P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN PARA LA DOMÍNICA INFRAOCTAVA DE LA ASCENSIÓN

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DOMINGO INFRAOCTAVA DE LA ASCENSIÓN

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Cuando venga el Paráclito, el que Yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de Mí. Y vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo. Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os echarán de las sinagogas, y vendrá la hora en que todo el que os matare pensará hacer un servicio a Dios. Y harán esto con vosotros porque no han conocido al Padre ni a Mí. Pero os he dicho esto para que cuando llegue dicha hora os acordéis de que yo os lo dije.

En este Domingo durante la Octava de la Ascensión, los Apóstoles se hallan reunidos en el Cenáculo, esperando el cumplimiento de las últimas palabras del Salvador antes de su partida: Era necesario que se cumpliese todo cuanto está escrito de mí en la ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos… Era necesario que Cristo padeciese, y que resucitase de entre los muertos al tercer día, y que en nombre suyo se predicase la penitencia y el perdón de los pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalén… Vosotros sois testigos de estas cosas, por eso voy a enviaros el Espíritu divino que mi Padre os ha prometido por mi boca. Entretanto, permaneced en la ciudad, hasta que seáis revestidos de la fortaleza de lo alto.

Les mandó que no partiesen de Jerusalén, sino que esperasen el cumplimiento de la promesa del Padre: habéis de ser bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días… Recibiréis entonces la virtud del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y me serviréis de testigos en Jerusalén, y en toda la Judea y Samaría, hasta los confines del mundo.

El Espíritu de verdad dará testimonio de mí. Y vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo…

Este Domingo puede llamarse “de los testigos”, o “del testimonio por la sangre”, pues en griego, mártir significa testigo.

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Para dar ese testimonio, para ser mártires, los Apóstoles tuvieron necesidad de algunas disposiciones.

De la misma manera, todo aquel que está llamado a ser testigo requiere ciertas condiciones.

La primera disposición de los Apóstoles a la venida del Espíritu Santo fue el retiro.

Desde hace algunos días están reunidos en el Cenáculo, con María, la Madre de Jesús.

Guardan recogimiento, recordando y meditando las misteriosas promesas del Salvador que acaba de dejarles y esperan su realización.

A las últimas palabras de Nuestro Señor sirven de eco los acentos de los Profetas que llenan su memoria y su corazón.

A las ardientes oraciones añaden la penitencia y austeridades… ayunos prolongados…, vigilias hasta muy entrada la noche…, rodillas encallecidas sobre las losas…

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P. JUAN CARLOS CERIANI: ASCENSIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

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ASCENSIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

Llegado el día que Cristo nuestro Señor había determinado ascender a los Cielos, como había amado a los suyos que estaban en este mundo, al fin les dio mayores señales de amor. Y para esto aquel día se apareció a los discípulos en el Cenáculo estando comiendo, y comió con ellos amigablemente, con grandes muestras de amor, y luego les dijo cómo aquel día había de partir para su Padre; y para consolarlos de la tristeza que esta nueva les causó, renovó alguna de las razones que les dijo en el sermón de la Cena.

Les diría: «Voy a aparejar lugar para vosotros, y otra vez vendré y os llevaré conmigo, para que donde Yo estoy, estéis vosotros». Alegraos, que volveré por vosotros en la hora de vuestra muerte, y os llevaré conmigo, poniéndoos en el lugar que mi Padre os tiene señalado.

Añadiría también: «Os conviene que Yo me vaya, porque si no me fuere, no vendrá el Consolador; pero si me fuese, Yo os lo enviaré». Como si dijese: no estáis bien preparados para recibir el Espíritu Santo, porque estáis apegados a mi presencia corporal, y es menester que os desapeguéis de ella para recibir don tan soberano.

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Habiendo consolado a sus discípulos, les dijo: «Quedaos en la ciudad hasta que seáis revestidos con la virtud de lo alto», prometiéndoles la venida del Espíritu Santo, pero con un modo muy misterioso, que debemos meditar palabra por palabra.

Les dice que estén quedos, quedaos, para enseñarles que la quietud del cuerpo y del espíritu, con sosiego de corazón, es importante para recibir este don celestial; y también para avisarles que le esperen con paciencia, sin apresurarse más de lo que conviene, dejando el cuidado de esto a Dios.

Les dijo que permaneciesen en la ciudad de Jerusalén; y aunque parecía más a propósito que se fueran al desierto, o a algún monte apartado, para esperar allí con quietud la venida del Espíritu Santo, no quiso, porque el Espíritu Santo no se les daba para ellos solos, sino para bien de todos los hombres, y así, convenía le recibiesen en lugar público, de donde pudiesen salir luego a predicar la ley de Cristo.

Les dijo que se estuviesen allí hasta que fuesen revestidos de la virtud de lo alto; esto es, de la fortaleza del Espíritu Santo; en lo cual les da a entender que por sí mismos están desnudos, son débiles, pusilánimes y vacíos del espíritu que es necesario para salir por el mundo a predicar el Evangelio.

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Dicho esto, los sacó fuera de la ciudad, al monte que se llama de los Olivos, porque desde allí había de subirse al Cielo.

