P. CERIANI: SERMÓN PARA LA FIESTA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

FIESTA DEL SAGRADO CORAZÓN

 

He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y que no ha ahorrado nada, hasta el extremo de agotarse y consumirse para testimoniarles su amor. Y, en compensación, sólo recibe de la mayoría de ellos, ingratitudes por medio de sus irreverencias y sacrilegios, así como de las frialdades y menosprecios que tienen para conmigo en este Sacramento de Amor. Pero lo que más me duele es que se porten así los corazones que se me han consagrado. Por eso te pido que el primer viernes después de la octava del Corpus se celebre una fiesta especial para honrar a mi Corazón y que se comulgue dicho día para pedirle perdón y reparar los ultrajes por Él recibidos durante el tiempo que ha permanecido expuesto en los altares. También te prometo que mi Corazón se dilatará para esparcir en abundancia las influencias de su divino amor sobre quienes le hagan ese honor y procuren que se le tribute.

Así habló el Señor a Santa Margarita María de Alacoque durante la famosa revelación en el curso de la Octava del Corpus Christi del año 1675, o sea entre el 13 y el 20 de junio de aquel año. La Iglesia ha correspondido con creces al deseo del Sagrado Corazón. No sólo le ha dedicado el día que pedía, sino toda una Octava. En ella rinde homenaje al Corazón del Verbo Encarnado, símbolo de su infinito amor a los hombres. Respondamos a los deseos de la Iglesia. Si durante la Octava de Corpus fuimos adoradores, seamos ahora almas reparadoras. Paguemos al Sagrado Corazón de Jesús un tributo de amor. Por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación, descendió el Hijo de Dios de los cielos y tomó nuestra carne. ¡Quién pudiera percibir los latidos de su Corazón en el primer instante de su concepción, en su nacimiento, en su huida a Egipto, en el Cenáculo, en el Calvario!

El Apóstol San Pablo, impotente para expresar la medida de este amor, las ininvestigables riquezas de Cristo, dobla la rodilla ante el Padre, para que nos muestre Él mismo la anchura y la longitud y la altura y la profundidad de este misterio, el amor de Cristo a nosotros, que sobrepuja a todo conocimiento. Amor ardiente; amor impetuoso, que pugna por abrasar en sus llamas a cuantos corazones se pongan a su alcance. He venido a traer fuego a la tierra; y ¿qué quiero, sino que arda? ¿Quién no devolverá amor a tal amante? ¿Quién habrá que no ame un Corazón así herido?

Amemos, pues; comencemos a amar ya ahora, cuando aún estamos revestidos de esta carne mortal, con todas nuestras fuerzas, al que tan tiernamente nos ama.

Consolemos a Jesús en las congojas de su Corazón. Busqué quien me consolase, y no le he hallado… Jesús se queja de su amarga soledad…

Son muchas las almas que han respondido a la queja del Salvador. Sus corazones son como místicos incensarios, de los que suben a las alturas hálitos de incienso de reparación, cuyo perfume embriaga el Corazón de Jesús y le fuerza a abrir nuevamente aquel Sagrario de misericordias, para derramarlas a raudales sobre la tierra.

Alma cristiana, ¿no quieres asociarte tú también al número de esas almas reparadoras? ¿No quieres ser también, tú un incensario místico que recree con sus aromas al Divino Corazón?

Jesús te lo pide, y la Iglesia te incita a ello. Abre, pues, los senos de tu alma al amor de un Dios que te pide consuelos. No seas ingrata. Piensa que va toda tu gloria en acceder a la condescendencia de todo un Dios. Conságrate a Él como alma reparadora.

Examina ya desde ahora tus posibilidades, y resuelve en tu interior qué consuelos puedes prestar a tu Divino Maestro, qué sacrificios podrás ofrecerle, qué penitencias tomarte, de qué modo expiarás las horrendas blasfemias con que públicamente se ultraja su amor, de qué medios, en fin, usarás para conseguir que su Corazón quede satisfecho con tu reparación.

No olvides, sobre todo, las infidelidades de las almas buenas; que ésas son las que más afligen al Divino Corazón.

Suple hoy con tu fervor las tibiezas que hacen sangrar de modo tan doloroso ese Corazón amoroso de tu Señor; compensa con tu estado de oblación la frialdad de muchos de los corazones consagrados a Jesús; inventa medios nuevos para consolarle y resarcirle del desamor de la humanidad, para aliviar su dolor; que pueda hoy Jesús trocar aquella su amarga queja a Santa Margarita María en esta palabra dulce para tu alma: Busqué quien me consolara y… lo he hallado.

Dice el Seráfico Doctor, San Buenaventura:

“A fin de que del costado de Cristo, dormido sobre la Cruz, se formase la Iglesia y se cumpliese la Escritura que dice: Dirigirán sus ojos a Aquél a quien traspasaron, fue previsto por divina Providencia, que uno de los soldados, abriendo aquel sagrado costado, hundiese su lanza en él, de modo que, manando sangre y agua, se derramase el precio de nuestra salud; el cual, brotando de su fuente, es decir, del fondo de aquel corazón, diese virtud a los Sacramentos de la Iglesia para conferir la vida de la gracia, y fuese para los que viven en Cristo, una poción de fuente viva, que da saltos para la vida eterna. Levántate, pues, alma amiga de Cristo, vela de continuo, aplica allí tus labios, a fin de beber las aguas de las fuentes del Salvador.

Y pues venimos ya al Corazón del dulcísimo Señor Jesús y nos es grato estarnos aquí, no nos separemos de Él. ¡Oh, cuan bueno y agradable es habitar en este Corazón! Tu Corazón, oh bondadosísimo Jesús, es el tesoro escondido, es la preciosa margarita que encontramos al cavar en el campo de tu Cuerpo. ¿Quién será capaz de despreciar esta margarita? No yo, Señor; por el contrarío, quiero vender antes todas mis perlas, conmutaré mis pensamientos todos y todos mis afectos-, y adquiriré con su precio aquella perla fina, y arrojaré todos mis cuidados en el Corazón del buen Jesús, quien me mantendrá sin fraude. Una vez encontrado este Corazón tuyo y mío, oh dulcísimo Jesús, elevaré mi voz hasta Ti, mi Dios. Da entrada en el sagrario de tus audiencias a mis preces. Aun más, atráeme totalmente a tu Corazón. A este fin fue, en efecto, perforado tu costado; para que quedara patente a nosotros su entrada. A este fin fue herido tu Corazón; para que, exentos de las turbaciones exteriores, pudiéramos habitar en él.”

Uno de los soldados le abrió el costado… Hermoso cuadro para el momento de comulgar…

Asistamos en espíritu al último acto del drama de la Pasión, cuando la lanza de Longinos nos abrió el tesoro infinito del Corazón de Jesús. De aquella fuente comienza a manar a raudales su Divinísima Sangre; sedientos nosotros de vida divina, corramos a ese ubérrimo manantial, y, abocados al mismo, aplicando nuestros labios a la llaga del costado, bebamos a torrentes el dulce néctar de la Sangre del Hijo de Dios.

¡Qué dicha! Anegada nuestra alma en ese baño refrigerante, cobrará colores de Divinidad. Entonces sí, entonces tendrán nuestros actos expiatorios virtud suficiente para llegar hasta el trono de Dios; adquirirán, en algún sentido, valor infinito.

La Postcomunión de esta Misa dice: Infundan en nosotros, oh Señor Jesús, tus santos misterios un fervor divino; con el que, después de recibir la suavidad de tu Dulcísimo Corazón, aprendamos a despreciar lo terreno y amar lo celestial.

Consideremos ahora como Jesús es la manifestación del amor misericordioso del Padre a los mortales.

Aparentemente, en la humanidad no había nada que atrajese la mirada del Eterno. Pero sí que había algo: nuestras miserias. El Padre no podía complacerse en la masa humana después del pecado; sin embargo, amaba al hombre, y le amaba porque las miserias humanas llagaban a voces a su Misericordia.

No es éste el puro amor de benevolencia, sino lo que, en lenguaje humano, recibe el nombre de compasión; y en Dios el de Amor misericordioso.

Más puro es el primero; pero más consolador el segundo. Siendo amados con amor misericordioso, no podemos temer nunca que el Padre nos abandone, ya que, a medida que crecen nuestras miserias, aumentan asimismo nuestros títulos al amor de Dios.

Siendo Jesús el Amor misericordioso del Padre, no se detendrá ante nuestros pecados; y aunque éstos crezcan hasta el infinito, nos tenderá siempre su mano cariñosa y nos mirará con aquellos dulces ojos con que miró a la samaritana, a la adúltera, a Pedro, al Buen Ladrón…

Nuestras miserias son el combustible del amor en que arde su Corazón. Acerquémonos con plena confianza a esa hoguera, y dejémonos prender en sus llamas; derritámonos en santos afectos al ardor de ese fuero, y entonces experimentaremos con cuánta verdad es llamado Jesús: el Amor misericordioso del Padre.

Entonces irán asimismo apareciendo en la superficie del alma sus miserias, que se desprenderán de ella, como la escoria se desprende del oro puesto en el crisol.

Toda la obra redentora publica a voces el amor misericordioso de Dios. Consideremos, empero, algunos rasgos, y llegaremos a conocer por ellos los finos repliegues de ese Corazón todo misericordia. Contemplemos a Jesús frente a la adúltera. No la zahiere. Le perdona y le anima a no pecar más. Veámosle junto al pozo de Jacob. No se ofende por las frases poco correctas de la Samaritana; ni atiende a su propio cansancio; hasta que, por fin, logra conquistarla. ¡Cuán complaciente se muestra con la Magdalena! ¡Con qué confianza trata a aquella pública pecadora! A Judas apenas le reprocha. Sólo se queja de su traición: Amigo, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre? A las negaciones de Pedro contesta con una mirada de amor que anega al Apóstol en un mar de lágrimas. Al ladrón arrepentido le recibe al momento a su amistad: Hoy estarás conmigo en el Paraíso. Por fin, a todos los mortales abre los brazos desde la Cruz, para encerrarlos en su Corazón abierto.

Doblemos las rodillas ante tanta benignidad y condescendencia, y ensalcemos con la Iglesia la Misericordia de nuestro Dios: Compasivo y misericordioso es el Señor, sufrido y de gran misericordia. No durará su enojo para siempre, ni para siempre durará su ira. No se ha portado según merecían nuestros pecados, ni nos ha recompensado conforme a nuestras iniquidades (Gradual).

Jesús permanece todavía ahora con los brazos abiertos en gesto de suprema invitación de amor. Venid a Mí, nos dice, todos los que andáis agobiados y cargados, que yo os aliviaré. Camino de Calvario, su Corazón fue como el pararrayos de la indignación divina, cargando por ello con el peso de nuestros baldones. Ahora quiere continuar su comenzada carrera. Por eso llama a Sí a todos que sufren. Quiere llevar el peso de todos. Corramos, pues, a ese Corazón amorosísimo y descarguemos en Él nuestros cuidados: Hijo, dame tu corazón… Así clama desde el Altar. ¿Cómo no complacer ansia tan justa, deseo tan sentido?

Entreguémonos a Quien tanto nos ama. Confiemos en el perdón de Corazón tan misericordioso. Esperemos en ese refugio de salvación abierto para los penitentes. No nos espanten nuestras flaquezas. No nos asusten nuestros pecados. Todo va a ser consumido en el fuego de ese Amor misericordioso. Respondamos a tanta generosidad con un amor intenso. Y ahora, regocijados en espíritu por la sobreabundancia de las misericordias del Padre, entonemos el himno de gratitud que canta la Iglesia durante esta Octava:

“Verdaderamente es digno y justo, razonable y provechoso, el darte gracias siempre y en todo lugar, a Ti, Señor santo, Padre omnipotente, Dios eterno; que quisiste que tu Unigénito, pendiente de la Cruz, fuese atravesado por la lanza del soldado, para que su Corazón abierto, sagrario de tu divina liberalidad, derrame sobre nosotros los torrentes de la misericordia y de la gracia. Y ya que nunca dejó de arder por nuestro amor, sea para las almas piadosas un lugar de descanso y un refugio de salvación abierto para los penitentes. Y por eso con toda la milicia celestial repetimos sin cesar: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos. Llenos están los cielos y la tierra de tu gloria. ¡Hosanna en las alturas!”

A Ti, Jesús, sea la gloria, que por tu Corazón viertes la gracia; con el Padre y el Espíritu Santo, en los siglos sempiternos. Amén.

MAGISTERIO: PIO XII – MEDIATOR DEI – EL CULTO EUCARÍSTICO

Su Santidad Pío XII

Encíclica MEDIATOR DEI

PARTE SEGUNDA

EL CULTO EUCARÍSTICO

I. Naturaleza del Sacrificio Eucarístico

A) MOTIVO DE TRATAR ESTE TEMA

84. El Misterio de la Santísima Eucaristía, instituida por el Sumo Sacerdote, Jesucristo, y renovada constantemente por sus ministros, por obra de su voluntad, es como el compendio y el centro de la religión cristiana. Tratándose de lo más alto de la Sagrada Liturgia, creemos oportuno, Venerables Hermanos, detenernos un poco y atraer Vuestra atención a este gravísimo argumento.

B) EL SACRIFICIO EUCARÍSTICO

1º. Institución.

85. Cristo, Nuestro Señor, «Sacerdote eterno según el orden de Melchisedec» (Sal. 109, 4)) que «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo» (Juan, 13, 1), «en la última cena, en la noche en que era traicionado, para dejar a la Iglesia, su Esposa amada, un sacrificio visible -como lo exige la naturaleza de los hombres-, que representase el sacrificio cruento que había de llevarse a efecto en la Cruz, y para que su recuerdo permaneciese hasta el fin de los siglos y fuese aplicada su virtud salvadora a la remisión de nuestros pecados cotidianos… ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre, bajo las especies del pan y del vino, y las dio a los Apóstoles, entonces constituidos en Sacerdotes del Nuevo Testamento, a fin de que bajo estas mismas especies lo recibiesen, mientras les mandaba a ellos y a sus sucesores en el Sacerdocio, el ofrecerlo» (5).

2º. Naturaleza.

a) No es simple conmemoración.

86. El Augusto Sacrificio del Altar no es; pues, una pura y simple conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo, sino que es un Sacrificio propio y verdadero, en el cual, inmolándose incruentamente el Sumo Sacerdote, hace lo que hizo una vez en la Cruz, ofreciéndose todo El al Padre, Víctima gratísima. «Una… y la misma, es la Víctima; lo mismo que ahora se ofrece por ministerio de los Sacerdotes, se ofreció entonces en la Cruz; sólo es distinto el modo de hacer el ofrecimiento» (6).

b) Comparación con el de la Cruz.

1) Idéntico Sacerdote.

87. Idéntico, pues, es el Sacerdote, Jesucristo, cuya Sagrada Persona está representada por su ministro. Este, en virtud de la consagración sacerdotal recibida, se asimila al Sumo Sacerdote y tiene el poder de obrar en virtud y en la persona del mismo Cristo; por esto, con su acción sacerdotal, en cierto modo; «presta a Cristo su lengua; le ofrece su mano» (7).

2) Idéntica Víctima.

88. Igualmente idéntica es la Víctima; esto es, el Divino Redentor; según su humana Naturaleza y en la realidad de su Cuerpo y de su Sangre.

3) Distinto modo.

89. Diferente, en cambio, es el modo en que Cristo es ofrecido. En efecto, en la Cruz, El se ofreció a Dios todo entero, y le ofreció sus sufrimientos y la inmolación de la Víctima fue llevada a cabo por medio de una muerte cruenta voluntariamente sufrida; sobre el Altar, en cambio, a causa del estado glorioso de su humana Naturaleza, «la muerte no tiene ya dominio sobre El» (Rom. 6, 9) y, por tanto, no es posible la efusión de la sangre; pero la divina Sabiduría han encontrado el medio admirable de hacer manifiesto el Sacrificio de Nuestro Redentor con signos exteriores, que son símbolos de muerte. Ya que por medio de la Transubstanciación del pan en el Cuerpo y del vino en la Sangre de Cristo, como se tiene realmente presente su Cuerpo, así se tiene su Sangre; así, pues, las especies eucarísticas, bajo las cuales está presente, simbolizan la cruenta separación del Cuerpo y de la Sangre. De este modo, la conmemoración de su muerte, que realmente sucedió en el Calvario, se repite en cada uno de los sacrificios del altar, ya que por medio de señales diversas se significa y se muestra Jesucristo en estado de víctima.

4) Idénticos fines.

a’) Primer fin: Glorificación de Dios.

0. Idénticos, finalmente, son los fines, de los que el primero es la glorificación de Dios. Desde su Nacimiento hasta su Muerte, Jesucristo estuvo encendido por el celo de la Gloria divina y, desde la Cruz, el ofrecimiento de su Sangre, llegó al cielo en olor de suavidad. Y para que el himno no tenga que acabar jamás en el Sacrificio Eucarístico, los miembros se unen a su Cabeza divina, y con El, con los Ángeles y los Arcángeles, cantan a Dios perennes alabanzas (8), dando al Padre Omnipotente todo honor y gloria.

b’) Segundo fin: Acción de gracias a DIOS.

91. El segundo fin es la Acción de gracias a Dios. Sólo el divino Redentor, como Hijo predilecto del Padre Eterno, de quien conocía el inmenso amor, pudo alzarle un digno himno de acción de gracias. A esto miró y esto quiso «dando gracias» ( Marc. 14, 23) en la última Cena, y no cesó de hacerlo en la Cruz ni cesa de hacerlo en el augusto Sacrificio del Altar, cuyo significado es precisamente la acción de gracias o eucarística; y esto, porque es «cosa verdaderamente digna, justa, equitativa y saludable» (9).

c’) Tercer fin: Expiación y propiciación.

92. El tercer fin es la Expiación y la Propiciación. Ciertamente nadie, excepto Cristo, podía dar a Dios Omnipotente satisfacción adecuada por las culpas del género humano. Por esto, El quiso inmolarse en la Cruz como «propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo» (I Ioan 2, 2). En los altares se ofrece igualmente todos los días por nuestra Redención, a fin de que, libres de la condenación eterna, seamos acogidos en la grey de los elegidos. Y esto no sólo para nosotros, los que estamos en esta vida mortal, sino también «para todos aquellos que descansan en Cristo, los que nos han precedido por el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz» (10), «porque lo mismo vivos que muertos, no nos separamos del único Cristo» (11).

d’) Cuarto fin: Impetración.

93. El cuarto fin es la Impetración. Hijo pródigo, el hombre ha malgastado y disipado todos los bienes recibidos del Padre celestial, y por esto se ve reducido a la mayor miseria y necesidad; pero desde la Cruz, Cristo «habiendo ofrecido oraciones y súplicas con poderosos clamores y lágrimas, fue escuchado por su reverencial temor» (Hebr. 5, 7), y en los altares sagrados ejercita la misma eficaz mediación, a fin de que seamos colmados de toda clase de gracias y bendiciones.

c) Aplicación de la virtud salvadora de la Cruz.

1) Afirmación de Trento.

94. Por tanto, se comprende fácilmente la razón por qué el Sacrosanto Concilio de Trento afirma que con el Sacrificio Eucarístico nos es aplicada la virtud salvadora de la Cruz, para la remisión de nuestros pecados cotidianos.

2) Única oblación: La Cruz.

95. El Apóstol de los Gentiles, proclamando la superabundante plenitud y perfección del Sacrificio de la Cruz, ha declarado que Cristo, con una sola oblación, perfeccionó perpetuamente a los santificados. En efecto, los méritos de este Sacrificio, infinitos e inmensos, no tienen límites, y se extiendan a la universalidad de los hombres en todo lugar y tiempo porque en él el Sacerdote y la Víctima es el Dios Hombre; porque su inmolación, lo mismo que su obediencia a la voluntad del Padre eterno, fue perfectísima y porque quiso morir como Cabeza del género humano: «Mira cómo ha sido tratado Nuestro Salvador: Cristo pende de la Cruz; mira a qué precio compró…, vertió su Sangre. Compró con su Sangre, con la Sangre del Cordero Inmaculado, con la Sangre del único Hijo de Dios… Quien compra es Cristo; el precio es la Sangre; la posesión todo el mundo» (12).

3) La aplicación.

96. Este rescate, sin embargo, no tuvo inmediatamente su pleno efecto; es necesario que Cristo, después de haber rescatado al mundo con el preciosísimo precio de Sí mismo, entre en la posesión real y efectiva de las almas. De aquí que para que con el agrado de Dios se lleve a cabo la redención y salvación de todos los individuos y las generaciones venideras hasta el fin de los siglos, es absolutamente necesario que todos establezcan contacto vital con el Sacrificio de la Cruz, y de esta forma, los méritos que de él se derivan les serán transmitidos y aplicados. Se puede decir que Cristo ha construido en el Calvario un estanque de purificación y salvación que llenó con la Sangre vertida por El; pero si los hombres no se bañan en sus aguas y no lavan en ellas las manchas de su iniquidad, no pueden ciertamente ser purificados y salvados.

