ESTUDIOS DOCTRINALES: EDUCACIÓN DE LOS HIJOS: EL HIJO DESOBEDIENTE: 2º PARTE: CUALIDADES DE LA OBEDIENCIA

Extractos del Libro Corrija a su hijo

Por Monseñor Álvaro Negromonte

Tomado del excelente blog A Grande Guerra

http://a-grande-guerra.blogspot.com/2010/04/crianca-desobediente-como-educa-la.html

Traducción de Radio Cristiandad

Continuación

CUALIDADES DE LA OBEDIENCIA

Ahora debemos consideran las cualidades de la obediencia ideal. Ella será:

a) racional: no ciega, mecánica, servil, sino entendida en sus órdenes y sus razones; la finalidad de su ejecución es un acto humano, y no la actitud del animal amaestrado;

b) digna: entendida, aceptada espontáneamente, deliberada para que la voluntad sea libre. Ella no deshace, sino que afirma la personalidad; no rebaja, sino que engrandece; no nos hace borregos de la masa, sino hombres que disponen de sí mismos. Es manifestación de libertad, no de servilismo;

c) confiada: la obediencia supone un respeto íntimo de las órdenes, de las personas revestidas de autoridad, una veneración de los superiores de cualquier categoría, en cuanto representan las autoridades que rigen la vida de las sociedades. Este respeto, esta veneración establece la confianza que inclina a la aceptación fácil de las órdenes recibidas, cuando no se conoce la razón o no se percibe el alcance de ellas;

d) alegre: racional, digna, confiada, la obediencia será alegre, sin murmuraciones ni rebeliones, sin miedos ni repugnancias, sino fácil y hasta espontáneamente pronta;

e) sobrenatural: para quienes creemos en Dios y a Quien dirigimos la vida y la educación, todo debemos hacerlo en vista de la eternidad, a pesar de que las actividades sean las acciones más cotidianas (Ver I Cor. 10, 31). Los que sabemos que todo poder viene de Dios y que resistir a la autoridad es resistir a Dios (Rom. 13, .1-2), debemos obedecer con esta visión sobrenatural: ella excede a los hombres y nos une a Dios, garantizándonos que tendremos la recompensa de nuestra sumisión, siempre que las órdenes recibidas no se opongan directamente a los mandamientos de Dios ni a los dictámenes de nuestra conciencia.

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Preparar la obediencia

Aunque los niños estén obligados a la obediencia, no podemos exigir de la misma manera a todos. Se impone un discernimiento y una distinción, debido a la edad y a las circunstancias individuales.

La edad es lo primero que se presenta.

En la primera fase, será solamente el adiestramiento. Incapaz para entender, el niño aprende a hacer lo que la madre le pide, y a no hacer lo que le prohíbe.

Se va acostumbrando a prestar atención a la madre, que le hablará siempre con afecto, a veces con firmeza, hasta establecer los hábitos.

Con 18 o 20 meses, “entiende ya” algunas razones que se le da: “está mojado“, “está sucio“, etc.

Antes de los 2 años, si fue dirigido así, basta una mirada o un gesto.

Esta es, irremediablemente, la fase de la obediencia ciega, en que la única razón verdadera es la voluntad del educador.

Aunque a la mayoría de los padres les parezca sin importancia, es la edad decisiva en la vida del hombre, como los fundamentos para la casa. Y cometen faltas irremediables los que la desperdician, dejando para más adelante lo que entonces debe ser hecho. Más adelante será necesario deshacer los malos hábitos para iniciar los buenos, lo que representa un trabajo multiplicado y precario resultados.

En la segunda fase comenzamos a dar las razones de una manera más explícita, porque la capacidad de entender creció.

El educador que se precia, desea establecer la obediencia consiente. “Hablen más bajo, porque la mamá está descansando“. “Vayan a jugar afuera, porque el abuelo está enfermo“. “Desconecten la radio, porque está perturbando el estudio de papa.”

No podemos decir con certeza cuándo comienza la segunda fase. El niño pasará pronto a la edad del no, que rechazará sistemáticamente lo que se le ordene o pide. Enseguida apelaremos a la comprensión del niño: “¿No entiendes que no se puede jugar debajo le la lluvia? “

El hecho de entender, no significa que se rinda. Entiende, pero desea de todos modos.

O tiene dificultades especiales para entender: “¿Cómo es que Pedro está jugando?” O: ¿”Cómo es que los hombres trabajan con lluvia, y no los hace enfermar?”

Esta fase exige bastante paciencia al educador, de modo que él:

- no caiga en el autoritarismo (“Pero no vas porque no deseo“).

- no caiga en la pelea del igual con el igual.

- no sea derrotado “por puntos” (“Por lo tanto, entonces, me dejas en paz“).

