MONS. STRAUBINGER: JOB: LAS PRUEBAS DEL JUSTO 2º PARTE

EL MISTERIO DEL MAL, DEL DOLOR Y DE LA MUERTE

Comentarios y Ensayos de Monseñor Juan Straubinger sobre el Libro de Job

 

LAS PRUEBAS DEL JUSTO

Continuación

LA FIDELIDAD DEL PADRE CELESTIAL

También se cumplieron en Job las divinas promesas cuando Dios lo colmó, al final, de mayores bienes (42, 10-16). Debe, pues, recordarse, para inmenso consuelo de los que sufren, esto que hemos llamado postulado firmísimo, que se funda en la fe y se palpa en la experiencia: Dios es un recompensador generoso y nunca se deja superar en largueza y magnanimidad.

A los que le piden les da siempre más de lo que merecen, y si Él impone una carga es también rico en dar las fuerzas para llevarla. “Fiel es Dios que no permitirá seáis tentados sobre vuestras fuerzas, sino que de la misma tentación os hará sacar provecho para que podáis sosteneros” (I Cor. 10, 13).

Nótese una vez más en este pasaje que la lealtad del divino Padre no se limita a evitarnos tentaciones irresistibles, sino que es Él quien nos da la fuerza para salir de ellas, como lo enseña David cuando dice: “Él es el Dios que me ha revestido de fortaleza y ha hecho que mi conducta fuese inmaculada” (S. 17, 33). “Me has salvado con tu protección, me has amparado con tu diestra; tu disciplina me ha corregido en todo tiempo. Esa misma disciplina tuya será mi enseñanza” (S. 17, 36). “Todo lo puedo en Él que me conforta” (Fil. 4, 13). “Por lo demás, hermanos míos, confortaos en el Señor y en su virtud poderosa” (Ef. 6, 10).

Ten pues, confianza, oh alma afligida, y Dios estará contigo en la hora de la prueba, como lo dice el Salmista “Estoy con él en la tribulación” (S. 90, 15).

ALGO QUE SÓLO DIOS SABE HACER

En cuanto al mayor provecho que nos proporcionan las pruebas o tentaciones, conviene señalar una característica que sólo corresponde al gran Señor del cielo y de la tierra, al Dios generoso y amante y omnipotente y libérrimo: la capacidad maravillosa de sacar bien del mal.

Si consideramos todo el divino plan de la creación, veremos que la ingratitud del hombre, creado en situación envidiable, no fue sino motivo para mayor derroche de la paterna magnanimidad; y el que sólo podía llamarse hijo de Dios a título de creatura, lo sería en adelante a justo título, como hermano verdadero de Cristo: “Mirad qué amor hacia nosotros ha tenido el Padre, queriendo que nos llamemos hijos de Dios y lo seamos” (I Juan 3, 1).

La Iglesia sintetiza este paso hacia adelante que la Redención significa con respecto a la creación, al decir en la Misa que si maravillosamente creó Dios la dignidad de nuestra humana substancia, más maravillosamente la reformó (“mirabilius reformasti”).

Muchísimos textos de la Sagrada Escritura nos muestran este mismo misterio.

¿Quién no conoce la historia de José vendido por sus hermanos (Gen. 37), calumniado por la mujer de Putifar y echado en prisión, pero milagrosamente salvado de la cárcel para ser primer ministro del rey de Egipto y para salvar al pueblo de Israel? “Por vuestro bien, dice José a sus hermanos, dispuso Dios que viniese yo antes que vosotros a Egipto… No he sido enviado acá por designio vuestro, sino por voluntad de Dios; el cual ha hecho que yo sea como padre de Faraón, y dueño de su casa toda, y príncipe en toda la tierra de Egipto” (Gen. 45, 5 ss.).

Si seguimos las etapas del inmenso drama que viene perpetuándose, entre la grandeza de Dios y la miseria nuestra, vemos también que cuando falla del todo la fidelidad del pueblo escogido; cuando resulta ineficaz el cautiverio de Asiria y de Babilonia, enviado como humillación al pueblo rebelde; cuando los suplicios de Israel que refieren los libros de los Macabeos, lejos de convertirlo, lo preparan al rechazo de Jesucristo y se consuma el deicidio en la muerte del Cordero, entonces vuelve a ingeniarse Dios para sacar del mal nuevos bienes, extendiendo su mano a los gentiles (Rom. 11, 30) y fundando la Iglesia, para que, por los méritos de Cristo, reuniese en un cuerpo a los hijos de Dios que estamos dispersos (Juan 11, 52).

El libro de Job es también, en su fondo, una justificación de esa admirable providencia del Todopoderoso que sabe sacar bien del mal. El Espíritu Santo nos muestra allí cómo las pruebas tan despiadadamente infligidas a Job por Satanás y agravadas por sus amigos, son causa de su mayor prosperidad temporal y eterna, por lo cual hoy “lo tenemos por bienaventurado” y por ejemplo de paciencia, “visto el fin que el Señor le dio: porque el Señor es misericordioso y compasivo” (Sant. 5, 11).

