ESPECIALES DE CRISTIANDAD CON EL P. CERIANI: SOBRE LA BULA CUM EX APOSTOLATUS OFFICIO – 3º PARTE Y FINAL

Presentamos a continuación la Tercera Parte (y final) que componen el Especial de Cristiandad con el P. Ceriani de julio 2011.

Sería muy adecuado que pudiera ir escuchando la exposición y leyendo el texto de la misma.

Audio de la Tercera Parte del Especial (para escuchar)

Bájelo a su ordenador desde aquí:

https://ar.ivoox.com/es/player_ej_24968130_4_1.html?c1=ff6600

TERCERA PARTE:

CUARTA CUESTIÓN:

Posibilidad de la deposición

de un Papa canónico en virtud de la Bula

 Planteo de la cuestión

En las páginas 23 y 24 de su comentario a la Bula, el Doctor Carlos Alberto Disandro plantea el problema de esta manera:

“Un solo punto permanece en la penumbra o en el trasfondo del texto, una sola cuestión que es preciso de todos modos formular, a saber: según esta doctrina de Paulo IV ¿puede un papa legítimamente electo, no afectado ni hasta el instante de la elección ni en el proceso siguiente hasta su entronización, podría pues ese papa canónico (con toda la fuerza de este enunciado) caer en herejía o cisma y por ende incurrir en la automática deposición que señala y precisa la Bula? En otras palabras, ¿podría ser considerado este texto romano un antecedente explícito para la doctrina que se resume en la sentencia: Papa hæreticus est depositus?

Explícitamente el documento no enumera ni incluye ese caso. Conviene anticiparlo. Implícitamente creo que sí, y que es probable la suposición de que la minuciosa y prolija deliberación compartida por Paulo IV con sus teólogos, consejeros, o cardenales más lúcidos, haya llevado en este tema a una solución más bien sugerida que formulada, en razón de las especiales circunstancias de la Iglesia, con el concilio de Trento interminado. En otras palabras, es difícil pensar que escapara al análisis del problema la cuestión del Papa hereje. De los tres niveles que implica el problema, a saber, la jerarquía episcopal o cardenalicia hereje, papa electo de modo írrito, papa canónico incurso en herejía, los dos primeros se imponían por la experiencia que enfrentaba el Pontificado en vastos aledaños de su otrora indiscutida prerrogativa. El tercero se cernía inevitablemente en la compulsa teológica, tal como creo resulta de un análisis más ceñido del texto latino.”

Es evidente que un planteo tal del problema, habiendo establecido ya la conclusión, hace que “el análisis más ceñido del texto latino” tenga por deducción que un papa canónico sea incluido allí donde Paulo IV no lo incluyó.

Recordemos que en toda polémica mal llevada no son los argumentos los que determinan la conclusión; sino que es la conclusión la que va en busca de cualquier argumento.

Lo cual equivale a decir en este caso que, si es nuestra intención probar que el papa canónico está afectado por la Bula, corremos el peligro de ceñir el análisis tanto cuanto sea indispensable, aún a riesgo de deformar el texto, y hacerle decir lo que queremos que diga.

Demos lugar ahora al “análisis más ceñido del texto latino”, para que resalte la importancia de mi interpretación del documento: me ciño al texto y no lo deformo.

Papa canónico a fide devius

Disandro comienza diciendo en la página 24:

“En efecto, es verdad que Paulo IV recuerda de paso la sentencia Romanus Pontifex omnes iudicat, a nemine in hoc sæculo iudicandus, lo que parecería contradecir todos los pormenores de la Bula que atañen al caso preciso de un papa en funciones. Pero no es así: se entiende la sentencia de quien conserva la legitimidad in re, pues de otro modo serían contradictorios los párrafos 6 y 7. Por eso a continuación de la sentencia antedicha agrega que Romanus Pontifex, si deprehendatur a fide devius, possit redargui, usando un verbo (deprehendi) y un giro (a fide devius) de fuerte referencia al sujeto que el contexto siempre entiende de una grave situación o coyuntura contra la fe. Eso despierta el recuerdo de la profecía de Daniel y por lo mismo la responsabilidad directa del pontífice. Pues debemos notar que tanto el giro ya subrayado, como la mención de la profecía no atañen a los recursos inconvenientes, desviados o heréticos de cardenales u obispos, pues eso comienza a puntualizarse en el parágrafo 2, sino al deber estricto del pontífice (de que hablan la introducción y el parágrafo 1) en el cuidado de la Fe.”

Dada la importancia que este documento tiene, la cual es resaltada por el mismo Disandro, parece inimaginable pensar que Paulo IV “recuerde de paso” la sentencia según la cual el Romano Pontífice a todos juzga y no puede ser juzgado por nadie en este mundo.

Precisamente porque no es un recuerdo pasajero, sino algo que está bien presente en la mente del legislador, “en todos los pormenores de la Bula” sistemáticamente es excluido el “caso preciso de un papa en funciones”, es decir, “de quien conserva la legitimidad in re y no puede ser juzgado por nadie una vez que le fue conferida.