Nuestro Señor escogió para subir al Cielo el Monte Olivete, en donde oró a su Padre con agonía y sudor de sangre, y donde fue desamparado de sus Apóstoles, entregado por Judas a sus enemigos, hecho preso por los judíos, atado con sogas…

De donde salió a padecer las ignominias de la Pasión y Cruz, quiere subir a gozar las grandezas de su gloria; para que se entienda que por estos trabajos ganó el Cielo.
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P. CERIANI: SERMÓN PARA EL QUINTO DOMINGO DE PASCUA

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QUINTO DOMINGO DE PASCUA

En verdad, en verdad os digo: que os dará el Padre todo lo que le pidiereis en mi nombre. Hasta aquí no habéis pedido nada en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido. Estas cosas os he hablado en parábolas. Viene la hora en que ya no os hablaré por parábolas: mas os anunciaré claramente de mi Padre. En aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, porque el mismo Padre os ama, porque vosotros me amasteis, y habéis creído que yo salí de Dios. Salí del Padre y vine al mundo: otra vez dejo el mundo, y voy al Padre.

Sus discípulos le dicen: “He aquí ahora hablas claramente y no dices ningún proverbio. Ahora conocemos que sabes todas las cosas, y no es menester que nadie te pregunte: en esto creemos que has salido de Dios”.

Con razón habían suplicado los Apóstoles a Jesús: Señor, enséñanos a orar. Y Él les enseñó el Padrenuestro.

Con razón le rogaron también: Acrecienta nuestra fe.

Sin embargo, hasta ahora ellos no han pedido nada al Padre en Nombre de Jesús, por amor de su muerte, de su Sangre, derramada por nosotros.

Antes era preciso que el Señor ofreciese sobre la Cruz el sacrificio de su vida. Antes era preciso que Él, como Sumo Sacerdote del Nuevo Testamento, obrase la eterna Redención y penetrase en el santuario, revestido de su propia Sangre.

El Señor no ejercerá sus funciones de Mediador hasta después de su Ascensión a los cielos. Por eso los Apóstoles no han pedido nada hasta ahora al Padre en Nombre de Jesús.

También hubo otro motivo. Hasta ahora…, hasta antes de su pasión y muerte…, Cristo no ha sido para ellos lo que real y verdaderamente debiera de ser…

Los Apóstoles no han soñado más que con el trono y la gloria terrena del Señor…

Ellos no comprendían que tuviese que padecer y morir. ¿Cómo iban, pues, a pedir en su Nombre mientras no le conocieran tal y como Él es en realidad?

Pero esto sólo lo consiguen después de su muerte, después de su Resurrección y Ascensión a los cielos, después de la venida del Espíritu Santo, el día de Pentecostés.

Entonces comprenderán que sólo puede ser oído:

— el que pida en Nombre de Jesús,

— el que en su oración se apoye, total y únicamente, en sus méritos, en su pasión y muerte,

— el que suplique al Padre por amor de la Sangre de su Hijo,

— el que vaya al Padre unido en la más íntima comunidad de espíritu y de sentimientos con el Señor voluntariamente humillado y crucificado,

— el que esté pronto para hacerse obediente hasta la muerte

Si nosotros poseemos verdaderamente el espíritu y los sentimientos de Jesús; si estamos dispuestos a obedecer, como Él, los preceptos, la voluntad y el beneplácito divinos, entonces podremos unir, identificar nuestra oración con la oración de Jesús.

Entonces nuestra oración, unida, fundida con la oración de Jesús, será admitida por Él y la presentará delante del Padre como si fuera su propia oración. Y será infaliblemente escuchada.
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P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN PARA LA CUARTA DOMÍNICA DE PASCUA

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CUARTO DOMINGO DE PASCA

Me voy a Aquel que me ha enviado, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Dónde vas?” Sino que por haberos dicho esto vuestros corazones se han llenado de tristeza. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio. En lo referente al pecado, porque no han creído en mí; en lo referente a la justicia porque me voy al Padre, y ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado. Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os enseñará toda la verdad; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros.

Os conviene que yo me vaya. Si yo no me voy, no podrá, venir a vosotros el Consolador.

El Consolador vendrá y completará el triunfo de Cristo en el mundo, en la Iglesia, en las almas.

Convencerá al mundo de que existe un pecado, una justicia y un juicio, y enseñará a la Iglesia y a los fieles toda la verdad.

La glorificación de Cristo no acaba con su resurrección. Ahora va al Padre para tomar posesión, aun en cuanto Hombre, de su Trono y para compartir con el Padre, como glorioso Señor, el imperio del mundo.

Priva de su presencia visible a sus discípulos, a su Iglesia, para enviarles, en su lugar, el Espíritu Santo. A través del Espíritu Santo quiere estar y permanecer Él mismo con los suyos, aunque invisible y espiritualmente.

Jesús priva a sus Apóstoles, a la Iglesia, de su presencia visible. Deben desprenderse de su figura terrena. Tienen que renunciar a la visión y a la dicha de su presencia visible, palpable, a su conversación y a su trato amable, íntimo, confortador.

Necesitan espiritualizarse. Sólo así les podrá enviar el Espíritu Santo y hacerlos portadores suyos, para que, con su fuerza, puedan propagar el Reino de Cristo, a pesar de todas las contradicciones y obstáculos que les salgan al paso.

Jesús nos deja; pero, al privarnos de su presencia visible, nos envía en su lugar el Espíritu Santo. Con su pasión y muerte nos mereció este gran don divino: el Espíritu Santo.

