P. CERIANI: MISA DEL DÍA DE NAVIDAD

MISA DEL DÍA

La Navidad y Nuestro Señor Jesucristo

En el principio era el Verbo. Y el Verbo estaba en Dios. Y el Verbo era Dios.

Este estaba en el principio con Dios.

Todas las cosas fueron hechas por Él. Y nada ha sido hecho sin Él.

Lo que ha sido hecho era vida en Él. Y la vida era la luz de los hombres.

Y la luz en las tinieblas resplandece; mas las tinieblas no la comprendieron.

Fue un hombre enviado de Dios, que tenía por nombre Juan. Este vino en testimonio, para dar testimonio de la luz, para que creyesen todos por él. No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.

El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.

En el mundo estaba y el mundo por Él fue hecho, y no le conoció el mundo.

A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a cuantos le recibieron, les dio poder de ser hechos hijos de Dios, a aquéllos que crean en su nombre. Los cuales son nacidos no de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, mas de Dios.

Y el Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros. Y vimos la gloria de Él; gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

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En el principio era el Verbo. Y el Verbo estaba en Dios. Y el Verbo era Dios.

Este estaba en el principio con Dios…

Jesucristo es el Hijo de Dios, el Verbo hecho carne. Antes de hacerse hombre, Jesucristo era Dios, sin dejar de serlo al hacerse hombre.

Todos los misterios de Jesucristo se fundan en su divinidad y de ahí les viene toda su grandeza, toda su fecundidad.

Nota San Agustín que existe una gran diferencia en el modo de comenzar el Evangelio de San Juan y el de los otros Evangelistas. Estos empiezan describiendo la genealogía humana de Jesús, a fin de demostrar cómo desciende de la estirpe real de David. Pero San Juan, desdeñando posar sus pies en la tierra, se cierne cual águila por las alturas para describirnos lo que pasa en el santuario de la Divinidad.

Para garantizar su testimonio, añade inmediatamente que nadie ve a Dios, pero el Hijo único que está en el seno del Padre, Él mismo nos ha revelado los secretos del cielo.

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La fe nos revela el misterio verdaderamente estupendo de ser la fecundidad una perfección divina. He aquí una maravilla que nos descubre la Revelación: En Dios hay fecundidad; posee una paternidad espiritual e inefable. Es Padre, y como tal, principio de toda la vida divina en la Santísima Trinidad.

Dios, Inteligencia infinita, se comprende perfectamente; en un solo acto, ve todo lo que es y cuanto hay en Él; de una sola mirada abarca la plenitud de sus perfecciones, y en una sola idea, en una palabra, que agota todo su conocimiento, expresa ese mismo conocimiento infinito.

Esa idea concebida por la Inteligencia eterna, esa palabra por la cual Dios se expresa a Sí mismo, es el Verbo.

La fe nos dice también que ese Verbo es Dios., porque es con el Padre una misma naturaleza divina.

Y porque el Padre comunica a ese Verbo una naturaleza no sólo semejante, sino idéntica a la suya, la Sagrada Escritura nos dice que le engendra, y por eso llama al Verbo el Hijo: Del seno de la divinidad, antes de crear la luz, te engendré…

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En la Santísima Trinidad, el Hijo se distingue del Padre por su propiedad de ser Hijo. Lo que le distingue de la persona del Padre y lo que constituye propiamente su Personalidad no es el ser Dios, sino el ser Hijo. Y como Persona divina no es más que Hijo; es una filiación viva, orientada enteramente hacia el Padre.

En esto consiste, la primera “función” del Verbo. El Verbo Encarnado insiste incesantemente en esa propiedad para ponerla de relieve a nuestros ojos. Jesucristo se complace en proclamar que en calidad de Hijo único todo le viene del Padre.

La segunda “función” del Verbo es ser, como lo dice San Pablo, la imagen del Padre. No una imagen cualquiera, sino una imagen perfecta y viva, el resplandor de la gloria del Padre, la figura de su substancia, el esplendor de su luz eterna.

El Padre Eterno, considerando a su Hijo, ve en Él la reproducción exacta de sus divinos atributos; el Hijo refleja perfectamente, cual espejo sin mancha, todo cuanto recibe del Padre.

De ahí es que el Padre, al contemplar a su Hijo, ve en Él todas sus perfecciones, y prendado de su hermosura, declara al mundo que ese Hijo es el objeto de todos sus amores

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Y el Verbo fue hecho carne… Cristo es el Verbo Encarnado. Nos enseña la Revelación que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, el Hijo, tomó la naturaleza humana para unirla a su Persona divina. En esto- consiste el misterio de la Encarnación.

¿Qué hay en Jesucristo según la fe? Dos naturalezas, la humana y la divina: Luego Jesucristo es a la vez Dios perfecto y hombre perfecto. Más aún: ambas naturalezas están tan íntimamente unidas, que forman una sola Persona, la Persona del Verbo divino, en quien subsiste la santa humanidad.

De esta inefable unión proviene el valor infinito de las acciones de Jesús, de sus estados, de sus misterios.

Jesucristo es Dios perfecto y hombre perfecto… Cuando le contemplamos en la cuna de Belén, se nos revela a la vez como Dios y como hombre.