Destacamos una vez más la necesidad del análisis desapasionado del texto. Teniendo en cuenta esto, Paulo IV, después de haber declarado en el § 6 írrita, nula y sin efecto la elección de quien hubiese incurrido en herejía previa, en el § 7 permite sustraerse a la obediencia de quien fuera así promovido, pero manda prestar estricta obediencia y fidelidad a los canónicamente electos. Luego, no hay contradicción alguna.

Porque esto es así y no de otro modo, a continuación de la sentencia antedicha agrega que el Romano Pontífice, si fuese sorprendido en una desviación de la Fe, puede ser argüido, impugnado, reprochado, hacérsele ver su error, etc.

Es el caso de San Pedro y San Pablo en Antioquia: San Pedro no andaba rectamente conforme a la verdad del Evangelio (“non recte ambularent ad veritatem evangelii“, Gálatas 2:14), y San Pablo le resistió cara a cara, por ser digno de reprensión (“in faciem ei restiti, quia reprehensibilis erat“, ídem 11).

Paulo IV en el parágrafo tercero de su Bula sanciona con la deposición, no sólo a los que hayan incurrido en herejía o cisma, sino también a los que se hayan desviado de la Fe Católica; asimismo sanciona en el parágrafo quinto a los que hayan favorecido la desviación de la fe, la herejía o el cisma. En ninguno de los dos casos nombra al Romano Pontífice.

Ya comenzamos a comprobar la conveniencia, utilidad y necesidad de anticipar que el documento no enumera ni incluye explícitamente al Papa.

Dado que el Romano Pontífice canónicamente electo, conservando la legitimidad in re, juzga a todos y no puede ser juzgado por nadie; y en caso de desviación de la Fe solo puede ser argüido; mas considerando el grave peligro que significaría que un hereje pudiese ser elegido Papa; precisamente por estas tres cosas es que Paulo IV viene a anular la elección de quien hubiese incurrido en algún crimen contra la Fe.

Como “el giro ya subrayado y la mención de la profecía atañen al deber estricto del Pontífice en el cuidado de la Fe” es por eso que se lo menciona explícitamente sólo en los §§ 1, 7 y 6: en un caso, tratándose del Papa canónico (§§ 1 y 7); en el otro, anulando la elección (§ 6), porque sabe que una vez canónicamente electo, ya no podrá ser juzgado.

Disandro continúa:

“Supuesto que deba entenderse así el contexto, o sea que un papa canónicamente electo a fide devius possit redargui, lo que prepara por lo mismo la abominación en el lugar santo, ¿cómo entenderíamos, en el marco de la Bula, la perduración o cesación de su investidura? ¿Un papa a fide devius sigue siendo papa? El contenido del sujeto está mencionado como una posibilidad cierta, la extrema consecuencia avizorada en la profecía también; en medio de estas dos instancias, ¿qué decir de ese pontífice? Por analogía parecería imponerse la conclusión que surge de toda la orientación conceptual del documento, a saber, ha perdido su legitimidad.”

“Supuesto que deba entenderse así el contexto” (y el texto también), tales como los entiende Disandro, evidentemente no cabe otra conclusión: ¡“ha perdido su legitimidad”!… a pesar de que esto sea “por analogía” y contra el texto de Paulo IV y su contexto.

Entendiendo como lo entiende Paulo IV y cualquiera que lea sin pasión ni prejuicio, no cabe sino una conclusión: un Papa canónicamente electo juzga a todos y no puede ser juzgado por nadie en este mundo; reclama estricta fidelidad y obediencia; si es hallado desviado de la Fe, puede ser argüido, reprochado o impugnado.

Por lo tanto, en el documento de Paulo IV no encontramos la doctrina: un Papa canónicamente electo y en funciones puede desviarse de la fe, incurrir en herejía o caer en cisma y, por alguno de esos motivos, ser depuesto. (cfr. el de nuestros puntos fundamentales ya vistos).

En las notas que acompañan su traducción, el Profesor Sequeiros dice que este párrafo sobre el Pontífice Supremo es el que más sufre la rapiña de los intérpretes: cada uno se aferra al jirón que le interesa y en general todos descuidan la comprensión de su totalidad.

Los papólatras detienen la lectura al enterarse de que “nadie puede juzgarlo en este mundo” y pasan como sobre ascuas por el resto de la frase.

En cambio, quienes pretenden incluir al Papa canónicamente electo entre los depuestos por la Bula a causa de herejía subrayan la proposición consecutiva y su subordinada condicional (“al punto que el S. P…. si fuera sorprendido en una desviación de la fe podría a su vez ser impugnado“), dándole un valor absoluto, sin precisar el significado de las palabras ni estudiar su relación con la proposición relativa intercalada, que traducimos entre guiones.

A. La referencia al Pontífice y a una fórmula tradicional sobre su autoridad ocupa un lugar central en el proemio, según vimos en la nota 5, I, d.

Por eso mismo tampoco es una disposición de castigo al Pontífice legítimo.

B. Pero el aspecto más importante para la interpretación de este pasaje es su obligada referencia a la antiquísima tradición de textos sobre la inmunidad judicial del Sumo Pontífice, que culmina en el Código de Derecho Canónico con la sucinta fórmula del canon 1556 (“La Primera Sede no puede ser juzgada por nadie“) y tiene su paradigma evangélico en la corrección de San Pablo a San Pedro (Gal. 2, 11 y ss.).