97. Por lo tanto, para que cada uno de los pecadores se lave con la Sangre del Cordero, es necesaria la colaboración de los fieles. Aunque Cristo, hablando en términos generales, haya reconciliado con el Padre, por medio de su Muerte cruenta, a todo el género humano, quiso, sin embargo, que todos se acercasen y fuesen conducidos a la Cruz por medio de los Sacramentos y por medio del Sacrificio de la Eucaristía, para poder conseguir los frutos de salvación, ganados por El en la Cruz. Con esta participación actual y personal, de la misma manera que los miembros se configuran cada día más a la Cabeza divina, así afluye a los miembros, de forma que cada uno de nosotros puede repetir las palabras de San Pablo: «Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 19-20). Como en otras ocasiones hemos dicho de propósito y concisamente, Jesucristo «al morir en la Cruz, dio a su Iglesia, sin ninguna cooperación por parte de Ella, el inmenso tesoro de la Redención; pero, en cambio, cuando se trata de distribuir este tesoro, no sólo participa con su Inmaculada Esposa de esta obra de santificación, sino que quiere que esta actividad proceda también, de cualquier forma, de las acciones de Ella» (13).

98. El augusto Sacramento del Altar es un insigne instrumento para la distribución a los creyentes de los méritos derivados de la Cruz del Divino Redentor: «Cada vez que se ofrece este Sacrificio, se renueva la obra de nuestra Redención» (14). Y esto, antes que disminuir la dignidad del Sacrificio cruento, hace resaltar, como afirma el Concilio de Trento, su grandeza y proclama su necesidad. Renovado cada día, nos advierte que no hay salvación fuera de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, que Dios quiere la continuación de este Sacrificio «desde la salida del sol hasta el ocaso» (Malaq. 1, 11), para que no cese jamás el himno de glorificación y de acción de gracias que los hombres deben al Creador desde el momento que tienen necesidad de su continua ayuda y de la Sangre del Redentor para compensar los pecados que ofenden a su Justicia.

LITURGIA: DOCTRINA CATÓLICA SOBRE EL SACRIFICIO SACRAMENTAL EUCARÍSTICO

SACRIFICIO SACRAMENTAL EUCARÍSTICO

 

Resumen realizado por el Padre Juan Carlos Ceriani al Prólogo del Dr. Francisco Barbado Viejo, O.P., Obispo de Salamanca, al Tratado de la Santísima Eucaristía del Padre Gregorio Alastruey.

Los principios básicos que constituyen la base sobre la que ha de levantarse el edificio teológico del Sacrificio Eucarístico es su carácter de sacrificio:

* real y verdadero,

* visible,

* incruento,

* representativo del Sacrificio cruento de la Cruz.

El Sacrificio Eucarístico es el mismo sacrificio de la Cruz: “Una e idéntica es la Víctima, uno mismo el que ahora ofrece por ministerio de los sacerdotes y se ofreció entonces en la cruz. Sólo es distinto el modo del ofrecimiento” (Concilio de Trento, Sesión XXII, c. 2).

La doctrina del Concilio es la misma, expresada casi con idénticas palabras por Santo Tomás:

Non offerimus aliam oblationem quam Christus obtulit pro nobis, scilicet sanguinem suum. Unde non est alia oblatio, sed est commemoratio illius hostiæ quam Christus obtulit (Com. in Epist. ad Hebr. 10, 1).

Pero, al contrario, pudiera objetarse que tal razonamiento no es eficaz; pues pudiera decirse que aquella oblación purificaba de los pecados pasados, no de los futuros; por consiguiente, porque a menudo pecaban, a menudo también era necesario se reiterasen las ofrendas. Respondo que la manera de hablar del Apóstol no da lugar a ello; pues, siendo el pecado una cosa espiritual, opuesta a lo celestial, conviene que, por lo que se purifica, la ofrenda sea también celestial y espiritual y, por consiguiente, tenga virtud permanente.

De ahí que, al hablar de la virtud del sacrificio de Cristo, le atribuye virtud perpetua, diciendo: “habiendo obtenido una eterna redención”. Mas lo que tiene virtud perpetua es suficiente para lo cometido y por cometer y, por consiguiente, no es necesario repetirlo más; de donde Cristo con una sola ofrenda purificó para siempre a los que ha santificado, como se dice abajo.

Asimismo el decirse que no se repita, en contra de lo cual está el hecho de nuestra oblación diaria. Respondo que nuestra oblación no es diferente a la que Cristo hizo por nosotros es, a saber, su sangre; de suerte que no es otra la ofrenda, sino que es la conmemoración de aquella Hostia que Cristo ofreció: “haced esto en memoria mía” (Mt 26).

Se trata, principalmente, de determinar la naturaleza del Sacrificio Eucarístico y cómo en la Santa Misa se salva la noción de verdadero y real sacrificio, enseñada por el Concilio y por la tradición de la Iglesia.

Se ha llegado al punto de convergencia de considerar la consagración del pan y del vino como constitutiva de la esencia del Sacrificio de la Misa, y la Comunión del sacerdote como parte integrante del mismo.

Mas ¿de qué manera en la consagración del pan y del vino se salva la noción de verdadero y real sacrificio?

Aun coincidiendo los teólogos en afirmar que el Sacrificio del Altar es relativo y dice referencia intrínseca y esencial al de la Cruz, del que se diferencia sólo en cuanto al modo de la inmolación, siendo cruenta la de la Cruz e incruenta la del Altar, quedan, sin embargo, opiniones muy diversas al tratar de explicar cómo la consagración constituye verdadero sacrificio.

Para Santo Tomás, la Eucaristía tiene doble significación sacramental que realiza lo que significa.

Por una parte, la consagración del pan en Cuerpo de Cristo y del vino en su Sangre significa, representa y renueva, mística y sacramentalmente, el Sacrificio de Jesucristo en la Cruz.

Por otra parte, la recepción de Jesucristo sacramentado bajo las especies de pan y vino en la Sagrada Comunión significa y verifica, sacramentalmente, el alimento espiritual del alma.

Tanto una significación y realización como la otra tiene carácter de Sacramento Eucarístico.

Y así debemos hablar de Sacrificio Sacramental Eucarístico, como hablamos de Comunión Sacramental Eucarística y de Presencia Sacramental de Cristo en la Eucaristía.

Y en esta noción de Sacrificio Sacramental, que constituye propiamente el misterio, se detiene nuestra inteligencia, sin buscar otras razones de sacrificio, especiales a este de la Santa Misa, que no sean las de simple representación sacramentalmente renovadora del único y eterno Sacrificio de Jesucristo en la Cruz.

De los numerosos lugares en que Santo Tomás expresa su pensamiento, escogemos sólo algunos textos referentes:

a) al doble carácter = de Sacrificio y de Sacramento de la Eucaristía,

b) a la Pasión de Cristo,

c) a la unidad e identidad del Sacrificio Eucarístico y el de la Cruz,

d) y al carácter representativo y sacramental del Sacrificio del Altar.

a) Desde la primera cuestión del tratado de la Eucaristía, el Santo Doctor tiene presente su doble carácter de Sacramento y de Sacrificio.

Reserva, sin embargo, ordinariamente el nombre de Sacramento para la Sagrada Comunión, en cuanto se dirige inmediatamente a la santificación del alma, pues ésta es noción común a los demás Sacramentos, que no son sacrificios, aunque se ordenen todos al del Altar.

Mas el concepto de Sacramento Eucarístico es común a su carácter de Sacrificio y de Comunión. Sigue leyendo

PREPARACIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN: HAURETIS AQUAS

HAURETIS AQUAS

SU SANTIDAD

PÍO XII

SOBRE EL CULTO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

1. «Beberéis aguas con gozo en las fuentes del Salvador» [1]. Estas palabras con las que el profeta Isaías prefiguraba simbólicamente los múltiples y abundantes bienes que la era mesiánica había de traer consigo, vienen espontáneas a Nuestra mente, si damos una mirada retrospectiva a los cien años pasados desde que Nuestro Predecesor, de i. m., Pío IX, correspondiendo a los deseos del orbe católico, mandó celebrar la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús en la Iglesia universal.

Innumerables son, en efecto, las riquezas celestiales que el culto tributado al Sagrado Corazón infunde en las almas: las purifica, las llena de consuelos sobrenaturales y las mueve a alcanzar las virtudes todas. Por ello, recordando las palabras del apóstol Santiago: «Toda dádiva, buena y todo don perfecto de arriba desciende, del Padre de las luces» [2], razón tenemos para considerar en este culto, ya tan universal y cada vez más fervoroso, el inapreciable don que el Verbo Encarnado, nuestro Salvador divino y único Mediador de la gracia y de la verdad entre el Padre Celestial y el género humano, ha concedido a la Iglesia, su mística Esposa, en el curso de los últimos siglos, en los que ella ha tenido que vencer tantas dificultades y soportar pruebas tantas. Gracias a don tan inestimable, la Iglesia puede manifestar más ampliamente su amor a su Divino Fundador y cumplir más fielmente esta exhortación que, según el evangelista San Juan, profirió el mismo Jesucristo: «En el último gran día de la fiesta, Jesús, habiéndose puesto en pie, dijo en alta voz: “El que tiene sed, venga a mí y beba el que cree en mí”. Pues, como dice la Escritura, “de su seno manarán ríos de agua viva”. Y esto lo dijo El del Espíritu que habían de recibir lo que creyeran en El» [3]. Los que escuchaban estas palabras de Jesús, con la promesa de que habían de manar de su seno «ríos de agua viva», fácilmente las relacionaban con los vaticinios de Isaías, Ezequiel y Zacarías, en los que se profetizaba el reino del Mesías, y también con la simbólica piedra, de la que, golpeada por Moisés, milagrosamente hubo de brotar agua [4].

2. La caridad divina tiene su primer origen en el Espíritu Santo, que es el Amor personal del Padre y del Hijo, en el seno de la augusta Trinidad. Con toda razón, pues, el Apóstol de las Gentes, como haciéndose eco de las palabras de Jesucristo, atribuye a este Espíritu de Amor la efusión de la caridad en las almas de los creyentes: «La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado» [5].

Este tan estrecho vínculo que, según la Sagrada Escritura, existe entre el Espíritu Santo, que es Amor por esencia, y la caridad divina que debe encenderse cada vez más en el alma de los fieles, nos revela a todos en modo admirable, venerables hermanos, la íntima naturaleza del culto que se ha de atribuir al Sacratísimo Corazón de Jesucristo. En efecto; manifiesto es que este culto, si consideramos su naturaleza peculiar, es el acto de religión por excelencia, esto es, una plena y absoluta voluntad de entregarnos y consagrarnos al amor del Divino Redentor, cuya señal y símbolo más viviente es su Corazón traspasado. E igualmente claro es, y en un sentido aún más profundo, que este culto exige ante todo que nuestro amor corresponda al Amor divino. Pues sólo por la caridad se logra que los corazones de los hombres se sometan plena y perfectamente al dominio de Dios, cuando los afectos de nuestro corazón se ajustan a la divina voluntad de tal suerte que se hacen casi una cosa con ella, como está escrito: «Quien al Señor se adhiere, un espíritu es con El» [6].

I. FUNDAMENTACIÓN TEOLÓGICA

Dificultades y objeciones

3. La Iglesia siempre ha tenido y tiene en tan grande estima el culto del Sacratísimo Corazón de Jesús: lo fomenta y propaga entre todos los cristianos, y lo defiende, además, enérgicamente contra las acusaciones del naturalismo y del sentimentalismo; sin embargo, es muy doloroso comprobar cómo, en lo pasado y aun en nuestros días, este nobilísimo culto no es tenido en el debido honor y estimación por algunos cristianos, y a veces ni aun por los que se dicen animados de un sincero celo por la religión católica y por su propia santificación. Sigue leyendo

CARTA DE UN CRISTERO A SU ESPOSA

“Mi querida esposa:

El lápiz se me cae de la mano, no sé si escribirte o no hacerlo: digo esto porque si te escribo, quizá vaya a aumentar tus dolores; si no te escribo te formarás el concepto de que no te amo, de que no me acuerdo de ti ni de esos hijos tesoro de mi existencia por quienes he derramado abundantes lágrimas.

Voy a decirte: ¿Tendrás valor para escucharme? El 27 de abril de 1927 salí como te dije  en una carta que a México te escribí de Tepalcatepec, y creo que recibirías, salí de San Isidro a Coalcomán a verme con don Guadalupe Lucatero, con el objetivo de arreglar el asunto del ganado que tú supiste; pero a mi llegada a dicho lugar, encontré que el señor Lucatero andaba levantado en armas, y una multitud, por no decir que todos, lo secundaron, inclusive el señor que tu sabes. Llegar yo y ver aquel regocijo, que  el pueblo en masa aclamaba a Cristo que expuesto en la Custodia veía quizá con sonrisa placentera el entusiasmo de sus hijos deseosos de su Dios, al que hombres sin conciencia querían expulsar de las iglesias, de los hogares, etc. Sigue leyendo

AUDIOS DE LOS ESPECIALES DE JUNIO 2011 CON EL P. CERIANI

Audios de los especiales de Radio Cristiandad con el P. Juan Carlos Ceriani

Mes de Junio de 2011

1º Parte: LA DIALÉCTICA DE RATZINGER APLICADA A LA MISA

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Parte 1 :


Parte 2 :


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2º Parte: ESENCIA DEL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA

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ESPECIALES DE CRISTIANDAD CON EL P. CERIANI: ESENCIA DEL SACRIFICIO DE LA SANTA MISA

ESENCIA DEL SACRIFICIO DE LA SANTA MISA

 

Autores consultados: Gregorio Alastruey y Benedictus Henricus Merkelbach.

ÍNDICE ESQUEMÁTICO

ARTÍCULO I: DE LA ESENCIA DEL SACRIFICIO DE LA MISA RELATIVAMENTE CONSIDERADO

Cuestión 1. Si el Sacrificio de la Misa es representativo y conmemorativo del Sacrificio de la Cruz.

TESIS. El Sacrificio de la Misa es representativo y conmemorativo del Sacrificio de la Cruz.

Cuestión 2. Si el Sacrificio de la Misa es uno y el mismo con el Sacrificio de la Cruz.

TESIS. El Sacrificio de la Misa es uno y el mismo con el Sacrificio de la Cruz; sin embargo, se diferencia de él según la diversa manera de ofrecerle.

Cuestión 3. Si el Sacrificio de la Misa por la diversa manera de ofrecerle difiere del Sacrificio de la Cruz no solamente en número, sino también en especie.

Cuestión 4. Si además de la diferencia cuasi específica que hay entre el Sacrificio de la Misa y el Sacrificio de la Cruz existen otras diferencias accidentales.

TESIS. El Sacrificio de la Misa se distingue accidentalmente del Sacrificio de la Cruz.

Cuestión 5. Si el Sacrificio de la Misa es uno y mismo con el Sacrificio de la Última Cena.

TESIS. El Sacrificio de la Misa es específicamente el mismo con el Sacrificio de la Cena, del cual, sin embargo, se diferencia numéricamente.

Cuestión- 6. ¿Cuáles son las diferencias accidentales entre el Sacrificio de la Misa y el Sacrificio de la Última Cena?


ARTICULO II: DE LA ESENCIA DEL SACRIFICIO DE LA MISA ABSOLUTAMENTE CONSIDERADO

§ I. DE LA ESENCIA DEL SACRIFICIO DE LA MISA POR PARTE DE LA COSA QUE SE OFRECE

Cuestión 1. Si la substancia del pan y del vino pertenece al Sacrificio de la Misa como cosa ofrecida.

TESIS. La substancia del pan y del vino no pertenece, a la cosa ofrecida en el Sacrificio, de la Misa.

Cuestión 2. Si el Cuerpo y la Sangre de Cristo es la cosa o víctima que se ofrece en el Sacrificio de la Misa.

TESIS. La víctima que se ofrece en el Sacrificio de la Misa es el Cuerpo y la Sangre de Cristo en cuanto derramada en la Pasión o el mismo Cristo paciente.

Cuestión 3. Si para que Cristo sea la cosa ofrecida o la víctima en el Sacrificio de la Misa, es necesaria nueva inmolación.

Cuestión 4. Si las especies sacramentales son cosas que se ofrecen en el sacramento.

TESIS. Las especies eucarísticas no son cosa que se ofrece en el Sacrificio.

§ II. DE LA ESENCIA DEL SACRIFICIO DE LA MISA POR PARTE DE LA ACCIÓN SACRIFICIAL

Cuestión 1. Si la esencia del Sacrificio de la Misa consiste en sola la consagración de ambas especies con orden, sin embargo, a la comunión como parte integrante.

TESIS 1. La esencia del Sacrificio de la Misa no consiste en la oblación que sigue a la Consagración.

TESIS 2. La esencia del Sacrificio de la Misa no consiste en la fracción de la Hostia y conmixtión de las especies.

TESIS 3. La comunión del sacerdote no pertenece a la esencia del Sacrificio de la Misa.

TESIS 4. La esencia del Sacrificio de la Misa consiste solamente en la Consagración de las dos especies, en orden, sin embargo, a la Comunión como a parte integrante.

Cuestión 2. ¿Cómo la consagración verifica en la Misa la esencia del Sacrificio?

TESIS. La Consagración Eucarística es Sacrificio, en cuanto que Cristo, por la separación sacramental de su Cuerpo y de su Sangre bajo las distintas especies que representan su inmolación cruenta en la Cruz, es incruenta, mística o sacramentalmente inmolado y sacerdotalmente ofrecido.

DESARROLLO

La esencia del Sacrificio de la Misa se puede considerar relativa y absolutamente.

ARTÍCULO I:
DE LA ESENCIA DEL SACRIFICIO DE LA MISA RELATIVAMENTE CONSIDERADO

La esencia del Sacrificio de la Misa, relativamente considerado, puede estudiarse ya en cuanto dice relación al Sacrificio de la Cruz, ya en cuanto se compara con el Sacrificio de la Última Cena.

Cuestión 1. Si el Sacrificio de la Misa es representativo y conmemorativo del Sacrificio de la Cruz.

 1) Representar suena lo mismo que repetir o renovar la presencia de una cosa.

 Pero una cosa se puede hacer presente de dos maneras:

* o en cuanto se presenta bajo alguna figura, signo, símbolo o imagen,

* o en cuanto la misma cosa en sí se hace presente de nuevo.

En el primer sentido, una cosa, es representación de otra en cuanto es su símbolo, signo o figura, como los Sacrificios de la Ley antigua eran representativos del Sacrificio de la Cruz.

En el segundo, la representación es más estricta y completa, puesto que bajo el signo o símbolo que representa la cosa se contiene la cosa misma.

2) Del ser representativo difiere el ser memorial.

Memorial, de suyo, es aquello que reaviva o renueva la memoria de una cosa, y, por tanto, se refiere a algo ya pasado o realizado, mientras que la representación hace referencia lo mismo a lo pretérito que a lo futuro.

3) El sentido de la cuestión propuesta es que el Sacrificio de la Misa es representativo y conmemorativo del Sacrificio de la Cruz, no en cuanto nos dé una representación vacua e inane del Sacrificio de la Cruz o excite un recuerdo meramente subjetivo, sino en cuanto es conmemoración objetiva y representación viva y llena, conteniendo a Cristo Hostia de la Pasión y representando a manera de imagen la Pasión misma, esto es, la separación del Cuerpo y de la Sangre bajo las distintas especies del pan y del vino.

TESIS.
El Sacrificio de la Misa es representativo y conmemorativo del Sacrificio de la Cruz.

El Concilio de Trento (ses XXII, c. I) habla así:

«Nuestro Señor Jesucristo, aunque una sola vez se había de ofrecer a sí mismo en el ara de la Cruz, mediante su muerte, a Dios Padre, para que se obrase allí la redención eterna; sin embargo, porque por la muerte no se había de extinguir su sacerdocio, en la última Cena, en la noche en que era traicionado., para dejar a la Iglesia, su Esposa amada, un Sacrificio visible como lo exige la naturaleza de los hombres, que representase el Sacrificio cruento que había de llevarse a efecto en la Cruz, y para que su recuerdo permaneciese hasta el fin de los siglos y fuese aplicada su virtud salvadora a la remisión de nuestros pecados cotidianos que cometemos, declarándose constituido sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec, ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino y los dio a los apóstoles, a quienes entonces constituyó en sacerdotes del Nuevo Testamento, a fin de que bajo estas mismas especies lo recibiesen, y les mandó a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio que perpetuamente lo ofrecieren por aquellas palabras: Haced esto en memoria mía».

