P. JUAN CARLOS CERIANI – SERMÓN PARA LA DOMÍNICA DECIMOSEXTA DE PENTECOSTÉS

Sermones-Ceriani

DECIMOSEXTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

De la Epístola del Apóstol San Pablo a los Efesios:

Hermanos: Os ruego que no desmayéis a causa de mis tribulaciones por vosotros, las cuales son vuestra gloria. Por esto, doblo mis rodillas ante el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, del cual procede toda paternidad en los cielos y en la tierra, para que, según las riquezas de su gloria, haga que seáis corroborados con vigor por su Espíritu en el hombre interior: que Cristo habite por la fe en vuestros corazones: que estéis enraizados y cimentados en la caridad, para que podáis comprender con todos los santos cuál sea la anchura, y la largura, y la sublimidad, y la hondura; que conozcáis también la caridad de Cristo, que sobrepuja toda ciencia, para que seáis henchidos de toda la plenitud de Dios. Y al que es poderoso para hacerlo todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que obra en nosotros, a Él sea la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús, por todas las generaciones y siglos. Amén.

La Epístola de la Misa de este día está tomada de aquel pasaje de San Pablo a los efesios, en donde el Apóstol, siempre perseguido, siempre entre las cruces y los tormentos, exhorta a los fieles a que no se escandalicen ni se desanimen a vista de los males que le ven sufrir por ellos, en las funciones de su ministerio.

Os ruego que no desmayéis a causa de mis tribulaciones por vosotros, las cuales son vuestra gloria. Si San Pablo ha trabajado mucho por la salvación de las almas, también ha sufrido mucho. Él mismo hace una relación de una parte de sus padecimientos, escribiendo a los corintios:

¿Son ministros de Cristo? —¡hablo como un loco!— yo más; en trabajos más que ellos, en prisiones más que ellos, en heridas muchísimo más, en peligros de muerte muchas veces más. Recibí de los judíos cinco veces cuarenta azotes menos uno; tres veces fui azotado con varas, una vez apedreado, tres veces naufragué, una noche y un día pasé en el mar; en viajes muchas veces; con peligros de ríos, peligros de salteadores, peligros de parte de mis compatriotas, peligros de parte de los gentiles, peligros en poblado, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajos y fatigas en vigilias muchas veces, en hombre y sed, en ayunos muchas veces, en frio y desnudez, Y aparte de esas pruebas exteriores, lo que cada día me persigue: la solicitud por todas las Iglesias. Y ¿Quién desfallece sin que desfallezca yo? ¿Quién padece escándalo, sin que yo arda?

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He sufrido, les dice, persecuciones de parte de los judíos, de los gentiles y de los hermanos…; prisiones, suplicios, naufragios, peligros de parte de ladrones, de parte de los de su nación y de parte de los gentiles…; peligros en la ciudad, en la soledad, en el mar…

Ha sufrido treinta y nueve azotes de los judíos, ha sido apaleado, apedreado, ha naufragado…

¡Qué de fatigas, qué de trabajos, qué de miserias no ha pasado! Vigilias sin descanso, en el hambre y en la sed, en los ayunos continuos, en el frío y en la desnudez…

Además de lo que padeció por la parte exterior, la pesadez de los negocios de cada día de su cargo, el cuidado de las iglesias.
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P. BASILIO MÉRAMO: SERMÓN EN LA DOMÍNICA DECIMOQUINTA DE PENTECOSTÉS – AUDIO ORIGINAL 21-SEP-2014

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Compartimos con nuestros lectores el Sermón de la Domínica Decimoquinta de Pentecostés – 2014 – del querido P. Basilio Méramo.

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P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN EN LA FIESTA DE SAN MATEO APÓSTOL

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SAN MATEO, APOSTOL Y EVANGELISTA

San Mateo fue uno de los doce afortunados Apóstoles que Jesucristo escogió para ser íntimos confidentes suyos durante su vida pública, y para continuar su obra evangelizadora después de su admirable Ascensión a los Cielos.

Entre los doce elegidos del Señor, tan sólo dos, San Mateo y San Juan, dejaron por escrito la vida, los dichos y los hechos del Divino Salvador.

Su testimonio es directo, mientras que los otros dos Evangelistas, San Marcos y San Lucas, narran lo que oyeron de María Santísima, de los Apóstoles y de otros testigos inmediatos.

San Mateo fue el primero de los autores divinamente inspirados que puso por escrito lo que los Apóstoles acostumbraban predicar sobre Jesucristo.

La primacía cronológica de su Evangelio, afirmada por la tradición de los Santos Padres, pero impugnada por los modernistas, fue proclamada verdadera por la Comisión Bíblica el 19 de junio de 1911; de donde resulta que San Mateo es ciertamente el primero de los Evangelistas, y que su obra, redactada en arameo, pero cuyo texto original se ha perdido, se conserva fielmente en la traducción griega que aún existe.

