P. CERIANI: DOS SERMONES PARA REFLEXIONAR

DOS SERMONES PARA REFLEXIONAR

Pocos leen. Pocos comprenden. Pocos retienen. Pocos obran en consecuencia.

No todos han leído… No todos han comprendido… No todos han retenido… Muchos no han obrado en consecuencia…

Por esta razón, publicamos nuevamente dos sermones de enero del año 2010, resaltando ahora algunos párrafos en amarillo.

LA CIRCUNCISIÓN DEL SEÑOR

(2010)

http://radiocristiandad.wordpress.com/2009/12/31/padre-juan-carlos-ceriani-sermon-de-la-circuncision-del-senor/

Al comienzo de este nuevo año civil y para consolidar el fundamento de nuestro combate por la defensa de nuestra fe es conveniente que consideremos el Misterio de Jesucristo tal como el Adviento y la Navidad nos lo han mostrado y tal como la fiesta de hoy nos lo resume en su simplicidad y brevedad.

Es muy importante que contemplemos y meditemos el Misterio de Jesucristo, puesto que el Misterio de la Iglesia, y por lo tanto el nuestro, es su continuación y su complemento. De allí resulta que nuestro combate actual es una consecuencia y un suplemento de ese misterio que hemos meditado durante el Adviento y que contemplamos ahora en Navidad.

Tal vez alguien se pregunte: ¿qué relación puede haber entre el Misterio del Hijo de Dios Encarnado, nacido en Belén, circuncidado ocho días más tarde, y el Misterio de la Iglesia, prolongado y actualizado hoy en nuestro combate contra la apostasía de las naciones y el neomodernismo y la protestantización de la Roma Conciliar?

Para comenzar a comprender, es necesario saber que San León Papa nos dice:

“Solamente rinde a la fiesta de este día el homenaje de una verdadera adoración aquel que no tiene ninguna falsa opinión sobre la Encarnación. Ya que es tan peligroso negar la verdad de la naturaleza humana de Cristo, como rechazar la igualdad de gloria con su Padre.

En cada una de sus dos naturalezas, es el mismo Hijo de Dios: tomando lo que es nuestro, sin perder lo que le es propio. Ya que la Divinidad, que le es común con el Padre, no sufrió ninguna disminución en su omnipotencia, y la forma de esclavo no perjudicó en modo alguno la forma divina”.

Ahora bien, este Misterio de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, se continúa y se completa en el Misterio de su Iglesia hasta la consumación de los siglos… Se prolonga y se consuma en cada uno de los miembros de su Cuerpo Místico: “Completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia”

Del mismo modo que su divino Fundador, la Santa Iglesia se presenta, a los ojos del creyente, gloriosa y divina, pero bajo un manto de pobreza y de humildad.

“Grande y glorioso misterio, dice San Bernardo, el Niño es circuncidado y recibe el Nombre de Jesús. ¿Por qué esta conexión? Recapacita que es el Mediador entre Dios y los hombres y que, a partir de los primeros momentos de su Natividad, asoció las cosas humanas a las cosas divinas, lo más bajo a lo más sublime. Nace de una mujer, pero de una mujer en quien el fruto de la fecundidad no hizo perder la flor de la virginidad; es envuelto en pobres pañales, pero estos lienzos son honrados por las alabanzas angélicas; se oculta en un pesebre, pero una estrella brilla en el cielo para anunciar su llegada. Por ello, la circuncisión demuestra cuán real es la humanidad de la cual se revistió, mientras que su nombre indica la gloria de su majestad. Es circuncidado como verdadero hijo de Abraham, se lo pone por nombre Jesús como a verdadero Hijo de Dios”.

Se trata, pues, efectivamente de la aceptación del “misterio del Cristo” en su totalidad. Asentir al misterio de la Encarnación, con todas sus consecuencias: aceptación de Jesús en su Venida en humildad, y aceptación de su Iglesia, que compartirá las humillaciones de su Esposo divino…

¿Hemos comprendido todo lo que hay de sublime, de verdaderamente divino en la respuesta que Jesús dio a los dos enviados de San Juan el Bautista para preguntarle “Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro”?

Los judíos soñaban (y sueñan) con un Mesías triunfador, que restableciese en todo su poder el reino de Israel. Por eso no podían (y no pueden) reconocer como Mesías al humilde hijo de María, que, nacido en un establo, creció en una carpintería.

¡Oh judíos enceguecidos por vuestras ambiciones terrestres!, este Mesías que nace en la pobreza de Belén, no os parece lo suficientemente grande. Era necesario que viniese al mundo en el palacio de Herodes…

Un Mesías rico, honrado, potente, aclamado; un Mesías a la cabeza de ejércitos victoriosos; un Mesías rey o emperador… ¡Y sin embargo!… ¡Cómo todo esto hubiera sido vulgar, además de ser puramente humano y vano!…

Ahora bien, discípulos de Jesús, ¿no somos acaso nosotros un poco como esos judíos, cuya ceguera sin embargo condenamos?

