PADRE CASTELLANI: LA INSPIRACIÓN

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La inspiración.

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La Biblia, señores, para los cristianos y los hebreos es la palabra de Dios; para muchos sabios es el objeto de arduas investigaciones, y lo ha sido durante 20 siglos; para muchos poetas es un cofre de sublime poesía; y para todos es un asunto que va a ser arrojado a la curiosidad, a la atención y a la discusión pública por el actual Concilio Ecuménico Vaticano—y por los periodistas. Por eso estamos aquí para aprender algo acerca de él.

Leí recientemente estas 6 lecciones en el Uruguay porque me lo pidió un amigo y porque me gusta hablar de la Sagrada Escritura—convaleciente todavía de una operación quirúrgica. Como verán, son lecciones científicas, no son prédicas, de modo que pueden servir a los católicos y hebreos, a los protestantes y aun a los ateos si a mano viene. Han sido propiciadas por esta Parroquia como homenaje al Concilio Ecuménico que va a tratar de la Escritura si no me equivoco y me asombraría muchísimo si por caso no lo hiciera.

Para los católicos y los hebreos, como dije, la Biblia está inspirada por Dios: son los “Libros Sagrados”, hoy día puestos en tela de juicio y sumamente atacados—y defendidos. En ellos se basamenta la fe religiosa de cristianos y hebreos practicantes.

¿Qué significa “inspirados”? Significa que Dios es su causa principal y por eso pueden ser llamados simplemente “la palabra de Dios”. Creemos los católicos que Dios se dignó hacer una revelación a los hombres acerca de sí mismo y para eso empleó esa manera de palabra: “El que hizo el habla, ¿no podrá hablar?”. [1] Sí, pero si habla, su palabra tendrá que ser bastante especial.

¿Cómo hizo Dios para hablar, o sea (técnicamente) cuál es la naturaleza de la inspiración? Este es un objeto de discusión científica o teológica, sobre el cual se han dado todas las opiniones posibles, sin que sea posible una sola más, y se han escrito innumerables libros. Voy a exponerlo dando, primero una paradigma de todas las opiniones, después haciendo la exégesis de una perícopa de la Escritura (porque el movimiento se demuestra andando), y finalmente dando la teoría exacta y verdadera. Me propongo en estas lecciones proceder por ejemplos más que por abstracciones: “breve iter per exempla, longum iter per praecepta”, decía la antigua pedagogía: “breve es el camino del ejemplo, largo es el camino del precepto”.

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Jesucristo asumió como suya la afirmación de los judíos de que los libros de la Thorah (el Antiguo Testamento para nosotros) eran la Palabra de Dios; y equiparó su propia predicación a la predicación de los Profetas hebreos; y después sus Apóstoles hicieron lo mismo. Este es el hecho.

Y esta es la razón por qué nosotros creemos en la inspiración divina de las Escrituras; y no hay ninguna otra. Esta basta y sobra: Jesucristo el Mesías Hijo de Dios canonizó los libros que llamamos “la Biblia”, palabra griega que significa “los libros”. La Biblia no puede errar porque Jesucristo no puede errar; la Biblia contiene la Revelación divina porque Jesucristo era la Revelación divina. Así que a la pregunta, “¿Cómo entiende Ud. este pasaje de las Escrituras?” la respuesta es: “Lo entiendo como lo entendió Jesucristo”. Esta es la base de la exégesis. “-¿Y cómo lo entendió Jesucristo?”. Aquí viene el trabajo de la exégesis, o sea, la interpretación; de que hablaremos en la tercera lección.

Mi maestro el P. Van Laack decía que en el Nuevo Testamento (o sea en los libros sacros que proceden de Jesucristo y sus Apóstoles) había 3.000 citaciones o alusiones a los libros del A.T. No las he contado, supongo es exacto; mas lo que me interesa es que 15 veces en los Evangelios Jesucristo apela a la Sagrada Escritura contra sus adversarios, dándola como Palabra de Dios: “¿No habéis oído al Espíritu de Dios por boca de Isaías Profeta que dice… (esto y estotro)—y la Escritura no puede fallar?”—dice Jesucristo. Y los Apóstoles continúan la misma actitud. Este es el fundamente inconmovible de la fe católica en la “inspiración” de la Sagrada Escritura. No es el mismo fundamento que tienen los judíos. Pero es fudamento que tuvo el filósofo hebreo Bergson para poner a Jesucristo en la misma línea de los profetas hebreos—y más arriba dellos, por cierto, en su libro “La dos fuentes de la moral y la religión”; el último de los suyos.

