ESPECIALES DE CRISTIANDAD: TEXTO LATINO DE LA BULA CUM EX APOSTOLATUS OFICCIO CON TRADUCCIÓN Y NOTAS

Con el objeto de ir preparando el Especial de Radio Cristiandad con el P. Ceriani sobre la Bula del Papa Paulo IV, presentamos este texto que facilitará la comprensión y ayudará a seguir el importante programa que realizaremos desde mañana en nuestros estudios. Acompañamos el mismo con un archivo PDF la edición bilingüe latín – castellano a dos columnas. En el siguiente enlace se encuentra el archivo con la traducción en PDF:

Bula CUM EX APOSTOLATUS OFFICIO edición bilingüe

 BULA CUM EX APOSTOLATUS OFFICIO

del Papa Paulo IV

Texto Latino, con Traducción y Notas de Néstor Adrián Sequeiros

Buenos Aires, marzo de 1990

NOTAS PRELIMINARES

1ª) Motivos de esta publicación

Hace ya más de una década Carlos A. Disandro divulgó el texto de la Bula Cum ex apostolatus officio, del Papa Paulo IV (1555-1559), acompañado por su traducción castellana y una breve introducción. (Citado en adelante como Bula…).

¿Para qué editar y traducir otra vez un documento como ese, de vigencia muy discutible o simplemente abrogado por el Código de Derecho Canónico en 1917? (Cfr. argumentos de Disandro en “Prec. doctr.“, sobre todo págs. 3 a 16, y del Padre Ceriani en “Contra papólatras y papoclastas“, en adelante: C. P. P.

La opinión normal se encuentra en los tratadistas de primera magnitud como, por ej., Coronata, Inst. Iuris Can. I, pág. 370, nota: “Ya no está en vigencia la Constitución de Paulo IV «Cum ex ap. off.» que excluía a los herejes (de la elección papal), en cuanto era una prescripción de derecho eclesiástico.” Ídem: Wernz-Vidal, I. C. II, pág. 415).

Primero, justamente para complementar el estudio del Padre Ceriani, que refuta las tesis disandristas: aseguramos al lector la consulta del documento, por si no tuvo o no tiene fácil acceso a la edición de Disandro).

Segundo, porque creemos útil y necesaria una versión castellana más clara en su presentación formal, que alivie al público no especializado el esfuerzo impuesto por un estilo de sostenido rigor y densidad (cf. nota 4).

Procuramos asimismo brindar una traducción guiada por una doble exigencia metodológica: el mayor ajuste posible al texto latino y la independencia de toda interpretación previa.

Final y principalmente, en razón de que la Bula, más allá de la discusión sobre su vigencia, sigue siendo un elemento clave en la actual polémica entre tradicionalistas de diverso calibre y latitud y fue utilizada espuriamente, tanto para oponerse a la infalibilidad papal en el siglo pasado (Cf. nota 5 II) como para pontificar la actual vacancia de la Sede Romana.

Aquí está de nuevo el texto famoso, pero para ser estudiado como merece y obliga toda obra importante: en su idioma original, insustituible por cualquier traducción, en el marco preciso de la disciplina jurídica correspondiente, en la adecuada perspectiva histórica.

Sabemos, por cierto, que se han auto-eximido de ese compromiso —hasta el día del Juicio— los integrantes de la burocracia religiosa oficialista: ellos son los “perros mudos” de que habla Paulo IV, “impedidos de ladrar” por su mansa sumisión al modernismo conciliarista predominante, la única verdadera secta, porque ha cortado amarras con la Iglesia de siempre, tratando de echar por la borda no sólo el latín, el derecho canónico, la historia del catolicismo y su teología, sino hasta la Barca misma, imagen tan absurda como la desesperanza en el cumplimiento de la Promesa Divina al primer Papa, que también parecen olvidar muchos sedevacantistas: “las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella” (Mat. 16, 18) y “Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca” (Luc. 22, 32).

2ª) La traducción de Disandro

Sin desconocer los méritos de su traducción, lamentamos ciertos énfasis que condicionan la lectura, además de otras desprolijidades dañosas para la “integridad del texto”.

En efecto: sin advertir al lector, traduce con mayúsculas, inexistentes en el original, las frases que le interesa destacar en vista de su comentario o “introducción”. No nos escandalizamos por estas pequeñas licencias académicas, aunque la mejor tradición filológica europea, bien conocida por Disandro, no acostumbra entrometer mayúsculas en la traducción de una edición bilingüe que se precie: tal procedimiento significa una falta de respeto a los lectores, tanto a los que saben latín (porque intenta forzarlos hacia una determinada interpretación del texto) como, sobre todo, a los que no lo saben —la mayoría— y están indefensos ante las argucias del tecnicismo tipográfico. Así, el traductor pierde imparcialidad, haciéndose sospechoso de querer dirigir ab initio la intelección del tema… y la conciencia de los lectores incautos.

Particularmente confusa es la traducción disandrina de ciertos términos canónicos que, si bien tuvieron a través de la historia significados fluctuantes y aún hoy, después del Código, suelen presentar según el contexto un sentido estricto y otro lato, reclaman por eso mismo un tratamiento filológico más atento.

Destacamos ahora el caso de “dignidad”, que Disandro utiliza indiscriminadamente para traducir cuatro vocablos distintos: dignitas (Bula…, p. 32, renglón 5° ante finem; p. 36, r. 8° a.f.; p. 38, r. 10º, etc.), excellentia (Id., p. 34, r. 1º); munus (Id., p. 36, r. 14º) y status (Id., p.36, r. 11º a.f.; p. 38, r. 6º. Emplea también esa palabra para traducir un texto latino que no la tiene expresamente: “… asunción a la dignidad de Cardenal o de Romano Pontífice.” (Id., p. 43, r. 6 del § 6. En forma literal: “… asunción a Cardenal o a Romano Pontífice”, es decir: “… como Cardenal… etc.”).

Todo esto sería insignificante —correcto incluso, en algunos casos— y nuestros recelos léxicos se reducirían a minucias técnicas, si la palabra en cuestión no estuviera implicada en un pasaje de la Bula (§ 2) donde, según Disandro, Pablo IV “sugiere inequívocamente” la posibilidad de deponer a un Papa canónicamente electo de su “dignidad jurisdiccional” (en términos precisos: de su “poder jurisdiccional”, cf. canon 218 del Código de D. C., 1917).

