P. CERIANI: SERMÓN PARA LA DOMÍNICA IN ALBIS

DOMINGO IN ALBIS

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros.

Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.

Jesús les dijo otra vez: La paz sea con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.

Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Tomás, uno de los Doce, llamado el Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: La paz sea con vosotros. Luego dice a Tomás: Mete aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino fiel.

Tomás le contestó: Señor mío y Dios mío.

Dícele Jesús: Porque me has visto, Tomás, has creído. Bienaventurados los que sin ver creyeron.

Jesús realizó en presencia de los discípulos otros muchos milagros que no están escritos en este libro. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

Los cuatro Evangelistas concurren en la narración de los episodios que siguieron a la Resurrección de Jesucristo. Todos ellos aportan elementos peculiares para formar una monografía de la Resurrección que se caracteriza por la espontaneidad de los relatos, por la viveza de los detalles, la belleza de los cuadros, y especialmente por este fervor que a las narraciones infundió el santo entusiasmo de que estaban poseídos los Evangelistas al describir el hecho fundamental de nuestra religión.

Según las narraciones de los Evangelios, las apariciones de Jesús resucitado que tuvieron lugar en Judea fueron cinco, a saber: a María Magdalena, a las piadosas mujeres, a los discípulos de Emaús, a los Apóstoles reunidos sin Tomás, todas ellas el mismo día de la resurrección, y luego, ocho días más tarde, a los mismos con este último.

La relación de las Santas Mujeres e incluso la de San Pedro, afirmando ante los discípulos que habían visto a Jesús resucitado, no disipó todas sus dudas. Ni la detallada descripción de los discípulos de Emaús mereció por un momento más crédito: Ni a éstos creyeron, dice San Marcos.

Jesús va a coronar sus apariciones con la que narra el Evangelio de esta Domínica in Albis, hecha en conjunto a todos los Apóstoles y algunos discípulos que con ellos estaban.

La aparición tuvo lugar en el mismo momento en que los discípulos de Emaús narraban a la asamblea de los Apóstoles y discípulos lo que acababa de ocurrirles aquella tarde, el mismo día de la Resurrección, al anochecer, y estando los discípulos congregados y encerrados por el miedo que los sanedritas les inspiraban.

Acababan de cenar, estaban aún a la mesa, cuando la aparición de Jesús en medio de ellos fue súbita. El Cuerpo de Jesús, glorificado ya, no necesitó se le abriese paso para entrar en el local cerrado: tenía las condiciones del cuerpo espiritual, de que nos habla San Pablo.

Vino Jesús, y les dijo: Paz a vosotros. Esta paz es fecunda; es la paz del Príncipe de la paz, la paz mesiánica, fructuosa en toda suerte de bienes.

Como si quisiese darles un presagio de los bienes de esta paz, Jesús añade: Yo soy, no temáis.

A pesar de estas dulces palabras, su aparición súbita les llena de terror, pensando se trataba de un espectro o fantasma, no de un cuerpo real… ¡tanto les costaba persuadirse de la Resurrección del Señor, a pesar de ser ya al menos la cuarta vez que se aparece!

Jesús les tranquiliza, dándoles a entender que es Él, único que puede leer en sus pensamientos: y les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y por qué dais lugar en vuestro corazón a tales pensamientos, haciendo conjeturas de si soy o no un espíritu? No lo soy; mirad, para convenceros, que conservo aún en mis manos y pies las señales de los clavos de la crucifixión, vestigios de mi suplicio. Palpad y ved, que el espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.

Los Apóstoles y discípulos mirarían y tocarían con atención y reverencia las Sagradas Llagas; es el primer argumento que les da: el de la vista y tacto, sentidos los más fidedignos.

La certeza de que están viendo a Jesús les inunda de gozo; y empiezan a realizarse las palabras que les había dicho, de que les vería otra vez y se alegraría su corazón.

Aprovecha Jesús estos momentos de santa expansión de sus discípulos para reprenderlos con suavidad, al mismo tiempo que los confirma en la verdad de su Resurrección dándoles un segundo argumento, una prueba aún más fehaciente, les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer?

Los espectros y los espíritus no comen; si Jesús come, la prueba es decisiva. Jesús comió; los cuerpos glorificados no tienen necesidad de comer, pero pueden hacerlo y absorberlos en alguna manera.

Finalmente les da una razón sintética para acabar de disipar las dudas que sobre su Resurrección pudiesen aún abrigar. La causa de su incredulidad ha sido la decepción o desengaño sufrido al ver padecer y morir a Cristo.

Al igual que los discípulos de Emaús, habían creído las cosas gloriosas de Jesús, no las humillaciones; cuando éstas vinieron, se llamaron a engaño.

Jesús afirma de un modo general que todo ello estaba ya predicho en los Libros Sagrados, y que Él mismo se lo había advertido: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros, que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, y en los Profetas, y en los Salmos.

En aquel pequeño recinto está la Iglesia naciente, con Cristo vivo y aun presente según su presencia visible; el gozo de que están inundados los discípulos va a transfundirse a toda la Iglesia, de todos los siglos, en virtud de los poderes que va a conferirles.

Antes de hacerlo, vuelve Jesús a saludarles con solemnidad enfática: Paz a vosotros.

La palabra de Jesús es eficaz. Él vino para pacificar a los hombres con Dios; el primer poder que dará a sus Apóstoles será el de ser continuadores de esta obra de pacificación: Como el Padre me envió, así también yo os envío

Jesús se hace igual al Padre en el poder de enviar; y envía a los Apóstoles para que sean, como Él, ministros de pacificación.

Esta misión es uno de los misterios más profundos y consoladores de nuestra doctrina cristiana. Misión es apostolado, es legación, es poder representativo. El Padre envía de su seno al Hijo para que se haga hombre y redima al mundo y le enseñe la doctrina divina y funde su Iglesia.

Y el Hijo envía a sus Apóstoles, y éstos a sus sucesores los Obispos, y éstos a los sacerdotes sus colaboradores, para que continúen su obra.

Para esta grande obra necesitan los Apóstoles y sus sucesores la fuerza vivificadora del Espíritu Santo. Jesús se lo da, por medio de una acción material simbólica, es decir sacramental, porque obra lo que significa, la insuflación: Y dichas estas palabras, sopló sobre ellos.

El soplo es símbolo del Espíritu: hálito y espíritu se designan en griego con la misma palabra pneuma.

Al soplo acompañó unas palabras expresivas del símbolo: Recibid el Espíritu Santo.

Los discípulos reciben el Espíritu Santo en orden a los oficios que deberán llenar; no con toda su plenitud y en forma solemne y visible, como el día de Pentecostés, sino para determinados fines y como preparación para aquella venida solemne.

Por esta insuflación expresa Cristo que el Espíritu Santo procede del Padre y de Él mismo, Filioque; y que como es del Padre, así también es suyo.

Parte principal de aquel ministerio de pacificación y fruto capital del Espíritu que acaba de darles es el perdón de los pecados, porque es el pecado el que pone la discordia entre Dios y el hombre.

Jesús tenía este poder; ahora se lo da a los Apóstoles. Por lo mismo, Ellos y sus sucesores serán jueces que deberán discernir los casos en que deberán retener o perdonar los pecados: luego éstos les deberán para ello ser declarados en la confesión auricular.

Por esto, la Iglesia ha visto siempre en estas palabras contenido el precepto de la confesión personal de los pecados.

Nada fáciles fueron los Apóstoles en creer la Resurrección de Jesús, y apenas cedieron al testimonio de los sentidos, la vista y el tacto. Todo ello lo quiso Dios para que se multiplicaran los argumentos de que pudiesen disponer las posteriores generaciones cristianas para demostrar el hecho de la Resurrección.

Para Santo Tomás y para nosotros, este episodio es de irrecusable fuerza demostrativa.

Por motivos que el Evangelio ni siquiera insinúa, el Apóstol Tomás no estaba en compañía de los otros diez al anochecer del día de la Resurrección.

En el curso de la semana, le contaron los demás el suceso de la aparición de la que fueron testigos.

Por la respuesta de Santo Tomás, comprobamos que la narración fue detallada, con todos los pormenores, especialmente que les consintió tocar sus manos, pies y costado

Tomás niega su asentimiento al testimonio de sus compañeros; tan inverosímil le parece el hecho de la Resurrección, que no cederá sino a su propia y personal experiencia: Si no viere en sus manos la marca de los clavo…, no creeré.

Doble falta cometió aquí el Apóstol incrédulo: la de negar fe a los dichos de todos los demás, y la de señalar las condiciones sin las cuales no asentirá.

No obstante, Jesús condescenderá con su Apóstol, y su incredulidad característica dará lugar a que crea él y se robustezcan los motivos que tenemos de credibilidad en el gran milagro.

Ocho días después de la primera aparición a los discípulos congregados, Jesús la reiteró en las mismas condiciones de la anterior, estando Tomás con ellos.

En esta repetición de las apariciones de Jesús en día Domingo ha visto la antigüedad cristiana una especial santificación del día de la Resurrección; es por ello que el descanso sabático de los judíos ha pasado a ser la Fiesta Dominical de los cristianos; el día de la Resurrección del Señor es en nuestra Liturgia el Domingo principal del año; las demás Domínicas dependen en su cómputo de la Resurrección, y son como un eco de esta fiesta.

¡Qué pena pensar en la profanación sistemática del Día del Señor en la sociedad moderna! Es un logro de la judaización masónica de las logias.

Jesús ya va directamente, lleno de piedad, a la conquista del entendimiento y corazón del Apóstol incrédulo. Dándole a conocer que no ignoraba sus palabras y la condición que había impuesto para creer, dice a Tomás: Mete aquí tu dedo, y mira mis manos, y trae tu mano, y métela en mi costado. Y reprendiéndole con dulzura añade: Y no seas incrédulo, sino fiel.

¡Cuán suave y misericordioso es el Señor! Dice San Agustín: Pudo resucitar, si hubiese querido, sin que apareciera en su Cuerpo Sagrado vestigio alguno de los clavos y lanza;

pero no quiso borrar la aparente fealdad de sus cicatrices, en favor de sus amigos y como testimonio contra sus enemigos. Para sus amigos fueron aquellas cicatrices un medio de identificarle y creer en su resurrección, o para los que no le vieron resucitado, como nosotros, un medio de curar la llaga de nuestra infidelidad, creyendo sobre el testimonio de quienes vieron aquellas llagas. Para sus enemigos, los incrédulos, los impíos, los mismos pecadores, serán aquellas llagas un perpetuo reproche y testimonio contra ellos; como si dijera Jesús, mostrándolas: «He aquí el hombre a quien crucificasteis; veis las heridas que le causasteis; conocéis el costado que traspasasteis, que por vosotros y para vosotros fue abierto; y, no obstante, no quisisteis entrar en él.»

En la Basílica Mayor de la Santa Cruz de Jerusalén en Roma, puede venerarse la falange del dedo del Santo Apóstol que tocó las Sagradas Llagas del Redentor.

La frase admirativa, entrecortada, llena de religioso respeto que pronuncia Santo Tomás, revela la emoción, el arrepentimiento, la fe profunda a la sola vista de las Veneradas Llagas: Señor mío y Dios mío

Le llama Señor, y en esto reconoce su Humanidad; y le dice Dios, en lo que afirma su Divinidad.

Vio una cosa y creyó otra: vio las Llagas, y creyó en la Resurrección; vio el Cuerpo de Jesús, y creyó en su Divinidad.

Este es el oficio del milagro; llevarnos, como de la mano, a la fe: el sentido nos atestigua un hecho de orden material; pero la razón nos dice que aquel hecho, en aquella forma, en aquella manera, en aquel momento, no puede producirse sin una intervención sobrenatural y divina; y entonces creemos en lo que no vemos, es decir, asentimos, con nuestro entendimiento y voluntad, a algo que está sobre el hecho que nos han denunciado los sentidos.

Acepta Jesús la confesión de Tomás, pero le da una lección: Porque me has visto, Tomás has creído. Has hecho bien en creer después de ver; aunque mejor hubieses hecho creyendo por el testimonio de los demás, y por lo que yo mismo había dicho de mi Resurrección.

Hay, pues, aquí alguna manera de reprensión por la tardía y nada fácil fe del Apóstol. No le faltó al Apóstol su mérito, porque vio al Hombre y creyó en Dios, viendo con los ojos de la fe, a través de la Carne de Cristo, el poder y la gloria de la Divinidad.

Con todo, es mejor, porque es más abnegada, la fe de aquellos que no exigen el testimonio de la experiencia personal para creer: Bienaventurados los que no vieron, y creyeron.

No es que le falte a Tomás su parte en la bienaventuranza, porque creyó más de lo que vio y sobre lo que vio; pero es más meritoria la fe que no necesita el testimonio de los sentidos corporales.

Bienaventurados los que no vieron, y creyeron. En esta sentencia venimos comprendidos nosotros, que no hemos podido ver ni palpar las llagas de Cristo. No digamos, pues: «Ojalá hubiese yo podido ver las llagas del Señor», dice San Juan Crisóstomo, porque también somos o podemos ser bienaventurados, más aún que los mismos que las vieron, porque es más difícil y meritoria nuestra fe.

Dice San Agustín, Lo capital es que obremos lo que creemos, porque aquel es verdadero creyente el que lleva a la práctica de la vida aquello que cree.

Narradas las apariciones de Jesús resucitado en Judea, añade San Juan, a guisa de epílogo, dos versículos importantes: Jesús realizó en presencia de los discípulos otros muchos milagros que no están escritos en este libro. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

El objeto que se propuso, pues, al redactar su Evangelio, fue demostrar que aquel Hombre que recorrió Palestina, que predicó, padeció, murió y resucitó, era el Mesías prometido por los Profetas, y que por ello se debía fe a su misión y a sus enseñanzas.

La finalidad del milagro no es de orden natural: no se hacen los milagros para que admiremos el poder de Dios, del que hartos argumentos tenemos en la creación; ni con un fin espectacular, para que nos gocemos en la manifestación extraordinaria de un poder oculto.

El milagro es un hecho de orden sensible, extraordinario, que rebasa las fuerzas de la naturaleza, para que, a través de lo material de él, nos remontemos a lo espiritual y eterno.

El milagro lo hace Dios para que creamos, para que le amemos, para que, por la fe y el amor, tengamos vida sobrenatural en el nombre de Jesús.

Así viene a ser el milagro como una preparación a la fe.

No todos los que ven el milagro creen, porque el hombre puede cerrar sus ojos a la luz divina que el milagro encierra; pero el milagro tiene luz bastante para guiarnos a Dios y para que, hallándole, vivamos en El.

Por eso, como fin ulterior y definitivo, digno del celo de un Apóstol, se propuso San Juan que sus lectores, por la fe en Cristo lograsen la vida divina, en el tiempo y en la eternidad.

Aquella vida, sobrenatural y eterna, de la que con tanta frecuencia habla el Evangelista, que sólo se logra en el Nombre de Jesús, por sus méritos y poder.

Por eso, la Oración Colecta de esta Domínica dice así: Haz, te rogamos, Dios omnipotente, que los que ya hemos celebrado las fiestas pascuales, manifestemos por tu gracia sus efectos por nuestras costumbres y modo de vivir.

