la contra-Iglesia y de los preparativos y progresos del Anticristo y de su Falso Profeta, la Virgen María está siempre presente en medio de sus hijos, potente e invencible, como en Caná, Ella nos guarda en su oración y en su Corazón.

Nuestra Madre nos ha recordado la gravedad del momento histórico, que es nuestra historia; Ella intervino específicamente para ello. Nuestro combate no es contra la carne y la sangre, sino contra los ángeles malos en persona, que quieren adueñarse de la historia.

Son ellos los que han sugerido a los hombres la idea sacrílega de organizar el mundo no sólo para perder las almas, sino también para neutralizar las posibles reacciones y poder convertir al mundo en una cómoda antecámara del infierno eterno.

Hace tres siglos la humanidad elaboró un proyecto de apostasía general; hoy en día podemos comprobar que ese designio demoníaco se ha realizado.

¿Cómo no invocar a Nuestra Señora y decirle, con una súplica humilde y vehemente, que lo que nos pide nos supera; pero también que tenemos una confianza ilimitada en su intervención?: ad Te clamamus exsules filii Evae… eia ergo, Advocata nostra, illos tuos misericordes oculos ad nos converte

Mujer, he aquí a tu hijo… Que estas últimas palabras de Jesús agonizante, válidas para todos los hombres de todos los siglos, tengan cumplida cuenta para nosotros y para nuestra hora aciaga…, para la gloria de Jesucristo, para el honor de la Virgen Inmaculada…, para la salvación de nuestras almas.

Para que esto sea realidad, tengamos en cuenta aquellas otras palabras:

He aquí a tu Madre… Demuestra, pues, que eres un buen hijo…

Haced todo cuanto Él os diga

Y el vino de la última hora resultará ser el de mayor calidad, tal cual nunca hubo otro…