SERMÓN DEL CARDENAL NEWMAN: DESILUSIONADOS




por el Beato John Henry Cardenal Newman

“No tengas miedo delante de ellos,

porque Yo estoy contigo para librarte”―oráculo de Yahvé.

Jer. I:8

Los profetas siempre fueron maltratados por los israelitas; fueron resistidos, sus advertencias desoídas, sus buenos oficios olvidados. Pero hubo esta diferencia entre los primeros profetas y los que vinieron después: los primeros vivieron y murieron honrados por su gente―claro que se trató de una honra meramente exterior, pero aunque los malvados los odiaban e intentaban obstaculizar su misión, se los exaltó y gobernaban la congregación. Moisés, por ejemplo, siempre padeció con toda clase de embrollos que le armaba su gente, pero hasta el final fue su dador de leyes y su juez. Samuel también, aunque rechazado por muchos, siempre fue objeto de reverencia, y cuando murió “se reunió todo Israel, lo lloraron y lo enterraron en su casa, en Ramá” (I Reyes, XXV:1). David murió sobre un trono real. Pero en tiempos postreros, los profetas no sólo eran temidos y odiados por los enemigos de Dios, sino expulsados de la viña. A medida que se acercaba el tiempo de la venida del verdadero Profeta de la Iglesia, el Hijo de Dios, cada vez se le parecían más en lo que a su suerte temporal se refiere. Moisés fue un gobernante; Jeremías un desahuciado: Samuel fue enterrado en paz, a Juan el Bautista le cortaron la cabeza. En palabras de San Pablo: “sufrieron escarnios y azotes, y también cadenas y cárceles. Fueron apedreados, expuestos a prueba, aserrados, muertos a espada; anduvieron errantes, cubiertos de pieles de ovejas de cabras, faltos de lo necesario, atribulados, maltratados―ellos, de quienes el mundo no era digno, extraviados por desiertos y montañas, en cuevas y cavernas de la tierra” (Hebreos XI:36-38).

De entre estos, Elías, que vivía en el desierto, y los cien profetas que Abdías escondió de a cincuenta en sendas cavernas para darles alimento (III Reyes XVIII:4), son ejemplo de estos vagabundos. Y Miqueas, que un rey idólatra dispuso para el pan y el agua de la aflicción, es un espécimen de aquellos que fueron probados con “cadenas y prisión”. De entre los que fueron aserrados y muertos a espada, Isaías es el jefe, el cual, como quiere la tradición, fue aserrado con un serrucho de madera por orden de Manasés el hijo de Ezequías. Y de entre los lapidados, ninguno es más famoso que Zacarías, el hijo de Baraquías, muerto “entre el santuario y el altar” (Mt. XXIII: 35).

Pero de entre los profetas perseguidos, el más eminente es Jeremías; quiero decir, el más famoso por eso―del que más sabemos en términos de encarcelamientos, destierros y aflicciones. Bien puede tomárselo como representante de los profetas; y de aquí que es un tipo especial de Nuestro Señor y Salvador. Todos los profetas fueron tipos del Gran Profeta cuyo camino preparaban; tendían hacia y hablaban de Cristo. En sus sufrimientos anticiparon su sacerdocio, en sus enseñanzas su oficio profético y en sus milagros su poder real. Por tanto, la historia de Jeremías, tal como la cuenta la Escritura―más detalladamente que la de otros profetas―constituye el más exacto tipo de Cristo; esto es, después de David, quien, desde luego, fue el que más se le pareció de entre todos ellos, como sufriente, como maestro inspirado y como rey. Jeremías viene después, no diré en dignidad y privilegio, pues eso le tocó a Elías que fue arrebatado al cielo y apareció cuando la Transfiguración; ni en inspiración, pues los más altos dones evangélicos le fueron conferidos a Isaías; sino en tipificar a Aquel que vino y lloró sobre Jerusalén para que después resultara torturado y condenado a muerte por mano de aquellos por quiénes había llorado. Y así, cuando vino Nuestro Señor, mientras algunos creyeron que era Elías y otros que se trataba de Juan el Bautista resucitado de entre los muertos, hubo otro que creyeron que era Jeremías.

¿Y bien? Les hablaré ahora de Jeremías como tipo de todos aquellos profetas que nos puso San Pablo como ejemplos de fe y que Santiago eligió como ejemplos de paciencia.

