ESTUDIOS DOCTRINALES: EL MATRIMONIO: LA UNIDAD

ESTUDIOS DOCTRINALES:

PROPIEDADES DEL MATRIMONIO

LA UNIDAD

El Código de Derecho Canónico dice que la unidad y la indisolubilidad son propiedades esenciales del matrimonio, las cuales en el matrimonio cristiano obtienen una firmeza peculiar por razón del sacramento (canon 1013 § 2).

La sacramentalidad, o sea el hecho de que entre los cristianos el matrimonio sea Sacramento, es también propiedad de este matrimonio, pero no esencial, pues le viene de afuera, de la voluntad de Cristo, que se la dio.

De donde se deduce que, si un bautizado se casara excluyendo la sacramentalidad, habría que ver cuál fue su voluntad predominante: si la de casarse o la de excluir la sacramentalidad. En el primer caso, el matrimonio sería válido y sacramento (aunque sacrílegamente recibido), y nulo en el segundo, pues entre bautizados no puede existir contrato sin sacramento, ni sacramento sin contrato.

Las propiedades del matrimonio, unidad e indisolubilidad, no entran en la esencia del mismo; pero dimanan de la naturaleza específica del matrimonio; y, por consiguiente, le corresponden a todo matrimonio, tanto al de los cristianos, que es Sacramento, como al de los infieles, que no lo es.

La calificación de esenciales que se da a esas propiedades debe entenderse en sentido estricto; es decir, se trata de las propiedades que corresponden por naturaleza al vínculo matrimonial, y sin ellas no se puede dar.

Consiste la unidad en que no puede haber unión matrimonial si no es de uno solo con una sola; y la indisolubilidad, en que no puede disolverse el matrimonio por la voluntad de los cónyuges.

La sacramentalidad la tiene solamente el matrimonio cristiano, por voluntad de Cristo, al cual le da una firmeza y estabilidad mucho mayor.

A la esencia del matrimonio y a sus dos propiedades esenciales corresponden los tres bienes del matrimonio, de los cuales ya hemos hablado.

Vamos a estudiar estas dos propiedades esenciales del matrimonio.

Consideraremos hoy la unidad del matrimonio.

Para entender convenientemente esta propiedad esencial del matrimonio hay que tener en cuenta algunas nociones previas:

1ª) Como ya hemos visto en las primeras entregas, el matrimonio puede considerarse de dos modos:

a) Como oficio de la naturaleza: es decir, como contrato natural.

b) Como Sacramento: el matrimonio entre bautizados.

2ª) El derecho natural con relación al matrimonio puede ser:

a) Primario: aquello sin lo cual no se consigue el fin primario del matrimonio (la procreación), aunque se consigan los secundarios (la mutua ayuda y el remedio de la concupiscencia).

b) Secundario: aquello sin lo cual no se consiguen los fines secundarios, pero sí el primario.

3ª) Poliandria y Poligamia:

a) Se llama poliandria la unión conyugal de una sola mujer con varios hombres. Puede ser simultánea o sucesiva, según tenga varios maridos a la vez o uno detrás de otro (por segundas o terceras nupcias).

b) Recibe el nombre de poligamia la unión conyugal de un solo hombre con varias mujeres. Puede ser también simultánea o sucesiva, como en el caso anterior.

En oposición a estas formas de matrimonios entre múltiples personas, recibe el nombre de monogamia la unión conyugal de un solo hombre con una sola mujer.

En base a estas nociones, consideremos ahora lo que enseña la doctrina católica:

1º) Por derecho natural y divino positivo, la unidad es propiedad esencial del matrimonio.

a) Lo dice claramente el Antiguo Testamento al narrar la institución del matrimonio como contrato natural: «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se adherirá a su mujer, y vendrán a ser los dos una sola carne» (Gen. 2,24).

