LA DOCTRINA DE LAS RELACIONES ENTRE LA IGLESIA Y EL ESTADO FRENTE AL LAICISMO (4 de 5)

Primera Parte

Segunda Parte

Tercera Parte

Por el P. Juan Carlos Ceriani

ChristKing

E: El Laicismo y la Iglesia Conciliar

Queda claro, pues, que todos los papas, hasta el Concilio Vaticano II, son unánimes en condenar el laicismo.

Una gran la impiedad se realizó cuando lo que quiso pasar por el Magisterio de la Iglesia adoptó en el Concilio Vaticano II el principio del laicismo del Estado por medio de la Declaración sobre la Libertad Religiosa; cuando se aprobó la norma de la protección del Estado a los adeptos de todos los cultos por igual.

Esto demuestra hasta qué punto las ideas liberales han penetrado la propia Iglesia… hasta sus más altas esferas.

Si la ideología de la libertad religiosa se ha afirmado en el Concilio Vaticano II, cuando es manifiesto que esta regla presenta graves contradicciones con el Magisterio de la Iglesia, esto no es por casualidad, sino pero el hecho de tratarse de hombres impregnados de liberalismo.

En efecto, los católicos liberales consideran que los principios no deben aplicarse ni predicarse porque hoy son inaplicables o porque corren el riesgo de desencadenar persecuciones. Piensan que no se puede ir indefinidamente contra el aire del tiempo, aparecer retrógrados o reaccionarios.

En el contexto del Nuevo Orden Mundial comprobamos una avenencia entre los dirigentes políticos y los hombres de la Iglesia…; conciliación organizada e impuesta por los jefes mayores de la masonería.

Antes de continuar, y para evitar confusiones, es necesario dilucidar una cuestión: ¿existe diferencia entre laicismo y laicidad? ¿Puede aceptarse en al ámbito católico la noción de laicidad, o merece ella la misma condenación que el laicismo?

No nos engañemos; laicismo, laicizar, laicización, tienen la misma raíz y provienen de laico. De allí vendría también el neologismo laicidad, que no está registrado en el Diccionario de la Real Academia Española; se trata simplemente de un galicismo, que proviene de laïcité. [1]

Esta cuestión es de suma importancia, puesto que así como se pretende hoy distinguir entre libertad de consciencia y libertad de cultos, condenadas por los Papas del siglo XIX, y libertad religiosa, sana y positiva, presentada por el Concilio Vaticano II, de la misma manera se quiere diferenciar entre laicismo, reprobado por el Magisterio de la Iglesia, y sana laicidad, aceptable, beneficiosa y recomendable.

Se debate hoy sobre la rehabilitación del laicismo, introduciendo un término nuevo, al cual corresponde un concepto nuevo: laicidad, y ésta positiva y abierta.

Como introducción al tema que nos ocupa, citamos unos textos muy importantes.

En primer lugar, dos párrafos del Discurso al Parlamento Europeo de Juan Pablo II, el martes 11 de octubre de 1988 (L’Osservatore Romano, edición semanal castellana, 27/11/1988).

Esta disertación tiene capital importancia, no sólo por las circunstancias en que fue pronunciada, sino también porque fue considerada por los parlamentarios europeos como el mejor discurso político del pontificado de Juan Pablo II:

“Para algunos, la libertad civil y política, en su día conquistada por el derrocamiento del antiguo orden fundado sobre la fe religiosa, se concibe aún unida a la marginación, es decir, a la supresión de la religión, en la cual se tiende a ver un sistema de alienación.

Para ciertos creyentes, en sentido inverso, una vida conforme a la fe no sería posible más que por un retorno a este antiguo orden, además a menudo idealizado.

Estas dos actitudes antagónicas no aportan una solución compatible con el mensaje cristiano y el genio de Europa.

Puesto que, cuando reina la libertad civil y que se encuentra plenamente garantizada la libertad religiosa, la fe no puede más que ganar en vigor, aceptando el desafío que le presenta la incredulidad; y el ateismo no puede sino medir sus limites ante el desafío que le ofrece la fe.

Ante esta diversidad de puntos de vista, la función más elevada de la ley es la de garantizar a todos los ciudadanos el derecho de vivir conforme a su conciencia y la de no contradecir las normas del orden moral natural y reconocido por la razón”.

Este texto se aparta de lo que el Magisterio de la Iglesia enseñó sobre el «antiguo orden fundado sobre la fe religiosa», base de la doctrina de la Realeza Social de Jesucristo, expresada claramente en las Encíclicas Quanta Cura, Immortale Dei, Sapientiæ Christianæ y Quas Primas.

Pero la conclusión es escalofriante:

“Finalizando, recordaría tres campos donde me parece que la Europa integrada del mañana, abierta hacia el Este del continente, generosa hacia el otro hemisferio, tendría que retomar un papel de faro en la civilización mundial:

Primero, reconciliar al hombre con la creación, cuidando de preservar la integridad de la naturaleza, su fauna y su flora, su aire y sus aguas, sus sutiles equilibrios, sus recursos limitados, su belleza que alaba la gloria del Creador.

Seguidamente, reconciliar al hombre con sus semejantes, aceptándose los unos a los otros entre europeos de diversas tradiciones culturales o escuelas de pensamien­to, siendo acogedores para con el extranjero y el refugiado, abriéndose a las riquezas espirituales de los pueblos de los otros continentes.

Finalmente, reconciliar al hombre consigo mismo: sí, trabajar por recons­truir una visión integrada y completa del hombre y del mundo, frente a las culturas de la desconfianza y de la deshumanización, una visión en la cual la ciencia, la capacidad técnica y el arte no excluyan, sino que reclamen la fe en Dios.”

¡Digno colofón del discurso político más importante de Juan Pablo II!: Ecologismo, Fraternidad y Humanismo… todo bajo el signo del Deísmo. En definitiva, una Europa sin alma y sin Jesucristo. He aquí la Quas Primas en su versión Vaticano II…

Pasemos ahora a Joseph Ratzinger. Mientra sesionaba el Concilio Vaticano II, el entonces simple sacerdote, perito consejero del cardenal de Colonia, en su libro Resultados y Perspectivas en la Iglesia Conciliar expresó conceptos como los siguientes:

“Tiempos vendrán en que el debate sobre la libertad religiosa será contado entre los acontecimientos más relevantes de un Concilio que, por cierto, ofrece tal abundancia de sucesos importantes que hace difícil establecer una escala de valores. En este debate estaba presente en la catedral de San Pedro lo que llamamos el fin de la Edad media, más aún, de la era constantiniana. Pocas cosas de los últimos cincuenta años han inferido a la Iglesia tan ingente daño como la persistencia a ultranza en posiciones propias de una iglesia estatal, dejadas atrás por el curso de la historia. (…) Que la recurrencia al Estado por parte de la Iglesia desde Constantino, con su culminación en la Edad media y en la España absolutista de la incipiente Edad moderna, constituye para la Iglesia en el mundo de hoy una de las hipotecas más gravosas es un hecho al que ya no puede sustraerse nadie que sea capaz de pensar históricamente (…) Está claro que los opositores al texto, al negar no la libertad de conciencia, pero sí la libertad de culto, luchaban por un mundo que se está desmoronando, mientras que la otra parte abrió a brazo partido un camino que conduce al futuro” (Ediciones Paulinas, Buenos Aires, agosto de 1965, páginas 41-45).

Durante el Concilio, Joseph Ratzinger descubrió y absorbió esta tontería de John Courtney Murray, padre de la Libertad religiosa (cfr. Hacia una inteligencia del desarrollo de la doctrina de la Iglesia sobre la libertad religiosa, pp. 128-129). Ver más arriba el principio N° 6 del derecho público de la Iglesia: Función ministerial del Estado frente a la Iglesia.

Esta opinión tiene sus precursores: el período de la historia religiosa de Francia que va de 1836 a 1850 estuvo dominado por la lucha por la Libertad de enseñanza. Era una gran causa, ciertamente; pero por desgracia tuvo por protagonista principal al Conde de Montalembert y por doctor a Monseñor Parisis, obispo de Langres.

Monseñor Parisis expresa con firmeza:

“Habría que probar por la historia que, a pesar de los Teodosio y los Carlomagno, en resumidas cuentas, la intervención de los príncipes en las cosas religiosas causó inmensos daños a la Iglesia. Pero el tiempo de publicar una obra semejante aún no vino. Se nos opondrían tantas Bulas de Papas, tantos Decretos de Concilios que nos aplastarían. Es necesario quizá diez años aún para que las ideas maduren hasta el punto de hacer admitir esta conclusión.”

En otro pasaje expresa con vehemencia “la profunda repugnancia y los temores terribles que le inspira el pensamiento de una religión de Estado”.

Leamos la respuesta del Cardenal Pie, quien declarase a sus sacerdotes:

“Lo saben, Señores, es una propuesta explícitamente condenada por la Iglesia aquella que afirma que la cristianización del poder y de las instituciones políticas por Constantino y sus sucesores ha sido en sí misma una cosa fatal. Nunca es fatal en sí lo que responde a la necesidad del orden y a las exigencias de la verdad. La transformación cristiana del régimen social debía lógicamente seguir a la de los miembros individuales de la sociedad, y la expansión del Evangelio debía con el tiempo traer la conversión de César en cuanto César, y no solamente como hombre particular. Lo dijimos más de una vez: perpetuar el muro de separación entre el hombre privado y el hombre público habría sido instalar en el mundo el sistema de dualismo maniqueo, que es el error principal contra el cual se dirigen los primeros monumentos de la polémica cristiana” (Obras pastorales, IX, 168).

Pues bien, nuestro Joseph Ratzinger, veinte años después del Concilio, ya Cardenal y al frente de la principal Congregación Romana, en su libro “Los Principios de la Teología Católica”, confirma su pensamiento sobre este hecho; hablando sobre la Declaración Gaudium et Spes, nos dice:

“Si se busca un diagnóstico global del texto, se puede decir que es (junto con los textos sobre la libertad religiosa y sobre las religiones del mundo) una revisión del Syllabus de Pío IX, una especie de contra-Syllabus (…) Es suficiente que nos contentemos con comprobar que el texto juega el papel de un contra-Syllabus en la medida que representa una tentativa para la reconciliación oficial de la Iglesia con el mundo tal como ha llegado a ser después de 1789 (…) Ya nadie contesta más hoy que los concordatos español e italiano buscaron conservar demasiadas cosas de una concepción del mundo que desde largo tiempo no correspondía más a las circunstancias reales (…) De igual manera, casi nadie puede negar que a este apego a una concep­ción perimida de las relaciones entre la Iglesia y el Estado correspondían anacronis­mos semejantes en el dominio de la educación (…) El deber, entonces, no es la supresión del Concilio, sino el descubrimiento del Concilio real y la profundización de su verdadera voluntad. Esto implica que no puede haber retorno al Syllabus, el cual bien pudo ser un primer jalón en la confrontación con el liberalismo y el marxismo naciente, pero no puede ser la última palabra” (Téqui, Paris, 1985, páginas 426-437).

Hemos comprendido bien; el cardenal Ratzinger nos dice que la Iglesia ha recuperado su patrimonio, la verdadera enseñanza de Jesucristo, cuando el concilio Vaticano II ha hecho suyo uno de los principios fundamentales del Estado moderno, es decir, el Estado laico.