Nuestro objetivo especifico, la ponderación de las palabras de la Bula, nos impone confrontarlas con las de un famoso canon del Decreto de Graciano que, al parecer, expresaría más claramente la posibilidad de juicio al Papa:

Huius culpas istic redarguere præsumit mortalium nullus, quia cunctos ipse iudicaturus a nemine est iudicandus, nisi deprehendatur a fide devius” (Corpus Iuris Canonici

Es decir: En ese punto, ninguno de los mortales se atreve a reprochar sus culpas (las del Papa), porque él, que juzgará a todos, no debe ser juzgado por nadie, salvo que sea sorprendido en una desviación de la fe“.

Rogamos al lector que vuelva a leer ahora el texto latino de la Bula y nuestra traducción, antes de continuar con los siguientes comentarios:

Nos considerantes rem huiusmodi adeo gravem, et periculosam esse, ut Romanus Pontifex, qui Dei, et Domini Nostri Iesu Christi vices gerit in terris, et super gentes, et regna plenitudinem obtinet potestatis, omnesque iudicat, a nemine in hoc sæculo iudicandus, possit, si deprehendatur a fide devius, redargui;

Nos, considerando tan grave y peligrosa esta realidad, al punto que el Romano Pontífice —que en la tierra es Vicario de Dios y de Nuestro Señor Jesucristo y mantiene sobre pueblos y reinos la plena potestad y a todos juzga, sin que nadie pueda juzgarlo en este mundosi fuera sorprendido en una desviación de la fe podría a su vez ser impugnado;

I. En estos y otros textos similares hay dos proposiciones:

a) el Pontífice, juez supremo, no puede ser juzgado por nadie en este mundo;

b) si se desvía de la fe, el Pontífice puede ser reprochado, reprendido (reprehendi), argüido, impugnado (redargui), acusado (accusari) o juzgado (iudicari). Los términos varían según los autores y enseguida volveremos sobre ellos.

II. Observemos que también varía la relación entre ambas proposiciones:

a) En el canon del Decreto de Graciano la última frase, una condicional restrictiva, parece dejar claramente asentada la posibilidad del juicio al Papa si “se desvía de la fe“.

Sin embargo no lo interpreta así San Roberto Belarmino, contemporáneo de Paulo IV, en De Romano Pontifice L 4, c, 7:
Aquellos cánones no quieren decir que el Pontífice como persona privada pueda errar heréticamente, sino tan sólo que el Pontífice no puede ser juzgado. Puesto que no es del todo cierto que pueda a no ser hereje el Pontífice, por esto, para mayor cautela, agregan una condición: a no ser que sea hereje“.

b) Aun suponiendo que no se acepte la explicación del sabio Doctor sobre esos cánones, en la Bula de Paulo IV la relación entre las dos proposiciones de la fórmula ha sido indiscutiblemente modificada en el sentido expuesto por el santo: el peso está cargado sobre la inmunidad jurídica del Papa, no sobre la posibilidad de que resulte impugnado par aquella desviación.

En efecto: no hallamos la fuerte restricción del otro texto (nisi = salvo que…); al contrario, los alcances de la impugnación están limitados, en primer término, por la frase previa intercalada, una larga proposición atributiva del sujeto, que además de la condición de juez supremo no juzgable destaca otros dos aspectos de la autoridad papal: ser el reemplazante de Dios y mantener la plenitud del poder.

III. Agreguemos dos observaciones sobre el vocabulario:

a) Hemos traducido redargui como “ser impugnado a su vez“; el prefijo re- indica que se contesta con una impugnación y el contexto no deja dudas sobre quiénes pueden ser los contestatarios.

El campo semántico de arguere abarca una gradación que asciende desde “mostrar claramente (un error)” y “reprochar” hasta “juzgar” o “acusar” (que implica asimismo un juicio).

Descartamos los dos significados últimos porque contradeciría al modelo evangélico la idea de que el Papa no juzgable… pudiera ser juzgado si se desvía de la fe.

b) Devius a fide, “desviado de la fe” podría por su parte interpretarse como sinónimo de “hereje” en el canon de Graciano pero no en esta Bula donde Paulo IV lo distingue de la herejía reiteradamente a partir del § 2, art. .

Un Papa legítimo puede desviarse de la fe; sólo eso concede el augusto legislador en el pasaje que nos ocupa. (Por el contrario, la nota marginal del editor al comienzo del § 3, para reflejar sin equívocos su contenido, debería continuar: “… o herejes, cismáticos, etc.“).

IV. La relectura de Gálatas 2, 11 y ss. confirma nuestras precisiones léxicas: San Pedro, el primer Papa, andaba desviado, desencaminado de la fe, “con pasos no rectos hacia la verdad del Evangelio” = “non recte ambularet ad veritatem evangelii“).

San Pablo no lo enjuicia ni lo depone sino “lo enfrenta cara a cara” = “in faciem ei restitit“), “porque era digno de reprensión” = reprehensibilis erat“).

Observamos:

a) San Pablo enfrenta, reprende, reprocha, arguye, corrige (endereza, vuelve al camino recto…). Traduciendo por “impugnar” (= combatir, Dicc. R. A. E.) hemos elegido el matiz más fuerte dentro de la gama que excluye la acusación o el juicio. Y al mismo tiempo, el término más fiel al espíritu y la letra del enfrentamiento evangélico.

b) “Desviarse de la fe” significa precisamente “andar con pasos no rectos en cuanto a la verdad del Evangelio“, según la palabra griega creada por San Pablo en este pasaje.