Esto fue confirmado expresamente por Nuestro Señor Jesucristo (Mc. 10, 7-9), que añadió terminantemente: «El que repudia a su mujer y se casa con otra, adultera contra aquélla; y si la mujer repudia al marido y se casa con otro, comete adulterio» (Mc. 10, 11-I2).

b) Esta es doctrina constante de la Iglesia desde los tiempos apostólicos, y fue definida con relación al matrimonio cristiano por el concilio de Trento:

El perpetuo e indisoluble lazo del matrimonio, proclamólo por inspiración del Espíritu divino el primer padre del género humano cuando dijo: Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Por lo cual, abandonará el hombre a su padre y a su madre y se juntará a su mujer y serán dos en una sola carne [Gen. 2, 28 s; cf. Eph. 5, 31].

Que con este vínculo sólo dos se unen y se juntan, enseñólo más abiertamente Cristo Señor, cuando refiriendo, como pronunciadas por Dios, las últimas palabras, dijo: Así, pues, ya no son dos, sino una sola carne [Mt. 19, 6], e inmediatamente la firmeza de este lazo, con tanta anterioridad proclamada por Adán, confirmóla Él con estas palabras: Así, pues, lo que Dios unió, el hombre no lo separe [Mt. 19, 6; Mc. 10, 9].

Ahora bien, la gracia que perfeccionara aquel amor natural y confirmara la unidad indisoluble y santificara a los cónyuges, nos la mereció por su pasión el mismo Cristo, instituidor y realizador de los venerables sacramentos. (D 969).

Can. 2. Si alguno dijere que es lícito a los cristianos tener a la vez varias mujeres y que esto no está prohibido por ninguna ley divina [Mt. 19, 4 s – 9], sea anatema (D 972).

c) Las razones que prueban la unidad como propiedad esencial del matrimonio son las mismas que demuestran la ilegitimidad de la poliandria o poligamia; las cuales consideraremos más abajo.

2º) La poliandria o poligamia sucesivas, o sea, el contraer nuevo matrimonio después de disuelto el anterior por la muerte de los cónyuges o por disolución del matrimonio rato o del matrimonio contraído en la infidelidad, es lícita y libre.

a) San Pablo dice expresamente: «La mujer está ligada por todo el tiempo de vida de su marido; mas, una vez que el marido se muere, queda libre para casarse con quien quiera, pero sólo en el Señor» (I Cor. 7, 39).

Y en otro lugar aconseja a las viudas jóvenes que se casen otra vez, para que no se extravíen en pos de Satanás (I Tim. 5, 11-15).

b) Esta fue la práctica que se observó siempre en la Iglesia, y está sancionada por el Código de Derecho Canónico con las siguientes palabras: «Aunque sea más honorable una viudez casta, sin embargo son válidas y lícitas las segundas y ulteriores nupcias» (canon 1142).

c) La muerte de uno de los cónyuges rompe el vínculo conyugal, que era indisoluble en vida de ambos cónyuges. Luego el sobreviviente puede contraer otra vez matrimonio.

El mismo efecto produce sobre el vínculo la dispensa pontificia del matrimonio rato y no consumado o la conversión al catolicismo de uno de los cónyuges cuando no pueda convivir con el otro sin ofensa del Creador, en virtud del llamado «privilegio paulino» (cf. I Cor. 7, 12-15).

3º) La poliandria simultánea es totalmente contraria al derecho natural, y, por lo mismo, no es ni puede ser lícita jamás.

La razón, clarísima, es porque se opone directamente al fin primario y a los fines secundarios del matrimonio:

a) Se opone al fin primario, que es la generación y educación de los hijos. Porque la mujer que tiene trato con varios hombres, ordinariamente se hace estéril (como consta por la mayor parte de las meretrices), y porque la educación de los hijos se hace imposible, al menos por parte del padre, puesto que se ignora quién es. Así lo enseña Santo Tomás en el Suplemento de la Suma Teológica, q. 65, a. 1, ad 7.

b) Se opone a los fines secundarios, ya que va directamente contra la mutua fidelidad, y no remedia la concupiscencia, sino que la exacerba más.