Ahora sube Él mismo al cielo para enviárnoslo desde allí como Consolador y asistente nuestro.

No nos lo manda para que nos exima de todo dolor, de las luchas, tentaciones y dificultades de la vida… Nos lo envía, más bien, para que nos fortalezca y nos anime a cumplir nuestros deberes, a resistir y vencer todos los dolores, a vivir y obrar en todo conforme al espíritu y a los sentimientos de Jesús. En una palabra, para que nos identifique totalmente con el Espíritu Santo de Jesús.

El Espíritu nos impulsa a obrar en Jesús y por Jesús, a que seamos sus testigos, sus “mártires”, y a que nos alegremos de padecer por su amor afrentas, humillaciones, injusticias e incluso la pérdida de los bienes y de la misma vida.

¡Cuánto necesitamos todavía de este Consolador y Consejero! ¡Con qué ahínco debemos suplicar al Señor, durante esta semana, que envíe cuanto antes a todos nosotros su Consolador!

Anhelemos apasionadamente su venida y clamemos instantemente: Veni, Sancte Spiritus — Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles.
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P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN PARA LA DOMÍNICA TERCERA DE PASCUA

Ceriani

Tercer Domingo De Pascua

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver, porque voy al Padre». Entonces algunos de sus discípulos comentaron entre sí: «¿Qué es eso que nos dice: “Dentro de poco ya no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver” y “Me voy al Padre”?» Y decían: «¿Qué es ese “poco”? No sabemos lo que quiere decir.» Se dio cuenta Jesús de que querían preguntarle y les dijo: «¿Andáis preguntándoos acerca de lo que he dicho: “Dentro de poco no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver?” En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar.»

La Resurrección marcha rápida hacia la definitiva exaltación y glorificación de Cristo, hacia la Ascensión.

En la Ascensión se cumplen estas palabras pronunciadas por Jesucristo en Última Cena: Si yo no me voy, no vendrá a vosotros el Consolador; pero, si yo me fuere, entonces os lo enviaré yo mismo.

Cristo se ve precisado a privarnos de su presencia visible y palpable: sólo así podrá enviarnos al Espíritu Santo y, mediante su Espíritu, podrá Él mismo permanecer siempre cerca de nosotros, para animarnos y conducirnos.

El Espíritu es quien vivifica. En la fortaleza del Espíritu, enviado a consecuencia de la separación de Jesucristo, encontrarán los Apóstoles, y con ellos todos los nacidos y resucitados en Cristo por el santo Bautismo, el valor y el coraje necesarios para confesarlo.

Llenos del Espíritu de Cristo podrán resistir y vencer al mundo; podrán marchar a través del mundo sin temor al dolor ni a las persecuciones; podrán vivir en medio del mundo, sin ser del mundo ni con el mundo.

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En el Evangelio de la Misa de hoy Nuestro Señor anuncia-por vez primera su separación.

Él sube al Padre; pero a nosotros nos deja todavía en medio del mundo y de sus peligros. Sin embargo, el Espíritu Santo nos conducirá felizmente a través de todos los peligros y pruebas de esta vida terrena.

Solo un poco, y ya no me veréis; y sólo otro poco, y volveréis a verme de nuevo. Ahora os invade la tristeza; pero yo os volveré a ver. Y entonces saltará de gozo vuestro corazón.

Permanezcamos fuertes, aun en medio del dolor que nos cause el tener que separarnos del Señor. Estemos seguros de que también para nosotros habrá un triunfo final. ¡Algún día lo contemplaremos cara a cara y lo poseeremos para siempre!

Ya enfoca la Sagrada Liturgia nuestra vista hacia la Ascensión del Señor. Pero no nos entristezcamos por la separación del Señor. Sintámonos en la tierra como fuera de casa: nuestra patria es el Cielo. Sólo un poco, y ya podremos seguirle y permanecer con Él eternamente.

Sólo un poco de tiempo somos, aquí en la tierra, peregrinos y extranjeros. ¡Ay de nosotros, si convertimos a la tierra en verdadera patria!

Cuanto más verdaderamente hayamos resucitado con Cristo, tanto más ansiosamente buscarán nuestros corazones las cosas de arriba, en donde está Cristo, sentado a la diestra del Padre; tanto más ardorosamente suspiraremos por la Patria, por lo eterno.

Ahora peregrinamos, todavía lejos del Señor, nos sucede lo que predijo el Señor en el Evangelio de la Misa de hoy: Vosotros lloraréis y gemiréis.

La vida del cristiano es necesariamente una tristeza, un continuo, perpetuo y alegre no a las seducciones, a las alegrías y a los bienes del mundo.

Es una vida de mortificación y renuncia, de constante y dura lucha contra la carne y la sangre, contra las inclinaciones y los halagos de nuestra naturaleza corrompida.

Es una vida de incesante crucifixión con Cristo, de continua participación en su pobreza, en sus humillaciones y dolores.

El cristiano se hace nuevo hombre, incomprensible para todo lo que le rodea. Sus actos, sus maneras, sus palabras y toda su conducta son mal interpretadas.

El mismo Dios no tiene para él más que fracasos, humillaciones, dolores, arideces, amarguras, enfermedades…

A los que aman a Cristo les va mal en este mundo.