No es lo mismo que ser hereje o apostatar (deficere, recedere a fide); en estos casos hay, respectivamente, negación pertinaz de una verdad o abandono completo de la fe. (Cfr. Código de Derecho Canónico, c. 1325, 2º).

Con palabras más breves y profundas que las nuestras ya Santo Tomás había explicado aquel incidente (S. Theol. 2, 2, q. 33, 4º): Por eso también Pablo, que estaba subordinado a Pedro, lo arguyó (arguit) en público a causa del peligro inminente de escándalo en cuanto a la fe. Y así glosa (San) Agustín: «el propio Pedro dio ejemplo a los superiores para que no desdeñen ser corregidos incluso por sus subordinados cuando por casualidad hayan abandonado el sendero recto»”.

Para papólatras y papoclastas…

 

En conclusión: Paulo IV, cuyo autor predilecto era Santo Tomás de Aquino (Pastor, op. cit, pag. 65), al reformular la sentencia tradicional la restauró en el prístino sentido del paradigma evangélico.

V. Ya vimos que todo este pasaje está planteado como consecuencia de la situación histórico-religiosa creada por “los que se alzan contra la disciplina de la fe ortodoxa“.

La mayor parte de la nota presente habría sido innecesaria si los intérpretes no hubieran parcelado el texto “con quiméricos, fingidos artificios“, porque las ideas se encadenan con evidente sencillez: la rebelión protestante es tan grave y peligrosa que hasta el Papa, a quien nadie ha de juzgar en la tierra, podría sin embargo ser impugnado si lo sorprendieran en desviación de la fe.

Es absurdo pensar que Paulo IV, que quería restablecer la potestad absoluta —incluso temporal— del papado y conjurar la peligrosa rebelión, hubiera puesto la Cabeza en la boca del lobo, sugiriendo a los herejes la posibilidad de acusar y deponer a un Papa verdadero. Por el contrario: reafirmó la autoridad papal en el sentido explicado por San Roberto Belarmino y procuró en el párrafo siguiente cortarles el camino hacia las jerarquías más elevadas.

VI. Para finalizar, el Profesor Sequeiros trae otro texto inserto en el Decreto de Graciano y atribuido al Papa Eusebio († 331), cuyo tenor parece concordar más felizmente que el de “Bonifacio” con las palabras de Paulo IV y con el espíritu de la corrección paulina:

Las ovejas encomendadas a su pastor no pueden reprenderlo (salvo que se haya apartado de la órbita de la fe), ni acusarlo de ningún modo.

Oves quæ suo pastori commissæ sunt, eum nec reprehendere (nisi a fide exorbitaverit), nec nullatenus accusare possunt“. (Secunda Pars, Causa II, q. VII, C. 13).

Mal uso de la analogía

Disandro da un paso más, y dice en la página 25:

“En segundo lugar deducimos la misma conclusión a partir del parágrafo 5, que trata de quienes hayan favorecido, protegido o promovido la herejía. Esos incurren en las mismas sanciones de la Bula. Ahora bien, si en ese caso se consideran depuestos de sus dignidades, oficios y beneficios, obispos, cardenales, etc. ¿cuál sería el motivo para excluir a quien tiene la responsabilidad mayor para impedir se cumpla la profecía antedicha? Por analogía es evidente que un papa canónicamente electo, y que promoviera, protegiera o alentara la herejía o los herejes perdería los títulos de legitimidad canónica, y cesaría de ser pontífice. Esta conclusión coincidiría con un pasaje del parágrafo 2, donde la enumeración de cargos y dignidades con jurisdicción dice: de cualquier grado, condición y preeminencia incluso obispos, arzobispos, etc. o de cualquier otra dignidad eclesiástica. ¿Cuál podría ser en la Iglesia esa “otra dignidad”, si a continuación el párrafo menciona: cardenales, legados, etc.? ¿No se sugiere inequívocamente la dignidad jurisdiccional del pontífice Romano? Creo que sí.”

La respuesta al interrogante es tan sencilla como clara: el motivo por el cual Paulo IV excluye explícitamente al Papa es:

* o porque Paulo IV es de la opinión que un Papa canónicamente electo no puede favorecer, proteger o promover positiva y voluntariamente la herejía;

* o porque considera que, aún concediendo que esto ocurriese, no hay lugar a la deposición en virtud del derecho eclesiástico, puesto que la Primera Sede por nadie en este mundo puede ser juzgada, ni siquiera por un Papa posterior.

El sólo hecho de que en un documento de tanta importancia se excluya explícitamente al Sumo Pontífice, tiene que hacernos pensar que algún motivo grave e importante debe existir. Si ninguna de las dos razones avanzadas por nosotros es la correcta, otra será la causa. El legislador no está obligado a darla.

Responder que “es evidente” que en tales suposiciones el Papa “cesaría de ser pontífice” es, al menos, temerario; pero extraer esta conclusión “por analogía” y ciñendo un texto hasta deformarlo es una grave irresponsabilidad.