EL FALSO CONSUELO DEL MUNDO

Si algún hermano nuestro en Cristo, abatido por la tribulación, pasa sus ojos por estas líneas escritas para su consuelo y provecho, dígnese considerar que el mayor lenitivo que podemos darle no consiste en llevar su pensamiento al propio dolor, sino en acercarlo a estas sublimidades de la doctrina.

El mundo es quien pretende consolar con sentimentalismos, y bien sabemos cuán precario es ese apoyo, ofrecido audazmente por quien no sabe cómo apoyarse a sí mismo.

“Aparta mis ojos para que no vean la vanidad”, dice David a Dios (S. 118, 37), y esto nos enseña que hay que huir de esa cavilación que Ernesto Hello llama elocuentemente “la passion du malheur”, característica en el pesimismo de los poetas románticos, según la cual la imaginación engañosa nos lleva a buscar consuelo embriagándose en el propio dolor y revolviendo el puñal en la herida.

Algo de eso permitió Dios que hiciera también Job, para que nosotros aprendiéramos la necedad de tal procedimiento. Por eso advertimos desde el principio que no sería una explicación puramente filosófica lo que había de brindarnos esta meditación sobre el divino Libro. Si tal pretendiéramos, incurriríamos en la misma falla que Dios reprochó a Job.

Otro aspecto, inverso esta vez, pero no menos falso, del consuelo del mundo, es el querer marearnos con su bullicio, tal como vemos hoy por ejemplo en las visitas de pésame, tantas veces carentes de caridad, y en esos intentos infantiles de arrancar la risa al que está apenado, sin comprender que “cantar canciones a un corazón afligido es como echar vinagre sobre el nitro” (Prov. 25, 20).

Huyamos, pues, del mundo en nuestras penas. No para encerrarnos en la amarga cavilación “como los que no tienen esperanza” (I Tes. 4, 12); ni menos para buscar en la soberbia estoica esa pecaminosa satisfacción de creernos fuertes; sino para librarnos de la desolación entrando en el santuario del espíritu “a fin de que mediante la paciencia y él consuelo de las Escrituras mantengamos la esperanza” (Rom. 15, 4).

Entrados en ese santuario con la guía de las revelaciones divinas depositadas en las Escrituras, hallamos allí verdades que encierran abismos de consuelo, de provecho espiritual y de esperanza. Porque hemos de saber que esta virtud, muy poco explotada, viene de la prueba, como enseña San Pablo: “La tribulación produce la paciencia; la paciencia la prueba (o experiencia); y la prueba la esperanza” (Rom. 5, 3).

CONSOLARSE PARA PODER CONSOLAR

Otra verdad de gran dulzura que enseña el mismo Apóstol, es que “el Padre de los misericordias y Dios de toda consolación nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que podamos también nosotros consolar a los que se hallan en trabajos, con la misma consolación con que somos nosotros consolados por Dios; porque a medida que se aumentan en nosotros las aflicciones de Cristo, se aumentan también nuestras consolaciones por Cristo” (II Cor. 1, 3-5).

Es decir que, así como no podemos convertir a otros sin habernos primero convertido, según lo enseña Jesús a Pedro (Luc. 22, 32), así tampoco podremos sanar el dolor de otros, si no lo hemos experimentado primero.

El que no ha sufrido ¿qué sabe? dice la Imitación de Cristo. Esta verdad la veía ya el pagano Virgilio, cuando ponía en boca de la infortunada reina Dido aquel hermoso verso: “Haud ignara mali, miseris succurrere disco.” “Conocedora del mal, he aprendido a consolar a los que sufren” (Eneida I, 630).

Consolar es algo más que una técnica. Enséñanlo únicamente la experiencia de los sufrimientos y sobre todo la caridad que se compenetra con el dolor ajeno. Los “consoladores” de Job no poseían ni la una ni la otra. El mismo Job los llama gravosos, llenos de palabras hueras y cuya compasión mueve los labios pero no el corazón (véase 16, 1 ss.).

Si tu dolor es hondo como un abismo y si tu amor al paciente es el que nos enseña el Evangelio, no necesitas buscar palabras.

“Jesús y María consoláronse al pie de la cruz en silencio, con los ojos. A veces llorar con el que llora es el mejor consuelo, como Jesús lloró con María de Betania” (Mons. Keppler, Escuela del Dolor, núm. 277).

CONSUÉLATE CONSOLANDO

Hay una medicina eficacísima para el dolor.

Si te sientes incapaz de consuelo y si te parece que ya no hay remedio para ti, ponte en contacto con otros que sufren, llévales consolación y ayuda, y al punto experimentarás un alivio en la tensión interior que te agobia.