Y el canon 3:

«Si alguien dijere que el Sacrificio de la Misa es solamente de alabanza y de acción de gracias o mera conmemoración del Sacrificio hecho en la Cruz: Anathema sit»

 Su Santidad el Papa León Xlll dice:

«El Sacrificio de Misa es no una vana y vacía conmemoración de la muerte del mismo Cristo, sino una verdadera y admirable, aunque mística e incruenta, renovación de ella» (Enc. Miræ caritatis, 28 mayo 1902).

 Y Su Santidad Pío XI:

«Conviene que recordemos siempre que toda la virtud de la expiación depende del único Sacrificio cruento de Cristo, que de manera incruenta se renueva cada día en nuestros altares» (Enc. Miserentissimus Redemptor, 8 mayo 1928).

 San Cipriano dice:

«El Sacrificio del Señor no se celebra con santificación legítima si la oblación y sacrificio nuestro no respondiere a la Pasión. Pues lo que ofrecemos es la Pasión del Señor»

 San Juan Crisóstomo:

«¿Pues qué? ¿No ofrecemos todos los días? Ciertamente ofrecemos, pero representando el memorial de su muerte»

 San Ambrosio:

«El mundo ha sido redimido con la muerte de uno… Y así su muerte es la vida de todos. Somos señalados con su muerte; orando anunciamos su muerte; ofreciendo, predicamos su muerte»

 San Agustín:

«Los cristianos celebran la memoria de este Sacrificio con la oblación y participación del Cuerpo y Sangre de Cristo»

 San Gregorio Magno:

«Pensemos qué sea este Sacrificio en nuestro favor, con el cual imitamos siempre la Pasión del Unigénito Hijo para nuestra absolución»

 Santo Tomás:

«La celebración de este sacramento es cierta imagen representativa de la Pasión de Cristo, que es su verdadera inmolación» (3 q. 83, a. 1)

«En cuanto en este sacramento se representa la Pasión de Cristo, en la que se ofreció como hostia a Dios, según se dice en Ef, 5, 2, tiene razón de Sacrificio» (3 q. 79, a. 7)

 San Pedro Canisio:

«¿Qué es, en fin, lo que hay que creer acerca del Sacrificio del Altar…? Si bien lo consideramos, el Sacrificio de la Misa es en verdad una representación santa y viva, y a la vez una oblación incruenta y eficaz de la Pasión del Señor y de su Sacrificio cruento, que fue ofrecido en la Cruz por nosotros»

Razón teológica

a) La Eucaristía fue de tal manera instituida, que en virtud de las palabras de la Consagración se pone directamente el Cuerpo bajo la especie de pan y la Sangre bajo la especie de vino.

Ahora bien, esta distinta consagración no es sino una separación simbólica del Cuerpo y de la Sangre de Cristo; por lo que se la considera como su Muerte o inmolación mística, que como por imagen real representa objetivamente la Muerte de Cristo en la Cruz o el Sacrificio del Gólgota.

b) Esta objetiva representación del cruento Sacrificio de la Cruz es esencial al Sacrificio de la Misa; porque la razón del Sacrificio depende de la institución positiva de Cristo; y Cristo quiso esta representación de la inmolación del Calvario, y de tal manera instituyó el Sacrificio eucarístico, que por su misma naturaleza y modo de ofrecerse diga relación al Sacrificio de la Cruz.

c) Así el Sacrificio de la Cruz es sencillamente absoluto, puesto que no se refiere a ningún otro Sacrificio como a su signo y representación; mientras que el Sacrificio Eucarístico es esencialmente relativo al Sacrificio de la Cruz y su representación viva y expresa.

d) Sin embargo, a la Misa, con ser objetiva representación del Sacrificio de la Cruz, no se le puede negar ni regatear su cualidad de verdadero y propio Sacrificio; porque, como dice el Papa Pío XII: «El augustísimo Sacrificio del Altar no es una pura y simple conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo, sino que es Sacrificio propio y verdadero, en el cual el Sumo Sacerdote, por incruenta inmolación, hace lo que hizo una vez en la Cruz ofreciéndose a sí mismo al Eterno Padre como hostia gratísima» (Enc. Mediator Dei, 20 nov. 1947)

La Misa, pues, aunque sea un Sacrificio esencialmente relativo al Sacrificio de la Cruz, sin embargo, no está constituido solamente por esta relación, sino que esta relación le es de tal manera esencial, que sin ella no existiría verdadera y propiamente aquel Sacrificio que Cristo instituyó «en memoria de su tránsito de este mundo al Padre, cuando nos redimió por la efusión de su sangre» (Trento.)

Cuestión 2.
Si el Sacrificio de la Misa es uno y el mismo con el Sacrificio de la Cruz.

El Sacrificio resulta principalmente de tres cosas: del sacerdote oferente, de la víctima ofrecida y de la misma oblación inmolaticia.

TESIS.
El Sacrificio de la Misa es uno y el mismo con el Sacrificio de la Cruz; sin embargo, se diferencia de él según la diversa manera de ofrecerle.

El Concilio de Trento (ses. XXII, c. 2) dice:

«Una y la misma es la víctima, uno mismo el que ahora se ofrece por ministerio de los sacerdotes y se ofreció entonces en la Cruz; sólo es distinto el modo de ofrecer»

Esto mismo repite y explica Su Santidad Pío XII:

«Idéntico, pues, es el sacerdote, Jesucristo, cuya sagrada persona está representada por su ministro. Igualmente idéntica es la víctima; es decir, el mismo divino Redentor, según su humana naturaleza y en la realidad de su Cuerpo y de su Sangre. Es diferente, sin embargo, el modo como Cristo es ofrecido. Pues en la Cruz se ofreció a sí mismo y sus dolores a Dios; y la inmolación de la víctima fue llevada a cabo por medio de su Muerte cruenta sufrida voluntariamente. Sobre el Altar, en cambio, a causa del estado glorioso de su humana naturaleza, la muerte no tiene ya dominio sobre Él (Rom. 6, 9) y, por tanto, no es posible la efusión de la sangre. Mas la divina Sabiduría ha encontrado un medio admirable de hacer patente con signos exteriores, que son símbolos de muerte, el Sacrificio de Nuestro Redentor»

San Cirilo de Jerusalén:

«Ofrecemos a Cristo inmolado por nuestros pecados»

San Juan Crisóstomo:

«Qué, pues; ¿acaso no ofrecemos todos los días?… Ofrecemos siempre el mismo; no ahora una oveja y mañana otra, sino siempre la misma. Por esta razón es uno el Sacrificio; ¿acaso por el hecho de ofrecerse en muchos lugares son muchos Cristos? De ninguna manera, sino un solo Cristo en todas partes: aquí íntegro y allí también, un solo cuerpo. Luego así como ofrecido en muchos lugares es un solo cuerpo y no muchos cuerpos, así también es un solo Sacrificio»

San Agustín:

«¿No es verdad que una sola vez fue inmolado Cristo en sí mismo? Y, sin embargo, en este sacramento es inmolado no sólo durante todas las solemnidades de la Pascua, sino todos los días en todos los pueblos, ni miente el que preguntado respondiere que Él es inmolado»

San Gregorio Magno:

«Salva singularmente al alma de la eterna perdición esta víctima, la cual por el misterio nos renueva la Muerte del Unigénito, porque aunque resucitado de entre los muertos ya no muere, la muerte no tiene ya dominio sobre Él (Rom. 6, 9). Sin embargo, viviendo en sí mismo inmortal e incorruptible, de nuevo se inmola por nosotros en este misterio de la sagrada oblación»

Santo Tomás:

«No ofrecemos otra oblación que la que Cristo ofreció por nosotros; esto es, su sangre. No es otra oblación, sino la conmemoración de aquella hostia que Cristo ofreció» (in Epist: ad Heb., 10, 1)

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ESPECIALES DE CRISTIANDAD CON EL P. CERIANI: LA DIALÉCTICA DE RATZINGER APLICADA A LA MISA

LA DIALÉCTICA DE RATZINGER

APLICADA A LA MISA


Un poco de historia

En julio del año pasado publiqué un artículo con ocasión del tercer aniversario del Motu proprio Summorum Pontificum. Ver:

http://radiocristiandad.wordpress.com/2010/07/09/a-tres-anos-del-motu-proprio-summorum-pontificum/

Retomemos algunas ideas para introducir el tema de hoy:

Después de implementar en 1962 y 1965 sagaces reformas preparatorias, en abril de 1969 se publica un Novus Ordo Missæ.

Desde entonces, dos Misas dividen trágicamente a los católicos.

En julio de 2007, Benedicto XVI, por medio del Motu proprio Summorum Pontificum, da la impresión de querer preparar oficialmente una “tercera misa”, es decir, la síntesis entre la Misa Romana y el fruto de la reforma protestantizante de Pablo VI.

Una cosa es cierta: lo que estaba bloqueando el funcionamiento de la máquina revolucionaria era el grupo de irreductibles, que mantenía la defensa de la Misa Romana y el rechazo de la bastarda, sin aceptar compromisos.

La prioridad de los revolucionarios, la supresión de la Misa Romana, los llevó a establecer una pausa, rebobinar e incluso hacer concesiones más grandes…, todo lo necesario para eliminar el grano de arena que impide que el engranaje lleve a cabo su obra funesta.

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La dialéctica ratzingeriana

Todas las revoluciones avanzan del mismo modo: a la posición tradicional la denominan tesis; la enfrentan con lo que llaman la antitesis, que asusta por su carácter radical.

A continuación, proponen a los reaccionarios conservadores un acuerdo, una conciliación, la síntesis

Esta síntesis, aceptada por los conservadores ilusos, rápidamente se convierte en nueva tesis, a la cual, a su vez, se enfrenta con otra antitesis…, etc.…, y la Revolución continúa avanzando.

Comprender este derrotero por pasos, estas pausas que la Revolución está obligada a hacer para digerir su presa, es entender el retorno aparente al orden…, es comprender lo quimérico y engañoso de la luz de esperanza, de la pequeña ola, de la restauración ya comenzada

La Revolución Conciliar permitirá, si es necesario incluso por largo tiempo, que los sacerdotes celebren la Misa Romana, porque lo esencial es que acepten un rito ambiguo. El resto vendrá después. Todas las concesiones son posibles para lograr ese objetivo. Y si es necesario proceder por etapas para lograrlo, se hará.

Mientras la Revolución reine en la Liturgia y en la Iglesia, sólo el Rito Romano sigue siendo la referencia absoluta; y cualquier reconocimiento del rito ilegítimo es un compromiso, y, por lo tanto, una ayuda prestada a los destructores.

Debemos juzgar el Motu proprio de Benedicto XVI a la luz de estas reflexiones.

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La función del Motu proprio

La fórmula según la cual la Misa Romana nunca ha sido abrogada en cuanto forma extraordinaria de la liturgia del Rito Romano es una de las ideas más inteligentes para armonizar la Misa Romana con la doctrina modernista.

La realidad es que, si Benedicto XVI pretendía legitimar la misa bastarda, no podía seguir afirmando que la Misa Romana había sido abrogada.

Por lo tanto, era necesario resolver el problema con inteligencia, y hacer creer que la nueva misa es la continuación y expresión legítima de la Liturgia del Rito Romano.

Era imperioso decir que El Misal Romano promulgado por Pablo VI es la expresión ordinaria de la “Lex orandi” de la Iglesia católica de rito latino.

Además, en su afán de síntesis dialéctica, no era posible que Benedicto XVI dejase transparentar la más mínima sospecha de ruptura o cisma litúrgico.

Era ineludible decir que El Misal Romano promulgado por San Pío V y reeditado por el bienaventurado Juan XXIII debe considerarse como la expresión extraordinaria de la misma “Lex orandi” y gozar del respeto debido por su uso venerable y antiguo.

Era forzoso afirmar que Estas dos expresiones de la “lex orandi” de la Iglesia no inducen ninguna división de la “lex credendi” de la Iglesia; son, de hecho, dos usos del único rito romano.

Sería ridículo pensar que el cambio de posición en el terreno de combate es debido a un inicio de restauración… Es una estrategia de acercamiento hacia la Tradición, ¡sí!…, pero para intentar envolverla y destruirla…

No se trata de una restauración. Es todo lo contrario: consolidar y legitimar la Nueva Misa y el Concilio Vaticano II, sin fracturas trágicas o dramáticas; hacer creer que se trata de una evolución suave, y asegurarse de que ambos sean universalmente reconocidos, aceptados y admitidos de forma pacífica.

Quienes pretenden demostrar que el Concilio Vaticano II no es un cisma doctrinal, del mismo modo quieren probar que la Nueva Misa no es un cisma litúrgico; antes bien, que ambos son el resultado de un desarrollo vital, que debe ser asumido y aceptado.

Para comprender la estrategia de Benedicto XVI con su Motu proprio, hay que referirse al discurso que dio ante la Curia Romano el 22 de diciembre de 2005.

Al leerlo y reflexionarlo, aparece claro que Benedicto XVI intenta hacer creer que entre la Doctrina Infalible de Iglesia y la nueva doctrina conciliar no hay ninguna discontinuidad. En pocas palabras, nos dice que la Lex credendi hodierna e innovadora es la misma que la tradicional y perenne.

Ahora bien, sabemos muy bien que la Lex orandi es la expresión litúrgica de la Lex credendi.

Por lo tanto, después de haber resuelto en 2005 la cuestión de la Lex credendi, era necesario zanjar la cuestión de la Lex orandi.

Esta fue la misión del Motu proprio de 2007.

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 ¿Desde cuándo rondan estas ideas?

Hace mucho tiempo que las ideas del Motu proprio dan vueltas en la cabeza de Joseph Ratzinger.

De 1982 data un documento que prueba que Joseph Ratzinger tenía en mente el plan de la reforma litúrgica desde su llegada al Vaticano.

Lo esencial ha sido publicado en DICI N° 147, del 26 de diciembre de 2006.

Sabemos que el 25 de noviembre de 1981 Juan Pablo II nombró al Cardenal Joseph Ratzinger Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Llegado al Vaticano en 1982, el nuevo Prefecto celebró una reunión con los principales Cardenales de la Curia. El 16 de noviembre de 1982, cinco cardenales y un obispo se reunieron para discutir el tema de la liturgia. Estos altos funcionarios del Vaticano afirmaron unánimemente que “el Misal Romano, en la forma en la que estuvo en uso hasta 1969, debe ser aceptado en la Iglesia por la Santa Sede en las misas celebradas en lengua latina.”

Además, por unanimidad concordaron:

* en el hecho de que el uso del rito antiguo de la Misa debía ser admitido en la Iglesia,

* que era necesario preparar los espíritus para este permiso,

* que un documento papal sería promulgado para frenar los abusos de la reforma litúrgica y la restauración del antiguo rito,

* preparar una síntesis de los dos misales (antiguo y nuevo), la famosa “reforma de la reforma”, muy solicitada por algunos sectores de la Iglesia.

Se habló también de la “segunda etapa”, un documento pontifical:

* cuya naturaleza quedaba por definir.

* que expondría nuevamente la esencia de la liturgia,

* que frenaría el abuso generalizado,

* que promovería una participación más profunda en los santos misterios,

* y, sobre todo, se referiría a la identidad íntima del misal nuevo con el antiguo, de la forma ordinaria con la forma permitida, que no se oponen de ninguna manera.

Según las altas autoridades que intervinieron había, pues, que realizar “una síntesis de los dos misales, que conservara los beneficios de las reformas litúrgicas, pero que renunciara a algunas innovaciones exageradas”.

Todo siguió conforme al plan. Sólo falta implementar la última etapa.

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En 1984 el Cardenal Ratzinger concede una larga entrevista a Vittorio Messori, periodista de la Revista 30 Giorni. El resultado es un libro que revela muchas cosas.

Informe sobre la Fe. B.A.C. 1985.

Capítulo II: Descubrir de nuevo el Concilio

Dos errores contrapuestos

Ratzinger deducía dos consecuencias: Sigue leyendo

EL ATELIER DE SAN JOSÉ: EL CARPINTERO DE NAZARET

EL CARPINTERO DE NAZARET

Sería falso imaginar que San José, cualesquiera que fuesen su humildad y su santidad, se hubiese desinteresado de la herencia moral y espiritual transmitida por sus antepasados.

Las promesas hechas a David y a su descendencia ocupaban un lugar demasiado importante en las Escrituras para que él se creyera con derecho a desdeñarlas.

Se sentía solidario con los de su estirpe que le habían precedido, bien para mostrarse digno de sus virtudes, bien para rescatar sus faltas, bien para crear, con su sola presencia en el seno de esa raza predestinada de la que habría de salir el Mesías, un testimonio agradable a Dios.

No desconocía, pues, sus orígenes. Releería a veces la lista genealógica de sus antepasados, no para enorgullecerse, sino para recordar a cada uno de los que se sentía deudor. Sabía que llevaba en las venas sangre de Abraham, cuya fe viva y obediencia total le habían valido ser bendecido en su posteridad. Sangre de Jessé, del que Isaías había dicho: Un vastago surgirá de ese tronco.

Así pues, sintiéndose hijo de reyes y de profetas, de patriarcas y de pontífices, heredero de una sangre que incluía todo lo que la tribu de Judá consideraba más ilustre, ¿ignoraría acaso que la corona, sobre todo después de la extinción de la noble familia de los Macabeos, pertenecía a su estirpe por derecho?

Príncipe por nacimiento, San José se encontraba, sin embargo, reducido a la modesta situación de artesano de pueblo. En lugar de vivir en las fértiles tierras asignadas antaño a su tribu, habitaba en Nazaret, humilde villorrio sin pretensiones poblado por agricultores y pastores, de tan mediocre reputación que, según señala el Evangelio, un proverbio decía que de Nazaret no podía salir nada bueno.

En Nazaret, efectivamente, vivía San José; y al cumplir los doce años se convirtió, como todo buen israelita, en “hijo de la Ley”, es decir, que ante Dios y ante los hombres, quedaba obligado oficialmente a cumplir todas las prescripciones legales, todos los ritos judíos.

También a esa edad tendría que escoger un oficio, no sólo porque era pobre y tenía que ganarse el pan, sino también porque se trataba de una obligación impuesta por las costumbres sagradas de Israel.

Lejos de ser algo despreciable entre los judíos, el trabajo manual estaba considerado como un medio de ser bendecido por Dios. Todo judío, incluso si era un rabino o un hombre rico, debía aprender un oficio y saber trabajar con sus manos.

San José escogió el oficio de carpintero. Así pues, sin bienes ni herencia, vivía del trabajo de sus manos, sin lamentarse por ello. Más feliz en su pobreza que Augusto en el primer trono del mundo, estaba contento con su suerte, ya que Dios quería que fuese pobre.

Cuando iba a la sinagoga, todo lo que escuchaba le recordaba el lujo y el esplendor que había rodeado a sus antepasados. Al regresar a su humilde morada, no se sentía nostálgico, envidioso o amargado. No se avergonzaba de su delantal de cuero ni se quejaba de la Providencia que le había despojado de todo.

Y cuando iba a Jerusalén para celebrar las fiestas legales, donde encontraba a cada paso vestigios de aquella gloria pasada, tampoco experimentaba ningún sentimiento de amargura.

Sin prevalerse jamás ante los hombres de su título de descendiente de David, sin pensar en absoluto en darse importancia, le bastaba con ser lo que Dios había querido que fuese, aplicándose a su oficio con tanta dedicación y cuidado como si tuviese que regir un reino.

Sin embargo, su pobreza no restaba nada a su nobleza, antes al contrario le revestía de ese brillo discreto a que hizo referencia Jesús en su Sermón de la Montaña, y que le hacía príncipe privilegiado de la primera bienaventuranza. Hijo de David por la carne, lo era mucho más todavía por el corazón y el espíritu. Representaba exactamente ese “justo” que su antepasado había cantado por adelantado acompañándose del salterio.

Su rostro reflejaba su dignidad y, más todavía, su santidad. Bajo sus hábitos artesanos, había unas maneras que llamaban la atención, pues no se solían encontrar entre gentes de su oficio. Tenía en su actitud y en su compostura un no sé qué de digno y sosegado que imponía respeto; en su rostro un aire de dulzura y de bondad, y en sus ojos un mirar limpio y profundo. Sigue leyendo

PREPARACIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN: CARTA ENCÍCLICA MISERENTISSIMUS REDEMPTOR

CARTA ENCÍCLICA
MISERENTISSIMUS REDEMPTOR
DEL SUMO PONTÍFICE
PÍO XI
SOBRE LA EXPIACIÓN QUE TODOS DEBEN
AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

INTRODUCCIÓN

Aparición de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque

1. Nuestro Misericordiosísimo Redentor, después de conquistar la salvación del linaje humano en el madero de la Cruz y antes de su ascensión al Padre desde este mundo, dijo a sus apóstoles y discípulos, acongojados de su partida, para consolarles: «Mirad que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo»(1). Voz dulcísima, prenda de toda esperanza y seguridad; esta voz, venerables hermanos, viene a la memoria fácilmente cuantas veces contemplamos desde esta elevada cumbre la universal familia de los hombres, de tantos males y miserias trabajada, y aun la Iglesia, de tantas impugnaciones sin tregua y de tantas asechanzas oprimida.