Disandro dice: “Por analogía es evidente que un papa canónicamente electo, y que promoviera, protegiera o alentara la herejía o los herejes perdería los títulos de legitimidad canónica, y cesaría de ser pontífice” (pág. 25)

Jurídicamente es inaceptable hablar de analogía en materia penal.

Cualquier estudiante de derecho penal sabe perfectamente que esto es cierto; conviene sin embargo consultar el Código de Derecho Canónico para fundamentar nuestra afirmación.

Recurrimos a los cánones 11, 15, 16, 18, 19, 20 y 2219, cuyo contenido resumo. Hago notar que estos cánones, a través de su ordenamiento numérico, presentan un crescendo en cuanto a su precisión y contundencia.

1°) La inhabilidad de la persona debe ser establecida por la ley expresa o equivalentemente (cn. 11).

Ahora bien, “la dignidad jurisdiccional del pontífice romano” no está establecida “expresamente”.

Y “alia maiori” (otra mayor), si bien equivale a la “dignidad eclesiástica Episcopal, Arzobispal, Patriarcal, Primacial” o de Exarca, Corepíscopo, Archimandrita o cualquier otra que lleva aneja la potestad episcopal o cuasi-episcopal, no es equivalente a la suprema y plena potestad del Romano Pontífice.

Los cánones 108 y 218 no dejan lugar a dudas sobre este punto.

Tampoco “el honor del cardenalato y el cargo de una legaciónestablecen equivalentemente la dignidad suprema del Sumo Pontífice.

Luego, el “papa canónicamente electo” no está enumerado en el texto de Paulo IV.

Pero, si la duda persiste:

2°) Las leyes, incluso inhabilitantes, no obligan en la duda de derecho (cn. 15), es decir cuando se duda acerca de la existencia, sentido, extensión de la ley. En caso de duda de derecho, la ley no es completa en sí misma y se considera inexistente y por lo mismo no produce su efecto propio.

Además:

3°) Las leyes eclesiásticas deben entenderse conforme a la significación propia de sus palabras consideradas en el texto y en el contexto (cn. 18). Puede ser que la significación permanezca dudosa; en ese caso hay que recurrir a los lugares paralelos, al fin y circunstancias de la ley y a la mente del legislador (cn. 18).

El texto, el contexto, el fin y circunstancias de la ley, y la mente de Paulo IV no dejan lugar a duda sobre la significación de la ausencia de la palabra “Sumo Pontífice”.

¿Cabe una sugerencia inequívoca sobre la dignidad jurisdiccional del pontífice?… El siguiente canon responde:

4°) Las leyes que establecen alguna pena deben interpretarse estrictamente (cn.19) tomando las palabras en sentido propio riguroso…

Mas cuando la palabra no existe… dirá Disandro, recurramos a la analogía o a la solución más bien sugerida que formulada. Pero la Iglesia ha previsto todo:

5°) Cuando sobre una materia determinada no existe prescripción expresa de la ley, la norma debe tomarse de las leyes dadas para casos semejantes, de las principios generales del derecho aplicados con equidad canónica, del estilo y práctica de la Curia Romana, del parecer común y constante de los doctores (cn. 20).

Disandro está a sus anchas, el Código, si bien meramente disciplinario, le da la razón

¡Pero no!… “nisi agatur de pœnis applicandis“. Los referidos principios supletorios que llenan las lagunas jurídicas no tienen aplicación cuando se trata de leyes penales. (cn. 20).

Y por si fuera poco:

6°) Además de tener que interpretarse más benignamente la materia penal, no se puede extender la pena de una persona a otra, o de un caso a otro caso, aunque haya la misma razón, o aún más (cn. 2219).

Luego, la interpretación benigna, sin pasión, indica que no se debe incluir al Sumo Pontífice; la otra regla impide aplicar al Papa las penas de Obispos, Arzobispos, Patriarcas, Primados, Cardenales y Legados, incluso si la razón fuese la misma
o más grave por tratarse del “que tiene la responsabilidad mayor para impedir se cumpla la profecía”.

Queda claro desde el punto de vista canónico que la aplicación de la analogía es inaceptable en esta materia por tratarse de derecho penal.

Deformación de un texto

Como acabamos de ver, para reforzar su conclusión, Disandro utiliza la enumeración del § 2, en la cual cree ver “sugerida inequívocamente la dignidad jurisdiccional del pontífice romano”

Hagamos un paralelo para comprobar si esto es así.

Traducción de Disandro,

Texto original

Nuestra Traducción

“… de cualquier GRADO, CONDICIÓN Y PREEMINENCIA, INCLUSO OBISPOS, ARZOBISPOS, PATRIARCAS, PRIMADOS, o de cualquier otra dignidad eclesiástica superior; o bien CARDENALES, o LEGADOS perpetuos o temporarios de la Sede Apostólica, con cualquier destino; o los que sobresalgan por CUALQUIER AUTORIDAD O DIGNIDAD temporal, de conde, barón, marqués, duque, rey, emperador,… “

“… cuiuscumque status, gradus, ordini, conditionis, et præminentiæ existant, etiamsi Episcopali, Archiepiscopali, Patriarchali, Primatiali, aut alia maiori dignitate Ecclesiastica, seu Cardinalatus honore, et Apostolicæ Sedi ubivis locorum, tam perpetuæ quam temporalis Legationis munere, vel mundana etiam Comitali, Baronali, Marchionali, Ducali, Regia, et Imperiali auctoritate, seu excellentia præfulgeant,…