Es Dios perfecto porque, tomando nuestra naturaleza humana, el Verbo no deja de ser lo que es.

Si Jesucristo es Dios perfecto, también es hombre perfecto: tomó nuestra naturaleza humana, que hizo suya, uniéndosela física, sustancial y personalmente mediante lazos inefables.

El Dios Eterno, el Ser que subsiste necesariamente por sí mismo, nace en el tiempo de una mujer. Jesucristo posee, como nosotros, una naturaleza humana, completa, perfecta en todos sus elementos constitutivos.

Como nosotros, tiene Jesucristo un alma creada, dotada de facultades semejantes a las nuestras; su cuerpo es un cuerpo verdadero, real, formado de la purísima sangre de su Madre.

De cuanto tenemos quiso participar, excepto del pecado. Jesucristo ni conoció el pecado ni sus causas o efectos morales: la concupiscencia, el error y la ignorancia.

Su cuerpo fue pasible, porque lo tomó para expiar los pecados por medio del padecimiento, pero el pecado mismo jamás tuvo parte en Él.

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En todas partes, desde que hizo Jesús su entrada en este mundo, se manifestó en Él la estrecha unión de la divinidad y de la humanidad; unión que sin mermar nada las divinas perfecciones, deja intacta la realidad de la naturaleza humana: la Encarnación es una unión inefable.

¿Cuál es la consecuencia de esta doctrina? Todas las acciones de Jesucristo son acciones de un Dios.

Las obras de su santa Humanidad son obras finitas, obras limitadas en el tiempo y en el espacio; todo es creado como la naturaleza humana. Pero su valor moral es divino. ¿Por qué? Porque toda acción, sea de una u otra facultad de la naturaleza, se atribuye a la persona, y en Jesucristo, siempre es Dios el que obra, unas veces por su naturaleza divina y otras por la humana.

Luego con toda verdad se puede decir que es Dios el que nace, llora, sufre y muere, aunque todas estas acciones sean ejecutadas por la naturaleza humana. Todas las acciones humanas de Jesucristo, por pequeñas que sean en su realidad física, tienen un valor divino.

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No temamos, pues, contemplar al hombre en Jesucristo; porque esta humanidad es la Humanidad de un Dios. Este hombre que vemos obrar y vivir entre los hombres para atraérselos a sí por las pruebas sensibles de su amor, es al mismo tiempo nuestro Dios.

No temamos tributar a esta santa Humanidad todos los homenajes que merece.

Luego debemos tener en ella una confianza absoluta. Dios quiso servirse de la Humanidad de Jesucristo como de instrumento para dar la gracia que por ella se nos comunica.

Por la Humanidad de Jesús pertenecemos al Verbo, al Hijo; por el Hijo vamos al Padre.

Jesucristo nos lleva así in sinu Patris, al seno del Padre. He aquí la razón esencial e íntima del inefable misterio del Hombre-Dios.

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Refiérenos San Juan que, atravesando la Samaria, Nuestro divino Salvador al principio de su vida pública, llegó a un lugar llamado Sicar, cerca del pozo de Jacob. Entre las circunstancias del hecho minuciosamente narrado por el Evangelista, hay una que nos llega más al corazón, y es que Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo.

¡Emocionante revelación de la realidad de la Humanidad de Jesús!

Admirable es el comentario que hizo San Agustín de este pasaje, con la antítesis de ideas y expresiones que le es peculiar, sobre todo cuando quiere subrayar la unión y el contraste de la divinidad y humanidad en Jesús:

Se cansa Aquel por el que descansan los cansados, Aquel cuya ausencia nos agobia y cuya presencia nos reconforta.

Por nosotros se cansa Jesús caminando.

Vemos a Jesús fuerte y débil a la vez.

¿Cómo fuerte? Porque al principio era el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.

¿Quieres ver cuán fuerte es el Hijo de Dios? Todas las cosas han sido hechas por Él, y sin Él no ha sido hecho nada. Y sin trabajo fueron hechas todas las cosas. Porque es el Verbo eterno que lo creó todo por su sabiduría y su poder.

¿Quieres conocer débil a Jesús? El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

La fortaleza y el poder de Cristo nos creó, y su flaqueza nos restauró.

La fortaleza de Cristo te hizo, para que lo que no era, fuese.

La debilidad de Cristo te restauró, para que lo que era, no pereciese.

Nos creó con su fortaleza, nos buscó con su debilidad.

Jesús es débil en su Humanidad, pero guardaos mucho de permanecer en vuestra debilidad; antes bien, acercaos a tomar aliento divino de Aquel que, siendo por naturaleza todopoderoso, quiso hacerse débil por vuestro amor.

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Concluyamos con San Agustín:

El que era Dios se ha hecho hombre, tomando lo que no era, pero sin perder lo que era, y de este modo se hizo hombre.

Tú tienes en ese misterio lo que responde a tu flaqueza, y hallas igualmente en él el principio de tu perfección.

Elévete Cristo por su naturaleza humana; guíete por la unión de su humanidad con la divinidad; y condúzcate hasta la misma divinidad.