LA BEATIFICACIÓN DE JUAN PABLO II Y EL COMUNISMO CUBANO

ARMANDO VALLADARES: LA BEATIFICACIÓN DE JUAN PABLO II Y EL COMUNISMO CUBANO

No me consta que durante el proceso de beatificación de este Pontífice se hayan dado a conocer públicamente interrogaciones sobre su pensamiento con relación al comunismo cubano, pensamiento que inclusive parece ir más allá del campo diplomático y adentrarse en el plano doctrinario; de ahí la necesidad de conciencia de exponer, de la manera más respetuosa y filial posible, las presentes reflexiones

por Armando F. Valladares


La anunciada beatificación de S.S. Juan Pablo II, prevista para realizarse el próximo 1o. de mayo, coloca en un dilema de conciencia sin precedentes a muchos fieles católicos cubanos que por causa de su Fe, de la veneración por su Patria y del amor por sus familias se oponen al comunismo. En efecto, esos fieles católicos ven con perplejidad y con el corazón dilacerado todo aquello que el referido Pontífice habría hecho en algunas circunstancias, y dejado de hacer en otras, para favorecer directa o indirectamente al comunismo cubano.
Cito a continuación, resumidamente, algunos ejemplos que tuve ocasión de comentar extensamente, a lo largo de los años, en diversos artículos sobre la colaboración eclesiástica con el comunismo en la isla-cárcel; y solicito anticipadamente la comprensión de los lectores. Lo hago en cuanto fiel católico y en cuanto cubano, con todo el respeto posible hacia la Iglesia, dispuesto a oír y a analizar eventuales explicaciones de fuentes debidamente autorizadas, que hasta el momento no son de mi conocimiento, sobre los dolorosos hechos históricos que se consignan sucintamente a continuación.
El 8 de enero de 2005, al recibir las cartas credenciales del nuevo embajador cubano, Juan Pablo II, pronunció una alocución elogiando las “metas” que las “autoridades cubanas” habrían supuestamente obtenido en materia de salud, educación y cultura. En realidad, se trata de una siniestra trilogía que el régimen ha utilizado como instrumento, durante más de medio siglo, para corromper las conciencias de generaciones enteras de cubanos desde su más tierna edad, provocando un genocidio espiritual sin precedentes en la historia de la Iglesia en las Américas.
No obstante, Juan Pablo II, en la misma alocución, insistió en sus elogios llegando a aseverar que mediante esa trilogía las “autoridades” de Cuba – o sea, los miembros del régimen castrista – colocarían “pilares del edificio de la paz” e incentivarían el “crecimiento armónico del cuerpo y de espíritu”. Con lo cual el Pontífice pareció ignorar que Fidel Castro, el Che Guevara y sus secuaces, en nombre de esa trilogía, provocaron la destrucción y la muerte, “del cuerpo y del espíritu”, de tantas personas en tantos países de América Latina, África y Asia.
El elogio al comunismo y a los integrantes de la dictadura castrista no habría podido ser mayor. Para los cubanos que han sentido y continúan sintiendo en su propia carne la obra destructora de la revolución comunista en su Patria, las referidas consideraciones papales resultan particularmente dolorosas, y sinceramente no consigo vislumbrar cómo justificarlas. Esas consideraciones, que van más allá de las más benévolas fórmulas de cortesía diplomáticas, vistas desde una perspectiva histórica, alcanzan de lleno y hasta laceran la memoria de aquellos jóvenes mártires católicos cubanos que murieron en los paredones de fusilamiento gritando “¡Viva Cristo Rey! ¡Abajo el comunismo!”
En la misma alocución, una de las más importantes sobre Cuba en su largo Pontificado, el reconocimiento de Juan Pablo II se extendió a un alegado “espíritu de solidaridad” del internacionalismo cubano, que se manifestaría en el “envío de personal y recursos materiales” a otros pueblos por ocasión de “calamidades naturales, conflictos o pobreza”. En realidad, como se acaba de recordar, lejos de reflejar un espíritu de “solidaridad” cristiana, el internacionalismo comunista colocó a Cuba en el triste papel de exportador de conflictos en América Latina, África y Asia, con “personal y recursos materiales” utilizados no para solucionar conflictos o disminuir la pobreza, sino para exacerbarlos, suscitando guerrillas que, a su vez, contribuyeron a provocar sangrientas calamidades peores que las de la naturaleza. En realidad, el internacionalismo cubano contribuyó a hundir naciones en la peor “pobreza” material y espiritual, algo que históricamente resultó diametralmente lo contrario de sacarlas de esa triste condición.
Para Cuba comunista, el modelo “solidario” internacionalista tuvo como una de sus principales figuras al guerrillero argentino-cubano Ernesto Che Guevara, quien llegó a afirmar que el “odio” es un motor capaz transformar al revolucionario en “una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”. Por ello, la alusión papal a ese supuesto “espíritu de solidaridad” del internacionalismo cubano no puede dejar de producir consternación (cf. A. Valladares, “Juan Pablo II, Cuba y un dilema de conciencia”, Diario Las Américas, Miami, 15 de enero de 2005).
En la referida alocución, S.S. Juan Pablo II no citó al Che Guevara. Pero sí ya lo había hecho en enero de 1998, en breves palabras elogiosas y hasta laudatorias, en el avión que lo conducía a Cuba. En conversación informal con los periodistas, consultado respecto de su pensamiento sobre el Che Guevara, dijo textualmente el referido Pontífice: “Dejemos a Él, al Señor nuestro, el juicio sobre sus méritos. Ciertamente, yo estoy convencido de que quería servir a los pobres” (Vatican Information Service, “Los periodistas entrevistan al Papa durante el vuelo a Cuba”, Ciudad del Vaticano, 21 de enero de 1998).
La fuente informativa, la propia agencia de noticias de la Santa Sede, no podía ser más oficial, y ello hace que las palabras del Pontífice causen especial desazón. ¿Cómo un árbol malo podría concebir buenos frutos como, por ejemplo, el cristiano servicio a los más pobres y desamparados? (cf. San Mateo 7,18) ¿Por ventura no fue Guevara un “satánico azote” – según certera expresión de S.S. Pío XI al referirse al comunismo – para Cuba y para tantos otros países, promoviendo revoluciones sangrientas que perjudicaron especialmente a los más pobres, precisamente a aquellos a quienes el Pontífice afirma que Guevara quería servir? (cf. A. Valladares, “Monseñor Céspedes: Juan Pablo II y el Che Guevara”, Diario Las Américas, Miami, 26 de junio de 2008).
Por una lamentable coincidencia, esas declaraciones elogiosas al Che Guevara fueron hechas por Juan Pablo II precisamente cuando el avión que lo llevaba a la Habana pasaba frente a las costas de la Florida, donde se concentra el mayor número de cubanos desterrados. Las referidas declaraciones resultaron de esa manera especialmente desgarradoras, del punto de vista espiritual, para esos desterrados cubanos que se vieron obligados a abandonar su Patria por causa de la persecución comunista. Desterrados cubanos que no pudieron dejar de recordar que 11 años antes, por ocasión de la visita de Juan Pablo II a Miami, se sintieron abandonados espiritualmente cuando el Pontífice no visitó en esa ciudad la tan simbólica Ermita de la Caridad del Cobre, no recibió a una delegación representativa del destierro que le solicitó audiencia y pareció no ver las decenas de miles de banderitas cubanas, ondeadas por cubanos desterrados que fueron a saludarlo en los actos públicos, y que esperaron en vano una palabra de consuelo para sí mismos, para sus familias y para su querida Patria esclavizada.

Los rayos, relámpagos y centellas que interrumpieron la más importante y concurrida de esas celebraciones por ocasión de la visita a Miami de Juan Pablo II contribuyeron a formar un marco trágicamente apropiado para interpretar el sentimiento de abandono que sintieron esas decenas de millares de desterrados cubanos por el hecho de no haber oído una palabra de consuelo del Pontífice ante la tragedia de su Patria amada y ante sus propias tragedias personales y familiares.

De la recepción brindada al dictador Castro en Roma, en 1996, y del posterior viaje de Juan Pablo II a Cuba, en 1998, mucho se podría comentar, y de hecho se comentó, del punto de vista de los enormes dividendos publicitarios y diplomáticos obtenidos por el régimen de La Habana. Opto entonces por destacar aquí, del viaje a Cuba, algunos aspectos poco o nada comentados de sus importantes alocuciones. Me baso en el estudio “Cuba comunista después de la visita papal”, editado en 1998 por la Comisión de Estudios Por la Libertad de Cuba, de Miami.
En La Habana, en una de sus alocuciones, después de lanzar la discutible premisa de un “diálogo fecundo” entre creyentes y no creyentes, o sea, con los comunistas cubanos, Juan Pablo II hizo un llamado a encontrar una “síntesis” cultural por el hecho de que supuestamente las partes en proceso de “diálogo” tendrían “una finalidad común”, la de “servir al hombre”.

Con toda la veneración y el respeto debidos, no se comprende cómo pueda darse una “síntesis” entre elementos totalmente antagónicos e incompatibles como lo son los principios de la fe católica y los de la anticultura marxista. ¿Cómo sería posible una “síntesis” entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas, entre Jesucristo de un lado, y Carlos Marx, el Che Guevara y Fidel Castro del otro?

Tampoco resulta posible comprender la afirmación de Juan Pablo II de que la Iglesia y las “instituciones culturales” del sistema comunista cubano puedan tener una “finalidad común” al servicio de progreso espiritual de los cubanos, como si la “finalidad” del régimen no hubiese sido la de aplicar todos sus esfuerzos, de manera metódica, durante cuarenta años, para destruir el “alma cristiana”; o sea, una “finalidad” que no solamente no es común, sino que es diametralmente lo contrario.
Otro aspecto del Pontificado de Juan Pablo II que provocó perplejidad y desazón en innumerables cubanos fue la serie de pedidos de perdón por aquello que el Pontífice consideró como pecados pasados y presentes de los hijos de la Iglesia, en los cuales, sin embargo, no fue posible encontrar la más mínima referencia a la connivencia ideológica y a la complicidad estratégica de tantos eclesiásticos con el comunismo en Cuba, y también en otros países del mundo, por acción u omisión, durante décadas (cf. A. Valladares, “El pedido de perdón que no hubo: la colaboración eclesiástica con el comunismo”, Diario Las Américas, Miami, 22 de marzo de 2000).

En ese sentido, Juan Pablo II apoyó, durante todo su largo Pontificado, a los colaboracionistas Obispos cubanos, especialmente por ocasión del Encuentro Nacional Eclesial Cubano, en 1986. En mensaje trasmitido por el Cardenal Pironio, Juan Pablo II manifestó su “merecido reconocimiento” al extenso documento de trabajo, en el cual se planteaba como meta una inédita y osada “síntesis vital” comuno-católica, reafirmada en el documento final; y nombró cardenal al arzobispo de La Habana, Monseñor Jaime Ortega y Alamino, uno de los mayores artífices del proceso de acercamiento comuno-católico en Cuba.

En esta relación de ejemplos de favorecimiento de Juan Pablo II al comunismo cubano, directa o indirectamente, con palabras, obras y omisiones, menciono, finalmente, en orden cronológico, tres filiales y reverentes cartas de cubanos desterrados a Juan Pablo II que, lamentablemente, quedaron sin respuesta, las tres firmadas por decenas de personalidades representativas del destierro cubano. En 1987, en Miami, por ocasión de la visita de Juan Pablo II a esa ciudad: “¡Santo Padre, liberad a Cuba!” (Diario Las Américas, Miami, 7 de agosto de 1987). En 1995, en Roma: “Los cubanos desterrados apelan a Juan Pablo II: ¡Santidad, protegednos de la actuación del Cardenal Ortega!” (Diario Las Américas, Miami, 24 de octubre de 1998). Y en 1999, también en Roma: “¡Santo Padre, rescatad del olvido a los mártires cubanos, víctimas del comunismo!” (Diario Las Américas, Miami, 21 de septiembre de 1999).
Me consta que, por ocasión del proceso de beatificación de Juan Pablo II, personalidades católicas manifestaron públicamente su perplejidad por palabras, obras y omisiones de Juan Pablo II en el campo religioso. Pero no me consta que durante el curso de ese proceso de beatificación se hayan planteado públicamente interrogaciones sobre el pensamiento de este Pontífice con relación al comunismo cubano, pensamiento que inclusive parece ir más allá del campo diplomático y adentrarse en el plano doctrinario. De ahí la necesidad de conciencia de exponer, de la manera más respetuosa y filial posible, las presentes reflexiones.

En este sentido, sinceramente no vislumbro cómo los católicos cubanos de dentro y fuera de la isla, que concordaron con las tesis de mis artículos, pero especialmente con los brillantes análisis y comentarios de otros compatriotas en la misma línea, puedan ver a Juan Pablo II como un ejemplo a ser seguido e imitado, por causa del tratamiento que dio al problema del comunismo en nuestra Patria, según se mostró en los párrafos anteriores.

Sé que en los procesos de beatificación los teólogos escudriñan los escritos de aquellos candidatos a ser beatificados. Es posible que esos teólogos hayan analizado los textos de Juan Pablo II que acabo de citar y de comentar respetuosa y filialmente. Si así lo hicieron, quiera Dios que los católicos cubanos podamos tomar conocimiento de esas sabias explicaciones. De otra manera, el dilema de conciencia no hará sino aumentar, porque ¿cómo comprender entonces que un Pontífice que tanto hizo por el comunismo cubano, llegue a ser proclamado Beato de la Iglesia? Pido y hasta suplico que los tan delicados dichos y hechos arriba citados de S.S. Juan Pablo II sean debidamente aclarados y explicados. De otra manera, la beatificación de Juan Pablo II, anunciada para el próximo 1o. de mayo, podrá estar indeleblemente marcada por el signo de la perplejidad, de la contradicción y de la confusión.
En cuanto fiel católico cubano, creo que tengo no solamente el derecho, sino la obligación de conciencia de dar a conocer estas consideraciones. Ya lo he dicho, y lo reitero en esta dramática coyuntura. Tengo un compromiso con aquellos jóvenes mártires católicos que murieron en la siniestra prisión de La Cabaña gritando “¡Viva Cristo Rey! !Abajo el comunismo!”; con mis amigos asesinados en la prisiones; con la lucha por la libertad de mi Patria; con la Historia; y, por encima de todo, con Dios y la Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba. El análisis de la vida y la muerte de cualquier ser humano, por extraordinaria que haya podido ser, no debería borrar, cambiar, alterar o ignorar las consecuencias de los actos que eventualmente practicó.

LA NUEVA MISA RENOVADA EN EL ESPÍRITU DE JP2 Y B16

TANTO INSISTIR EN QUE SON LOS “HERMANOS MAYORES” Y LOS “PADRES EN LA FE” QUE ALGUNOS PÁRROCOS YA SE HAN ADAPTADO PARA AGRADARLE AL PAPA Y SEGUIR EN PLENA COMUNIÓN CON BENEDICTO Y CON SU SINAGOGA DE SATANÁS…

LA “IGLESIA” EN CUESTIÓN ES LA PARROCCHIA SAN PAOLO CROTONE EN ITALIA  (VER EL SITIO WEB) APENAS ENTRAR EL ASCO ES TOTAL. EN EL PLANO SUPERIOR VERÁN UN SLIDE DE FOTOS “PARROQUIALES”. DESPUES ME CUENTAN

DON ANTONIO GIUSEPPE CAIAZZO

 

 ESTE ES EL “PÁRROCO”

Y ESTA ES LA “CELEBRACIÓN LITÚRGICA DE LA SEMANA SANTA 2011″

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¡EL  PROPIO CURA HACE DE RABINO!

¡H.D.M.P.!

TODO EN PERFECTA COMUNIÓN CON BENEDICTO XVI Y SU “BEATO” JUAN PABLO II

CRECE EL ODIO ANTICATÓLICO EN ESPAÑA

Desde el lunes, se ha producido un nuevo ataque contra una iglesia. En Burgos, este martes han decapitado dos estatuas de la fachada de la iglesia gótica de San Esteban, erigida en el siglo XIII. Se trata de un grave atentado contra el patrimonio histórico-artístico y la Policía investiga si ha existido, además, el móvil del odio religioso. La foto que te presento muestra cómo han quedado las dos imágenes tras la agresión vandálica:
BURGOS_DECAPITADAS.jpg

Por desgracia, las noticias sobre ataques a iglesias y símbolos cristianos empiezan a ser casi diarias.
Es posible frenar la ola de intolerancia contra los católicos en España. Hace poquitos días, celebramos el éxito de la alerta cívica de HO para que la Delegación del Gobierno en Madrid evitase la “anti-procesión atea” en pleno Jueves Santo, en Madrid. Más de 100.000 ciudadanos activos como tú y como yo, juntos, lo conseguimos.
Frenamos un acto que, según declararon públicamente los organizadores, pretendía “hacer daño sin contemplaciones a la conciencia de los católicos”.
El PSOE y el Gobierno del señor Rodríguez Zapatero han sembrado semillas de división, odio e intolerancia entre los españoles.
Semillas que ahora brotan en forma de ataques, cada vez más agresivos y violentos, contra los católicos.
Prácticamente, no hay día en que no se publiquen titulares de Prensa como estos:

  • El Gobierno cierra la basílica de la Santa Cruz en el Valle de los Caídos
  • Los monjes del Valle de los Caídos celebran misa a la intemperie, en pleno invierno, para resistir el cierre de la basílica por Zapatero
  • Convocan una procesión atea en pleno Jueves Santo en Madrid, con pasos de nombres hirientes y blasfemos
  • Asalto a la capilla de la Universidad Complutense: feministas se desnudan delante del altar
  • El Rectorado cierra la capilla de la Universidad de Barcelona
  • El Rectorado impide el acceso para rezar a la capilla de la Universidad de Valladolid
  • Profanan la iglesia de Ciempozuelos, abren el sagrario y se llevan el Copón con la Sagrada Forma.
  • Queman la puerta de una iglesia en Sarriá
  • El nuevo rector de la Complutense, José Carrillo, lleva en su programa la promesa de cerrar las capillas de la universidad
  • Gregorio Peces-Barba califica a la Iglesia Católica como “la gran enemiga de la democracia”
  • El Gobierno obliga a retirar los crucifijos de un colegio de Valladolid, en contra de la voluntad mayoritaria de los padres.