Ligada con este comentario (Bula…, p. 25), la reiteración de “dignidad” en la traducción disandrina contribuye, tal vez no intencionalmente, a desorientar al lector.

Descuidos menores, que no perturban la comprensión de los problemas centrales de la Bula, constituyen algunas palabras y frases omitidas en la traducción: Jesu Christi; plenius, (§ 1). deviasse; status; ordinis (§ 2); seu alias eis subditos; aut alias quomodolibet; vel alium honorem; sæcularis; præeminentiæ; aut alia maiori; haberi (§ 3); plenam fidem adhiberi debere decernimus (§ 9).

Las pocas erratas del texto latino (Legationibus, § 2; perpetuam, § 3, por ej.), inexistentes en la 1ª edición, provienen sin duda del copiado a máquina.

3ª) El texto latino que ofrecemos

Reproduce el del “Bulario Magno” preparado por Carlos Cocquelines y publicado en Roma por Jerónimo Mainardi al promediar el Siglo XVIII, cuyo título general es Bullarium Magnum, seu novissima et accuratissima bibliotheca apostolicarum constitutionum opera et studio Caroli Cocquelines. Romæe, Typis et Sumptibus Hieronymi Mainardi. 1739-1762. 14 tomos en 28 volúmenes. (Los seis primeros llevan un título algo diferente, como puede verse en la portada del 4º. Ese tomo incluye la Bula Cum ex apostolatus officio en págs. 354 a 357).

Esta “amplissima collectio”, que contiene disposiciones pontificias desde San León Magno (440) hasta Benedicto XIV inclusive (1758), “es una excelente edición, hecha cuidadosamente sobre los originales conservados en los archivos secretos del Vaticano” (D. T. C., art Bullaire).

Además, hemos cotejado su texto con los de otras dos publicaciones:

a) el Magnum Bullarium Romanum, editado en Lyon (Imprenta Borde, Arnaud & Rigaud, 1655, 4 tomos) por el monje Ángel María Cherubini, continuador de la obra de su padre Laercio, jurisconsulto romano que dio el nombre de “Bularios” a estas colecciones de Letras Pontificias que comenzaron a imprimirse en la época del Concilio de Trento.

Disandro transcribe el texto de esta edición, la cuarta de las seis publicadas por los Cherubini, dos de cuyos tomos (no el 1º, donde está nuestro documento) fueron puestos en el Index “hasta ser expurgados” por incluir una bula falsa y otra alterada. (Cf. D. T. C., art. citado).

b) las Codicis Iuris Canonici Fontes
(Romæ, Typis Polygl. Vaticanis, 1923-1932, 6 vols.), editadas por el Cardenal Pedro Gasparri, responsable principal de la preparación, publicación e interpretación oficial del Código de 1917. Los siete primeros parágrafos de nuestra Bula ocupan las págs. 163 a 166 del vol. I.

Aclaremos finalmente que los Bularios no fueron códigos eclesiásticos sino obras desprovistas de autoridad canónica, pues carecieron de la aprobación oficial de los Papas, salvo el promulgado por Benedicto XIV con sus propias Letras.

La importancia y utilidad de estas colecciones particulares reside en el hecho de permitir el acceso a la única fuente del derecho universal eclesiástico durante el período comprendido entre los Concilios de Trento y Vaticano I: las disposiciones pontificias vigentes, derogadas o caídas en desuso. (Cfr. D. T. C., art. cit., y Gutiérrez de Arce, Manuel; “Estudio Preliminar” al Bulario Índico de Balthasar de Tobar, Sevilla, C.N.I.C., 1954, p. XIV).

4ª) Características de nuestra traducción

Supuesta la intención de lograr la mayor fidelidad posible al texto latino, es necesario aclarar algunos aspectos formales, para dar al lector de habla española una idea más exacta del original.

a) Las “Letras Apostólicas” (cf. nota 7 III) presentan por lo general un discurso continuo.

La división en parágrafos se debe a los editores, al igual que los respectivos subtítulos marginales, qua tratan de sintetizar el contenido de cada parte. Permiten una lectura más ágil y por eso los conservamos en la traducción, aunque intercalados por razones de espacio.

b) Hemos adoptado una diagramación similar a la de las leyes modernas, o sea, con articulación numerada de los considerandos (“Exordio” y § 1) y de las resoluciones objeto de sanción jurídica.

Además, estos articulados se distinguen mediante sangrías de sus núcleos respectivos, centro de la parte dispositiva: los últimos, que corresponden por lo general a proposiciones sintácticas principales, comienzan en el margen. (Cf. §§ 2, 3, 6 y 8 a 10).

Tales procedimientos procuran facilitar visualmente la lectura de un texto arduo por la amplitud de sus cláusulas (Cf. notas 5 I b y III), por la sutileza de su vocabulario canónico, por la escrupulosa insistencia de sus prescripciones.

La estructura de la frase latina, con su tensión significativa en ascenso hasta culminar en el verbo final, permite que un especialista avezado siga sin mayores extravíos el desarrollo de las ideas. Imposible mantener esa disposición en castellano sin caer en un estilo pesado, por su oscuridad o por la repetición de ciertas frases a fin de no perder el hilván de los conceptos.

c) Advertimos al lector que hemos resaltado en la traducción con negrita y rojo los ocho verbos que precisan el carácter jurídico de las disposiciones papales en los §§ 2 y 3 (cuatro en cada uno). El único objetivo de este destacado es permitir también una rápida referencia visual a los centros que rigen el extenso articulado.

d) Los corchetes encierran palabras o frases que no están en el original, pero resultan necesarias o convenientes para mayor claridad de la expresión castellana.

5ª) Composición de la Bula

Una somera descripción de las partes en que se despliega el contenido resulta útil no sólo como ayuda sinóptica, sino para interpretar debidamente el valor de los elementos particulares en el conjunto de este documento concreto, evitando distorsiones interesadas.

Según la división formal adoptada por los editores, el texto abarca un “exordio” o introducción y diez parágrafos, cuya temática parcial procuran condensar los subtítulos marginales.

Un resumen más extenso ofrece Disandro en las págs. 18 a 21 de su Introducción a la Bula, destacando ciertos elementos que le interesan.