Y cuando monseñor Lefebvre le dijo que no podía borrar 1500 años de la historia de la Iglesia, y que la Iglesia había siempre ensañado lo contrario, el cardenal respondió que “no era un estado normal”… Que el Estado haya vivido en sumisión a los principios de la religión católica, a los mandamientos de Dios, ¡no ha sido un estado normal!

Proponemos a continuación una serie de documentos de Juan Pablo II y de Benedicto XVI sobre el tema del laicismo…, perdón, de la laicidad

Discurso de Juan Pablo II a los miembros del Cuerpo Diplomático

12 de enero de 2004

“3. Las comunidades de creyentes están presentes en todas las sociedades, como expresión de la dimensión religiosa de la persona humana. Por eso, los creyentes esperan legítimamente poder participar en el debate público. Por desgracia, es preciso constatar que no sucede siempre así. En estos últimos tiempos, en algunos países de Europa, somos testigos de una actitud que podría poner en peligro el respeto efectivo de la libertad de religión. Aunque todos están de acuerdo en respetar el sentimiento religioso de las personas, no se puede decir lo mismo del “hecho religioso”, o sea, de la dimensión social de las religiones, olvidando en esto los compromisos asumidos en el marco de la que entonces se llamaba la “Conferencia sobre la cooperación y la seguridad en Europa”. Se invoca a menudo el principio de la laicidad, de por sí legítimo, si se entiende como la distinción entre la comunidad política y las religiones (cfr. Gaudium et spes, 76). Sin embargo, distinción no quiere decir ignorancia. Laicidad no es laicismo. Es únicamente el respeto de todas las creencias por parte del Estado, que asegura el libre ejercicio de las actividades del culto, espirituales, culturales y caritativas de las comunidades de creyentes. En una sociedad pluralista, la laicidad es un lugar de comunicación entre las diversas tradiciones espirituales y la nación. Las relaciones entre la Iglesia y el Estado, por el contrario, pueden y deben llevar a un diálogo respetuoso, portador de experiencias y valores fecundos para el futuro de una nación. Un sano diálogo entre el Estado y las Iglesias -que no son adversarios sino interlocutores- puede, sin duda, favorecer el desarrollo integral de la persona humana y la armonía de la sociedad.”

Discurso de Juan Pablo II a los obispos de la Conferencia Episcopal Española

24 de enero de 2005

4. En el ámbito social se va difundiendo también una mentalidad inspirada en el laicismo, ideología que lleva gradualmente, de forma más o menos consciente, a la restricción de la libertad religiosa hasta promover un desprecio o ignorancia de lo religioso, relegando la fe a la esfera de lo privado y oponiéndose a su expresión pública. Esto no forma parte de la tradición española más noble, pues la impronta que la fe católica ha dejado en la vida y la cultura de los españoles es muy profunda para que se ceda a la tentación de silenciarla. Un recto concepto de libertad religiosa no es compatible con esa ideología, que a veces se presenta como la única voz de la racionalidad. No se puede cercenar la libertad religiosa sin privar al hombre de algo fundamental.

En el contexto social actual están creciendo las nuevas generaciones de españoles, influenciadas por el indiferentismo religioso, la ignorancia de la tradición cristiana con su rico patrimonio espiritual, y expuestas a la tentación de un permisivismo moral. La juventud tiene derecho, desde el inicio de su proceso formativo, a ser educada en la fe. La educación integral de los más jóvenes no puede prescindir de la enseñanza religiosa también en la escuela, cuando lo pidan los padres, con una valoración académica acorde con su importancia. Los poderes públicos, por su parte, tienen el deber de garantizar este derecho de los padres y asegurar las condiciones reales de su efectivo ejercicio, como está recogido en los Acuerdos Parciales entre España y la Santa Sede de 1979, actualmente en vigor.”

Mensaje de Juan Pablo II al Presidente de la  Conferencia Episcopal de Francia

11 de febrero de 2005

“Bien comprendido, el principio de laicidad, muy arraigado en vuestro país, pertenece también a la doctrina social de la Iglesia. Recuerda la necesidad de una justa separación de poderes, que se hace eco de la invitación de Cristo a sus discípulos: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Por su parte, la no confesionalidad del Estado, que es una no intromisión del poder civil en la vida de la Iglesia y de las diferentes religiones, así como en la esfera de lo espiritual, permite que todos los componentes de la sociedad trabajen juntos al servicio de todos y de la comunidad nacional.

Asimismo, como recordó el concilio ecuménico Vaticano II, la Iglesia no está llamada a gestionar el ámbito temporal, puesto que, “en razón de su función y de su competencia, no se confunde de ningún  modo  con la comunidad política y  no  está vinculada a ningún sistema político”. Pero, al mismo tiempo, es preciso que todos trabajen por el interés general y por el bien común. Así se expresa también el Concilio: “La comunidad política y la Iglesia, (…) aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre. Este servicio lo realizarán con tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto más sana y mejor sea la cooperación entre ellas”.

(…) Desde esta perspectiva, las relaciones y la colaboración confiada entre la Iglesia y el Estado no pueden por menos de tener efectos positivos para construir juntos lo que el Papa Pío XII ya definía como “legítima y sana laicidad” (Discurso a la colonia de Las Marcas en Roma, 23 de marzo de 1958), que, como recordé en la exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Europa, no ha de ser un “tipo de laicismo ideológico o separación hostil entre las instituciones civiles y las confesiones religiosas”.

Como para los otros documentos postconciliares, no se encuentra en este ninguna referencia a la enseñanza de los Papas anteriores al Concilio Vaticano II, a no ser para citar, en sentido falso, la expresión de Pío XII « la legitima y sana laicidad ».

Juan Pablo II dice « que el Papa Pío XII ya definía »; ese « ya » insinúa que Pío XII es el precursor de esta nueva doctrina.

Estamos acostumbrados a esta clase de violación de la palabra; maniobra típicamente revolucionaria, par la cual se quiere hacer aceptar algo malo y condenado cambiándole simplemente el rótulo, utilizando, si es necesario, la autoridad de un Papa preconciliar.

Pero en el discurso citado, Pío XII, después de haber evocado el valor de la región y el legítimo amor por la Patria, señala la fidelidad a la Iglesia, y dice:

“Que vuestras ciudades sean una parte viviente de la Iglesia. Hay en Italia quienes se agitan porque temen que el cristianismo usurpe a César lo que pertenece a César. Como si dar a César lo que le pertenece no fuese un mandamiento de Jesús; como si la legítima y sana laicidad del Estado no fuese uno de los principios de la doctrina católica; como si no fuese una tradición de la Iglesia el esforzarse continuamente por mantener distintos, pero siempre unidos, según los justos principios, los dos Poderes; como si, por el contrario, la mezcla entre lo sagrado y lo profano no se hubiese verificado más fuertemente en la historia que cuando una parte de los fieles se desprendió de la Iglesia.

Las ciudades serán una parte viva de la Iglesia, si la vida de los individuos, la vida de las familias, la vida de las grandes y pequeñas colectividades está alimentada por la doctrina de Jesucristo, que es el amor de Dios y es, en Dios, el amor de todo prójimo.

Individuos cristianos, familias cristianas, ciudades cristianas, Marcas cristianas.

Que todas las Marcas lleguen a ser como una gran “Santa Casa”; y que la familia de las Marcas sea una única y gran Santa Familia”

Para quien quiera leer sin prejuicios, Pío XII resume todo lo que hemos tratado en el punto C.

Viaje de Benedicto XVI a Turquía

Como sabemos, Turquía es un Estado laico, como consta en su Constitución. No obstante, la separación entre las Iglesias y el Estado no es recíproca. El laicismo a la turca pretende realmente establecer un control del Estado sobre el Islam nacional.

Es interesante conocer el “panorama religioso” de Turquía. Creada a continuación del desmembramiento del antiguo imperio otomano, la republica turca es un país cuyo territorio esta situado 96% en Asia (Anatolia) y 4% en Europa (Tracia).

Mustafá Kemal, alias Ataturk, elegido presidente en 1923, oponiéndose al poder de toda una tradición islámica y a pesar de que la religión mayoritaria es el Islam (98% sobre una población de 72 millones de habitantes), laicizó el Estado a partir de 1928, y llevó a cabo numerosas reformas en ese sentido: abolición del  Califato, derecho de voto a las mujeres, cierre de centros de peregrinación, prohibición del porte del velo en las administraciones y escuelas publicas… La religión permanece bajo el control del estado por medio del Directorio de Asuntos Religiosos.

En el Encuentro con los periodistas, poco antes de iniciar el vuelo hacia este país original, el martes 28 de noviembre de 2006, Benedicto XVI expresó:

“Sabemos que el objetivo de este viaje es el diálogo, la fraternidad, un esfuerzo por fomentar la comprensión entre las culturas, por favorecer el encuentro de las culturas con las religiones y la reconciliación. Todos sentimos la misma responsabilidad en este momento difícil de la historia y colaboramos.”

En respuesta a la pregunta: ¿Cómo afronta este viaje, uno de los más delicados en la historia de los viajes papales modernos?:

“Lo afronto con gran confianza y esperanza. Sé que muchas personas nos acompañan con su simpatía y con su oración. Sé que también el pueblo turco es un pueblo hospitalario, abierto, que desea la paz. Sé que Turquía, desde siempre, es un puente entre las culturas y así es también un lugar de encuentro y de diálogo.

Quisiera subrayar que no se trata de un viaje político, sino pastoral; y como viaje pastoral se caracteriza por el diálogo y el compromiso común en favor de la paz. Diálogo en varias dimensiones: entre las culturas, entre cristianismo e islam, con nuestros hermanos cristianos, sobre todo con la Iglesia ortodoxa de Constantinopla y, en general, diálogo para una mejor comprensión entre todos. Naturalmente, no se pueden esperar grandes resultados en tres días. El viaje tiene un valor simbólico; el hecho de encontrarse, con amistad y respeto, como servidores de la paz, tiene su peso. Este simbolismo del compromiso por la paz y la fraternidad debería ser el fruto de este viaje.”

Siguió la pregunta: ¿Cree que Europa puede ayudar a Turquía a integrarse, respetando las diversas identidades culturales y religiosas?

“Conviene recordar que el padre de la Turquía moderna, Kemal Ataturk, tomó la Constitución francesa como modelo para la reconstrucción de Turquía. Así, desde su nacimiento, el diálogo entre la razón europea y la tradición musulmana turca está inscrito en la existencia de la Turquía moderna y, en este sentido, tenemos una responsabilidad recíproca.

En Europa se debate sobre laicidad “sana” y laicismo. Y me parece que esto es importante también para el verdadero diálogo con Turquía.

El laicismo, es decir, una idea que separa totalmente la vida pública del valor de las tradiciones, es un callejón sin salida. Debemos volver a definir el sentido de una laicidad que subraya y conserva la verdadera diferencia y autonomía entre las dos esferas, pero también su coexistencia, su responsabilidad común.

Sólo en el contexto de valores que tienen básicamente un origen común, es que la religión y la laicidad pueden vivir, en una relación fértil recíproca. Europeos, debemos reconsiderar nuestra razón laica, laicista, y Turquía debe pues, a partir de su historia, de sus orígenes, reflexionar con nosotros sobre la manera de reconstruir en el futuro este vínculo entre laicidad y tradición, entre razón abierta, tolerante, que tiene como elemento fundamental la libertad, y los valores que confieren su contenido a la libertad.”