Los brotes de intolerancia contra los cristianos van a más. Es lo que pasa cuando se juega con fuego. Es la consecuencia de dedicar siete años de gobierno, como ha hecho el PSOE, a sembrar el odio contra un sector de la población, precisamente, el sector que con mayor firmeza resiste al proyecto de ingeniería social del Gobierno socialista.
El mismo Benedicto XVI se mostraba muy preocupado hace una semana, cuando recibió a la nueva embajadora española ante la Santa Sede. Decía el Papa: “el que en ciertos ambientes se tienda a considerar la religión como un factor socialmente insignificante no justifica el tratar de marginarla mediante la burla, la denigración, la discriminación e incluso la indiferencia ante episodios de clara profanación”.
De esta manera, explicaba Benedicto XVI, se viola “el derecho fundamental a la libertad religiosa inherente a la dignidad de la persona humana”. Por ello, el Papa pedía a las autoridades españolas que “procuren fomentar siempre todo aquello que permita el desarrollo auténtico de sus derechos y libertades” que incluye “la expresión de su fe y de su conciencia, tanto en la esfera pública como en la privada”.

PÉRFIDOS

Podrá decirnos también ahora Benedicto XVI que no es el pueblo judío.
Pero nadie puede negar que esto demuestra la hipocresía y maldad de los que reclaman para sí ser perseguidos y odiados por los católicos.
Esto es lo que siempre han buscado: callarnos por “vergüenza”. De ese modo su pérfida voz se alzaría con mayor fuerza.
Para esto dominan la prensa mundial.

Sólo necesitaban cómplices que minaran el interior de la Iglesia.
Nuevos “Iscariotes” dispuestos a vender a Jesús.
El Iscariote fue elegido por Cristo también.
Y era uno de sus Apóstoles. También.

Hemos tenido que aguantar mucho ya. Ha habido mucho silencio, por las investiduras y por el escándalo de los simples.
Pero seguir callados hoy es una impiedad tremenda.
Benedicto XVI, quien en Auschwitz imprecó a Dios diciendo “¿Dónde estabas cuando sucedía esto?”, el mismo que ha mandado a creer, bajo pena de excomunión, como si fuera un nuevo dogma de Fe, en la Shoah, el engaño más grande del mundo, es el que quiere que les llamemos, no ya hermanos mayores, sino “padres en la fe”. Así lo coloca en su tenebroso opúsculo “Luz del Mundo”.
Y para esto no dudó ni siquiera en pervertir el sentido de los SANTOS EVANGELIOS, dándole nuevas interpretaciones. Trayendo un Nuevo Evangelio. Sabemos lo que el Espíritu Santo por San Pablo nos ha enseñado acerca de cómo deben ser considerados los que traen un nuevo evangelio, aunque sean Ángeles o los mismos Apóstoles…

Mientras los cómplices van destruyendo lo poco que ha quedado de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, transformándola en la Sinagoga de Satanás, los pérfidos se burlan tremendamente de Nuestro Señor.
¿Y nosotros, qué haremos?

Actualización 06-May-2011: Hemos decidido quitar las imágenes del post ya que algunas personas se han sentido molestas por ellas.

En justicia y caridad, les pedimos nos perdonen los que de ese modo han pensado.

Dice nuestro blog amigo:

LecSión de Historia: Parodia de la crucifixión de NSJC en programa infantil judío.

de † Crux- ε Et – Ω Gladius de cruxetgladiuss@gmail.com (†Crux-εEt-ΩGladius.)

Toffee VeHa- Gorillah, programa infantil transmitido en Israel (2008-2009), presentado por la actriz y modelo judía (sionista) Neama Natib.

Es de especial gravedad lo que aquí ocurre pues se blasfema directamente en contra de Cristo parodiando La Crucifixión de que fuera objeto a manos del “pueblo israelita”, además la chica (muy livianita de ropa),  blasfema la figura y nombre Del Redentor.

Esto son los sionistas, esto es el judaísmo, el mismo que el actual papa justifica oponiéndose a la Biblia y los apóstoles, el mismo por el que según B16 Cristo derramo su sangre y que así lo atestigua la biblia cuando dicen “Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”… Los mismos que el futuro beato JP2 llamo “Hermanos Mayores “.

¿Que esta pasando?…

LA TRISTE REALIDAD (CUANDO VEAIS TODAS ESTAS COSAS… ¡ALEGRAOS!)

Esto es lo que se va a beatificar el próximo domingo, si finalmente Dios lo permite.

El espíritu anticristiano, el espíritu del mundo.

Sabemos ya que Benedicto XVI no adoró la Santa Cruz, pero se arrodillará ante los restos de JP2, ¿los besará?

Amigos católicos no tradicionales, mundo pagano, cismáticos, herejes, judíos… No se dejen convencer.

Nuestra Santa Fe, la única Verdadera y a la que teneis que adherir para salvar vuestra alma, no es esta que presentamos aquí.

Juan Pablo II, Benedicto XVI y todos los que los siguen en su apostasía pública, no están con el Verdadero Cristo.

Por favor, reflexionen. Esto es no solo contra nosotros, los católicos que amamos la Iglesia como la fundó Jesucristo, esto es también contra Uds.

No entran ellos y no los dejan entrar…

Dios nos proteja y nos deje ver claro en esta hora de tremenda confusión que reina en el mundo.

Dice Crux et Gladius: (hay mucho más siguiendo el enlace)

Humanamente no conseguiremos que B16 de pie atrás con la beatificación, pero tenemos la obligación de que se sepa por que nos oponemos y nos opondremos.

El Espíritu de Asís, este vídeo es el complemento de la declaración de La iglesia Greco-católica-ortodoxa-ucraniana; se encuentra en plena comunión con Roma y ha hecho saber estas inquietudes al Santo Padre actual y a todos los obispos del mundo.

El vídeo esta cortado al finalizar ya que el Arzobispo Elías llama al reconocimiento de la SEDE VACANTE a contar del momento de la beatificación, encuentro seria de una terrible irresponsabilidad de mi parte el difundirla.

Como ejemplo empírico del efecto del fuerte contenido de lo que verán, les puedo citar a mi madre, quien por parecerse mucho físicamente JP2 a su padre, mi abuelo, ella siempre le ha tenido un especial aprecio y constantemente me llamaba la atención por nombrarlo EL OSCULADOR DEL CORAN. Hoy en la mañana y luego de bajar el vídeo, se quedo mirándolo casi desde el comienzo… no creía lo que sus ojos veían… quedo escandalizada, apenada y muy dolida, se le notaba en el semblante.

Sus comentarios fueron: Ahora te entiendo…y tras una pausa me dijo: ¿Vamos a tener que hacernos Católicos ortodoxos? …

De verdad nos han hecho pedazos la Iglesia.

Gladius

Gracias Gladius

LA PROFECÍA CATÓLICA Y LA ACTUAL POLÍTICA DE RUSIA

LA PROFECÍA CATÓLICA Y LA ACTUAL POLÍTICA DE RUSIA

Visto en Apostasía

LA PINZA RUSO-ARABE CONTRA OCCIDENTE

Me ha aparecido tan interesante este artículo del analista geo-estratega Toby Westerman  aparecido en este sitio  que me he decidido a traducirlo y ofrecerlo a los lectores del blog. Lo reproduzco después de esta introducción. El título que doy a este post alude a la amenaza sobre los pueblos occidentales, Europa, de la política expansiva hostil de Rusia y la ayuda que para ello se adivina de los pueblos árabes, Irán incluído.

Pero el motivo de que traiga a este blog de orientación religiosa el artículo de Westerman,  que podría encuadarse en la categoría de”Geo-estrategia” o “Política Internacional” es porque  en él queda subrayada la vinculación con la Profecía católica que ha anunciado desde tiempo inmemorial el peligro para los pueblos de Europa de una invasión ruso-árabe.

Considérese este artículo de Alberto G.del Castillo aparecido aquí  y del que extraigo unos párrafos. Desde luego el autor aunque lo calla se ve que está familiarizado con la profecía católica. He aquí el extracto:

Los Acontecimientos que Probabilísimamente se avecinan

…LOS MUY GRAVES, son la invasión del Vaticano, el asesinato del Sumo Pontífice y la tercera guerra mundial.

En cuanto a los dos primeros, ¿Cómo no presumir que los que van a invadir el Vaticano, serán precisamente los mismos, que ya están instalándose masivamente en Europa?…

Tampoco nos debe extrañar, que el actual Papa, este en la mira de los seguidores del Profeta. Improbable es que le perdonen lo que osó decir en su conferencia de Ratisbona, citando al emperador Manuel II Paleólogo: “Muéstrame lo que Mahoma ha traído de nuevo, y entenderás: SOLO COSAS MALAS E INHUMANAS…”.

En cuanto al hecho de que un Papa va a ser asesinado, no hay porqué asombrarse: ya lo anticipó don BOSCO en su sueño “LAS DOS COLUMNAS” en 1862, en el que vio que “el Papa cae herido gravemente; y que herido por 2da vez, CAE NUEVAMENTE Y MUERE”.

…Pero hete aquí, que otra visión confirma el sueño del Santo = Nos referimos a la que tuvo el Papa San Pío X en 1909: “¿Seré yo – se preguntaba – o será mi sucesor? LO QUE ES SEGURO, es que EL PAPA ABANDONARA ROMA, y que para salir del Vaticano, le será necesario PASAR SOBRE LOS CADÁVERES DE SUS SACERDOTES”

En realidad, lo enunciado aquí es un lugar común dentro de la profecía católica (ver en este blog el texto digital de la profecía católica, tomado del blog “Santa Iglesia Militante, como también lo son las profecías que ahora aporto). Sólo habría que recordar los siguientes textos entre muchos y que pueden hacer ver la coincidencia profética con los analistas, como Toby Westerman:

Dejando las conocidas profecías y muy citadas de  San Pío X y la del papa León XIII, y la célebre de la profecía llamada de San Malaquías ( que acaba diciendo que civitas septicollis diruetur) traigo estas:

Sor de la Nativité (1731-1798)
Nota: Por la importancia de estas profecías de Soeur Nativité, no muy conocidas, me extiendo un poco en ellas aunque no se ciñan al objeto del post.

Yo he visto una gran potencia elevarse contra la Santa Iglesia. Ella ha arrancado, pillado, devastado la viña del Señor; la ha hecho servir como escabel a los transeúntes, y la ha expuesto a los insultos de todas las naciones. Después de haber injuriado el celibato y oprimido el estado religioso, esta soberbia audaz hoy se ha COMO REVESTIDO  de los poderes de nuestro Santo Padre el Papa, del cual ella ha menospreciado la persona y la autoridad… He visto tambalearse las columnas de la Iglesia, he visto, inclusive, caer un gran número de los que se tenía motivo de esperar más estabilidad…
Orden dada a los santos apóstoles Pedro y Pablo de TRANSFERIR la cátedra apostólica

En los últimos tiempos se levantará una falsa religión contraria a la unidad de la Iglesia.
“Esta herejía hará tal devastación,  que yo no creo que haya habido antes una tan funesta… Ella será acreditada, encontrará partidarios, por todos lados, tendrá grandes sucesos, extenderá lejos sus conquistas, y parecerá envolver todos los países y todos los estados, en los que  tendrá un aire magnífico y muy importante de bondad, de humanidad, de beneficencia, y hasta de religión, lo que será una trampa seductora, para un gran número aún.
“Sus sectarios, para tener mejores resultados, afectarán al inicio un gran respeto por el Evangelio y la catolicidad; aparecerán libros sobre espiritualidad, que serán escritos por ellos con un color de devoción, y llevarán las almas a un punto de perfección que parecerá elevarlas hasta el tercer cielo. Tampoco se dudará de la santidad de sus autores ni de sus partidarios, que se los pondrá por encima de los más grandes santos, quienes, según ellos, no habrán hecho sino desbrozar [el camino de] la virtud…”
” Tendrán altares y templos donde sus sacerdotes tratarán de imitar los ministerios, las ceremonias y el sacerdocio de la religión, en las cuales  mezclarán una cantidad de circunstancias extravagantes y supersticiosas, invocando, o más bien, profanando el santo nombre de Dios.
Religión fundamentada sobre los placeres de los sentidos  [¿Se refiere a la emotividad y sensiblería de algunos cultos?]
“Estando su religión fundamentada sobre los placeres de los sentidos, despreciarán interiormente la vida crucificada, la mortificación, el sufrimiento…
“El ridículo que ellos tratarán de lanzar sobre los cristianos que todavía habrá, hará caer y apostatar un gran número; porque esta especie de persecución es tanto más terrible cuanto que  está fortalecida por el respeto humano, el amor propio, una falsa vergüenza, y sobre todo por las pasiones que nos llevan siempre del lado que más les favorece.
Se escuchará hablar de prodigios y de milagros de los ministros del error que, de su lado, no harán menos esfuerzos para ilusionar al pueblo con cosas sorprendentes, donde el demonio entrará muchísimo, hasta que después de su muerte, él los elevará en el aire en globos de fuego, a fin de hacerlos adorar como dioses inmortales. También se pintarán sus imágenes en los templos, y se dirá muy alto que una Iglesia que produce semejantes milagros es mucho más santa que la anterior” (Soeur de la Nativité)
San Anselmo de Sunium (Siglo XIII)

Desgracia a ti, ciudad de las siete colinas, cuando la letra K sea aclamada  en tus murallas [¿Tendrá algo que ver con la próxima beatificación de Karol Woytila?]
“Desgracia a ti, ciudad de las siete colinas, cuando la letra K sea alabada en tus murallas. Entonces tu caída se aproximará; tus dominadores y tiranos [¿Pero quienes son estos?] serán destruidos. Tú has irritado al Altísimo por tus crímenes y tus blasfemias, tú perecerás en la derrota y en la sangre” (M. Servant, pág. 281).

San Pedro Celestino (1251-1296)
Antes que la Iglesia sea renovada, Dios permitirá que el trono de San Pedro SEA VACANTE

Fray Juan de Vatiguerro (Siglo XIII)
El Jefe Supremo de la Iglesia mudará de residencia. Sobre la persecución contra la Iglesia:
“El Jefe Supremo [¿Por qué dice Jefe y no, papa?] de la Iglesia mudará de residencia y será una felicidad para él y para sus hermanos que estarán con él, el poder encontrar un lugar de refugio, en donde cada cual pueda comer con los suyos el pan del dolor en este valle de lágrimas.

Beata Catalina Racconigi (1486-1547)
Los turcos vendrá a Italia y la devastarán.

“Este espectáculo de las pruebas de la barca Santa le fue dado hacia el fin de su vida. Ella decía en esos días que la renovación de la Iglesia por medio de los flagelos no estaba lejos; que los turcos vendrían a Italia y la devastarían y ensangrentarían en grandes batallas”.

Fray Calixto (+1751)
Nosotros hemos abusado del sacrificio, el sacrificio cesará
Venerable Isabel Canori Mora
(1774-1825)
Orden dada a los santos apóstoles Pedro y Pablo de transferir la cátedra apostólica.
Beata Ana María Taigi
(1769-1837) El 31 de agosto de 1816, ella oye de Nuestro Señor:
“Oh Roma, Roma. Hijos criminales. ¨¿Ignoráis el bien que os hice?… Tomo nota de vuestra respuesta… Pero cuando Mi Padre Celestial dé la orden… Amada Mía: verás cómo terminará Roma.
Por recordar sólamente la célebre profecía de San Juan Bosco, la cito de pasada:

Advirtió al Papa Pío IX (siglo XIX) de que llegará un día en que una luz brillante resplandecerá en el cielo, en pleno fragor de una batalla. En ese instante, el Papa y sus servidores abandonarán el Vaticano pasando por una plaza cubierta de muertos y heridos. Todo el paìs sufrirá una gran pérdida de población y la tierra se agitará como arrasada por un huracán y caerá un fuerte pedrisco. Durante doscientos amaneceres, el Papa y su séquito vagarán por tierras extranjera.