El ministerio de Jeremías puede resumirse en tres palabras: esperanza, trabajos, desilusión. Uno de sus privilegios fue el de ser llamado a su sagrado oficio cuando era muy joven. Como Samuel, el primer profeta, era de la tribu de Leví, consagrado desde su nacimiento a los oficios religiosos y favorecido con la gracia y la presencia constante de Dios. Cuando le fue encomendada su misión vino a él la palabra de Dios para decirle, “antes de formarte en el seno materno te conocí; y antes que salieras del seno te santifiqué; para profeta entre las naciones te he constituido” (Jer. I: 5).  Esta misión le fue encomendada al año de que Josías había comenzado su reforma. Jeremías se volvió para contestar: “¡Ah, Señor, Yahvé, he aquí que no sé hablar, porque soy un adolescente!”. Se dio cuenta de lo arduo que es el oficio de un profeta; la firmeza e intrepidez que requiere hablar las palabras de Dios. Pero el Señor le respondió: “«No digas: Soy un adolescente, sino anda a dondequiera que Yo te enviare, y habla todo cuanto Yo te dijere. No tengas miedo delante de ellos, porque Yo estoy contigo para librarte―oráculo de Yahvé». Después extendió Yahvé su mano y tocando mi boca me dijo: «He aquí que pongo mis palabras en tu boca»”.

Ningún profeta comenzó sus trabajos con más aliento que Jeremías. Había accedido al trono un rey que recordaba los tiempos del hombre según el corazón de Dios. No había habido un hijo de David tan celoso como Josías desde los tiempos del mismísimo David. Este rey era joven también, como mucho de veinte años de edad para cuando comenzó su reforma. ¿Qué no se podría realizar en el curso de unos años, por corrupto y degradado que estuviese el pueblo? Así podría pensar Jeremías. Debe recordarse también que en la Antigua Alianza la obediencia religiosa venía acompañada de prosperidad temporal. Por tanto, parecía haber toda clase de razones para que Jeremías supusiese que se avecinaba un futuro brillante para la Iglesia. Josías era aquel rey cuyo nacimiento había sido anticipado, incluyendo su nombre, trescientos años antes, cuando la idolatría de Jeroboam; aquel que había sido el vengador de la alianza de Dios, “el reparador de brechas, el restaurador de caminos, para que allí se pueda habitar” (Is. LVIII:12). Cayendo Israel (las diez tribus) en la cautividad, el cisma se había terminado; los reyes de la casa de David gobernaban otra vez sobre toda la extensión de la tierra prometida; Josías destruyó la idolatría en todas sus ciudades. Así se presentaban las bendiciones para el remanente judío. Al principio, entonces, parecía razonable anticipar una mejoría progresiva y permanente. Todo el mundo empieza siendo optimista; indudablemente, entonces como ahora, la suerte ulterior de muchos trabajadores del campo de Dios no parece ratificar las auspiciosas esperanzas con que comenzaron su oficio. Con todo, si las esperanzas de triunfar alentaron a Jeremías en sus primeros esfuerzos, en su caso bien pronto vería nubladas sus alegres ilusiones para encontrarse relegado y obligado a trabajar en tinieblas. El mensaje de Hulda al rey, a propósito del hallazgo del libro de la Ley en el templo, selló la suerte de Judá. Hulda profetizó una desgracia―una temprana remoción del buen Josías que pronto iría a su merecido descanso mientras que para la nación, que no había sido digna de él, le estaba reservada una feroz destrucción. Esta profecía fue hecha cinco años después de que Jeremías comenzó su ministerio; trabajó durante los cuarenta años antes de la cautividad; de modo que muy pronto en su carrera sus esperanzas se desvanecieron.

Pero incluso si supusiéramos que el mensaje de Hulda no le llegó, indudablemente muy pronto se desengañó, sea por la palabra de Dios que explícitamente se lo hizo saber, sea por el endurecido estado de pecado en que la nación había recaído. Seguramente en muy poco tiempo sus ilusiones resultaron destruidas y su alma habría adquirido un noble talante, más sobrio y más bendito: el de la resignación.