En la tercera fase, si los pasos anteriores fueron seguros, el pre-adolescente y el adolescente tendrán cuidado de las indicaciones de los padres, y el trabajo de la persuasión, propio de la etapa anterior, se reducirá a los casos específicos de la edad.

Es verdad que los asaltos de la independencia son más fuertes, pero los padres comprensivos proporcionarán a las órdenes y a las restricciones el desarrollo del comportamiento moral y social de los jóvenes.

Tres fórmulas caracterizan estas tres fases:

“Yo quiero”,

Es preciso“,

Tú debes“.

Podemos también caracterizarlas por tres verbos:

Mandar,

Persuadir,

Indicar.

El niño que ha sido bien trabajado en la primera fase, estará excelentemente preparado para obedecer en las otras dos.

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Facilitar la obediencia

Los padres desean ser obedecidos, pero a los niños no les gusta obedecer. Para obtener de ellos una virtud más fácil, los padres deben mejorar los métodos del mando.

El ejercicio de la autoridad es una ciencia y un arte; tiene sus principios y su técnica. Conocerlas facilita las tareas propias y las de los súbditos.

Quién sabe mandar, es obedecido más fácilmente.

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Veamos, entonces, algunas normas del mando pedagógico.

1ª Norma: Conserve la autoridad

Para esto:

a) Acredítese ante los niños:

- hable con la superioridad de padre sobre los niños, con la certeza de que no sólo está ejerciendo un derecho, sino cumpliendo con un deber;

b) Dé órdenes:

- No pida favores, porque su autoridad se impone por la misma naturaleza;

- los propios súbditos desean ser mandados con autoridad: los judíos admiraban en Jesús que hablase “como quién tiene autoridad, y no como los escribas y fariseos“;

- no discuta con los niños: esto aniquila la capacidad del mando;

c) Hable con firmeza:

- la timidez de quién ordena, sugiere la posibilidad de la desobediencia;

- viéndose temido, el niño si cree superior, y no atiende;

- una autoridad débil no recibe acogida ni confianza de los súbditos;

- no retire fácilmente la orden dada (a menos que se haya reconocido su error), ni ceda a pedidos afectuosos o a lágrimas (además, cuando los niños saben que es inútil insistir, no insisten);

d) Asegure la autoridad ajena:

- nada es más dañoso a la autoridad que la carencia de unión entre los padres. Uno prohíbe, otro permite; uno ordena, otro dispensa; uno corrige, otro relaja; o no se entienden en el régimen de la educación delante de los niños; o entran en contradicción con los maestros.

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2ª Norma: Sea prudente al mandar

De lo contrario, la autoridad se compromete, las reticencias se imponen, y los niños encuentran excusas para desobedecer. Tenga, por lo tanto, estos cuidados:

a) Piense sus órdenes:

- nada de precipitación, que obliga más adelante retirar la orden o (peor todavía) a hacer la vista gorda;

- no ordene cosas imposible o muy difíciles;

- no prohíba lo que los niños ni soñaban hacer (puede ser esto una sugerencia al acto.

b) Sea oportuno:

- Elegir el momento más propicio para la obediencia;

- la edad, el temperamento, la curiosidad, el interés momentáneo de los niños.

c) No ponga todo en el mismo plano:

- en las recomendaciones a los niños, hay órdenes que la autoridad impone, hay consejos que la experiencia da, hay pedidos que la amistad o las buenas costumbres de convivencia hacen: no pueden ser puestos en iguales niveles, porque la orden es para ser satisfecha, mientras que el pedido o el consejo se dirigen a la buena receptividad o generosidad del niño…

- no ponga en el mismo plano lo que es contra la moral, lo que está contra las buenas maneras, y lo que no le agrada o satisface.

Hay padres a que dejan pasar los principios y actos contra la moral, toleran y hasta autoriza pecados graves contra la religión y la justicia, pero no soportan pequeñas faltas que les desagradan a ellos…

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3ª Norma: Hable poco

a) Mande poco:

- solamente lo necesario, y no más, para no fatigar a los niños, para no desalentarlos, para no molestarlos ni para no inducirlos a la insubordinación;

- no haga muchas prohibiciones, restrínjalas a lo imprescindible, para no limitar excesivamente a los niños, que necesitan aprender antes lo que deben hacer y no lo que está prohibido.

b) Sea breve y claro:

- una orden larga o confusa será, con certeza, olvidada, confundida o dejada de lado.

- con palabras breves y seguro, suficientes para decir lo que es necesario, sin más ni menos;

- hable de manera precisa y concreta, porque las recomendaciones vagas se pierden casi siempre.

- cuando sea necesario, porque el niño está un poco lejano, o porque forma parte de un grupo, llámelo por su nombre, y solo imparta la orden cuando se haya cerciorado de su atención.

c) Hable por el gesto y por la mirada:

- ciertos deberes de rutinaria exigen solamente un recordatorio

- un gesto pequeño, una mirada, un movimiento de la cabeza, un movimiento de cejas

- y los niños entienden que es hora a ir al estudio o a la cama, que deben moderar la voz, cambiar de posición, etc.