Por su parte, el cardenal Bertone, Secretario de Estado, declaró:

“Turquía es desde hace tiempo un socio de Europa (…) En la actualidad, Turquía conoce un sistema de laicismo particular y un régimen que tiende hacia más democracia. Es del interés de Europa de ayudarle a ser una verdadera democracia para consolidar aún más un sistema de valores. Dejar Turquía fuera de Europa corre el riesgo por otro lado de favorecer el fundamentalismo islamista dentro del país. La integración a Europa puede realizarse por círculos concéntricos con un primer círculo de los países históricamente europeos, actualmente reunidos en la zona euro, y un segundo nivel para los que son más distantes.

La expresión “defensa del Occidente” es ambigua y puede tener un valor semántico positivo o negativo. Si se trata de excluir las otras civilizaciones, tradiciones o culturas, y de oponerse a ellas, a veces incluso de manera violenta, eso es inaceptable. Si se trata de tomar conciencia de los valores positivos de una herencia y de una tradición, entonces eso es admisible. No siempre hemos exportado valores positivos. No hay que renunciar a la identidad de la cual somos portadores, pero eso debe hacerse en el rechazo de todo exclusivismo. Esta es, por otra parte, la lección del Concilio Vaticano II”.

Una vez en el territorio, Benedicto XVI, en su Discurso al Cuerpo Diplomático, expresó:

“Turquía tiene desde siempre una situación de puente entre el Oriente y el Occidente, entre el continente asiático y el continente europeo, y de encrucijada de culturas y de religiones. En el siglo pasado, se proporcionó los medios de convertirse en un gran país moderno, haciendo, en particular, la elección de un Estado laico, distinguiendo claramente la sociedad civil y la religión, con el fin de permitir a cada una ser autónoma en su ámbito propio, respetando al mismo tiempo la esfera del otro. El hecho de que la mayoría de la población de este país sea musulmana constituye una realidad destacada de la vida social que el Estado debe tener en cuenta, pero la Constitución turca reconoce a todo ciudadano los derechos a la libertad de culto y a la libertad de conciencia. Es el deber de las Autoridades civiles en todo país democrático garantizar la libertad efectiva de todos los creyentes y de permitirles organizar libremente la vida de su comunidad religiosa. Deseo por supuesto que los creyentes, a cualquier comunidad religiosa que pertenezcan, puedan siempre beneficiarse de estos derechos, seguro de que la libertad religiosa es una expresión fundamental de la libertad humana y que la presencia activa de las religiones en la sociedad es un factor de progreso y de enriquecimiento para todos.”

Ya de regreso al Vaticano, durante la Audiencia general del 6 de diciembre de 2006, resumió su viaje:

“Me entrevisté con el Primer Ministro, el Presidente de la República y el Presidente para los Asuntos religiosos, dirigiendo a éste mi primer discurso. Rendí homenaje al mausoleo del “padre de la patria”, Mustafá Kemal Ataturk; después tuve la posibilidad de dirigirme al Cuerpo diplomático en la nunciatura apostólica de Ankara. Esta intensa serie de encuentros constituyó una parte importante de la visita, especialmente teniendo en cuenta que Turquía es un país muy mayoritariamente musulmán, pero regido por una Constitución que afirma la laicidad del Estado. Es pues un país emblemático con relación al gran reto que se plantea hoy a escala mundial. Por una parte, es necesario redescubrir la realidad de Dios y la importancia pública de la fe religiosa, y por otra parte garantizar que la expresión de esta fe es libre, sin derivas fundamentalistas, capaz de negar firmemente toda forma de violencia.

En el ámbito del diálogo interreligioso, la divina Providencia me permitió realizar, casi al final de mi viaje, un gesto que en un primer momento no estaba previsto y que resultó muy significativo:  la visita a la célebre Mezquita Azul de Estambul. En unos minutos de recogimiento en ese lugar de oración, oré al único Señor del cielo y de la tierra, Padre misericordioso de toda la humanidad, para que todos los creyentes se reconozcan como criaturas suyas y den testimonio de auténtica fraternidad.”

Así pues, fue una oportunidad propicia para renovar mis sentimientos de estima con respecto a los musulmanes y a la civilización islámica. Al mismo tiempo, insistí en la importancia de que cristianos y musulmanes trabajen juntos por el hombre, la vida, la paz y la justicia, reafirmando que la distinción entre la esfera civil y la religiosa constituye un valor, y que el Estado debe garantizar al ciudadano y a las comunidades religiosas la efectiva libertad de culto.

Discurso de Benedicto XVI al Congreso de Juristas católicos italianos

9 de diciembre de 2006

“Queridos hermanos y hermanas:

Bienvenidos a este encuentro, que tiene lugar en el contexto de vuestro congreso nacional de estudio dedicado al tema: “La laicidad y las laicidades” (…) El congreso afronta el tema de la laicidad, que es de gran interés porque pone de relieve que en el mundo de hoy la laicidad se entiende de varias maneras: no existe una sola laicidad, sino diversas, o, mejor dicho, existen múltiples maneras de entender y vivir la laicidad, maneras a veces opuestas e incluso contradictorias entre sí.

(…) Para comprender el significado auténtico de la laicidad y explicar sus acepciones actuales, es preciso tener en cuenta el desarrollo histórico que ha tenido el concepto.

La laicidad, nacida como indicación de la condición del simple fiel cristiano, no perteneciente ni al clero ni al estado religioso, durante la Edad Media revistió el significado de oposición entre los poderes civiles y las jerarquías eclesiásticas, y en los tiempos modernos ha asumido el de exclusión de la religión y de sus símbolos de la vida pública mediante su confinamiento al ámbito privado y a la conciencia individual.

Así, ha sucedido que al término “laicidad” se le ha atribuido una acepción ideológica opuesta a la que tenía en su origen.

En realidad, hoy la laicidad se entiende por lo común como exclusión de la religión de los diversos ámbitos de la sociedad y como su confín en el ámbito de la conciencia individual. La laicidad se manifestaría en la total separación entre el Estado y la Iglesia, no teniendo esta última título alguno para intervenir sobre temas relativos a la vida y al comportamiento de los ciudadanos; la laicidad comportaría incluso la exclusión de los símbolos religiosos de los lugares públicos destinados al desempeño de las funciones propias de la comunidad política: oficinas, escuelas, tribunales, hospitales, cárceles, etc.

Basándose en estas múltiples maneras de concebir la laicidad, se habla hoy de pensamiento laico, de moral laica, de ciencia laica, de política laica. En efecto, en la base de esta concepción hay una visión a-religiosa de la vida, del pensamiento y de la moral, es decir, una visión en la que no hay lugar para Dios, para un Misterio que trascienda la pura razón, para una ley moral de valor absoluto, vigente en todo tiempo y en toda situación.

Solamente dándose cuenta de esto se puede medir el peso de los problemas que entraña un término como laicidad, que parece haberse convertido en el emblema fundamental de la posmodernidad, en especial de la democracia moderna.

Por tanto, todos los creyentes, y de modo especial los creyentes en Cristo, tienen el deber de contribuir a elaborar un concepto de laicidad que, por una parte, reconozca a Dios y a su ley moral, a Cristo y a su Iglesia, el lugar que les corresponde en la vida humana, individual y social, y que, por otra, afirme y respete “la legítima autonomía de las realidades terrenas”, entendiendo con esta expresión -como afirma el concilio Vaticano II- que “las cosas creadas y las sociedades mismas gozan de leyes y valores propios que el hombre ha de descubrir, aplicar y ordenar paulatinamente” (Gaudium et spes, 36).

Esta autonomía es una “exigencia legítima, que no sólo reclaman los hombres de nuestro tiempo, sino que está también de acuerdo con la voluntad del Creador, pues, por la condición misma de la creación, todas las cosas están dotadas de firmeza, verdad y bondad propias y de un orden y leyes propias, que el hombre debe respetar reconociendo los métodos propios de cada ciencia o arte” (ib.). Por el contrario, si con la expresión “autonomía de las realidades terrenas” se quisiera entender que “las cosas creadas no dependen de Dios y que el hombre puede utilizarlas sin referirlas al Creador”, entonces la falsedad de esta opinión sería evidente para quien cree en Dios y en su presencia trascendente en el mundo creado (cfr. ib.).

Esta afirmación conciliar constituye la base doctrinal de la “sana laicidad”, la cual implica que las realidades terrenas ciertamente gozan de una autonomía efectiva de la esfera eclesiástica, pero no del orden moral. Por tanto, a la Iglesia no compete indicar cuál ordenamiento político y social se debe preferir, sino que es el pueblo quien debe decidir libremente los modos mejores y más adecuados de organizar la vida política. Toda intervención directa de la Iglesia en este campo sería una injerencia indebida.

Por otra parte, la “sana laicidad” implica que el Estado no considere la religión como un simple sentimiento individual, que se podría confinar al ámbito privado. Al contrario, la religión, al estar organizada también en estructuras visibles, como sucede con la Iglesia, se ha de reconocer como presencia comunitaria pública. Esto supone, además, que a cada confesión religiosa (con tal de que no esté en contraste con el orden moral y no sea peligrosa para el orden público) se le garantice el libre ejercicio de las actividades de culto -espirituales, culturales, educativas y caritativas- de la comunidad de los creyentes.

A la luz de estas consideraciones, ciertamente no es expresión de laicidad, sino su degeneración en laicismo, la hostilidad contra cualquier forma de relevancia política y cultural de la religión; en particular, contra la presencia de todo símbolo religioso en las instituciones públicas.

Tampoco es signo de sana laicidad negar a la comunidad cristiana, y a quienes la representan legítimamente, el derecho de pronunciarse sobre los problemas morales que hoy interpelan la conciencia de todos los seres humanos, en particular de los legisladores y de los juristas. En efecto, no se trata de injerencia indebida de la Iglesia en la actividad legislativa, propia y exclusiva del Estado, sino de la afirmación y de la defensa de los grandes valores que dan sentido a la vida de la persona y salvaguardan su dignidad. Estos valores, antes de ser cristianos, son humanos; por eso ante ellos no puede quedar indiferente y silenciosa la Iglesia, que tiene el deber de proclamar con firmeza la verdad sobre el hombre y sobre su destino.”

Viaje de Benedicto XVI a Brasil

La Conferencia de Prensa, durante el vuelo, el miércoles 9 de mayo de 2007, prestó la oportunidad para anticipar:

“Por último, será el momento que constituye la finalidad principal de este viaje: el encuentro con los obispos que participan en la Vª Conferencia general del Episcopado latinoamericano y del Caribe. Es un encuentro que, de por sí, tiene un contenido específicamente religioso: dar la vida en Cristo y ser discípulos de Cristo, sabiendo que todos queremos tener la vida, pero la vida no es plena si no tiene un contenido en sí y además una dirección que seguir. En este sentido, responde a la misión religiosa de la Iglesia y también abre la mirada a las condiciones necesarias para las soluciones a los grandes problemas sociales y políticos de América Latina.

La Iglesia como tal no hace políticarespetamos la laicidad—, pero ofrece las condiciones en las que puede madurar una sana política, con la consiguiente solución de los problemas sociales”.

Dicho encuentro con los Obispos, el domingo 13 de mayo, tuvo como centro el Discurso de Benedicto XVI durante la sesión inaugural de la Vª Conferencia del Episcopado:

“Las estructuras justas han de buscarse y elaborarse a la luz de los valores fundamentales, con todo el empeño de la razón política, económica y social. Son una cuestión de la recta ratio y no provienen de ideologías ni de sus promesas.