Por estas y otras muchas razones que expone Santo Tomás en Contra gentes 3, 124, nunca dispensó Dios esta propiedad esencial del matrimonio; y, aunque a veces ha ocurrido en algunas tribus salvajes que una sola mujer fuese adjudicada a varios hombres, nunca se le dio a esa unión carácter matrimonial.

4º) La poligamia simultánea no se opone del todo al derecho natural primario, ni siquiera del todo al secundario; pero impide parcialmente el primario, casi por completo el secundario y absolutamente del todo la sacramentalidad del mismo.

Santo Tomás explica admirablemente esta conclusión:

El matrimonio tiene como fin principal la procreación y educación de la prole, y este fin le compete al hombre según su naturaleza genérica, siendo, por lo mismo, común con los demás animales; y en atención a esto se le asigna al matrimonio, como el primero de sus bienes, la prole.

Mas, como fin secundario, al matrimonio entre los hombres, y como algo peculiar suyo, le compete la comunicación de las obras que son necesarias para la vida; y por este capítulo se deben los casados mutua fidelidad, que es otro de los bienes del matrimonio.

Pero aún tiene otro fin el matrimonio de los fieles, a saber: el de significar la unión de Cristo con la Iglesia; y, por razón de este fin, el bien del matrimonio se llama sacramento.

Así, pues, el primer fin compete al matrimonio del hombre en cuanto es animal; el segundo, en cuanto es hombre, y el tercero, en cuanto es cristiano.

Ahora bien: la pluralidad de mujeres ni destruye totalmente ni impide parcialmente el primer fin, toda vez que un solo varón basta para fecundar a varias mujeres y para educar (aunque con dificultad) a los hijos nacidos de ellas.

El segundo fin, aunque no lo destruye totalmente, sin embargo lo impide en gran manera, ya que no es fácil que haya paz en una familia donde a un marido se le unen varias mujeres, como quiera que un marido no basta para satisfacer los deseos de todas; y también porque la participación de muchos en un oficio produce litigios, como «los alfareros riñen entre sí», e igualmente riñen unas con otras las varias mujeres de un mismo marido.

En cambio, el tercer fin (o bien del matrimonio, que es el sacramento) lo destruye por completo la pluralidad de mujeres, toda vez que, como Cristo es uno, también la Iglesia es una.

De lo dicho se infiere que la pluralidad de mujeres en cierto modo es contraria a la ley natural y en cierto modo no lo es. (Suplemento, q. 65, a.1).

Como citamos más arriba, también en la Suma Contra los Gentiles aporta Santo Tomás clarísimas razones para los dos últimos enunciados. Helas aquí:

Se ha de considerar que es innato en las almas de todos los animales que tienen coito no sufrir la compañía del igual, por lo cual hay luchas entre ellos por el coito. Y ciertamente hay una sola razón común para todos los animales: que todos apetecen libremente gozar del placer del coito como del placer de la comida. Tal libertad es coartada con llegarse muchos a una, o al revés; como la de disfrutar del placer de la comida si otro se la quita. En los hombres se da una razón especial, ya dicha: que desea estar cierto de la prole; tal certidumbre se pierde si muchos fueran de una. Por consiguiente, de instinto natural viene que una sea de uno.

Mas en esto se ha de tener presente una diferencia. Que una mujer no sea conocida por varios varones lo persuaden ambas razones.

Mas que un varón no conozca muchas mujeres no concluye la segunda, pues no se pierde la certeza sobre la prole. Pero milita, en cambio, la primera; porque así como la libertad de usar de la mujer a gusto del varón la pierde éste si la mujer tiene otro, así también la pierde ésta si aquél tiene muchas.

Y, pues, la certidumbre sobre la prole es el bien principal que persigue el matrimonio, ninguna ley ni costumbre humana permitió que una fuese mujer de varios. Fue también tenido esto por los romanos como inconveniente, de quienes dice Valerio Máximo que juzgaban que ni por esterilidad debía quebrantarse la fidelidad conyugal.