Esto basta para decirnos el tesoro incomparable que tenemos entre las manos en los Libros Santos. Si en tiempo de Jesucristo alguien hubiese anunciado al mundo entero que en un perdido rincón del Imperio Romano, la Palestina, Dios mismo estaba habando cara a cara con los hombres ¿no hubiesen acudido innumerables gentes de todas partes a escuchar el mensaje de Dios mismo, directo? Pues hoy tenemos todos por pocos pesos o sin pesos ese mensaje, llamado “la Buena Noticia” , ευβχνγελος, la Hermosa Noticia; y no lo leemos—o lo leemos muy poco; yo confieso que lo leo muchos menos de lo que debería.

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El lugar más solemne en que Jesucristo canoniza los libros del A.T. es su conversación con los discípulos de Emaús. Estos, llenos de consternación ante la tragedia del Calvario, dijeron al desconocido peregrino: “-¿Cómo? ¿No sabes lo de Jesús de Nazareth? Nosotros creíamos que Dios estaba con Él y que había de restaurar el Reino de Israel… Pero fracasó. Lo han crucificado. Verdad es que algunas mujeres de las nuestras han venido contando que hallaron su sepulcro vacío. Pero…” Este “pero” está preñado desta sentencia: “pero… ¿quién hace caso de dichos de mujeres?”. Jesucristo se enojó, supongo más que todo por este juicio acerca de las Santas Mujeres. “¡Oh necios, y tardos de corazón en creer lo que han dicho los Profetas!”. Y tomando mano, comenzó a interpretarles todo lo que sobre Él estaba en los Libros, comenzando por Moisés hasta el último profeta, Malaquías: a saber, que convenía el Esperado Mesías sufriese y muriese para así entrar en su Reino. Quedaron atónitos; y lo conocieron después “en el partir del pan”; es decir en el gesto inolvidable con que Cristo instituyó la Eucaristía, probablemente.

Cristo no dijo el cómo Dios había hecho para la fabricación de los Libros Santos; aunque le indicó al decir que Dios hablaba “por boca de los profetas”: de donde sacaron los Santos Padres primitivos la otra comparación del instrumento en manos del artista; como San Justino que dice: “a manera del plectro en manos del músico que toca la lira o la cítara”.

El modo de hablar de los pueblos de Oriente es simbólico: es concreto y no abstracto. Cuando los teólogos quisieron poner en abstracto la “inspiración”, (como es su oficio) inventaron muchas teorías, en realidad todas las posibles (como es su costumbre) ayudados en esto terriblemente por los herejes. Les voy a dar primero las dos teorías-tope, es decir, los dos extremos entre los cuales se sitúan todas las teorías. Son llamados “la dictación” y “la inspiración poética común”. La primera dice que Dios simplemente dictó las Sagradas Escrituras; la segunda que Dios inspiró a los Profetas como inspira a cualquiera poetas. Las dos son falsas.

La dictación fue la primera posición de Lutero, según parece; también de la exégesis judía antigua, la cual hoy día está dividida entre los dos extremos, el extremos racionalista y el otro fanático de la dictación; al cual una secta judía llamada “la Kábala” ha llevado al extremo de la extravagancia; y finalmente muchas sectas protestantes, como por ejemplo “los Testigos de Jehová”. Tengo una revista semanal de esta secta llamada Despertad que se imprime en N. York en 3 millones y medio de copias en todos los idiomas (en mal castellano también, para la América Latina) en el cual se rechaza con indignación el que sea un “mito” el nacimiento de Jesús de una Virgen; se rechaza en virtud de la “dictación”; lo cual los aproxima a los católicos mucho más que la doctrina racionalista de que la Concepción Virginal de Cristo es un “midrash” o sea “mito”; aunque los aproxima en virtud de una idea falsa: Dios no dictó la Escritura, pues entonces no podría haber errores en la Escritura; y hay pequeños errores en la Escritura.