Ciertamente existe un tesoro de experiencias políticas y de conocimientos sobre los problemas sociales y económicos, que evidencian elementos fundamentales de un Estado justo y los caminos que se han de evitar. Pero en situaciones culturales y políticas diversas, y en el cambio progresivo de las tecnologías y de la realidad histórica mundial, se han de buscar de manera racional las respuestas adecuadas y debe crearse —con los compromisos indispensables— el consenso sobre las estructuras que se han de establecer.

Este trabajo político no es competencia inmediata de la Iglesia. El respeto de una sana laicidadincluso con la pluralidad de las posiciones políticas— es esencial en la tradición cristiana.

Si la Iglesia comenzara a transformarse directamente en sujeto político, no haría más por los pobres y por la justicia, sino que haría menos, porque perdería su independencia y su autoridad moral, identificándose con una única vía política y con posiciones parciales opinables.

La Iglesia es abogada de la justicia y de los pobres precisamente al no identificarse con los políticos ni con los intereses de partido. Sólo siendo independiente puede enseñar los grandes criterios y los valores inderogables, orientar las conciencias y ofrecer una opción de vida que va más allá del ámbito político.

Formar las conciencias, ser abogada de la justicia y de la verdad, educar en las virtudes individuales y políticas, es la vocación fundamental de la Iglesia en este sector.

Y los laicos católicos deben ser conscientes de su responsabilidad en la vida pública; deben estar presentes en la formación de los consensos necesarios y en la oposición contra las injusticias”.

Viaje de Benedicto XVI a Estados Unidos

El viaje a los Estados Unidos, en abril de 2008, proporcionó la ocasión de disertar sobre este tema ante los grandes jefes masónicos…

Para comprender la importancia de este viaje, es necesario saber que la primera enmienda a la Constitución americana, adoptada en 1791, resume por sí sola el principio de laicismo a la americana: el Estado autoriza una libertad religiosa total, permitiendo a cada confesión expresarse libremente, en la esfera privada como en la esfera pública, y prohíbe el establecimiento de una religión oficial.

El dólar es revelador del espíritu liberal que prevalece en los Estados Unidos y de la manera en que se ve la religión: a la izquierda, el triángulo masónico con el delta luminoso y la fórmula “Novus Ordo Saeculorum”, y al medio, la divisa “In God we trust” (Tenemos confianza en Dios)… Alianza de la independencia del hombre frente a Dios y de una creencia en un Dios indefinido.

La visita del Papa a los Estados Unidos (país que él considera como un modelo de libertad religiosa) resulta, pues, muy significativo. Hay que tener en cuenta las declaraciones especialmente elogiosas sobre el laicismo a la americana:

Lo que me encanta de Estados Unidos es que comenzó con un concepto positivo de laicidad”; “Estado laico, secular, que abriera posibilidades a todas las confesiones, a todas las formas de ejercicio religioso”; “Un Estado voluntariamente laico: eran contrarios a una Iglesia de Estado”; “Laico por amor de la religión”; “El modelo fundamental americano parece digno de observarse también en Europa”.

Consideremos los principales pasajes de sus discursos.

Anticipando la visita, aborda el tema en su Discurso a la señora Mary Ann Glendon, nueva embajadora de Estados Unidos ante la Santa Sede (viernes 29 de febrero de 2008):

“Excelencia:

(…) Desde el alba de la República, como usted ha observado, Estados Unidos ha sido una nación que valora el papel de las creencias religiosas para garantizar un orden democrático vibrante y éticamente sano. El ejemplo de su nación que reúne a personas de buena voluntad independientemente de la raza, la nacionalidad o el credo, en una visión compartida y en una búsqueda disciplinada del bien común, ha estimulado a muchas naciones más jóvenes en sus esfuerzos por crear un orden social armonioso, libre y justo. Esta tarea de conciliar unidad y diversidad, de perfilar un objetivo común y de hacer acopio de la energía moral necesaria para alcanzarlo, se ha convertido hoy en una tarea urgente para toda la familia humana, cada vez más consciente de su interdependencia y de la necesidad de una solidaridad efectiva para hacer frente a los desafíos mundiales y construir un futuro de paz para las futuras generaciones.

(…) No puedo dejar de observar con gratitud la importancia que Estados Unidos ha atribuido al diálogo entre las religiones y las culturas como una fuerza que contribuye de forma eficaz a promover la paz. La Santa Sede está convencida del gran potencial espiritual de ese diálogo, en particular para la promoción de la no violencia y el rechazo de las ideologías que manipulan y desfiguran la religión con miras a objetivos políticos, y justifican la violencia en nombre de Dios.

El aprecio histórico del pueblo estadounidense por el papel de la religión para forjar el debate público y para iluminar la dimensión moral intrínseca en las cuestiones sociales -un papel contestado a veces en nombre de una comprensión limitada de la vida política y del debate público- se refleja en los esfuerzos de muchos de sus compatriotas y líderes gubernamentales para asegurar la protección legal del don divino de la vida desde su concepción hasta su muerte natural y salvaguardar la institución del matrimonio, reconocido como unión estable entre un hombre y una mujer, así como de la familia.”

El martes 15 de abril, durante el vuelo hacia Washington tuvo lugar una Conferencia de Prensa. Una de las preguntas se refirió a la sociedad estadounidense, exactamente al puesto que ocupan los valores religiosos en esa sociedad: Santo Padre, al recibir a la nueva embajadora de Estados Unidos, usted puso de relieve como valor positivo el reconocimiento público de la religión en Estados Unidos. ¿Considera que este es un modelo posible también para la Europa secularizada? ¿No cree que existe también el peligro de que la religión y el nombre de Dios puedan usarse para promover ciertas políticas e incluso la guerra…?

La respuesta dada es la siguiente:

“Desde luego, en Europa no podemos simplemente copiar a Estados Unidos; tenemos nuestra historia. Pero todos debemos aprender unos de otros.

Lo que me encanta de Estados Unidos es que comenzó con un concepto positivo de laicidad, porque este nuevo pueblo estaba compuesto de comunidades y personas que habían huido de las Iglesias de Estado y querían tener un Estado laico, secular, que abriera posibilidades a todas las confesiones, a todas las formas de ejercicio religioso.

Así nació un Estado voluntariamente laico: eran contrarios a una Iglesia de Estado.

Pero el Estado debía ser laico precisamente por amor a la religión en su autenticidad, que sólo se puede vivir libremente.

Así, encontramos este conjunto de un Estado voluntaria y decididamente laico, pero precisamente por una voluntad religiosa, para dar autenticidad a la religión.

Y sabemos que Alexis de Tocqueville, estudiando la situación de Estados Unidos, vio que las instituciones laicas viven con un consenso moral que de hecho existe entre los ciudadanos.

Me parece que este es un modelo fundamental y positivo.

Por otra parte, hay que tener presente que en Europa, mientras tanto, han pasado doscientos años, más de doscientos años, con muchas vicisitudes.

Actualmente, también Estados Unidos sufre el ataque de un nuevo laicismo, totalmente diverso.

Así pues, primero los problemas eran la inmigración, pero la situación se ha complicado y diferenciado a lo largo de la historia.

Sin embargo, me parece que hoy el fundamento, el modelo fundamental, es digno de ser tenido en cuenta también en Europa.”

En la ceremonia de bienvenida, el miércoles de 16 de abril, dirigió la palabra a Bush en estos términos:

“Señor Presidente:

(…) Me siento dichoso de ser huésped de todos los americanos. Vengo como amigo y anunciador del Evangelio, como uno que tiene gran respeto por esta vasta sociedad pluralista. Los católicos americanos han ofrecido y siguen ofreciendo una excelente contribución a la vida de su País. Al comenzar mi visita, confío en que mi presencia pueda ser fuente de renovación y esperanza para la Iglesia en los Estados Unidos y refuerce la voluntad de los católicos de contribuir más responsablemente aún a la vida de la Nación, de la que están orgullosos de ser ciudadanos.

(…) En los próximos días, espero encontrarme no solamente con la comunidad católica de América, sino también con otras comunidades cristianas y representaciones de las numerosas tradiciones religiosas presentes en este País. Históricamente, no sólo los católicos, sino todos los creyentes han encontrado aquí la libertad de adorar a Dios según los dictámenes de su conciencia, siendo aceptados al mismo tiempo como parte de una confederación en la que cada individuo y cada grupo puede hacer oír su propia voz. Ahora que la Nación tiene que afrontar cuestiones políticas y éticas cada vez más complejas, confío que los americanos encuentren en sus creencias religiosas una fuente preciosa de discernimiento y una inspiración para buscar un diálogo razonable, responsable y respetuoso en el esfuerzo de edificar una sociedad más humana y más libre.

(…)Por su parte, la Iglesia desea contribuir a la construcción de un mundo cada vez más digno de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios (cfr. Gn 1, 26-27). Está convencida de que la fe proyecta una luz nueva sobre todas las cosas, y que el Evangelio revela la noble vocación y el destino sublime de todo hombre y mujer (cfr. Gaudium et spes, 10). La fe, además, nos ofrece la fuerza para responder a nuestra alta vocación y la esperanza que nos lleva a trabajar por una sociedad cada vez más justa y fraterna.”

En su discurso a los Obispos de Estados Unidos, durante la celebración de las Vísperas en el Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción de Washington, manifestó:

“(…) América es también una tierra de gran fe. Vuestra gente es bien conocida por el fervor religioso y está orgullosa de pertenecer a una comunidad orante. Tiene confianza en Dios y no duda en introducir en los discursos públicos argumentos morales basados en la fe bíblica. El respeto por la libertad de religión está profundamente arraigado en la conciencia americana, un dato que de hecho ha favorecido que este País atrajera generaciones de inmigrantes a la búsqueda de una casa donde poder dar libremente culto a Dios según las propias convicciones religiosas.”

No podía faltar un encuentro con los representantes de otras religiones. El discurso del jueves 17 de abril es un ejemplo claro de la ideología ratzingeriana:

Queridos amigos:

(…) Este País tiene una larga historia de colaboración entre las diversas religiones en muchos campos de la vida pública (…) Diferentes formas en que los miembros de diversas religiones se encuentran para mejorar la comprensión recíproca y promover el bien común. Aliento a todos los grupos religiosos en América a perseverar en esta colaboración y a enriquecer de este modo la vida pública con los valores espirituales que animan su acción en el mundo.

El lugar en el que estamos ahora reunidos fue fundado precisamente para promover este tipo de colaboración. De hecho, el “Pope John Paul II Cultural Center” desea ofrecer una voz cristiana para “la búsqueda humana del sentido y objeto de la vida” en un mundo de “comunidades religiosas, étnicas y culturales diversas” (Mission Statement). Esta institución nos recuerda la convicción de esta Nación de que todos los hombres deben ser libres para buscar la felicidad de manera adecuada a su naturaleza de criaturas dotadas de razón y de voluntad libre.

Los americanos han apreciado siempre la posibilidad de dar culto libremente y de acuerdo con su conciencia. Alexis de Tocqueville, historiador francés y observador de las realidades americanas, estaba fascinado por este aspecto de la Nación. Subrayó que éste es un País en el que la religión y la libertad están “íntimamente vinculadas” en la contribución a una democracia estable que favorezca las virtudes sociales y la participación en la vida comunitaria de todos sus ciudadanos.