Nosotros también, cediendo a pensamientos demasiado terrestres, querríamos ver a la Iglesia de Cristo establecer aquí abajo sus derechos temporales.

Nos parece que después de veinte siglos todos los pueblos de la tierra deberían aclamar su poder, curvar sus frentes bajo su cetro y, de un polo al otro, entonar el hosanna de su eterno triunfo…

Y hete aquí que, por el contrario, la Iglesia de Jesús, como su Fundador en el tiempo de su vida mortal, es discutida combatida, perseguida, vencida… Su causa, mal servida por los unos, traicionada por los otros, parece siempre a punto de sucumbir…

Por el contrario, sus enemigos triunfan…

Entonces, nosotros también, como los discípulos de San Juan, nos allegamos a Jesús para preguntarle: ¿En verdad eres el Salvador? ¿Es realmente esta tu Iglesia? ¿No debemos esperar a otro o a otra?

¡Ahora bien!… Hoy como ayer, hoy como en los días de su Evangelio, Jesús puede responder: ¡Bienaventurado el que no se escandaliza de Mí! ¡Bienaventurado el que no se escandaliza de mi Iglesia! Hasta el fin de los tiempos permaneceré en medio de vosotros, siempre contrariado, objetado, discutido, negado, rechazado, a menudo perseguido… vencido… en mi Iglesia…

Pero también podrá siempre extender sus manos sobre la inmensa multitud de los que sufren para confortarlos… y a los que vengan a preguntarle. ¿Eres Tú el Salvador prometido del mundo?, responder como a los discípulos de Juan: “Id, y decid lo que habéis visto y oído”.

Sería inútil pretender disimular que el Señor permite que su Iglesia sea sometida a una prueba dura. Comprobamos cada día un poco más la terrible exactitud de las expresiones utilizadas por Jacques Maritain, Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI:

“Apostasía inmanente”, “Autodemolición”, “Humo de Satanás dentro de la Iglesia”, “Apostasía silenciosa”, “A menudo la Iglesia nos parece una barca a punto de naufragar, una barca que hace agua por todas partes”…

Son innumerables los hechos que hacen tocar con el dedo, sea las carencias de la autoridad jerárquica, sea el poder asombroso de las autoridades paralelas, sea los sacrilegios en el culto, sea las herejías en la enseñanza…

La falsa Iglesia que se presenta entre nosotros desde el curioso concilio Vaticano II como la iglesia oficial se aparta sensiblemente, año tras año, de la Iglesia fundada por Jesucristo.

La falsa Iglesia post-conciliar se opone cada vez más a la Santa Iglesia que salva las almas desde hace veinte siglos.

Por las innovaciones más extrañas, tanto en la constitución jerárquica como en la enseñanza y las costumbres, la pseudo-iglesia-oficializada se opone cada vez más a la Iglesia verdadera, la Iglesia de Cristo, la Iglesia Católica.

Recordemos lo que decía el Cardenal Pie ya en 1859, en su Discurso sobre San Emiliano:

“Esta prueba, ¿está próxima?, ¿está distante?: nadie lo sabe, y no me atrevo a prever nada a este respecto; ya que comparto la impresión de Bossuet, que decía: “Tiemblo poniendo las manos sobre el futuro”.

Pero lo que es cierto, es que a medida que el mundo se aproxima de su término, los malvados y los seductores tendrán cada vez más la ventaja.

No se encontrará casi ya la fe sobre la tierra, es decir, casi habrá desaparecido completamente de todas las instituciones terrestres.

Los mismos creyentes apenas se atreverán a hacer una profesión pública y social de sus creencias.

La escisión, la separación, el divorcio de las sociedades con Dios, dada por San Pablo como una señal precursora del final, irán consumándose de día en día.

La Iglesia, sociedad ciertamente siempre visible, será llevada cada vez más a proporciones simplemente individuales y domésticas.

Ella que decía en sus comienzos: “El lugar me es estrecho, hacedme lugar donde pueda vivir”,
se verá disputar el terreno paso a paso; será sitiada, estrechada por todas partes; así como los siglos la hicieron grande, del mismo modo se aplicarán a restringirla.

Finalmente, habrá para la Iglesia de la tierra como una verdadera derrota: “se dará a la Bestia el poder de hacer la guerra a los santos y vencerlos”.

La insolencia del mal llegará a su cima.”

Y aquí se plantea la conocida pregunta: ¿Qué hacer?

¿Estamos condenados a la impotencia en medio del caos, y a menudo de un caos sacrílego y blasfemo?

¡No! Por el hecho de ser de Jesucristo, la Iglesia está garantizada, con una certeza absoluta, de conservar hasta el fin de los tiempos, suficiente jerarquía personal auténtica como para que se mantengan los siete Sacramentos y como para que se predique y se enseñe la doctrina de salvación.