Pero si atendemos con previsible método al desarrollo temático general, advertimos que, más allá de esas divisiones externas y por sobre la compleja trama de referencias doctrinales, históricas y jurídicas, la Bula presenta una estructura de clara sencillez y sólida unidad, en perfecta articulación, incluso, con los amplios segmentos de su sintaxis.

Distinguimos así tres partes principales en el documento, completadas por una cuarta sección, que hoy llamaríamos “de forma” (§§ 8 a 10), con requisitos protocolares comunes en las Bulas:

i) La “introducción” y el § 1 —al modo de los “considerandos” en la legislación actual— describen las causas que determinaron las resoluciones tomadas por el Pontífice en las dos partes siguientes.

ii) En el § 2 Pablo IV confirma las condenas establecidas contra herejes y cismáticos por los Pontífices, Concilios y otras autoridades anteriores.

iii) Desde el § 3 hasta el § 7 inclusive, el Papa sanciona, establece, decreta y define nuevos castigos, dirigidos específicamente contra los jerarcas eclesiásticos y autoridades mundanas.

iv) En los últimos tres parágrafos se deroga expresamente toda disposición contraria (§ 8), se prescriben las formalidades de la publicación (§ 9) y se fulmina la sanción contra los infractores (§ 10).

Ampliando la descripción de las tres primeras partes, propias de esta Bula, observamos que:

I. Los dos primeros apartados se suceden y complementan con vínculos tan estrechos que constituyen en realidad un solo proemio: allí se resume el contexto doctrinal e histórico donde se inscribe el documento. Es obvia la importancia de estudiarlos con mayor cuidado a fin de ponderar mejor el sentido y alcance de las resoluciones papales.

a) Resulta evidente que los dos primeros subtítulos adjudicados por los editores distorsionan en parte la referencia al contenido. Ambos podrían aplicarse al proemio entero, pues así como las “causas” se presentan desde el comienzo del texto, también el § 1 integra el “exordio”, es decir, su trama inicial.

b) En estricta sintaxis, ambas divisiones no son otra cosa que sintagmas causales subordinados a los cuatro verbos principales del § 2 (aprobamos y renovamosy queremos y decretamos). Es decir, los tres párrafos forman una sola oración compuesta, que rebasa los límites de la puntuación utilizada en la época (Sobre la relación de estos giros causales con los verbos del § 3°, ver luego el apartado III).

c) Pasando al análisis de esas causas, observamos que la primera (“considerando” ) es el deber del Pastor de Roma: la concreta obligación de enfrentar la herejía protestante que disgrega el rebaño y difunde el error, pervirtiendo sutilmente la inteligencia de las Escrituras, es decir, iniciando en los tiempos modernos lo que Disandro denomina con acierto “guerra semántica” (Bula…, pág. 18).

La causa siguiente (§ 1, ), a su vez, está prevista por el Papa como consecuencia de la anterior, a la que remiten expresamente las palabras “realidad tan grave y peligrosa“: se trata de la posible impugnación a un Pontífice legitimo desviado de la fe, en relación con la cual Paulo IV cita también otra parte de una antigua sentencia; el Vicario de Dios “a todos juzga sin que nadie pueda juzgarlo en este mundo“.

La tercera causa (§ 1, ), que surge también de aquel primer “peligro mayor”, precisa la necesidad de evitar la acción perniciosa de los poderosos, clérigos y laicos, sobre las almas.

A ellos se refiere sin duda alguna este considerando, no al Pontífice; contra ellos solamente fulminará Paulo IV los castigos a partir del § 2, para impedir el acceso de herejes y cismáticos a las jerarquías más altas, incluida la suprema; y en relación inmediata con ellos —no con la posible desviación del Papa, como quiere Disandro (Bula…, pág. 24), pues eso pertenece al considerando anterior— se “despierta el recuerdo de la profecía de Daniel” sobre la desolación del lugar santo.

La cuarta causa (§ 1, ), en fin, expresa el deseo papal de atacar a los enemigos de la grey cristiana, cumpliendo con su obligación pastoral señalada al comienzo del documento.

d) La disposición temática de las cuatro causas confirma nuestra observación de que las dos primeras partes constituyen un proemio único: al deber pontificio de la primera corresponde el deseo de cumplir con su tarea de Pastor, expresado en la cuarta. En el medio se sitúan las otras dos, referidas a sendos objetivos fundamentales en la vida y el pontificado de Paulo IV: la reafirmación de la autoridad papal () y la reforma de la Iglesia, con la depuración de sus dignatarios y la lucha frontal contra los herejes (). (Cf. Pastor, Hist. de los Papas XIV, págs. 64 – 68).

Esta arquitectura, que destaca los elementos centrales de una serie, se llama composición anular o circular —lugar común de todo estudiante de filología— y por su equilibrio artístico es la más frecuente en los autores clásicos griegos y latinos, totalmente familiares para el autor de la Bula (id., pág. 65).

También las imágenes, acumuladas en el proemio, se estructuran de ese modo: 1ª) al pastor vigilante del comienzo corresponde su tarea de atrapar zorras y lobos, enunciada al final; 2ª) siguen hacia el centro del conjunto dos imágenes de la Iglesia sufriente: la escisión de la túnica inconsútil y la abominación de la desolación; 3ª) en medio de estas imágenes se encuentra la figura del Vicario de Cristo, autoridad y juez supremo, destacada en la sentencia de larga tradición.

II. Hasta aquí se habían expuesto los motivos de las decisiones papales, “que nunca se consideran como normas propiamente dichas“. (Pastor, op. cit., pág. 261, acerca de nuestro texto).

Subrayamos esta acotación de Pero Grullo —y de Pastor— porque su olvido hizo que algunos “quisieran atribuir a esta bula un carácter dogmático y de cátedra” (ibid.), meneándola contra la declaración de la infalibilidad papal en el siglo pasado.

El § 2 inicia la parte dispositiva, constituyendo una primera sección de la misma donde se renuevan, como vimos, las sanciones de autoridades anteriores.

III. Las medidas propias de este Papa ocupan los próximos cinco parágrafos. Suponen, obviamente, las causales de los dos primeros, que también se subordinan a los verbos del § 3 (sancionamos, establecemos, decretamos y definimos) y se conectan, par medio de la expresión et nihilominus (“y asimismo”), con dos nuevos considerandos.