Pero el Señor nos asegura: Sólo un poco…

Vuestra tristeza se convertirá en gozo. Ahora os invade la tristeza; pero yo volveré a veros otra vez y, entonces, vuestro corazón saltará de gozo. Y nadie podrá arrebataros ya más vuestra alegría.

Un poco todavía. Antes de que nos demos cuenta, llegará la muerte y, si por gracia de Dios nos hemos salvado, ya no habrá más lágrimas ni más miseria. Habrá acabado toda tristeza. Sólo reinará la alegría, la inalterable y perpetua alegría, que producirán la posesión y el goce del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Un gozo eterno, sin temor ni peligro a que alguien pueda arrancarnos nuestra alegría, la dicha de la Patria…

¡Ay de nosotros, si no estuviéremos tristes! ¿Cómo podría convertirse en gozo nuestra tristeza? La alegría es la hija de la “tristeza” con que vivimos aquí en la tierra.
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P. BASILIO MÉRAMO: SERMÓN DE LA DOMÍNICA DEL BUEN PASTOR – AUDIO ORIGINAL 04-MAY-2014

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Compartimos con nuestros lectores el Sermón de la Domínica Segunda de Pascua – 2014 – del querido P. Basilio Méramo.

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P. CERIANI: SERMÓN DE LA DOMÍNICA SEGUNDA DE PASCUA

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SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

Domingo del Buen Pastor

En verdad, en verdad os digo, que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, mas sube por otra parte, aquél es ladrón y salteador. Mas el que entra por la puerta, pastor es de las ovejas. A éste abre el portero. Y las ovejas oyen su voz, y a las ovejas propias llama por su nombre, y las saca. Y cuando ha sacado fuera sus ovejas, va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Mas al extraño no le siguen, huyen de él; porque no conocen la voz de los extraños.

Esta parábola les dijo Jesús. Mas ellos no entendieron lo que les decía.

Y Jesús les dijo otra vez: En verdad, en verdad os digo, que yo soy la puerta de las ovejas. Todos cuantos vinieron, ladrones son y salteadores, y no los oyeron las ovejas. Yo soy la puerta. Quien por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos.

El ladrón no viene sino para hurtar, y para matar, y para destruir. Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan con más abundancia.

Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas. Mas el asalariado, y que no es el pastor, del que no son propias las ovejas, ve venir al lobo, y abandona las ovejas y huye; y el lobo arrebata y dispersa las ovejas. Y el asalariado huye, porque es asalariado, y porque no tiene parte en las ovejas.

Yo soy el Buen Pastor: y conozco mis ovejas, y las mías me conocen, como el Padre me conoce, así conozco yo al Padre, y doy mi vida por mis ovejas.

Tengo también otras ovejas, que no son de este aprisco; es necesario que yo las traiga, y oirán mi voz, y será hecho un solo rebaño y un solo pastor.

Por eso me ama el Padre: porque yo doy mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita; mas yo la doy de mi propia voluntad; poder tengo para darla; y poder tengo para volverla a tomar.

Es el Domingo del Buen Pastor. Acordándonos de lo que Jesucristo, el Buen Pastor, hizo por nosotros con su muerte y resurrección, cantémosle con el corazón lleno de agradecimiento las palabras del Introito: La tierra está llena de la misericordia del Señor. Justos, alegraos en el Señor.

En la Epístola, San Pedro nos dice lo que hizo el Señor por nosotros: Cristo padeció por nosotros, dejándoos su ejemplo, para que sigáis sus pisadas. Llevó a la cruz, en su cuerpo, nuestros pecados, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia.

Este es el pensamiento de la Pascua cristiana. San Pedro lo junta con el pensamiento de Cristo como Buen Pastor: Con sus heridas habéis sanado vosotros, pues erais como ovejas errantes; pero ahora os habéis tornado al Pastor y al Obispo de vuestras almas.

En el Evangelio se presenta el mismo Jesucristo como Buen Pastor: Yo soy el Buen Pastor. El buen Pastor da su vida por sus ovejas. Yo soy el Buen Pastor, y conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí. Yo doy mi vida por mis ovejas.

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La Pascua, el día de la victoria del Señor contra el pecado y el infierno, el día de la resurrección a una nueva vida, encuentra hoy un nuevo esclarecimiento: el Jesús Resucitado es el Buen Pastor que da su vida por sus ovejas.

El distintivo del verdadero, del buen pastor, es una desinteresada e incansable preocupación por el rebaño a él confiado. Una preocupación que llega hasta entregar su propia vida por sus ovejas.

Cosa muy distinta es el pastor pagado, el mercenario, aquel a quien no pertenecen en propiedad las ovejas. Éste, cuando ve venir al enemigo, al lobo, no se enfrenta con él. No arriesga su vida. Lo primero que hace es ponerse él mismo en seguro. No tiene interés personal, le falta corazón para el rebaño.

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Otro distintivo del buen pastor: conoce a cada una de sus ovejas individualmente. Para él cada una de sus ovejas no es una de tantas, un número, como sucede para el mercenario.

Entre cada oveja en particular y el buen pastor existe tan íntima y personal correlación, compenetración y confianza, que bien pudiera llamarse un reflejo de la divina y sustancial comunidad de vida, de pensamiento, de inteligencia, de amor, de confianza y de entrega mutuas que existe allá, en el seno de la beatísima Trinidad, entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

¡Felices de nosotros, que hemos sido confiados a Jesús, al Buen Pastor! Él da su vida por sus ovejas. Las conoce a todas, una por una, y cuida de cada una de ellas como si no tuviera más que esa.