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4ª Norma: Ordene con buenas maneras

a) Hable siempre con delicadeza:

- se obedece más a las maneras y a la persona que a las órdenes;

- la delicadeza va muy bien con la firmeza y la prudencia;

- el sentimiento rechaza la tosquedad, que queda mal en todos, pero especialmente en un educador, y no tiene cabida entre padres y niños;

- no piense que la delicadeza disminuirá la fuerza moral; antes bien la aumentará: los niños no la confunden con debilidad, y el agrado que despierta inclina a la obediencia y acredita la autoridad;

b) Evite las humillaciones:

- ellas molestan a los niños, y predisponen a la rebelión y no a la obediencia;

- no haga comparaciones que deprimen (“No hagas estos, porque pareces un mono“);

- no disminuya al niño en presencia de adultos;

- ellas irritan al niño, e indisponen a los hermanos;

- no celebre la rendición del desobediente;

c) Busque captar la confianza:

- la confianza recíproca facilita las maneras de la obediencia;

- de siempre un crédito confiable al niño, en cualquiera situación;

- incluso si la prudencia aconseja una supervisión más estrecha, quite siempre el aspecto del espionaje;

- no insinúe la mínima posibilidad de desobediencia, incluso si trata de reincidentes que ciertamente caerán de nuevo.

d) Ayude a obedecer:

- estimule a niño al cumplimiento de la orden recibida;

- cuando el trabajo sea más difícil o inspire repugnancia especial al niño, comience con él;

- no compra la obediencia con promesas (salvo en casos rarísimos, en las situaciones extremas, donde el niño solamente a esto sea sensible): este comercio ilícito se parece más a un soborno;

- no amenace: es nocivo para la educación. Amenazas hechas apasionadamente pueden ponernos ante el dilema torpe de cumplirlas (cometiendo injusticias, por su demasiada severidad) o no cumplirlas, debilitando la autoridad;

- recompense la obediencia cuando se demostró mayor esfuerzo o mayor perfección: los estímulos remueven los obstáculos más pesados.

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5ª Norma: Vele sobre la ejecución

a) Mantenga la continuidad:

- Nada más beneficioso para la educación que una ruta cierta y una determinación firme del seguirla: la coherencia da unidad al trabajo educativo, prestándole un vigor y una eficacia más grandes;

- la educación se fundamenta en principios, repítaselos con frecuencia en presencia de los niños (mejor que ellos directamente);

- evite dar órdenes y contraórdenes nacidas del capricho o del humor;

- no retire las órdenes dadas, a menos que haya verificado su dificultad o impertinencia, o que un hecho nuevo la ha convertido en prescindible o contraindicada.

b) No desaliente:

- la educación es trabajo de paciencia, no se hace en el acto, sino paso a paso, con avances y contramarchas;

- el niño no debe desalentarse, mucho menos aún el educador;

- anime al niño que cae, y no deje de celebrar las victorias, por pequeñas que sean;

- no existen niños normales incorregibles, y los anormales tienen derecho a todos nuestros esfuerzos y cuidados;

- cuanto más difícil es el niño o el caso, más necesaria es la paciencia y la tenacidad.

c) Lleve cuenta de las órdenes dadas:

- olvidarse de ellas es condenarlas al fracaso, porque los niños saben que serán argüidos al respecto;

- entre el espionaje y la indiferencia está la vigilancia, de la cual todos los hombres necesitan, y los niños de manera especial, porque son caracteres en la formación;

- el cumplimiento de las órdenes se puede verificar directamente por el educador, pero conviene pedir cuenta al niño mismo, para despertar el espíritu y mantener los bríos.

d) Exija hasta el fin:

- no transija con la desobediencia, ni una sola vez, para no insinuar la debilidad, de la cual los niños se aprovechan;

- no acepte tarea a medias, cuando la pidió entera, porque ya está en camino la media desobediencia, para la desobediencia total;

- si el trabajo era condicionado a un cierto tiempo, y no hay una causa válida que excuse, considere desobediencia el incumplimiento en el período indicado;

- si el trabajo era condicionado a un cierto tiempo o hecho, este no se realizará sin aquel: “Haz este servicio antes del almuerzo“, y el niño almorzará sólo cuando lo haya hecho.