Estos concretan la tercera causa del § 1, detallando contra quiénes se dirigen los castigos de Paulo IV.

Si se hubiera observado un poco la armazón sintáctica de la Bula (desplegada en una sola oración desde su inicio hasta finalizar casi el § 8; ver el ap. I b de la presente), no se habría perdido tiempo buscando por sus resquicios la inclusión de un papa legitimo entre los condenados.

La falta de puntuación y el estilo “amplio”, destinados a desalentar a los antiguos falsificadores de la letra (cf. nota 7, III), motivó la confusión de los modernos intérpretes de su espíritu.

A partir de aquí se puede seguir fácilmente la subdivisión temática con la ayuda de las notas marginales.

Los veinte artículos que contienen las medidas decretadas son proposiciones objetivas dependientes de los verbos principales del § 3.

Además, a partir del § 6 estas subordinadas dependen también del predicativo subjetivo adiicientes (“… agregando… “): recién acá añade Paulo IV el caso del pontífice írrito por herejía previa a su promoción (§ 6) y da licencia a los súbditos de los herejes para que se abstengan impunemente de obedecerlos, siguiendo en cambio a los futuros Pontífices y dignatarios elegidos en forma canónica (§ 7).

Se ve con claridad que la separación del texto debe hacerse de modo que coincidan el comienzo de este parágrafo 7 con el del articulo 19º (en el texto latino: liceat omnibus… “); así también se soluciona, sin dejar de lado la subdivisión temática, la dificultad formal que le preocupa a Disandro (Bula…, pág. 44, nota) y al Padre Barbara (Forts dans la Foi 42, pág. 411).

6ª) Paulo IV

Cuando Juan Pedro Carafa, decano del Colegio Cardenalicio, fue elegido como 227º sucesor de San Pedro el 23 de mayo de 1555, fiesta de la Ascensión, contaba 79 años pero mantenía la salud vigorosa de siempre.

Alto, delgado, todo nervios, majestuoso y elástico en su leve caminar, ya escasos los cabellos en su cabeza grande, “su rostro, rodeado de una espesa barba, no era hermoso, pero de una gravedad llena de expresión; en su fina boca había un gesto de acerada fuerza de voluntad; en los hundidos y negros ojos brillaba como fuego y rayo el ardor interior del italiano del sur” (Pastor, op. cit., pag. 61.

Seguimos aquí en general los datos y juicios de este bello libro casi enteramente dedicado a Paulo IV).

De vastísima sabiduría y “ciceroniana elocuencia”, el cofundador de los teatinos fue un varón sin dobleces ni apetencias mundanas, ascético, piadoso e intachable en su pureza; admirado incluso por sus enemigos, la intrepidez y severidad de su carácter —que no cedía ante príncipes y poderosos— causó profunda impresión en sus contemporáneos.

Carlos V y Felipe II, contra los cuales perdió una guerra, concertaron con él una paz reverente y el ejército español no se atrevió a saquear de nuevo Roma.

Si tan excelsas condiciones no bastaron para llevarlo a los altares, y su pontificado sólo en parte correspondió a las esperanzas en él depositadas, fue sin duda a causa de su naturaleza impresionable y colérica, de su impaciencia meridional, que teñía con pasión sus palabras y con imprudencia muchos de sus actos, distorsionando su conocimiento de las personas y de los hechos, en especial de los políticos, a los que juzgaba con excesiva rigidez.

El mérito mayor de Paulo IV fue la efectiva ejecución de los dos grandes objetivos por los cuales había combatido toda su vida: la lucha contra los herejes y la reforma de las costumbres eclesiásticas, dirigida especialmente a purificar incluso las más altas jerarquías, mundanizadas por el paganismo renacentista, y a exaltar la dignidad del pontificado, liberándolo de las injerencias del poder secular.

De ambos logros da cabal testimonio la inscripción en su monumento sepulcral, erigido por San Pío V, que lo elogia como “castigador sin mácula de todo lo malo y campeón acérrimo de la fe católica“.

Cuentan en cambio como valores negativos tres hechos principales: a) la desgraciada guerra contra el Imperio español —a la cual no fue ajeno el anhelo de liberar su querida patria napolitana— que arruinó considerablemente a los estados pontificios y estorbó su programa de reformas; b) la continuación de las prácticas nepotistas, que culminó con la elevación de Carlos Carafa al rango de Cardenal Secretario de Estado (aunque es justo señalar que cuando el Papa conoció los inescrupulosos procedimientos de su sobrino lo desterró severamente junto con todos sus familiares, iniciando la definitiva eliminación de este régimen favoritista, aplicado por tantos predecesores); c) la excesiva incumbencia que otorgó a la Inquisición más allá de su ámbito propio: la vigilancia alerta de la fe.

En esto también la obstinada suspicacia de Paulo IV le hizo perder el exacto punto de vista para combatir al enemigo, que se aprovechó de ella arrojando la cizaña de la herejía contra los más celosos defensores de la ortodoxia. Se llegó a descuidar la política adecuada para la conservación religiosa de todo un reino (Alemania) por concentrar los esfuerzos en la persecución de herejes particulares, e incluso de personas inocentes como el encumbrado Cardenal Morone, que sólo después de morir Paulo IV salió de su prolongada cárcel y fue absuelto en forma indubitable por el Papa siguiente, Pío IV.

Precisamente el caso de dicho Cardenal, a quien Paulo IV quería cortar toda posibilidad de acceso a la Silla de San Pedro (cf. Pastor, op. cit., págs. 251, 260 y 261), no estuvo ausente de las motivaciones que suscitaron la promulgación de la Bula Cum ex apostolatus officio, el último gran documento de su pontificado, cuya validez general y oportunidad no puede sin embargo ser cuestionada en base a este dato anecdótico.

La primera redacción, presentada una semana antes de la fecha definitiva, fue rechazada por el consistorio: en ella se establecía la supresión del derecho electoral activo y pasivo aun a los que sólo por sospecha de herejía hubiesen sido acusados ante la Inquisición. Los Cardenales declararon, con sabia adecuación a la realidad, que “hasta el hombre mejor podía tener un enemigo que testificase de él cosas malas” (id. pág. 260).