¡Ojalá tuviéramos también nosotros una profunda y absoluta fe en Jesús, nuestro Buen Pastor!
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P. CERIANI: SERMÓN PARA LA DOMÍNICA DE QUASIMODO

DOMINGO DE QUASIMODO

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Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros.

Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.

Jesús les dijo otra vez: La paz sea con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.

Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Tomás, uno de los Doce, llamado el Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: La paz sea con vosotros. Luego dice a Tomás: Mete aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino fiel.

Tomás le contestó: Señor mío y Dios mío.

Dícele Jesús: Porque me has visto, Tomás, has creído. Bienaventurados los que sin ver creyeron.

Jesús realizó en presencia de los discípulos otros muchos milagros que no están escritos en este libro. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

La Sagrada Liturgia pone todo su empeño y cuidado en que los neófitos y los fieles se convenzan y crean firmemente en la Resurrección de Cristo. “Si Cristo no resucitó, entonces nuestra predicación es vana. Entonces vuestra fe es inútil. Entonces vosotros permanecéis todavía en vuestros pecados, y los que murieron en Cristo perecieron. Si sólo tenemos esperanza en Cristo durante esta vida, somos los más miserables y desgraciados de todos los hombres”, dice San Pablo.

Por eso debemos contemplar y meditar hoy, en la Santa Misa, la aparición de Nuestro Señor Resucitado en el Cenáculo.

Entre los primeros a quienes se aparece Jesús Resucitado se cuentan los Apóstoles. Es la tarde del día de Pascua. Los Apóstoles se encuentran reunidos en el Cenáculo. Entonces aparece Jesús en medio de ellos, y les dice: “¡La paz sea con vosotros! Yo soy, no temáis.” Pero ellos, llenos de angustia y de terror, creían ver un fantasma. Entonces les dijo Jesús: “¿Por qué os asustáis y os dejáis alucinar por vuestras imaginaciones? Ved mis manos y mis pies. Yo soy. Palpad y ved”. Y, diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies.

Los Apóstoles, inundados de júbilo y llenos de admiración, no pueden creer que sea Él. Entonces Jesús come delante de ellos y les alarga después los restos del pez y de la miel que Él acaba de probar. A continuación les recuerda lo que ya les había dicho otras veces, mientras vivía con ellos. E iluminando sus inteligencias, para que comprendiesen las Sagradas Escrituras, les dijo: “Así está escrito y así convenía que Cristo padeciese y resucitase al tercer día de entre los muertos.”

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“Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?”. Así se expresa San Juan.

Hay hombres que sólo se dejan conducir y arrastrar por los sentidos, y hay hombres que en todo se rigen solamente por su propia razón. Ni unos ni otros podrán conocer nunca la excelsitud e interna riqueza de la vida cristiana.

Sólo lo saben aquellos que creen, con viva fe, en Jesús, en el Hijo de Dios.

Gracias a esta fe, estos tales no tienen otras ambiciones que las de Jesús. No conocen más ideal ni más altas aspiraciones que las de marchar tras las huellas de Jesús y las de seguir al que es la Verdad, el Camino y la Vida. Aman lo que ama Jesús, eligen lo que elige Jesús. Jesús es para ellos el Hijo de Dios, la verdad infalible, la sabiduría del Padre, su todo.

Este es el fruto de la profunda y viva fe en Jesús, el Hijo de Dios. Cuanto más honda y viva sea esa fe, tanto más perfectamente se elevará el alma por encima del mundo y de todo lo transitorio. “El justo vive de la fe”. “Mi vida presente es una vida de fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí”, confiesa San Pablo.
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P. BASILIO MÉRAMO: SERMÓN DE LA VIGILIA PASCUAL – AUDIO ORIGINAL 19-ABR-2014

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Compartimos con nuestros lectores el Sermón de la Vigilia Pascual – 2014 – del querido P. Basilio Méramo.

Los sonidos de fondo son de la pirotecnia en Bogotá…

Para escuchar:

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P. CERIANI: DOMINGO DE PASCUA

DOMINGO DE PASCUA

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Pasado el sábado, María Magdalena, María, madre de Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, fueron al sepulcro. Se decían unas otras: ¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro? Y levantando los ojos ven que la piedra estaba ya retirada; y eso que era muy grande. Y entrando en el sepulcro vieron a un joven sentado en el lado derecho, vestido con una túnica blanca, y se asustaron. Pero él les dice: No temáis. Buscáis a Jesús de Nazaret crucificado; ha resucitado, no está aquí. Ved el lugar donde le pusieron. Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro que os precederá en Galilea; allí le veréis, como os lo dijo.

Pascua es la fiesta de las fiestas, el punto central y la cumbre de todo el año litúrgico.

Lo que hemos celebrado desde Adviento hasta aquí, mira y se orienta hacia la Pascua; lo que habremos de celebrar en las semanas restantes del año eclesiástico, deriva del misterio pascual y de él cobra sentido y fuerza.

La Resurrección del Señor es el coronamiento y el fin, no ya sólo de la Encarnación, sino también de la Pasión. La Encarnación y la Pasión solas no hubieran bastado, pues, para salvarnos.