“… cualquiera sea el estado, grado, orden, condición y preeminencia que ostenten, aunque resplandezcan por una dignidad Eclesiástica Episcopal, Arzobispal, Patriarcal, Primacial u otra mayor, o por el honor del Cardenalato y por el cargo de una Legación —ya perpetua, ya temporaria— de la Sede Apostólica en cualquier destino o asimismo por una autoridad o excelencia mundana de Conde, Barón, Marqués, Duque, Rey y Emperador,… “

Hago notar aquí la ausencia de “estado” y “orden“, “honor” y “cargo“, así como también un desliz en la traducción: el verbo præfulgeant (sobresalgan o resplandezcan) lleva como complementos “dignitate Ecclesiastica”, “Cardinalatus honore”, “Legationis munere” y “mundane auctoritate seu excellentia”.

Esto nos prueba que:

1°) o la “traducción castellana” no ha sido “cuidadosamente pensada”, a pesar de que Disandro lo afirma en el Prólogo a la segunda edición (página 7),

2°) o realmente lo ha sido, lo cual significaría que el error es voluntario y tiene una finalidad, aumentando la responsabilidad del traductor.

El que sin duda fue cuidadosamente pensado es el texto de la página 25 que comentamos y sobre el cual volvemos: “… de cualquier grado, condición y preeminencia, incluso obispos, arzobispos, etc. o de cualquier otra dignidad eclesiástica. ¿Cuál podría ser en la Iglesia esa “otra dignidad”, si a continuación el párrafo menciona: cardenales, legados, etc.? ¿No se sugiere inequívocamente la dignidad jurisdiccional del Pontífice Romano? Creo que sí”.

Como método para resaltar aquello sobre lo cual quiere llamar la atención, en la traducción utiliza, sin advertir al lector, las mayúsculas; aquí el procedimiento es otro: recorta el texto, agrega los “etc.” y formula dos preguntas que responde como el oráculo de Delfos, sin afirmar ni negar, sino con un sugerente “creo que sí”.

El resultado es una verdadera deformación del pensamiento e intención del legislador y un engaño, (quizás un autoengaño), violatorio de la conciencia del lector.

Ruego a quien me lee, compare con atención el texto original, nuestra traducción y la de Disandro, así como también esta última con su texto de página 25.

La diferencia de esta versión con el resto es enorme, y se agrava la responsabilidad por el hecho de que es posible e incluso muy probable que gran parte de los lectores del trabajo de Disandro sólo retengan lo dicho en el comentario, sin pasar a la traducción y menos al original latino.

En efecto, no es lo mismo decir:

“o de cualquier otra dignidad eclesiástica superior”

Que decir:

“o de cualquier otra dignidad eclesiástica”

Y mucho menos:

u otra mayor

Y además ¿qué finalidad tiene la primera interrogación?: “¿Cuál podría ser en la Iglesia esa “otra dignidad”, si a continuación el párrafo menciona: cardenales, legados, etc.?”

Explicamos:

Paulo IV aplica las penas a los que han incurrido en la culpa, sean estos de cualquier estado, grado, orden, condición y preeminencia; y aunque resplandezcan por una dignidad eclesiástica, o por el honor del Cardenalato y por el cargo de una Legación, o por una autoridad o excelencia temporal.

Por lo tanto, en el pensamiento del legislador, no es lo mismo “una dignidad Eclesiástica” que el “honor del Cardenalato” o el “cargo de una Legación“.

Entre las dignidades eclesiásticas, diferentes del honor del Cardenalato y del cargo de una Legación, distingue o enumera: la Episcopal, la Arzobispal, la Patriarcal, la Primacial “u otra mayor” (aut alia maiori); o como quiere Disandro: “otra superior”).

Ahora comprendemos la importancia y gravedad del desliz en la traducción “cuidadosamente pensada”: alia maiori forma parte de las dignidades Eclesiásticas que, con el honor del Cardenalato y el cargo de una Legación resplandecen entre las autoridades espirituales junto a las temporales.

Esto se prueba por la forma incorrecta de traducir Episcopali, Archiepiscopali, Patriarchali, Primatiali, Cardinalatus, y Legationis.

No hace falta saber latín para darse cuenta que allí no dice obispos, sino episcopal; arzobispos sino arzobispal, etc.

¿Por qué traduce Disandro, OBISPOS, ARZOBISPOS, PATRIARCAS, PRIMADOS? Todo parece indicar que para su interpretación necesita unir “dignidad eclesiástica” a otra superior, y entonces ya no puede traducir episcopal, arzobispal, etc.

¿Por qué no traduce “honore” y “munere“? No hace falta dominar la lengua latina para advertir que no es algo superfluo que pueda omitirse en la traducción. Aquí también para su interpretación parece necesitar CARDENALES y LEGADOS.

Ahora bien la potestad de jurisdicción eclesiástica tiene sólo dos grados de institución divina: el Supremo Pontificado y el Episcopado subordinado (canon 108). Por institución eclesiástica se añadieron otros muchos grados, según las necesidades de los tiempos.

