ESTUDIOS DOCTRINALES: LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS: LA EDUCACIÓN RELIGIOSA – CONTINUACIÓN

LA EDUCACIÓN RELIGIOSA

Continuación…

Terminábamos en la entrega anterior sobre el tema de la educación moral. Para la misma, la Iglesia dispone todavía de otros medios, además de sus dogmas: los Sacramentos.

Muy hermosamente lo indica el Papa Pío XI en su encíclica Divini Illius Magistri, sobre la educación: Es menester corregir las inclinaciones desordenadas, fomentar y ordenar las buenas desde la más tierna infancia y, sobre todo, hay que iluminar el entendimiento y fortalecer la voluntad con las verdades sobrenaturales y los medios de la gracia, sin la cual no es posible dominar las perversas inclinaciones y alcanzar la debida perfección educativa de la Iglesia, perfecta y completamente dotada por Cristo de la doctrina divina y de los sacramentos, medios eficaces de la gracia.

Por otra parte, esos mismos Sacramentos, además de ser conductos de la gracia necesaria para la educación moral, son medios de participar de la vida cristiana, lo cual ha de orientarse toda la educación religiosa. Es, pues, imprescindible, no sólo educar al hijo mediante los Sacramentos, sino; además, educarle para la fructuosa recepción de los mismos.

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El Bautismo y la Confirmación son los Sacramentos del nacimiento y del crecimiento sobrenatural, respectivamente.

En cuanto al Bautismo, recibiéndose como se recibe mucho antes del uso de razón, no es posible una preparación o educación previa por parte de los padres. Pero sí que pueden y deben procurar hacer vivir intensamente a su hijo aquel primer y fundamental Sacramento.

Muy bueno será para ello hacerles celebrar cada año el aniversario de su Bautismo, con tanta o mayor solemnidad que su santo o cumpleaños, pues es la fecha de su nacimiento sobrenatural.

A esto puede añadirse el hacerles renovar en tal día las Promesas de su Bautismo y la profesión de fe y, sobre lodo, el explicarles con tal motivo la suma importancia y trascendencia de este Sacramento que los incorporó a Cristo y los hizo miembros de la Iglesia.

Diferente es el caso de la Confirmación. Como suele administrarse después que los niños tienen uso de razón, ya pueden los padres prepararles para ese importante acto con el máximo interés y esmero.

Además de procurar a su hijo la instrucción catequística oportuna, los padres pueden aprovechar esa ocasión en primer lugar para hacerle tomar nuevamente conciencia del Bautismo, explicándole cómo la Confirmación es un complemento del primer Sacramento, y en segundo lugar, para exponerle con el mayor fervor y unción que puedan la doctrina de la inhabitación del Espíritu Santo en el alma por medio de la gracia y la fortaleza que este divino Espíritu da en las tentaciones y peligros a quien le invoca con fervor.

La fiesta ha de celebrarse con solemnidad en la casa, pero no con comidas excesivas o superfluidades mundanas, sino con religioso fervor y alegría familiar.

Justo es que los padres cristianos sientan excitado su celo y se aprovechen de la ocasión que les brinda este Sacramento de la Confirmación para completar la formación religiosa de su hijo y hacerle ver que es un nuevo auxilio do la gracia de Dios para los especiales peligros que acechan las almas a medida que se van adentrando en el mar de la vida.

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Mucha importancia tiene para la formación religiosa de los hijos, su Primera Comunión.

La Iglesia da tanta importancia a la intervención de los padres en este asunto, que reserva al juicio de ellos y de los confesores el determinar si los niños tienen ya el suficiente desarrollo mental que se necesita para acercarse por primera vez a la Sagrada Comunión (Código de Derecho Canónico, canon 854, § 4).

La disciplina de la Iglesia en esta materia puede resumirse en los siguientes puntos:

1º) Desde que el niño empieza a raciocinar, lo cual sucede aproximadamente hacia los siete años, tiene obligación de confesar y comulgar una vez al año.

2º) Este deber tiene como consecuencia en los padres la obligación de procurarle la debida preparación.

3º) Para la primera Confesión y Comunión no es necesario un pleno y perfecto dominio de la doctrina cristiana, sino que basta el conocimiento de aquellas verdades de la fe que es necesario, con necesidad de medio, saber para salvarse y además tener una noticia suficiente del misterio eucarístico, por la cual distingan el pan consagrado del pan vulgar o común y sepan lo necesario para hacer una buena Comunión, debiendo luego seguir el estudio del Catecismo.