“Murió por nuestros pecados”, así clama el Apóstol San Pablo. Es decir: para destruir en nosotros la muerte del pecado. Pero esto no basta. Nosotros necesitamos vivir, vivir plena, inmortalmente.

Para darnos esta vida, resucitó Cristo. Así lo declara el Apóstol: “Resucitó por nuestra justificación”, para que poseyésemos la vida, aquella vida perfecta y eterna que Jesús nos alcanzó con su muerte y que brilló por vez primera en Él mismo el día de su Resurrección.

Con la nueva vida, que nos da la Pascua, poseemos desde ahora la vida eterna, la permanente e inagotable vida del Cielo. Así lo manifiesta la oración del Domingo de Pascua: “Oh Dios, que, vencida la muerte por tu Hijo Unigénito, nos has abierto hoy las puertas de la vida eterna.”

La liturgia del Tiempo Pascual no se cansa de recalcar este hecho y esta convicción, o sea, que, con la celebración de la Pascua, nosotros tocamos la verdad de la vida eterna, de la gloria celestial.

El espíritu del tiempo pascual es un espíritu de alegría, de júbilo triunfal. Llevamos en nosotros la vida resucitada e inmortal, levantada por encima del mundo, del pecado y de la muerte; llevamos la fuerza del Resucitado, con la cual también nosotros venceremos a todos los poderes de las tinieblas y de la muerte.

Es un espíritu de viva esperanza, de firme convicción: si Cristo ha resucitado, también nosotros resucitaremos indefectiblemente, aun en cuanto al cuerpo, para gozar de la vida eterna y bienaventurada.

Es un espíritu de inquebrantable fe: Dios, el Padre, ha resucitado a Jesús de entre los muertos. Con ello el Padre ha impreso su divino sello en la doctrina, en la vida, en los actos y dolores de Jesús y los ha autenticado como buenos, santos y divinos. Lo que Jesús enseñó y realizó, lo que nos propuso como modelo en su vida sobre la tierra, es una cosa divinamente perfecta, grande, santa. Siguiendo a Jesús no nos engañaremos.

Pero la Pascua nos sitúa también ante una gran tarea. Ahora vivimos una nueva vida, la vida del hombre resucitado. “Luego, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas que son de arriba, en donde está Cristo, sentado a la diestra de Dios. Saboread las cosas de arriba, no las que están sobre la tierra. Pues vosotros estáis muertos (al mundo y al pecado, a lo temporal y caduco), y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios”.

Esto mismo nos recuerda la liturgia del tiempo pascual, recalcando todos los días con machacona insistencia, en la Colecta de la Misa, aquellas palabras del Apóstol: “Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no morirá más; porque, habiendo muerto, murió de una vez para siempre al pecado; mas, porque vive, vive para Dios”.

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El tiempo que va desde Pascua hasta Pentecostés no es otra cosa que una continuación y prolongación de la fiesta de Pascua. Forma con este día una sola e ininterrumpida fiesta pascual. No hace más que descubrirnos nuevos matices y modalidades del básico pensamiento pascual, o sea, el pensamiento de la resurrección de la humanidad en Cristo, el pensamiento de nuestra participación en la nueva y resucitada vida que Cristo nos mereció y alcanzó con su muerte.

“Yo vivo, y vosotros también viviréis.” En íntima conexión con ésto aparece también el tiempo que va desde Pentecostés hasta el Adviento. Su misión consiste en desarrollar y acrecentar la vida que hemos recibido en Pascua. A lo largo de todas las semanas después de Pentecostés corre el mismo pensamiento pascual: Cristo vive, nosotros vivimos en Él, y Él en nosotros. Él prolonga a través de nosotros, sus miembros, su vida inmortal y elevada por encima del mundo, del pecado y de la muerte, y nosotros participamos, convivimos su misma vida. Ahora, sobre todo en el alma. Más tarde tendrá también lugar nuestra resurrección según la carne, a la cual sucederá la eterna y bienaventurada Pascua de la vida celeste, tanto para nuestra alma como para nuestro cuerpo.
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P. CERIANI: VIGILIA PASCUAL

VIGILIA PASCUAL

The Resurrection

Durante el Sábado Santo, la Iglesia conmemora el misterioso reposo del Cuerpo de Jesús en el sepulcro. Recordamos, al mismo tiempo, su descenso a los infiernos y espera tranquilamente, con María, la Madre de Dios, la hora de su resurrección gloriosa.

José de Arimatea y Nicodemo prepararon todo lo necesario para el sepelio. Con gran respeto depositaron el Cuerpo de Jesús en el sepulcro. Allí descansará de todos los trabajos y dolores que le ha costado su obra de redención, bien amarga en verdad.

Jesús descansa en un sepulcro ajeno. Él no estaba sujeto a la muerte, como lo estamos nosotros. No tenía pecado, y la muerte es el castigo del pecado. Sin embargo, se sometió a ella voluntariamente por amor nuestro. Por eso, no posee sepulcro propio. Porque nadie debía enterrarse, ni antes, ni después, en este mismo sepulcro, así como nadie entró, antes ni después de Él, en el seno de la Santísima Virgen, dice San Agustín.

La claridad del triunfo comienza ya a despuntar por todas partes.