En las áreas urbanas, es normal que las personas procedentes de sustratos culturales y religiosos diversos se impliquen de manera conjunta cada día en entidades comerciales, sociales y educativas. Hoy, jóvenes cristianos, judíos, musulmanes, hindúes, budistas, y niños de todas las religiones se sientan en las aulas de todo el País uno junto a otro, aprendiendo unos de otros. Esta diversidad da lugar a nuevos retos que suscitan una reflexión más profunda sobre los principios fundamentales de una sociedad democrática.

Es de desear que vuestra experiencia anime a otros, siendo conscientes de que una sociedad unida puede proceder de una pluralidad de pueblos –E pluribus unum, de muchos, uno–, a condición de que todos reconozcan la libertad religiosa como un derecho civil fundamental (cf. Dignitatis humanae, 2).

El deber de defender la libertad religiosa nunca termina. Nuevas situaciones y nuevos desafíos invitan a los ciudadanos y a los líderes a reflexionar sobre el modo en que sus decisiones respetan este derecho humano fundamental.

Tutelar la libertad religiosa dentro de la normativa legal no garantiza que los pueblos –en particular las minorías– se vean libres de formas injustas de discriminación y prejuicio. Esto requiere un esfuerzo constante por parte de todos los miembros de la sociedad con el fin de asegurar que a los ciudadanos se les dé la oportunidad de celebrar pacíficamente el culto y transmitir a sus hijos su patrimonio religioso.

La transmisión de las tradiciones religiosas a las generaciones venideras no sólo ayuda a preservar un patrimonio, sino que también sostiene y alimenta en el presente la cultura que las circunda.

Lo mismo vale para el diálogo entre las religiones: tanto los que participan en él como la sociedad salen enriquecidos. En la medida en que crezcamos en la mutua comprensión, vemos que compartimos una estima por los valores éticos, perceptibles por la razón humana, que son reconocidos por todas las personas de buena voluntad.

El mundo pide insistentemente un testimonio común de estos valores. Por consiguiente, invito a todas las personas religiosas a considerar el diálogo no sólo como un medio para reforzar la comprensión recíproca, sino también como un modo para servir a la sociedad de manera más amplia.

Al dar testimonio de las verdades morales que tienen en común con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, los grupos religiosos influyen sobre la cultura en su sentido más amplio e impulsan a quienes nos rodean, a los colegas de trabajo y los conciudadanos, a unirse en el deber de fortalecer los lazos de solidaridad.

Usando las palabras del Presidente Franklin Delano Roosevelt, “nada más grande podría recibir nuestra tierra que un renacimiento del espíritu de fe”.

Un ejemplo concreto de la contribución que las comunidades religiosas pueden ofrecer a la sociedad civil son las escuelas confesionales. Estas instituciones enriquecen a los niños tanto intelectual como espiritualmente. Guiados por sus maestros en el descubrimiento de la dignidad dada por Dios a todo ser humano, los jóvenes aprenden a respetar las creencias y prácticas religiosas de los otros, enalteciendo la vida civil de una nación.

(…) Que los miembros de todas las religiones estén unidos en la defensa y promoción de la vida y la libertad religiosa en todo el mundo. Y que, dedicándonos generosamente a este sagrado deber –a través del diálogo y de tantos pequeños actos de amor, de comprensión y de compasión– seamos instrumentos de paz para toda la familia humana. Paz a todos ustedes.

Por último, el discurso durante el encuentro con los miembros de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el viernes 18 de abril:

“Señor Presidente, Señoras y Señores:

(…) La referencia a la dignidad humana, que es el fundamento y el objetivo de la responsabilidad de proteger, nos lleva al tema sobre el cual hemos sido invitados a centrarnos este año, en el que se cumple el 60° aniversario de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. El documento fue el resultado de una convergencia de tradiciones religiosas y culturales, todas ellas motivadas por el deseo común de poner a la persona humana en el corazón de las instituciones, leyes y actuaciones de la sociedad, y de considerar a la persona humana esencial para el mundo de la cultura, de la religión y de la ciencia.

(…) Pertenece a la naturaleza de las religiones, libremente practicadas, el que puedan entablar autónomamente un diálogo de pensamiento y de vida. Si también a este nivel la esfera religiosa se mantiene separada de la acción política, se producirán grandes beneficios para las personas y las comunidades.

Por otra parte, las Naciones Unidas pueden contar con los resultados del diálogo entre las religiones y beneficiarse de la disponibilidad de los creyentes para poner sus propias experiencias al servicio del bien común. Su cometido es proponer una visión de la fe, no en términos de intolerancia, discriminación y conflicto, sino de total respeto de la verdad, la coexistencia, los derechos y la reconciliación.

Obviamente, los derechos humanos deben incluir el derecho a la libertad religiosa, entendido como expresión de una dimensión que es al mismo tiempo individual y comunitaria, una visión que manifiesta la unidad de la persona, aun distinguiendo claramente entre la dimensión de ciudadano y la de creyente.

La actividad de las Naciones Unidas en los años recientes ha asegurado que el debate público ofrezca espacio a puntos de vista inspirados en una visión religiosa en todas sus dimensiones, incluyendo la de rito, culto, educación, difusión de informaciones, así como la libertad de profesar o elegir una religión.

Es inconcebible, por tanto, que los creyentes tengan que suprimir una parte de sí mismos –su fe– para ser ciudadanos activos. Nunca debería ser necesario renegar de Dios para poder gozar de los propios derechos. Los derechos asociados con la religión necesitan protección sobre todo si se los considera en conflicto con la ideología secular predominante o con posiciones de una mayoría religiosa de naturaleza exclusiva.

No se puede limitar la plena garantía de la libertad religiosa al libre ejercicio del culto, sino que se ha de tener en la debida consideración la dimensión pública de la religión y, por tanto, la posibilidad de que los creyentes contribuyan la construcción del orden social.

(…) El rechazo a reconocer la contribución a la sociedad que está enraizada en la dimensión religiosa y en la búsqueda del Absoluto –expresión por su propia naturaleza de la comunión entre personas– privilegiaría efectivamente un planteamiento individualista y fragmentaría la unidad de la persona.”

Viaje de Benedicto XVI a Francia

Durante la Conferencia de Prensa, en el vuelo hacia Francia, a la pregunta de un periodista: En 1980, Juan Pablo II, durante su primer viaje, preguntó: “Francia, ¿eres fiel a las promesas de tu bautismo?”. Hoy, ¿cuál será su  mensaje  a  los franceses? ¿Piensa que, a causa de la laicidad, Francia está a punto de perder su identidad cristiana?, Benedicto XVI respondió:

“Hoy me parece evidente que la laicidad, de por sí, no está en contradicción con la fe. Diría incluso que es un fruto de la fe, puesto que la fe cristiana, desde sus comienzos, era una religión universal y, por tanto, no identificable con un Estado; es una religión presente en todos los Estados y diferente de cada Estado. Para los cristianos ha sido siempre claro que la religión y la fe no están en la esfera política, sino en otra esfera de la vida humana… La política, el Estado no es una religión, sino una realidad profana con una misión específica. Las dos realidades deben estar abiertas una a la otra. En este sentido, diría que para los franceses, y no solamente para los franceses, para nosotros los cristianos en este mundo secularizado de hoy, es importante vivir con alegría la libertad de nuestra fe, vivir la belleza de la fe y hacer visible en el mundo de hoy que es hermoso conocer a Dios, al Dios con rostro humano en Jesucristo. Así pues, mostrar la posibilidad de ser creyentes hoy y también la necesidad de que en la sociedad de hoy haya hombres que conozcan a Dios y, por tanto, puedan vivir según los valores que él nos ha dado, contribuyendo a la presencia de los valores que son fundamentales para la construcción y para la supervivencia de nuestros Estados y de nuestras sociedades.”

Con ocasión de la visita de Benedicto XVI a Francia, el presidente de la República, Nicolás Sarkozy alabó la “laicidad positiva y abierta”:

Muy Santo Padre,

(…) Para los millones de franceses católicos, su visita es un acontecimiento excepcional. Les obtiene una alegría intensa y suscita grandes esperanzas. Es pues natural que el Presidente de la República, que el Gobierno, el Primer Ministro, que el conjunto de los responsables políticos de nuestro país, se asocien a esta alegría, como se asocian regularmente a las alegrías y a los dolores de todos nuestros compatriotas cualquiera que sean. Quiero, en su presencia, dirigir a los católicos de Francia todos mis deseos para el éxito de su visita.

Deseé que estén presentes en esta sala un determinado número de ellos, conocidos o menos conocidos, pero comprometidos en todos los sectores de la sociedad: movimientos de juventud y educación, sector social y asociativo, salud, empresa, sindicalismo, administración y vida política, periodismo, comunidad científica, mundo del deporte, las artes y el espectáculo, mundo de la literatura y las ideas, y por supuesto instituciones eclesiales. Son la cara de una distinta Iglesia de Francia, moderna, que quiere poner toda su energía al servicio de su fe.

Están también presentes en esta sala, y les agradezco, los representantes de las otras religiones y tradiciones filosóficas, y muchos franceses agnósticos o no creyentes, ellos también comprometidos para el bien común.

En la República laica que es Francia, todos, muy Santo Padre, le acogen con respeto como jefe de una familia espiritual cuya contribución a la historia de Francia, a la historia del mundo, a la civilización, no es ni cuestionable, ni controvertida.

El diálogo entre la fe y la razón ocupó una parte preponderante en su marcha intelectual y teológica. No sólo no dejó de apoyar la compatibilidad entre la fe y la razón, sino que también piensa que la especificidad y la fecundidad del cristianismo no son disociables de su encuentro con los fundamentos del pensamiento griego.

La democracia tampoco no debe cortarse de la razón. No puede limitarse a basarse en la adición aritmética de sufragios, ni sobre los movimientos apasionados de los individuos.

Debe proceder de la argumentación y del razonamiento, también buscar honradamente lo que es bueno y necesario, respetar principios esenciales reconocidos por el entendimiento común.

¿Cómo por otra parte la democracia podría privarse de las luces de la razón sin rechazarse ella misma, ella que es hija de la razón y de las Luces? Está allí una exigencia diaria para el Gobierno de las cosas públicas y para el debate político.

Por eso es legítimo para la democracia y respetuoso de la laicidad el dialogar con las religiones. Las religiones, y, en particular, la religión cristiana con la cual compartimos una larga historia, son patrimonios, patrimonios vivos de reflexión y pensamiento, no solamente sobre Dios, sino también sobre el hombre, sobre la sociedad, e incluso sobre esta preocupación hoy central que es la naturaleza y la defensa del medio ambiente. Sería una locura privarnos, simplemente una falta contra la cultura y contra el pensamiento.

Esta es la razón por la que apelo a una laicidad positiva, una laicidad que respeta, una laicidad que reúne, una laicidad que dialoga, y no hay una laicidad que excluye o que denuncia.

(…)

La laicidad positiva, la laicidad abierta, es una invitación al diálogo, una invitación a la tolerancia, una invitación al respeto. Dios sabe que nuestras sociedades necesitan diálogo, respeto, tolerancia, calma.