Según estos principios, cuando los padres observen que su hijo ha llegado al uso de razón, que distingue el bien del mal y el pan eucarístico del pan ordinario o común, gravita sobre ellos la obligación de procurarle la preparación necesaria para hacer la Primera Comunión.

Esta preparación ha de consistir no sólo en la instrucción catequística indispensable, sino además en excitar la fe y el deseo de su hijo para recibir tan gran Sacramento.

Bien está que procuren que asista a la catequesis; pero no deben resignarse a que pase una ocasión tan excepcional sin que ellos intervengan directamente en el cultivo del alma de su hijo.

Los padres han de hablar con frecuencia a su hijo de la grandeza de la Comunión, de la presencia de Jesús en la Hostia consagrada, de la pureza de alma que se necesita, de las gracias que Jesús derrama en el alma del que comulga.

En la celebración de esta fiesta debe impedirse que esta celebración familiar termine en fiesta mundana por la cual, ante la inteligencia infantil, queda como relegada a segundo término y aun eclipsada la misma Comunión, desvirtuando el fin espiritual del Sacramento.

Tal debe ser el fervor religioso con que se prepare ese día y tan destacados los diversos actos de piedad que han de llenarlo, de modo que en la mente del niño nunca deje de aparecer la Eucaristía como el centro y razón de ser de toda la jornada.

Por otra parte, después de la Primera Comunión deben los padres procurar que su hijo se acostumbre a la Comunión frecuente. Sin coacciones ni imposiciones violentas, con la fervorosa exhortación y sobre todo con el ejemplo, han de inducir a sus hijos, a esta saludable práctica.

Quedando siempre a salvo la libertad que debe haber en esta materia, y la Iglesia exige, hagan todo lo posible los padres porque su hijo se acostumbre a la Comunión frecuente desde la niñez. A medida, que vaya haciéndose mayor, deben disminuir las indicaciones e insinuaciones paternas, para que el hijo vaya actuando con más libertad y ejercitando su personalidad, es cierto; pero en toda edad es y será verdad que la Eucaristía es el mejor y más abundante conducto por el que se comunica la gracia de Dios.

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De extraordinaria e insustituible importancia es también en la formación religiosa el Sacramento de la Penitencia o Confesión, no sólo en cuanto que, como Sacramento, es vehículo de la gracia, sino, además, por su extraordinaria eficacia educadora para la formación moral de la voluntad.

Para educar la voluntad no hay medios superiores a las prácticas que la Iglesia impone a los fieles para la purificación del alma. El Sacramento de la Penitencia, por efecto sobrenatural de la gracia que comunica, cura el pecado cometido después del Bautismo, perdona las culpas pasadas y preserva de las venideras; pero, además, las prácticas necesarias para la recepción fructuosa de este Sacramento tienen grandísimo valor educativo y son de eficacia indudable para la perfección de la voluntad.

El examen de conciencia, la contrición, el propósito de la enmienda, la confesión voluntaria de las propias faltas y la satisfacción debida a la transgresión legal (esto es, a la perturbación del orden) son y serán siempre excelentes medios para enmendar la conducta de los malos.

El examen de conciencia acostumbra al que lo practica al sondeo de los bajos fondos del espíritu y a la sinceridad de reconocer ante Dios todas las propias miserias. Difícilmente será inconsciente ni orgulloso el que se acostumbra a esta práctica.

El dolor o arrepentimiento, aunque sólo se funde en motivos de atrición o temor de Dios —mucho más si nace del puro amor o contrición— purifica el espíritu al hacer que el alma deteste el pecado y lo aborrezca, la afianza en la humildad y hace surgir en el fondo del corazón un vivo sentimiento de confianza en Dios.

El propósito de enmienda fortalece la flaqueza de la humana voluntad, tanto más cuanto más intenso y sincero sea y cuanto nazca de un dolor más puro y profundo. Han sido innumerables los casos de los que en virtud de un propósito firme e irrevocable, sostenido por la gracia, han puesto fin a una vida de pecado y de desorden moral y han afianzado sus pies en el camino de la virtud, sobreponiéndose a hábitos inveterados.

La confesión voluntaria de las propias culpas es una escuela de humildad, al obligar a reconocer las propias miserias ante otro hombre; es un terrible freno para el pecado oculto, al exigir la manifestación del mismo por el que lo comete; es una fuente de inefables consuelos espirituales, por la íntima sensación de alivio que produce, semejante a la del que echa de sus hombros una insoportable carga que le apesgaba; es una medicina del alma, al hacer posible que el confesor dé los consejos y remedios oportunos; es una prueba de la sinceridad del dolor y un refuerzo para la eficacia del propósito.