Algunas prescripciones extremadamente severas del texto aprobado (que confirmó San Pío V en su Breve Inter multiplices del 21/12/1566), como la inmediata pérdida de jurisdicción por parte de los herejes, fueron atenuados ya por el sucesor de Paulo IV y reencauzados en definitiva hacia la prudente misericordia de la tradición canónica por el Código de 1917, pero deben juzgarse teniendo en cuenta la peligrosa situación de aquellos tiempos. Muchos podrán descubrir en el documento el rigor excesivo del Papa que lo firma, pero sin duda refleja con fidelidad todas sus virtudes.

A pesar de sus humanos desaciertos, el breve pontificado de Paulo IV —que murió el 18/8/1559— “señala un importante jalón en la historia de la reforma católica, cuya victoria preparó… La supresión de abusos tan antiguos,… arraigados… y extendidos sólo era posible por un proceder violento… Para eso Paulo IV fue el hombre adecuado… Los Papas posteriores del tiempo de la restauración (y el Concilio de Trento) pudieron seguir edificando con buen éxito sobre este fundamento sólidamente establecido” (Pastor, op. cit., págs. 360 y 362).

Si, para confesar nuestra ignorancia sobre los designios de la Sabiduría Divina, solemos decir que “Dios escribe derecho a través de líneas torcidas”, es preciso admitir con total reverencia que al valerse de Juan Pedro Carafa sólo empleó una caligrafía de leve pero necesaria acidez.

7ª) Título y características de las bulas

I) El encabezamiento o título de las bulas, que se citan por sus palabras iniciales como muchos documentos vaticanos, incluye: a) el nombre del papa sin el número de orden que le corresponde en la serie de sus homónimos; b) el epíteto de Obispo, siervo de los siervos de Dios, introducido par San Gregorio Magno (590-604) en humilde contraposición al pretencioso título de “patriarca universal“, que sin fundamento alguno se atribuía el patriarca de Constantinopla; c) la formula Ad perpetuam rei memoriam (hasta el siglo XIII: in perpetuum), usual en los documentos de importancia.

En realidad, el nombre “bula” es una denominación privada o de uso vulgar, que casi nunca se usó oficialmente hasta la segunda mitad del s. XIX.

San Pío X, en su constitución Sapienti consilio (29/6/1908) se refiere a las litterae apostolicæ seu bullae expresión que retoma el Código de 1917 en su canon 260, 1.

La Curia Romana las designó siempre como “constituciones“, “letras apostólicas” o “letras bajo plomo“.

II) El nombre proviene del sello de plomo, originalmente en forma de globo (bulla), que pendía de los documentos pontificios, o los cerraba si eran secretos, como garantía material de autenticidad.

En circunstancias excepcionales, por ejemplo cuando el Papa se dirigía a un rey, se usaba oro en lugar de plomo (bulas áureas).

El sello tenía grabadas las imágenes de San Pedro y San Pablo con una cruz en el medio y, al reverso, el nombre del Papa.

Se conservan bullæ del siglo VII y el dibujo de una utilizada por el Papa Agapito (535-536), pero es posible que su empleo se remonte hasta el fin de las persecuciones, a comienzos del S. IV.

La costumbre existía ya entre los antiguos emperadores romanos y otro tanto hicieron los de Bizancio.

La palabra latina bullæ significa las burbujas que forma el agua al hervir (cf. bullir, ebullición, etc.). El termino es de origen etrusco según el Dictionnaire étymologique de Ernout y designó luego otros objetos con forma de esfera o bola, como los adornos de oro o de plata usados por los jefes militares en la celebración de los triunfos, por la Gran Vestal o por los jóvenes patricios, que los colgaban de sus cuellos hasta los 17 años.

Por su parte Du Cange (Glossarium mediæ et infimæ latinitatis y Glossarium mediæ græcitatis) los hace derivar de la palabra griega βουλή (= consejo, designio, resolución), relación que según Plutarco (Quæstiones Romanæ 101) fue establecida por Varrón (Thesaurus linguæ latinæ s. v. Bulla).

Correcta o no, esta línea etimológica convino al carácter de los documentos eclesiásticos: la bulla seria la señal externa de la voluntad legislativa.

Recién durante el S. XIV —en todo caso, no antes del XIII— se comenzó a llamar bullæ o litteræ bullatæ a las constituciones apostólicas que por su mayor importancia llevaban el sello de plomo.

III) Definición y características. La clasificación de los escritos pontificios está sujeta a imprecisiones y contradicciones derivadas de los nombres y prácticas cambiantes que a través de tantos siglos se observaron en su promulgación.

El nombre genérico de estos escritos es el de “Letras apostólicas” y en él se incluyen las llamadas constituciones, rescriptos, privilegios, dispensas, ordenanzas, motuproprios, breves, bulas, decretos, encíclicas, etc.

Sobre esta materia fijaron normas precisas León XIII, con su motu proprio Universæ Ecclesiæ del 29/12/1878, y sobre todo San Pío X en la constitución Sapienti consilio.

Hasta entonces y desde mediados del S. XV, es decir en el período que ahora nos interesa, las letras apostólicas se expidieron fundamentalmente en forma de bulas o de breves.

Estos últimos, inaugurados por Eugenio IV (1431-1437), eran sellados con cera roja por el “anillo del pescador” (imagen de San Pedro echando las redes) y trataban, en principio, asuntos de menor entidad, pero no siempre sucedió así y la diferencia, con el tiempo, llegó a ser meramente formal.

Puede decirse entonces que las Bulas son cartas pontificias de interés general para la cristiandad (o para una nación, diócesis, orden religiosa o al menos para una categoría importante de fieles), cuyo aspecto exterior presenta formas solemnes y características.

Son estas, además del encabezamiento y del sello ya explicados: el uso de pergamino rojizo o amarillento (en los breves, blanco y delgado), el estilo amplio o “magnífico” (sencillo en los breves) y la escritura “bularia” de caracteres variables pero siempre difíciles de leer —y por lo tanto de alterar o interpolar— con abreviaturas irregulares, sin puntuación, diptongos ni divisiones.

El sello pendía de un hilo de seda (bulas de gracia) o de cáñamo (bulas de justicia).

Con todo esto, y hasta con determinada cantidad de grafilas en el sello, se procuraba desalentar las falsificaciones, frecuentes en muchos periodos.