Usted da una oportunidad, un respiro, una dimensión suplementaria al debate público. Este debate es un reto: hace treinta años aún, ninguno de nuestros antecesores habría podido imaginar, ni siquiera sospechar, las cuestiones a las cuales hoy nos encontramos enfrentados. Crea que, para un responsable político, es una pesada responsabilidad de despejar estos nuevos campos del conocimiento, de la democracia y del debate.

(…)

En la India, cristianos, musulmanes e hindúes deben renunciar a toda forma de violencia y confiarse en las virtudes del diálogo. En Asia, la libertad de practicar su religión, cualquiera que sea, debe respetarse. A menudo he tenido la ocasión de hablar de las raíces cristianas de Francia. Eso no nos impide hacerlo todo para que nuestros compatriotas musulmanes puedan vivir su religión a igualdad con todos los otros. Esta diversidad que consideramos como una riqueza, queremos que los otros países en el mundo la respeten. Muy Santo Padre, eso se llama la reciprocidad.

Francia es múltiple. Quiero como prueba que Francia acogió con mucho interés al Dalai Lama. Jefe espiritual del budismo tibetano, el Dalai Lama transmite enseñanzas a las cuales nuestra sociedad está muy atenta. Merece ser respetado, merece ser escuchado, merece que se dialogue con él.

He aquí la práctica de la laicidad positiva: la búsqueda de sentido, el respeto de las creencias. No ponemos a nadie por encima de otro, pero asumimos nuestras raíces cristianas.

Trabajamos por la paz. No queremos una reanudación de guerras de religión. Esta es la razón por la que, tras su entrevista con el rey de Arabia Saudita, que hizo historia, que marcó, yo viajé a Riad para insistir sobre lo que acerca a las religiones más bien que sobre lo que las divide.

El diálogo con y entre las religiones es lo que está en juego principalmente en el siglo naciente. Los responsables políticos no pueden desinteresarse. Pero no pueden contribuir sin respetar las religiones. Ya que no hay diálogo sin confianza, y no hay confianza sin respeto.

Sí, respeto las religiones, todas las religiones. Conozco los errores que ellas cometieron en el pasado, los integrismos y los fanatismos que las amenazan, pero sé el papel que desempeñaron en la edificación de la humanidad. Reconocerlo no disminuye de ningún modo los méritos de las otras corrientes de pensamiento.

Sé la importancia de las religiones para responder a la necesidad de esperanza de los hombres y no desprecio esta necesidad. La búsqueda de espiritualidad no es un peligro para la democracia, no es un peligro para la laicidad.

Por todas estas razones, Santísimo Padre, sea bienvenido en Francia.”

Sabemos perfectamente qué hubiesen respondido a Nicolás Sarkozy Gregorio XVI, Pío IX, León XIII, San Pío X, Pío XI o Pío XII…

No nos sorprende demasiado la respuesta de Benedicto XVI…, los papas conciliares nos tienen acostumbrados, y estamos curados de espanto…

En respuesta al pregón sarkozyniano sobre la neo-masónica laicidad positiva, él declaró:

“Señor Presidente,

Señoras y Señores, queridos amigos

(…) Numerosas personas, también aquí en Francia, se han detenido para reflexionar acerca de las relaciones de la Iglesia con el Estado. Ciertamente, en torno a las relaciones entre campo político y campo religioso, Cristo ya ofreció el criterio para encontrar una justa solución a este problema al responder a una pregunta que le hicieron afirmando: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mc 12,17).

La Iglesia en Francia goza actualmente de un régimen de libertad. La desconfianza del pasado se ha transformado paulatinamente en un diálogo sereno y positivo, que se consolida cada vez más. Un instrumento nuevo de diálogo existe desde el 2002 y tengo gran confianza en su trabajo porque la buena voluntad es recíproca.

Sabemos que quedan todavía pendientes ciertos temas de diálogo que hará falta afrontar y afinar poco a poco con determinación y paciencia.

Por otra parte, Usted, Señor Presidente, utilizó la bella expresión “laicidad positiva” para designar esta comprensión más abierta.

En este momento histórico en el que las culturas se entrecruzan cada vez más entre ellas, estoy profundamente convencido de que una nueva reflexión sobre el significado auténtico y sobre la importancia de la laicidad es cada vez más necesaria.

En efecto, es fundamental, por una parte, insistir en la distinción entre el ámbito político y el religioso para tutelar tanto la libertad religiosa de los ciudadanos, como la responsabilidad del Estado hacia ellos y, por otra parte, adquirir una más clara conciencia de las funciones insustituibles de la religión para la formación de las conciencias y de la contribución que puede aportar, junto a otras instancias, para la creación de un consenso ético de fondo en la sociedad.

(…) El ejercicio de la Presidencia de la Unión Europea es la ocasión para vuestro país de dar testimonio del compromiso de Francia, de acuerdo a su noble tradición, con los derechos humanos y su promoción para el bien de la persona y la sociedad. Cuando el europeo llegue a experimentar personalmente que los derechos inalienables del ser humano, desde su concepción hasta su muerte natural, así como los concernientes a su educación libre, su vida familiar, su trabajo, sin olvidar naturalmente sus derechos religiosos, cuando este europeo, por tanto, entienda que estos derechos, que constituyen una unidad indisociable, están siendo promovidos y respetados, entonces comprenderá plenamente la grandeza de la construcción de la Unión y llegará a ser su artífice activo.

(…) Señor Presidente, queridos amigos, deseo una vez más manifestar mi agradecimiento por este encuentro. Cuenten con mi plegaria ferviente por su hermosa Nación, para que Dios le conceda paz y prosperidad, libertad y unidad, igualdad y fraternidad.

Encomiendo estos deseos a la intercesión maternal de la Virgen María, patrona principal de Francia. ¡Que Dios bendiga a Francia y a todos los franceses!”

En su discurso a los obispos franceses, el domingo 14 de septiembre, Benedicto XVI se refirió el tema de las relaciones entre la Iglesia y el Estado:

“En el Elíseo, mencioné el otro día la originalidad de la situación francesa, que la Santa Sede desea respetar. En efecto, estoy convencido de que las Naciones nunca deben aceptar que desaparezcan lo que forma su identidad propia.

En una familia, sus miembros, aun teniendo el mismo padre y la misma madre, no son sujetos indiferenciados, sino personas con su propia individualidad. Esto vale también para los Países, que han de estar atentos a salvaguardar y desarrollar su propia cultura, sin dejarse absorber nunca por otras o ahogarse en una insulsa uniformidad.

(…) En esta perspectiva, resaltar las raíces cristianas de Francia permitirá a cada uno de los habitantes de este País comprender mejor de dónde viene y adónde va.

Por tanto, en el marco institucional vigente y con el máximo respeto por las leyes en vigor, habrá que encontrar una nueva manera de interpretar y vivir en lo cotidiano los valores fundamentales sobre los que se ha edificado la identidad de la Nación.

Vuestro Presidente ha hecho alusión a esta posibilidad. Los presupuestos sociopolíticos de la antigua desconfianza o incluso de hostilidad se desvanecen paulatinamente.

La Iglesia no reivindica el puesto del Estado. No quiere sustituirle. La Iglesia es una sociedad basada en convicciones, que se sabe responsable de todos y no puede limitarse a sí misma. Habla con libertad y dialoga con la misma libertad con el deseo de alcanzar la libertad común.

Gracias a una sana colaboración entre la comunidad política y la Iglesia, realizada con la conciencia y el respeto de la independencia y de la autonomía de cada una en su propio campo, se lleva a cabo un servicio al ser humano con miras a su pleno desarrollo personal y social.

Diversos puntos, primicias de otros que podrán añadirse según sea necesario, han sido ya examinados y resueltos en el ámbito de la “Comisión de Diálogo entre la Iglesia y el Estado”. De ésta forma parte naturalmente, en virtud de la misión que le es propia y en nombre de la Santa Sede, el Nuncio Apostólico, que está llamado a seguir activamente la vida de la Iglesia y su situación en la sociedad.”

Como podemos comprobar, no se trata de palabras ocasionales, dichas como de paso; estamos frente a un pensamiento consolidado, con bases firmes y al servicio del Nuevo Orden Mundial Masónico…


[1] Laico: palabra proveniente del griego (laos ‘pueblo’, laikos) significa que pertenece al pueblo en general y no a un grupo en particular. En la Edad Media, laikos se utilizó por oposición al clero, que era un grupo particular, o sea, tenía el sentido de “que no pertenece al clero”, “que no es eclesiástico”.

En el español de hoy conserva estos sentidos, pero se aplica también a la entidad que es “independiente de cualquier organización o confesión religiosa”, como en “Estado laico” o en “enseñanza laica”.

Laicismo: se define como “doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa”.

La palabra “Laicidad”, usada a veces por la prensa, debería ser reemplazada por laicismo.

Laïcité : caractère de neutralité religieuse d’un établissement d’instruction ou d’assistance, d’une loi, d’une institution. (carácter de neutralidad religiosa de un establecimiento de instrucción o de asistencia, de una ley, de una institución)

Laicizar: hacer laico o independiente de toda influencia religiosa.

Laicización: acción y efecto de laicizar.

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Continuará

Acerca de Fabian Vazquez

La Voz de la Tradición Católica, con la Verdad aunque duela.

14 pensamientos en “LA DOCTRINA DE LAS RELACIONES ENTRE LA IGLESIA Y EL ESTADO FRENTE AL LAICISMO (4 de 5)

  1. Esto sigue muy interesante, de una profundidad preclara.
    Es obvio que TODA la crisis actual en la Iglesia tiene por raiz una crisis de fe total. Este desmoronamiento de la FE es la causa por la cual aquellos hombres que debian ser “columnas” en la Verdad pasaron a ser piedrecitas de tropiezo, avergonzados de su propia confesion cual Pedro encarado por los judios en las horas de la condenacion de Jesucristo. Estos hombres, avergonzados por la Verdad, se hicieron uno con el mundo y su dios, se postraron ante los pies de barro del aplauso “moderno” que se horroriza de cualquier cosa que pretenda ser Verdad y Absoluto y honra la libertad amorfa del vale todo porque nadie vale nada. Ahi nos han inventado falsas distinciones como bien las desesmarcara el Padre Ceriani, en realidad significan lo mismo pero nos han pretendido hacer creer que una cosa es laicismo y otra laicidad. Por ahi andan estos falsos “popes” de la desverguenza, pontificando igualitarismo, ecumenismo, dialoguismo, conciliarismo, y no se cuantos otros “ismos” a falta de lo que debieran ser reales testigos: de la Verdad. Pero han perdido la fe.

  2. Voy a hacer una confesión: yo sí tenía alguna esperanza, sí creía en la posibilidad de un milagro. Ahora terminantemente no. Si la Tradición regresará a la Iglesia oficial o no, Dios sabrá, pero con el Papa actual, no.
    Mons. Fellay en la conferencia que dio el otro día en Bs. As. estaba muy confundido: decía que el Papa era contradictorio porque daba buenas señales en algunas cosas, y malas en otras. Yo lo veo claro: Benedicto XVI simpatiza ciertamente con el rito antiguo, o al menos en su mente liberal, está de acuerdo con que los que quieran la Misa tradicional puedan tenerla. Pero no tiene la Fe Católica. Apoya total y absolutamente al Concilio con todos sus errores. Y, que censure a los más acérrimos modernistas que quieren ir más allá del mismo Concilio, no quiere decir que tenga la Fe Católica. También confieso que eso alguna vez me confundió a mí también. Dicen que la esperanza no debe perderse, pero cuesta, la verdad. Igualmente propongo rezar incesantemente por el Papa y por la FSSPX. Que Dios los bendiga.