Todos los canonistas enseñan que los oficios y las dignidades anejas a esos cargos se dividen, en razón de la potestad de jurisdicción, en “maiora et minora” es decir, “mayores y menores”.

Esta distinción entre dignidades mayores y dignidades menores la establece el mismo Paulo IV en la Bula que analizamos.

En efecto, en el § 3 dice: “…nec ullo unquam tempore ad eorum pristinum statum, aut Cathedrales, Metropolitanas, Patriarchales, et Primatiales Ecclesias, seu Cardinalatus, vel alium honorem, aut quamvis aliam maiorem, vel minorem dignitatem (…) restitui, reponi, reintegrari, aut rehabilitari possint…”

Es decir, “… y nunca jamás puedan ser restituidos, repuestos, reintegrados o rehabilitados a su prístino estado, o a Iglesias Catedrales, Metropolitanas, Patriarcales y Primadas, o al Cardenalato u otro honor, o a cualquier otra dignidad mayor o menor… “, (Subrayados nuestros).

Son oficios o beneficios mayores (llamados “ápices dignitatum vel prælaturæ maiores”) aquellos que llevan aneja la potestad episcopal o cuasi-episcopal, o sea: Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos, Coadjutores, Auxiliares, Vicarios y Prefectos Apostólicos, Administradores Apostólicos, Abades o Prelados nullius, Vicarios generales y Capitulares.

Sólo Prümmer incluye al Sumo Pontífice entre las dignidades mayores; sin embargo los cánones 108 y 218 no dejan lugar a dudas sobre este punto, que, por otra parte, no está en discusión con Disandro, quien, al traducir mal, ni siquiera llega a considerarlo.

Han desaparecido de la Iglesia latina los Exarcas, los Corepíscopos y los Archimandritas. Los Patriarcas y los Primados han quedado, pero con un titulo sin jurisdicción (canon. 271).

En la Iglesia oriental la jurisdicción no tiene grados puramente titulares, sino que todos tienen poder jurisdiccional. Los grados son: Patriarca, Metropolita, Obispo, Exarca, Vicario patriarcal, Obispo auxiliar, Corepíscopo, Archimandrita, Protopresbítero y Presbítero.

En consecuencia, el texto de Paulo IV debe entenderse así: “… aunque resplandezcan por una dignidad Eclesiástica Episcopal, Arzobispal, Patriarcal, Primacial u otra mayor“, es decir, de Exarca, Coadjutor, Auxiliar, Corepíscopo, Archimandrita, Vicario Apostólico, Prefecto Apostólico, Administrador Apostólico, Abad nullius, Prelado nullius, Vicario general o Vicario Capitular.

Si en tiempo de Paulo IV estaban vigentes todas estas dignidades eclesiásticas, no podemos precisarlo; si el legislador tuvo intención de abarcar posibles futuras dignidades, no podemos probarlo.

Lo cierto y claro es que se refiere adignidades Eclesiásticas“, incluso las mayores o que llevan aneja la potestad episcopal o cuasi-episcopal, entre las cuales solo enumera cuatro e incluye el resto bajo el nombre genérico (“alia maiori“) sin descender a la especie.

Existen 11 enumeraciones de aquellos a los cuales afectan las disposiciones de la Bula: una en el § 2, cinco en el § 3, una en § 5, dos en el § 6, una en el § 7 y otra en el § 8.

En las siete primeras y en la última se excluye explícitamente al Sumo Pontífice.

En las tres restantes se hace referencia a él, en las dos del § 6 para invalidar la elección pontifical y en la del § 7 para exigir fidelidad y obediencia al Papa canónicamente electo.

Los listados octavo y noveno, del § 6, se refieren a los jerarcas eclesiásticos cuya promoción o asunción es nula por herejía previa. Aquí, sí está explícitamente mencionado el (pseudo) pontífice, las dos veces.

Además, aquí la enumeración ascendente culmina con el “Romano Pontífice”; en el § 2, no, a pesar de que la lista paralela, la de las autoridades mundanas, alcanza el rango más alto, el de Emperador. También esto prueba que Paulo IV cumple con la prudentísima obligación de todo legislador: explicitar delitos y delincuentes.

Paulo IV habla de aquellos que resplandecen por una dignidad Eclesiástica, o por el honor del Cardenalato y por el cargo de una Legación. Ahora bien, por sobre estas tres categorías está la suprema y plena potestad de jurisdicción del Romano Pontífice (canon 218).

Por lo tanto:

1) no es lo mismo en el texto de Paulo IV sobresalir o resplandecer por una dignidad Eclesiástica mayor que hacerlo por el honor del Cardenalato y por el cargo de una Legación.

2) con mayor razón, muy diferente es brillar por la suprema y plena potestad.

3) esa “otra dignidad” de Disandro es la “alia maiori” (otra mayor) de Paulo IV, dignidad eclesiástica que lleva aneja la potestad episcopal o cuasi-episcopal entre las que sólo enumera las de Obispo, Arzobispo, Patriarca y Primado.

Todo lo que llevamos dicho en este largo comentario constituye una prueba más de la necesidad absoluta e impostergable de anticipar que el documento no enumera el caso del Papa canónico entre los posibles incursos en herejía y, como consecuencia de ello, depuestos.