Finalmente, las bulas se fechaban según el antiguo calendario romano a partir de la Encarnación de Nuestro Señor (no del Nacimiento, como los breves).

De acuerdo con el grado de solemnidad se dividían en “pequeñas” y “grandes” o “consistoriales”, como la nuestra, por ser firmadas en los consistorios o consejos de asesores papales.

Para mayores precisiones, cf. s. v. Bulla en Naz, D. D. C., Vacant, D. T. C.; Forcellini, Lexicon totius latinitatis; Roberti, D.T.M. s.v. Actos pontificios; Ferreres, Inst. Can., pág. 192 y siguientes; Gutiérrez de Arce, op. cit. en nota 3, además de la bibliografía mencionada en el ap. II de esta nota.

BULA CUM EX APOSTOLATUS OFFICIO

Traducción del Profesor Néstor Adrián Sequeiros

PABLO, OBISPO

SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS

Para perpetua memoria del asunto

 Exordio

1º) Ya que nuestro oficio apostólico, divinamente confiado a Nos a pesar de nuestros méritos indignos, nos impone el específico cuidado de la grey del Señor y, por ello, en pro de su fiel custodia y saludable dirección —según costumbre del Pastor que vela— debemos vigilar asiduamente y prever con gran atención:

a) que sean excluidos del rebaño de Cristo los que en esta época, exigidos por sus pecados [y] apoyándose con suficiente conciencia sobre su propio criterio, no sólo se alzan contra la disciplina de la fe ortodoxa de modo bastante pernicioso [y] habitual sino que se empeñan en escindir la unidad de la Iglesia Católica y la túnica inconsútil del Señor, pervirtiendo la inteligencia de las Sagradas Escrituras con quiméricos, fingidos artificios,

b) y que no continúen su magisterio de error quienes desprecian ser discípulos de la verdad;

§ 1 Causas de esta Constitución

2º) Nos, considerando tan grave y peligrosa esta realidad, al punto que el Romano Pontífice —que en la tierra es Vicario de Dios y de Nuestro Señor Jesucristo y mantiene sobre pueblos y reinos la plena potestad y a todos juzga, sin que nadie pueda juzgarlo en este mundo— si fuera sorprendido en una desviación de la fe podría a su vez ser impugnado;

3º) y puesto que donde se concentra un peligro mayor allí se debe resolver con mayor cumplimiento y diligencia, para que los falsos profetas, u otros que también poseen jurisdicción secular, no tiendan lazos deplorables a las almas simples y arrastren consigo hacia la perdición y mortal condena pueblos innumerables, encomendados a su cuidado y gobierno en las cosas espirituales o temporales, y para que no suceda alguna vez que veamos Nosotros en el lugar Santo la abominación de la desolación predicha por el profeta Daniel;

4º) deseando, cuanto podamos con la ayuda de Dios [y] en razón de nuestro cargo pastoral, atrapar las zorras porfiadas en destruir la villa del Señor y rechazar los lobos lejos del rebaño, no sea que parezcamos perros mudos impedidos de ladrar, quedemos arruinados como malos campesinos y seamos comparados con un mercenario;

§ 2 El Pontífice confirma todos los castigos establecidos

contra herejes y cismáticos

tras madura deliberación de estos problemas con nuestros venerables hermanos los Cardenales de la Santa Iglesia Romana, con su consejo y unánime consentimiento, aprobamos y renovamos por nuestra autoridad Apostólica todas y cada una de las sentencias, censuras y castigos de excomunión, suspensión, interdicción, privación y de cualquier otro tipo establecidas y promulgadas de cualquier modo contra herejes o cismáticos por cualquiera de los Romanos Pontífices predecesores nuestros o por sus delegados (incluso mediante sus disposiciones no recopiladas), por los sacros Concilios aceptados por la Iglesia de Dios, por decretos de los Santos Padres, por estatutos o cánones sagrados y por Constituciones u Ordenanzas Apostólicas

y queremos y decretamos que las antedichas sentencias, censuras y castigos sean observadas perpetuamente y restablecidas y mantenidas en vigoroso cumplimiento, si por casualidad no lo están, y asimismo que incurra en ellas cualquiera de los siguientes:

1º) los que hasta ahora hayan sido atrapados, confesos o convictos de haberse desviado de la fe Católica o de haber caído en alguna herejía, incurrido en cisma o de haberlos suscitado o cometido;

2º) o bien los que en el futuro (Dios por su clemencia y bondad para con todos se digne impedirlo) se desvíen [de la fe] o caigan en herejía, incurran en cisma o los susciten o cometan, y sean sorprendidos, confiesen o sean convictos de haberse desviado o de haber caído, incurrido, suscitado o cometido,

cualquiera sea el estado, grado, orden, condición y preeminencia que ostenten, aunque resplandezcan por una dignidad eclesiástica Episcopal, Arzobispal, Patriarcal, Primacial u otra mayor, o por el honor del Cardenalato y por el cargo de una Legación —ya perpetua, ya temporaria— de la Sede Apostólica en cualquier destino, o asimismo por una autoridad o excelencia mundana de Conde, Barón, Marqués, Duque, Rey y Emperador.

§ 3 Impone otros castigos a Prelados y Personajes desviados de la fe

Y considerando asimismo:

a) que es digno espantar con el temor de los castigos a quienes no se abstienen del mal por amor a la virtud,

b) y que Obispos, Arzobispos, Patriarcas, Primados, Cardenales, Legados, Condes, Barones, Marqueses, Duques, Reyes y Emperadores, cuyo deber es enseñar a los otros y darles buen ejemplo para su permanencia en la fe Católica, al prevaricar pecan más gravemente que los demás, pues no sólo se pierden a sí mismos sino también arrastran a la perdición y al pozo de la muerte pueblos innumerables, confiados a su cuidado y gobierno o sujetos a ellos de algún otro modo;

con el mismo consejo y consentimiento [de los venerables Cardenales], por esta nuestra Constitución que valdrá a perpetuidad [y] en repudio de un crimen tan grande como no puede como no puede haber otro mayor ni más pernicioso en la Iglesia de Dios, desde la plenitud de la potestad Apostólica sancionamos, establecemos, decretamos y definimos que —perdurando en su vigor y eficacia y adquiriendo efectos las sentencias, censuras y castigos antedichos— todos y cada uno de los Obispos, Arzobispos, Patriarcas, Primados, Cardenales, Legados, Condes, Barones, Marqueses, Duques, Reyes y Emperadores que hasta ahora (como ya dijimos) hayan sido sorprendidos, confesos o convictos de haberse desviado [de la fe Católica] o de haber caído en herejía, incurrido en cisma o de haberlos suscitado o cometido, y los que en el futuro se desvíen [de la fe] o caigan en herejía, incurran en cisma o los susciten o cometan, y sean sorprendidos, confiesen o sean convictos de haberse desviado o haber caído en herejía, incurrido en cisma o de haberlos suscitado o cometido, ya que en esto resultan más culpables que los otros —además de las sentencias, censuras y castigos antedichos:

1º) por eso mismo, y sin ningún procedimiento de derecho o de hecho, sean privados a perpetuidad, entera y totalmente (como inhabilitados, por lo demás, e incapaces para ello), de sus Órdenes e Iglesias Catedrales, incluso Metropolitanas, Patriarcales y Primadas, del honor del Cardenalato, del cargo de cualquier Legación, así como de voz activa y pasiva y de toda autoridad, y de los Monasterios, beneficios y oficios Eclesiásticos con y sin cura, seculares y regulares, de cualquier Orden, que hayan obtenido como título, encargo, administración u otro carácter cualquiera por cualquier concesión y dispensa Apostólica, y en los cuales o para los cuales hayan tenido algún derecho; también de cualquiera de los usufructos, rentas o intereses anuales acumulativos reservados y asignados a ellos, [y] asimismo de Condados, Baronías, Marquesados, Ducados, Reinos e Imperios.

2º) y sean considerados como relapsos y removidos en todo y para todo, incluso aunque antes hubiesen abjurado públicamente en juicio de tales herejías;

3º) y nunca jamás puedan ser restituidos, repuestos, reintegrados o rehabilitados a su prístino estado o a iglesias Catedrales, Metropolitanas, Patriarcales y Primadas, al Cardenalato u otro honor, a cualquier otra dignidad mayor o menor, a voz activa o pasiva, a su autoridad, a Monasterios y beneficios, o a Condados, Baronías, Marquesados, Ducados, Reinos e Imperio;

4º) antes bien, queden al arbitrio de una potestad secular que atienda debidamente a su castigo, salvo que, al mostrarse en ellos indicios de verdadero arrepentimiento y frutos de condigna penitencia, por benignidad y clemencia de la mismísima Sede hayan sido recluidos en algún Monasterio o en otro sitio Regular para cumplir penitencia perpetua en el pan del dolor y el agua de la compunción;

5º) y deben por ello ser tenidos, tratados y reputados como tales —y como tales evitados y excluidos de todo consuelo humanitario— por todos los personajes de cualquier estado, grado, orden, condición y preeminencia y por cuantos sean poderosos en virtud de cualquier dignidad eclesiástica, incluso Episcopal, Arzobispal, Patriarcal y Primacial u otra mayor, en virtud asimismo del honor del Cardenalato o de una autoridad o excelencia mundana, incluidas las de Conde, Barón, Marqués, Duque, Rey y Emperador;

§ 4 Que los poderosos de derecho de patronato o de nominación

para los beneficios vacantes a causa de herejía estén obligados

a presentar otras personas dentro de los plazos de la ley

6º) y quienes hayan alegado tener derecho de patronato o de nombrar personas idóneas para las Iglesias Catedrales, incluso Metropolitanas, Patriarcales y Primadas, o para los Monasterios u otros beneficios Eclesiásticos vacantes por privaciones de esta clase, a fin de que tales cargos no estén expuestos a los inconvenientes de una vacancia prolongada sino que, librados ya de la servidumbre de los herejes, sean concedidos a personas idóneas que dirijan fielmente a los pueblos respectivos en las sendas de la justicia, estén obligados a presentar ante Nos (o ante el Romano Pontífice reinante a la sazón) las personas idóneas para esas Iglesias, Monasterios y beneficios, dentro del tiempo establecido por derecho o por sus concordatos o convenios pactados con esta Sede;

7º) de otro modo, transcurrido ese plazo, por ello mismo [y] de pleno derecho sea devuelta a Nos (o al Romano Pontífice reinante) la plena y libre disponibilidad de las Iglesias, Monasterios y beneficios antedichos.

§ 5 Los que favorecen a los herejes incurren en los castigos aquí descriptos

8º) Y además, quienes conscientemente hayan actuado de cualquier modo encubriendo o defendiendo a los así sorprendidos, confesos o convictos, o favoreciéndoles, creyéndoles o enseñando sus doctrinas, incurran por ello mismo en la sentencia de excomunión y queden sin honra y no sean ni puedan ser admitidos con voz, ni en persona ni por escrito ni por medio de un delegado o procurador, en los oficios públicos o privados, en los consejos o Sínodos, en un Concilio general o provincial, en el cónclave de Cardenales o en cualquier reunión de fieles o elección de una personas, o para prestar testimonio;

9º) Sean también inestables y no participen en la sucesión de herencias; además, nadie esté obligado a responderles por ningún asunto.

10º) Y en caso de ser Jueces, ninguna fuerza tengan sus sentencias ni sea sometida a su audiencia causa alguna; y de ser Abogados, téngase por nulo su patrocinio; si fueran Escribanos, carezcan totalmente de vigor o eficacia los documentos por ellos redactados.

11º) Además, resulten privados por ello mismo:

a) los clérigos, de todas y cada una de sus Iglesias, incluso Catedrales, Metropolitanas, Patriarcales y Primadas, y de sus dignidades, Monasterios, beneficios y oficios Eclesiásticos, incluso los antes especificados, obtenidos por ellos de cualquier modo que sea;

b) y tanto ellos como los laicos, también ya especificados e investidos de las dignidades antedichas, de cualesquiera Reinos, Ducados, Dominios, Feudos y bienes temporales que posean;

12º) y tales Reinos, Ducados, Dominios, Feudos y bienes sean confiscados, pasen al dominio público y sean otorgados en derecho y propiedad a quienes los ocupen primero, siempre que estos se hallen bajo nuestra obediencia (o la de nuestros sucesores los Romanos Pontífices canónicamente electos) y en la sinceridad de la fe y la unidad de la Santa Iglesia Romana.

