EL TESTIMONIO DE NUESTRA ESPERANZA P. ANTONIO VAN RIXTEL CAPÍTULO V

CAPÍTULO V

EL ESTUDIO DE LAS PROFECÍAS

Articulo 1º: El punto difícil de interpretar: La Venida de Cristo.

A modo de introducción recordaremos que el misterio de la Venida de Cristo ha sido siempre una dificultad grandísima en la interpretación de las profecías. Esta dificultad existía ya para los intérpretes judíos, porque en las Profecías del Antiguo Testamento la Venida humilde de Cristo está siempre entremezclada con la Venida gloriosa, sin distancia o perspectiva en el tiempo. Esta dificultad existe también para los intérpretes cristianos; pues aún cuando se han cumplido todas las profecías que se refieren a la primera Venida humilde de Cristo (nacimiento, vida oculta, predicación, pasión muerte y resurrección), queda siempre la difícil tarea de separar bien los elementos de la palabra profética que se refieren a la segunda Venida gloriosa de Cristo para no aplicarlos, equivocadamente, a su primera Venida.

Articulo 2º: El tropiezo de los judíos.

Sabemos que los rabinos, llevados por una creciente autosuficiencia y por una espantosa sed de auto-glorificación colectiva, interpretaron en sentido literal y hasta carnal, todas las profecías que anunciaban la Venida gloriosa del Mesías, mientras que pasaban por alto, o alegorizaban, aquellos tristes vaticinios que profetizaban la humillación y el duro trato que Cristo había de recibir de parte de su pueblo. Causaron así la espantosa ruina de Israel, que no se encontraba preparado cuando vino su Mesías. “Vino a su propia casa, y los suyos no le recibieron”(Juan 1, 11). Como consecuencia de la ceguera el pueblo judío rechazó a Cristo, y vaga desde hace dos mil años, perseguido y disperso entre las naciones. ¡Espectáculo misterioso y triste! ¡Viva señal de la infinita veracidad de la palabra de Dios!

Artículo 3º Advertencia para nosotros.

 Sírvanos este tropiezo de los judíos de constante amonestación para no caer en el mismo lazo. Es decir: no alegoricemos las profecías acerca de la Segunda Venida de Cristo, como Rey y Juez, después de haber visto y creído que se cumplieron al pie de la letra todas las cosas predichas de su primera Venida, cuando vino como cordero a ser inmolado por nuestros pecados. Es decir: si vemos cómo en las profecías estaba escrito de un modo recóndito pero real, la historia futura de la primera Venida; si vemos cómo los judíos por causa de su ceguera no vieron su realización en Cristo; si vemos cómo, por causa de la misma ceguera, los judíos -dispersos por todo el orbe- vagan entre las naciones con “terrores, tristezas y melancolías”, siendo objeto constante de hostilidad y persecución, de desprecio y de odio por parte de los hombres; si vemos cómo se cumplen al pie de la letra todas cuantas cosas que desde los tiempos de Moisés fueron predichas anunciando el castigo que Israel atraería sobre si mismo, al no guardar fielmente la palabra de Dios, y pasar por alto todos los vaticinios que no agradaron a su soberbia y autosuficiencia; si vemos todo esto: ¿no debemos nosotros guardar en su sentido literal, libres de alegorías, todas aquellas profecías que anuncian la futura liberación, restauración y divina consolación que el Señor tiene guardado para su pueblo, “tan amado de Dios por causa de sus padres”? (Rom.11 ). Si el anuncio de su castigo es una verdadera “historia” escrita en profecías ¿no será también el anuncio de su restauración una “historia profética”?.

Esto nos lleva a no coronar a fa Iglesia de los gentiles con la gloria del Reino Mesiánico, que Dios tiene reservado para Israel cuando haya llegado el tiempo de la “reedificación del tabernáculo de David, que ahora está en ruinas” (Hechos 15,16-18).

Además San Pablo, en el mismo capítulo de los Romanos en el cual anuncia el misterio de la Restauración de Israel, nos avisa a nosotros, los gentiles, de no engreírnos ni gloriarnos de que el delito, la caída y el menoscabo de los judíos hayan venido a ser nuestra riqueza, en cuanto dieron lugar al misterio de la Iglesia. Pues todo es obra de la gratuita misericordia de Dios. Y Jesús mismo dice: “Jerusalén será hollada por los gentiles”; pero no para siempre, sino: “Hasta que los tiempos de los gentiles acaben de cumplirse” (Luc.21, 24).

Estas palabras de Cristo arrojan torrentes de luz sobre la amonestación del Príncipe de los Apóstoles, cuando dijo a los judíos: “Arrepentíos y convertíos, a fin de que se borren vuestros pecados para cuando vengan por disposición del Señor, los tiempos de consolación. Y envíe al mismo Jesucristo, que os ha sido anunciado; el cual es menester que reciba el ciclo hasta los tiempos de la restauración de todas las

cosas, de que antiguamente habló por boca de sus santos Profetas”(Hech.3,19-21). Esta exhortación de San Pedro a su pueblo para que se convierta, debe convertirse en nuestra boca en una constante oración, para que vengan los tiempos de la restauración de Israel y el Reino Mesiánico.