Si fuese necesario explicitar más, doy tres razones:

1ª) En el caso de alguien incurso en herejía antes de su elección o promoción al Sumo Pontificado, la elección es nula, y el oficio no es legítimamente recibido. No tenemos “papa hereje” por la sencilla razón de que no tenemos Papa.

2ª) En el caso de que un papa canónicamente electo se desviase de la Fe, según la Bula “possit redargui”, es decir, podría ser argüido, impugnado; pero no acusado de incurrir en herejía, tenido por hereje y depuesto.

Esto queda claro considerando y comparando los §§ 1, 2, 3, 6 y 7.

Tres son los elementos a tener en cuenta: las dignidades eclesiásticas, las faltas en las que pueden incurrir y las consecuencias que se siguen de ello.

En el § 1 se nombra explícitamente al Romano Pontífice y dice que si fuese sorprendido en una desviación de la Fe, puede ser argüido, impugnado.

En el § 2 se nombra equivalentemente a Obispos, Arzobispos, Patriarcas, Primados, Legados y Cardenales, y dice que serán penados con las antedichas sentencias, censuras y castigos los que de entre ellos se desvíen de la Fe, o incurran en herejía o cisma, o los fomenten.

En el § 3, Paulo IV completa las medidas canónicas y nombra equivalentemente por tres veces a Obispos, Arzobispos, Patriarcas, Primados, Cardenales y Legados, y dice que quedarían privados de sus jerarquías los que de entre ellos se desvíen de la Fe, o incurran en herejía o cisma o los fomenten.

Por lo tanto:

1º) Paulo IV distingue entre “apartarse de la Fe” y “caer en herejía o cisma”.

2º) Cuando hace referencia al Papa canónico, dice que puede apartarse de la Fe.

3º) Cuando hace referencia a las otras dignidades eclesiásticas, sin nombrar al Papa canónico, dice que pueden apartarse de la Fe e incurrir en herejía o cisma.

4º) Al Papa canónico desviado de la Fe se lo puede argüir, impugnar.

5º) A las dignidades eclesiásticas desviadas de la Fe o incursas en herejía o cisma, las priva de sus oficios.

En el § 6 invalida la elección de aquellos que previamente a la misma se hayan apartado de la Fe o hayan incurrido en herejía o cisma, o los hayan provocado. Aquí incluye la dignidad papal.

En el § 7 dice que se debe fidelidad y obediencia a los Obispos, Arzobispos, Patriarcas, Primados, Cardenales, o al Romano Pontífice, canónicamente electos.

Repito: la Bula de Paulo IV no incluye ni enumera explícitamente el caso de un Papa depuesto por herejía.

Ruego se me perdone esta insistencia, pero la superficialidad y precipitación con que son sostenidas sentencias tan graves, me hacen temer que en muchos casos puedan ser aceptadas de igual manera.

3ª) Hemos visto que la Bula no incluye ni explícita, ni implícitamente, ni por analogía el caso del Papa canónico entre los que pueden favorecer o promover la herejía y ser por ello depuestos. La Bula no lo contempla en su § 5.

¿Podría realmente un Sumo Pontífice determinar que, si otro Sumo Pontífice, válida y canónicamente en funciones, fuese sorprendido desviado de la fe o favoreciendo la herejía, por lo mismo perdería el pontificado y la legitimidad del oficio?

En virtud del principio ya visto, “par in parem potestatem non habet”, y del otro principio establecido por el canon 1556, según el cual “la primera sede no puede ser juzgada por nadie”, considero que no.

Es un principio del derecho fundado sobre la naturaleza de las cosas, que un igual no puede juzgar a su igual: “non habet imperium par in parem“.

Cabe destacar que el canon 1556 tiene como fuente la Bula de Paulo IV, § 1.

Hasta el momento, la única legislación aplicable sería el canon 188, 4º, en el sentido que he explicado en el otro artículo publicado en la revista Roma Æterna Nº 112, págs. 13 y 14.

Si esta legislación fuese de Derecho Divino en este punto y respondiese a lo que éste establece sobre los herejes o cismáticos notorios, la argumentación sería muy fuerte.

Pero tengamos en cuenta que el canon 188 también tiene como fuente el § 1 de la Bula de Paulo IV, y no el § 5.

CONCLUSIÓN

Concluyo diciendo:

* Que la Bula “Cum ex Apostolatus officiofue abrogada por el Código de Derecho Canónico incorporándose a éste parte de lo que aquella legislaba. (Segunda y Tercera Cuestiones).

* Que la elección del Romano Pontífice se rige únicamente según la Constitución de Pío XII, del 8 de diciembre de 1945, y las reformas legitimas que haya sufrido posteriormente (esto no lo hemos analizado).

* Que ningún Cardenal puede ser excluido de la elección activa o pasiva bajo pretexto o por causa de cualquier impedimento eclesiástico.

* Que todo seglar, sacerdote, obispo o cardenal que hubiese sido excomulgado en forma vitanda o por sentencia declaratoria o condenatoria, si fuese elegido como papa, la elección seria nula.

* Que la Bula de Paulo IV no incluye la dignidad papal entre aquellos que pueden incurrir en herejía o cisma y ser depuestos por ello (Cuarta Cuestión).

Padre Juan Carlos Ceriani