§ 6 Los Prelados y Pontífices que antes de su promoción

se hayan desviado manifiestamente de la Fe Católica

quedan privados por ello mismo de toda autoridad y su oficio

y promoción son nulos y no pueden convalidarse en virtud de ningún pacto

Agregamos [lo siguiente]:

si en cualquier tiempo fuere evidente que algún Obispo (incluso con cargo de Arzobispo, Patriarca o Primado) o un Cardenal de esta Iglesia Romana (incluso, como se dijo, en función de Legado) o asimismo un Romano Pontífice se hubiera desviado de la fe Católica o hubiera caído en alguna herejía, [incurrido en cisma o los hubiera suscitado o cometido] antes de su promoción o de la asunción como Cardenal o Pontífice Romano,

13º) Que tal promoción o asunción sea nula, írrita e inane, incluso si se hubiera realizado con acuerdo y consentimiento unánime de todos los Cardenales;

14º) y que no pueda considerarse válida o tener validez por el recibimiento del cargo, por la consagración, o por la consiguiente posesión o cuasi-posesión de mando y administración, por la entronización o adoración de ese Romano Pontífice, por la obediencia que todos le hayan prestado o por haber transcurrido un tiempo cualquiera en tales situaciones;

15º) y no sea tenida por legítima en ninguna de sus partes;

16º) y ni se considere que se ha otorgado o se otorga facultad alguna de administración en lo espiritual o en lo temporal a esas personas por su promoción a Obispos, Arzobispos, Patriarcas o Primados o por su asunción como Cardenales o como Pontífice Romano;

17º) por el contario, todas y cada una de sus declaraciones, hechos, actos y directivas, así como cualquiera de las consecuencias subsiguientes, carezcan de fuerza y no otorguen en adelante ninguna confirmación ni derecho a nadie;

18º) y las personas así promovidas o asumidas, por ello mismo y sin agregado de ninguna declaración, sean privadas de toda dignidad, lugar, honor, título, autoridad, oficio y potestad;

§ 7 Sea lícito a sus subordinados apartarse impunemente

de su obediencia y devoción

19º) y a todas y cada una de las personas subordinadas a los así promovidos y asumidos, si antes no se hubieran desviado de la fe, ni hubieran sido herejes, ni hubieran incurrido en cisma o lo hubieran suscitado o cometido —tanto a los clérigos seculares y regulares como también a los laicos, a los Cardenales (incluso los que hayan intervenido en la elección de ese Pontífice previamente desviado de la fe, hereje o cismático, o hayan dado otro tipo de consentimiento o le hayan prestado obediencia o adorado) y a los Castellanos, Prefectos, Capitanes y Oficiales, incluidos los de nuestra Ciudad materna y de todo el Estado Pontificio, [y] asimismo a los obligados o sometidos por vasallaje, juramento o fianza ante los así promovidos o asumidos— séales lícito:

a) apartarse en cualquier momento [e] impunemente de la obediencia y devoción a los así promovidos y asumidos;

b) evitarlos como si fueran magos, paganos, publicanos o heresiarcas, aunque, sin embargo, esas mismas personas subordinadas siguen constreñidas a la fidelidad y obediencia de los futuros Obispos, Arzobispos, Patriarcas, Primados, Cardenales y al Romano Pontífice que asuma canónicamente;

c) y, para mayor confusión de los así promovidos y asumidos, invocar contra éstos el auxilio del brazo secular, si quisieran continuar su gobierno y administración;

20º) y los que se aparten en tal caso de la fidelidad y obediencia a los así promovidos y asumidos, no por eso queden expuestos a la represalia de alguna censura o castigo, como [quedan] los que escinden la túnica del Señor.

§8 Derogación de los documentos contrarios

No valen en contrario las Constituciones y Ordenanzas Apostólicas, ni los privilegios, indultos y letras Apostólicas concedidas a esos Obispos, Arzobispos, Patriarcas, Primados y Cardenales, ni otras providencias de cualquier tenor y forma y con cláusulas de cualquier tipo, ni los decretos, incluso [los otorgados] de Motu proprio, a ciencia cierta y con la plenitud de la potestad Apostólica, o por medio de consistorios o de cualquier otro modo; tampoco los aprobados en reiteradas ocasiones, los renovados y los incluidos en el cuerpo de derecho, ni los convalidados por cualquier capítulo de un cónclave, incluso con juramento, confirmación Apostólica o cualquier otra reválida, ni los jurados por Nosotros mismos: en efecto, considerando de modo expreso las disposiciones de todos estos documentos —como a la vista e incorporados palabra por palabra— [y] de los que permanecerán en vigor en otros aspectos, las derogamos expresamente, esta vez sólo en lo específico, lo mismo que las de cualquier otro documento contrario.

§9 Orden de publicación

Y a fin de que las letras presentes lleguen a conocimiento de todos los interesados, queremos que las mismas o una copia de ellas (la cual, decretamos, debe merecer plena confianza cuando esté refrendada por la firma de un Notario público y provista con el sello de alguna persona con dignidad Eclesiástica) sean publicadas y fijadas en Roma por alguno de nuestros Heraldos, en las puertas de la Basílica del Príncipe de los Apóstoles y de la Cancillería Apostólica y en el extremo del Campo de Flora. Y que se ordene la fijación de la copia en esos lugares. Y que sea suficiente dicha publicación, fijación y orden de fijar la copia y se tenga por solemne y legítima, sin que deba requerirse o esperarse otra publicación.

§ 10 Sanción contra los infractores

Por lo tanto, que a ninguna persona le sea lícito infringir este texto de nuestra aprobación, renovación, sanción, estatuto, derogación, voluntades y decreto, ni contradecirlo con temeraria audacia. Si alguien pretendiera intentarlo, sepa que habrá de incurrir en la indignación de Dios Omnipotente y de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo.

Dado en Roma, en la Sede de San Pedro, Año milésimo quingentésimo quincuagésimo noveno de la Encarnación del Señor, el día 15º antes de las Kalendas de Marzo, en el 4° Año de nuestro Pontificado.

Firma del Papa y de los Cardenales

PABLO, OBISPO DE LA IGLESIA CATÓLICA.

El Señor es mi auxilio

(Siguen las firmas de 31 Cardenales y el Sello)