Es cierto que en presencia de esta prueba, un gran número de sacerdotes y de fieles tomaron partido por lo que llama erróneamente “la obediencia”. Realmente no obedecen de verdad, porque no se promulgan legítimas órdenes o leyes, que ofrezcan plena garantía jurídica.

La desdicha, la gran desdicha, es que, incluso sin que lo quieran, su conducta hace el juego a la subversión. Se plegaron, en efecto, a las innovaciones desastrosas, que no tienen otro objetivo efectivo que enervar la tradición auténtica y sólida; debilitarla y, finalmente, llegar a cambiar, poco a poco, la religión.

Es cierto también que en medio de esta crisis, ya anunciada, otro gran número de clérigos y fieles, pretenden “domesticar a la Bestia de la Tierra” con discusiones y conversaciones doctrinales… Y entran en el campo de la Bestia, allí donde ella es poderosa para engañar y vencer…

Todo esto forma parte también de la hora presente; aquella en la cual debemos dar testimonio de nuestra fe con fortaleza y de humildad, que deben renovarse sin cesar, ya que nuestra confesión no es ante una persecución violenta (lo que precipitaría y simplificaría mucho las cosas), sino ante la revolución modernista, inspirada por demonios hábiles y por demás confusos, que se presentan bonachones y cándidos… benditos, capaces de engañar incluso a los elegidos…

Tal es la hora presente. Es, pues, en esta hora que tenemos que santificarnos y dar testimonio.

Todos nosotros, sacerdotes y laicos, cada uno por su cuenta y en su medida, tenemos una pequeña participación de autoridad auténtica.

Los sacerdotes tenemos los poderes para rezar la verdadera Santa Misa, para bautizar, para absolver, para predicar…

Los padres y madres de familia, a pesar del totalitarismo oficial y de la descomposición de la sociedad, no perdieron todavía del todo el poder para formar y educar a los hijos que han traído al mundo… por ahora conservan cierta autonomía respecto de la Bestia del Mar

Que el sacerdote fiel llegue, pues, hasta el límite de su poder y de su gracia sacerdotal… sacrificando, rezando, bautizando, predicando, sosteniendo, animando…

Que cada padre y cada madre vayan hasta el límite de la gracia y del poder que le da el Sacramento del matrimonio para formar y a educar a sus hijos… darles convicciones claras y firmes… inspirarles el espíritu del martirio…

Que el educador llegue hasta el límite de su gracia y de su poder de formar los niños, los muchachos y las jóvenes en la fe, las buenas costumbres, la pureza, la belleza, las letras, la música, la pintura…

Que cada sacerdote, cada laico, cada pequeño grupo de laicos y de sacerdotes, teniendo autoridad y poderes auténticos sobre un pequeño fortín y bastión de la Iglesia y de la cristiandad lleguen hasta el límite de sus posibilidades y de su poder… para formar una barrera de pies de gallo con espíritu de katexon, de obstáculo…

Que los jefes de cada fortín y los ocupantes de cada bastión no se ignoren, sino que se comuniquen los unos con los otros. Que cada uno de estos fortines protegido, defendido, dirigido por una autoridad real auténtica, se convierta, en la medida de lo posible, en un bastión de santidad… para obstaculizar la llegada del Inicuo…

He aquí lo que garantizará la continuidad de la verdadera Iglesia y preparará eficazmente el renacimiento para el día que agrade al Señor, si es que un reflorecimiento ha de darse, cosa que yo personalmente no creo, salvo si se trata del último y definitivo, meta-histórico…

Lo que sigue siendo posible en la Iglesia, lo que la Iglesia garantizará siempre, en cualquier caso, sean cuales fuesen las pruebas diabólicas de la nueva iglesia post-vaticanezca, es esto: tender realmente a la santidad, poder formarse por la inmutable y sobrenatural doctrina en un grupo real (incluso muy reducido), bajo una autoridad real y legítima, teniendo la certeza de que permanecerán siempre verdaderos sacerdotes fieles que no pactarán con la Iglesia conciliar oficial.

Decíamos al comienzo que es muy importante que contemplemos y meditemos el Misterio de Jesucristo, puesto que el Misterio de la Iglesia es su continuación y complemento; y que, por lo tanto, nuestro combate actual es consecuencia y suplemento de ese misterio.

De la misma manera que no se puede decir que Jesucristo ha sido vencido, tampoco se puede decir que la Iglesia, perseguida por fuera y traicionada por dentro, sufre una derrota y corre a su ruina.

La Iglesia es victoriosa… Es la Esposa de Cristo victorioso. Porque la propiedad de obtener la victoria es una prerrogativa incuestionable del Señor, también es un privilegio necesario de su Esposa.

Entonces, profesar la fe en la Iglesia frente al modernismo, ser feliz de tener algo que sufrir para dar un hermoso testimonio de la Iglesia traicionada por todas partes, es velar con Ella en su agonía, es velar con Jesús que continua en su Esposa, afligida y traicionada, su agonía en el Jardín de los Olivos.