Este es un mapa hecho a partir de la profecía católica sobre la invasión ruso-árabe a Europa

El inmenso corpus de profecías que aluden a la invasión rusa- árabe en Europa  ha hecho dibujar el siguiente mapa, a los “profetólogos” franceses.  Sobre el mapa se lee: “Schéma de  l’invassion russo-arabe en fonction des proféties”

Libia, Siria, Rusia –
La ceguedad de USA frente al oriente medio

Toby Westerman

Una nueva amenaza está surgiendo en el Cercano Oriente. Se trata del apoyo al terrorismo fundamentalista islámico, pero va mucho más allá de ello. La administración “Obama” de U.S.A. y la oligarquía en Washington que lleva los asuntos de política exterior, estiman  que el régimen del presidente sirio, Bashar al-Assad, es un gobierno  reformista. Contemplan esta región del medio oriente con ojos afectados de ceguera, tal como lo hace el resto del mundo.  La Siria de Assad no sólo ayuda a los grupos terroristas, sino también está a punto de proporcionar a Rusia, el puerto del Mediterráneo oriental que su  expansión militar  necesita.

El President Bashar al-Assad guarda estrechas relaciones con Rusia

Rusia y Siria son aliados desde la era soviética, cuando estaba en el gobierno el padre de Bashar, Hafez al-Assad. Incluso durante el período de la “nueva” Rusia, la relación entre los dos países era muy activa, dando al régimen de Assad una fortaleza que el Estado sirio no podría tener por sí mismo.

La presencia de Rusia en la zona podría plantear un desafío directo a la Sexta Flota de los EE.UU.

Mientras que Moscú tiene un largo camino por recorrer para que su ejército sea equiparable al de los Estados Unidos, Rusia, como China, están intentando mejorar rápidamente sus fuerzas armadas.

En parte, estos intentos se plasman  en  la base naval de Tartus, Siria. En la actualidad, sólo hay un centro de reparación y abastecimiento en Tartus, pero los informes de que disponemos  señalan que Rusia va a adaptar  la base para dar cabida a buques de guerra de gran tamaño.

Estos informes, también indican que  Moscú se dispone a  abastecer a Siria con los  supersónicos misiles Yakhont anti  cruceros, a los que Israel teme enfrentarse en su lucha contra Hezbolá.

El apoyo de Siria a lo largo de los años al terrorismo no parece haber causado alguna dificultad a Moscú.

SIria envía a Hezbollá en líbano misiles rusos Scud

Durante décadas, Damasco ha ayudado a los grupos terroristas Hamas y Hezbollah. Siria actúa como un conducto para las armas de la República Islámica del Irán a las guerrillas de Hamas, incluidos los misiles y proyectiles de mortero. Un avión de las líneas aéreas iraníes fue interceptado recientemente en Turquía y obligado a aterrizar.  Los inspectores de Turquía  encontraron proyectiles de mortero de varios tamaños etiquetados como “repuestos de automóviles.”

En reconocimiento por la ayuda de Siria, Hamas ha presionado a los manifestantes contra el gobierno para atemperar sus ataques contra el régimen de Assad, que es incondicionalmente anti-israelí.
Además de Hamas, el “reformista” régimen de Assad es un aliado importante del grupo terrorista Hezbolá.
No contentos con ayudar simplemente a los grupos terroristas, los sirios están intentando la construcción y mantenimiento de dos instalaciones nucleares. Una ha recibido los inspectores de la agencia nuclear “perro guardián” de la ONU , “Agencia Internacional de Energía Atómica (OIEA), pero la otra sigue estando estrictamente fuera de control.

Además de sus aspiraciones nucleares, Siria ha mostrado su disposición a utilizar de armas químicas. En 2004, un equipo de armas químicas de Siria voló a Sudán a petición del gobierno islámico de Sudán, que había solicitado su ayuda para la supresión de una aldea  rebelde. Varios días después, decenas  cuerpos  “congelados”fueron recogidos por el ejército sudanés y enviados para su examen a un hospital de Jartum, la capital del país.
Informes sobre el ataque y sobre los cuerpos “congelados” aparecieron en algunos medios de comunicación occidentales (pero apenas se informó de ello en los EE.UU.). La descripción del estado de los  cuerpos muertos sugería que fueron muertos como  resultado de un ataque químico. Informaciones de este ataque pueden leerse   en el libro Terror, Mentira y Resurgimiento de un Nuevo Imperio Comunista” .

Al-Assad promete su ayuda al jefe de Hamas, Khaled Meshal, a la izquerda

Ahora que los Estados Unidos se ven envueltos en una intensa intervención “humanitaria” en Libia surge la cuestión de por qué elgobierno de Obama no  lanza también  un asalto contra el régimen de Assad, que también participó en la masacre de las manifestaciones de sus  propios ciudadanos (lo que no es una actividad inusual para el régimen sirio). La respuesta es clara, y no tiene nada que ver con sutilezas diplomáticas en  Oriente Próximo. La simple verdad es que Washington no quiere arriesgarse a entrar en conflicto con Moscú. Mientras el mundo se desentiende ante la perspectiva  cada vez   más cercana de un Irán armado con armas nucleares, Moscú está contribuyendo con su imprescindible ayuda  al  desarrollo iraní de energía atómica. Sin la ayuda de Moscú, no existiría esta amenaza a la paz y estabilidad mundial . Los mismos ojos afectados de ceguera ante los acontecimientos  del Cercano Oriente también lo están cuando ven pero no comprenden la realidad de los objetivos de la política exterior de la “nueva” Rusia. La oligarquía de la “nueva” Rusia, que oprime a su propia población, apoya cualquier dictadura anti-occidental y anti- Estados Unidos en el mundo. La verdad es que la administración de Obama – y otros organismos de la política exterior de Washington – no quiere reconocer las graves amenazas que penden sobre nosotros. Es mucho más fácil mirar a Oriente, como también a gran parte del mundo, con ojos cegados,  que ven pero no comprenden. También es mucho más peligroso para el pueblo de los Estados Unidos. Publicado el 20 de abril 2011 Toby Westerman en  ” Internacional News Analysis” .

CAMPOS Y LA “MISA” CON MONAGUILLAS

LOS DRAMÁTICOS RESULTADOS DE COQUETEAR CON LA ROMA APÓSTATA

Foto da semana.

Forma extremamente ordinária: Padre Hélio Marcos da Silva Rosa, da Administração Apostólica Pessoal São João Maria Vianney, celebra missa em Cardoso Moreira, RJ, no “Cerco de Jericó”.

Visto en Fratres in unum

Algunos comentarios dejados en ese blog:

Estudou em La Reja e foi ordenado por Dom Lefebvre! Era considerado um dos mais “firmes” na antiga União Sacerdotal São João Maria Vianney… o tempo passa, o tempo voa…

  1. Quero ver algum puxa-saco do D. Rifan dizer que essa foto não pode ir parar no “Salvem a Liturgia!”…Com padres acordistas desse nível fica difícil defender a hermenêutica da continuidade.

  2. Nada demais. Ele foi formado para celebrar na forma extraordinária, mas acaso existe alguma impedição canônica para que ele celebre no rito novo?

  3. Ehhhh, Campos!
    Quem te viu, quem te vê!
    E depois ainda tem a cara de pau de dizer que nada mudou depois do acordo.
    Cadê os acordistas agora para defender a “plena comunhão” ?
    Se é para a FSSPX ganhar um carimbo de ‘PLENA COMUNHÃO’ e se transformar nisso daí, prefiro que ela não o faça.
    Pelos frutos os conhecereis…

  4. Why Am I Not Surprised?!?!?
    Diga me com quem tu andas…

LAGUNA DE AGUAS SERVIDAS

Ninguna duda nos cabe con respecto a Ud. Monseñor…

Obispo pide “tener cuidado con la penalización del aborto” y avala unión civil

Se trata de Justo Laguna, obispo emérito de Morón. Se declaró “antiabortista de alma”, pero advirtió que “hay que tener mucho cuidado con la penalización” de las mujeres. Rechazó “el matrimonio gay“, pero avaló la unión civil: “Hay que respetar las diferencias“, dijo

Obispo pide "tener cuidado con la penalización del aborto" y avala unión civil

Crédito foto: NA

El obispo emérito de Morón, monseñor Justo Laguna, se pronunció en contra de la penalización de las mujeres que realizan un aborto y se mostró a favor de la unión civil entre parejas homosexuales.

El religioso, una de las personalidades eclesiásticas más respetadas y de alto perfil en los últimos 20 años en la Argentina, habló sobre dos de los temas en los que la Iglesia mostró una posición más dogmática: el aborto y el matrimonio gay.

De hecho, la Iglesia Católica en la Argentina lideró la resistencia contra la aprobación de la ley denominada de “matrimonio igualitario” en el país, que habilitó las uniones plenas de personas del mismo sexo. El aborto es otra de las cruzadas en las que los sacerdotes están inmersos. El arzobispo de Buenos Aires y primado de la Iglesia local, cardenal Jorge Bergoglio, de hecho se mostró en las celebraciones por las pascuas junto a embarazadas como un gesto de celebración de la vida y en contra del aborto.

“Soy antiabortista de alma, pero con la penalización hay que tener cuidado. Hay que analizar en cada caso el qué y el cómo”, afirmó el obispo Justo Laguna, en un extenso reportaje difundido ayer.

En la entrevista de anoche en América 24, el obispo también rechazó en forma tajante la aprobación del “matrimonio” entre parejas del mismo sexo, pero respondió con un “por supuesto” cuando se le preguntó si estaba a favor de la “unión civil”. En ese sentido, afirmó que “hay que respetar las diferencias” y no ser sólo “tolerantes, sino aprender de los que piensan distinto”.

NUEVA PARODIA DE ADORACIÓN A LA CRUZ

Quisimos esperar a que pasara la Semana Santa, con el fin de no opacar los Solemnes Festejos…

Sorprendente e indignante.

Lo único que ha cambiado de las anteriores ediciones de esta parodia (2009 y 2010 ver post) ha sido que ahora más cardenales han dejado de besar la Cruz.

Como hemos dicho: Todo cuadra… (ver post)

BENEDICTO XVI DESCARTA HACER UNA CONSAGRACIÓN DEL MUNDO A MARÍA SANTÍSIMA

EL PAPA MEDIATIZÓ EL VIERNES SANTO CON UN ESPACIO CONCERTADO Y CON PREGUNTAS CON PREVIA APROBACIÓN QUE SE EMITIÓ A LAS 14 APROXIMADAMENTE (UNA HORA DE MÁXIMA IMPORTANCIA PARA LOS CATÓLICOS).

EL PROGRAMA SE LLAMÓ “A SU IMAGEN”.

LO MÁS DESTACADO HA SIDO LA NEGACIÓN DE UNA CONSAGRACIÓN PÚBLICA A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA.

RELATA EL HECHO EL BLOG “SACRO Y PROFANO” DE ESTE MODO:

Pero en la séptima y última contestación hay una verdadera noticia: el pontífice descartó que vaya a realizar nueva consagración de la humanidad a la Virgen, algo que diversos grupos estaban esperando. Pidió, más bien, interiorizar las consagraciones ya realizadas por sus predecesores.

A continuación la referida pregunta y respuesta, con la recomendación de leer todo el cuestionario (completo aquí), ejercicio necesario para entender a Benedicto XVI.

Santo Padre, la última pregunta es acerca de María. A los pies de la cruz, hay un conmovedor diálogo entre Jesús, su madre y Juan, en el que Jesús dice a María: “ He aquí a tu hijo” y a Juan : “He aquí a tu madre”. En su último libro, “Jesús de Nazaret”, lo define como “una disposición final de Jesús”. ¿Cómo debemos entender estas palabras? ¿Qué significado tenían en aquel momento y que significado tienen hoy en día? Y ya que estamos en tema de confiar. ¿Piensa renovar una consagración a la Virgen en el inicio de este nuevo milenio?

BXVI.- Estas palabras de Jesús son ante todo un acto muy humano. Vemos a Jesús como un hombre verdadero que lleva a cabo un gesto de verdadero hombre: un acto de amor por su madre confiándola al joven Juan  para que esté segura. En aquella época en Oriente una mujer sola se encontraba en una situación imposible. Confía su madre a este joven y a él le confía su madre. Jesús realmente actúa como un hombre con un sentimiento profundamente humano. Me parece muy hermoso, muy importante que antes de cualquier teología veamos aquí la verdadera humanidad, el verdadero humanismo de Jesús. Pero por supuesto este gesto tiene varias dimensiones, no atañe solo a ese momento: concierne a toda la historia.

En Juan, Jesús confía a todos nosotros, a toda la Iglesia , a todos los futuros discípulos a su madre y su madre a nosotros. Y esto se ha cumplido a lo largo de la historia: la humanidad y los cristianos han entendido cada vez más que la madre de Jesús es su madre. Y cada vez más personas se han confiado a su Madre: basta pensar en los grandes santuarios, en esta devoción a María, donde cada vez más la gente siente: “Esta es la Madre. ” E incluso algunos que casi tienen dificultad para llegar a Jesús en su grandeza del Hijo de Dios, se confían a la Madre sin dificultad. Algunos dicen: “Pero eso no tiene fundamento bíblico”. Aquí me gustaría responder con San Gregorio Magno: “ A medida que se lee – dice – crecen las palabras de la Escritura. ” Es decir, se desarrollan en la realidad, crecen , y cada vez más en la historia se difunde esta Palabra.

Todos podemos estar agradecidos porque la Madre es una realidad, a todos nos han dado una madre. Y podemos dirigirnos con mucha confianza a esta madre, que para cada cristiano es su Madre. Por otro lado la Madre es también expresión de la Iglesia. No podemos ser cristianos solos, con un cristianismo construido según mis ideas. La Madre es imagen de la Iglesia , de la Madre Iglesia y confiándonos a María, también tenemos que confiarnos a la Iglesia , vivir la Iglesia , ser Iglesia con María.

Llego ahora al tema de la consagración: los papas – Pío XII, Pablo VI y Juan Pablo II – hicieron un gran acto de consagración a la Virgen María y creo que , como gesto ante la humanidad, ante María misma, fue muy importante. Yo creo que ahora sea importante interiorizar ese acto, dejar que nos penetre, para realizarlo en nosotros mismos. Por eso he visitado algunos de los grandes santuarios marianos del mundo: Lourdes, Fátima, Czestochowa, Altötting …, siempre con el fin de hacer concreto, de interiorizar ese acto de consagración, para que sea realmente un acto nuestro.

Creo que el acto grande, público, ya se ha hecho. Tal vez algún día habrá que repetirlo, pero por el momento me parece más importante vivirlo, realizarlo, entrar en esta consagración para hacerla nuestra verdaderamente. Por ejemplo, en Fátima, me di cuenta de cómo los miles de personas presentes eran conscientes de esa consagración, se habían confiado,  encarnándola en sí mismos, para sí mismos. Así esa consagración se hace realidad en la Iglesia viva y así crece también la Iglesia. La entrega a María, el que todos nos dejemos penetrar y formar por esa presencia, el entrar en comunión con María, nos hace Iglesia, nos hace, junto con María, realmente esposa de Cristo.

De modo que, por ahora, no tengo intención de una nueva consagración pública, pero si quisiera invitar a todos a incorporarse a esa consagración que ya está hecha, para que la vivamos verdaderamente día tras día y crezca así una Iglesia realmente mariana que es Madre y Esposa e Hija de Jesús.

UNA BUENA RESPUESTA PARA ESTA NUEVA CORTINA DE HUMO LANZADA POR MONS. FELLAY A LOS FELIGRESES CIEGOS DE LA NEOFSSPX.

NOS RESTA FINALMENTE RECORDAR LA TREMENDA OPOSICIÓN DE RATZINGER DURANTE EL CONCILIO (LA QUE FINALMENTE RESULTÓ EXITOSA) DE NO DECLARAR EL DOGMA DE LA CORREDENCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA Y EL DE LA INTERCESORA DE TODAS LAS GRACIAS, TAL COMO LO RELATA EL P. WILTGEN EN “EL RIN DESEMBOCA EN EL TÍBER”


Aquí el video:


P. CERIANI: SERMÓN PARA EL DOMINGO DE PASCUA

DOMINGO DE PASCUA

DE RESURRECCIÓN

Pasado el sábado, María Magdalena, María, madre de Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, fueron al sepulcro. Se decían unas otras: ¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro? Y levantando los ojos ven que la piedra estaba ya retirada; y eso que era muy grande. Y entrando en el sepulcro vieron a un joven sentado en el lado derecho, vestido con una túnica blanca, y se asustaron. Pero él les dice: No temáis. Buscáis a Jesús de Nazaret crucificado; ha resucitado, no está aquí. Ved el lugar donde le pusieron. Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro que os precederá en Galilea; allí le veréis, como os lo dijo.