Esta divina promesa, así como en un principio levantó los ánimos abatidos de los apóstoles, y levantados los encendió e inflamó para esparcir la semilla de la doctrina evangélica en todo el mundo, así después alentó a la Iglesia a la victoria sobre las puertas del infierno. Ciertamente en todo tiempo estuvo presente a su Iglesia nuestro Señor Jesucristo; pero lo estuvo con especial auxilio y protección cuantas veces se vio cercada de más graves peligros y molestias, para suministrarle los remedios convenientes a la condición de los tiempos y las cosas, con aquella divina Sabiduría que «toca de extremo a extremo con fortaleza y todo lo dispone con suavidad»(2). Pero «no se encogió la mano del Señor»(3) en los tiempos más cercanos; especialmente cuando se introdujo y se difundió ampliamente aquel error del cual era de temer que en cierto modo secara las fuentes de la vida cristiana para los hombres, alejándolos del amor y del trato con Dios.

Mas como algunos del pueblo tal vez desconocen todavía, y otros desdeñan, aquellas quejas del amantísimo Jesús al aparecerse a Santa Margarita María de Alacoque, y lo que manifestó esperar y querer a los hombres, en provecho de ellos, plácenos, venerables hermanos, deciros algo acerca de la honesta satisfacción a que estamos obligados respecto al Corazón Santísimo de Jesús; con el designio de que lo que os comuniquemos cada uno de vosotros lo enseñe a su grey y la excite a practicarlo.

2. Entre todos los testimonios de la infinita benignidad de nuestro Redentor resplandece singularmente el hecho de que, cuando la caridad de los fieles se entibiaba, la caridad de Dios se presentaba para ser honrada con culto especial, y los tesoros de su bondad se descubrieron por aquella forma de devoción con que damos culto al Corazón Sacratísimo de Jesús, «en quien están escondidos todos los tesoros de su sabiduría y de su ciencia»(4).

Pues, así como en otro tiempo quiso Dios que a los ojos del humano linaje que salía del arca de Noé resplandeciera como signo de pacto de amistad «el arco que aparece en las nubes»(5), así en los turbulentísimos tiempos de la moderna edad, serpeando la herejía jansenista, la más astuta de todas, enemiga del amor de Dios y de la piedad, que predicaba que no tanto ha de amarse a Dios como padre cuanto temérsele como ímplacable juez, el benignísimo Jesús mostró su corazón como bandera de paz y caridad desplegada sobre las gentes, asegurando cierta la victoria en el combate. A este propósito, nuestro predecesor León XIII, de feliz memoria, en su encíclica Annum Sacrum, admirando la oportunidad del culto al Sacratísimo Corazón de Jesús, no vaciló en escribir: «Cuando la Iglesia, en los tiempos cercanos a su origen, sufría la opresión del yugo de los Césares, la Cruz, aparecida en la altura a un joven emperador, fue simultáneamente signo y causa de la amplísima victoria lograda inmediatamente. Otro signo se ofrece hoy a nuestros ojos, faustísimo y divinísimo: el Sacratísimo Corazón de Jesús con la Cruz superpuesta, resplandeciendo entre llamas, con espléndido candor. En El han de colocarse todas las esperanzas; en El han de buscar y esperar la salvación de los hombres».

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús

3. Y con razón, venerables hermanos; pues en este faustísimo signo y en esta forma de devoción consxguiente, ¿no es verdad que se contiene la suma de toda la religión y aun la norma de vida más perfecta, como que más expeditamente conduce los ánimos a conocer íntimamente a Cristo Señor Nuestro, y los impulsa a amarlo más vehementemente, y a imitarlo con más eficacia? Nadie extrañe, pues, que nuestros predecesores incesantemente vindicaran esta probadísima devoción de las recriminaciones de los calumniadores y que la ensalzaran con sumos elogios y solícitamente la fomentaran, conforme a las circunstancias. Sigue leyendo

PADRE CASTELLANI CUARTA CONFERENCIA 28 de Junio de 1969

Los Septenarios o Series de 7 de la profecía – Las siete iglesias – Carácter de los otros Septenarios

Los Cuatro Caballos simbólicos: Monarquía Cristiana, Guerra, Hambre y Persecución

Las siete plagas

 

Señores y Señoras:

En la conferencia anterior hablamos de lo externo del Apocalipsis, autor de, alrededor de, como dicen los franceses, que es más facil. Hoy vamos a hablar de lo interno, del contenido del Apocalipsis que es más difícil. Hablamos sobre la evolución de la interpretación del Apocalipsis que tal vez interesa más a los especialistas que a nosotros, pero puede servir para ir adelantando ya cosas del interior, o sea cosas sobre el mismo texto del Apocalipsis. Después hablé de las desviaciones, sobre los tergiversadores y evasores y también hablé sobre el arte del Apocalipsis, es decir las construcciones artísticas con respecto al libro—y son todas cosas alrededor del libro, no de adentro del libro.

Me olvidé de hablar de una realización artística argentina, de Víctor Delhez que hizo una especie de planchas grandes de más de medio metro de alto sobre las escenas del Apocalipsis; hizo por lo menos treinta planchas grandes que no las publicó hasta ahora. Son muy hermosas porque es un gran grabador, es decir xilógrafo. Las expuso en Mendoza y después las expuso aquí en Buenos Aires, después en Nueva York y no consiguió venderlas porque nadie quiso le dar el dinero que él pretendía por esas obras. También hizo un contrato con Kraft para publicar una edición del Apocalipsis, de esas lujosas que hacen, pero al final no se llegó a nada por lo mismo, porque no convinieron en el precio.

A pesar de que la interpretación ha progresado mucho, quedan muchas cosas oscuras. Por ejemplo, al llegar al Milenio—lo veremos en la clase próxima—un gran doctor dice: “Lo que es el Milenio, lo sabremos cuando se cumpla”. Pero por lo menos podemos saber lo que no es el Milenio, porque ayer leí un libro muy campanudo, un libro lujosísimo editado hace pocos días el que habla del Milenio y dice un error fenomenal, dice lo contrario de lo que es el Milenio; dice “los milenistas dicen tal cosa” y es lo contrario lo que dicen los milenistas. Ya lo veremos más adelante.

El Apocalipsis es como la ampliación de la profecía de Cristo sobre su Segunda Venida. No es de estilo directo, sino simbólico. Por eso los grandes Padres llaman al capítulo XXIV de San Mateo “apocalipsis abreviado”. Mejor se podría decir que el Apocalipsis es un San Mateo ampliado, es el discurso escatológico ampliado, ampliado y añadido.

El libro está dividido en 22 capítulos, una división reciente, del s. XV, y artificial. San Beda el Venerable lo había dividido en siete partes. Yo conté simplemente las distintas visiones, o cuadros, o estampas y después encontré que lo mismo había hecho un antiguo Primatius Latinus. Las visiones son las siguientes:

Mensajes a las siete iglesias.

Visión del libro y del Cordero.

Visión de los siete sellos.

Signación de los 144.000 elegidos.

Visión de las siete tubas.

Visión del libro devorado.

Visión de la medición del Templo.

Visión de los dos testigos.

Visión de la séptima tuba, y

Visión de la mujer coronada.

Estas diez primeras visiones son más históricas que escatológicas, es decir, se refieren a sucesos que no son todavía el fin. Las siguientes son escatológicas, es decir, referidas directamente a los Últimos tiempos, y son también diez:

Visión de las dos fieras.

Visión de las vírgenes y el Cordero.

Visión del Evangelio eterno.

Visión del segador sangriento.

Visión de las siete fialas.

Visión de la gran ramera.

Visión de su caída.

Visión de reino milenario.

Visión del juicio final, y

Visión de la Jerusalén triunfante.

Ahora para la mejor exposición de estas clases, conviene dividir el Apocalipsis en tres partes. Hay que ocuparse primero de los Septenarios, después ocuparse del Anticristo que es como un pivote central y después ocuparse de las últimas grandes visiones que son netamente escatológicas, es decir, que sin ninguna duda refieren a los Últimos tiempos.

Los Septenarios. Son series de siete que se suceden con esta peculiaridad: que el profeta relata hasta el número seis y allí se detiene, el séptimo es siempre la Parusía. La marcha del Apocalipsis es más bien espiraloide, no es directa y tampoco es concéntrica, es más bien como un espiral, va avanzando lentamente con avances y retrocesos. El séptimo es siempre la Parusía; vuelve atrás: a eso llaman recapitulación que es peculiar de este libro y así fue notado desde el principio por Tertuliano, Tyconio y San Agustín. Se puede decir que San Juan da seis pasos y al llegar al séptimo retrocede cinco. Sigue leyendo

PREPARACIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN: ENCÍCLICA ANNUM SACRUM

CARTA ENCICLICA

ANNUM SACRUM

Del Sumo Pontífice León XIII

de la Consagración del género humano

al Sagrado Corazón de Jesús

A los Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y otros Ordinarios, en paz y comunión con la Sede Apostólica.

Hace poco, como sabéis, ordenamos por cartas apostólicas que próximamente celebraríamos un jubileo (annum sacrum), siguiendo la costumbre establecida por los antiguos, en esta ciudad santa. Hoy, en la espera, y con la intención de aumentar la piedad en que estará envuelta esta celebración religiosa, nos hemos proyectado y aconsejamos una manifestación fastuosa. Con la condición que todos los fieles Nos obedezcan de corazón y con una buena voluntad unánime y generosa, esperamos que este acto, y no sin razón, produzca resultados preciosos y durables, primero para la religión cristiana y también para el género humano todo entero.

Muchas veces Nos hemos esforzado en mantener y poner más a la luz del día esta forma excelente de piedad que consiste en honrar al Sacratísimo Corazón de Jesús. Seguimos en esto el ejemplo de Nuestros predecesores Inocencio XII, Benedicto XIV, Clemente XIII, Pío VI, Pío VII y Pío IX. Esta era la finalidad especial de Nuestro decreto publicado el 28 de junio del año 1889 y por el que elevamos a rito de primera clase la fiesta del Sagrado Corazón.

Pero ahora soñamos en una forma de veneración más imponente aún, que pueda ser en cierta manera la plenitud y la perfección de todos los homenajes que se acostumbran a rendir al Corazón Sacratísimo. Confiamos que esta manifestación de piedad sea muy agradable a Jesucristo Redentor.

Además, no es la primera vez que el proyecto que anunciamos, sea puesto sobre el tapete. En efecto, hace alrededor de 25 años, al acercarse la solemnidad del segundo Centenario del día en que la bienaventurada Margarita María de Alacoque había recibido de Dios la orden de propagar el culto al divino Corazón, hubo muchas cartas apremiantes, que procedían no solamente de particulares, sino también de obispos, que fueron enviadas en gran número, de todas partes y dirigidas a Pío IX. Ellas pretendían obtener que el soberano Pontífice quisiera consagrar al Sagrado Corazón de Jesús, todo el género humano. Se prefirió entonces diferirlo, a fin de ir madurando más seriamente la decisión. A la espera, ciertas ciudades recibieron la autorización de consagrarse por su cuenta, si así lo deseaban y se prescribió una fórmula de consagración. Habiendo sobrevenido ahora otros motivos, pensamos que ha llegado la hora de culminar este proyecto.

Este testimonio general y solemne de respeto y de piedad, se le debe a Jesucristo, ya que es el Príncipe y el Maestro supremo. De verdad, su imperio se extiende no solamente a las naciones que profesan la fe católica o a los hombres que, por haber recibido en su día el Bautismo, están unidos de derecho a la Iglesia, aunque se mantengan alejados por sus opiniones erróneas o por un disentimiento que les aparte de su ternura.

El reino de Cristo también abraza a todos los hombres privados de la fe cristiana, de suerte que la universalidad del género humano está realmente sumisa al poder de Jesús. Quien es el Hijo Único de Dios Padre, que tiene la misma substancia que El y que es “el esplendor de su gloria y figura de su substancia” (Hebreos 1:3), necesariamente lo posee todo en común con el Padre; tiene pues poder soberano sobre todas las cosas. Por eso el Hijo de Dios dice de sí mismo por la boca del profeta: “Ya tengo yo consagrado a mi rey en Sión mi monte santo… El me ha dicho: Tu eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Pídeme y te daré en herencia las naciones, en propiedad los confines de la tierra” (Salmo 2: 6-8).

Por estas palabras, Jesucristo declara que ha recibido de Dios el poder, ya sobre la Iglesia, que viene figurada por la montaña de Sión, ya sobre el resto del mundo hasta los límites más alejados. ¿Sobre qué base se apoya este soberano poder? Se desprende claramente de estas palabras: “Tu eres mi Hijo.” Por esta razón Jesucristo es el hijo del Rey del mundo que hereda todo poder; de ahí estas palabras: “Yo te daré las naciones por herencia”. A estas palabras cabe añadir aquellas otras análogas de San Pablo: “A quien constituyó heredero universal.”

Pero hay que recordar sobre todo que Jesucristo confirmó lo relativo a su imperio, no sólo por los apóstoles o los profetas, sino por su propia boca. Al gobernador romano que le preguntaba:”¿Eres Rey tú?”, el contestó sin vacilar: “Tú lo has dicho: Yo soy rey!” (Juan 18:37)La grandeza de este poder y la inmensidad infinita de este reino, están confirmados plenamente por las palabras de Jesucristo a los Apóstoles: “Se me ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra.” (Mt 28:18). Si todo poder ha sido dado a Cristo, se deduce necesariamente que su imperio debe ser soberano, absoluto, independiente de la voluntad de cualquier otro ser, de suerte que ningún poder no pueda equipararse al suyo. Y puesto que este imperio le ha sido dado en el cielo y sobre la tierra, se requiere que ambos le estén sometidos.

Efectivamente, El ejerció este derecho extraordinario, que le pertenecía, cuando envió a sus apóstoles a propagar su doctrina, a reunir a todos los hombres en una sola Iglesia por el Bautismo de salvación, a fin de imponer leyes que nadie pudiera desconocer sin poner en peligro su eterna salvación. Pero esto no es todo. Jesucristo ordena no sólo en virtud de un derecho natural y como Hijo de Dios sino también en virtud de un derecho adquirido. Pues “nos arrancó del poder de las tinieblas” (Colos. 1:13) y también “se entregó a si mismo para la Redención de todos” (1 Tim 2:6).

No solamente los católicos y aquellos que han recibido regularmente el Bautismo cristiano, sino todos los hombres y cada uno de ellos, se han convertido para El “en pueblo adquirido.” (1 P 2:9). También San Agustín tiene razón al decir sobre este punto: “¿Buscáis lo que Jesucristo ha comprado? Ved lo que El dio y sabréis lo que compró: La sangre de Cristo es el precio de la compra. ¿Qué otro objeto podría tener tal valor? ¿Cuál si no es el mundo entero? ¿Cuál sino todas las naciones? ¡Por el universo entero Cristo pagó un precio semejante!” (Tract., XX in Joan.).

Santo Tomás nos expone largamente porque los mismos infieles están sometidos al poder de Jesucristo. Después de haberse preguntado si el poder judiciario de Jesucristo se extendía a todos los hombres y de haber afirmado que la autoridad judiciaria emana de la autoridad real, concluye netamente: “Todo está sumido a Cristo en cuanto a la potencia, aunque no lo está todavía sometido en cuanto al ejercicio mismo de esta potencia” (Santo Tomás, III Pars. q. 30, a.4.). Este poder de Cristo y este imperio sobre los hombres, se ejercen por la verdad, la justicia y sobre todo por la caridad.

Pero en esta doble base de su poder y de su dominación, Jesucristo nos permite, en su benevolencia, añadir, si de nuestra parte estamos conformes, la consagración voluntaria. Dios y Redentor a la vez, posee plenamente y de un modo perfecto, todo lo que existe. Nosotros, por el contrario, somos tan pobres y tan desprovistos de todo, que no tenemos nada que nos pertenezca y que podamos ofrecerle en obsequio. No obstante, por su bondad y caridad soberanas, no rehúsa nada que le ofrezcamos y que le consagremos lo que ya le pertenece, como si fuera posesión nuestra. No sólo no rehúsa esta ofrenda, sino que la desea y la pide: “Hijo mío, dame tu corazón!” Podemos pues serle enteramente agradables con nuestra buena voluntad y el afecto de nuestra s almas. Consagrándonos a El, no solamente reconocemos y aceptamos abiertamente su imperio con alegría, sino que testimoniamos realmente que si lo que le ofrecemos nos perteneciera, se lo ofreceríamos de todo corazón; así pedimos a Dios quiera recibir de nosotros estos mismos objetos que ya le pertenecen de un modo absoluto. Esta es la eficacia del acto del que estamos hablando, y este es el sentido de sus palabras.

Puesto que el Sagrado Corazón es el símbolo y la imagen sensible de la caridad infinita de Jesucristo, caridad que nos impulsa a amarnos los unos a los otros, es natural que nos consagremos a este corazón tan santo. Obrar así, es darse y unirse a Jesucristo, pues los homenajes, señales de sumisión y de piedad que uno ofrece al divino Corazón, son referidos realmente y en propiedad a Cristo en persona.

Nos exhortamos y animamos a todos los fieles a que realicen con fervor este acto de piedad hacia el divino Corazón, al que ya conocen y aman de verdad. Deseamos vivamente que se entreguen a esta manifestación, el mismo día, a fin de que los sentimientos y los votos comunes de tantos millones de fieles sean presentados al mismo tiempo en el templo celestial.

Pero, ¿podemos olvidar esa innumerable cantidad de hombres, sobre los que aún no ha aparecido la luz de la verdad cristiana? Nos representamos y ocupamos el lugar de Aquel que vino a salvar lo que estaba perdido y que vertió su sangre para la salvación del género humano todo entero. Nos soñamos con asiduidad traer a la vida verdadera a todos esos que yacen en las sombras de la muerte; para eso Nos hemos enviado por todas partes a los mensajeros de Cristo, para instruirles. Y ahora, deplorando su triste suerte, Nos los recomendamos con toda nuestra alma y los consagramos, en cuanto depende de Nos, al Corazón Sacratísimo de Jesús.

De esta manera, el acto de piedad que aconsejamos a todos, será útil a todos. Después de haberlo realizado, los que conocen y aman a Cristo Jesús, sentirán crecer su fe y su amor hacia El. Los que conociéndole, son remisos a seguir su ley y sus preceptos, podrán obtener y avivar en su Sagrado Corazón la llama de la caridad. Finalmente, imploramos a todos, con un esfuerzo unánime, la ayuda celestial hacia los infortunados que están sumergidos en las tinieblas de la superstición. Pediremos que Jesucristo, a Quien están sometidos “en cuanto a la potencia”, les someta un día “en cuanto al ejercicio de esta potencia”. Y esto, no solamente “en el siglo futuro, cuando impondrá su voluntad sobre todos los seres recompensando a los unos y castigando a los otros” (Santo Tomás, id, ibidem.), sino aún en esta vida mortal, dándoles la fe y la santidad. Que puedan honrar a Dios en la práctica de la virtud, tal como conviene, y buscar y obtener la felicidad celeste y eterna.

Una consagración así, aporta también a los Estados la esperanza de una situación mejor, pues este acto de piedad puede establecer y fortalecer los lazos que unen naturalmente los asuntos públicos con Dios. En estos últimos tiempos, sobre todo, se ha erigido una especie de muro entre la Iglesia y la sociedad civil. En la constitución y administración de los Estados no se tiene en cuenta para nada la jurisdicción sagrada y divina, y se pretende obtener que la religión no tenga ningún papel en la vida pública. Esta actitud desemboca en la pretensión de suprimir en el pueblo la ley cristiana; si les fuera posible hasta expulsarían a Dios de la misma tierra.

Siendo los espíritus la presa de un orgullo tan insolente, ¿es que puede sorprender que la mayor parte del género humano se debata en problemas tan profundos y esté atacada por una resaca que no deja a nadie al abrigo del miedo y el peligro? Fatalmente acontece que los fundamentos más sólidos del bien público, se desmoronan cuando se ha dejado de lado, a la religión. Dios, para que sus enemigos experimenten el castigo que habían provocado, les ha dejado a merced de sus malas inclinaciones, de suerte que abandonándose a sus pasiones se entreguen a una licencia excesiva.

De ahí esa abundancia de males que desde hace tiempo se ciernen sobre el mundo y que Nos obligan a pedir el socorro de Aquel que puede evitarlos. ¿Y quién es éste sino Jesucristo, Hijo Único de Dios, “pues ningún otro nombre le ha sido dado a los hombres, bajo el Cielo, por el que seamos salvados” (Act 4:12). Hay que recurrir, pues, al que es “el Camino, la Verdad y la Vida”.