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6ª Norma: Sea comprensivo

a) Piense en el niño:

- es inestable, de inmensa movilidad;

- el desarrollo pequeño de la inteligencia no le permite mayor capacidad de reflexión, y no sopesa lo que hace;

- la voluntad en formación es aún débil, y está condicionada por los instintos y los impulsos de los intereses inmediatos;

- sus horizontes limitados no le permiten ver lejos, y se preocupa más con el presente que con el futuro, más con lo personal que con lo general, más con los placeres que con la moral;

- las grandes fuerzas que mueven los espíritus adultos lo dejan frío e inmóvil porque todavía no siente la belleza del deber, de la conciencia, de la dedicación o del sacrificio;

b) Sepa ceder:

- los errores del niño no se pueden juzgar con severidad;

- sus responsabilidades se limitan a su capacidad: es un niño;

- si él erró, pese las causas de sus errores antes de castigarlo;

- recuerde que una razón que para nosotros es fútil o inexistente, para él es irresistible.

- piense en las limitaciones del niño, en las tonterías de la edad;

- tratándose incluso de adolescentes, recuerde su inmadurez, la facilidad con la cual se dejan por los amigos, la incapacidad para juzgar las ideas y la gente, la tendencia a ceder a la vanidad y a los halagos;

- haga lo posible por no olvidarse de cuando fue niño o adolescente: cuando nos olvidamos, no podemos ser educadores;

- tenga humildad para retroceder, si percibe que se equivocó; reconocer el error es una gran actitud moral;

- y cuando ceda, ceda clara y generosamente, confesando que se equivocó, que no vio la circunstancia que el niño había señalado, porque hay que atribuir el error al niño; haga como el general vencido: saque la espada y entréguela al vencedor, y crecerá en el concepto de los niños.

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7ª Norma: Apóyese en Dios

Esta es una norma preciosa, que, desafortunadamente, muchos educadores olvidan. Ninguno de aquellos que realmente creen en Dios puede despreciar tan gran ayuda para la educación, y particularmente de la virtud tan difícil de la obediencia.

Hay un cántico que habla de la prosperidad de la familia, y el salmista dice: Si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los que la construyen (Salmo 126.

Apoyar la obediencia en Dios es orientar los niños para:

a) Obedecer a Dios:

- los que ejercen la autoridad lo hacen en nombre del Señor, de Quien procede todo poder del hombre sobre el hombre: a cada uno de ellos se aplica con verdad la palabra de Cristo a Pilatos: No tendrías poder sobre mí, si no te fuese dado de lo alto (Jo 19, 11);

- autoridad viene de autor: si los padres son los autores de sus niños, Dios es el autor de todos los hombres y de todas las cosas. Es Él el que dio a los padres el poder de engendrar y el deber de educar a los niños;

- los que mandan, no sólo lo hacen en nombre de Dios, sino que deben también hacerlo para la gloria de Dios;

- y los que obedecen, más obedecen a Dios que a los hombres; y deben someterse más por razones sobrenaturales que por razones humanas. Los que se acostumbran a ver en los hombres el poder de Dios (lo cual no es fácil), obedecerán humildemente, incluso cuando los superiores sean desagradables o indignos del cargo.

No queremos decir que los padres deben recordar estas verdades a los niños cada vez que les ordenan cerrar la puerta o desconectar la radio, sino
que deben impregnarlos de este espíritu sobrenatural.

b) Recurrir a Dios: el mundo anda mal porque los hombres están más tiempo de pie que de rodillas.

Los padres deben hablar más de los niños con Dios que de Dios a los niños.

Cuando los niños si pierdan, búsquenlos en el reclinatorio, y los encontrarán, como Santa Mónica Santo encontró a San Agustín.

Cuando los niños tengan dificultades, oriéntenlos hacia la oración, recordando las promesas de Cristo a quien reza.

Cuanto más difícil encuentren la obediencia, tanto más deben rogar.

Hay que dirigirlos hacia el amor a Dios como supremo motor de sus actos.

Hay que acostumbrarlos también a esperar de Dios las recompensas: las que se esperan de los hombres, fallan en cada momento; solamente las divinas son infalibles.

c) Examinarse delante de Dios:

- si los hombres nos interrogan, podemos (a veces hasta debemos) negarles la respuesta, cuando son indiscretos o injustos; cuando nos acusan, nuestro primer movimiento es la defensa; pero, si somos nosotros mismos los que nos interrogamos, y lo hacemos de cara al Señor a Quien nada se oculta, entonces es natural que aparezca la verdad.

Esto es de sumo valor pedagógico, lo cual los buenos educadores nunca debieran olvidar.

Hay que acostumbra al niño a examinar, por la noche, el día que vivió, pidiendo la luz divina para conocerse, recordando qué hizo de bueno (para agradecer a Dios) y de grave (para pedir perdón y considerar la enmienda), mirando las causas y las intenciones de sus actos buenos o malos.

Difícilmente continuará el niño con sus desobediencias, si es fiel al a examen de conciencia.

Los católicos acusan en la confesión las desobediencias, la confesión inclina a la corrección, y la absolución concede la gracia, que mucho ayuda para la enmienda.

Continuará…

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