En todas las especies de animales en que el padre tiene solicitud por la prole, un macho sólo tiene una hembra, como se ve en todas las aves que crían conjuntamente a los polluelos, pues no bastaría un solo macho a prestar ayuda a muchas hembras en su educación. Entre los animales en que el macho no tiene esa solicitud, uno tiene indistintamente muchas hembras, y una hembra muchos machos, como entre los gozques, las gallinas y otros. Mas como el varón, entre todos los animales, le asedia el cuidado de los hijos, es cosa clara ser natural al hombre que uno tenga una mujer, y viceversa.

La amistad se asienta sobre cierta igualdad. Si, pues, no es permitido a la mujer tener varios hombros, por ser esto contra la certeza de la prole, si estuviese permitido al varón tener muchas mujeres, no cabría amistad liberal entre mujer y varón, sino servil. Y esta razón está comprobada por la experiencia, pues entre los varones que tienen muchas mujeres, éstas están como esclavizadas.

No se tiene intensa amistad con muchos. Por consiguiente, si la mujer tiene un solo hombre y éste tiene muchas, no es igual la amistad por ambas partes, ni habrá amistad liberal, sino servil.

Hemos dicho que él matrimonio de los hombres se debe ordenar en relación con las buenas costumbres. No es buena costumbre que el varón tenga muchas mujeres, porque de ahí se origina la discordia en la familia doméstica, como consta por experiencia. No es, por tanto, conveniente que un hombre tenga muchas mujeres.

Por eso se dice: “Serán dos en una carne”.

Con lo dicho se cierra la puerta a la costumbre de los que tienen muchas mujeres y se excluye la opinión de Platón, que afirma que las mujeres deben de ser comunes, la cual siguió en la nueva ley Nicolás, uno de los siete diáconos. ((Contra gentes 3, 124)).

5º) En el Antiguo Testamento, la poligamia simultánea estaba ya prohibida por la ley divina; pero por razones especialísimas Dios dispensó el cumplimiento de esta ley.

La existencia de esta ley prohibitiva consta claramente por las palabras mismas con que se relata la institución del matrimonio como contrato natural: «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se adherirá a su mujer, y vendrán a ser los dos una sola carne» (Gen. 2, 24).

Como dice el papa Inocencio III comentando este pasaje bíblico, «no dice tres o más, sino dos; ni dice se adherirá a sus mujeres, sino a su mujer» (Epístola Gaudemus in Domino, año 1201, D 408).

La dispensa de la ley prohibitiva en el Antiguo Testamento es también clara. Consta en la Sagrada Escritura que Abrahán, Jacob, Elcana, David, Joás y otros patriarcas y santos varones tuvieron varias mujeres.

Como sería impío acusarles de adulterio, hay que concluir que lo hicieron expresamente autorizados por Dios por una inspiración interna que se lo dio a conocer claramente.

Santo Tomás explica esta cuestión de la siguiente manera:

La ley que manda no tener más que una mujer no es de institución humana, sino divina; y jamás fue promulgada de palabra o por escrito, sino que fue impresa en el corazón, como todo lo demás que de cualquier manera pertenece a la ley natural.

A eso obedece que, en orden a esa materia, sólo Dios pudo conceder dispensa mediante una inspiración interna, la cual principalmente recibieron los santos patriarcas, y por él ejemplo de ellos se derivó a otros durante el tiempo en que convenía no observar dicho precepto natural a fin de multiplicar más ampliamente la prole: y educarla para el culto divino.

En efecto, siempre se debe poner más empeño en procurar el fin principal que el fin secundario.

Por tanto, como el bien de la prole sea el fin principal del matrimonio, cuando era necesario multiplicar aquélla, debió prescindirse durante algún tiempo del perjuicio que a los fines secundarios pudiera ocasionar, a cuya remoción se ordena el precepto que prohíbe la pluralidad de mujeres (Suplemento, q. 65, a. 2).