Llamo a la resignación un talante más bendito para el alma que el de abrigar esperanzas de ver un triunfo, porque es más verdadero, y más consistente con nuestra estado de seres caídos y por tanto, un ánimo que mejora nuestros corazones; y porque si hay algo por lo que los más eminentes siervos de Dios se destacaron, fue eso. Indudablemente, anticipar grandes resultados como consecuencia de nuestros esfuerzos en materia religiosa resulta perfectamente natural, y en sí mismo es cosa inocente, pero brota de una cierta inexperiencia del tipo de trabajo que tenemos que hacer, esto de modificar el corazón y la voluntad de hombres. Por otra parte, constituye una cosa mucho más noble trabajar sin esperanza de ver los frutos de nuestra tarea y hacerlo sólo porque la conciencia lo dicta, como una obligación que tenemos―y además, con fe en que efectivamente se seguirán bienes, por mucho que no los veamos. Escudriñad las Escrituras y veréis que los siervos de Dios, por mucho que empezaran triunfando, siempre terminaron desilusionados; no porque Dios se propone fracasar, ni que fracasen sus instrumentos, sino porque el tiempo de la cosecha de aquello que hemos sembrado es para el más allá, no el más acá; no es en vida que el hombre verá grandes frutos de su obra. Moisés, por ejemplo, arrancó conduciendo a los israelitas fuera de Egipto con singular éxito; terminó a los ciento veinte años de edad, antes de terminar su viaje y viendo que la mayor parte de los israelitas no agradaron a Dios y fueron “tendidos en el desierto” (I Cor. X:5). Las reformas de Samuel terminaron con un pueblo eligiéndose un rey, al igual que los pueblos que los rodeaban. Elías, después de sus victorias, huyó de la presencia de Jezabel hacia el desierto para llorar su desilusión. A Isaías, después del reinado religioso de Ezequías y la milagrosa destrucción del ejército de Senaquerib, le tocaron los inicuos días de su hijo Manasés. Incluso en medio de los éxitos de los primeros maestros cristianos, los apóstoles, se observa lo mismo. Después de todas las grandes obras que Dios les permitió llevar a cabo, confesaron antes de morir que lo que experimentaban, y lo que tenían ante la vista, no era sino revés y calamidad y que el fruto de su tarea no sería visto hasta que Cristo volviera a abrir los libros y recoger a sus santos de entre los cuatro rincones de la tierra. “Por su parte, los hombres malos y los embaucadores irán de mal en peor, engañando y engañándose” (II Tim. III:13). Este es el testimonio de Pedro, de Pablo, de Juan y de San Judas.

Ahora bien, en el caso de Jeremías, contamos con el registro de aquella variedad y vicisitud de sentimientos que atestiguan este tránsito desde la esperanza hasta la desilusión―por lo menos en quienes tienen sensibilidad. Sus pruebas fueron muy grandes, incluso en tiempos del reinado de Josías; pero cuando el rostro de aquel piadoso rey se retiró por razón de su temprano deceso, se vio expuesto a varias persecuciones a manos de toda clase de gente. Leemos acerca de un tiempo en el que la gente conspiraba contra él (Jer. XVIII:18); en otro, de gente de su propia ciudad, Anatot, “buscando su vida” (Jer. XI:21) por haber profetizado en el nombre de Dios. En una oportunidad fue detenido por los sacerdotes y los profetas para ser ejecutado, de lo cual sólo se salvó por mediación de ciertos príncipes y ancianos que habían permanecido fieles a la memoria de Josías (Jer. XXVI:26). Entonces, nuevamente, Fasur, el gobernador en jefe del Templo, lo golpeó y torturó (Jer. XX:2). En otro tiempo, el rey Sedecías lo encerró en una cárcel (Jer. XXXII:2). Después, cuando el ejército de los caldeos había puesto sitio a Jerusalén, los judíos lo acusaron de intentar pasarse a las filas enemigas (Jer. XXXVII:14) y lo golpearon para volver a encarcelarlo; luego lo echaron a una cisterna donde “se hundió en el lodo” y casi perece de hambre (Jer. XXXVIII:6, 9). Cuando Jerusalén fue ocupada por el enemigo, Jeremías fue llevado por la fuerza a Egipto por hombres que al principio lo habían consultado simulando reverencia por su persona, y allí llegó al fin de su carrera―como se cree, con un final violento. Nabucodonosor, el rey pagano de Babilonia y conquistador de Jerusalén, fue uno de los pocos que se mostraron amables con él. Este gran rey―que luego fue honrado por Daniel y que a la larga vino a reconocer al Dios de los cielos después de un severo castigo―al tomar la ciudad libró a Jeremías de la prisión (Jer. XXXIX:14) encomendándole al jefe de la guardia en estos términos: “Tómalo y pon en él tu ojo; no le hagas ningún daño, antes bien, trátalo según él mismo te indique”. Un etíope, otro pagano, también resulta mencionado como librándolo de la prisión.