 

Ha resucitado, no está aquí

Dijimos anoche que por la Resurrección de Nuestro Señor tenemos la certeza de la inmortalidad, hasta de esta carne deleznable.

 Y este cuerpo corruptible que fatiga al alma, vaso de barro que deprime la mente, ya no será el formidable enemigo del espíritu, sino que él mismo, a semejanza del cuerpo resucitado de Cristo, será espiritual e inmortal.

 También se podrá decir un día de cada uno de nosotros: ha resucitado, no está aquí

 Porque Jesucristo, que ha querido que su Resurrección fuese la causa ejemplar de la nuestra, transformará nuestro cuerpo vil y lo hará conforme al suyo glorioso.

 Tremenda visión la de nuestro cadáver… Horrible aspecto el de estos huesos, de esta podre, de esta ceniza, que en sus entrañas encierran los sepulcros…

 Si por misericordia de Dios nuestra alma se ha salvado, la resurrección borrará esta vergüenza de nuestra carne y dará a nuestros cuerpos claridad, agilidad, sutilidad e inmortalidad.

 Nadie como San Pablo ha descrito esta gloriosa transfiguración: El cuerpo es sembrado en la corrupción, y resucitará en la incorruptibilidad; es sembrado en la ignominia, resucitará en la gloria; es sembrado en la debilidad, resucitará en la fuerza; es sembrado cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual.

 Y, presintiéndose ya revestido de inmortalidad, así cantaba su triunfo sobre la muerte: Cuando este cuerpo mortal se haya revestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra de la Escritura: La muerte ha sido absorbida por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? Gracias sean dadas a Dios, que nos ha dado la victoria por nuestro Señor Jesucristo.

 Retengamos de la Resurrección de Jesucristo la lección que reiteradamente saca el Apóstol del hecho magnífico de la nueva Vida que vivió Jesús después de su muerte. Es lección de vida cristiana.

 Creemos, porque Cristo resucitó; esperamos, porque su Resurrección es motivo, prenda y modelo de la nuestra. Pero esto no será así, si no resucitarnos según el espíritu ya en esta vida mortal.

 Pues hay dos maneras de resucitar, como hay dos maneras de morir, consiguientes a dos maneras de vivir.

 Se muere con el alma muerta por el pecado o con el alma viva por la gracia; y a estas dos maneras de morir responden dos maneras de resucitar: o se resucita para vivir eternamente la muerte del infierno, porque la vida de aquel lugar, dice san Agustín, es la muerte de toda vida; o para vivir eternamente en el Cielo, donde toda vida tiene su expansión definitiva.

 De estas dos formas de resucitar hablaba Jesucristo en el altísimo discurso a los judíos después de la curación del paralítico de la piscina de Bethsaida. Les hablaba de la resurrección espiritual, que no es otra que la justificación, cuando les decía que resucita a quien quiere; es decir, que la resurrección de los espíritus no es general, sino de los que quiere Jesús: El Hijo del hombre da la vida a los que quiere. Yo os aseguro que viene la hora, y ha llegado ya, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oyeren, vivirán.

 ¿Quiénes son los que la oyen? Los que quieren incorporarse a la obra vivificadora de Jesucristo, correspondiendo a la voluntad de Jesús que les llama.

 Y luego habla de la resurrección general de los cuerpos, que ocurrirá el día del juicio final: Viene la hora, en que todos los que están en los sepulcros oirán la voz del Hijo de Dios.

 Toda la teoría de la vivificación del hombre por Cristo se mueve alrededor de estas dos verdades: Jesucristo lo resucita todo, cuerpos y almas: ésta es la primera verdad.

 Los cuerpos resucitarán todos fatalmente, queramos o no; pero la resurrección del espíritu no se verificará, si el hombre no se incorpora voluntariamente, oyendo la voz de Dios, a la obra vivificadora de Jesucristo: ésta es la otra verdad.

 El juez que ha de pronunciar la sentencia sobre si la voluntad del hombre se ha acoplado o no a la de Jesucristo, correspondiendo a su voluntad de vivificarle, es el mismo Jesús, como lo declara en el mismo discurso de la Resurrección.

 Ante este juicio universal deberá comparecer toda la humanidad al oír la voz del Hijo del hombre que resonará sobre los sepulcros: Y los que hayan hecho el bien saldrán para la resurrección de la vida; pero los que hubiesen hecho el mal saldrán para la resurrección del juicio, que lo será de muerte eterna.

 Así, la Resurrección de Jesucristo, fundamento de la fe y motivo y gaje de la esperanza del cristiano, es la piedra de toque para estimar el valor de toda nuestra vida en orden a nuestro destino eterno.

 ¿Hemos hecho nuestra su Resurrección? Viviremos eternamente.

 ¿No hemos conresucitado con Él? Entonces resucitará nuestro cuerpo, pero será para acompañar en su desgracia eterna a nuestro espíritu muerto.

Jesucristo no murió para quedar en el sepulcro, sino para revivir. En la obra redentora de Jesús, la Resurrección es un complemento necesario de su muerte. Jesús debía sucumbir para que quedara destruido el pecado; pero a su muerte, equivalencia de la destrucción del pecado debía suceder el triunfo, definitivo y eterno, de su reviviscencia.

 Tal debe ocurrir, por analogía, en nuestra vida cristiana: Toda ella se reduce a morir al pecado y a vivir en Cristo.

 Las nociones de cristiano y pecador, en teoría, se excluyen. En tanto somos cristianos en cuanto hemos renunciado a las obras de pecado. Pues bien, el cristiano muere al pecado en el mismo momento en que recibe el Sacramento de la incorporación a Jesucristo, que es el Bautismo.

 El Bautismo es la sepultura de nuestros pecados y, al mismo tiempo, es el símbolo de nuestra redención espiritual.

 Jesucristo baja al sepulcro después de haber destruido nuestra muerte, que es el pecado; y sale de él resucitado para restaurar definitivamente nuestra vida, dice el Prefacio de Pascua.

 Lo que hizo en el orden general de la redención, lo particulariza en el Bautismo en cada uno de nosotros.

 Desde el momento del Bautismo hemos dejado el hombre viejo con sus vicios y concupiscencias, y hemos revestido el hombre nuevo, que ha sido creado según justicia en la verdad y santidad.

 Como el sepulcro de Jesucristo, el Bautismo es la tumba de nuestros pecados y el punto de arranque de nuestra vivificación en Él.

 San Pablo desarrolla maravillosamente esta teoría del Bautismo, como símbolo de la sepultura y resurrección de Jesús: ¿Ignoráis que todos los que hemos sido bautizados en Jesucristo hemos sido bautizados en su muerte?

 Ser bautizados en Jesús es serlo en orden a Jesús, para serle consagrados; y ser bautizados en su muerte es serlo en orden a su muerte, contrayendo una relación especial con la misma. Porque hemos sido consepultados con Él por el bautismo, a fin que, como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria de su Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.

 Toda la argumentación de San Pablo se reduce, pues, a esto: Jesucristo, representante universal de todos los pecadores, hecho pecado vivo, venció con su muerte al pecado, y bajó al sepulcro sin él; y del sepulcro salió con una vida totalmente nueva.

 Así nosotros: por el bautismo deponemos todo pecado, porque hacemos profesión de renunciar a todos ellos e incorporarnos a Jesucristo. Del Bautismo salimos con una vida totalmente nueva, como lo hizo Jesucristo al salir del sepulcro.

 Para comprender toda la fuerza de esta semejanza mística, que se funda en algo material como es el sepulcro, recuérdese que primitivamente el bautismo se administraba por inmersión: era el Bautisterio antiguo como un sepulcro; en sus aguas quedaba como sepultado el bautizado; su salida de ellas era como una resurrección, un retorno a una vida nueva.

Asentado este fecundo principio de nuestra muerte y resurrección, místicas, he aquí las consecuencias que saca el Apóstol al cotejarlas con la muerte y resurrección reales de Jesucristo:

 Primera: La crucifixión y la muerte con Cristo importa que dejemos en el sepulcro del Bautismo el hombre viejo, que sea destruido el cuerpo de pecado y que no sirvamos ya más al pecado: Sabiendo que nuestro hombre viejo ha sido crucificado con Él, a fin de que sea destruido el cuerpo de pecado y no seamos ya más esclavos del pecado.

 El hombre viejo es el que quedó maltrecho por el pecado de Adán; el nuevo es el que ha sido restaurado por el Segundo Adán, Jesucristo. El cuerpo de pecado es este pobre cuerpo, foco de toda concupiscencia, que vive en relación perpetua con el pecado, del que no puede librarse sino por la vida de Cristo. Por lo mismo, el solo hecho de ser cristiano lleva consigo el deber de morir a todo lo que sea pecado.

Segunda: Morir al pecado es condición previa y gaje de que viviremos con Jesucristo su misma vida: Si hemos muerto con Cristo, creemos que viviremos también con Jesucristo. Jesucristo murió, y luego vivió otra vida. ¿Hemos muerto con Él? Tengamos firme esperanza de que también viviremos con Él.

Tercera: La resurrección con Cristo importa en sí misma, para ser semejante a la de Él, la inmortalidad espiritual, es decir, que el cristiano que ha sido complantado con Cristo ya no debe pecar más, desgajándose de la unidad de vida con Cristo: Sabiendo que Cristo resucitado de entre los muertos ya no muere más, que la muerte no tendrá ya más imperio sobre Él.

 La razón es decisiva y profunda: Jesucristo murió una sola vez para cancelar el pecado, que ya no hizo mella en Él; en cambio, la vida que le sobrevino después de la muerte es definitiva y eterna, como la misma vida de Dios: Porque en cuanto murió por el pecado, murió una sola vez; pero en cuanto vive, vive por Dios.

Cuarta: Cierra el Apóstol el bello paralelismo entre nuestra resurrección y la de Cristo con el pensamiento de que hemos de morir al pecado una sola vez y hemos de vivir siempre y sin interrupción para Dios, en esta vida que nos conquistó Jesucristo: Consideraos, como Él, muertos ya al pecado y viviendo por Dios en Jesucristo Nuestro Señor.

A esta exposición doctrinal, agrega San Pablo una exhortación. La resurrección debe ser definitiva; pero quedan en el fondo de nuestra vida elementos que tratan de rebelarla contra Dios y destruir en ella la vida divina, haciéndola morir otra vez al pecado.

 Hay que utilizar todo recurso vital, de alma y cuerpo, para no sucumbir de nuevo, a fin de no contrariar las leyes de la resurrección espiritual: Que no reine ya más el pecado en vuestro cuerpo mortal, de tal manera que sirváis a sus concupiscencias; ni uséis de vuestros miembros para el pecado como armas de iniquidad; sino entregaos a Dios, como redivivos de entre los muertos, y dad a Dios vuestros miembros como armas de santidad y justicia.

 Tal es el misterio de la resurrección pascual: muertos con Cristo, resucitemos con Él; resucitados con Él, vivamos la misma vida que Él, que es la vida misma de Dios.

¡Qué bien ha interpretado la Iglesia este misterio de la transformación de la vida cristiana en Cristo resucitado! En la Epístola de este Domingo de Resurrección nos dice por boca de San Pablo:

 Purificaos de la vieja levadura, a fin de que seáis una pasta nueva, ya que sois panes ácimos; porque Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.

 Como si dijera: Desalojad de vuestras almas el viejo fermento del pecado; ya sois puros, porque os ha purificado nuestra purísima Pascua, que es Jesucristo inmolado.

 Y durante todo el tiempo pascual la Liturgia hace oír la magnífica exhortación del Apóstol a los Colosenses: Si habéis conresucitado con Cristo, buscad las cosas que son de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha del Padre; sentid el gusto de las cosas de arriba, no de las que están sobre la tierra.

 De la muerte a la vida; del pecado a Dios; de la tierra al Cielo; de la vida del hombre viejo según la carne a la del hombre nuevo según el espíritu. Este es el misterio de la vida cristiana en relación con la Resurrección de Jesucristo: Somos muertos — hechos insensibles a las cosas de la tierra-—; y nuestra vida está escondida con Cristo en Dios.

 Allá está el término definitivo de nuestra resurrección, según el espíritu, y según el cuerpo cuando sea su hora.

Este es el gran misterio de la Pascua cristiana: el Hombre-Dios que sale redivivo del sepulcro.

 Pero nuestra Pascua de acá es transitoria.

 Lo es, porque es temporal, y el tiempo es fugaz: no hemos llegado todavía al estado de inmortalidad definitiva, como nuestro Modelo Jesucristo resucitado.

 Lo es, porque nuestra miseria nos hunde, tal vez con frecuencia, en el sepulcro del pecado de donde salimos un día para vivir la vida de Dios: la vida divina no conoce retrocesos, pero nosotros sí, que cien veces hemos puesto la mano en el arado y hemos vuelto la vista atrás.

 Todo nuestro esfuerzo debe tender a “contemplarnos” cada día más con Jesucristo resucitado, para vivir más intensamente con Él la vida de Dios, y a no separarnos más de Él hasta que con Él celebremos la solemnidad de la Pascua definitiva y eterna.

P. CERIANI: SERMÓN PARA EL SÁBADO DE GLORIA

MISA DE GLORIA

Pasado el sábado, al amanecer el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro. De pronto se produjo un gran terremoto, pues el Ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó encima de ella. Su aspecto era como el relámpago y sus vestidos blancos como la nieve. Los guardias, atemorizados ante él, se pusieron a temblar y se quedaron como muertos. El Ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: “Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, que fue crucificado; no está aquí, porque ha resucitado, como lo había predicho. Venid, ved el lugar donde estaba puesto el Señor. Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. Ya os lo ha predicho.”


 Creo en Jesucristo, que fue crucificado, muerto y sepultado; que descendió a los infiernos; y que el tercer día resucitó de entre los muertos.

Estas palabras de nuestro Credo, resucitó de entre los muertos, quieren decir que, el tercer día después de su muerte, Jesucristo reunió su Alma a su Cuerpo, por su propio poder, y salió vivo del sepulcro.

 Él es Dios, Omnipotente; le ha bastado decir a su Alma, desde el Viernes Santo en los Limbos, Ve a reunirte a tu Cuerpo que está en el sepulcro. El Alma ha obedecido en seguida, y por su propio poder, Jesús salió de allí vivo.

 La Resurrección es el más grande de todos los milagros de Nuestro Señor; el que prueba mejor que había dicho la verdad todas las veces que afirmó que Él era Dios.

 He aquí por qué la Fiesta de Pascua es la más grande de todas las fiestas del año.

 Jesucristo resucitó, y con ello coronó su obra y confundió a sus enemigos.

 Pero los hechos de Jesús tienen trascendencia mayor, porque son lecciones para sus discípulos. Este hecho de su Resurrección es un gran milagro y un gran ejemplo, dice San Agustín: milagro para que creamos; ejemplo para que esperemos, si participamos de su Pasión.

 Repitamos con San Pablo: Si Jesucristo no resucitó, es inútil la predicación de la Iglesia; es vana y sin fundamento nuestra fe. Pero si Jesucristo revivió después de muerto, todo el dogma cristiano adquiere definitiva consistencia y es inexpugnable en todas sus partes, y nuestra fe obtiene la certeza de la verdad divina.

 La Resurrección es, ante todo, el cumplimiento de una profecía de Jesús, pronunciada con reiteración y como garantía de la verdad de su legación divina.

 El hecho de la Resurrección es una preocupación y un propósito en la vida pública de Jesús. Ni el resplandor divino de su Persona, ni la excelsitud de su doctrina, ni sus multiplicados milagros habían podido doblegar la cerviz del pueblo judío al yugo de la fe.

 Los sacerdotes y fariseos de Israel sacaban de todo ello mayores motivos de resistencia y odio: ¡Ved cómo todo el mundo va en pos de él!, dicen con envidia: ¿Qué hacemos?, porque este hombre hace muchos milagros…

 Faltaba el mayor de todos, claro, incontestable, de fuerza probatoria invicta: su Resurrección.

Con ella, todo en Jesucristo se eleva, a los ojos mismos de sus enemigos, al plano de la divinidad: no sólo su Persona, sino también su doctrina, sus predicciones, sus milagros.

