ESTUDIOS DOCTRINALES: LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS: ¿CÓMO EDUCAR AL NIÑO DESOBEDIENTE? – PRIMERA PARTE

Extractos del Libro Corrija a su hijo

Por Monseñor Álvaro Negromonte

Tomado del excelente blog A Grande Guerra

http://a-grande-guerra.blogspot.com/2010/04/crianca-desobediente-como-educa-la.html

Traducción de Radio Cristiandad

¿CÓMO EDUCAR AL NIÑO DESOBEDIENTE?

(Primera Parte)

La queja más frecuente de los padres sobre los niños es, sin duda, respecto a la desobediencia:

- No obedecen;

- Doy una orden, y ellos ni escuchan;

- Es la hora de ir a dormir, nadie los saca del televisor;

- Hay una hora para los estudios: no la respetan;

- Ya se dijo mil veces que no llegan tarde para las comidas: no se adelanta nada;

- Estamos cansados de decir que los objetos no queden fuera de su lugar: no escuchan;

- etc., etc., etc., etc….

Una letanía enorme de lamentaciones, que siempre termina por una especie de indulgencia plenaria aplicable a los padres: Estos niños de hoy son muy diferentes a los de mi tiempo.

Y explican:

-¡En casa, un hijo no levantaba la voz al papá!

- Orden dada, era orden cumplida, gustase o no.

-¿Quién se atrevía a llegar tarde a la comida?

- Una mirada era suficiente, todos a la cama.

-¡Sabíamos obedecer!

Y terminan con un estribillo que se une el de arriba como en uno solo: Pero estos niños de hoy

***

¿De quién es la culpa?

Incriminado a los niños el defecto de la desobediencia, los padres se excusan astutamente.

En verdad, no hay gran diferencia entre los niños de hoy y los de ayer.
Los niños son los mismos, con las características perpetuas de la infancia: los mismos intereses profundos, la misma receptividad educativa, las mismas exigencias de afecto, de seguridad, de formación.

Las diferencias de los tiempos, superficiales, no llegan a la estructura. En algunos puntos hacen difícil la tarea de los educadores; pero en otros la facilitan.

Algunos padres son los que han cambiado. Han abandonado los cuidados de la educación, han hecho manga ancha para los deberes, han aflojado la vigilancia, huyeron lejos de la formación de los niños, dimitieron de los más sagrados encargos, han capitulado ante los niños, y se quejan de que estos son los culpables.

Tenían en manos la autoridad…; la han perdido. Habían recibido el niño al nacer, y no crecido y deformado. Si no le han dado la orientación debida, ¡el niño es víctima, y no culpable!

Si los antiguos se hacían obedecer a la sola mirada, es porque no se contentaban con ser autoridad, sino que sabían tener autoridad; es decir, mantener la superioridad, que la propia naturaleza impone al hijo de forma impresionante. La prueba de esto es que, aun hoy, los que tienen autoridad obtienen los mismos resultados de otros tiempos, aunque por medios adaptados a los tiempos.

***

Pero los tiempos han cambiado

No es posible proceder hoy de una manera similar a la de ayer…, actuar con severidades…, exigir esas extremidades… Pero tampoco es posible abandonar a los niños a sí mismos, bajo pretexto de que la educación moderna exige libertad, o de que la madre necesita trabajar afuera para dar mejor educación a los niños, o que los padres que trabajan necesitan reposar
cuando llegan la casa y no pueden ser molestados con los problemas de los niños, o simplemente por comodidad, vida social intensa y otras disculpas del mismo tipo.

Hay padres que desean obrar rectamente. Saben que no se puede educar hoy como han sido educados ellos; pero sienten la dificultad de adaptarse a los moldes nuevos. Pero no han sido preparados para esto.

Desgraciadamente, continúa el enorme error de no tomar el cuidado de la preparación de los futuros padres. Incluso en los colegios católicos enseñan mil cosas a los jóvenes, pero no les enseñan a ser madres y padres; sin embargo, el deseo de casarlos es siempre el mismo.

Es con estos padres que deseamos hablar, para ofrecerles la ayuda que merecen, por las intenciones que los anima.

***

¿Por qué desobedecen?

Los que realmente desean corregir a los niños procuran descubrir las causas de las desobediencias. Conocida la causa, es muy importante removerla; arrancada la causa, cesa el efecto.

Señalaremos algunas causas de la desobediencia infantil.