La doctrina racionalista de la “inspiración poética común” equipara los Libros Santos a las obras de Homero, Dante o Lugones, digamos, evacuando por ende dellos toda profecía y desde luego toda inerranacia y Revelación. Pero no podemos llamar “Palabra de Dios” a las obras de Lugones o a la Divina Comedia del Dante. Habría errado pues Jesucristo al llamar a esos libros Palabra de Dios. Naturalmente quien no crea en la Divinidad de Jesucristo tiene que adoptar esa opinión; de la cual veremos mucho en la Conferencia Tercera; se ha vuelto hoy día muy dañina y peligrosa.

De las otras opiniones medias les voy a dar ejemplos principales; algunas son negativas: basta para la inspiración divina que Dios apruebe un libro después de hecho—dijo el gran teólogo católico llamado Leonardo Lessio y el protestante Haneberg; como la Iglesia aprobó los Evangelios y Jesucristo aprobó el A.T. y esto haciendo, los hizo palabra divina. Parecidas a estas son: la opinión de Holden y John, de que Dios simplemente providenció que el hagiógrafo o profeta no cometiese ningún error grave, dijo Mons. D’Hulst, y otros; es decir un error en materia de fe y de moral; y finalmente la famosa teoría de los “obiter dicta” del Cardenal Newman, que dio tanto trabajo al Concilio Vaticano; o sea que Dios no inspiró las cosas dichas de paso: “by and by”, dice Newman, o sea, en latín, “obiter dicta”: Dios inspiró solamente las cosas importantes. Esta teoría salva la dificultad de los errores de la Escritura, pero efectúa una especie de disección en ella, por lo cual son llamados justamente “viviseccionistas”. ¿Quién nos va a dirimir cuáles son las cosas “dichas de paso” y cuáles “dichas de asiento”; ¿y cuál es el criterio para distinguirlas?—Lo que diga la Santa Madre Iglesia, dice Newman. Pero la Santa Madre Iglesia en 20 siglos no ha definido una sola vez que una cosa escrituras el “dicha de paso” y no está inspirada por Dios; ni lo va a hacer nunca.

Todas estas explicaciones negativas (aunque sea en parte) se estrellan contra la expresión “Palabra de Dios”. Si yo apruebo un libro no por eso el libro es palabra mía. Si del libro “El Estado Comunitario” de Jaime María de Mahieu yo digo que no hallo una sola frase que sea errónea (como de hecho lo dije) no por eso el libro es mío ni yo soy el autor dél; y Mahieu solamente mi boca.

Otras opiniones dicen que la Escritura es inspirada por Dios porque contiene profecías cumplidas (segunda posición de Lutero) o porque contiene una moral superior a todas, o porque contiene poesía sublime. Es conocido el discurso sobre “La Biblia” de Donoso Cortés que nos hacían aprender de memoria en el Colegio; el cual aduce estos tres criterios:

Hay un libro, tesoro de un pueblo que es hoy fábula y ludibrio de la tierra y que fue en tiempos pasados la estrella de Oriente, en el cual han venido a beber su divina inspiración todos los poetas de las regiones occidentales del mundo… este libro es la Biblia, el Libro por excelencia.

En él aprendió Petrarca a modular sus gemidos; en él vio Dante sus terríficas visiones; de aquella fragua encendida sacó el poeta de Sorrento los espléndidos resplandores de sus cantos. Sin él Milton no hubiera sorprendido a la mujer en su primera flaqueza, al hombre en su primera culpa, a Luzbel en su primera conquista, a Dios en su primer ceño… y para hablar de nuestra España ¿quién enseñó al maestro Fr. Luis de León a ser sencillamente sublime? ¿De quién aprendió Herrera su entonación alta, imperiosa y robusta? ¿Quién inspiraba a Rojas aquellas lúgubres lamentaciones, llenas de pompa y majestas y henchidas de tristeza…? ¿En cuál escuela aprendió Calderón a remontarse a las eternas moradas sobre la pluma de los vientos?

Etcétera. Por supuesto que el joven marqués de Valdegamas no excluye el criterio principal de por qué la Biblia es la palabra de dios, el cual criterio es el testimonio de Cristo; pero se atardaba oratoriamente en estos criterios secundarios, que ellos solos no bastan a probar la Escritura es la palabra de Dios, aunque inclinan el ánimo a aceptarlo así.

