P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN PARA EL DECIMOTERCER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTES

Sermones-Ceriani

DECIMOTERCER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTES

Y aconteció que yendo Él a Jerusalén, pasaba por medio de Samaria y de Galilea. Y entrando en una aldea, salieron a Él diez hombres leprosos, que se pararon de lejos. Y alzaron la voz diciendo: “Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros”. Y cuando los vio, dijo: “Id y mostraos a los sacerdotes”. Y aconteció, que mientras iban quedaron limpios. Y uno de ellos cuando vio que había quedado limpio volvió glorificando a Dios a grandes voces. Y se postró en tierra a los pies de Jesús, dándole gracias; y éste era samaritano. Y respondió Jesús, y dijo: “¿Por ventura no son diez los que fueron limpios? ¿Y los nueve restantes dónde están? No hubo quien volviese, y diera gloria a Dios, sino este extranjero”. Y le dijo: “Levántate, vete, que tu fe te ha hecho salvo”.

Detengamos nuestra atención en estos diez hombres leprosos.

Esperan desde lejos, como avergonzados, por la impureza que tenían sobre sí.

Tal vez pensaban que Jesucristo los rechazaría también, como hacían los demás.

Por esto se detuvieron a lo lejos.

Pero se acercaron por sus ruegos…

El Señor siempre está cerca de los que le invocan con verdad.

Y alzaron la voz diciendo: “Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros”.

Invocan el Nombre de Jesús y obtienen lo que desean, porque Jesús quiere decir Salvador.

Dicen: “Ten misericordia de nosotros”. Apiádate de nosotros. Conocen la magnitud de su poder, y le piden la purificación y salud de su cuerpo.

Y no le piden sencillamente, ni le ruegan como a mortal; le llaman Maestro, esto es, Señor.

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La lepra es figura del pecado… Los leprosos, pues, simbolizan y representan esa otra enfermedad, la espiritual…, el pecado…

Detengamos, pues, nuestra atención en el hombre leproso, el pecador, que somos todos nosotros…

Muchas veces, el pecador espera desde lejos, como avergonzado, por la impureza que tiene sobre sí…

Tal vez piensa que Jesucristo lo ha de rechazar…

Por esto se detiene a lo lejos…

Pero debe acercarse por sus ruegos…

El Señor siempre está cerca de los que le invocan con verdad.

Y alzando la voz, el pecador ha de decir: “Jesús, Maestro, ten misericordia de mí”.

Invocando el Nombre de Jesús obtendrá el perdón, porque Jesús quiere decir Salvador.

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Me parece importante que meditemos en dos aspectos de nuestro trato con el leproso espiritual, el pecador: es decir, nuestra actitud y trato con el pecador arrepentido, y nuestra reacción ante nuestras propias miserias.

Para nuestra meditación me basaré en el gran Doctor San Francisco de Sales.
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P. BASILIO MÉRAMO: SERMÓN EN LA DOMÍNICA DUODÉCIMA DE PENTECOSTÉS – AUDIO ORIGINAL 31-AGO-2014

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Compartimos con nuestros lectores el Sermón de la Domínica Duodécima de Pentecostés – 2014 – del querido P. Basilio Méramo.

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P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN PARA LA DOMÍNICA DOCE DE PENTECOSTÉS

Sermones-Ceriani

DUODÉCIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Nuestro Señor Jesucristo, volviéndose hacia sus discípulos en particular, dijo: ¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Os aseguro que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron.

Estas extraordinarias palabras de Nuestro Señor Jesucristo, dirigidas a sus discípulos, fueron pronunciadas al regreso de la primera misión de los mismos.

En efecto, los Evangelistas nos refieren que el Señor designó setenta y dos discípulos, y los envió, de dos en dos, delante de Él a toda ciudad o lugar, adonde Él mismo quería ir.

Terminada su misión, los setenta y dos volvieron y le dijeron, llenos de gozo: Señor, hasta los demonios se nos sujetan en tu nombre.

En aquella hora, Jesucristo se estremeció de gozo en el Espíritu Santo, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mantenido estas cosas escondidas a los sabios y a los prudentes, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te plugo a Ti. Por mi Padre me ha sido dado todo, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre, y quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelarlo.

Y fue recién, en ese momento, cuando, volviéndose hacia sus discípulos en particular, les dijo: ¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Os aseguro que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron.

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Antes de comentarlo, releamos todo este pasaje, de trascendental importancia:

Los setenta y dos discípulos volvieron y le dijeron llenos de gozo: Señor, hasta los demonios se nos sujetan en tu nombre. Les dijo: Yo veía a Satanás caer como un relámpago del cielo. Mirad que os he dado potestad de caminar sobre serpientes y escorpiones y sobre todo poder del enemigo, y nada os dañará. Sin embargo no habéis de gozaros en esto de que los demonios se os sujetan, sino gozaos de que vuestros nombres están escritos en el cielo.