En la medida en que permanezcamos fieles en la oración y la vigilia, inaccesibles al temor mundano y al desaliento, en la misma magnitud conoceremos por experiencia que la Santa Iglesia es un misterio de fortaleza sobrenatural y de paz divina.

Concluyamos con el Cardenal Pie, en el discurso ya citado:

“Ahora bien, llegados en este extremo de cosas, en este estado desesperado, sobre este globo librado al triunfo del mal y que será pronto invadido por las llamas, ¿qué deberán hacer aún todos los verdaderos cristianos, todos los buenos, todos los santos, todos los hombres de fe y de valor?

Enfrentándose a una imposibilidad más palpable que nunca, con un redoblamiento de energía, y por el ardor de sus rezos, y por la actividad de sus obras, y por la intrepidez de sus luchas, dirán:

¡Oh Dios! ¡Oh nuestro Padre!, que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre así en la tierra como en Cielo; venga a nosotros tu Reino así en la tierra como en el Cielo; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo…

¡Así en la tierra como en el Cielo! Murmurarán aún estas palabras, y la tierra se ocultará bajo sus pies.

Y como otra vez, tras un horrible desastre, se vio al senado de Roma y todas las instituciones del Estado avanzarse al encuentro del cónsul vencido, y felicitarlo por no haber desesperado de la República; del mismo modo el senado de los Cielos, todos los coros de los Ángeles, todos los órdenes de los bienaventurados, vendrán delante de los generosos atletas que habrán sostenido el combate hasta el final, esperando contra la esperanza misma…

Y entonces, este ideal imposible que todos los elegidos de todos los siglos habían proseguido obstinadamente, se volverá por fin una realidad.

En su segunda y última Venida, el Hijo entregará el Reino de este mundo a Dios su Padre; el poder del mal se habrá evacuado para siempre en el fondo de los abismos; todo el que no haya querido asimilarse, incorporarse a Dios por Jesucristo, por la fe, por el amor, por la observancia de la ley, será relegado en la cloaca de los desperdicios eternos.

Y Dios vivirá, y reinará plena y eternamente, no solamente en la unidad de su naturaleza y la sociedad de las Tres Personas divinas, sino también en la plenitud del Cuerpo Místico de su Hijo encarnado, y en la consumación de sus Santos”.

Tenemos un año menos para contemplar esta divina realidad… Falta menos…

Tenemos un año más para merecerla… Aprovechemos este tiempo para suplicar en nuestro Getsemaní: ¡Oh Dios! ¡Oh nuestro Padre!, que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre así en la tierra como en Cielo; venga a nosotros tu Reino así en la tierra como en el Cielo; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo…

Entonces, después de haber trabajado aquí abajo en la medida de nuestras fuerzas por la glorificación del Nombre de Dios sobre la tierra, por la venida del Reino de Dios sobre la tierra, por la realización de la Voluntad de Dios sobre la tierra, eternamente liberados del mal, diremos en el Cielo el eterno Sanctus, Sanctus, Sanctus: Que así sea…

Padre Juan Carlos Ceriani

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FIESTA DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

(2010)

http://radiocristiandad.wordpress.com/2010/01/05/p-ceriani-sermon-en-la-epifania-del-senor/

Este sermón fue pronunciado en la Solemnidad de la Epifanía de 2005, en la ciudad de Besançon, Francia. En cuanto a lo esencial, es el mismo; pero como desde entonces ha corrido mucho agua por debajo de puente (elección de Benedicto XVI, visitas papales a sinagogas y mezquitas, Motu proprio humillando la Santa Misa, Decreto levantando las excomuniones y remitiendo la pena, inauguración de discusiones doctrinales…) han sido puntualizadas algunas referencias.

Unos Magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle

Dios Padre quiso que su Hijo fuese conocido y adorado por los Gentiles. Creó, pues, en Oriente una estrella de un tamaño y de un resplandor maravillosos. Era el signo anunciado a las Naciones por el Profeta Balaam: Una estrella saldrá de Jacob.

Es la vocación de los Reyes Magos, su llamamiento. Aparece por fin la estrella por tanto tiempo esperada. Sus largas vigilias hallan al fin su recompensa: el Mesías anunciado está por nacer…

Pero, ¿en qué parte del mundo? Nada lo indica… Sus miradas se tornan ansiosas, sus manos juntas se vuelven suplicantes; y he ahí que la estrella aparecida se pone en movimiento…

Los Magos se miran; lo han comprendido todo; son felices. Sin vacilar ni más esperar, dejan su reino y bienestar, ya son idos…

La estrella es el llamamiento de Dios, es su voluntad expresa; la conducta de los Magos es la fidelidad a la gracia.