Esto dicho, voy a hacer la exégesis de un pasaje de la Escritura, la Mujer Parturienta del Apokalipsis para preparar el terreno a la exposición de la verdadera naturaleza de la inspiración divina de los Libros Santos—según los católicos; diciendo primero los dos primeros principio de la exégesis bíblica que son en sí mismos evidentes:

1º      La literatura oriental es simbólica.

2º      Hay que interpretarla siempre literalmente a menos que sea imposible. Es la llamada “regla de oro” de San Agustín. La interpretación alegórica, traslaticia o moral, viene después.

En el Apokalipsis, capítulo XV, hay una descripción impresionante de la lucha entre un Dragón y una Mujer; la cual da a luz un hijo que es llevado al cielo y ella después aislada en el desierto. Es evidentemente un símbolo. ¿Símbolo de qué? O de la Virgen María, o de la Iglesia Católica, o de Israel. Decimos que es un símbolo de Israel; pero del “Israel de Dios” (como dicen los Santos Padres), que en cierto modo comprende los otros dos términos.

(Lectura del texto e interpretación)

Tenemos que saber la naturaleza verdadera de la inspiración de Dios, porque todos tenemos que hacer exégesis—sencilla—por lo menos cuando leemos el Evangelio o nos lo leen en misa; tenemos que entenderlo bien y no mal.

Dios inspiró a los profetas y hagiógrafos de modo semejante a cómo inspira a los poetas, pero en un plano superior: esta es la natura de la inspiración de los Libros Santos. Esto está dicho por Cristo cuando dice que Isaías fue la boca de Dios y San Justino cuando dice que los profetas son como la cítara de un citaredo; es decir, un instrumento.

Los filósofos tienen una doctrina muy importante acerca del “instrumento”; o sea, acerca la causa principal y la causa instrumental, como ellos dicen. El efecto procede todo de las dos causas, y procede todo de ambas causas, por no totalmente “totum sed non totáliter”. Un pintor pinta un cuadro con un pincel como instrumento, lo pinta todo; no se puede decir que en un cuadro de Rembrandt el pincel hace las sombras y el pintor hace los vivos, todo el cuadro lo hacen el pincel y el pintor, no hay una sola pincelada que no proceda de ambos; pero naturalmente el cuadro es la palabra del pintor y no del pincel; el cual solamente la transmite; sólo que en el caso de los profetas la transmisión no es mecánica, es un pincel vivo; de modo que es mejor la metáfora de Cristo: “una boca” que la metáfora de Justino “una cítara”.

Así que Santo Tomás se contenta simplemente con decir que los Profetas fueron “causa instrumental” de los Libros Santos; pero así como el pincel influye en el cuadro solamente con su propia naturaleza, pues no es lo mismo el cuadro si el pincel es ancho o es fino, no es lo mismo si el pintor pinta con espátula o con brocha, así en el Libro Santo están las características del Profeta, está su estilo, su educación, sus conocimientos, su ambiente e incluso sus errores, si Dios no consideró necesario eliminarlos; así Isaías, que es un noble de la corte del Rey Osías, escribe elegantemente; y Amós, que es un pastor de las llanuras de Thekôa, escribe rudamente. Porque esa es simplemente la manera general de Dios al obrar sobre los hombres; no destruye sus naturalezas—¿por qué las va a destruir si Él las creó?—obra a través dellas estando dentro dellas. Es lo que dicen los teólogos: que lo sobrenatural supone lo natural, y que la gracia no destruye la naturaleza sino que la completa y la eleva. Si Dios hubiese dictado la Escritura, hubiese eliminado al hombre, su instrumento.