El hombre ha errado: que vuelva a la senda recta de la verdad; las tinieblas han invadido las almas, que esta oscuridad sea disipada por la luz de la verdad; la muerte se ha enseñoreado de nosotros, conquistemos la vida. Entonces nos será permitido sanar tantas heridas, veremos renacer con toda justicia la esperanza en la antigua autoridad, los esplendores de la fe reaparecerán; las espadas caerán, las armas se escaparán de nuestras manos cuando todos los hombres acepten el imperio de Cristo y sometan con alegría, y cuando “toda lengua profese que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre” (Fil. 2:11).

En la época en que la Iglesia, aún próxima a sus orígenes, estaba oprimida bajo el yugo de los Césares, un joven emperador percibió en el Cielo una cruz que anunciaba y que preparaba una magnífica y próxima victoria. Hoy, tenemos aquí otro emblema bendito y divino que se ofrece a nuestros ojos: Es el Corazón Sacratísimo de Jesús, sobre él que se levanta la cruz, y que brilla con un magnífico resplandor rodeado de llamas. En él debemos poner todas nuestras esperanzas; tenemos que pedirle y esperar de él la salvación de los hombres.

Finalmente, no queremos pasar en silencio un motivo particular, es verdad, pero legítimo y serio, que nos presiona a llevar a cabo esta manifestación. Y es que Dios, autor de todos los bienes, Nos ha liberado de una enfermedad peligrosa. Nos queremos recordar este beneficio y testimoniar públicamente Nuestra gratitud para aumentar los homenajes rendidos al Sagrado Corazón.

Nos decidimos en consecuencia, que el 9, el 10 y el 11 del mes de junio próximo, en la iglesia de cada localidad y en la iglesia principal de cada ciudad, sean recitadas unas oraciones determinadas. Cada uno de esos días, las Letanías del Sagrado Corazón, aprobadas por nuestra autoridad, serán añadidas a las otras invocaciones. El último día se recitará la fórmula de consagración que Nos os hemos enviado, Venerables Hermanos, al mismo tiempo que estas cartas.

Como prenda de los favores divinos y en testimonio de Nuestra Benevolencia, Nos concedemos muy afectuosamente en el Señor la bendición Apostólica, a vosotros, a vuestro clero y al pueblo que os está confiado.

Dado en Roma, el 25 de mayo de 1899, vigésimosegundo de Nuestro Pontificado

León XIII


IMPIOS!!!!

Tremenda impiedad de los Aspirantes de Buenos Aires de la Acción Católica. Dios pobre, con remiendos, Cristo igual… y todo lo demás. Señales de la apostasía reinante

Corpus Christi

de Aspirantes de Buenos Aires de Aspirantes Buenos Aires
Evangelio según san Juan  6, 51-58

ESTUDIOS DOCTRINALES: EL MATRIMONIO: MODERNOS ERRORES CONTRA LOS FINES DEL MATRIMONIO

ESTUDIOS DOCTRINALES:

MODERNOS ERRORES CONTRA LOS FINES DEL MATRIMONIO

¿Qué hay que pensar de ciertas teorías modernas que pretenden un cambio de valores en los fines del matrimonio?

Ya sabemos cuál es la enseñanza de la Iglesia. Los modernistas, desde la década de 1920, procuran poner como fin primario del matrimonio el amor recíproco de los cónyuges, que alcanzaría su máximo exponente en su unión carnal.

Para estos ideólogos, la procreación, más que el fin primario, no es sino una consecuencia del amor entre los cónyuges, que es para ellos el verdadero fin primario y esencial.

La Iglesia ha rechazado explícitamente semejantes novedades, que llevan lógicamente a las mayores aberraciones.

La Iglesia ha enseñado la distinción de los dos fines, su jerarquización y la subordinación del secundario al primario. Esto consta por las enseñanzas de Pío XII en diferentes ocasiones y por la formal y terminante declaración del Santo Oficio en 1944.

Retomemos las frases más importantes de la alocución de Pío XII, publicada en la entrega anterior:

Se trata de una grave inversión del orden de los valores y de los fines puestos por el mismo Creador.

La verdad es que el matrimonio, como institución natural, en virtud de la voluntad del Creador, no tiene como fin primario e íntimo el perfeccionamiento personal de los esposos, sino la procreación y la educación de la nueva vida.

Los otros fines, aunque también los haga la Naturaleza, no se encuentran en el mismo grado del primero y mucho menos le son superiores, sino que le están esencialmente subordinados.

Precisamente para cortar todas las incertidumbres y desviaciones que amenazan con difundir errores en torno a la escala de los fines del matrimonio y a sus recíprocas realizaciones, redactamos Nos mismo hace algunos años (10 de marzo de 1944) una declaración sobre el orden de aquellos fines, indicando lo que la misma estructura interna de la disposición natural revela, lo que es patrimonio de la tradición cristiana, lo que los Sumos Pontífices han enseñado repetidamente, lo que después en la debida forma ha sido fijado por el Código de Derecho Canónico (can. 1013 §1).

Es más, poco después para corregir la opinión opuesta, la Santa Sede, por medio de un decreto público declaró que no puede admitirse la sentencia de ciertos autores recientes que niegan que el fin primario del matrimonio es la procreación y la educación de la prole, o enseñan que los fines secundarios no están esencialmente subordinados al fin primario, sino que son equivalentes e independientes de él (S.C.S. Officii, 1 abril 1944: AAS, vol. 36, a. 1944. pág. 103).

No sólo la actividad común de la vida externa, sino también todo el enriquecimiento personal, el mismo enriquecimiento intelectual y espiritual, y hasta todo lo que hay de más espiritual y profundo en el amor conyugal como tal, ha sido puesto por la voluntad de la naturaleza y del Creador al servicio de la descendencia.

Decid, pues, a la novia o la recién casada que viniere a hablaros de los valores personales, que tanto en la esfera del cuerpo o de los sentidos, como en la espiritual, son realmente genuinos, pero que el Creador los ha puesto en la escala de los valores, no en el primero, sino en el segundo grado.

Si la naturaleza hubiese mirado exclusivamente, o al menos en primer lugar, a un recíproco don y posesión de los cónyuges en el gozo, en la delectación, y si hubiese dispuesto aquel acto sólo para hacer feliz en el más alto grado posible su experiencia personal, y no para estimularles al servicio de la vida, entonces el Creador habría adoptado otro designio en la formación y constitución del acto natural.

Ahora bien, éste es, por el contrario y en suma, totalmente subordinado y ordenado a aquella única grande ley de la generatio et educatio prolis; es decir, al cumplimiento del fin primario de matrimonio como origen y fuente de la vida.

Algunos querrían alegar que la felicidad en el matrimonio está en razón directa del recíproco goce en las relaciones conyugales.

No: la felicidad del matrimonio está en cambio en razón directa del mutuo respeto entre los cónyuges aun en sus íntimas relaciones; no como si ellos juzgaran inmoral y rechazaran lo que la naturaleza ofrece y el Creador ha dado, sino porque este respeto y la mutua estima que él engendra es uno de los más eficaces elementos de un amor puro, y por eso mismo tanto más tierno.

Estas enseñanzas Nuestras no tienen nada que ver con el maniqueísmo y con el jansenismo, como algunos quieren hacer creer para justificarse a sí mismos. Son sólo una defensa del honor del matrimonio cristiano y de la dignidad personal de los cónyuges.

He aquí, ahora, el texto íntegro del Decreto del Santo Oficio a que alude el Pío XII:

“Sobre los fines del matrimonio y su relación y orden, han aparecido en estos últimos años algunos escritos que afirman o que el fin primario del matrimonio no es la procreación de los hijos o que los fines secundarios no están subordinados al primario, sino que son independientes del mismo.

En estas elucubraciones, unos asignan un fin primario al matrimonio; otros, otro; por ejemplo: el complemento y perfección personal de los cónyuges por medio de la omnímoda comunión de vida y acción; el fomento y perfección del mutuo amor y unión de los cónyuges por medio de la entrega psíquica y somática de la propia persona, y otros muchos por el estilo.

En estos escritos, se atribuye a veces a palabras que ocurren en documentos de la Iglesia (como son, por ejemplo, fin primario y secundario), un sentido que no conviene a estas voces según el uso común de los teólogos.

Este nuevo modo de pensar y de hablar es propio para fomentar errores e incertidumbres; mirando de apartarlas, los Emmos. y Rvmos. Padres de esta Suprema Sagrada Congregación encargados de la tutela de las cosas de fe y costumbres, en sesión plenaria habida el miércoles, día 29 de marzo de 1944, habiéndose propuesto la duda:

“Si puede admitirse la sentencia de algunos modernos que niegan que el fin primario del matrimonio sea la procreación y educación de los hijos, o enseñan que los fines secundarios no están esencialmente subordinados al fin primario, sino que son igualmente principales e independientes.”

 , decretaron debía responderse:

 Negativamente.

El día 30 de dicho mes y año, Su Santidad aprobó y mandó publicar ese Decreto”.

(Acta Apostolicæ Sedis 36 (1944) 103; cf. Denzinger 2295. El decreto lleva fecha del 1º de abril de 1944.)

Podría pensarse que la concepción personalista del matrimonio, que invierte los fines y antepone el bien de los esposos al bien de la prole, solamente tiene influencia en el plano meramente especulativo, lo cual ya es muy grave. Pero, leyendo el Nuevo Código de Derecho Canónico y la jurisprudencia postconciliar, se descubre que es sobre esta concepción que se basan la mayor parte de las causas de nulidad en el derecho eclesiástico conciliar.

Por lo tanto, es fácil comprender aquellos Caveatis !, Caveatis ! (¡Cuidado!, ¡Cuidado!) pronunciados por el Cardenal Browne.

En efecto, fue grande la emoción en medio del aula conciliar cuando todas las miradas convergieron en el General de la Orden de Predicadores, que prosiguió:

“Si aceptamos esta definición, nos oponemos a toda la Tradición de la Iglesia y vamos-a pervertir el sentido del matrimonio. No podemos modificar las definiciones tradicionales de la Iglesia”.

Era el 29 de octubre de 1964, fecha en que los Padres del Concilio empezaron a discutir el artículo 21 de la Constitución Gaudium et spes (la Iglesia en el mundo moderno), consagrado al matrimonio y a la familia.

En dicho artículo se omitió voluntariamente el uso de las expresiones “fin primario” y “fin secundario”, y el cardenal Leger, arzobispo de Montreal, intervino ese mismo día para felicitar a los autores del esquema por haber omitido esta distinción de los fines.

Ante éstas y otras intervenciones, el Prefecto del Santo Oficio, el Cardenal Ottaviani, manifestó al día siguiente su estupefacción:

“Ayer se dijo en este Concilio que la posición adoptada hasta hoy en cuanto a los principios que rigen el Matrimonio era dudosa. ¿Significa esto que debe ponerse en duda la inerrancia de la Iglesia? ¿Acaso el Espíritu Santo no ha estado con su Iglesia durante siglos pasados para iluminar las inteligencias en este punto de doctrina?”

La lucha sólo estaba empezando; pero se puede decir que el combate se desarrolló en medio de la indiferencia de la mayor parte de los Obispos, que parecían no darse cuenta del peligro.

Al final del debate, se llevó a cabo una nueva revisión del texto, que se distribuyó el 12 de noviembre, el cual podía ahora interpretarse de manera que dejaba la libertad a los esposos de usar los medios anticonceptivos artificiales para limitar el número de hijos, siempre y, cuando tuviesen en vista mantener el amor conyugal.

El conjunto del capítulo sobre el matrimonio fue aprobado de este modo.

En ese momento, el mismo Pablo VI se decidió a intervenir: recordó la condenación de los anticonceptivos artificiales, suprimió la palabra “también” en una frase que dejaba suponer que la procreación era solamente un fin secundario del matrimonio, mencionó como “los principales documentos sobre el tema de la regulación de los nacimientos” la Encíclica de Pío XI Casti connubii y el Discurso de Pío XII a las comadronas y recomendó a los esposos la práctica de la castidad conyugal.

El cardenal Leger protestó contra estas rectificaciones, pero Pablo VI le expresó que eran obligatorias.

Al ver que no podían eliminarlas, intentaron suavizarlas: donde se condenaban los “anticonceptivos artificiales”, se habló de “prácticas ilícitas contrarias a la generación humana”, sobrentendiendo que pueda haberlas que sean lícitas; y se suprimieron las referencias al documento de Pío XII.

El esquema final ofrece gran disparidad de interpretaciones.

Así, en un pasaje del artículo 48 ya no existe la tradicional distinción entre fin primario y fin secundario:

“Por su índole natural, la institución del matrimonio y del amor conyugal están ordenados por sí mismos a la procreación y a la educación de la prole, con las que se ciñen como con su corona propia”.

Este texto está retomado casi exactamente en el número 50:

“El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole”.

La cuestión se agrava en el artículo 49, que considera el amor conyugal fuera de su primera finalidad, que es la transmisión de la vida:

“Este amor, por ser específicamente humano, ya que va de persona a persona con el afecto de la voluntad, abarca el bien de toda la persona, y, por tanto, es capaz de enriquecer con una dignidad especial las expresiones del cuerpo y del espíritu y ennoblecerlas como elementos y señales específicas de la amistad conyugal (…) Este amor se expresa y perfecciona singularmente con la acción propia del matrimonio. Por ello los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y dignos, y, ejecutados de manera verdaderamente humana, significan y favorecen el don recíproco, con el que se enriquecen mutuamente en un clima de gozosa gratitud”.

Como complemento, el artículo 50 tiene un pasaje muy ambiguo:

“Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres (…) De aquí que el cultivo auténtico del amor conyugal y toda la estructura de la vida familiar que de él deriva, sin dejar de lado [non posthabitis, en el original] los demás fines del matrimonio, tienden a capacitar a los esposos para cooperar confortaleza de espíritu con el amor del Creador y del Salvador, quien por medio de ellos aumenta y enriquece diariamente a su propia familia. En el deber de transmitir la vida humana y de educarla, lo cual hay que considerar como su propia misión, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios Creador y como sus intérpretes”.

Cabe preguntarse: la prole, “los hijos”, ¿constituye solamente “el don más excelente del matrimonio” o es el fin primario establecido por el Creador para la institución matrimonial?

 Al no existir más la distinción entre fin primario y fin secundario, y, por consiguiente, al haber nivelado y desjerarquizado los fines, ¿qué sentido tiene decir non posthabitis, sin dejar de lador los demás fines del matrimonio”? ¿Cuál es el fin que no debe posponer los demás?

Recordemos que Pío XII había enseñado que “Los otros fines, aunque también queridos por la naturaleza, no se encuentran en el mismo grado del primero y mucho menos le son superiores, sino que le están esencialmente subordinados”.

Como consecuencia de la ambigüedad antecedente, se explica de un modo muy confuso este deber que tienen los esposos de transmitir la vida:

“Por eso, con responsabilidad humana y cristiana cumplirán su misión, y con dócil reverencia hacia Dios se esforzarán ambos, de común acuerdo y común esfuerzo, por formarse un juicio recto, atendiendo tanto a su propio bien personal como al bien de los hijos, ya nacidos o todavía por venir, discerniendo las circunstancias de los tiempos y del estado de vida tanto materiales como espirituales, y, finalmente, teniendo en cuenta el bien de la comunidad familiar, de la sociedad temporal y de la propia Iglesia”.

¿Cuál es la misión que deben cumplir los esposos y sobré qué deben formarse un juicio recto, si en primer lugar se pone el propio bien personal y no el bien de los hijos?

“Todo enriquecimiento personal (…) ha sido puesto (…) al servicio de la descendencia”, enseñó Pío XII. Y agregó: “solamente por motivos graves los esposos pueden substraerse al deber, que la naturaleza y el Creador les impone”.

Las consecuencias de esta doctrina conciliar fueron graves. La nivelación y desjerarquización de los fines del matrimonio permitió a muchos obispos cambiar la enseñanza de la Iglesia. En efecto, si el perfeccionamiento de los esposos y la transmisión de la vida son dos fines igualmente importantes, puede aparecer el llamado “conflicto de deberes” y se puede recurrir de manera indiscriminada a la anticoncepción.

Pero si, como siempre ha enseñado la Iglesia, la transmisión de la vida es el fin primario del matrimonio, al que se subordina el perfeccionamiento de los esposos, la anticoncepción indiscriminada queda totalmente excluida.

Cuando hablamos aquí de anticoncepción, se entiende, evidentemente, la realizada por métodos naturales, porque la anticoncepción artificial está absolutamente prohibida, porque no sólo atenta contra el fin primario del matrimonio, sino que también desnaturaliza el acto procreador.

Ya veremos en otra entrega, Dios mediante, qué hay que pensar sobre la anticoncepción indiscriminada y la utilización de los períodos infecundos de la mujer como método anticonceptivo.

Durante el Concilio se perfilaba, pues, un nuevo concepto del matrimonio, todavía no muy claro, pues no se da una definición, sino de una imprecisión voluntaria.

Poco tiempo después llegó el nuevo Código de Derecho Canónico, publicado por Juan Pablo II el 25 de enero de 1983, Esta nueva legislación pretende ser, según las palabras mismas de Juan Pablo II un gran esfuerzo por traducir a lenguaje canónico la doctrina eclesiológica conciliar.

¿Podía pasar desapercibido en esta legislación el nuevo concepto de matrimonio? Evidentemente que no. Por eso, el nuevo Código de Derecho Canónico constituye una auténtica revolución, en el sentido estricto de la palabra, un cambio radical.

El canon 1055, que define el matrimonio, se caracteriza por la falta de distinción entre los fines del matrimonio, por su desjerarquización y por la ausencia de subordinación del segundo al primero, con el agravante de que aquél que era tenido por secundario aparece nombrado en primer término:

“La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, está ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole”

Resulta interesante leer los comentarios sobre este punto de la Biblioteca de Autores Cristianos (B.A.C.):

“La finalidad de la alianza matrimonial viene indicada en el mismo párrafo: ordenada al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole. Supone un cambio, casi radical, en relación con la doctrina mantenida hasta el Concilio Vaticano II. El canon anterior establecía una clasificación jerárquica de los fines del matrimonio, distinguiendo entre fin primario y fines secundarios. Esta clasificación fue reformada en el documento conciliar (…) cuando se negó afirmar y establecer una categoría jerárquica de dichos fines…”

Para concluir, releamos este texto de Monseñor Marcel Lefebvre, tomado de su libro Carta Abierta a los Católicos Perplejos:

En el caso del matrimonio, el problema se ha planteado igual. El matrimonio siempre se ha definido por su fin primario: la procreación; y por su fin secundario: el amor conyugal.

Pues bien, en el Concilio, quisieron cambiar esta definición y decir que ya no había un fin primario, sino que los dos fines que acabo de mencionar valen igual.

El que propuso este cambio fue el cardenal Suenens y aún me acuerdo cómo el cardenal Brown, superior general de los dominicos, se levantó para decir: «Caveatis, caveatis!: [¡Cuidado, cuidado!] Si aceptamos esta definición, vamos a ir contra toda la Tradición de la Iglesia y a pervertir el sentido del matrimonio. No podemos modificar las definiciones tradicionales de la Iglesia».

Entonces citó varios textos para apoyar su advertencia y se suscitó una gran emoción en la basílica de San Pedro. El Santo Padre le pidió al cardenal Suenens que moderara los términos que había empleado e incluso que los cambiara.

Pero de todos modos, la Constitución pastoral Gaudium et Spes no deja de tener un párrafo ambiguo, en el que se pone el acento en la procreación «sin subestimar por eso los otros fines del matrimonio».

El verbo latino posthabere se puede traducir: «sin colocar en segundo lugar los otros fines del matrimonio», que significa ponerlos a todos al mismo nivel.

Así es como quieren entender hoy el matrimonio, y todo lo que se dice de él tiene que ver con la falsa noción que expresaba el cardenal Suenens.

Según ella, el amor conyugal —que no ha tardado en llamarse simplemente y de manera mucho más cruda “sexualidad”— es el primero de los fines del matrimonio.

Consecuencia: en nombre de la sexualidad todo está permitido: anticoncepción, control de natalidad y, finalmente, el aborto.

Una mala definición basta para provocar un desorden total.

La Iglesia, en su liturgia tradicional, le hace rezar al sacerdote: «Señor, asistid con vuestra bondad a las instituciones que habéis establecido para la propagación del género humano…»

La Iglesia había escogido el trozo de la Epístola de San Pablo a los Efesios que precisa las obligaciones de los esposos y explica que sus mutuas relaciones son una imagen de las relaciones que unen a Cristo con su Iglesia.

Pero ahora, con mucha frecuencia, se invita a futuros esposos a que compongan su Misa, sin obligarlos a elegir una epístola de la Sagrada Escritura. Así que, en lugar de ese texto, pueden poner cualquier otro, o un pasaje del Evangelio que no tenga ninguna relación con el sacramento que van a recibir.