La estrella domina todas las escenas del viaje: llama y orienta, acompaña y guía; a veces, sin embargo, hace como si desapareciera…

Para ir a Jesús no basta distinguir la estrella, hay que seguirla; y, para seguirla, es necesario librarse, como los Magos, de los lazos que atan…

Es esencial, no sólo seguir la voluntad, de Dios, sino fortalecerse con su luz.

Andar a la luz de la estrella hace el camino fácil y suave.

En la gran noche de la historia que nos toca vivir, también Dios hace resplandecer una luz para guiar a sus fieles servidores…: es la Revelación Divina… la Tradición y las Profecías.

Engañado por las mentiras del mundo, el hombre moderno busca una luz que lo oriente. En ocasiones cree verla en teólogos, filósofos, políticos y economistas o en el poder político o tecnológico, pero es bien cierto que no podrá hallarla sino en la Tradición Católica y en las Profecías.

Muchos han comprendido la gran crisis que afecta en el presente a la Civilización Cristiana y a la misma Iglesia; pero pocos toman la resolución de seguir la Verdad, la cual se encuentra en el pasado, la Tradición y en el futuro, las Profecías.

Vemos partir a los Reyes hacia lo desconocido. ¿No vamos también en la tierra hacia lo desconocido?… ¿Llegaré? ¿Lo conseguiré?…

¿Por qué estas preguntas?, y más aún, ¿por qué estas alarmas? Voy a donde Dios me llama. Su estrella ha aparecido;
su estrella es su voluntad manifestada.

Lo desconocido para los Magos es la duración del viaje y las vastas regiones que atraviesan: llanuras, montañas, ríos, bosques, desiertos…

Y nunca se dijeron: esto va para largo… ¿cuándo llegaremos? Las diversas intemperies de las estaciones no los desaniman; los obstáculos no los detienen; los peligros no los perturban…

¿Qué pensaríamos de los Magos, si, descuidando mirar la estrella, se hubiesen dejado absorber por los accidentes del camino, el temor de los peligros, la molestia de un viaje que se hace interminable?…

¿Qué debemos, pues, pensar de nosotros? ¿Por qué estas tristezas, estas angustias de espera, estos deseos precipitados, este fondo de inquietud persistente?…

Para aquellos que comprendieron y decidieron seguir este arduo camino, comenzó la gran aventura de la Tradición

El viaje de la Obra de la Tradición ha sido jalonado por hechos y decisiones gloriosas y memorables: la fundación de Ecône, la supuesta suspensión a divinis, la toma de Saint Nicolas de Chardonet, la ayuda a tal o cual sacerdote fiel, la fundación o refundación de diversas Congregaciones religiosas, la apertura de Prioratos, de Centros de Misa y de Escuelas, las Consagraciones Episcopales, las pretendidas excomuniones…

Después de haber andado un largo camino, los Magos se hallan en un país desconocido para ellos. ¿Qué les importa? ¿No va con ellos la estrella? Mas he aquí que súbitamente se les oculta .y la buscan en vano.

Hay un vacío en el cielo… ¿A dónde ir? ¿Qué hacer? ¡Son forasteros, tan lejos de su patria! ¿A quién confiarse? ¿No pueden temerlo todo? ¿Los habrá Dios abandonado?…

¡No!, ¡No! Los prueba, dejándolos a su iniciativa…
¿Y qué hacen? Desprovistos de su guía divina, recurren a los medios humanos: consultan a los moradores. Son conducidos al rey.

El rey convoca los sacerdotes, y de estos recursos humanos sale la luz: el niño, cuya estrella vieron, debe nacer en Belén; a dos horas de distancia.

Pero, sin embargo, ¿cómo explicar la desaparición de la estrella? ¿Por qué no los ha guiado hasta su término? Preguntas son éstas que su fe vivísima no formula ni plantea. Dios los guiará, sea por una estrella, sea por las indicaciones de los hombres. ¿Qué importa?

Es con frecuencia nuestro caso: después de haber emprendido, merced al llamamiento divino, tal obra o resuelto tal empresa; después de haber caminado largo tiempo al compás de la luz, ésta desaparece de pronto: el presente, el porvenir, todo en tinieblas… hasta el pasado: ¿habré hecho bien en seguir esa estrella? ¿No voy a estrellarme?…

¡Era tan suave dejarse guiar, y tener .a la vista un camino abierto!… Mas hoy hay que buscar y decidirse por sí mismo. A fuerza de dejarse guiar, se ha perdido acaso el espíritu de iniciativa y el valor…

Pobre alma, serénate, es para desarrollar tus cualidades; Dios te ha sometido a tal prueba para que crezcas ejercitándolas…

¿Qué debemos hacer en la prueba, cuando desaparece la estrella?: conservar toda nuestra confianza, emplear todos los medios a nuestro alcance. Hecho esto, quedar persuadidos que la determinación tomada es en verdad la voluntad de Dios.

Ruega, pues, medita, consulta según lo necesites, y luego camina, sereno y confiado… Pronto serán recompensados tus esfuerzos…

Así sucedió con los Reyes; luego de un largo camino llegaron a Jerusalén; pero, en el mismo instante, la estrella se ocultó a sus ojos, y quedaron en la aflicción y la tristeza.