Por fin, la penitencia o satisfacción es la restauración del orden moral destruido por la culpa y es un medio de hacer más profundo el dolor y más firme y duradero el propósito.

Por este motivo los padres cristianos deben conducir a sus hijos por el camino de la confesión frecuente, con suavidad y al mismo tiempo con eficacia. Nada pueden hacer mejor para su formación moral, para el robustecimiento de su voluntad y para su vida cristiana.

En la práctica, lo que los padres pueden y deben hacer con sus hijos es ayudarles a hacer el examen de conciencia; exhortarles a la sinceridad plena en la declaración de sus culpas; excitar en su corazón verdaderos sentimientos de dolor y de firme propósito; indicarles algún confesor especialmente recomendable para los niños por su celo y por el conocimiento del alma infantil, y velar por la frecuencia en acercarse a este Santo Tribunal.

Mientras los niños son pequeños, no se sienten molestamente violentados por las exhortaciones paternas o maternas de confesarse frecuentemente; pasada la pubertad, hay que dejar un margen mucho más amplio a la libertad de los hijos en esta materia y limitarse a dar ejemplo de confesión frecuente y a hacerles con discreción y sin excesiva insistencia alguna exhortación en este sentido.

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Mucha importancia tiene la Liturgia en la formación religiosa de los hijos.

La religión Católica no es una fría serie de dogmas de valor meramente especulativo o cerebral; esos dogmas están unidos a ciertas prácticas, llenas de vida, de fervor y de unción, que constituyen la Sagrada Liturgia.

Los padres deben acostumbrar a sus hijos, desde sus más tiernos años, a tomar parte en esa Liturgia y a practicarla con todo el fervor de sus almas cristianas.

Los padres deben acostumbrar a sus hijos a que asistan a las ceremonias y a que recen con la Iglesia que ora.

Entre todos los actos litúrgicos descuella la Santa Misa. Los padres han de procurar que sus hijos asistan como miembros conscientes.

Además de su valor religioso, la Misa tiene una gran fuerza educativa, pues encierra no sólo toda la fuerza de la Cruz, sino toda su divina Pedagogía. Es la representación real, para cada uno de nosotros, de la Pasión del Señor. Lo que la Cruz tiene de fuerza pedagógica para todos los siglos, lo tiene la Misa para cuantos asisten a Ella. Es la Pasión de Cristo íntimamente presente a cada generación, a cada alma. Es el libro de la Cruz, cuyas lecciones, en toda su realidad, vienen leyéndose y sin cesar se renueva en nuestros templos.

Especialmente han de procurar los padres que sus hijos tomen parte en el canto litúrgico. La Iglesia tiene cantos para todos los tiempos del año, para todos los estados o sentimientos del alma: tristes o alegres, triunfales o suplicantes, solemnes o íntimos.

Si todo canto bueno es un instrumento de educación, la Iglesia, como maestra de los pueblos, ha reunido los maravillosos cantos de su liturgia para educarlos y conducirlos hacia Dios.

Los frutos que sacarán los hijos de esa participación en la Liturgia serán múltiples. Por una parte, la religión penetrará hasta los más íntimos repliegues de su alma, será para ellos algo cálido, no frío como una escueta verdad especulativa. Además, les ayudará a sentirse miembros vivos del Cuerpo Místico. Por fin, las solemnidades litúrgicas y, sobre todo, la participación en el canto, cultivarán de una manera eficaz y limpia en ellos el sentimiento religioso.

Si las emociones y sentimientos que se despiertan en los espectáculos profanos son en muchos casos la causa de muchas caídas morales, bien puede y debe aprovecharse la Liturgia, como fomentadora y suscitadora de los más elevados sentimientos, para acercar las almas a Dios.

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Entre los muchos peligros que acechan al niño cuando va a dejar de serlo para entrar en la juventud, uno muy importante es el respeto humano con relación a la profesión y a la práctica de la fe religiosa.

Esto es tan cierto que si el joven cae en el respeto humano, podéis darlo por perdido, porque con sus mofas y burlas, el mundo le llevará sin remedio a la impiedad, no menos que al libertinaje.