El sacerdote, en su sermón, procura no hablar de las obligaciones de los esposos, para no presentar una imagen poco atrayente de la Iglesia y, a veces, por no chocar a los divorciados que están en la ceremonia.

El patriarca de Lisboa: «No hay razones teológicas para excluir a las mujeres del sacerdocio»

Reconocido opositor a la Forma Extraordinaria del Rito Latino (ver aquí), el Card. Policarpo ciertamente no es a la única cosa a la que se opone. Atención, porque oficialmente va a ejercer hasta los 77 años (ver aquí).

Informaciòn de Vatican Insider Jun-25-2011, aunque la noticia proviene de medios de portugal, como Jornal de Notícias que le dió primera página ayer.


El patriarca de Lisboa: «No hay razones teológicas para excluir a las mujeres del sacerdocio»

Según lo que ha declarado en una entrevista el cardenal José da Cruz Policarpo, el problema consiste sobre todo en una «fuerte tradición que viene desde Jesús»

ANDREA TORNIELLI
ROMA

Habrá mujeres sacerdote «cuando Dios quiera», por el momento es mejor «no causar polémica». Pero no «hay ningún obstáculo fundamental» desde el punto de vista teológico para que las mujeres suban al altar a decir misa. Se trata, en cambio de «una tradición» que data de los tiempos de Jesús. Lo dijo el cardenal José da Cruz Policarpo, patriarca de Lisboa de setenta y cinco años, y apenas confirmado por otros tres años en la dirección de la diócesis de la capital portuguesa.

Policarpo respondió a una larga entrevista que le hizo la revista “OA”, que publica la orden de los abogados de Portugal. Explicó que, con respecto al sacerdocio femenino, «la posición de la Iglesia católica se basa mucho en el Evangelio, no tiene la autonomía de un partido o de un gobierno. Se basa en la fidelidad hacia el Evangelio, hacia la persona de Jesús y hacia una tradición muy fuerte que proviene de los apóstoles».

«Juan Pablo II – continuó Policarpo – en cierto momento pareció dirimir la cuestión». La referencia a la carta apostólica “Ordinatio sacerdotalis” (1994), uno de los documentos más breves de Juan Pablo II, con el que el Papa, tras la decisión de la comunión anglicana de permitir el sacerdocio a las mujeres, sostenía que la Iglesia católica no lo habría hecho nunca.

«Pienso – dijo el cardinal Policarpo – que la cuestión no se puede resolver así. Teológicamente no hay ningún obstáculo fundamental; existe esta tradición, digamos: no se ha hecho nunca en otro modo».

A las preguntas de la entrevistadora, llevada por la afirmación del purpurado sobre el hecho de que no existen razones teológicas contra las mujeres sacerdote, Policarpo respondió: «Pienso que no hay ningún obstáculo fundamental. Es una igualdad fundamental de todos los miembros de la Iglesia. El problema consiste en una fuerte tradición, que viene desde Jesús y desde la facilidad con la que las Iglesias reformadas han concedido el sacerdocio a las mujeres».

Las afirmaciones del purpurado portugués tienen como objetivo abrir la discusión. Un año después de esa carta de Juan Pablo II se planteó una duda (dubium) ante la Congregación para la doctrina de la fe, entonces dirigida por el cardenal Joseph Ratzinger y Tarcisio Bertone. Se preguntaba si «la doctrina, según la que la Iglesia no tiene la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, propuesta en la Carta apostólica “Ordinatio sacerdotalis”, debía considerarse de manera definitiva, y perteneciente al depósito de la fe». La respuesta, aprobada por Papa Wojtyla, fue afirmativa.

La Congregación explicó que «esta doctrina exige un asenso definitivo ya que, como se funda en la Palabra de Dios escrita y conservada en la Tradición de la Iglesia desde el inicio, fue propuesta infaliblemente por el magisterio ordinario y universal», por lo que «hay que considerarla siempre, donde sea y por quien sea, puesto que pertenece al depósito de la fe»

Tomado de Secretum Meum Mihi

P. CERIANI: SERMÓN PARA LA DOMÍNICA INFRAOCTAVA DEL CORPUS

DOMINGO INFRAOCTAVA DEL CORPUS CHRISTI

 

Cuando uno de los que comían a la mesa oyó esto, le dijo: “Bienaventurado el que comerá pan en el reino de Dios”. Y El le dijo: Un hombre hizo una grande cena y convidó a muchos. Y cuando fue la hora de la cena, envió uno de los siervos a decir a los convidados que viniesen, porque todo estaba aparejado: Y todos a una comenzaron a excusarse. El primero le dijo: He comprado una granja y necesito ir a verla; te ruego que me tengas por excusado. Y dijo otro: He comprado cinco yuntas de bueyes, y quiero ir a probarlas; te ruego que me tengas por excusado. Y dijo otro: He tomado mujer, y por eso no puedo ir allá. Y volviendo el siervo, dio cuenta a su señor de todo esto. Entonces airado el padre de familias dijo a su siervo: Sal luego a las plazas, y a las calles de la ciudad y tráeme acá cuantos pobres, y lisiados, y ciegos, y cojos hallares. Y dijo el siervo: Señor, hecho está como lo mandaste y aún hay lugar. Y dijo el señor al siervo: Sal a los caminos, y a los cercados, y fuérzalos a entrar para que se llene mi casa. Mas os digo, que ninguno de aquellos hombres que fueron llamados gustará mi cena.

El Señor acababa de enseñar a invitar a un convite a los que no pudieran retribuirlo, a fin de recibir la recompensa en la resurrección de los justos.

Creyendo uno de los convidados que era lo mismo la resurrección de los justos y el Reino de Dios, elogia la antedicha recompensa: Cuando uno de los que comían en la mesa oyó esto, le dijo: Bienaventurado el que comerá pan en el reino de Dios.

Este hombre era todo carnal, no comprendiendo lo que Jesús había dicho y creía que los premios de los santos son materiales; y como suspiraba por lo que estaba lejos, no veía el pan que deseaba y que tenía delante.

¿Cuál es el Pan del Reino de Dios, sino el que dice Yo soy el pan vivo que he bajado del cielo?

Por eso declara el Señor en la parábola siguiente que la indiferencia no es digna de los Banquetes Celestiales; y prosigue, pues, con la parábola…

El Creador de todas las cosas, el Padre de la gloria, preparó una Gran Cena ordenada en Cristo. Y así brilló para nosotros el Hijo de Dios, que sufriendo la muerte por nosotros nos dio a comer su propio Cuerpo.

Celebró una Gran Cena, porque nos preparó la saciedad de su eterna dulzura; llamó a muchos pero vienen pocos.

El Evangelio de la Misa de este Domingo forma como el puente de enlace entre la Fiesta del Corpus Christi y todo la Liturgia del mismo, en cuyo contenido podemos distinguir tres Banquetes: el de la Redención, el de la Gracia y el de la Eucaristía.

La Cena de que habla el Salvador, es ante todo la gracia de la Redención. A ella estaban llamados como por título natural los miembros del Pueblo de Dios. Éstos eran los convidados.

Pero, por un misterio de iniquidad incomprensible, la mayor parte de aquellos desprecian en su arrogancia la humildad y mansedumbre del enviado del Padre, y se niegan a tomar parte en el Banquete de la Redención.

Y envió a uno de sus siervos. Este siervo que envió el Padre fue el mismo Jesucristo, el cual, siendo por naturaleza Dios y verdadero Hijo de Dios, se humilló a sí mismo tomando la forma de siervo.

Fue enviado a la hora de la Cena. Añade el Evangelio: Porque todo estaba aparejado. El Padre había preparado en Jesucristo los bienes dados por Él al mundo: el perdón de los pecados, la participación del Espíritu Santo y el brillo de la adopción. A esto llamó Jesucristo por las enseñanzas de su Evangelio.

Envió a que viniesen los invitados, esto es, los llamó por los Profetas enviados con este fin, los cuales en otro tiempo invitaban a la Cena de Jesucristo. Fueron enviados en varias ocasiones al pueblo de Israel.

Muchas veces los llamaron para que viniesen a la hora de la Cena; aquéllos recibieron a los que los invitaban, pero no aceptaron el convite. Leyeron a los Profetas… y mataron al Cristo.

Y entonces prepararon, sin darse cuenta de ello, esa Cena para nosotros.

Dios nos ofrece, pues, lo que debía ser rogado. Quiere dar lo que casi no podía esperarse y, sin embargo, todos se excusan a una.

Tres fueron las excusas que se dieron.

En la granja comprada se da a conocer el dominio; luego el vicio de la soberbia es el primer castigado.

Así, pues, se prescribe al varón de la santa milicia que menosprecie los bienes de la tierra. Porque el que atendiendo a cosas de poco mérito compra posesiones terrenas, no puede alcanzar el Reino del Cielo. Por eso dice el Señor: Vende todo lo que tienes y sígueme.

Las cinco yuntas de bueyes son los cinco sentidos corporales. Se llaman yuntas de bueyes porque por medio de estos sentidos carnales se buscan todas las cosas terrenas, y porque los bueyes están inclinados hacia la tierra. Y los hombres que no tienen fe, consagrados a las cosas de la tierra, no quieren creer otra cosa más que aquellas que perciben por cualquiera de estos cinco sentidos corporales.

Y como los sentidos corporales no pueden comprender las cosas interiores y sólo conocen las exteriores, puede muy bien entenderse por ellos la curiosidad, que examinando la vida ajena desconoce la suya íntima y cuida de verlo todo por el exterior.

El que ha tomado mujer se goza en la voluptuosidad de la carne, y el ello se ve la pasión carnal que estorba a muchos.

Aunque el matrimonio es bueno y ha sido establecido por la Divina Providencia para propagar la especie, muchos no buscan esta propagación, sino la satisfacción de sus voluptuosos deseos; y por tanto, convierten una cosa justa en injusta.

Se dieron por excusado; prefirieron las cosas materiales y desdeñaron las espirituales. Ahora bien, hay una diferencia entre las complacencias del cuerpo y las del corazón:

Cuando no se disfrutan las cosas del cuerpo, se tiene un gran deseo de ellas; y cuando se obtienen, hastían al que las alcanza por la saciedad.

Lo contrario sucede con las delicias espirituales. Cuando no se tienen, parecen desagradables; y cuando se alcanzan, se desean más.

Hay una gran diferencia entre los goces del mundo y los goces de la religión.

Se desean ardientemente los primeros, antes de que se los posea, porque no se conoce todo su vacío y la impotencia que hay en ellos para hacernos felices; y después de haberlos obtenido con mucha solicitud y penas, traen el fastidio, porque la experiencia hace sentir su vanidad.

Lo contrario sucede con los goces de la religión: antes de gustarlos no se desean, porque no se han conocido sus encantos; pero, una vez que se los ha gustado, que se ha sentido su excelencia y dulzura, se los desea más vivamente, y cuanto más se gustan, más se les desea, porque se conoce más su alto precio.

La virtud es tan bella, se aviene tan bien con el corazón del hombre, que cuanto más se la practica, más celo hay por ejercitarla.

Quien beba de esta agua, dice Jesucristo, más sed tendrá de ella, es decir, que deseará siempre avanzar más en la práctica de la virtud; el mundo y sus falsos goces le serán insípidos; y le disgustarán, según esta otra palabra del Señor: Quien beba el agua que Yo le daré, no tendrá jamás sed, de los vanos placeres de la tierra, se entiende.

Todos sus deseos se dirigirán a los puros goces de la virtud y quedará a la vez saciado y hambriento, sediento y refrigerado; porque tal es la propiedad de los bienes espirituales, que sacian y excitan el hambre, calman y avivan la sed.

Uno se sacia, porque encuentra en Dios todos los bienes; siente hambre, porque, en gustando estos bienes, se les encuentra tan deliciosos, que se les desea siempre más.

El corazón regocijado canta las alabanzas de Dios y de la virtud; pero ello es un cántico siempre nuevo, porque siempre halla nuevas bellezas que admirar y amar.

Juzguemos, pues, por la medida de nuestros deseos en qué grado de virtud estamos.

Y todos a una comenzaron a excusarse… Indignado el Padre, borra sus nombres del puesto honorífico que ocupaban, y dirige su invitación a los pobres y desgraciados, es decir, a la gente humilde y sencilla del pueblo: Sal luego a las plazas, y a las calles de la ciudad y tráeme acá cuantos pobres, y lisiados, y ciegos, y cojos hallares

Mas no hallándose todavía llena de invitados la sala, el Padre manda llamar a los forasteros, a los extranjeros: Sal a los caminos, y a los cercados, y fuérzalos a entrar para que se llene mi casa

Y con ellos se completó el número de comensales y comenzó el festín.

Si en los convidados al banquete están representados los judíos, en los desgraciados, y sobre todo en los extranjeros, estamos figurados nosotros, los que no pertenecíamos al Pueblo de Dios, los que no podíamos alegar título alguno al Banquete de la Redención.

La magnanimidad del Padre es tan grande, que hasta para nosotros ha dispuesto un lugar en su Cena; hasta a nosotros ha hecho llegar su invitación; hasta nosotros hemos podido sentarnos junto a los hijos de Abrahán en la gran Cena.

Aun más, hemos llegado a formar el grupo de los preferidos. ¡Oh inmensa bondad la del Padre! ¡Oh dicha incomparable la nuestra! No lo meditamos como es nuestro deber.

No nos damos cuenta del particularísimo favor que importa el haber recibido las aguas bautismales. Porque ¿qué méritos hicimos antes de nacer, para venir a la existencia en un país católico y de padres piadosos?

¿No estaba en lo posible y hasta en lo probable, que nuestros padres fueran herejes o paganos, siendo relativamente tan reducido el número de católicos en el mundo?

¿Por qué, pues, tengo la dicha de figurar entre los bautizados en Cristo? Por pura misericordia.

Respondamos, pues, a esa misericordia con un canto de gratitud…

En la gran cena de la parábola está, entonces, también figurado el Festín de la Gracia y de todos los favores sobrenaturales de que el Señor nos ha hecho partícipes.

¡Cuantísimas gracias las que ha derramado sobre nosotros desde el primer momento de nuestra existencia!

Finalmente, el banquete de la parábola puede ser referido en sentido místico al Banquete Eucarístico.

Cristo Señor Nuestro al terminar el curso de esta vida mortal, bajo el exceso de su inmensa caridad para con los hombres, dejó la Sagrada Eucaristía como poderoso auxilio para la vida del mundo.

Conocer con fe íntegra la eficacia de la Santísima Eucaristía, es lo mismo que conocer cuál sea la obra que para perfeccionar al género humano realizó el Dios hecho hombre, con su poderosa misericordia.

El que atenta y religiosamente considere los beneficios que emanan de la Eucaristía, entenderá ciertamente que Ella excede y sobrepuja a todas las demás cosas, cualesquiera sean los beneficios que se contienen en las mismas; pues de Ella procede para los hombres la vida, que es la verdadera vida: El pan que yo les daré, es mi carne por la vida del mundo.

Cristo es vida; Quien para esto vino y vivió entre los hombres, para darles abundancia de vida más que humana: He venido para que tengan vida y la tengan abundantemente.

Mas como quiera que ésta que llamamos vida tiene manifiesta semejanza con la vida natural del hombre, así como ésta se sostiene y robustece con el alimento, así aquélla conviene tenga también un alimento o comida que la sustente y fortalezca.

Este pan, advierte Nuestro Señor, no es aquel maná celestial de la peregrinación por el desierto; sino que Yo mismo soy este pan: Yo soy el pan de vida.

Y de esto mismo les persuade más ampliamente invitándoles y mandándoles: Si alguno comiere de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi Carne por la vida del mundo…

Y les mostró la gravedad del precepto de este modo: En verdad, en verdad os digo si no comiereis la carne del hijo del hombre y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros.

¿Qué más puede desearse, que ser hechos en cuanto sea posible, participantes de la naturaleza divina? Pues esto es lo que principalmente nos da Cristo en la Eucaristía, por la cual el hombre, con el auxilio de la gracia, es elevado al consorcio de la divinidad y unido a Cristo íntimamente.

Esta es, precisamente, la diferencia que existe entre el alimento del cuerpo y el del alma, que así como aquél se convierte a nosotros, así éste nos convierte a nosotros en él; a este propósito San Agustín pone en boca de Cristo estas palabras: Tú no me transformarás en ti, como si fuese el alimento de tu cuerpo, sino que tú te transformarás en mí.

Cristiano, a ese Banquete Celestial has sido tú invitado. Aunque pobre y desgraciado, se ha dignado el Padre recibirte en su sala. Humíllate y contéstale agradecido.

Pero ten en cuenta que el afán de riquezas y de placeres es lo que impide la percepción del fruto de este Banquete.

Procura, pues, mortificar en ti esas bajas tendencias. No seas tú de los que no pudieron tomar parte en la gran cena, porque habían comprado una granja o unos bueyes, o porque habían de tomar esposa.

Sé de los pobres de espíritu, y así tendrás la dicha de albergar en tu corazón al Rey de Cielos y tierra y de poseer el Reino de los Cielos.

Terminemos con las dos oraciones previstas para después de la Comunión, la de este Domingo y la de la fiesta del Corpus Christi:

Habiendo recibido estos sagrados dones, Te suplicamos, Señor, que con la frecuente participación de los Sagrados misterios se aumenten en nosotros los efectos de nuestra salvación.

Te rogamos, Señor, nos sacies con el sempiterno goce de tu divinidad; prefigurado en la recepción temporal de tu Preciosísimo Cuerpo y Sangre.

MONS. STRAUBINGER: JOB: LAS PRUEBAS DEL JUSTO

EL MISTERIO DEL MAL, DEL DOLOR Y DE LA MUERTE

 Comentarios y Ensayos de Monseñor Juan Straubinger sobre el Libro de Job

 

LAS PRUEBAS DEL JUSTO

EL SENTIDO DE LAS PRUEBAS

Entramos con esto al caso concreto del misterio de Job: ¿Para qué sufrimientos si no son castigos? ¿Para qué remedios si no existe enfermedad?

He aquí el problema que tortura nuestra inteligencia y que nadie podría afrontar con la sola razón, sino con aquella luz sobrenatural de la fe que nos enseña, según San Pablo, a “someter todo entendimiento a cautividad en obediencia de Cristo” (II Cor. 10, 5).

Entonces la pregunta ¿por qué sufre el justo? se aclara plenamente y el Espíritu Santo nos da la respuesta: “Porque la sabiduría… le prueba desde el principio en medio de las tentaciones… Entonces le afirmará, le allanará el camino, le llenará de alegría, le descubrirá sus arcanos y le enriquecerá con un tesoro de ciencia y de conocimiento de la justicia (Ecli. 4, 18 ss.).

Si Job hubiese sabido esto, sus penas habrían tenido inmenso lenitivo, porque no sólo se habría librado de esa cavilación que agrava el dolor con la angustia de querer vanamente hallarle una explicación; sino también que habría visto en todo momento en su prueba ese carácter de privilegio que implica el ser elegido por la Sabiduría, esa superioridad que señala Bossuet en su estudio sobre “La eminente dignidad de los pobres en la Iglesia”, y que no es en definitiva sino la gran paradoja del Sermón de la Montaña, donde aprendemos que todas esas cosas que el mundo llama desgracias, son “bienaventuranzas”.

Esta doctrina de la prueba del justo es exactamente la que nos enseñó Jesús al decirnos que su Padre, el Viñador, corta por inservible el sarmiento que no da fruto, y al que produce lo poda para que dé más frutos” (Juan 15, 1 s.).

¿No es acaso explicable esta ley del progreso? ¿Acaso el Rey podría elegir para esposa a una pastora, sin pulirla según los modales de su rango? ¿O podría elegir un privado, sin alejarlo de las disipaciones mundanas para que pudiese estudiar los altos negocios del Estado?

Tal fue el caso de Job, y así hemos de mirarlo, a menos de prescindir del dogma del pecado original y hacer de aquél un personaje de tal manera imposible, que carezca de la realidad necesaria para ser aleccionador.

Es decir, pues, que Job era justo, pero ni él ni nadie entre los mortales pudo poseer tal perfección que no fuese susceptible de aumentarse a los ojos del Divino Rey.

Agreguemos aquí, ya que se trata de recoger lecciones, que el misterio revelado por Jesús en el citado texto, llega más lejos aún, cuando Él añade: “Vosotros ya estáis limpios, o causa de la palabra que os he predicado” (Juan 15, 3). Lo cual nos muestra que el contacto permanente con las palabras del Evangelio, puede hasta librarnos de las pruebas.

¿Acaso no es eso lo que entendió David, al decir (Salmo 1) que un tal hombre, que medita la palabra de Dios día y noche, será como un árbol junto al río, para el cual no habrá sequía como para los demás, y dará con certeza su fruto en tiempo oportuno… esto es, sin necesidad de ser podado.

LA ELECCIÓN

No puede decirse que el caso de Job sea regla general. Es precisamente su carácter singular lo que nos lo presenta como un misterio que necesitamos desentrañar.