En aquella hora se estremeció de gozo en el Espíritu Santo, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mantenido estas cosas escondidas a los sabios y a los prudentes, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te plugo a Ti. Por mi Padre me ha sido dado todo, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre, y quien es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelarlo.

Y volviéndose hacia sus discípulos en particular, dijo: ¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Os aseguro: muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron.

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Este fragmento contiene una de las páginas más delicadas y profundas del Evangelio; a través de ella se vislumbran los abismos del Corazón de Jesús.

Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mantenido estas cosas escondidas a los sabios y a los prudentes, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te plugo a Ti.

Primero se destacan los apelativos con que trata a su Padre; que revelan la reverencia y santa efusión del alma de Jesús.

Luego, esas terribles palabras que deben infundir un santo temor: Porque escondiste estas cosas a los sabios y prudentes…; porque no has querido manifestar los misterios de la redención cristiana a quienes han recibido con indiferencia mi predicación, los sabios según la carne, los orgullosos, los sagaces y prudentes, según el mundo…
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P. BASILIO MÉRAMO: SERMÓN EN LA DOMÍNICA UNDÉCIMA DE PENTECOSTÉS – AUDIO ORIGINAL 24-AGO-2014

meramo

Compartimos con nuestros lectores el Sermón de la Domínica Undécima de Pentecostés – 2014 – del querido P. Basilio Méramo.

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P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN EN LA FIESTA DE SAN BARTOLOMÉ, APÓSTOL

24-San_Bartolome_apostol

SAN BARTOLOMÉ APÓSTOL

Hoy es la Fiesta de San Bartolomé, Apóstol; también conocido con el nombre de Natanael, mencionado así por San Juan Evangelista, que nos informa que era de Caná de Galilea.

Los tres Evangelios sinópticos y el libro de los Hechos de los Apóstoles traen la lista completa de los Apóstoles.

En todas ellas, excepto en la del libro de los Hechos, el nombre del Apóstol San Bartolomé sigue al de San Felipe. Lo propio ocurre en la lista de los Apóstoles que hay en el Canon de la Misa.

Esa constante unión de los nombres de los dos Apóstoles se debe, sin duda, a los lazos de parentesco o amistad que los unían entre sí, y más todavía en el grado de intimidad de sus relaciones con el Divino Maestro.

Conviene tener en cuenta estos datos para deducir la identidad entre el Natanael, llamado a seguir a Jesús en su misión, y el Bartolomé citado en el Evangelio entre los otros Apóstoles.

Fuera de la lista de los doce Apóstoles, no se halla el nombre Bartolomé en ningún Evangelio sinóptico.

San Juan, autor del cuarto Evangelio, ni siquiera nombra a Bartolomé en la lista incompleta que trae de los Apóstoles. En cambio, con gala de pormenores, refiere al final del primer capítulo de su Evangelio la vocación de Natanael de Cana de Galilea, después de las de Andrés, Juan, Simón Pedro y Felipe. Asimismo en el último capítulo del relato evangélico, al hablar el discípulo amado de la aparición de Jesús a los discípulos que estaban pescando en el lago de Tiberíades, menciona al mismo Natanael con los Apóstoles Simón Pedro, Tomás, los dos hijos de Zebedeo y otros dos más a quienes no nombra.

Dos cosas, pues, se pueden comprobar al leer los Evangelios. Por una parte, en las listas que traen los Evangelistas sinópticos, no consta el nombre de Natanael, pero nombran siempre a San Bartolomé junto al Apóstol San Felipe.

Por otra, San Juan no menciona a Bartolomé en su Evangelio, pero salta a la vista que entre los doce pone a Natanael, pues refiere su vocación apostólica, como antes refirió la de Simón, Juan, Andrés y Felipe; lo intercala entre los demás Apóstoles y lo distingue de los discípulos.

Sería extraño que habiendo sido llamado Natanael a seguir a Jesús con los otros Apóstoles, habiendo reconocido a Jesús por Mesías desde el punto en que fue llamado, y siendo nombrado con los demás Apóstoles, hubiese podido quedar excluido del grupo de los Doce.

San Agustín, San Gregorio y otros Santos Padres dicen que Natanael no fue escogido por Apóstol, en la elección de que habla San Marcos, porque era doctor de la ley y el Señor quería que su Apóstoles fuesen gente pobre y sin letras, para manifestar así más a las claras el divino origen de su Evangelio y de su Iglesia.

Observación de peso es ésta, pero insuficiente, y no acaba de convencer.

También Saulo era doctor de la ley de Moisés y, a pesar de ello, Jesús le escogió para que anunciase su Nombre a las naciones y a los hijos de Israel.

También Lucas era culto y médico, y fue elegido para ser compañero de apostolado de San Pablo y Evangelista.

Si Natanael fue uno de los doce Apóstoles, tendría que constar en las listas traídas por los Evangelios sinópticos y el libro de los Hechos. De hallarse en ellas, le correspondería estar nombrado junto a San Felipe, que le llevó a Jesús.