Esta dispensa, según la mayoría de los teólogos, la estableció Dios por una inspiración interna después del diluvio, no antes. «Porque, dice San Roberto Belarmino, después del diluvio los hombres eran poquísimos y no vivían tantos años como antes, y, por lo mismo, para facilitar la propagación del género humano, permitió Dios la poligamia» (De matrimonio, cap. 11).

Sin embargo, ya antes del diluvio aparece Lamec con dos mujeres (Gen. 4,19), si bien San Jerónimo le llama «maldito» (Epístola 79 ad Salvinam: ML 22, 732), y San Nicolás I le denomina «adúltero» (Responso ad consulta bulgar. n.51: ML 119, 1000).

La dispensa concedida al pueblo hebreo se extendió también a todos los pueblos paganos, según el sentir de la mayoría de los teólogos. Y así se explica, por ejemplo, que Ester, joven hebrea, fuera unida en matrimonio al rey Asuero viviendo todavía su primera mujer, la reina Vasti; en cuyo matrimonio no hubiera consentido jamás su padre adoptivo Mardoqueo, varón intachable y temeroso de Dios, si no lo hubiera considerado perfectamente lícito según las costumbres de la época (cf. Est. 2,17).

6º) En la ley evangélica, la poligamia simultánea está absolutamente prohibida, y la antigua dispensa fue revocada para siempre por el mismo Jesucristo.

Consta claramente por las siguientes razones:

a) En el Evangelio se lee que se le acercaron a Jesús unos fariseos con propósito de tentarle, y le preguntaron: ¿Es lícito repudiar a la mujer por cualquier causa? El respondió: ¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y hembra? Dijo: «Por eso dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a la mujer, y serán los dos una sola carne». De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió, no lo separe el hombre. Ellos le replicaron: Entonces, ¿cómo es que Moisés ordenó dar libelo de divorcio al repudiar? Díjoles Él: Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero al principio no fue así. Y yo os digo que quien repudia a su mujer (salvo caso de adulterio) y se casa con otra, adultera» (Mt. 19,3-9).

La salvedad con relación al adulterio de la mujer no significa que en ese caso queda roto el vínculo único e indisoluble, sino únicamente que el marido puede separarse de ella en cuanto a la convivencia.

b) Como ya hemos visto, el Magisterio de la Iglesia lo definió expresamente en el concilio de Trento con relación al matrimonio cristiano:

Si alguno dijere que es lícito a los cristianos tener a la vez varias mujeres y que esto no está prohibido por ninguna ley divina, sea anatema (D 972).

c) Santo Tomás lo explica con las siguientes palabras:

Con la venida de Cristo llegó el tiempo de la plenitud de la gracia, merced a la cual se extendió el culto divino a todas las gentes de una manera espiritual. Por tanto, ya no existe la misma razón para dispensar que había antes de la venida de Cristo, cuando se multiplicaba y conservaba el culto divino por medio de la propagación carnal (Suplemento, q. 65, a. 2, ad 4).

Esta dispensa fue abrogada por Cristo no sólo para los cristianos que contraen el Sacramento del matrimonio en la Iglesia, sino también para los gentiles que se unen en matrimonio como contrato natural.

Porque Cristo restableció el matrimonio a su estado primitivo (Mt. 19,8), en el que la poligamia estaba prohibida por derecho natural; y aunque los gentiles no están sujetos a los preceptos meramente eclesiásticos, están obligados a los preceptos de Cristo como legislador universal. Ahora bien: Cristo, como legislador universal, retiró la dispensa por la que se permitía la poligamia (Mt. 19,9). De donde hay que concluir que los gentiles no pueden válida ni lícitamente celebrar segundas nupcias viviendo la primera mujer (Cf. Zubizarreta, Theologia dogmatico-scholastica IV n. 712).

Por eso la Iglesia no admite al bautismo a los paganos casados con varias mujeres, a no ser que se queden con una sola —la primera que tomaron, única legítima—, renunciando a todas las demás (Cf. Cappello, De matrimonio, n. 43, donde se citan varias declaraciones de la Iglesia en este sentido).

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