Como antídotos contra este peligro tenemos:

1º) la franca profesión de fe y la práctica de la misma en el seno de la familia;

2º) acostumbrar a los niños a que fuera de casa sean ellos los que bendigan la mesa, si otro no lo hace;

3º) recordarles con frecuencia la máxima evangélica de que no se puede servir a dos señores;

4º) ponerles ante los ojos con palabras de horror los nefandos extremos a que conduce inevitablemente la impiedad.

Se ha dicho muchas veces, de acuerdo con las normas de la más sabia estrategia, que la mejor defensiva es la ofensiva. Si esto vale en el terreno de las armas, no menos en el de la lucha contra el respeto humano: el que se acostumbra desde niño a militar en el apostolado, no sólo no temerá las sonrisas burlonas y las ironías de los espíritus fuertes, sino que incluso se ganará el respeto de los mismos adversarios de su fe.

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Un último consejo: debéis procurar ampliar la formación religiosa que han recibido vuestros niños, a medida que crecen en edad, en inteligencia y en estatura.

Un joven o adolescente, con desarrollo, pasiones e inteligencia casi de hombre, no puede hacer frente a la vida con una cultura religiosa de niño.

Por eso ha escrito Tihámer Tóht: Uno de los deberes graves de la madre es ampliar, en consonancia con el desarrollo espiritual del niño, su concepto de Dios, concepto que sólo ella conoce de un modo cabal. Así como los zapatos ya no sirven al chico, del mismo modo las formas ingenuas de su fe tampoco le son apropiadas cuando ya ha crecido. No sirve para esto la educación en masa que se da en la escuela. Tan sólo una madre está en disposición de comprender el lenguaje y el alma del niño, en el grado necesario para poder profundizar el concepto que él tiene del Padre celestial, destacar más la fuerza obligatoria que siempre tiene su santa voluntad, ampliar con habilidad el círculo de deberes que se puede imponer al niño.

Esto supone, indiscutiblemente, un continuo trabajo y esfuerzo.

Hay que aplicar esta idea no sólo a la cultura religiosa, sino también a las mismas prácticas religiosas del hogar y a las mismas costumbres tradicionales.

En los primeros años será fácil ir ampliando esa cultura catequística. Pero cuando ya el niño frecuenta Centros de Enseñanza Media o Universitaria o haya adquirido un desarrollo mental notable, aun sin frecuentar los estudios, tal vez alguna madre se sentirá impotente para dar a su hijo la cultura que necesita. Entonces está en las manos de los padres procurar que otros vayan ampliando y elevando ese conocimiento de la religión que han de tener los hijos para estar a la altura de las circunstancias; poner en sus manos libros o lecturas amenas e instructivas; hacer que asistan a conferencias o círculos de estudio apropiados para ellos; cuidar de que se inscriban en asociaciones donde se amplíe esta cultura…

Los medios pueden ser diversos y variados; el objetivo o fin es siempre el mismo: que los hijos aumenten el caudal de sus conocimientos religiosos de acuerdo con sus nuevas posibilidades y necesidades.

Por eso decía Pío XII a los padres: Procurad que vuestros niños y vuestros jóvenes, a medida que van progresando en el camino de los años, reciban también una instrucción religiosa cada vez más amplia y más fundamentada, sin dejar de tener en cuenta que tanto la conciencia plena y profunda de las verdades religiosas cuanto las dudas y dificultades suelen de ordinario presentarse en los últimos años de los estudios superiores, especialmente si el educando ha de hallarse en contacto, cosa hoy difícilmente evitable, con personas o con doctrinas adversas al cristianismo.

La palabra del Papa es clara, y no menos clara y contundente la deducción que a renglón seguido hace: como a los jóvenes universitarios la instrucción cultural integral se la da la Universidad, la instrucción religiosa exige con todo derecho un puesto de honor en los programas de las Universidades y de los Centros de estudios superiores (Radiomensaje al Congreso Interamericano de Educación Católica, 7 de octubre de 1948).

Lean y relean estas palabras del Pastor Angélico los que entre nosotros tanto gustan de hacer problema de la enseñanza religiosa en la Universidad; lean y relean estas palabras los padres de los alumnos universitarios, para exhortarles a que se aprovechen lo mejor que puedan de esa enseñanza, que es un medio el más natural y expedito para que, a una cultura brillante en lo profano, no corresponda en lo religioso una cultura de niño o de aldeano.

Acerca de Fabian Vazquez

La Voz de la Tradición Católica, con la Verdad aunque duela.