Ahora bien, el nombre que sigue al de San Felipe en los mencionados libros es el de Bartolomé.

Podemos, pues, admitir que Natanael y Bartolomé son dos nombres de la misma persona, uno patronímico, Bartolomé, y el otro, su verdadero nombre propio, Natanael.

San Juan no le llama sino Natanael. Los Evangelios sinópticos emplean para designarle sólo la palabra Bartolomé, quizá para no poner juntos dos nombres del mismo significado etimológico: Natanael y Mateo, los cuales pueden traducirse Teodoro, que quiere decir don de Dios.

Comúnmente suele admitirse esta identificación de Bartolomé con Natanael. De ahí que los exégetas acostumbren a designarle con sus dos nombres.
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P. BASILIO MÉRAMO: SERMÓN EN LA DOMÍNICA DÉCIMA DE PENTECOSTÉS – AUDIO ORIGINAL 17-AGO-2014

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Compartimos con nuestros lectores el Sermón de la Domínica Décima de Pentecostés – 2014 – del querido P. Basilio Méramo.

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P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN DE LA DOMÍNICA DÉCIMA POST PENTECOSTÉS

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DOMINGO DÉCIMO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Para algunos, los que estaban persuadidos en sí mismos de su propia justicia, y que tenían en nada a los demás, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al Templo a orar, el uno fariseo, el otro publicano. El fariseo, erguido, oraba en su corazón de esta manera: «Oh Dios, te doy gracias de que no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros; ni como el publicano ése. Ayuno dos veces en la semana y doy el diezmo de todo cuanto poseo.» El publicano, por su parte, quedándose a la distancia, no osaba ni aun levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «Oh Dios, compadécete de mí, pecador.» Os digo: éste bajó a su casa justificado, mas no el otro; porque el que se eleva, será abajado; y el que se abaja, será elevado.

En los Evangelios aparecen con frecuencia personificadas dos clases de personas, el fariseo y el publicano.

El fariseo es el miembro de aquella secta que hacía profesión de entender la Ley mejor que los otros y ajustar a ella su conducta.

Esto le inducía a juzgarse mejor que los demás y a despreciar al pueblo, a quien sus ocupaciones no permitían darse al estudio de la Ley.

El publicano era el recaudador de los tributos del Estado. Con frecuencia se dejaba llevar de la avaricia de aumentar las tasas y de la violencia para forzar a los pobres contribuyentes a entregar lo que no debían o lo que no podían pagar. Para mejor cumplir su oficio tenían a su servicio un cuerpo de policía.

Por su conducta, y aun por sólo su oficio, los publicanos eran aborrecidos del pueblo, sobre todo en Israel, donde eran tenidos por servidores de una autoridad pagana.

Sin embargo, el Salvador no se adhiere a estos juicios; y el fariseo es condenado por Él como hipócrita, y el publicano alabado por su espíritu penitente.

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Este contraste resalta sobre todo en la parábola del Evangelio de este Domingo.

El templo de Jerusalén estaba emplazado en el monte Moria; y de toda la ciudad debía subirse para ir a él, cosa que hacían con frecuencia los judíos.

Dos hombres subieron al templo a orar; el uno fariseo, selecto, incontaminado, y el otro publicano, pecador.

Son dos tipos antitéticos: el primero es el representante de la pureza legal; el otro, de la injusticia y de la depravación.

El Señor nos presenta al fariseo subiendo con paso solemne al Templo y, en medio del atrio, donde pueda ser visto de todos, se queda en pie para orar.

Su oración tiene poco de tal; más bien es un panegírico de sus virtudes: él ayuna dos veces por semana; paga el diezmo de los frutos más menudos; no roba, no mata; y no se parece en nada a aquel odiado publicano, que está no lejos de él.

Aunque parece reconocer todo esto como dones de Dios y darle gracias por ello, en realidad él siente que todo eso es mérito suyo.

Entretanto, el publicano, oculto en un rincón, postrado en tierra y sin atreverse a levantar los ojos del suelo, se dirige a Dios con esta humilde súplica: “Señor, ten misericordia de mí, pecador.”

¿Cuál fue el resultado de estas dos oraciones?

Pues que el publicano salió del templo después de haber obtenido la misericordia de Dios, que humildemente había implorado; y el fariseo salió del lugar santo más pagado de sí mismo y de su virtud, más hipócrita que cuando había entrado, sin justificación alguna.

Para los oyentes, el fariseo
era modelo de devoción, el publicano, de maldad. Sin embargo, Dios mira si halla en el corazón la buena intención, la humildad, el arrepentimiento.

Por lo cual, el publicano, arrepentido, fue perdonado, y el fariseo, en cambio, agregó a sus pecados uno nuevo, el de la soberbia, que se atribuye a sí misma el mérito de las buenas obras y se cree mejor que el prójimo.
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