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San Mateo, hijo de Alfeo —como afirma San Marcos—, era oriundo de Galilea. Se llamaba también Leví; pero desde su vocación al Apostolado, no se le conoce más que por el de Mateo, que en hebreo significa dado por Dios.

Dos de los cuatro Evangelistas dan a San Mateo el nombre de Leví, mientras que San Marcos lo llama “hijo de Alfeo”. Posiblemente, Leví era su nombre original y se le dio o adoptó él mismo el de Mateo (“el don de Dios”), cuando se convirtió en uno de los seguidores de Jesús. Alfeo, su padre, no fue el del mismo nombre que tuvo como hijo a Santiago el Menor.

Antes que Jesús le llamase, era recaudador de impuestos, oficio sobremanera aborrecido entre los judíos, quienes designaban a estos funcionarios con el nombre despectivo de publicanos, considerándolos paganos, excomulgados y pecadores públicos.

Los judíos los aborrecían hasta el extremo de rehusar una alianza matrimonial con alguna familia que contase a un publicano entre sus miembros, los excluían de la comunión en el culto religioso y los mantenían aparte en todos los asuntos de la sociedad civil y del comercio.

San Mateo tenía el despacho en Cafarnaúm, importante centro de tráfico, a orillas del lago de Genezaret, por el que pasaban las caravanas de mercaderes que, desde Damasco y ciudades de Mesopotamia, iban a Palestina, a Egipto y a los puertos del Mediterráneo.

Su empleo —y más siendo el jefe de oficina, según dicen los historiadores— era, pues, suficiente para que Mateo fuese mal conceptuado entre los de su nación.

Entre los judíos, agravaba esta impopularidad de los agentes del fisco, la sensibilidad excesiva del orgullo nacional; porque los tributos que se veían obligados a pagar a Roma les recordaban que eran pueblo conquistado y condenado a servidumbre afrentosa y detestable; y, además, porque juzgaban que, en su calidad de pueblo escogido de Dios, debían estar exentos de los impuestos y exacciones que otros pagaban.
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P. BASILIO MÉRAMO: SERMÓN EN LA DOMÍNICA DECIMOCUARTA DE PENTECOSTÉS – AUDIO ORIGINAL 14-SEP-2014

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Compartimos con nuestros lectores el Sermón de la Domínica Decimotercera de Pentecostés – 2014 – del querido P. Basilio Méramo.

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P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN DE LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

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Hermanos, tened en vosotros los mismos sentimientos que Cristo Jesús: el cual, poseyendo la forma de Dios, no creyó que era una rapiña el ser igual a Dios, sino que se anonadó tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres, y mostrándose en lo exterior como hombre. Se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

Estas palabras del Apóstol San Pablo, que leemos en la Epístola de la Misa, nos dan el sentido de la Fiesta que celebramos hoy.

Los términos de siervo y de cruz, cierto que son para nosotros palabras corrientes; pero han perdido el sentido infamante que tenían en el mundo antiguo, antes de la era cristiana.

Los destinatarios de la Carta de San Pablo, los filipenses, debieron comprender mejor que nosotros todo su horror; y, en consecuencia, apreciar también mejor hasta qué abismos se había rebajado Jesucristo en su encarnación y su muerte de Cruz.

Los antiguos consideraban a la crucifixión como el suplicio más infamante y más terrible.

Con frecuencia se veía a un ladrón o a un facineroso clavado en la cruz, como castigo de sus delitos.

Lo que podemos conocer nosotros de un modo indirecto sobre ese suplicio, nos permite apreciar un poco mejor todo su horror. El crucificado agonizaba lentamente; la asfixia producida por la extensión de los brazos en alto le ahogaba, y era atormentado por los calambres de sus nervios en tensión.

Nuestro Señor Jesucristo padeció este suplicio espantoso por cada uno de nosotros. Con un amor infinito, ofreció al Padre el sacrificio de su Cuerpo extendido en la Cruz.

Este instrumento de suplicio, objeto de infamia hasta entonces, se convierte en gloria para los cristianos: San Pablo sólo se gloría en la Cruz del Señor, en la que está nuestra salvación, nuestra vida y nuestra resurrección, la cual nos ha hecho libres y salvos.

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El culto de la Cruz, como instrumento de nuestra Redención, logró una gran extensión en la Iglesia cristiana. La Cruz es adorada y recibe homenajes que a ninguna otra reliquia se tributa. Además, las fiestas de la Santa Cruz revisten especial esplendor.

El acontecimiento feliz del hallazgo de la Cruz ya fue festejado el 3 de mayo, Fiesta de la Invención de la Santa Cruz. Hoy celebra la Iglesia la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, cuyo origen es bastante complejo, pero su historia nos facilitará precisar su objeto.