Para los judíos, Jesús no es más que un cadáver. Sin embargo, se cuidan todavía de cerrarlo muy bien en su sepulcro, sellando después la entrada. Además, solicitan y obtienen de Pilato unos cuantos soldados para custodiar la tumba. De este modo, ellos mismos serán, sin pensarlo, e incluso contra su propia voluntad, los mejores testigos de la verdad de la Resurrección del Señor en la mañana de Pascua.

El alma de Jesús baja a los infiernos. Allí están las almas de los Santos y Justos muertos antes de la Redención. Están privados de la visión de Dios y de la celeste bienaventuranza, porque el Cielo está cerrado. Esperan ansiosamente la hora de su redención y de su eterna liberación.

A ellos baja el alma del Señor, inmediatamente después de su muerte. Y anuncia, a los que le aguardan, la grata nueva: se ha consumado el sacrificio de la reconciliación, ya está realizada la obra de la Redención, la deuda de la humanidad ha sido cancelada, va a abrirse el Cielo en seguida.

¡Sábado Santo! Con el descenso a los infiernos y el descanso en el sepulcro, llega para Jesús la hora de su exaltación.

Hasta aquí, su vida no ha sido más que un continuo acto de abatimiento, de anonadamiento, cuyo punto culminante aparece en su dolorosa muerte de Cruz.

El descenso a los infiernos es el primer paso hacia la nueva vida de exaltación, de glorificación de Jesús, como Rey y Señor universal. Ya está cumplida la gran obra.

Han concluido las humillaciones, los tormentos y las angustias de la muerte. Comienza una nueva vida. El tan profundamente humillado, el rechazado y despreciado por su pueblo, es ahora constituido por el Padre Rey y Señor del universo.

También es Rey y Señor en su humanidad. Ante Él doblan su rodilla todos los seres que hay en los cielos, en la tierra y en los infiernos, y todos tienen que reconocer y confesar que Cristo es el Señor; a Él se le ha dado toda potestad sobre el cielo y la tierra.

Narra San Juan en su visión de Patmos: Digno es el Cordero, que ha sido muerto, de recibir el poder, y el reino, y la fuerza, y el honor, y la alabanza y la bendición. Y oí cantar a todas las criaturas, que hay en el cielo y en la tierra y en los infiernos y en el mar: Bendición y honor y gloria y potestad al que se sienta en el trono, y al Cordero, por los siglos de los siglos.

Asistamos, hoy, con alegres corazones a la exaltación del Salvador, de Nuestro Señor. Él inaugura hoy su dominación como Rey. Nosotros acatémosle: Tu solus Dominus… Tu solus Altissimus…

Dentro de cuarenta días tomará solemne posesión de su trono, ante los ojos admirados de los cielos y de la tierra.

Se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, hasta la muerte de cruz. Por eso, Dios lo ha exaltado y le ha dado un nombre que es sobre todo nombre.

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La Liturgia confiesa, admirada y emocionada, la íntima trabazón que reina entre las maravillosas obras de Dios. Ve en Cristo la realización de todo lo prefigurado en el Antiguo Testamento.

La Iglesia canta en el Exsultet:

“De nada nos hubiera servido el haber nacido, si no hubiéramos sido después redimidos. ¡Oh, qué admirable ha sido con nosotros la efusión de tu bondad! ¡Oh, qué inapreciable la muestra de tu amor! ¡Para redimir al esclavo, entregaste al Hijo! ¡Oh pecado de Adán, verdaderamente necesario, que ha sido borrado con la muerte de Cristo! ¡Oh culpa feliz, que mereció tener un tal y tan grande Redentor!”

O felix culpa… A la luz del Cirio Pascual, de la Resurrección del Señor, encontramos la respuesta al gran problema que tortura y fatiga constantemente la inquisitiva inteligencia del hombre: ¿Por qué consiente Dios el mal?

Si Él quisiera, bien podría impedirlo y hacerlo imposible. El mal, aunque sea un acto libre y personal del hombre, está siempre bajo el poder de la Providencia de Dios. Él podría, pues, impedirlo.

¿Por qué no lo impide? ¿Por qué lo consiente?

Respuesta: para que, por la victoria contra el pecado y el mal, brille más claramente el poder de Dios.

Para que nosotros nos convenzamos, todavía más, del mucho amor que Él nos tiene. Para manifestar su sabiduría de modo más perfecto aún que lo hizo cuando creó el mundo. Para manifestar, en nosotros, de un modo particular una cualidad de su divina Esencia: la misericordia.
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P. CERIANI: SOLEDAD DE NUESTRA SEÑORA

SOLEDAD DE NUESTRA SEÑORA

La piedad cristiana ha dedicado de manera especial esta noche al recuerdo del dolor incomparable que experimentó María al pie de la Cruz de su Hijo divino.

En esta noche, es sólo a María, compasiva a los pies de la Cruz, que la Iglesia quiere honrar.

Para comprender bien el objeto y el tema de nuestra meditación, y para rendir esta noche a la Madre de Dios el honor que le es debido, hay que recordar que Dios quiso, en los designios de su sabiduría soberana, asociar a María en la obra de la salvación de la humanidad.

En la obra de nuestra salvación, reconocemos tres intervenciones de María, tres circunstancias en las que fue llamada a unir su acción a la de Dios mismo.

La primera, en la Encarnación del Verbo, que vino a tomar carne en su vientre purísimo después que Ella diese su asentimiento solemne por el Fiat que salva al mundo.