La regla general, sobre la cual nos hablan muchas veces el Antiguo y el Nuevo Testamento, es la que está contenida en el Salmo 127: El hombre fiel a Dios será próspero también en esta, vida y gozará del fruto de sus trabajos junto a la esposa, comparada a la parra fecunda, rodeada en su mesa de sus hijos como renuevos de olivo.

La dichosa paz de la vida patriarcal —”tanta cuanta cabe en este destierro”—; la historia de Tobías, etc., son ejemplos de esas bendiciones con que Dios premia a sus amigos en la tierra.

Advirtamos que ello explica, en parte, aunque no la justifica, esa, insistencia fanática con que los amigos de Job invocan tal regla, para deducir que si éste no goza de las prosperidades prometidas a los justos, no puede ser sino un pecador.

De ahí que en la dialéctica de los amigos abunden esos argumentos que son exactos si se los considera parcialmente, al punto de que San Pablo cita como verdad enseñada por la Escritura, las palabras de uno de aquéllos, Elifaz de Teman: “Porque la sabiduría de este mundo, dice el Apóstol, es necedad delante de Dios”, y agrega, citando el libro de Job: “Porque está escrito: Yo prenderé a los sabios en su propia astucia” (I Cor. 3, 19; Job 5, 13).

El error de los amigos está en querer atar la libertad de Dios, y suprimir todo misterio en su conducción de las almas, siendo así que nuestra vida espiritual está llena de misterios; de ahí la palabra “mística”, como lo sabe cualquiera que ha vivido la experiencia religiosa.

No advertían ellos que Dios podía confirmar la regla poniendo excepciones que contuviesen más altas enseñanzas. Porque la sabiduría de Dios, dice San Pablo, se trata en el misterio (I Cor. 2, 7).

En realidad tenemos un precedente en el caso de Tobías, llamado “semejante al santo Job” (Tob. 2,12 ss.), que en medio de su prosperidad sufre una gran prueba, que mantiene su preciosa fidelidad, y no obstante los insensatos consejos de su mujer, no sólo no se rebela, sino que “no se contrista contra el Señor” (Tob. 2,13) y que finalmente es colmado de bendiciones en su familia y descendencia.

Tobías, ejemplo de la más completa felicidad del hogar cristiano, lo es también de la prueba del justo, y el Ángel Rafael insinúa ya, en una breve sentencia, todo el misterio de la elección divina que había de desenvolverse a fondo en el libro de Job: “porque eras acepto a Dios, fue necesario que la tentación te probase” (Tob. 13, 13).

LAS PRUEBAS DE JOB EN EL PLAN DIVINO

Este carácter de las pruebas de Job, como tentación de su fe, resulta claramente del pacto inicial, en que Dios acepta el desafío de Satanás. Ya verás, le dice éste varias veces, cómo Job te desprecia en tu cara (1, 11; 2, 5).

Dios que todo lo sabe, permite entonces la tentación, no sólo porque prevé que Job saldrá triunfante y beneficiado, sino que también el mismo divino Padre se dispone a darle primero la fuerza para triunfar y luego el premio del triunfo. Con lo cual vemos verificarse lo que dice San Agustín: “Dios corona (premia) en nosotros sus propios dones.”

Si Job resulta un arquetipo en esto de las pruebas que no son castigos, no podemos decir, ni mucho menos, que fuese único en la materia: “Y si delante de los hombres han padecido tormentos, nos dice la Sabiduría, hablando de los justos, su esperanza está llena de inmortalidad; su tribulación ha sido ligera y su galardón será grande; porque Dios hizo prueba de ellos y hallólos dignos de sí” (Sab. 3, 4-5).

Hemos de insistir en el postulado firmísimo de que Dios permitió la prueba de Job como un acto de su misericordiosa providencia, sabiendo que Job saldría triunfante, y que entonces se cumpliría con él la promesa eterna: “No son de comparar los sufrimientos de lo vida presente con aquella gloria venidera que se ha de manifestar en nosotros” (Rom. 8, 18), y también la promesa temporal: “Muchas son las tribulaciones de los justos, pero de todas los librará el Señor” (S. 33, 20).

¿Acaso la prueba del justo Job duró toda su vida? No, por cierto. Apenas fue una etapa de ella. El mismo Jesús, varón de dolores, que padeció infinitamente más de cuanto somos capaces de pensar, no estuvo sin embargo toda su vida clavado en la Cruz. Sus persecuciones, luchas, ingratitudes, duraron tres años. El sumo tormento de la Pasión duró una noche y una mañana. El de la Cruz terminó en tres horas.

Gran lección es ésta para recordar lo pasajero de las penas, como también lo fugaz de los goces de aquí abajo, a fin de no alegrarnos desmesuradamente por éstos, ni entristecernos por aquéllos.

El recuerdo de los innumerables beneficios recibidos de Dios (S. 102, 2) y de las incontables veces que lo había consolado en su tribulación (S. 70, 20) acompañaba a David en sus insomnios (S. 62, 7) a fin de no caer en el desaliento. “¿Es posible, empezaba diciendo, que Dios me abandone para siempre…? ¿O pondrá fin a sus misericordias?” (S. 76, 8-9). Pero luego agregaba: “Hago memoria de las maravillas que has hecho desde el principio, y medito todas tus obras, y considero todos tus designios” (ibid., 12-13). Y entonces, consolado, concluía: “Oh Dios, santo es tu camino. ¿Qué Dios hay que sea grande como el Dios nuestro? Tú eres el Dios autor de los prodigios” (ibid., 14-15).

LAS PRUEBAS DE LOS JUSTOS

EN EL PLAN DIVINO

Pero es necesario que ahondemos todavía para comprender mejor el plan divino en la prueba del justo, y más aún como cristianos, o sea como hombres a quienes se ha concedido el ser hijos de Dios, mediante la fe en la Redención de Cristo (Juan 1, 12), como invitados al gran Banquete del Cuerpo Místico, pero que para ello necesitan revestirse del traje nupcial (Mat. 22, 12).

Si los justos del Antiguo Testamento ya se salvaron por la fe en la Promesa del Redentor, y no por la Ley, la cual nadie cumplía plenamente (Juan 7, 19; Gal. 3, 11; 6, 13; Rom. 7, 11), ¿cuánto más necesaria no será, esa fe viva en los méritos de Cristo, después de la Encarnación y de la Pasión?

Y sin embargo, nuestra fe es pobrísima, como ya lo reprochaba Jesús a los Apóstoles. Tan pobre es, que no hay nada bastante pequeño con que compararla, ya que si fuera solamente como el mínimo grano de mostaza, podríamos mandar a los árboles que se trasplantasen sobre el agua del mar, y nos obedecerían al instante, según la asombrosa promesa del mismo adorable Salvador (Luc. 17, 6).

Entendamos, pues, que lo que Dios necesita probar en nosotros, no es la resistencia física, como en los animales, ni “nuestras” virtudes, pues es dogma de fe que ninguna virtud tenemos propia. Es la fe (II Pedr. 1, 7), el crédito que damos a los misterios revelados; es la confianza que tenemos en la eficacia salvadora de la Redención; es, como dice San Bernardo, el aplicarnos verdaderamente a cada uno de nosotros, el valor de la Sangre de Cristo. Es esta una verdad muy sobrenatural, que difícilmente admitimos la bastante en la realidad de nuestra vida espiritual.

De ahí la necesidad de la prueba. Porque el cristiano cuya fe no es viva, el que no se siente justificado por los méritos de Cristo que se le aplican mediante esa fe (Ef. 2, 8), fatalmente incurrirá en uno de los dos extremos: o la tremenda desesperación, viéndose incapaz de justificarse por sí mismo y no teniendo quien lo salve, o la detestable presunción del que se cree suficiente para salvarse por su solo esfuerzo.

De ahí, pues, la necesidad que todos tenemos de ser probados en la fe: para que la comprobación de nuestra impotencia nos enseñe a recurrir al Padre Celestial, y a poner en Él toda nuestra confianza, por los méritos de su Hijo Jesucristo. Véase Mat. 6, 33.

En cuanto al género de esas pruebas, notemos que no se anuncia al cristiano especiales enfermedades o miserias. Lejos de ello. Jesús promete que el Padre nos dará por añadidura cuanto necesitamos, si buscamos con preferencia su Reino, esto es, si lo amamos sobre todas las cosas.

La prueba máxima que está anunciada a los creyentes es la persecución, por la confesión del Evangelio. Por eso, mártir quiere decir testigo. Es lo que más cuesta a muchos, pues preferirían sufrir dolores físicos a sufrir en su amor propio el desprecio y la burla.

Para el que se hace pequeño y confía en Dios, esa prueba se reduce a casi nada, pues, como dice Santo Tomás, el segundo fruto de la Palabra divina, después de darnos la fe, es darnos también el desprecio del mundo, por donde resulta que nuestro corazón, ya no se aflige, y más bien se goza, ante la insensata burla de los hombres.

Entonces comprendemos que el yugo de Jesús es suave (Mat. 11, 30), tan suave, que nos alivia en vez de pesar (ibid., 29).

EL PRIVILEGIO DE LA PRUEBA

Hemos visto, en el capítulo titulado “Elección”, que Dios tiene sus privilegiados, escogidos especialmente, como los Apóstoles, a quienes Jesús dijo: “No me elegisteis vosotros a Mí, sino que Yo os elegí a vosotros para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca” (Juan 15, 16).

Va sin decirlo, que esta elección de privilegio comporta la necesidad de corresponder a ella, de aceptarla con la alegría, la confianza y la gratitud que convienen a quien se siente objeto de una altísima distinción y sabe que ella le trae ventajas incomparablemente superiores a los esfuerzos que pueda demandarle.

La prueba de la tribulación es uno de esos altos dones de Dios, porque trae consigo privilegios muy grandes para el que la acepta en unión con Cristo, según sus propias palabras: “Vosotros sois los que constantemente habéis perseverado conmigo en mis tribulaciones: por eso Yo os preparo el Reino como mi Padre me lo preparó a Mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino, y os sentéis sobre tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel” (Lúe. 22, 28-30).

¿Quién no aceptará, si tiene un ápice de fe, esa gloriosa vocación de su Padre, que lo escoge como a hijo predilecto, a semejanza de Cristo, y para ello lo prueba, simplemente con el propósito de poner rectitud y verdad en su corazón que todos tenemos maleado mientras Dios no lo purifica? “Crea en mí, oh Dios, un corazón puro; y renueva en mis entrañas el espíritu de rectitud” (S. 50, 12).

Este lenguaje del rey David, es el propio de todo hombre que no reniega del Cristianismo. Porque, como no es posible vivir ajeno a Cristo, sino que hemos de estar con Él o contra Él (Luc. 11, 23), no podemos rehuir la luz que viene del Salvador, sin incurrir en la terrible condenación de aquel juicio que el mismo Jesús reveló a Nicodemo con estas palabras: “Este juicio consiste en que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, por cuanto sus obras eran malas. Pues quien obra mal, aborrece la luz, y no se arrima a ella, para que no sean reprendidas sus obras. Al contrario, quien obra según la verdad, se arrima a la luz, a fin de que sus obras se vean, como que han sido hechas según Dios” (Juan 3, 19-21).

Por lo mismo que no podemos pecar contra la luz y rechazar la iluminación que nos viene de Cristo, no podemos tampoco renunciar a ese privilegio de la elección, para la cual Él mismo suele prepararnos probando nuestra fe por medio de la persecución, y a veces también de las tribulaciones, que nos ayudan a despegar totalmente el corazón de los bienes aparentes, para arraigarlo en los bienes reales e inmarcesibles (II Cor. 4, 18).

¿Y por qué no podemos declinar el privilegio, y permanecer simplemente en esa penumbra espiritual en que la mayoría de los hombres vegetan, como si no hubieran sido redimidos por la Sangre de un Dios? Jesucristo nos da la respuesta: “Porque se pedirá cuenta de mucho aquel a quien mucho se le entregó; y a quien se han confiado muchas cosas, más cuenta le pedirán (Luc. 12, 48).

¡Ay de los que rechazan la invitación al banquete del Reino! “Pues os protesto que ninguno de los que antes fueron convidados, ha de probar mi cena” (Luc. 14, 24).

Continuará el próximo viernes

TOMÁS DE KEMPIS: MEDITACIONES PARA PREPARAR LA SOLEMNIDAD DEL CORPUS (CONTINUACIÓN)

IMITACIÓN DE JESUCRISTO

LIBRO CUARTO

Santísimo Sacramento del Altar

Pensamientos selectos – Continuación

Capítulo VII:

13º) Llora y duélete de que aún eres tan carnal y mundano, tan poco mortificado en las pasiones, tan lleno de movimientos de concupiscencia; tan poco diligente en la guarda de los sentidos exteriores, tan envuelto muchas veces en vanas imaginaciones; tan inclinado a las cosas exteriores, tan negligente en las interiores; tan fácil a la risa y a la disipación, tan duro para las lágrimas y la compunción; tan dispuesto a la relajación y regalos de la carne, tan perezoso al rigor y al fervor; tan curioso para oír novedades y ver cosas hermosas; tan remiso en abrazar las humildes y despreciadas; tan codicioso de poner mucho; tan encogido en dar; tan avariento en retener; Tan inconsiderado en hablar, tan poco detenido en callar; tan descompuesto en las costumbres, tan indiscreto en las obras; tan desordenado en el comer, tan sordo a las palabras de Dios; tan presto para holgarte, tan tardío para trabajar; tan despierto para oír hablillas y cuentos, y tan soñoliento para velar en oración; tan impaciente por llegar al fin, y tan vago en la atención; tan negligente en el rezo, tan tibio en la Misa, tan indevoto en la Comunión; tan a menudo distraído, tan raras veces enteramente recogido; tan prontamente conmovido a la ira, tan fácil para disgustar a los demás; tan propenso a juzgar, tan riguroso en reprender; tan alegre en la prosperidad, tan abatido en la adversidad; tan fecundo en los buenos propósitos, y tan estéril en ponerlos por obra.

Capítulo VIII:

14º) Así como yo me ofrecí voluntariamente por tus pecados a Dios Padre con las manos extendidas en la cruz, y todo el cuerpo desnudo, de modo que nada me quedó que no pasase en sacrificio para reconciliarte con Dios: Así debes tú también ofrecérteme cada día en la Misa en ofrenda pura y santa, cuanto más entrañablemente puedas, con toda la voluntad, y con todas tus fuerzas y deseos.

¿Qué otra cosa quiero de ti más que el que te entregues a Mí sin reserva? Cualquier cosa que me des sin ti, no gusto de ella; porque no quiero tu don, sino a ti mismo.

Así como no te bastarían todas las cosas sin Mí, así no puede agradarme a Mí cuanto me ofrecieres sin ti. Ofrécete a Mí y date todo por Dios, y será muy acepto tu sacrificio.

15º) Mira cómo Yo me ofrecí todo al Padre por ti; y también te di todo mi Cuerpo y Sangre en manjar, para ser todo tuyo, y que tú quedases todo mío. Mas si tú estás pegado a ti mismo, y no te ofreces de buena gana a mi voluntad, no es cumplida ofrenda la que haces, ni será entre nosotros entera la unión.

Capítulo IX:

16º) Yo deseo ofrecérteme de mi voluntad y quedar tuyo para siempre. Señor, con sencillez de corazón me ofrezco hoy a Ti por siervo perpetuo, en obsequio y sacrificio de eterna alabanza. Recíbeme con este Santo Sacrificio de tu precioso Cuerpo que te ofrezco hoy en presencia de los Ángeles que están asistiendo invisiblemente, para que los recibas por mi salud y la de todo el pueblo.

17º) Señor, yo te presento en el altar de tu misericordia todos mis pecados y delitos, cuantos he cometidos en tu presencia y de tus Santos Ángeles desde el día que comencé a pecar hasta hoy, para que Tú los abrases todos juntos y los quemes con el fuego de tu caridad, quites todas las manchas de ellos, limpies mi conciencia de todo delito, y me vuelvas a tu gracia que perdí por el pecado, perdonándomelos todos enteramente, y admitiéndome misericordiosamente al ósculo de tu paz y amistad.

18º) También te ofrezco, Señor todos mis bienes, aunque muy pocos e imperfectos, para que Tú los enmiendes y santifiques, para que los hagas agradables y aceptos a Ti, y siempre los mejores; y a mí, hombrezuelo inútil y perezoso, me lleves a un santo y bienaventurado fin.

19º) También te ofrezco todos los santos deseos de los devotos, y las necesidades de mis parientes, amigos, hermanos y de todos los conocidos, y de cuantos me han hecho bien a mí y a otros por tu amor; Y de todos los que desearon y pidieron que yo orase, o dijese Misa por ellos, y por todos los suyos vivos y difuntos; para que todos sientan el fervor de tu gracia, el auxilio de tu consolación, la protección en los peligros y en el alivio en los trabajos; para que, libres de todos los males, te den muy alegres y cordialísimas gracias.

20º) También te ofrezco mis oraciones y el sacrificio de propiciación, especialmente por los que en algo me han enojado o vituperado, o me han hecho algún daño o agravio; y por todos los que yo enojé, turbé, agravié y escandalicé, por palabra, por obra, por ignorancia o advertidamente; para que Tú nos perdones a todos nuestros pecados y ofensas recíprocas.

Aparta, Señor, de nuestros corazones toda mala sospecha, toda ira, indignación y contienda, y cuanto pueda estorbar la caridad, y disminuir el amor del prójimo.

Capítulo X:

21º) Muy a menudo debes acudir a la fuente de la gracia y de la misericordia divina; a la fuente de la bondad y de toda pureza, para que puedas sanar de tus pasiones y vicios, y merezcas hacerte más fuerte y más despierto contra todas las tentaciones y engaños del demonio. El enemigo, sabiendo el grandísimo fruto y remedio que hay en la sagrada Comunión, trabaja cuanto puede sin perder medio y ocasión por retraer y estorbar a los fieles y devotos.

22º) ¿De qué sirve retardar mucho la confesión, o diferir la sagrada Comunión? Límpiate cuanto antes, vomita luego el veneno, toma presto el remedio, y te hallarás mejor que si lo dilatares mucho tiempo.

Capítulo XI:

23º) ¡Oh, cuán grande y honorífico es el oficio de los sacerdotes, a los cuales es concedido consagrar al Señor de la majestad con las palabras sagradas, bendecirlo con sus labios, tenerlo en sus manos, recibirlo en su propia boca, y distribuirle a los demás! ¡Oh, cuán limpias deben estar aquellas manos, cuán pura la boca, cuán santo el cuerpo, cuán inmaculado el corazón del sacerdote, donde tantas veces entra el Autor de la pureza!

Capítulo XII:

24º) Pero conviene que no solo procures la devoción antes de comulgar, sino que también la conserves con cuidado después de recibido el Sacramento. Ni es menos necesario después el recogimiento y vigilancia, que lo es antes la devota preparación; porque el cuidado que después se tiene, es la mejor disposición para recibir nuevamente mayor gracia. Y al contrario, se indispone para ella el que luego se entrega con exceso a las complacencias exteriores. Guárdate de hablar mucho, recógete a algún lugar secreto, y goza de tu Dios; pues tienes al que no te puede quitar todo el mundo. Yo soy a quien te debes entregar sin reserva, de manera que ya no vivas en ti, sino en Mí sin cuidado alguno.

Capítulo XVIII:

25º) Guárdate de escudriñar inútil y curiosamente este profundísimo Sacramento, sino te quieres ver anegado en un abismo de dudas. El que es escrudriñador de la majestad, será abrumado de su gloria. Más puede obrar Dios, que lo que el hombre puede entender. Pero no se prohíbe el devoto y humilde deseo de alcanzar la verdad a aquellos que siempre están prontos a ser enseñados, y caminar según las santas doctrinas de los Santos Padres.

26º) Muchos perdieron la devoción, queriendo escudriñar las cosas sublimes. Fe se te pide y vida sencilla, no elevación de entendimiento ni profundidad de los misterios de Dios. Si no entiendes y comprendes las cosas más triviales, ¿cómo entenderás las que están sobre la esfera de tu alcance? Sujétate a Dios, y humilla tu juicio a la fe, y se te dará la luz de la ciencia, según te fuere útil y necesaria.

27º) Algunos son gravemente tentados contra la fe en este Sacramento; más esto no se de imputar a ellos, sino al enemigo. No tengas cuidado, no disputes con tus pensamientos, embriagándolos ni respondas a las dudas que el diablo te sugiere; sino cree en las palabras de Dios, cree a sus Santos y a sus Profetas, y huirá de ti el malvado enemigo. Muchas veces es muy conveniente al siervo de Dios el padecer estas tentaciones. Pues no tienta el demonio a los infieles y pecadores a quienes ya tiene seguros; sino que tienta y atormenta de diversas maneras a los fieles y devotos.