De parte de los padres:

- No tienen autoridad;

- No saben mandar;

- Dan muchas órdenes; algunas son imposibles;

- No velan sobre la ejecución de las órdenes;

- Desean imponerse más por la fuerza que por el amor;

- No mantienen la coherencia, prohibiendo hoy lo que habían permitido ayer;

- Se desentienden, uno prohíbe y otro permite;

- Ceden cuando el niño se exaspera o insiste;

- Mandan lo contrario para obtener lo que desean;

- Son complicados, fastidiando y molestando a los niños;

- Exigen una obediencia inmediata;

- Desean llevar la obediencia al extremo, humillando al niño;

- No preparan a los niños para la obediencia.

De parte de los niños

- Falta de comprensión, propia de la edad;

- Debilidad de la voluntad, que cede a los intereses inmediatos o de orden sensible;

- Hábito de hacer lo que se les prohíbe;

- Repugnancia a lo que se les ordena;

- Aprovechamiento de las debilidades del educador que:

a) cede con facilidad,

b) no pide cuentas de sus órdenes,

c) amenaza, y deja pasar,

d) no se entiende con los otros educadores; etc.

- Afirmación creciente de la personalidad: pasando de la obediencia pasiva del niño a la obediencia activa (consiente) del adolescente, deseando saber la razón de las órdenes, rechazando las prohibiciones injustas o humillantes

- Falta de preparación para la obediencia.

***

Para poder mandar

No es suficiente ser autoridad, sino que importa tener autoridad, para ser obedecido.

Ay de las autoridades de quienes es necesario decir lo que dijo Cristo de los escribas y fariseos: Haced lo que dicen, pero no lo que hacen.

Sobre todo, esto es necesario al fijar las condiciones para mandar:

Dominarse

El educador tiene que poseer el dominio completo de sí mismo. Quien se deja dominar por cualquier sentimiento o pasión, pierde la capacidad del mando.

Esto vale para el simple dominio del miedo físico, pasando por la timidez o la mera indeterminación, hasta llegar al control seguro de las pasiones más profundas y violentas.

Saber usar la autoridad

Es un punto de mucha importancia. La improvisación es mala consejera.

En el entrenamiento del hombre militar se procede por etapas para llegar el comando del ejército.

En este aspecto es preciosa la familia numerosa, en la que los hermanos mayores, delegados por los padres, ejercen autoridad sobre los pequeños.

Saber obedecer

Es el camino y la escuela del buen ejercicio de la autoridad. Sólo sabe mandar quién sabe obedecer.

Esta regla de los pedagogos es reconocida por los propios educandos. Citando a Juan Ruskin, Foerster (Instrucción ética de la juventud) dice que, discutiendo con los adolescentes de 14 y 15 años sobre la obediencia voluntaria, consideraban como tema: “Quien no aprendió obedecer, no sabe mandar“. Los jóvenes habían acentuado no estar en condiciones de dar una orden cuyas reacciones no hubiesen experimentado en sí mismos.

Saber lo que manda

Es necesario tener experiencia del trabajo exigido, el sacrificio ordenado. Y recordar lo que le costó eso en la edad que ahora tienen los niños. Hoy nos es fácil (o no…) pasar una hora silenciosos, estar sentados sin cambiar de posición (el reumatismo ayuda…). Hacemos hoy tranquilamente los servicios que repugnan a los 12 o 15 años.

Un educador no puede olvidarse de que él tenía la edad que ahora tienen sus educandos. Y si se olvida, perdió la capacidad de educar.

Conocer a los niños

Sólo quien los conoce puede tratar con ellos. Conocer las características generales de la infancia y de la juventud, con sus diferencias de edad y de sexo. Pero también conocer la psicología de este niño.

El niño teórico, ideal, de libro, no existe; el que existe es el real, el vivo, con el cual vivimos, que oye nuestras órdenes, que tiene estas y esas reacciones, con tal temperamento, y que el educador debe saber muy bien, para poder adaptarse a él.

Saber mandar

Para que las órdenes sean bien recibidas, deben ser dadas con buenas maneras. De otro modo, estarán en casa como la reina de Inglaterra, que reina, pero no gobierna.

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Finalidad de la obediencia

Encontramos con mucha frecuencia el deplorable equívoco sobre el sentido de la obediencia. Generalmente los padres y hasta los profesores (formados en pedagogía) desean ser obedecidos.