Igualmente, muchas estrellas se han ocultado, han caído ante nuestros ojos atónitos; otras muchas han de caer todavía… Momentos de duda, de aflicciones, de tristezas, de prueba…

La Providencia utiliza estos medios para probar la fidelidad y la confianza de sus servidores, y para permitirles practicar virtudes muy importantes, entre otras la prudencia y la simplicidad.

Los Reyes entran, pues, en Jerusalén… la Roma de aquellos tiempos…

El rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén…
Herodes y Jerusalén se espantan; el anuncio milagroso de un nuevo Rey debería haber provocado una gran alegría y un inmenso entusiasmo; pero este pueblo infiel se turba y desprecia una gracia que esperaba, es cierto, pero con mucha mayor resonancia y con resplandor más espectacular. Esperaban que el Mesías se anunciase con gloria; estaban impregnados de un mesianismo terreno…

También hoy hay quienes, incluso en Roma…, particularmente en Roma…, pero no sólo en Roma…, se espantan de la Tradición y de las Profecías, y en su lugar presentan o anhelan falsos mesianismos: sea la Civilización del Amor, sea la Restauración de la Cristiandad, sea la Reconquista de algo perdido y que estaba anunciado que sería perdido, sea el Regreso de Roma a no sé qué estado o situación anterior…

Los Reyes, por su parte, entran en Jerusalén y manifiestan una fe grande, creen en lo que no han visto, y dicen a alta voz lo que anunciaron los Profetas; no tienen dudas sobre el hecho, sólo indagan sobre el lugar.

Nosotros, decepcionados del momento presente, nos refugiamos en la Tradición y en las Profecías…

Y, si ellas se han como velado o eclipsado, recurrimos a las autoridades modernistas, ellas, en cuanto autoridades, nos han dicho ya lo enseñado por la Tradición y lo anunciado por las Profecías, lo que nos orienta hacia la Verdad: el humo de Satanás ha entrado en la Iglesia…, estamos en un período de autodemolición de la Iglesia…, se trata de la apostasía silenciosa… la Barca hace agua por los cuatro costados…

Herodes convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se informó del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron:

En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, en verdad, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel.

Hombres políticos y hombres religiosos; hombres de la política y hombres de la religión; hombres políticamente religiosos y hombres religiosamente políticos… se reúnen para tratar el caso de la Tradición… Y responden: No es aquí donde habrán de encontrarla… La Doctrina y la Liturgia tradicionales están en la Obra de la Tradición…

Los doctores judíos no dudaron en responder que era en Belén que debía nacer el Cristo. Pero suprimieron, sin embargo, la segunda parte de la Profecía, que insinúa claramente la divinidad de Jesús: y sus orígenes datarán de tiempos antiguos, de días de la eternidad…

De la misma manera, a los que actualmente tienen el cargo y la autoridad para esclarecer a los otros, la malicia y el orgullo les impiden predicar la verdad entera sobre la Tradición y las Profecías, y son igualmente la causa de la muerte de muchos inocentes… El Niño Dios es la ocasión, no la causa de la muerte de los niños asesinados por Herodes…

Es una preciosa lección para muchos eclesiásticos, incluso mitrados, que, encargados por oficio de instruir y de dirigir a los fieles y de mostrarles el camino de la Verdad, viven ellos mismos en la ilusión de falsos mesianismos, sin comprender las Profecías; o, lo que es más grave, si las conocen y las entienden, siendo cobardes y temblando ante la tiranía de la realidad…

Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle.

¡Qué mofa y sarcasmo!… Meditemos sobre lo aborrecible de esta hipocresía y, echando una ojeada a la historia de la Iglesia, advirtamos en sus perseguidores las mismas tentativas.

¡Qué obcecación! Herodes ve a Dios intervenir por el milagro de la estrella; reconoce por los Profetas la venida cierta del Mesías, y vedlo disponiéndose a disputarle su trono, como si de antemano no hubiera de estar convencido de su derrota.

Pero donde su ceguedad se convierte en aberración, es al imaginarse poder andar con astucias respecto del Quien todo lo ve…

Pronto pasará de la aberración al crimen, al degüello de los Inocentes…

Como bien dicen los Padres de la Iglesia, por lo que ha hecho con los Inocentes, podemos colegir lo que deseaba hacer con Jesús…

Se finge piadoso, pero bajo el manto de piedad afila el cuchillo dando a su crimen el color de humildad, procediendo en esto como todos los criminales, que cuando quieren herir a alguien en secreto, le muestran un afecto que está muy lejos de sentir.