 Jesucristo se lo anunció a los judíos, y llegado el día lo cumplió: la Resurrección tendrá toda la fuerza de un estupendo milagro y de la realización de sus profecías.

Echaba del Templo un día Jesús a los mercaderes, celando por el decoro de la casa de su Padre, convertida por los judíos en casa de negocio. Lastimados en su avaricia, le increpan así: ¿Qué milagro haces para proceder de este modo? Es decir, ¿con qué prodigio demuestras tu condición de profeta reformador? Jesús no hace el milagro, pero se lo promete: Destruid este Templo, les dice, y yo lo reedificaré en tres días

 Él se refería al Templo de su Cuerpo, dice sentenciosamente el Evangelista. Y habiendo resucitado, recordaron sus discípulos estas palabras, y creyeron a la Escritura y a las palabras de Jesús.

 Otro día, después de una tremenda requisitoria de Jesús contra escribas y fariseos, se le acercan algunos de ellos y le dicen: Maestro, queremos verte hacer algún milagro. No les basta la curación de los enfermos ni la expulsión de los demonios; quieren algo más aparatoso, alguna señal extraordinaria en el cielo, por ejemplo. Jesús les responde severamente: Esta generación mala y adúltera, quiere un milagro, y no se le dará otro que el milagro del profeta Jonás, porque así como Jonás estuvo en el seno de la ballena tres días y tres noches, así el Hijo del Hombre estará tres días y tres noches en el corazón de la tierra.

 Tan clara fue la profecía que se contenía en las transparentes metáforas del Templo y de la ballena, que sus enemigos, después de muerto, dijeron a Pilatos: Señor, recordamos que aquel impostor dijo cuando vivía: Resucitaré después de tres días: ordenad, pues, que el sepulcro sea guardado hasta el tercero día.

A los judíos les ha hablado en metáfora; a sus discípulos les predice abiertamente su Resurrección: Y comenzó a manifestar a sus discípulos que convenía que fuese a Jerusalén, y que allí padeciese mucho… y que fuese muerto y que resucitase al tercer día.

 Poco tiempo después les reitera la profecía, mientras estaban ellos en Galilea, díjoles Jesús: El Hijo del hombre ha de ser entregado en manos de los hombres, y le matarán y resucitará al tercer día.

 No contéis a nadie lo que habéis visto, dice a los discípulos testigos de la Transfiguración, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.

 La predicción de la Resurrección es clara, reiterada, anunciada a sus adversarios y a sus íntimos.

 La profiere como garantía sobrenatural de su legación y de su doctrina. Cuando el hecho se produzca, la Persona de Jesús aparecerá nimbada por la divinidad, y su doctrina deberá ser tenida como doctrina de Dios.

 Este es el valor apologético de la Resurrección de Jesucristo. Y este valor no deberá pesar sólo en la conciencia de sus contemporáneos, sino que es tan duradero como la Verdad, que el hecho de la Resurrección confirmó.

 Ya no es vana la fe de las generaciones cristianas. A quienquiera que nos pida razón de ella podemos decir: Cuando no tuviéramos los milagros que hizo Jesús durante su predicación, ni la excelsitud de su doctrina, ni el testimonio de millones de mártires, ni este hecho, único en la historia, de la rápida propagación del Cristianismo, de su santidad y de sus glorias, nos bastaría para creer el solo hecho de la Resurrección personal, automática, por su propio poder de Dios, del Autor y consumador de nuestra fe.

 ¡Misericordia de la luz que da Dios a los hombres! Una generación tras otra podrá oír la palabra persuasiva de Jesucristo: Palpad y ved, que los espíritus no tienen carne ni huesos.

 A los que recalcitren contra una verdad tan demostrada, podrá decirles Jesús, como a Santo Tornas: Mete aquí tu dedo, y registra mis manos; y trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino fiel.

 Es decir, mira y remira los documentos de la historia; atiende al testimonio de mis discípulos que me vieron resucitado y que dieron su sangre por esta verdad; ve que un embuste no dura veinte siglos, ni se logra con él una grandeza como la de la civilización cristiana.

 Y los hombres rectos de pensamiento y de corazón deberán decirle a Jesucristo resucitado, como el apóstol incrédulo: ¡Señor mío y Dios mío!

 La Resurrección es argumento invicto de nuestra fe; lo es, asimismo, de nuestra esperanza.

 Condenados a morir por el pecado del primer Adán, ya tenemos, en la resurrección del Segundo, el gaje y la causa de la nuestra, del cuerpo y del alma.

 Todos morimos, le decía la mujer Tecuita a David, y nos vamos deslizando como el agua que corre por tierra, la cual nunca vuelve atrás. ¡Qué melancolía respira la bella metáfora!

 Nos contrista, dice la Iglesia, la certeza de nuestra condición mortal. ¿Y qué? ¿Para esto vino Jesucristo a la tierra? ¿Para poner un lenitivo al pensamiento que nos acosa de la muerte futura?

 Si fuese así, dice San Pablo hablando de la Resurrección de Jesucristo, si sólo tenemos esperanza en Cristo mientras dura nuestra vida, somos los más desdichados de todos los hombres.

 La razón es obvia, y la expone en gran relieve el mismo Apóstol: ¿De qué me sirve, dice, haber combatido en Éfeso contra bestias feroces, si no resucitan los muertos? En este caso, no pensemos más que en comer y beber, puesto que mañana moriremos.

 Si no hemos de revivir, ¿qué razón nos obliga a someter nuestra vida a la ley dura, y qué razón hay para que no soltemos el freno de toda ley y vivamos sin ella?

 Es imposible la lógica de la incredulidad. Si no hay fe, tampoco hay esperanza; si no hemos de sobrevivir en una segunda vida gloriosa e inmortal, seamos dueños de nuestra vida, y gocémosla.

 Pero nosotros creemos en la Resurrección de Jesucristo y en todo el sistema de verdades que sobre ella se asienta. Sobre la misma Resurrección fundamos nuestra esperanza de revivir después de la muerte. Esperamos en la Resurrección de Cristo la realidad de las promesas de nuestra fe.

 Resucitaremos, porque Jesucristo resucitó. La Resurrección del Señor es, por una parte, algo personalísimo. Es a Él a quien, como Dios, le compete la absoluta libertad de tomar el alma y dejarla; de volverla a tomar. Es la Divinidad de Jesucristo, íntimamente compenetrada con la Humanidad, la que obra el estupendo milagro de la Resurrección. Dios es quien en Cristo resucita al hombre; se resucita a sí mismo porque es Dios.

 Pero en la Resurrección de Cristo hay que considerar un aspecto de íntima relación con nosotros, con todos los hombres. Jesucristo muere como Mediador entre Dios y los hombres. Y con el mismo carácter de Mediador resucita.

 Jesucristo es el Segundo Adán; y la relación que hay entre Él y la humanidad en orden a la vida, es la misma que había entre el Adán primero y nosotros en orden a la muerte.

 De aquí concluye San Pablo, con lógica inflexible: Cristo ha resucitado de entre los muertos, y es las primicias de los difuntos; porque así como por un hombre vino la muerte al mundo, por un hombre tiene que venir también la resurrección de los muertos. Y así como en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados.

 Tal es la doble ley: la de la muerte y la de la vivificación. Al decreto de muerte pronunciado en el Paraíso, responde el hecho de la Resurrección de Jesucristo, que triunfa de toda muerte y es un llamamiento de todos a la vida.

 San Pablo formulaba en términos precisos la doble ley: Decretado está que los hombres mueran una vez. Todos, en verdad, resucitaremos. Al pecado de uno, siguió la muerte de todos; a la resurrección de otro, seguirá la resurrección universal.

 Ni Adán ni Jesucristo estaban solos; el primero, al pecar; al resucitar el segundo.

 El Adán primero fue el mediador universal de la muerte; el Segundo lo fue de la resurrección y la vida.

 Y como el cuerpo de Adán fue el instrumento por el que se propagó el pecado y la muerte; así lo ha sido el Cuerpo de Jesucristo para obrar la Resurrección.

 El Verbo de Dios ha comunicado la vida inmortal al cuerpo que le estaba naturalmente unido, dice santo Tomás, y por el mismo obra la resurrección de los demás.

 Digamos, de paso, que la Resurrección de Jesucristo no sólo obra la de nuestros cuerpos, sino también la de las almas.

 La virtud del Verbo de Dios, fuente de la vida, se extiende a los cuerpos y a las almas, y a Él se debe que los cuerpos vivan por el alma, y el alma por la gracia.

 Por esto, dice Santo Tomás, la Resurrección de Jesucristo tiene eficacia instrumental no sólo con respecto a la resurrección de los cuerpos, sino también a la resurrección de las almas.

 ¡Bella doctrina si la aplicamos a la Comunión Eucarística! Alma y cuerpo guarda la Eucaristía para la vida eterna, porque en Ella está el que es la Resurrección y la Vida, de los cuerpos y de las almas.

 La doble eficacia la señalaba el mismo Jesús cuando decía en su Discurso sobre la Eucaristía: En verdad, en verdad os digo, que si no comiereis la Carne del Hijo del hombre y bebiereis su Sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi Carne y bebe mi Sangre tiene la vida eterna, y yo le resucitaré en el último día.

 ¡Qué consuelo para el alma cristiana! Ya no tenemos solamente la certeza de las verdades de la Fe, porque tenemos la garantía de la Resurrección de Jesús, que es su fundamento inconmovible; sino que tenemos la certeza de la inmortalidad, hasta de esta carne deleznable.

 Moriremos, pero volveremos a vivir; y la tristeza de la muerte estará templada por la promesa de la inmortalidad futura.

 El Santo Job, deshecho el cuerpo en el muladar, no quedándole ya más que los labios alrededor de sus dientes, sacaba de su pecho este grito de esperanza que parece arrancado del alma rendida de gratitud a los pies de Jesús Resucitado: Yo sé que mi Redentor vive, y que yo he de resucitar del polvo de la tierra en el último día, y de nuevo he de ser revestido de esta piel mía, y en esta mi carne veré a mi Dios; a quien he de ver yo mismo en persona y no por medio de otro, y a quien contemplarán los mismos ojos míos. Esta es la esperanza que en mi pecho tengo depositada.

 Digamos, pues, con la Liturgia, en el Prefacio Pascual: Es ciertamente digno y justo, debido y saludable, Señor, que te alabemos en todo tiempo; pero con mayor magnificencia en éste en que Jesucristo inmolado es nuestra Pascua. Porque Él es el verdadero Cordero que quitó los pecados del mundo. El cual, muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró nuestra vida.

P. CERIANI: SERMÓN DE LA COMPASIÓN

LA SOLEDAD DE MARÍA SANTÍSIMA

o

NUESTRA SEÑORA DE LA COMPASIÓN


Al acercarse a la puerta de la ciudad, he aquí que sacaban a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda.

Llegando a la ciudad de Naím, Nuestro Señor se encuentra con un cortejo fúnebre… con el sufrimiento y la muerte.

El Evangelista, de una sola pincelada, describe la escena en su dramática profundidad: hijo único, joven, de una madre viuda…

Esta pobre mujer pierde todo su sustento, tanto material como espiritual…

Jesús, al llegar a Naín, se encuentra con el sufrimiento y la muerte…

Jesús, autor de la vida, quien proclama ser la resurrección y la vida, se halla frente a frente con la muerte…

Conmovido ante la desgracia, obra el milagro, resucita al joven muerto y lo entrega a su madre…

Henos aquí, esta tarde, ante otro cortejo fúnebre…

Estamos ante el sufrimiento de la Madre de Dios, y frente a la muerte del Autor de la Vida…

También Jesús era hijo único, joven, de una Madre viuda…

Sin embargo, el milagro se retrasa…, no hay resurrección del joven muerto antes de llegar a la sepultura… y la Madre se ve resignada a dejar el Cuerpo de su Hijo en el sepulcro… y regresar al Cenáculo sumergida en la más profunda soledad…

Estamos ante el mayor de los sufrimientos… La Soledad de Nuestra Señora de la Compasión…

El misterio del dolor en la vida del hombre es una de aquellas realidades que, no obstante su vecindad y notable presencia, queda, sin embargo, oculta bajo el velo de una incógnita, que exige una constante respuesta.

Para muchos, el dolor se convierte en piedra de tropiezo y de fracaso; espíritus alegres y amenos a quienes la presencia del dolor turbó, y los tornó tristes, agrios, insoportables.

Basta mirar a nuestro alrededor para descubrir los estragos que ha causado la irrupción del dolor en una vida, y comprobar sus terribles consecuencias.

Sin embargo, el dolor en la vida del hombre tendría que ser una piedra escogida, piedra de edificación, piedra angular, que sirviese de sólido fundamento para iniciar la obra de su perfeccionamiento personal.

Por eso, también basta abrir los ojos para ver muy cerca de nosotros a muchos hombres a quienes la presencia del dolor los ha acercado en forma definitiva a Dios.

Nada ocurre sin una disposición providencial de Dios. Lo sabemos. Pero lo olvidamos muy a menudo.

Este Decreto providente de la voluntad divina aparece más claro a los ojos cristianos cuando se trata de comprender el misterio del dolor y del sufrimiento.

Nuestro Señor Jesucristo viene al mundo para restaurarlo; y cuando ingresa a este Valle de lágrimas toma sobre sí la humillación, el sufrimiento y el dolor.

Adán introdujo el pecado y la muerte… Aquí se comprende que la muerte tenga sentido de castigo.

Nuestro Señor introdujo la santidad y la vida. En Él, el sufrimiento tiene sentido de instrumento redentor.

Jesucristo restaura la historia desde dentro: hace suya nuestra condición pecadora, acepta nuestros sufrimientos, gusta nuestras amarguras, angustias y muerte. Asume nuestras debilidades y miserias para vencerlas, modificando su significación y sentido, haciendo de ellas instrumentos de paz y de salvación.

Dios hace instrumentos de su amor redentor al mal, al dolor y al sufrimiento.

Desde que Nuestro Señor hizo del sufrimiento la manifestación más tierna y dulce de su amor redentor, el dolor es el medio indispensable e insustituible de toda purificación, y es el compañero inseparable de toda santidad.

Toda santidad auténtica debe pasar por la Cruz.

Nadie es perfectamente cristiano si no sabe inclinarse sobre el drama del sufrimiento y unirlo al amor que redime.

El dolor redentor posee en sí una misteriosa fuerza transformante.

La razón es simple: el sufrimiento, hecho instrumento de redención, es un dolor iluminado por la presencia del amor; es un dolor que conoce perfectamente el motivo y el fin de aquella misteriosa presencia.

Ese sufrimiento redentor hace experimentar sus terribles consecuencias, pero brinda al alma la ocasión de unirse al gozo de Cristo, voluntariamente inmolado en alabanza de Dios y la salvación de las almas.

Así, por ejemplo, el Padre dotó a su Hijo Jesucristo de un cúmulo de grandezas, prerrogativas y excelencias, y es precisamente éso lo que le pide como objeto de inmolación y ofrenda; más aún, el Padre le exige a Cristo que le ofrezca la propia vida.

Misterio semejante podemos observar en la vida de la Santísima Virgen María: Dios, que la hace Madre, le da un Hijo y un Corazón maternal, lleno de amor y ternura sin comparación para con ese Hijo.

Pero Dios, que la llama a la Maternidad, relaciona ésta con la misión del Redentor. Dios, que le había dado aquel Hijo, ahora se lo pide para que cumpla, con su participación, en la obra de la Redención.

Ninguna criatura como María Santísima estuvo tan asociada al misterio de Cristo. De aquí, que ninguna criatura como Ella se vio tan íntimamente ligada a su dolor redentor.

De ahí le viene su grandeza; de ahí se originan todas sus aflicciones…

Su Divina Maternidad será una Maternidad Corredentora, y ésta será la fuente inagotable e insondable de su dolor maternal.

La medida de la gracia de María, Madre del Redentor, es la de la Cruz…

La medida de su santidad es la de su Compasión…

Su amor de Madre, amor perfecto, único, libre de todo egoísmo, hacía que su dolor fuera más intenso, concentrado únicamente en la dolorosa contemplación de su Hijo sufriente.

Nuestra Señora dio su consentimiento a la Encarnación Redentora; Ella no ignoraba las profecías mesiánicas, que anunciaban los sufrimientos del Redentor.

Pronunciando su “fiat”, aceptó generosamente desde ese momento todos los dolores que la salvación del género humano les ocasionaría a su Hijo y a Ella.