Dios eleva al poeta sacro al plano de lo sobrenatural; y en esto se diferencia de los poetas profanos, en lo cuales la acción de Dios no es inmediata y directa, sino mediata e indirecta. Dios levanta al poeta sacro a una altura o cima, digamos, desde donde ven cosas que el hombre natural en su propio plano no puede ver. El Profeta es consciente de que está hablando en nombre de Dios y con la luz de Dios; pero bien puede ocurrir que el profeta no sepa todo lo que Dios está diciendo por medio dél; y así vemos que los antiguos profetas hablan de las dos venidas del Mesías sin distinguir a veces la una de la otra—la fundación de la Iglesia y la Parusía—, que son el typo y el antitypo; que son los dos objetos de toda profecía, como veremos; que los alemanes llaman con exactitud Zeich y Gegenzeich, o sea “figura” y “contrafigura”. Así también los Evangelistas en el Sermón Esjatológico de Cristo hablan a la vez de la Ruina de Jerusalén y el Fin del Mundo sin distinguir entre los dos sucesos—el typo y el antitypo—, sin distinguir claramente, diré, porque en San Lucas hay una palabra que indica dos sucesos semejantes separados por un largo intersticio.

El Profeta es pues una cítara, pero vital, racional y sobrenatural; y su inspiración aunque no es la misma que la del poeta profano, es semejante a ella, only better, solamente superior. Los poetas dicen que alguien los inspira, la Musa, se sienten superiores a sí mismos, no es ya Homero el que canta, es la Musa:

Canta, Musa, de Aquiles de Peleo

La venganza funesta, la ira cánta

Fuente de males para el bando aqueo

Por voluntad de Jove sacrosanta

La que de fuertes héroes al Leteo

Tantas almas mandó con furia tanta

Y de cuerpos llenó sierras y llanos

Pasto de buitres y festín de alanos.

¿Qué es lo que le pasa al poeta entonces; o sea, cómo se hace un poema? El poeta es herido por una emoción intensa que le viene de las cosas sensibles y le llega al fondo del alma; se produce en consecuencia en el fondo del alma una especie de vacío inefable donde flotas las imágenes que provocaron la emoción; así como un chisporroteo de imágenes y palabras sueltas. El poeta quiere expresar ese conocimiento cálido que tiene, transmitirlo a otros; no como él es, porque es imposible, sino fabricando una especie de artefacto o maquinaria de palabras que sirva para descargar en los oyentes una emoción y un conocimiento semejantes; y empieza a elegir imágenes, esta quiero esta no quiero, y tomando los útiles del oficio, el idioma, el verso, la rima, el metro, la estrofa y los modelos de otros poemas que a él le gustan, produce ese artefacto de palabras. Yo lo sé porque he escrito poemas aunque sean malos, como estima mi amigo Roque Aragón; y otros; pero sobre todo lo sé por la confirmación de un gran poeta francés, Paul Claudel, que hace de su propia inspiración un análisis parecido. Después de unos días uno relee el poema y le parece que no ha sido él el aturo, que si quisiera escribirlo ahora no podría. Por eso los poetas dicen que es un dios o una diosa, para Homero y para Virgilio la Musa Calíope, hija de Apolo:

Musa, mihi causas mémora quo númine laeso

Quidve dolens regina deûm tot vólvere casus

Insignem pietate verum, tot adire labores

Impulerit. Tantæne animis coeléstibus irae?

Eso mismo hace Dios con el poeta sacro, pero en forma directa y sobrenatural: hace de musa. Todo lo que hay en el libro procede del Profeta y de Dios, todo está inspirado pero no todo igualmente; porque así como en un poema hay palabras esenciales y otras accidentales (e incluso en los malos poetas hay palabras de relleno—o sea “ripios”) así en la Sagrada Escritura todas las palabras son inspiradas por Dios pero no todas igualmente, o sea, con igual importancia. “El perro que salió al encuentro de Tobías joven iba meneando la cola”—dice el libro de Tobías. ¿Eso también lo inspiró Dios? ¿Por qué no ¿ Inspiró todo al colocar al profeta en el plano de la excitación religiosa, o sea, del entusiasmo: también Homero dice que el perro de Ulises, Argos, movió la cola al verlo; y después describirlo en 30 hexámetros, cuenta que cayó muerto de alegría al ver a su amo; en dos soberbios hexámetros, llenos de música:

Дργον δ΄αΰ ηατά μοίρ΄ Ёλαβεν μέλανος Οανάτοιο αύτίή ίδόντα ΄Οδυσήα έειηοττώ ένιαυτώ

o sea,

Pero a Argos envuelve de la muerte la negra sombra

Apenas después de veintaños conoce a Ulises.

Estos son versos tan inspirados, o sea, hermosos, como el resto del pomea; y lo mismo la cola del perro de Tobías; anoser que ella sea un ripio, como puede ser; ya veremos en qué sentido: en el sentido de un “clisé” de estilo oral.