Tales fueron sus pruebas: su aflicción, temor, desaliento e incluso de a ratos, con todo esto, inquietud, se describen prolijamente: esa sucesión y marea de estados de ánimo por los que pasa la mayoría de la gente antes de establecerse en la calma de la resignación. En un memento habla como sorprendido por su fracaso: “¿No es la fidelidad, oh Yahvé, lo que buscan tus ojos? Tú los castigaste, y no les dolió; los consumiste, mas rechazaron la corrección” (Jer. V:3). Luego, “Cosa extraña y terrible acontece en la tierra: los profetas profetizan mentira y los sacerdotes gobiernan según su antojo; y esto le gusta a mi pueblo” (Jer. V: 30, 31). En otro tiempo, expresa su perplejidad ante el desorden del mundo y los triunfos de los malvados: ”Justo eres Tú, oh Yahvé; por eso no puedo contender contigo; sin embargo déjame hablar de justicia. ¿Por qué es próspero el camino de los malvados y viven tranquilos todos los pérfidos?… Mas Tú, Yahvé, me conoces; me ves y sondeas lo que pienso de Ti.” (Jer. XII:1-3). Más adelante su mente da vueltas con el pensamiento de sus propios angustiantes trabajos y perplejidades: “¡Ay de mí, madre mía! ¿Por qué me diste a luz, hombre de contradicción como soy, y objeto de discordia para todo el mundo! A nadie he prestado dinero en usura y nadie me prestó a mí en usura, y con todo cada uno de ellos me maldice… ¿Por qué no tiene fin mi dolor; y no admite remedio mi herida desahuciada? ¿Serás para mí como un torrente falaz, como aguas que engañan?” (Jer. XV:10, 18). Estas son las penas de un tipo amable y apacible, forzado contra su voluntad a meterse en el torbellino de la vida incurriendo en el odio de quienes naturalmente le cobran enemiga. Esto mismo lo expresa en otro lugar de este modo: “No he deseado el día aciago, Tú lo sabes; lo que salió de mis labios fue recto ante Ti. No quieras causarme temor; Tú eres mi refugio en el día malo” (Jer. XVII:16, 17). Cuando Fasur lo sometió a torturas se mostró más agitado aún y dijo: “Tú me sedujiste, Yahvé, y yo me dejé seducir; Tú fuiste más fuerte que yo, y prevaleciste; por eso soy todo el día objeto de burla, todos se mofan de mí… ¡Maldito el día en que nací!” (aquí por cierto aparece incluso el lenguaje de la impaciencia) “¡No sea bendito el día en que me dio a luz mi madre!” (Jer. XX:7, 14).

Y con todo, ¿en qué terminaron estos sentimientos tan cambiantes?―en resignación. En otros lugares recurre a un lenguaje que manifiesta aquel espíritu purificado y maduro que en las almas religiosas constituye la culminación de toda la agitación y ansiedad por la que tuvieron que pasar. Aquel que en un tiempo no sabía cómo consolarse, más adelante será enviado a consolar a un hermano; y, al consolar a Baruc, le habla con un temple más noble, con una resignación que ocupa el lugar de las encendidas esperanzas y los temores abrumadores, y da parte de una fe calma y gran paz interior. “Así dice Yahvé, el Dios de Israel, respecto de ti, oh Baruc: Tú dijste: «¡Ay de mí, porque Yahvé ha añadido dolor a mi dolor! Cansado estoy de gemir y no hallo descanso.» Esto dice Yahvé: He aquí que lo que he edificado, lo voy a derribar, y voy a desarraigar lo que he plantado en toda esta tierra, pues es mía. ¿Y tú buscas para ti grandes cosas? ¡No las busques!, pues mira, Yo voy a traer males sobre toda carne, dice Yahvé, pero a ti te daré la vida como botín en cualquier lugar adonde vayas “ (Jer. XLV:4,5)―esto es, no busques el triunfo, no seas impaciente, no te inquietes, estáte contento si después de todos tus trabajos logras salvarte, por mucho que no veas sus frutos.