No había nada mejor que la Pasión de Nuestro Señor para curarnos y hacernos salir de nuestra insondable miseria. Ahora bien, es para esta Pasión que la Santísima Virgen ofrece su aceptación, asistencia y participación.

Ella es la que más ha cooperado al misterio de Cristo sufriente; por eso la Iglesia relaciona tan estrechamente la Compasión de María a la Pasión de Jesús, y mide la profundidad y el alcance de la primera según la segunda.

A medida que el tiempo pasa, desde el instante de la Encarnación, María profundiza en el misterio de la Compasión; se compromete más y más con Jesús. La vemos renovando su “fiat”.

Su presencia corporal llevará al culmen su Compasión. Precisamente porque es la Madre, está unida como tal a su Hijo divino por privilegios particulares, que comportan deberes especiales.

Todos los miembros están unidos a la Cabeza, y todos configurados en sus sufrimientos y en su muerte.

Ciertamente que la Santísima Virgen, más que ninguno otro, reprodujo en sí misma los sentimientos que animaban el Corazón de Jesús. Nadie como Ella cargó con su Cruz y siguió a Jesús.

Esta superioridad en la participación del misterio proviene de la gracia de su Maternidad. La singular afinidad que unió su vida a la de su Hijo, la lleva a abismarse con Él en las profundidades de la Pasión.

En esas horas dolorosas Ella se une a su Hijo, formando con El, más que nunca, un mismo espíritu y un solo corazón. Por eso su Compasión es tan grande… única… nadie pudo ir tan lejos en su unión con Jesús, ni nadie puede penetrar como Ella las profundidades de este misterio.

Sólo la Madre comprende al Hijo…

María comprendió bien la grandeza de la Crucifixión que se preparaba; consintió a que Jesús se entregase como víctima; Hostia que Ella misma ayudó a confeccionar; junto con El extendió los brazos; está allí, en puesto eminente… y desde allí hará sentir su acción providencial y maternal.

Ante este horrendo martirio, María sabe discernir una adorable liturgia, un supremo acto de religión; ante sus ojos ve al verdadero Cordero de Dios que quita los pecados del mundo… y Ella misma, cual dorada patena, lo ofrece al Padre y se inmola justo con El…

Al igual que el Padre, Ella también ha amado tanto al mundo que le ha entregado su Unigénito Hijo para su salvación…

Cuando recibe en sus brazos el Cuerpo del Redentor, sabe, como en el día de la Encarnación, como en Belén, en el Templo, en Egipto y en Nazaret…, sabe que tiene en sus brazos el precio de nuestra redención…

¿Por qué sufrió María?

Dios quiso que María Santísima sufriese para verla sufrir, y para que los hombres la contemplásemos sufriendo.

En efecto, el sufrimiento, a los ojos de Dios y de los hombres, completa la perfección de Nuestra Señora.

María debía sufrir como la primera y la más perfecta de las almas.

No sólo no debía estar exenta de la ley general, sino que cuanto más unida estaba a Nuestro Señor en todo, tanto más debía serlo en el sufrimiento y la Cruz.

Fue necesario que María sufriese para ser en todo semejante a su Hijo…

Fue necesario que sufriese porque Dios previó que Ella sufriría perfectamente…

Fue necesario que sufriese porque no hay espectáculo más grande y bello para Dios, ni que le rinda tanta gloria como el del alma justa, victoriosa del dolor por el amor…

María tenía que sufrir porque debía ser el ideal del alma cristiana, y ésta sólo se desarrolla plenamente en el sufrimiento.

De este modo, no podemos concebir el Calvario y a Jesús en Cruz, sin que María esté allí presente, de pie, erguida…

María tenía que sufrir porque Dios la eligió para cooperar, en unión indisoluble con Jesús, en la obra de la Redención.

Era necesario que María sufriese como digno asistente del sacrificio de la Cruz. Jesús necesitaba un Corazón que comprendiese al suyo y fuese capaz de latir al unísono con el suyo.

Reuniendo en su Corazón los corazones de toda la humanidad, Nuestra Señora ofreció, en su nombre, los homenajes debidos a Jesús y, en unión con Él, los debidos al Padre.

Era necesario que la Virgen sufriese porque debía ser nuestro modelo en el dolor.

¡Es difícil sufrir bien y meritoriamente!

Contemplando a la Madre Dolorosa, el cristiano aprende a sufrir…

¿Cómo sufrió María Santísima?

Todos padecemos trabajos, porque el padecer es debido a la culpa, y todos nacemos en ella. Pero no todos padecemos de la misma manera: los malos a su pesar y sin fruto; los buenos con utilidad y provecho; y entre los buenos, unos con paciencia y resignación, otros con gozo y conformidad.

Estos últimos, descansan cuando padecen por demostrar que aman. El amor de Cristo que arde en sus almas, mostrándose, descansa… ¿Y cómo se muestra?: padeciendo…

Así padecen con gozo; y, si no padecen, tienen hambre de padecer.

¡Qué bella es un alma que sabe sufrir!

No hay espectáculo más bello a los ojos de Dios que el del justo sufriente.

¡Qué belleza la del dolor bien soportado, con conformidad!

Solamente María Santísima, purísima y sin culpa alguna, realizó este ideal.

No hubo en su dolor ninguna amargura, no se detuvo en las causas segundas, dominó su dolor para hacerlo meritorio, sufrió no sólo con resignación sino también y aún más con conformidad y gozo…

Por todo esto su sufrimiento fue fecundo.

La piedad cristiana gusta de presentar a los mártires con los instrumentos de su suplicio que, si por una parte fueron ocasión de dolores y sufrimientos tales que les quitaron la vida, también fueron ocasión de manifestarle a Dios la excelencia de su amor, más allá de cualquier interés personal.

También, por eso, son instrumentos de su glorificación.

Hermosa y sabiamente, la piedad cristiana gusta de presentar a la Reina de todos los Mártires, Nuestra Señora de la Compasión, con su Hijo Redentor en brazos, ya que fue Él el motivo y la verdadera causa de su martirio, y la ocasión de probar su amor a Dios.

También Él es ahora causa de su glorificación…

P. CERIANI: SERMÓN PARA EL JUEVES SANTO

JUEVES SANTO

El Jueves Santo, cuando instituyó el Sacramento adorable de la Sagrada Eucaristía, fue el día más hermoso de la vida de Jesús, el día por excelencia de su Amor.

En efecto, la Sagrada Eucaristía es obra de un Amor infinito, que ha tenido a su disposición un poder infinito, la omnipotencia divina. “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”, dice el Evangelio.

Quisiera detenerme hoy sobre nuestros deberes para con la Sagrada Eucaristía, nuestras obligaciones para con el Santísimo Sacramento.

AMOR

Nuestro primer deber es tributar un amor inmenso a Jesús Sacramentado.

La Sagrada Eucaristía es el Sacramento del Amor. ¡Cuán cierto es, por desgracia, que Nuestro Señor Jesucristo no es amado en el Santísimo Sacramento!

No le aman tantos millones de paganos e infieles que ni siquiera conocen a Dios; no le aman los incontables cismáticos y herejes que no conocen o conocen muy mal la Sagrada Eucaristía; e incluso entre los católicos, son pocos, muy pocos, los que aman a Jesús Sacramentado.

¿Cuántos son los que piensan en la Eucaristía, cuántos los que hablan de Ella, cuántos los que van a adorar y a recibir frecuentemente con respeto, devoción y piedad la Sagrada Eucaristía?

FE

¿Y por qué es tan poco amado Jesús en el Sacramento de su Amor? Porque no es conocido; porque muy pocos tienen una fe profunda y firme en su presencia verdadera, real y substancial en la Sagrada Eucaristía…

¡Qué felices seríamos si tuviésemos una fe muy viva en el Santísimo Sacramento! ¡Qué bienaventurados seríamos si creyéramos firme y amorosamente que Jesús está en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Hostia Santa!

No tener fe en el Santísimo Sacramento es la mayor de todas las desgracias. La fe en la Eucaristía es un gran tesoro; pero hay que buscarlo con ardor, conservarlo por medio de la piedad y defenderlo aún a costa de los mayores sacrificios.

Hoy nos quieren arrebatar la fe en la Sagrada Eucaristía. Uno de los medios para engañarnos es hacernos creer que la Santa Misa es una simple cena y que la Comunión es una comida más. Para lograr esto nos quieren hacer participar de ceremonias totalmente desprovistas de devoción, de piedad y de recogimiento.

Por eso, debemos tener una fe inquebrantable en la presencia de Jesucristo en la Eucaristía. ¡Allí está Jesús!

¡Que el respeto más profundo se apodere de nosotros al entrar en la iglesia! ¡Que la devoción más fervorosa llene nuestro corazón cuando nos acerquemos a recibirlo! ¡Rindámosle el homenaje de nuestra fe!

ADORACIÓN

¿Cómo rendirá nuestra fe el homenaje debido a Jesús Sacramentado? Por medio de la adoración.

La adoración es el acto supremo de la virtud de religión; superior a todos los demás actos de piedad y de virtud.

La adoración Eucarística tiene por objeto la Persona divina de Nuestro Señor Jesucristo y su adorable Humanidad presente verdadera, real y substancialmente en el Santísimo Sacramento.

Jesucristo oculto en la Hostia divina es adorado como Dios por la Iglesia. Ella le tributa los honores debidos solamente a la Divinidad; se postra ante el Santísimo Sacramento como los habitantes de la Corte Celestial ante la majestad soberana del Altísimo.

La adoración a Jesucristo en el Santísimo Sacramento es el fin de la Iglesia militante, como la adoración a Dios en la gloria es el fin de la Iglesia triunfante.

La adoración eucarística es el mayor triunfo de la fe, porque es la sumisión entera de la razón del hombre a Dios.

El Ángel de Portugal se apareció a los pastorcitos de Fátima con un Cáliz en la mano y, sobre él, una Hostia, de la cual caían dentro del Cáliz algunas gotas de Sangre. Dejando el Cáliz y la Hostia suspendidos en el aire arrodillado en tierra, curvó la frente hasta el suelo y enseñó a los pastorcitos de Fátima esta oración: ¡Dios mío!, yo creo, adoro, espero y Os amo. Os pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan, y no Os aman.

RESPETO

Para que no nos engañemos en nuestra fe, en nuestro amor y en nuestra adoración, debemos acompañar nuestros actos de devoción eucarística del mayor respeto.

La Iglesia prescribe la mayor reverencia delante del Santísimo Sacramento, sobre todo cuando está expuesto, pues entonces el silencio debe ser aún más absoluto y más respetuosa la compostura.

A Nuestro Señor le debemos respeto; y esta reverencia debe ser espontánea, no razonada.

¡Cuánto tienen que avergonzarse los católicos por su falta de respeto en la presencia de Jesús Sacramentado!

Debemos a Dios la reverencia exterior, es decir, la oración del cuerpo. Nuestro Señor Jesucristo nos dio ejemplo orando de rodillas. Los Apóstoles nos transmitieron este modo de orar.

Hagamos orar a nuestro cuerpo en unión con la adoración del espíritu. La negligencia respecto de la disposición del cuerpo debilita la disposición del alma; mientras que una posición respetuosa y piadosa la fortifica y ayuda. Nuestra piedad agoniza por falta de este respeto exterior.

No permitamos nunca en la presencia de Nuestro Señor posturas, actitudes o irreverentes. Ofrezcamos a Nuestro Señor Jesucristo este homenaje de afectuoso respeto cuando estemos en su presencia. Adoptemos en lo posible la postura más digna.

Además, que nuestro porte exterior también de testimonio de su divinidad, de su presencia. A veces nos presentamos al templo vestidos de tal manera que en tiempos normales y a una persona normal le daría vergüenza hacerlo de igual modo en el trabajo, la escuela o para una fiesta mundana o un examen en la universidad.

Por eso, hoy, cuando nos quieren hacer perder la fe en la Sagrada Eucaristía, no aceptemos la irreverencia ni la profanación. No aceptemos cambios, costumbres y modas que rebajan la dignidad de Nuestro Señor y que exponen la Sagrada Eucaristía al peligro de ser profanada.

Sigamos esta conducta: ¡A Dios todo honor y toda gloria!

Formemos todos el cortejo de nuestro Rey Sacramentado. Pensemos que nuestro Señor está allí, en la Hostia Santa. Grabemos bien en nuestra alma esta idea: ¡Nuestro Señor está presente!

CULTO

No basta a la Iglesia la adoración y el respeto para atestiguar su fe y su amor, sino que quiere que todo esto vaya acompañado de espléndidos honores y públicos homenajes.

Con la más delicada atención y con solícito cuidado la Iglesia ha dispuesto el culto eucarístico, descendiendo hasta los menores detalles en todo lo que se refiere a la adoración de su Rey presente en la Sagrada Eucaristía.

Lo más puro que da la naturaleza, lo más precioso que se encuentra en el mundo, la Iglesia lo consagra al servicio de Jesús Sacramentado.

Todas las artes se unen para honrar a la Sagrada Eucaristía: la arquitectura, con sus magníficos templos; la pintura, con sus espléndidas obras; la música, con sus mejores composiciones y melodías… Los ornamentos litúrgicos, los vasos sagrados, los altares… La Iglesia dispone todo para homenajear a su Rey…

No hay servicio que no tenga una ley que determine sus deberes, una regla que prescriba las cosas más menudas y el orden necesario. Así, por ejemplo, el ceremonial de la corte de un rey.

Dios determinó la práctica de su culto; reguló hasta los deberes más sencillos e impuso el cumplimiento de las reglas al sacerdocio y al pueblo. La razón de todo ellos está en que todo es grande y divino en el servicio de Dios.

Y como Dios ha decretado el ceremonial de su culto, no quiere más obsequios que los que prescribe, ni realizados de otra manera que como los ordenó. El hombre no tiene otra cosa que añadir sino el homenaje de su amor respetuoso y de su leal obediencia.

Jesucristo encargó a los Apóstoles y a la Iglesia Romana fijar el orden de su culto exterior y público. Por lo tanto, la Santa Liturgia es auténtica y venerable; ella nos viene de San Pedro.

Cada Papa la ha custodiado con celo y la ha transmitido con respeto a los siglos futuros. Y cuando las necesidades de la fe, de la piedad y de la gratitud lo exigían, por inspiración divina han añadido oficios, ritos, fórmulas y oraciones sagrados.

La Santa Liturgia es, pues, la regla universal e inflexible del culto eucarístico. Hay que guardarla con religiosa piedad, es necesario estudiar sus reglas, debemos meditar su espíritu.

Esta ley litúrgica es el único culto legítimo y agradable a la Majestad de Dios; la única expresión pura y perfecta de la fe y de la piedad de su Iglesia.

Todo lo que sea contrario a este culto se debe condenar; todo lo que le sea extraño, debe considerarse como cosa sin valor.

Sólo merece ser estimado y practicado lo que sea conforme a la letra, al espíritu, a la piedad y a la devoción del culto católico.

Siguiendo esta regla evitaremos el error en la fe práctica, la ilusión y la superstición, que tan fácilmente se deslizan en la devoción dejada a sí misma.

REPARACIÓN

Finalmente, como los deberes de amor, de fe, de adoración, de respeto y de culto son menospreciados por la mayoría de los hombres, nosotros debemos reparar por la ingratitud con que se paga a Jesús su Sacramento de Amor y por los ultrajes que se infieren al Santísimo Sacramento.

Jesús es humillado por sus propios amigos, a quienes el respeto humano, la vergüenza y el orgullo hacen perjuros…

Jesús es insultado por aquellos a quienes colma de gracias y beneficios, y a los cuales las malas costumbres los convierten en irrespetuosos, profanadores y hasta sacrílegos.

Jesús es vendido por sus discípulos… ¡Cuántos Judas hay en el mundo!

Crucifícanle aquellos mismos a quienes ha amado tanto. Para insultarlo se sirven de sus mismos dones; de su amor para despreciarlo; de su silencio y de su velo sacramental para encubrir el más abominable de los crímenes: el sacrilegio eucarístico…

El Ángel de Portugal, se postró en tierra y rezó esta oración: “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Os adoro profundamente y Os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que El mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de Su Sacratísimo Corazón y del Corazón Inmaculado de María, Os pido la conversión de los pobres pecadores”.

Del mismo modo, en este Jueves Santo, ofrezcamos a Jesús Eucaristía nuestros homenajes: una fe profunda, un ardiente amor, una adoración fervorosa, un respeto lleno de reverencia, un culto magnífico y una reparación compasiva. Todo esto por mediación de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, la Reina del Cenáculo.