Por amor propio, por autoritarismo, para estar en paz, poco importa…, desean ser obedecidos. Prontamente, sin explicaciones y sin demoras.

- La obediencia verdadera es el aprendizaje del dominio de sí mismo, fin de la educación. Es enriquecimiento moral, aprovechamiento de la experiencia de los educadores para facilitar a los educandos el camino futuro; sabiduría de quien utiliza la ventaja de un guía para prevenir el mal, el cuidado del comandante que entrega la nave al práctico en los mares peligrosos. Para esto dice la Sagrada Escritura que será victorioso el que sabe obedecer: El hombre obediente cantará la victoria (Proverbios 21, 28).

- Es liberación: el hombre se libera de las amarras del amor propio y del orgullo, para reconocer y aceptar la autoridad.
No cede por interés o miedo, sino que actúa concienzudamente, superándose, dueño de su voluntad.

- Ella es maestra de la vida. Si la voluntad es débil, se apoya en la obediencia concienzuda y se fortifica. Si es estrecha, se desarrolla. Si es impetuosa, se domestica y se canaliza para el bien.

- No es la virtud de niño, sino de hombres hechos. A los niños importa enseñársela, dirigiéndolos cuidadosamente hacia su finalidad.

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Algunas normas

Algunas indicaciones, para guía de los educadores de la voluntad.

La obediencia es un medio y no un fin.

No se exige obediencia para que el niño sea obediente, sino de modo que se eduque.

Más adelante demostraré que el hecho de que el niño sea solamente obediente constituye un peligro serio para él.

La obediencia se orienta a la educación: enseña al niño a utilizar bien la libertad. Se va aflojando en la medida que el niño aprende a orientarse solo. Será eliminada, cuando él se convierta en gobernador de sí mismo.

El papel del educador es dirigir, enseñar los caminos, ayudar a marchar, rectificar en caso de error, estimular para el autodominio, como el águila que provoca a sus polluelos para volar (Deuteronomio 32, 11). De tal manera que se siente feliz cuando percibe que se va haciendo prescindible.

La obediencia lleva al niño a someterse, pero no a ser sometido.

Cuando me someto, practico un acto libre, consiente; cuando se me somete, no. En el primer caso, obedecí; en el segundo, fui domado.

Obedecer es desear lo que otro desea, y no hacer lo que el otro ordena. La obediencia es el acto de la voluntad que sabe vencer las dificultades para querer.

Por lo tanto, la obediencia verdadera es hija de la libertad.

Pero comienza siendo madre de la misma libertad; es decir, preparando al niño para ser libre, para hacer uso de su voluntad, para dominarse y para inclinarse en la dirección que la razón le llama (y no hacia donde las pasiones lo empujan).

Como se ve, la obediencia implica el autodominio. Está muy lejos de ser el dominio que el educador ejerce sobre los educandos. Pero este concepto, policial y totalitario, es muy actual, y sigue siendo la desgracia de los educandos.

Nunca debemos perder de vista que el ejercicio de la autoridad tiene como objetivo a los súbditos y no a los superiores, porque busca el bien moral de aquellos, y no la satisfacción de estos.

El educador no tiene que imponer su voluntad, pero sí formar la de los educandos.

Son personas distintas, con voluntades distintas, gustos diversos y hasta contrarios. No tengo que prohibirles algo porque no me gusta eso, sino porque eso no tiene que ser hecho.

No puedo substituir su voluntad por la mía; pero debo formarlo de modo que sepa desear lo bueno y lo lleve a la práctica.

Si pensásemos más en esta verdad (entre otras), seríamos más positivos que negativos en la educación, enseñando más lo que se tiene que hacer que lo que se tiene que evitar, dando antes normas de vida que prohibiciones.

El niño exige más desarrollo que restricciones.

Es un ser en crecimiento que debe perfeccionarse. Montessori dice muy bien: La educación es ayuda positiva a la expansión normal de la vida.

No es prohibiendo actuar al niño que lo desarrollemos; sino enseñándole a hacer el bien.

Nuestro papel es canalizar sus energías, y no reprimirlas. Es señalar los caminos, y no obstaculizarle el paso. Es enseñarle a querer, y no a no desear. Es darle los medios para perfeccionarse física, sentimental, cultural, intelectual, moral y religiosamente…, ponerlo en el camino del hombre integral.

No es decirle: Quédate quieto, sino Perfecciónate… No es cortarle las alas, sino enseñarle a volar.

Continuará…

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