Y bien, mis hermanos, esto que acabo de decir, ¿se aplica a todos nosotros, o sólo a los profetas? Se aplica a todos nosotros. Pues todos vivimos en un mundo que promete grandes cosas, pero que no cumple; y todos (tomando nuestras vidas como un todo dejando aparte las perspectivas religiosas) comenzamos con esperanza y terminamos desilusionados. Indudablemente, en esta vida hay mucha diferencia en las pruebas por las que cada cual tiene que pasar, cosa que depende de los temperamentos y las fortunas de cada cual. Y sin embargo está en nuestra naturaleza empezar la vida sin cuidados y gozosamente: de un modo u otro todos nos proponemos alcanzar grandes cosas; abrigamos vagas nociones de bienes por venir; creemos en todas sus promesas y buscamos la satisfacción y la felicidad que tiene para ofrecer. Y así como está en nuestra naturaleza el abrigar esperanzas, así también, a medida que avanza la vida, por fuerza nos encontramos con desilusiones. Sé que hay muchos entre la gente retirada que pasan sus días sin grandes contratiempos, bien que, incluso en esos casos, los más pensantes tendrían mucho que decir sobre el particular si se les preguntase, y que las apariencias engañan. Pues resulta indiscutible que la desilusión, de una manera u otra, constituye la suerte del hombre (esto es, contemplando sus esperanzas aparte de las que ponen en el otro mundo): y esto, porque, a falta de otro argumento, si comenzamos con vida y salud, acabamos enfermos; o, en otras palabras, se termina nuestra vida y ese final constituye, en sí mismo, un fracaso. Incluso entre los que terminan sus días más apaciblemente, ¿acaso los viejos no lamentan, más o menos vívidamente, que ya no son tan jóvenes? ¿Por ventura no añoran los días pasados? E incluso el placer del recuerdo, ¿acaso no viene acompañado de un cierto dolor porque todo aquello pasó? ¿Y por qué sucedería esto si no es porque han perdido algo que alguna vez tuvieron, mientras que al comienzo de la vida pensaban en adquirir algo que aún no tenían? Una doble desilusión.

Ahora bien, ¿es por culpa de la religión que tenemos una concepción tan triste de las cosas? No. Es por experiencia. Es cosa de este mundo; es un hecho del que no podemos escaparnos (la Biblia no dice una sola palabra acerca de la naturaleza perecedera de los placeres de esta vida).

Y es aquí entonces, donde Dios mismo nos ofrece su auxilio mediante su palabra y su Iglesia. Si nos dejaran solos, buscaríamos el bien en este mundo y no podríamos hallarlo: cuando jóvenes miramos hacia adelante, cuando viejos, atrás. No estará del todo mal entonces que oportunamente adquiramos sabiduría y proveamos para el día malo. ¿Andamos a la caza de grandes bienes? Debemos buscarlos donde se hallan realmente y del modo en que se encuentran; hemos de buscarlos tal como Él los dispuso para nosotros, Aquel que vino al mundo para que los tuviésemos. Hemos de disponernos a renunciar a la esperanza presente por un gozo futuro, dejar este mundo por el invisible. La verdad (por mucho que nos cueste admitirlo francamente) es que de entrada nuestra naturaleza no está dotada para disfrutar de la felicidad, incluso si se nos ofreciera. La buscamos, y sentimos su necesidad; pero (es raro esto, y sin embargo, es así) no estamos listos   para ser felices. Por tanto, si nos lanzamos enseguida a la caza de los gozos, será como un bebé que intentara caminar antes de contar con la fuerza necesaria. Si quisiéramos adquirir verdadera felicidad, debemos cesar de buscarla como un fin; hemos de posponer el proyecto de gozar de ella. Pues es de saber que nuestra naturaleza está caída: antes de que podamos recibir nuestro bien más grande, necesitamos pasar por una transformación, ser convertidos en otra cosa. Y así como cuando estamos enfermos se nos somete a remedios penosos, o tratamientos molestos, así ocurre con nuestras almas: para resultar capaces de una paz duradera y estable, hemos de pasar antes por dolores, practicar auto-negaciones, someter nuestra voluntad y purificar nuestro corazón. Excepto de este modo fastidioso e indirecto, el intentar obtener la felicidad resulta una causa perdida: es como construir sobre arena, pronto los cimientos cederán, por mucho que por un tiempo la casa parecía bella. Estar irreflexivamente alegres, consintiéndonos y haciendo lo que nos viene en gana en modo alguno se condice con nuestra situación real, no es compatible con nuestro verdadero estado. Tenemos que aprender a conocernos y albergar pensamientos y sentimientos de llegar a ser nosotros mismos. Las alegrías indisciplinadas y las impetuosas esperanzas le sientan mal al pecador. ¿Acaso debería rechazar el mal concepto en que se tiene y el agudo dolor y la mortificación de sus deseos naturales quien por culpa suya hizo que el Hijo de Dios bajara del cielo para morir por él en la cruz? ¿Por ventura podrá vivir una vida placentera y llamar al mundo su casa mientras lee en el Evangelio acerca de la vida llena de aflicción y tribulaciones de su Salvador?