  3. Ah, otra cosa… siempre me dio la impresión de que Benedicto XVI tiene un estilo “Opus Dei”. ¿A alguien le da esa sensación? Me refiero, simpatiza con el orden, la disciplina, la distinción entre sacerdote y laico, las sotanas, los ornamentos antiguos, el incienso, el latín… pero su mente está hiper contaminada con liberalismo y modernismo. En los sacerdotes del Opus Dei sucede algo muy similar: muy linda fachada, pero la Fe un desastre… ¿no les parece? Kyrie Eleison.

  4. Ariel Roy,

    La verdad está apareciendo para quienes no conocían el fondo del problema. Esa doble cara pertinaz de RatZinger sólo puede tener una explicación: la infiltración y la simulación.

    Pero, ¿cómo puede suceder esto, cómo es posible que alguien sea tan perversamente hipócrita?

    R.- Es un misterio, llamado el Misterio de la Iniquidad por el profeta San Daniel. Asimismo advertido por Nuestra Señora en La Sallete y seguramente en la parte todavía oculta del secreto de Fátima.

    Ave Maria, Gratia Plena, Dominus tecum…

  5. Ariel,
    Me parece que es honesto lo que dices. Me incluyo entre los que pensaron de otra manera tiempo atras. Yo tambien hice (estoy haciendo) mi proceso de entender mejor las cosas. La clave para mi ha sido llevar las ideas hasta sus ultimas consequencias, y es ahi donde “hacen agua” al no resistir un pensamiento riguroso. El caso del Padre Ceriani es para mi un ejemplo importantisimo: Hombre de Dios, bien formado, inteligente, que lleva el razonamiento sin vueltas ni disfraces. Honestamente no puede seguir en la Fraternidad actual (con la dirigencia actual) porque caen en la contradiccion con su misma identidad, con su mismo Fundador, con las mismas ideas que ellos enarbolaron por decadas. Y si indagas con el “ala acuerdista” veras que se pintan muy bien, pero hacen agua por todos lados, por las contradicciones que caen.
    No se lo del Opus, ni entiendo muy bien lo de Ratzinger. No olvides que ha sido uno de los “progenitores” del vaticano 2, fue uno de sus peritos, fue del ala del Rhin, y no ha dejado de ser en NADA lo que era. Sera conveniente ser ahora mas “conservador”? Sera gusto? Sera politica? No se, pero por los frutos se ve su doble discurso y su doble cara, y su fe modernista.

  6. Está claro que Dios creó al ser humano libre, y la propia dignidad del ser humano exige el reconocimiento de sus derechos fundamentales, por cualquier Gobierno legítimo. Ni siquiera queriendo, se podría imponer a alguien la vivencia del Evangelio, ya que ésta exige aceptación por la propia voluntad del Bien aquí propuesto, que es ajeno a la conducta meramente guiada por la obtención de premios o evitación de castigos.
    Esta libertad del ser humano, concedida por Dios, no es incompatible con las diferentes autoridades y sociedades humanas sanas, las cuales tienen que ejercitar su labor legítima respetando precisamente los derechos fundamentales de todos y de cada uno, lo cual no ocurre hoy en día.
    Está claro que el Estado no está para intervenir en cada uno de los aspectos de la vida cotidiana; esto, entre otras cosas, mata la deseable libertad humana, su legítima capacidad de elección, con las consiguientes nefastas consecuencias. Y esto es lo que está pretendiendo el Nuevo Orden Mundial, el cual, con la disculpa aducida de no soportar ni un mero riesgo ciudadano, está metiendo a todo el mundo en el gran riesgo que supone la concentración del poder en unas solas manos.
    Desgraciadamente si el Estado va creciendo en poder es gracias al egoísmo ciudadano, que ve muy razonables, mundanamente hablando, todos sus perversos pasos; pero vemos que sin Cristo, no hay bien alguno; anteponiendo un aparente orden externo al bien de las personas, no se consigue ni ese idolatrado, y engañoso como último objetivo, orden externo. Si hay cosas mejorables, sólo siguiendo la doctrina de Jesús, las mejoraremos, y no metiéndonos en más problemas por el camino del tentador egoísmo.
    En esta sociedad no se respeta la auténtica libertad de la persona, sino que hay una incitación al mal, a lo degradante, a que al persona se guíe ciegamente por sus propios intereses, y esto sí que atenta contra todos los derechos fundamentales de las personas. Y esto ocurre porque escasean las personas que son capaces de decantarse por el amor generoso en sus vidas, por buscar el bien auténtico de las personas por encima de sus egoístas intereses. Cuando venga Jesucristo en Gloria, ¿encontrará siquiera a uno con fe? Si Dios permite todo lo que estamos viendo es que espera sacar de ello mayores bienes, al igual que a la hora de crear el mundo.

  7. Lo de la “sotana” discrepo…el teologo Ratzinger en el concilio de 1962…existen fotos conocidas QUE APARECE VESTIDO DE CALLE CON CHAQUETA Y CORBATA sin ningun disimulo…cuando en aquella epoca “todavia” todos los sacerdotes estaban obligados a usar habito TODOS LOS DIAS DE SU VIDA.
    Pero Ratzinger estaba maquinando con los teologos de la Revolucion.

    Asi nos va.

  8. AntiRatzinger: me refiero al pensamiento del Papa HOY, no cuando era teólogo del Concilio. No conozco qué opinaba de la sotana, el orden y la disciplina en esa época. Pero hoy está claro que le gustan. Sinceramente no recuerdo si ha dicho algo sobre la sotana (Juan Pablo II sí) pero al subrayar la distinción entre sacerdote y laico podría estar implícito.
    Logan: que yo esté desencantado no quiere decir que sea sedevacantista como usted, ni mucho menos. Sigo y seguiré por siempre rechazando el sedevacantismo.
    Y una cosa más: a mí personalmente la relación entre Roma y la FSSPX me resbala totalmente. No me interesan ni los “acuerdistas” ni los “antiacuerdistas”. Yo no pertenezco a la FSSPX (y aunque quisiera, no podría: por estos lares ni figuran). De manera que la táctica que use la FSSPX para llevar la Fe Católica a Roma no me interesa, puesto que no entiendo demasiado tampoco. Lo único que entiendo es cuál es la Fe Verdadera, y Roma se ha apartado considerablemente de ella en los últimos años. Que Dios se apiade de nosotros.

  9. Trataré de explicar la situación actual para saber qué hacer como verdaderos hijos de la Iglesia Católica Escatológica.

    La época breve en que tendrá lugar la batalla final entre el “Dragón de 7 cabezas y 10 cuernos el G-20 y la Mujer vestida del sol, La Santísima Virgen María” que menciona el libro del Apocalipsis Cap. XII. Les hablaré, de lo que parece ser el complot del G-20 urdido contra la Iglesia, en contra de Nuestro Señor Jesucristo, de Dios Padre y, luego cómo fue posible que esos autores -de los cuales el principal es el mismo Satanás- hayan logrado introducirse en la Iglesia y servirse de sus hombres para concretar sus planes.

    Nos encontramos, sin duda, en una situación trágica, socio política económica bélica mundial, por lo tanto debemos tomar resoluciones firmes; somos los herederos de Dios que vivimos en esta época, en esta situación de la Iglesia en la que el mismo Papa está comprometido en el camino de la Fe, por eso hemos de obrar en consecuencia, para defender a todo precio la Fe Católica y la Santa Iglesia, por nosotros como católicos latinoamericanos, ya que las HERMOSÍSIMAS Iglesias Católicas de Europa se encuentras bacías y sin fieles.

    Ustedes conocen el libro de Sardá y Salvany: “El liberalismo es pecado”, este libro fue escrito ya hace casi un siglo y aprobado por San Pío X, aprobado por la Santa Sede. EL LIBERALISMO ES PECADO. ¿Y qué es ese pecado de liberalismo? Es la Revolución del hombre en contra de Dios; el deseo de independencia: el hombre quiso liberarse de Dios, o la libertad del hombre que quiso alejarse de Dios.

    ¿De qué hizo la libertad el hombre? ¿Para qué la hizo? Hizo la libertad de pecar, de ser libre para poder pecar, para obrar según su conciencia: libertad de conciencia, libertad de prensa, libertad de pensamiento…

    Antes de producirse esto el hombre dependía de Dios y sentía esa dependencia de la Autoridad Suprema, la Verdad perfecta, la Ley misma [...] ahora festejan la independencia, los países festejan su independencia, no sería nada si se tratara de una independencia de orden político o de un hecho simplemente histórico, lo hacen festejando la de Dios.

    Podríamos preguntarnos ¿qué es ese liberalismo, cuál es su definición? Y diremos que el LIBERALISMO es una religión; una que quiere reemplazar a la Católica; que tiene sus propios sacerdotes: los dirigentes Iluminatis, los dirigentes de la Masonería del G-7 que ahora ya están infiltrados en el G-20. Ellos son sus sagrados pontífices, ellos enseñaron esta religión en sus logias y desde allí dirigen la operación de destrucción de la Iglesia y de la Cristiandad.

    Esa religión-liberal tiene su culto, laico, el de la Diosa Razón, que fuera adorada en la Catedral de París en la Revolución Francesa. El culto a la libertad y con su estatua emblemática mundial en Nueva York, que significa la Gran Ramera, Ap. XVII y XVIII. Ese culto que hace estatuas que reemplazan a las -de la Santísima Virgen María y a la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo.

    Esta nueva religión del G-20, aquelarre creado hace un año solamente, tiene su calendario, sus gestas laicas reemplazando a las de Dios, con sus mitos: el hombre, la razón, la libertad. El hombre es tratado como todopoderoso, como centro de la Creación, sin deberle nada a Dios.

    Y tiene también su decálogo reemplazando al de Nuestro Señor, este es el de los derechos del hombre. No más derechos para Dios. No más obligaciones para el hombre, sino los derechos para poder pecar, para elegir lo que quiera, para que todos respeten su conciencia. Jesús en cambio, no dijo eso a sus apóstoles cuando les enseñó a predicar: “quien crea, y se convierta, se salvará, quien no crea se condenará”. No les dijo que cada uno siguiera su conciencia, les dijo que enseñaran la Verdad y por esto ellos murieron mártires de la Verdad. No para que cada uno obrara según su conciencia, no para que les dijeran “hagan lo que quieran”, y sin embargo, por desgracia, ese es el espíritu que domina hoy aún en el interior de la Iglesia Católica.

    Esta religión de liberalismo del G-20 tiene también su política su organización: LA DEMOCRACIA; el poder ya no procede de Dios sino del hombre, es él quien hace la ley. La democracia también se transforma rápidamente en socialismo y en comunismo; la mayor parte de las naciones que son democráticas se encuentran en esta situación, dirigidas por un poder socialista, como China, Rusia y sus aliados.

    Todo esto procede de esta religión liberal; ella tiene, además, sus fuerzas, Sin duda ustedes lo saben mejor que yo, ya que no estoy enterado de los asuntos secretos de las bandas, pero es un hecho que tienen poderes ocultos, en las finanzas. Qué o quién, no lo se, pero tienen todo el dinero del mundo y dominan las finanzas en todos los sectores de las ciudades; ese poder enorme que puede tranquilamente aniquilar una nación suprimiéndole los créditos -tenemos el ejemplo aquí en los países de América Latina- y a cambio de esos créditos exigen que, en estos países, se aplique la religión liberal.