La segunda, en el Sacrificio que Jesucristo llevó a cabo en Calvario, donde asiste para participar en el holocausto expiatorio.

La tercera, el día de Pentecostés, donde recibió el Espíritu Santo como Señora del Cenáculo y Reina de los Apóstoles.

Hoy tenemos que meditar la participación de María en el misterio de la Pasión de Jesús; contemplar el dolor que tuvo que soportar junto a la Cruz; los nuevos títulos que ha adquirido para nuestra gratitud filial.

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Al atardecer del Viernes Santo, la Iglesia posa su mirada, llena de compasión, sobre María, la Madre Dolorosa.

Lo que predijo el anciano Simeón en el Templo se ha cumplido: Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción Tu misma alma será traspasada por una espada, para que se manifiesten los pensamientos de muchos corazones.

Estaba de pie, junto a la Cruz de Jesús, su Madre…

María no pudo hacer otra cosa, no pudo dejar solo a Jesús en su vía dolorosa.

Antes de la Encarnación, sabía por las profecías, y le fue confirmado desde la hora en que Jesús fue presentado en el Templo, que su Hijo había de morir algún día en sacrificio expiatorio por los pecados del mundo, y que Ella había de asociarse a Él, y había de participar en su mismo sacrificio.

Desde aquella mañana en el Templo, María no ha apartado ni un solo instante de su alma el cuadro previsto por el anciano Simeón. Continuamente estuvo viendo en espíritu las manos de su Hijo cargadas de cadenas y traspasadas por crueles clavos. Continuamente lo estaba viendo asediado por sus enemigos, escarnecido, crucificado. ¡Un perpetuo martirio!
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P. CERIANI: VIERNES SANTO

VIERNES SANTO

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¡Jesús es condenado a muerte y crucificado! Pilato, representante del poder de Roma, presenta a Jesús a los judíos como su Rey; pero el pueblo lo rechaza y renuncia hoy, Viernes Santo, a la dominación de Dios, para abrazar la dominación del César romano: “No tenemos otro rey que el César.”

Con esta renuncia, el pobre pueblo, sella para siempre su fatal destino.

Nadie puede despreciar a Jesús sin despreciarse y perderse a sí mismo al mismo tiempo.

Jesús, es el Rey despreciado por su pueblo. En el relato del Evangelista San Juan, al describirnos la condenación de Jesús, se advierte un marcado empeño por subrayar la regia actitud con que el Señor comienza y termina su Pasión: Yo soy Rey. A eso he venido al mundo: a dar testimonio de la Verdad.

Los soldados ponen sobre su cabeza una corona de espinas y le saludan: “¡Salve, Rey de los Judíos!”

Pilato se sienta en su tribunal, y pregunta a los judíos: “¿Queréis que crucifique a vuestro Rey?”

Ellos respondieron: “Nosotros no tenemos más rey que el César.”

Jesús sube a la Cruz como Rey. Así lo prueba la inscripción que se coloca sobre ella: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos.”

El Señor dispone de su Cuerpo como un Rey.

Reconozcamos nosotros en el Crucificado de hoy al Rey, a Nuestro Rey, y acatémoslo.

¡Qué humillado, qué ultrajado, qué despreciado esta!

¡Él, el Rey!

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“Él se ha hecho a sí mismo Hijo de Dios”. He aquí la acusación que presentan contra Él a Pilato los Príncipes de los Sacerdotes. Este es el fundamento en que se apoyan para declararle digno de muerte.

Para corroborar su propio testimonio, de que es el Hijo de Dios, Jesús se deja matar. Lo rubrica con su Sangre.

Pero el Evangelista ve, debajo de lo que los hombres juzgan y dicen, la oculta y misteriosa acción de Dios Padre. El sumo sacerdote Caifás había aconsejado a los miembros del Sanhedrín: “Es mucho mejor que muera un hombre solo por el pueblo, para que no perezca toda la Nación.”

Profetizó que Jesús había de morir por el pueblo. En efecto, Él había de morir, no sólo por el pueblo, sino también para reunir en uno a todos los hijos de Dios dispersos por el mundo.

Según el decreto de Dios, Jesús murió por todos los que han sido llamados a la filiación divina. Murió para preservarnos de la eterna condenación y para elevarnos a la filiación de Dios.

Con su muerte de Cruz fundó el reino de Dios, el reino de los hijos de Dios.

Hoy, en este día crucial, en este día de la Redención, la Iglesia se agrupa en torno a la Cruz y suplica al Crucificado que se digne sostener, acrecentar y conducir hasta la salvación final el reino que Él mismo fundó con su propia Sangre sobre la Cruz.

Unámonos también a las ardientes súplicas de la Santa Iglesia. Hoy serán escuchadas de un modo especialísimo.

Frente a la incredulidad del pueblo de Israel, nosotros confesemos altamente: “Tú eres el Hijo de Dios vivo. Tú solo eres el Santo, Tú solo el Señor, Tú solo el Altísimo, oh Jesucristo, junto con el Padre y el Espíritu Santo.”

Elijamos al Crucificado por Rey y Señor Nuestro.

Para ello, unámonos con la Santa Iglesia y hagamos con ella la adoración de la Cruz.

¡He aquí el madero de la Cruz, del que pendió la salud del mundo! ¡Venid, adoremos!
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