No puede ser: preparémonos para el sufrimiento y la desilusión que nos caben como pecadores que somos y que resultan necesarios si hemos de alcanzar la santidad. No retrocedamos ante las pruebas que Dios nos pone por delante ni seamos cobardes en el combate por la fe. “Velad; estad firmes en la fe; comportaos varonilmente” (I Cor. XVI:13), así es la exhortación de San Pablo. Cuando los alcance la tribulación recuerden aceptarlo como medio de mejorar vuestros corazones y recen a Dios por su gracia para que así sea. Miren la desilusión de frente. “Tomad ejemplo en las pruebas y la paciencia de los profetas… Ved cómo proclamamos dichosos a los que soportan” (Jac. V:10,11). No renuncien a vuestros intentos de servir a Dios, por mucho que parezca que no sirve de gran cosa. Vigilen y oren y obedezcan a vuestra conciencia, aunque no puedan percibir vuestros propios progresos en la santidad. Perseveren, puesto que no pueden sino seguir adelante; créanlo, aunque no lo ven. Cumplan con las tareas de vuestra incumbencia, por desagradable que les resulte. Eduquen a vuestros hijos cuidadosamente en el buen camino, aunque no pueden decir hasta qué punto Dios ha tocado su corazón. Que vuestra luz ilumine a los hombres y alabad a Dios con una vida consistente, aun cuando aparentemente otros no glorifican a su Padre por eso, ni parecen beneficiarse con vuestro ejemplo. “Echa tu pan sobre la faz de las aguas, que al cabo de mucho tiempo lo hallarás… Siembra tu semilla muy de mañana, y a la tarde no dejes reposar tu mano, porque ignoras qué es mejor, si esto o aquello, o si ambas acciones surten el mismo efecto” (Eclesiastés, XI:1, 6). Perseverad en la senda estrecha. Los profetas pasaron por padecimientos comparados con los cuales los nuestros son cosa de risa; la violencia y la astucia se combinaron para torcerlos, pero ellos continuaron por el camino recto y ahora descansan en paz.

Ahora bien, sé perfectamente que todo este asunto disgusta a mucha gente que dice que deberíamos estar alegres. “Se nos exhorta a alegrarnos, ¿por qué pedir que nos entristezcamos?”. Se los pido para que un día podáis gozaros más perfectamente. “Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados” (Mt. IV:4). “Los que siembran entre lágrimas, cosecharán entre cantares” (Ps. CXXV:5). Os exhorto a que toméis la cruz de Cristo, que carguéis con su corona. Dadle vuestros corazones y resolveréis la dificultad, cómo los cristianos pueden estar dolientes y sin embargo siempre jubilosos (II Cor. VI:10). Hallaréis esa ligereza de corazón que Él sabe otorgar, bien que para ganarla en alguna medida siempre habrá que pasar antes por un tiempo de aflicción, para quedar luego pensativos por siempre jamás.

Pero os debo una advertencia: al principio deberán tomar sus palabras como buenas, confiar en ellas; de otro modo no hay remedio. Él dice: “Venid a Mí… y Yo os haré descansar” (Mt. XI:28). Han de empezar con fe: al principio no verán adónde os conduce, ni cómo la luz saldrá de entre las tinieblas. Tienen que empezar negando vuestros deseos naturales―un trabajo penoso; habrá que abstenerse del pecado, levantarse sobre la propia melancolía, preservar la lengua de palabras dolosas y las manos de tratos engañosos y los ojos de todo lo que no es más que vanidad. Pero además, estar atentos a los asomos de ira, de soberbia, de impureza, de obstinación, de celos; aprender a soportar por amor a Cristo la befa de gente sin religión; forzar los pensamientos para seguir las palabras de la oración, por mucho que resulte difícil, teniendo delante el pensamiento de Dios a lo largo de todo el día.

Podrán hacer todo esto con tal de que acudan al poderoso auxilio de Dios Espíritu Santo que les ha sido dado; y mientras siguen aquel camino, entonces, en lenguaje del profeta: “nacerá tu luz en medio de las tinieblas, y tu obscuridad será como el mediodía. Entonces Yahvé te guiará sin cesar, hartará tu alma en tierra árida, y dará fuerza a tus huesos; serás como huerto regado y como manantial de agua cuyas aguas nunca se agotan.” (Is. LVIII:10, 11).

VISTO EN:DEVOCIÓN CATÓLICA