28º) Acércate, pues, con una fe firme y sencilla, y llégate al Sacramento con suma reverencia; y todo lo que no puedes entender, encomiéndalo con seguridad al Dios todopoderoso. Dios no te engaña; el que engaña es el que se cree a sí mismo demasiadamente. Dios anda con los sencillos, se descubre a los humildes, y da entendimiento a los pequeños, alumbra a las almas puras, y esconde su gracia a los curiosos y soberbios. La razón humana es flaca, y puede engañarse; mas la fe verdadera no puede ser engañada.

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI

A fines del siglo XIII, en Lieja, Bélgica, se suscita una gran piedad eucarística, cuyo centro fue la Abadía de Cornillón fundada en 1124 por el Obispo Albero de Lieja.

Este movimiento dio origen a varias solemnidades eucarísticas, como por ejemplo la Exposición y Bendición con el Santísimo Sacramento, el uso de las campanillas durante la elevación en la Misa y la fiesta del Corpus Christi.

Santa Juliana de Mont Cornillón

Por aquellos años priora de la Abadía, fue la enviada de Dios para propiciar esta Fiesta. La santa nace en Retines, cerca de Lieja, en 1193. Quedó huérfana muy pequeña y fue educada por las monjas Agustinas en Mont Cornillon. Cuando creció, hizo su profesión religiosa y más tarde fue superiora de su comunidad. Murió el 5 de abril de 1258, en la casa de las monjas Cistercienses en Fosses y fue enterrada en Villiers.

Desde joven, Santa Juliana tuvo una gran veneración al Santísimo Sacramento; y siempre anhelaba que se tuviera una fiesta especial en su honor. Este deseo se dice haber intensificado por una visión que tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba la ausencia de esta solemnidad en la Iglesia.

Juliana comunicó estas apariciones a Monseñor Roberto de Thorete, el entonces obispo de Lieja, también al docto Dominico Hugh, más tarde cardenal legado de los Países Bajos y a Jacques Pantaleón, en ese tiempo archidiácono de Lieja, más tarde Papa Urbano IV.

El obispo de Thorete se impresionó favorablemente y convocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración se tuviera el año entrante.

Al mismo tiempo, el Papa ordenó que un monje de nombre Juan escribiera el oficio para esa ocasión.

Monseñor de Thorete no vivió para ver la realización de su mandato, ya que murió el 16 de octubre de 1246; pero la fiesta se celebró por primera vez al año siguiente el jueves posterior a la fiesta de la Santísima Trinidad. Más tarde un obispo alemán conoció la costumbre y la extendió por toda la actual Alemania.

 El Papa Urbano IV, por aquél entonces tenía la corte en Orvieto, un poco al norte de Roma; muy cerca de esta localidad se encuentra Bolsena, donde en 1263 o 1264 se produjo el famoso Milagro eucarístico: un sacerdote que celebraba la Santa Misa tuvo dudas sobre la Consagración y la Transubstanciación. Al momento de partir la Sagrada Forma, vio salir de ella sangre de la que se fue empapando en seguida el corporal. La venerada reliquia fue llevada en procesión a Orvieto el 19 junio de 1264.

Hoy se conservan los corporales en Orvieto, y también se puede ver la piedra del altar en Bolsena, manchada de sangre.

El Sumo Pontífice, movido por el prodigio, y a petición de varios obispos, hizo que se extendiese la fiesta del Corpus Christi a toda la Iglesia por medio de la bula Transiturus, del 8 septiembre de 1264, fijándola para el jueves después de la octava de Pentecostés y otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la Santa Misa y al oficio.

Una afirmación contenida en el texto del documento deja entrever un tercer motivo que contribuiría a la promulgación de la mencionada festividad en el calendario litúrgico: “Aunque renovemos todos los días en la Misa la memoria de la institución de este Sacramento, aún estimamos conveniente que sea celebrada más solemnemente, por lo menos una vez al año, para confundir particularmente a los herejes; pues en el Jueves Santo la Iglesia se ocupa de la reconciliación de los penitentes, la consagración del santo crisma, el lavatorio de los pies y otras muchas funciones que le impiden dedicarse plenamente a la veneración de este misterio”.

Así, la Solemnidad del Santísimo Cuerpo de Cristo nacía también para contrarrestar la perjudicial influencia de ciertas ideas heréticas que se propagaban entre el pueblo en detrimento de la verdadera Fe.

El Papa Urbano IV encargó un Oficio y una Misa a San Buenaventura y a Santo Tomás de Aquino.

Célebre se hizo el episodio ocurrido durante la presentación por parte de los dos Santos Doctores. El primero en exponer su obra fue fray Tomás. Serena y calmamente, desenrolló un pergamino y los circundantes oyeron la declamación pausada de la Secuencia compuesta por él: Lauda Sion Salvatorem, lauda ducem et pastorem in hymnis et canticis…

La admiración general iba creciendo, mientras Fray Tomás concluía:…tuos ibi commensales, cohæredes et sodales, fac sanctorum civium…

Fray Buenaventura, sin titubear rasgó su composición…, rindiéndole tributo de esta manera al genio y a la piedad de Santo Tomás.

En 1317 se promulga una recopilación de leyes -por Juan XXII- y así se extiende la fiesta a toda la Iglesia.

Ninguno de los decretos habla de la procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración. Sin embargo estas procesiones fueron dotadas de indulgencias por los Papas Martín V (1417-1431) y Eugenio IV (1431-1447), y se hicieron bastante comunes a partir del siglo XIV.

Finalmente, el Concilio de Trento —en su Decreto sobre la Eucaristía, de 1551— declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable Sacramento con singular veneración y solemnidad; y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

A partir de este momento, la devoción eucarística florece con gran vigor entre los fieles: los himnos y antífonas compuestos por Santo Tomás de Aquino para la ocasión —entre ellos el Lauda Sion, verdadero compendio de teología del Santísimo Sacramento, llamado por algunos el Credo de la Eucaristía— pasaron a ocupar un lugar destacado dentro del tesoro litúrgico de la Iglesia.

Con el transcurso de los siglos, bajo el soplo del Espíritu Santo, la piedad popular y la sabiduría del Magisterio infalible se aliaron en la constitución de costumbres, usos, privilegios y honras que hoy acompañan al Servicio del Altar, formando una rica tradición eucarística.

El amor eucarístico del pueblo fiel no se limitó solamente a manifestaciones externas; al contrario, eran la expresión de un sentimiento profundo puesto por el Espíritu Santo en las almas, en el sentido de valorar el precioso don de la presencia sacramental de Jesús entre los hombres, conforme sus propias palabras: “Y yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

El misterio del amor de un Dios que no sólo se hizo semejante a nosotros para rescatarnos de la muerte del pecado, sino que quiso permanecer, en un extremo de ternura, entre los suyos, escuchando sus pedidos y fortaleciéndoles en sus tribulaciones, pasó a ser el centro de la vida cristiana, el alimento de los fuertes, la pasión de los santos.

San Pedro Julián Eymard, ardiente devoto y apóstol de la Eucaristía, expresaba:

“Se comprende que el Hijo de Dios, llevado por su amor al hombre, se haya hecho hombre como él, pues era natural que el Creador estuviese interesado en la reparación de la obra que salió de sus manos. Que, por un exceso de amor, el Hombre Dios muriese en la Cruz, se comprende también. Pero lo que no se comprende, aquello que espanta a los débiles en la Fe y escandaliza a los incrédulos, es que Jesucristo glorioso y triunfante, después de haber terminado su misión en la tierra, quiera permanecer aún con nosotros, en un estado más humillante y aniquilado que en Belén o en el Calvario”.

¿Cuáles deberían ser nuestra actitud y nuestros sentimientos al considerar el extremo de bondad que Dios hecho Hombre tiene hacia la criatura rescatada por su Sangre y no la abandonó, habiéndose encarnado, sino que se ha mantenido presente, asistiendo y amparando a todos los que a Él quisieran acercase?

Arrodillémonos delante del Tabernáculo o delante, aún mejor, del Ostensorio, entreguemos a Jesús Sacramentado todo nuestro ser —nuestro cuerpo con todos sus miembros y órganos, nuestro alma, con sus potencias, sus cualidades e incluso con sus propias miserias— y ofrezcámosle a Dios Padre la divina Sangre de su Hijo, derramada en la Cruz en reparación de nuestras faltas.

P. CERIANI: SERMÓN PARA LA SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI

 

En aquel tiempo dijo Jesús a las turbas de los judíos: El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí mora, y yo en él. Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, así también el que me come, él mismo vivirá en mí. Este es el pan que descendió del cielo. No como el maná que comieron vuestros padres, y murieron. Quien come este pan, vivirá eternamente.

El Evangelio de esta Fiesta es una perícopa selecta del discurso en que Jesús promete a la humanidad el Sacramento de su Cuerpo y Sangre.

El Señor había dado a comer milagrosamente a 5.000 hombres en el desierto. Aquellos judíos exaltados creyeron llegada la hora de levantarse contra el poder romano, proclamando Rey a un hombre tan portentoso. Jesús conoce sus designios, y se retira a la montaña.

Sus discípulos, por orden del Maestro, embarcan con dirección a la otra parte del mar de Tiberíades. La travesía fue borrascosa; la barca estuvo a punto de naufragar. Ya comenzaba a despuntar la aurora, cuando el Señor se les aparece en medio de las furiosas olas y calma con su palabra la tormenta. En la misma barca de los doce llega luego a Cafarnaum.

Mientras tanto, las muchedumbres, cansadas de buscar a Jesús, emprenden el mismo camino de los Apóstoles. Allí encuentran al Señor. Admirados, le preguntan: Muestro, ¿cuándo viniste aquí? El Salvador, decidido a esclarecer esas mentes, les dice: En verdad, en verdad os digo, vosotros me buscáis no por mi doctrina, sino porque os he dado de comer.

Esta respuesta da pie a un diálogo de tonos agrios por parte de la multitud, defraudada en sus esperanzas y en sus ensueños mesiánicos. El escándalo de los judíos llega a su cumbre, cuando Jesús les promete el Pan celestial de la Eucaristía.

Hasta aquel momento del discurso habían ido, poco a poco, apartándose del Salvador los nuevamente arribados por causa de la multiplicación de los panes; desde entonces comienzan a abandonarle también sus propios discípulos. Dura es esta doctrina —decían—, y ¿quién es el que puede escucharla?

¡Qué dolor para Jesús! En el momento en que hablaba al hombre de la prueba más excesiva de su amor, éste, rehusando tanta dilección, le vuelve las espaldas…

En esta ocasión no fue el corazón el culpable de la defección, sino el orgullo…

Misterio de fe, llama el Salvador a la Eucaristía; la fe exige que se doblegue el espíritu humano, y aquellos hombres no entendían de tales renuncias…

¡Qué herida tan profunda abriría tal ceguera e ingratitud en el corazón amoroso del Salvador!

Pero la escena de Cafarnaum, continúa a través de los siglos…. El dolor del Salvador ante la defección de los suyos no es más que el comienzo de un calvario angustioso que había de durar, no tres horas, sino siglos. Jesús comenzó en aquella ocasión a probar el amargo cáliz de la ingrata correspondencia de la humanidad al mayor de los beneficios divinos…

La historia de veinte siglos de sagrario no ha sido más que el desarrollo de la tragedia de dolor comenzada en la sinagoga de Cafarnaum. En el monumento perenne del amor es donde el Salvador es objeto de las profanaciones más horribles. En el misterio del Altar es donde prueba hasta las heces el cáliz amargo de la ingratitud.

En la Santa Misa renueva un milagro muy superior al milagro de la multiplicación de los panes, es decir, la maravilla del Cenáculo y la tragedia del Calvario.

Y cuando cree poder esperar que se lleguen todos, ebrios de amor y de emoción, a su costado, se inicia el desfile, la huida; el templo se convierte en sinagoga de Cafarnaum; la mayoría le abandona, sorda a aquel angustioso clamor de ardiente sed e infinita ternura; sólo quedan en torno suyo, sólo se acercan al comulgatorio, los doce, las almas privilegiadas…

Al terminar su discurso, Jesús se halla solo con los doce, únicamente éstos perseveraron a su lado mirando desfilar a la multitud. Su Corazón divino necesitaba entonces expansionarse de su mortal angustia, y en un arranque de ternura e intimidad les dice: Y vosotros, ¿queréis también abandonarme?

Señor, respondió Pedro por todos, ¿a quién iremos, si Te abandonamos? Tú sólo tienes palabras de vida eterna…

Con el amor y ardor que expresan aquellas palabras, Jesús queda más que pagado de las bajas sufridas… Junto a los doce su Corazón no sentirá la soledad.

Alma cristiana, también a ti te dirige hoy el Señor aquella pregunta bañada en triste melancolía… ¿Y tú también quieres abandonarme?

Contéstale, llena de amor: Señor, si me aparto de Ti, ¿a quién iré? Tú tienes palabras de vida eterna. Fuera de Ti, siento frío mortal. ¿Apartarme yo de Ti? ¿Cómo apartarme de mi Dios y Señor? No; sino unirme más y más a Ti, hasta quedar transformada por Ti. Tú dijiste: Quien me come, vivirá por Mí. Viva yo desde hoy de tu vida.

Un año más tarde, sobre el Ara de la Cruz pagó Jesucristo nuestro rescate. Pero su Sacrificio no duró tan sólo las tres horas de su agonía. Así como su Sacerdocio es eterno, así también está inmolando continuamente su Hostia, es decir, inmolándose a Sí mismo.

La Sagrada Eucaristía es su forma sensible de inmolación. Sobre el Ara del Altar se renueva de continuo, aunque de una manera incruenta, el mismo sacrificio de la Cruz.

La separación de las especies de pan y de vino simboliza la espada mística que inmola la víctima.

Al levantar el Sacerdote la Sagrada Hostia y el Santo Cáliz para la adoración, la tierra podría agitarse como el Calvario la tarde del Viernes Santo; y el cielo se abre, en realidad, como en aquella fecha en señal de aceptación de la saludable víctima.

En la Comunión, en fin, se consuma el sacrificio por la destrucción de la víctima, llegando nosotros por su medio a participar de los despojos del Cordero inmolado, de los frutos del sacrificio ofrecido.

Este carácter de la Eucaristía afirmó el Apóstol, cuando dijo: Cuantas veces comiereis de este Pan y bebiereis del Cáliz del Señor, anunciaréis la muerte del Señor.

Y el mismo Jesús, al entregársenos sacramentado, demostró claramente que se nos daba como víctima. Éste es el Cuerpo —dijo— que por vosotros se entrega. Éste es el Cáliz de mi Sangre… que por vosotros y por muchos será derramada en remisión de los pecados.

Así lo entendió siempre la Iglesia, y así lo confesamos los fieles.

¡Qué realidades tan excelsas nos envuelven!

¡Cuán afortunados somos!

Por nosotros, miserables pecadores, perpetúa el Señor su estado de Víctima, renovando cada día su Sacrificio

Enseña su Santidad, el Papa Pío XII, que el Misterio de la Sagrada Eucaristía, instituido por el Sumo Sacerdote, Jesucristo, y por orden suya constantemente renovado por sus ministros, es el punto culminante y el centro de la religión cristiana.

Cristo Nuestro Señor, Sacerdote sempiterno, según el orden de Melquisedec, en la última Cena, la noche en que era entregado, para dejar a la Iglesia un sacrificio visible, que fuese representación del Sacrificio cruento que había de consumarse una sola vez en la Cruz, para que permaneciese su recuerdo hasta el fin de los siglos y se aplicase su eficacia saludable para la remisión de los pecados que cada día cometemos, ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las apariencias de pan y de vino, símbolos bajo los cuales los entregó a los Apóstoles consagrados sacerdotes del Nuevo Testamento, al mismo tiempo que les intimaba la orden, tanto a ellos como a sus sucesores en el sacerdocio, de que renovasen la oblación.

El Augusto Sacrificio del Altar no es, pues, una pura y simple conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo, sino que es un Sacrificio propio y verdadero, por el que el Sumo Sacerdote, mediante su inmolación incruenta, repite lo que hizo en la Cruz, ofreciéndose al Padre como víctima gratísima.

Una sola y la misma es la víctima; y el que ahora se ofrece por el ministerio de los sacerdotes es el mismo que se ofreció entonces en la Cruz; sólo es distinto el modo de ofrecerse.

Idéntico, pues, es el Sacerdote, Jesucristo, cuya sagrada Persona es representada por su ministro. Éste, en virtud de la consagración sacerdotal que ha recibido, tiene el poder de obrar en virtud y en la Persona del mismo Cristo; por eso, con su acción sacerdotal, presta a Cristo su lengua y le ofrece su mano, como dice San Juan Crisóstomo.

Idéntica asimismo es la Víctima, es a saber, el Redentor Divino, según su naturaleza humana y en la verdad de su Cuerpo y su Sangre.

Es diferente, en cambio, el modo como Cristo se ofrece. En efecto, en la Cruz, Él se ofreció a Dios totalmente, con todos sus sufrimientos; pero esta inmolación de la Víctima fue llevada a cabo por medio de una muerte cruenta, voluntariamente padecida.

En cambio, sobre el Altar, a causa del estado glorioso de su naturaleza humana la muerte no tendrá ya dominio sobre Él, y por eso la efusión de la Sangre es imposible.

Con todo, la divina sabiduría halló un medio admirable para hacer manifiesto el Sacrificio de nuestro Redentor con señales exteriores, que son símbolos de muerte, ya que, gracias a la Transubstanciación del pan en el Cuerpo y del vino en la Sangre de Cristo, así como está realmente presente su Cuerpo, también lo está su Sangre; y las especies eucarísticas, bajo las cuales se halla presente, simbolizan la cruenta separación del Cuerpo y de la Sangre.

De este modo, la memorial demostración de su muerte, que realmente sucedió en el Calvario, se repite en cada uno de los Sacrificios del Altar, ya que la separación de los símbolos índica que Jesucristo está en estado de Víctima.

Idénticos, además, son los fines: la glorificación del Padre Celestial; dar gracias a Dios; la expiación, la propiciación y la reconciliación; la impetración.

San Pablo, al proclamar la superabundante plenitud y perfección del Sacrificio de la Cruz, declara que Cristo, con una sola ofrenda, hizo perfectos para siempre a los que ha santificado.

En efecto, los méritos de este Sacrificio, como infinitos e inmensos que son, no tienen límites, y se extienden a todos los hombres en cualquier lugar y tiempo, porque en él el Sacerdote y la Víctima es el Dios Hombre; en cuanto que su inmolación fue perfectísima, y en cuanto que quiso morir como Cabeza del género humano.

Sin embargo, este rescate no obtiene inmediatamente su efecto pleno; es menester que Cristo, después de haber rescatado al mundo al precio valiosísimo de Sí mismo, entre, en la posesión real y efectiva de las almas.

De aquí que, para que se lleve a cabo y sea grata a Dios la redención y salvación de todos los individuos y de las generaciones venideras hasta el fin de los siglos, es de necesidad absoluta que entren todos en contacto vital con el Sacrificio de la Cruz y así les sean transmitidos los méritos que de él se derivan.

Por eso, para que todos los pecadores se purifiquen en la Sangre del Cordero, es necesaria su propia colaboración.

Aunque Cristo, hablando en términos generales, haya reconciliado a todo el género humano con el Padre por medio de su muerte cruenta, quiso, sin embargo, que todos se acercasen y fuesen llevados a la Cruz por medio de los Sacramentos y por medio del Sacrificio de la Eucaristía, para poder obtener los frutos de salvación por Él logrados en la misma Cruz.

Jesucristo, mientras al morir en la Cruz concedió a su Iglesia el inmenso tesoro de la Redención, sin que Ella pusiese nada de su parte; en cambio, cuando se trata de la distribución de este tesoro, no sólo comunica a su Esposa sin mancilla la obra de la santificación, sino que quiere que en alguna manera provenga de su esfuerzo.

El augusto Sacrificio del Altar es, pues, un insigne instrumento para distribuir a los creyentes los méritos que brotan de la Cruz del Divino Redentor.

Cuantas veces se celebra la memoria de este Sacrificio, renuévase la obra de nuestra Redención. Y esto, lejos de disminuir la dignidad del Sacrificio cruento, hace resaltar, como afirma el Concilio de Trento, su grandeza y pregona su necesidad.

Al ser renovado cada día, nos advierte que no hay salvación fuera de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo; que Dios quiere la continuación de este Sacrificio desde Levante a Poniente, para que no cese jamás el himno de glorificación y de acción de gracias que los hombres deben al Criador, puesto que tienen necesidad de su continua ayuda y de la Sangre del Redentor para borrar los pecados que provocan su justicia.

Recemos, pues, como nos enseña la santa Liturgia:

Oh Dios, que nos dejaste la memoria de tu Pasión en ese Sacramento admirable: concédenos, que de tal suerte veneremos los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos continuamente en nuestras almas el fruto de tu Redención.