 Artículo 4º: Escudriñemos las profecías.

 Sabemos que el día del Señor “no vendrá sin que primero haya acontecido la apostasía”, y el Señor mismo nos previene, diciendo:”¡Pero cuando viniere el Hijo del Hombre ¿os parece que hallará fe sobre la tierra!” (II Tes.2,3; Luc.18,8).

Ante este anuncio debemos conservamos vigilantes, escudriñando las profecías, a las cuales “hacéis bien en mirar atentamente, como a una antorcha que luce en un lugar oscuro, hasta que amanezca el día, y la Estrella de la mañana nazca en vuestros corazones” (II  Ped. 1, 19).

A la vista de la ruina de Israel, tengamos en cuenta antes que nada que ninguna profecía de la Escritura se declara por interpretación privada. Israel nos da un testimonio alarmante de que las profecías no traen su origen en la voluntad de los hombres. La tradición rabínica alegorizó y echó en olvido todos los vaticinios que no agradaron a la autosuficiencia y soberbia colectiva del pueblo judío, pero con todas estas interpretaciones privadas no han podido evitar su cumplimiento al pie de la letra. La ruina de Israel ha venido a ser la prueba de la veracidad de la palabra de Dios.

La restauración de Israel lo será también… ninguna tradición exegética, que se origina en alegorías privadas lo podrá prohibir… por más que se llame antimilenarista, no-milenarista o milenarista… Demos a Israel la medida colmada de gloriosa misericordia que Dios tiene reservada para su pueblo, y no menoscabemos los tristes anuncios de la apostasía que ha de llegar a su colmo entre los pueblos cristianos; pero no olvidemos jamás que la Iglesia también, y de un modo muy singular y predilecto, ha recibido la promesa del Reino de los divinos labios de Cristo mismo. Porque tal olvido sería una humildad falsa y una atroz ingratitud hacia la gratuita misericordia del Señor. Jesús ha dicho a su Iglesia: “Vosotros sois los que constantemente habéis perseverado conmigo en mis tribulaciones; por eso, yo os preparo el Reino como mi Padre me lo preparó a mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel”.Y esta promesa tenemos que guardarla con fidelidad (Luc. 22,28-30; Mat.19, 28).

Grandes y maravillosas son, por cierto, las cosas que Dios tiene preparadas para Israel, el pueblo tan amado por causa de sus padres. Pero “mejores cosas ha previsto para nosotros” (Heb.1 1. 40). No porque los congregados en la Iglesia, elegidos de entre los pueblos, sean más dignos, sino por el lugar que Dios en su infinita misericordia gratuita les tiene preparado como Cuerpo y complemento de Aquel, que lo completa todo en todas las cosas. (Ef.1, 23 y 2,19·22). Y para que ni judío, ni gentil se jacte delante de Dios a quien pertenece la gloria (Rom.11). En la Iglesia hemos sido llamados a formar la muy amada esposa de Cristo; y Si El ha de ser Rey, ella será Reina…

El ejemplo de Israel es pues un aviso, a fin de que guardemos fielmente la palabra profética, escudriñándola con humildad, para no caer en semejante ceguera, la cual repentinamente podría causar nuestra ruina. (II Ped.2 y 3). Además, la Palabra profética misma nos avisa que muchos misterios, que se refieren al Reino, han de quedar sellados hasta el fin de los tiempos, hasta cuando estén por cumplirse

El Profeta Amós nos asegura: “Verdaderamente Jehová, el Señor, no hará nada sin que revele su secreto a sus siervos los profetas” (Amós 3,7). Todo está, pues, anunciado; pero mucho quedó sellado; especialmente aquellos misterios proféticos que se refieren al Reino.

A Daniel, deseoso de penetrar en sus visiones y de conocer los tiempos de su cumplimiento, le fue dicho: “Tú, empero, oh Daniel, cierra estas palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin”. Y Daniel insistía:

“Señor mío, ¿Cuál será el resultado de estas cosas?”Mas otra vez le fue contestado: “Anda Daniel, que esta palabras están cerradas y selladas hasta el tiempo del fin” (Dan.8, 13·17; 12,4-13; Con f. Jer.23, 19-20; 30,23·24).

¿Habrán llegado estos tiempos? ¿Habrán de abrirse los sellos? Según Billot, el estado del mundo actual se acerca cada vez más al que nos describen Jesús y los Apóstoles para los últimos tiempos. Los últimos Papas se han expresado varias veces del mismo modo. Y ya que nadie nos puede asegurarlo contrario, tenemos motivos de sobra para redoblar nuestras tentativas en el escudriñamiento de las profecías, sabiendo que aún muchas cosas nos quedan por resolver. Dejemos, pues, de tomar posiciones cerradas; tratemos de entendernos con caridad y humildad…

Con esta disposición de ánimo, podemos entrar en un detenido examen de las diferencias entre milenaristas y no-milenaristas. Porque aunque ambos concuerdan en el punto fundamental de la discusión (afirmando que no vendrá el Reino Mesiánico y el ingente triunfo de Cristo y su Iglesia, sin qué antes venga Cristo para destruir el Anticristo, y restaurar a Israel), no cabe duda que hay diferencias de opinión entre ellos, que son de grandísima importancia práctica.