    Tienen así una fuerza asombrosa y un poder indudablemente diabólico.

    Tienen también sus medios de comunicación que están todos en manos de la masonería. En Europa ya no existen periódicos católicos, no los hay ni en Italia ni en Francia ni en Suiza, todos están en manos de los poderes internacionales, Iluminatis y Masonicos [...]

    Ahora, finalmente, están en camino de instalar una Super-religión existencialista la del New Age; tienen ustedes conocimiento de la reunión realizada en Asís. Se realizó otra reunión, también allí, presidida por el príncipe Felipe de Edimburgo, esposo de la reina de Inglaterra, en la cual se hallaban las cinco grandes religiones de la tierra, dentro de la misma Basílica. Salió esto en varios diarios europeos; allí figura el discurso pronunciado por el citado príncipe en aquella ocasión, dijo él: “Así se obtiene la gracia de tener unidas aquí las cinco grandes religiones de la tierra, al fin no habrá tapujos, al fin se acaba en una sola y única verdad religiosa y al fin se suprime el escándalo cristiano de aquel hombre que vivió hace 20 siglos y pretendió decir de sí mismo: Soy el Camino, La Verdad y La Vida”. Y bien, ¿es o no una declaración contra Nuestro Señor Jesucristo? Esto no es más que una etapa para llegar a la formación de esa SUPER RELIGIÓN (que anuncia La Santísima Virgen Maria en sus mensajes de Anguera-Brasil, Nºs. 3202, 3184, 3180). Es toda una organización, un verdadero complot, meditado, pensado punto por punto para destruir toda la Fe Católica. Lo dijo bien S.S. El Papa León XIII, que el fin que interesaba a estas asociaciones era destruir las instituciones cristianas y particularmente, una contra la cual se encaminan: la familia. Cada vez hay menos matrimonios en todo el mundo, inclusive en las mismas legislaciones se sostiene la unión libre; en muchos países son menores los impuestos a los concubinos que para quienes sostienen y tienen un verdadero matrimonio.

    Y ahora llegamos al momento principal, es el golpe maestro pensado por Satanás; introducir en la Iglesia esta falsa religión del New Age, sirviéndose de sus hombres -sobre todo los episcopados- para establecer la revolución liberal. Es una situación verdaderamente asombrosa., inverosímil. Esa infiltración en el seno de la Iglesia se realizó sobre todo después del Concilio Vaticano II. El mismo Papa cuando era el Cardenal Ratzinger, en su libro “Teoría del principio teológico”, dice claramente que luego de los años sesenta hubo algo que cambió en el seno de la Iglesia católica, reconociendo ahora, principios que le son ajenos, que vienen de 1789, de la Revolución Francesa. Esto dice abiertamente; inclusive, que el Vaticano II fue el golpe final, que a partir de él no se nombran más que obispos favorables a la revolución liberal. Vean por ejemplo en Chile, Brasil, Alemania, Suiza, Francia, Italia, etc, etc. todos esos obispos son liberales, pro-socialistas y hasta marxistas, como los alineados a la Teología de la Liberación.

    La revolución estaba instalada fuera y en contra de la Iglesia Católica; ahora, por medio de sus hombres, se halla adentro y asistimos a su crucifixión. (Mensajes de La Virgen de la Paz en Anguera-Brasil) Ella sufre una verdadera pasión. Lo dijo el mismo Paulo VI, que asistimos a la autodemolición de la Iglesia. ¿Qué quería decir? La destrucción por los mismos hombres de la Iglesia…

    Es clarísimo como en Francia, Mitterrand pudo llegar al gobierno gracias a los obispos que entusiasmaron a los fieles para elegirlo, para votar por socialismo. En cuanto fue nombrado presidente atacó con todas sus fuerzas las escuelas católicas, para estatizarlas, y no fueron los obispos quienes presentaron oposición, sino los fieles, que en número de dos millones llegaron a París para protestar contra la enseñanza libre. Los obispos no hicieron nada. Podríamos citar cantidad de ejemplos, libros inclusive, libros que han denunciado esa revolución estatal de la Iglesia [...]. Pero todas estas denuncias, todas esas protestas no han cambiado en nada la situación, para nosotros, los Católicos, que tratamos de permanecer unidos a la Iglesia y a la Tradición, es indignante.

    Ante esto nos encontramos. Debemos, entonces, reagruparnos, como verdaderos católicos, en torno a los altares. Altares católicos Y NO ESAS MESAS DONDE SE DA LA COMUNIÓN EN LA MANO. Altares del verdadero Sacrificio, junto a los verdaderos sacerdotes, verdaderos obispos, verdadera doctrina, verdadera Religión, para asistir a la verdadera Misa católica.

    Es el altar el tesoro de la Iglesia. El sacrificio de Nuestro Señor es lo más hermoso, lo más grande, lo más sublime que Él nos dejara. Debemos reencontrarnos ahí, en esos altares, para reconstruir la Cristiandad. (Mensaje Nº 3184)

    Todas las gracias proceden de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Gracias que han hecho muchos mártires por Dios, que le han dado a la Cristiandad el espíritu misionero. Si queremos entonces, decía, reconstruir la Iglesia Católica, debemos Adorarle en esos altares y para tenerlos, necesitamos sacerdotes [...].

    Debemos hacer familias cristianas, es a través de ellas de donde proceden las vocaciones. Familias numerosas, unidas, donde se reza en común, donde se dan ejemplos, donde reina la modestia y las virtudes cristianas [...].

    Nosotros queremos volver a proclamar a Nuestro Señor como Rey; no queremos otro Rey más que Él y, es que el G-20 nos va a imponer El Reino Universal con una sola religión existencialista mundial, este será la primera bestia del Ap. 13, el anti-papa 113 según las profecías de San Malaquias, El Cardenal Tarcisio Bertone, que reinará en conjunto con la segunda bestia del Ap. 13, el Anticristo-Maitreya; unidos harán el cuarto jinete del Ap. 6, 7-8 y el gobierno único mundial. El G-20 nos impondrá el biochip 666, no solamente en nuestras familias sino también en nuestras ciudades y en nuestros países como es el proyecto en Chile y a través del seguro social en U.S.A. El Reino de Nuestro Señor como fue predicado durante siglos, ese es el que debemos defender. Que podamos decir: “Más vale morir que traicionarlo.

  10. Ariel Roy,

    No te equivoques conmigo.

    Por ser católico, soy antisedevacantista, pero también tengo claro que hay un usurpador en el Papado y por eso sucede lo que tanto nos daña a todos.

    Si tú quieres seguir llamando Papa a quien bien sabes lucha contra Cristo, es tu problema, pero si lo reconoces como tal, deberás venerarlo, obedecerlo y no juzgarlo. de lo contrario esres un simple y vil cismático-hereje que niega el dogma de la infalibilidad, así como la suprema autoridad del Pontífice.

    No hay medias tintas, como no hay hombres a medias. Recuerda al Gran San Pablo que pasó de un ferveroso judío a un fervoroso apóstol.

    Por cierto, ¿realmente te apellidas Roy?

    Ave Maria, Gratia Plena, Dominus tecum

  11. No necesariamente, Logan. Se puede reconocer en Benedicto XVI un legítimo Sucesor de Pedro y Vicario de Cristo en la Tierra y marcar sus errores y desvíos, que no son suyos sino frutos de un Concilio copado por progresistas.
    La sede queda vacante al morir un Papa, hasta que el próximo tome su lugar. Pero decir que las sucesivas elecciones papales son inválidas y que la Cátedra de Pedro ha estado vacante desde el año 1958 (o no sé a partir de qué año lo consideran) es claramente una posición herética. El mismo Concilio Vaticano I decía que habría un Sucesor de Pedro hasta el Fin del Mundo, corroborando una vez más la promesa de Cristo.
    Evidentemente Logan, no lee lo que escribo. He aclarado en los comentarios varias veces ya que Ariel es mi primer nombre, Roy es mi SEGUNDO NOMBRE, y mi apellido es Heras. Si a alguien le interesa, les comento que me llaman por mi segundo nombre y no por el primero, esto es, ROY.
    Un abrazo en Cristo.

  12. Gracias Oswaldo, por definir, no lo que es, sino a lo que se refieren, cuando se habla de que el liberalismo es pecado. Así es entendible.
    Pero creo que ese término, para mayor claridad y evitar el engaño, debe dejar de utilizarse con ese significado supuesto, ya que no es el significado que realmente tiene en la actualidad al menos, el término; creo que es mejor hablar concretamente del contenido de lo que es censurable, dado que el término realmente no significa eso, y además hay corrientes que sí siguen lo que realmente significa el término, y que, al menos aparentemente, o en principio, a mí no me parece que tengan mucho de censurables (sin conocerlas con mucha profundidad), ya que entiendo que defienden los derechos fundamentales de las personas, un Estado que lo garantize, y una no intervención del Estado en aspectos que considero que no le pertenecen, intervención que estamos viendo hoy en día con la dictadura actual.
    Creo que no podemos utilizar el término liberalismo para hablar de dictadura; estaríamos entonces jugando a la confusión con el lenguaje; y además, los dictadores felices, ya que estamos facilitándole su tarea autoritaria, tarea que no les corresponde.
    Si como dices, cuando hablan de que el liberalismo es pecado se refieren a la revolución del hombre contra Dios, entiendo que ese contenido sea pecado; pero resulta que el liberalismo realmente no significa eso, subvertir todo el orden natural de las cosas, por supuesto, para satisfacer unos intereses creados, lo cual sí estamos viendo, pero no llamándose eso liberalismo.
    El cristianismo no es ajeno a la conciencia, pero claro a la conciencia bien formada, lo cual no consiste en simples opiniones, ni deseos. Para tener una conciencia bien formada uno tiene que dirigirse a hacer el bien de verdad a las personas; y no se logra una conciencia bien formada, si uno sencillamente se guía por sus particulares intereses, aunque dentro de esto esté hacer algunos aparentes bienes, siempre teniendo como tope sus particulares intereses.
    Creo que lo único que nos va a salvar del engaño final es la auténtica caridad, el amor que Cristo nos propone, hasta dar la vida.

  13. Aclaro con respecto a mi comentario anterior: no es que apoye el liberalismo, para lo cual no tengo los conocimientos necesarios, y no es mi pretensión hablar de política en cuanto a tipo concreto de organización del Estado, sino que me parece, al menos, menos censurable, que la dictadura actual, y me parece, que, al menos en ciertos aspectos, está en contra de la genocida dictadura actual (por eso me parece más peligrosa su crítica; sobre todo teniendo en cuenta de que mucha de la abusiva regulación actual se ha realizado con la engañosa disculpa de la supuesta existencia de una falta de regulación, por ejemplo en materia económica, lo cual no había tenido lugar). Aclaro porque no quiero decir que este sistema de Estado sea lo ideal, lo cual desconozco; desde luego si las personas no viviesen en la verdad, y no antepusiesen hacer el bien de verdad a sus particulares intereses, está claro que no. Si difícil es vivir el Evangelio, más difícil me parece el que no se metan los intereses particulares en cualquier institución humana.
    Un católico no puede serlo sólo de nombre, ni aceptar una organización de Estado sólo de ese nombre, porque quizá entonces se estaría apoyando ¿una única religión mundial?, ¿”católica”?

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