Sobre este tema siempre actual, sobre todo en tiempos de guerra como los que presenciamos hoy en el más pavoroso espectáculo de furia y sangre cual nunca ha visto el mundo, dice el mismo autor que acabamos de citar:

“Consuélate consolando. En lugar de estar con la vista enclavada en tu propia tribulación, vuelve los ojos a la ajena. En lugar de encontrar insoportable tu carga, toma también sobre tus hombros la de otro. En lugar de lamentarte, compadece a los que aun están peor. En lugar de mendigar consuelo, dalo tú. Y verás que, muchas veces, no sabrás explicarte lo que te ocurre: al quitar al prójimo una carga, has quedado libre de la tuya. Quisiste cuidar a un enfermo, y has curado la herida de tu corazón.

Quisiste consolar a afligidos, y has consolado tu propia alma. Quisiste atenuar un dolor ajeno, y has moderado la agudeza del tuyo. Quisiste dar, y has recibido. En ti se ha cumplido la hermosa profecía de Isaías: Parte tu pan con el hambriento, y acoge en tu casa a los necesitados y a los que no tienen hogar, y viste al que veas desnudo, y no desprecies tu propia carne (al prójimo).

Si esto haces, amanecerá tu luz como la aurora, y tu sanidad presto llegará; y delante de ti irá tu justicia, y la gloria del Señor te acogerá. Invocarás entonces al Señor y Él te oirá; clamarás y Él te dirá: Aquí estoy (Is. 59, 7 ss.)”.

Consuélate consolando. Nada abrevia ni endulza tanto el dolor como practicar la misericordia para con los que tienen afligidos y oprimidos sus corazones.

CONSUELO DE LA SAGRADA ESCRITURA

Con el Libro de los Libros, cuyas sagradas páginas citamos tantas veces en este tratado, ningún otro puede compararse en fuerza consoladora.

De su contenido eterno dice el Sumo Sacerdote Jonatás: “Tenemos para nuestro consuelo los santos libros que están en nuestras manos” (I Mac. 12, 9); y de la misma manera habla San Pablo del “consuelo de las Escrituras”, en la Carta a los Romanos (15, 4).

Siguiendo estas huellas, los Padres de la Iglesia no se cansan de recomendar la Biblia como libro de consuelo. Escribe, por ejemplo, San Juan Crisóstomo: “Sea cual fuere la desgracia que pese sobre el ser humano, en la Escritura encontrará el antídoto adecuado que ahuyente todo pesar”.

Al leer los Salmos, San Agustín se sintió tan transformado, que no fue capaz de comprender la depresión que le aplastaba antes de su lectura, y no pudo menos de compadecer a los que nada sabían de tan preciosa medicina.

La fuerza consoladora de las Sagradas Escrituras consiste esencialmente en el conocimiento del Corazón de Dios y del misterio de Jesús, del cual pende nuestra eterna salud: porque “la vida eterna consiste en conocerte a Ti, solo Dios verdadero (el Padre), y a Jesucristo, a quien Tú enviaste” (Juan 17, 3).

De ahí que el Sumo Pontífice reinante nos dijese desde el principio: “El gran misterio del Cristianismo, es el misterio del Corazón de Dios”.

El comentario más autorizado a esta verdad lo hace el mismo Papa Pío XII en la nueva Encíclica bíblica “Divino Afflante Spiritu”, cuando dice: “Pues a Jesús, autor de la salud, le conocerán los hombres tanto más plenamente, le amarán tanto más intensamente, le imitarán tanto más fielmente, cuanto mayor sea el empeño con que se muevan al conocimiento y meditación de las Sagradas Escrituras y, sobre todo, del Nuevo Testamento. Porque, como dice el Estridonense (San Jerónimo): “La ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo”, y “si hay algo que en esta vida contenga al varón sabio y entre las incitaciones y torbellinos del mundo le persuada a permanecer con ánimo sereno, creo que es en primerísimo lugar la meditación y la ciencia de las Escrituras” (S. Jerónimo, In Ephesios, prologus). Porque quienes están fatigados y oprimidos por adversos y tristes sucesos, de aquí sacarán los verdaderos consuelos y la virtud divina para padecer y sufrir; aquí —es decir, en los Santos Evangelios— tienen todos a Cristo, sumo y perfecto ejemplar de justicia, caridad y misericordia, y están abiertas para el género humano, herido y tembloroso, las fuentes de aquella divina gracia que, cuando se la desprecia y olvida, ni los pueblos ni sus gobernantes pueden iniciar ni consolidar la tranquilidad social y la concordia; finalmente, aquí aprenderán todos a Cristo, “que es cabeza de todo principado y potestad” (Col. 2, 10) y “que se hizo para nosotros sabiduría de Dios, justicia, santificación y redención” (I Cor. 1, 30).

Continuará

Acerca de Fabian Vazquez

La Voz de la Tradición Católica, con la Verdad aunque duela.