El 14 de septiembre es la fecha del aniversario de una dedicación que, en la historia eclesiástica, ha dejado un gran recuerdo.

En efecto, el 14 de septiembre de 335 una multitud de curiosos, de peregrinos, de monjes, de clérigos y de prelados llegados de todas las provincias del Imperio, se juntaban en Jerusalén con motivo de la Dedicación del Santuario, magníficamente restaurado por el emperador Constantino en el mismo sitio en que el Señor padeció y fue sepultado.

En años sucesivos el aniversario continuó celebrándose con gran pompa. La Dedicación tenía la misma categoría que la Pascua o la Epifanía, duraba ocho días y atraía una gran afluencia de peregrinos.

Pero hay otro recuerdo, específicamente cristiano, que ya desde fines del siglo IV estaba ligado a la fiesta del 14 de septiembre: una ceremonia litúrgica que lleva por nombre la Elevación o la Exaltación de la Cruz.

El punto mismo donde había sido fijada la Santa Cruz se consideraba como el centro del mundo. Y por eso un sacerdote levantaba el leño sagrado de la Cruz hacia las diversas partes del mundo.

Como recuerdo de la ceremonia, los peregrinos se llevaban una pequeña redoma con aceite que había tocado a la Santa Cruz.

Esta ceremonia fue tomando cada vez mayor importancia, de modo que en el siglo VI los recuerdos de la Invención de la Cruz y de la Dedicación del Gólgota quedaron en segundo plano.

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P. BASILIO MÉRAMO: SERMÓN EN LA DOMÍNICA DECIMOTERCERA DE PENTECOSTÉS – AUDIO ORIGINAL 07-SEP-2014

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Compartimos con nuestros lectores el Sermón de la Domínica Decimotercera de Pentecostés – 2014 – del querido P. Basilio Méramo.

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P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN PARA EL DECIMOTERCER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTES

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DECIMOTERCER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTES

Y aconteció que yendo Él a Jerusalén, pasaba por medio de Samaria y de Galilea. Y entrando en una aldea, salieron a Él diez hombres leprosos, que se pararon de lejos. Y alzaron la voz diciendo: “Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros”. Y cuando los vio, dijo: “Id y mostraos a los sacerdotes”. Y aconteció, que mientras iban quedaron limpios. Y uno de ellos cuando vio que había quedado limpio volvió glorificando a Dios a grandes voces. Y se postró en tierra a los pies de Jesús, dándole gracias; y éste era samaritano. Y respondió Jesús, y dijo: “¿Por ventura no son diez los que fueron limpios? ¿Y los nueve restantes dónde están? No hubo quien volviese, y diera gloria a Dios, sino este extranjero”. Y le dijo: “Levántate, vete, que tu fe te ha hecho salvo”.

Detengamos nuestra atención en estos diez hombres leprosos.

Esperan desde lejos, como avergonzados, por la impureza que tenían sobre sí.

Tal vez pensaban que Jesucristo los rechazaría también, como hacían los demás.

Por esto se detuvieron a lo lejos.

Pero se acercaron por sus ruegos…

El Señor siempre está cerca de los que le invocan con verdad.

Y alzaron la voz diciendo: “Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros”.

Invocan el Nombre de Jesús y obtienen lo que desean, porque Jesús quiere decir Salvador.

Dicen: “Ten misericordia de nosotros”. Apiádate de nosotros. Conocen la magnitud de su poder, y le piden la purificación y salud de su cuerpo.

Y no le piden sencillamente, ni le ruegan como a mortal; le llaman Maestro, esto es, Señor.

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La lepra es figura del pecado… Los leprosos, pues, simbolizan y representan esa otra enfermedad, la espiritual…, el pecado…

Detengamos, pues, nuestra atención en el hombre leproso, el pecador, que somos todos nosotros…

Muchas veces, el pecador espera desde lejos, como avergonzado, por la impureza que tiene sobre sí…

Tal vez piensa que Jesucristo lo ha de rechazar…

Por esto se detiene a lo lejos…

Pero debe acercarse por sus ruegos…

El Señor siempre está cerca de los que le invocan con verdad.

Y alzando la voz, el pecador ha de decir: “Jesús, Maestro, ten misericordia de mí”.

Invocando el Nombre de Jesús obtendrá el perdón, porque Jesús quiere decir Salvador.

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Me parece importante que meditemos en dos aspectos de nuestro trato con el leproso espiritual, el pecador: es decir, nuestra actitud y trato con el pecador arrepentido, y nuestra reacción ante nuestras propias miserias.

Para nuestra meditación me basaré en el gran Doctor San Francisco de Sales.
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