[1] Que Dios tenía que hablar a los hombres, si es que los amaba y deseaba salvarlos, lo demuestra Santo Tomás en las primeras páginas de la Summa, y lo repite el Cardenal Newman. La Razón humana y la Filosofía, aunque pueden llegar a un cierto conocimiento de Dios: difícil, después de largo tiempo y con errores, no bastan a dar un conocimiento de Dios accesible a todos, pronto y sin errores. Así que Dios se puso a hablar de sí mismo.


2 pensamientos en “PADRE CASTELLANI: LA INSPIRACIÓN

  1. Padre Catellani y/o Federico Ledesma:

    Aunque mi opinión no tenga importancia, me pareció muy bueno este esclarecimiento, lo felicito, de este tipo de alusiones necesitamos, por desgracia casi no los hay.

    Cada quien tiene su propia perspectiva de cada cosa, o sea, cada quien asimila o le da la importancia de su criterio a cada cosa, todo va en función de los intereses de cada quien, pero, a pesar de que en efecto existan diferentes opiniones o diversas concepciones, verdad solo hay una. Lo que para mí es de suma importancia para el otro no y viceversa, esto me hace concluir que para poder tener el mejor concepto de todo (o el correcto) hay que basarse innegablemente en la religión y los preceptos de Dios, de ahí mismo es de donde brota la moral, sin ellos simplemente sucede lo que se ve hoy en el mundo entero: “traición a Cristo”, libertinaje, maldad, crimen.

    Creo que algo que deberíamos todos, pero aún más los católicos tener presente es ¿Por qué estoy aquí? ¿Para qué fui creado? ¿Cuál es mi origen, cual es mi función en esta vida y cuál es mi meta para la cual fui creado? A pesar de que en el Catecismo estén contenidas las respuestas a esas interrogantes, es muy doloroso preguntar a manera de sondeo entre los “católicos” cualquiera de esas incógnitas y recibir como respuesta: “estoy aquí por un acto sexual de mis padres” o “fui creado para disfrutar de este mundo y ser feliz”, etc., esto debería de ser parte fundamental en la educación católica de los Padres hacia los hijos, y de los Clérigos hacia la feligresía, sin embargo ambos se esmeran en señalar lo que hace el profano, lo que NO se debe de hacer, en vez de indicar la mejor manera de seguir a Dios, o en vez de enseñar el camino correcto que nos conduzca a Dios, a final de cuentas lo que en verdad se hace al señalar al profano y lo que no se debe de hacer, se fomenta el miedo a Satanás en vez del amor a Dios, o visto de otra forma: hacen que la gente quiera salvar su alma por temor al diablo en vez de por amor a Dios, el primer precepto de la ley de Dios nos lo indica: Amaras a Dios por sobre todas las cosas, no dice “temerás al Demonio por encima de todas la cosas”, nuestra principal meta es la de procurar la salvación de nuestra alma, y se sigue por procurar en medida de lo posible la salvación de las almas de otras personas, cuantas más, mejor.

    Por tanto, suplico se deje de señalar lo malo o incorrecto y se haga énfasis en el camino correcto que conduce a servir y a amar a Dios, incitémonos los unos a los otros a que así sea.

    Santa Maria, adjuva me doce qui seruit Deo.
    Sancta Dei Genetrix, ora pro nobis.

  2. “La resurrección y asunción de María a los cielos es hoy día un dogma de fe definido. Él supone la inerrancia del Papa; porque no hay una palabra acerca de él en la Escritura: el hecho ha sido observado por la tradición, y refirmado por la autoridad del Pontífice.

    Si nuestro país medio descristianizado y presa de politiqueros y herejes y pillastres, ha de ser salvado, lo será por la permanente devoción a María Santísima, y la intervención benévola de la Patrona de Buenos Aires y del país todo, venerada en Luján, y en diez santuarios del interior.

    Cualquier acción política sana entre nosotros deberá colocar a su cabeza a la Madre de Dios, vencedora de todas las herejías y exorcista de los demonios todos.”

    R.P. Leonardo Castellani, S.J.
    (Tomado de “Jauja” nº 23, noviembre de 1968)

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