Así fueron siempre los perseguidores de la Iglesia, así los vemos hoy. Sólo las formas cambian según las circunstancias, pero siempre hallamos el mismo fondo de rivalidad y odio; el mismo método de doblez y, si es necesario, de violencia…

Y los resultados son los mismos: Jesús, en su Iglesia, se libra sin cesar de sus enemigos, y por la misma traza…

Para librar a Jesús de Herodes, Dios se guarda de intervenir con estrépito; sería salirse del plan de una oscuridad intencionada. Lo salvará con la huida como se salva a un vencido…

Es el destino de la Iglesia, misteriosamente figurado: Ella tendrá al comienzo las Catacumbas, y en nuestros tiempos el destierro… obligado o voluntario…

Los Magos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el Niño.

Apenas escuchada la respuesta de Herodes, los Reyes partieron de Jerusalén, huyendo de la agitación y de la turbación que reinaban en ella.

Hay que salir de Jerusalén, hay que salir de la Iglesia Conciliar, hay que salir de la Roma anticristo y modernista, sin detenerse a discutir sobre cuestiones suficientemente claras y ya definidas… Los Reyes fueron a Jerusalén; pero ahora es tiempo de ir a Belén. Si pretendiesen convertir a Herodes, se quedarían sin el Niño Jesús…

Salir, pues, de Jerusalén, sin que anhelos desubicados, por legítimos que sean, pero contrarios a la divina voluntad, nos aparten del fin de nuestra misión…

Deseos dislocados serían, por ejemplo, hacer depender nuestra fidelidad del cese de la ceguera de Herodes y Sacerdotes, pretendiendo convencerlos, por medio de discusiones, de que tienen que encaminarse a Belén, al encuentro del Niño Dios para adorarlo…

Causa risa considerar, imaginar tan siquiera, a los Reyes Magos estableciendo con Herodes o los Sacerdotes acuerdos prácticos

Pero el Evangelio tampoco habla de encuentros teóricos… para intentar convertirlos… pensando en el bien de muchas almas que vendrían a Belén…

Es cierto, muchas almas permanecerán sin poder reconocer a Jesús, la Tradición… e incluso, como los Inocentes, serán pasados a cuchillo; pero será exclusivamente por culpa de la ceguera y la malicia de las perversas autoridades…

Al igual que los Magos, ¡alejémonos de la confusión y busquemos al Niño allí dónde debemos encontrarlo! ¡No en otra parte!

El sacerdote Roca, canónico apóstata, decía en su obra Glorioso Centenario: “El nuevo orden social se inaugurará fuera de Roma, sin Roma, a pesar de Roma, contra Roma (…) Y esta nueva Iglesia, aunque no deba quizá conservar nada de la disciplina escolástica y de la forma rudimentaria de la antigua Iglesia, recibirá, sin embargo, de Roma la Consagración y la Jurisdicción Canónica.”

Por eso, el Padre Francisco de Paula Vallet, fundador de los Cooperadores Parroquiales de Cristo Rey, tenía como divisa:
Siempre por Roma, nunca contra Roma, a veces sin Roma.

Que cada uno reflexione y decida…

Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al Niño con María su madre

Donde están Herodes y los Sacerdotes no se ve la estrella; allí donde está el Niño con la Madre, sí. En Roma ya no resplandecen como antaño ni la Tradición ni las Profecías; allí el Niño no es seguido, más bien perseguido, y la Madre es blasfemada…

En un momento, la estrella se detiene de nuevo, los Magos se hallan en campo despoblado, donde sólo ven, como aplastado por las rocas, un establo derruido. Al ver esto, ¿cuáles serían las impresiones de esos grandes personajes?

¡Cómo! ¿Ese es el palacio del Mesías anunciado hace tantos siglos, del gran Rey que viene a señorear el mundo?

No son esos sus pensamientos. Se dejan guiar por el sentido sobrenatural. Delante del misterio de un Dios pobre y débil, los Magos se prosternan y adoran con fe sincera.

¡Qué lecciones tan fortificantes e instructivas! Fortificantes para nuestra fe, instructivas para nuestra conducta.

Para comprender las cosas de Dios, la mentalidad humana tiene que transformarse.

Mientras que los Magos, rebosando de alegría, contemplan y adoran al Niño Dios, los moradores de Jerusalén yacen en la mayor indiferencia. Aletargados con la práctica rutinaria de sus leyes mal interpretadas, han perdido esa juventud de alma que va siempre a la vanguardia…

Al considerar su conducta, debemos comprobar hasta qué grado de indiferencia lleva el abuso de las gracias.

Al igual que el establo y el pesebre del Niño Dios, nuestras capillas y centros de Misa son muchas veces lugares pequeños y pobres; pero, también nosotros, en medio de nuestras penas y tristezas, tenemos nuestras alegrías: vivimos donde resplandece la Verdad de la Tradición y de las Profecías, donde se administran los verdaderos Sacramentos, allí donde la verdadera Doctrina ilumina nuestras almas.

Y postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra.

El incienso porque es Dios, el oro porque es Rey, la mirra porque se encarnó para ofrecerse en sacrificio sobre la Cruz.

Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino.

Debemos admirar cómo la Divina Providencia cuida de sus servidores fieles, advirtiendo a los Magos lo que deben hacer para salvar al Niño de la persecución de un príncipe ambicioso y cruel, y para prevenirlos a ellos mismos de los malos tratos a los que se expondrían si regresasen a Jerusalén.

No era posible que los que habían venido de Herodes a Cristo, volviesen de Cristo a Herodes.

¿Por qué?

Porque quien ha experimentado el mal en el que ha caído y recuerda el bien que ha perdido, vuelve, sí, con arrepentimiento a Dios.

En cambio, quien habiendo abandonado al diablo, se une a Cristo, no vuelve al diablo, porque mientras se regocija con el bien que ha encontrado y se acuerda de los males de que se libró, sería un despropósito volver al mal.

Debemos aprender esta lección y considerar cuán bienaventurados seremos si nos abandonamos a la Providencia, que nunca dejará de asistirnos en los peligros y apartará de nosotros los males que nos amenazan.

Pero esto será con la condición de seguir sus consejos: no debemos retornar a la Roma neoprotestante y modernista, que ha jurado la muerte de la Tradición y de las Profecías, y ha condenado por adelantado a quienes las sostengan.

No faltará, sin duda, quien diga que Jerusalén (Roma) es indispensable y que, si hay una verdadera solución de la crisis respecto del Niño, esta no puede venir sino de Jerusalén.

Los Reyes Magos responderían: No aceptamos entrar en la situación de peligro en la que nos hubiésemos encontrado si hubiésemos regresado a Jerusalén. Eso se terminó. Plantearíamos la cuestión de este modo: ¿Aceptan Herodes y los Sacerdotes las grandes profecías anunciadas por todos los Profetas y por el Rey David, sus predecesores? ¿Están de acuerdo con tal o cual profecía? ¿Están en plena comunión con estos Profetas y con este Rey y con sus afirmaciones? ¿Aceptan ofrecer incienso, oro y mirra al Niño Dios, Rey y Sacerdote? ¿Están a favor de ese Niño y de su Realeza? Si no aceptan la doctrina de sus antecesores, es inútil hablar. Mientras no hayan aceptado reformar su falso mesianismo considerando la doctrina de los Profetas que los precedieron, no hay diálogo posible. Es inútil.

Bien sabemos lo que hubiese sucedido con el Niño y con los Magos si hubiesen regresado a Herodes…

Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño“O calliditas ficta, o incredulitas impia, o nequitia fraudulenta”, dice San Fulgencio: “Oh, astucia artificiosa; oh, impía incredulidad; oh, perversidad fraudulenta. La sangre de los Santos Inocentes, que tú has derramado cruelmente, atestigua lo que has pretendido hacer con este Niño”.

Esta Roma anticristo, anti-tradición, anti-profecías, astuta, impía, infiel, falaz, perversa y cruel, no retrocederá ante un nuevo crimen, y así como ya maltrató a la Fraternidad San Pedro, a Dom Gérard, a Campos y a todos los que regresaron a ella por el camino de la Comisión Ecclesia Dei, de la misma manera tratará a los que aspiran domesticar a la Bestia, dándole cacahuetes, por muy legítimas, e incluso santas, sean sus intenciones…

Entretanto, el Niño Jesús huye a Egipto.

¿Pero cómo el hijo de Dios huye delante de un hombre? ¿Quién se verá libre de enemigos, si el mismo Dios teme a sus adversarios?

Convenía que así sucediese, para que los cristianos no se avergüencen de huir cuando la persecución les obligue a ello.

El Salvador, conducido a Egipto por sus padres, nos enseña que muchas veces los buenos se ven obligados a huir, e incluso también son condenados a un destierro por la perversidad de los malos…

Debemos considerar con la serenidad más perfecta los males que amenazan a la Iglesia. Esta serenidad nuestra es para Dios una honra, y para nosotros una fuerza.

Continuemos, pues, con paz, alegría, confianza, coraje, paciencia, longanimidad, perseverancia y constancia este combate por la Fe, por la Iglesia, por la Santa Tradición, por la Misa de siempre…

Permanezcamos en nuestra inhóspita trinchera, con alma de pie de gallo, genuinos caballeros de la resignación infinita, abandonados a la doliente esperanza en la Segunda Venida

Y Dios nos conducirá allí donde encontraremos al Niño con su Madre, el Arca de la Alianza y la Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas, aplastando una vez más, y definitivamente, la cabeza del dragón infernal…

Ella, mientras tanto, nos indica mirar hacia la Estrella Matutina, su Jesús…

Ella es también nuestra Stella Maris, y nos ayudará a seguir nuestra ruta en paz y alegría, incluso si el camino se hace todavía más impracticable que hoy en día…

Padre Juan Carlos Ceriani

Acerca de Fabian Vazquez

La Voz de la Tradición Católica, con la Verdad aunque duela.