RADIO CRISTIANDAD EN SEMANA SANTA

Informamos a nuestros lectores y oyentes que durante Semana Santa, estaremos con programación especial y que por lo tanto la programación de nuestros medios se verá alterada.

Lunes, Martes y Miércoles Santo (18, 19 y 20 de abril de 2011 )-

Conferencias Cuaresmales con el P. Ceriani (en vivo) en el horario central de la mañana y luego repeticiones a lo largo del día.

Serán 2 conferencias por día. 6 en total.

Jueves Santo 21 de Abril – Estreno de la Obra “Bendito el fruto de la Cruz”; radioteatro sobre la Pasión del Señor. Estreno 11 hs. de Argentina la primera parte; con repeticiones a lo largo del día

Viernes Santo 22 de Abril – Estreno de la 2º parte y conclusión de la obra, a las 11 hs. de Argentina; con repeticiones a lo largo del día

Sábado Santo 23 de Abril – Repetición de la Obra Completa durante todo el día.

Domingo de Resurrección: Programación especial con música apropiada y evangelios comentados.

Además durante toda la semana: Preparación para la muerte, meditaciones y reflexiones para este Santo Tiempo y todo lo que contribuya al clima de recogimiento interior.

En el blog estarán disponibles las versiones de audio. También se publicarán textos alusivos a la Gran Semana.

No habrá publicación de otras noticias, salvo fuerza mayor. También reduciremos la velocidad de aprobación de los comentarios.

Esperamos que de algún modo nuestra obra ayude a bajar la velocidad que el mundo busca imponer en esta semana y contribuya a la reflexión y a la paz interior.

Les deseamos a todos una fructífera y Santa Pascua de Resurrección.

¿SEMANA DE VACACIONES O DE LUTO?

Queridos católicos:


El Jueves Santo, el Viernes Santo y el Sábado Santo forman el Triduo Sacro. Son los días de la Semana Santa, de la semana más importante de la historia de la humanidad. Porque de nada hubiera servido la Creación si no hubiera habido la Salvación.
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La Semana Santa es la semana de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Pasión significa sufrimientos, muerte de Cristo en la Cruz. La Pasión, la Redención, la Salvación y la vida eterna para nosotros están vinculadas. Sin los sufrimientos, sin la Cruz y sin la muerte de Cristo no hay Salvación para ti.

Cristo se hizo nuestro cordero que carga con nuestros pecados. Cristo quiere “morir a fin de satisfacer en nuestro lugar la justicia de Dios, por su propia muerte”, dice Santo Tomás de Aquino en su Suma Teológica (III, 66, 4).

Cristo acepta ser maltratado para que tú no lo seas eternamente; Cristo acepta ser flagelado para que tú no seas flagelado por los demonios y el fuego en el infierno.

Cristo acepta gustar la tremenda sed de la Crucifixión y la muerte amarga de la Cruz, para que tú no padezcas la sed eterna de felicidad. Cristo acepta ser deshonrado en la Cruz para que tú no seas deshonrado y confundido en el día del Juicio final.

Y tú, hijo, ¿qué haces en esos días de la Semana Santa, mientras que tu Señor está muriendo en tu lugar para salvarte? ¿Cómo los empleas? ¿A dónde vas? ¿Por qué los profanas?

Si en esos días tu patrón te dispensa de trabajar porque es Semana Santa, semana de luto, semana de la muerte del Hijo de Dios, tú deberías saber muy bien que esos días santos no son días de vacaciones, ni de disipación, ni de playa. Son días de penitencia, de oración y de lágrimas.

El Hijo de Dios hecho hombre está luchando contra el demonio y la justicia divina para librarte. Sí, para librarte a ti y a tu familia del más grande peligro que pueda existir: el de la perdición eterna. Sábelo, incúlcalo en tus hijos, para que sean agradecidos con su Salvador.

Es Dios mismo quien te lo dice: “Sin efusión de sangre no hay remisión de pecados.” (Hebreos 9, 22). Y esa sangre que borra tus pecados es la de tu Bienhechor: Nuestro Señor Jesucristo. Sobre todo no digas que no has pecado y que no necesitas del perdón. Si lo dijeras manifestarías tu gran ceguedad e ignorancia.

Ningún hombre puede conseguir por sí mismo el perdón de sus pecados. Debe buscarlo en otra parte: ¿dónde? en la Sangre del Hijo de Dios, que murió en la Cruz el Viernes Santo. San Pablo dice: “En Él, por su Sangre tenemos la redención, el perdón de los pecados…” (Efesios 1,7).

El hombre no puede ofrecer sacrificio propiciatorio por sus pecados. Nuestro Señor Jesucristo se hizo propiciación por nuestros pecados. Él se ofrece el Viernes Santo en sacrificio propiciatorio por ti. Sólo mediante la sangre de Cristo puedes purificarte, puedes liberarte de las cadenas del pecado y de la tiranía del demonio.

Y en estos días, durante los cuales Cristo está en los tormentos de la Cruz para merecerte la Salvación, tú, pecador necesitado, tú te vas a la playa, a pasearte, a divertirte, quizás a acumular más pecados a los que ya hayas cometido. ¡Despierta, hermano mío, despierta de tu letargo! ¡Sé agradecido con tu Bienhechor! ¡Actúa como católico verdadero!

Ve al templo a ver y a escuchar lo que en tu lugar está padeciendo Cristo. Sábelo que la ingratitud atrae el castigo de Dios, más que Su misericordia. No seas, pues, ingrato, sino agradecido.

La gratitud cristiana consagra el Triduo Santo para conocer más lo que hizo Nuestro Señor Jesucristo por nosotros e incitarnos a la penitencia, a la sincera conversión y enmienda de nuestra vida tibia y mediocre.

El Jueves Santo es el día en el que el Señor Jesús, antes de ir a Su Pasión, te dejó el Memorial de Su muerte, la renovación incruenta del sacrificio del Calvario. Para aplicar los frutos de Su Pasión a tu alma, instituyó el sacramento de su amor, que es la Santa Eucaristía, y el sacerdocio para consagrarla. Él dijo: “haced esto en memoria mía”, para recordarnos lo que padeció por puro amor hacia los ingratos que somos; para comunicar a nuestras almas la santidad y el remedio contra el pecado, mediante la digna recepción de su Cuerpo. Y tú ¡irías a divertirte en ese día! No sabes que Cristo dijo: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y Yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre está en Mí y Yo en él” (San Juan 6, 54-56). Y tú que pretendes ser discípulo de Cristo ¿por qué te privas del Pan celestial que sana, purifica, santifica y pacifica tu alma y tu hogar? Si por tu propia culpa no aprovechas el remedio que Cristo te ofrece, ¿por qué te quejas de tener problemas en tu vida, en tu familia y en tu trabajo?

El Viernes Santo es para que implores con la Iglesia, y en ella, misericordia para ti mismo y para todo el género humano. El Viernes Santo es para que participes en las exequias de Cristo, escuchando el Evangelio de la Pasión y las Siete Palabras, que son las últimas recomendaciones de Cristo, Nuestro Redentor.

Aprovecha el Viernes Santo para confesar con lágrimas tus iniquidades, para lavar tu alma de la lepra del pecado con la Sangre de Cristo, para participar en la Pasión de tu Salvador, para tener parte con Él en Su victoria.

El Viernes Santo sufrió Cristo para merecerte el ser librado del pecado, que es el más horrible cáncer que pueda existir, y del infierno, que es la más grande de las desgracias. Y tú, ¿irías de vacaciones con tantos otros neopaganos, quizás para morirte en el camino de la ingratitud?

El Viernes Santo es para que reces el Vía Crucis, medites lo que hizo y padeció por ti tu Señor; para darte cuenta de lo que merece el pecado. Lee los últimos capítulos de los Evangelios de San Mateo, de San Marcos, de San Lucas y de San Juan,  para que te des cuenta del precio que Cristo pagó para librarte del poder del pecado y del demonio, para hacerte hijo de Dios y heredero de la vida eterna. Puedes también leer y meditar los libros Reflexiones sobre la Pasión de Jesucristo, de San Alfonso María de Ligorio y La Pasión del Señor, de Fray Luis de Granada, o Las Siete Palabras de Cristo, de Antonio Royo Marín.

El Viernes Santo es día de abstinencia, ayuno y de penitencia, de silencio y de lágrimas, y no día de playa y placeres.

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El Sábado Santo es día de luto. Hombres y mujeres deberían vestirse con ropa de luto, para acompañar a la Santísima Madre de los Dolores. El Sábado Santo debería servir para meditar con espanto lo que merece el pecado, porque si al Justo que cargó con nuestros crímenes así se le castiga, ¿qué será del culpable si muere con sus pecados?

En resumen, hermano mío, escucha a Dios mismo que dice a cada uno de nosotros: “No tardes en convertirte al Señor, ni lo difieras de un día para otro; porque de repente sobreviene su ira, y en el día de venganza acabará contigo.” (Eclesiástico, 5, 8).

Católico, aprovecha la Semana Santa para convertirte al Señor, porque la sincera conversión y el verdadero arrepentimiento aseguran el perdón de los pecados, dan paz al alma y, finalmente, la vida eterna que pedimos para ti.


fuente: Catolicidad 

P. CERIANI: SERMÓN PARA EL DOMINGO DE RAMOS

LA ENTRADA TRIUNFAL EN JERUSALÉN

EL DOMINGO DE RAMOS

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 Escuche este sermón grabado por Radio Cristiandad


Bájelo a su computador desde aquí

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Jesús ha pasado en Betania el día del sábado. Solos cinco días le separan de la Pasión.

 Jerusalén será donde se llevará a cabo el acto principal de su vida; y hacia esta pérfida ciudad dirige sus pasos, montado en un pollino. Es la primera vez en su vida que viaja de este modo; siempre anduvo a pie, humildemente.

 Muchas veces había entrado en Jerusalén; siempre oscura y sencillamente, confundido entre las muchedumbres. Hoy quiere dar solemnidad a su ingreso en el recinto sagrado.

 Jesús, en el ejercicio de su misión, ha de emplear todos los medios para atraer a Sí, con nuevas enseñanzas y nuevos milagros, esté pueblo al que no cesa de amar.

 Así lo vemos proclamar su Realeza con su entrada triunfal, humilde y manso, realizando la antigua profecía: “Decid a la hija de Sión: mira que viene a ti tu rey lleno de mansedumbre, sentado sobre un asno”.

 Es su primer y último triunfo terreno…

 Asociémonos a este triunfo; pero no olvidemos que a estas aclamaciones entusiastas sucedieron pronto gritos rabiosos…

 Si tal contraste nos conmueve, ¡cuánto más debe conmovernos Aquel que era su objeto! ¡Qué impresiones tan opuestas en el Corazón de Jesús, tan sensible!

 Jesús avanza en medio de una multitud apiñada, por una calle cubierta de verde ramaje y de vestiduras. No se ven sino caras alegres, brazos que se levantan, y manos que lanzan flores. De todas partes se elevan aclamaciones, gritos de entusiasmo: “¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito sea el que viene en el Nombre del Señor! ¡Hosanna en lo más alto de los cielos!”

 ¿Por qué Jesús acepta semejante triunfo? ¿Por qué proclama su Realeza?

 Hubo razones profundas, que debemos meditar.

 Jesús era el Rey de Israel, su Rey legítimo, su Rey vaticinado y esperado desde tantos siglos; no convenía que dejara la tierra sin haber sido reconocido y proclamado como tal.

 ¿No es también hoy el verdadero Rey de los pueblos? Pero ya no se alzan numerosas manos leales para rendirle este testimonio… Ya no hay pechos nobles que lancen hacia Él sus aclamaciones… Ya no existen naciones enteras que reconozcan su Realeza…

Al permitir y aun preparar este triunfo, ¿no iba el Divino Maestro en contra de sus enseñanzas? ¿No era esto buscar los honores? ¿No abandonaba su virtud favorita, la austera humildad?

 Entremos en lo profundo de su Corazón: ¿qué vemos en él? ¿El gozo de un triunfo, una especie de embriaguez? Nada de eso. Sabe que no durará más que un día esta glorificación pasajera, a la cual va a suceder muy pronto la traición y la muerte.

 Que lo previó, lo quiso y lo sintió, nada más cierto: este triunfo, pues, no era para Él sino un triunfo lleno de humildad.

 Al aceptarlo, el Divino Maestro piensa, sobre todo, en su Iglesia. Quiere prepararla a estos cambios que desorientan y de los cuales no quiere librarla. Como Él, se hará grande, sobre todo en el oprobio. Su ejemplo la sostendrá.

 Contemplemos a Jesús envuelto en estos pensamientos, al mismo tiempo que avanza en medio de las aclamaciones. ¡Qué emociones tan diversas! Su compasión por este desdichado pueblo, inconsciente y fácil para el engaño; el deseo de derramar su Sangre para salvarlo; su magnanimidad muy por encima de la gloria y de la humillación, no mirando en una y otra más que la voluntad de su Padre y la gloria que puede darle.

 Mientras Jesús descendía en triunfo por la pendiente del monte de los Olivos, se veían salir de Jerusalén grupos de hombres apresurados hacía Sí y uniéndose a los que le acompañaban.

 ¿De qué elementos se componían? Sobre todo, de galileos y gentiles. Con este último nombre, hemos de entender todos los pueblos que rodeaban la Palestina, y también los griegos y romanos.

 Entre los habitantes de estas naciones había hombres sinceros, convertidos al verdadero Dios y que venían a adorarle en su Templo por las grandes solemnidades de la Pascua.

 En esta multitud que acudía a Jesús, eran muy pocos los judíos de Jerusalén. La principal de las causas de esta abstención es el orgullo: Jesús es de Galilea; la Galilea es una provincia sin prestigio; sus habitantes, pobres y poco instruidos, sólo ejercen oficios vulgares; no tienen sabios… ¿se podría tomar en serio un reformador galileo que nada aprendió en las escuelas?

 Cuanto a ellos, ¿no tienen su templo, monumento maravilloso con sus techados de oro y sus columnas de mármol; templo único en el mundo, centro religioso al cual afluyen los dones y los homenajes de todos los pueblos? ¿No tienen sabios célebres a los cuales acuden para instruirse lo mejor de la nación y los mismos extranjeros?

 Mirad esos doctores en su cátedra, vestidos con ornamentos suntuosos en relación con la dignidad de sus funciones, y dominando la asamblea desde allí. Comparadlos con este obscuro e ignorante galileo de Nazaret…, de Nazaret, “de donde nada que valga puede salir”, según el adagio popular.

 Así el orgullo, desconocedor de la verdadera grandeza, intentaba extraviar y pervertir la opinión del pueblo sencillo y fiel.

 En estas circunstancias procurará Jesús un último esfuerzo, esfuerzo condenado de antemano a un fracaso lamentable… ¡Y Él lo sabe!

 La hora ha llegado del gran sacrificio que debe salvar al mundo, y, antes de entregarse a él, quiere dejar a los hombres grandes ejemplos y grandes lecciones. En esto empleará los días que lo separan de su prendimiento, juicio, sentencia y ejecución.

 Lucha sabiendo que ha de ser vencido; habla sabiendo que sus máximas no serán comprendidas, enseñándonos así que en todas las cosas no hay que mirar sino al deber, y cumplirlo con serenidad, sin conmoverse con el pensamiento de un inminente fracaso.

 ¿Es, pues, tan imperioso el deber que llegue a mandar actos a lo menos inútiles?

 ¿Inútiles? No lo son jamás. Pueden parecerlo si sólo miramos a su efecto inmediato, pero cambian de aspecto cuando se atiende a los efectos más remotos. Por algunos días, Jesús será sin cesar contradicho; habrá avivado la rabia y preparado su condenación; verá a la multitud amotinada contra Él. Pero, en esta ocasión, habrá difundido con abundancia, como divino sembrador, luces incomparables en las almas.

 Digamos más: siendo la gloria de Dios el objeto supremo de todo ser creado, si este objeto se logra, ¿qué importa, al fin y al cabo, que tal o cual acción quede estéril? Por los hechos, puede parecerlo; en realidad de verdad, no lo es jamás.

 Los fracasos del Divino Maestro están ahí para demostrarlo…

 Jesús no hizo más que ejecutar en todo las órdenes de su Padre.

 ¿Cómo justificar esta conducta de Dios? Quiso tal empresa, y permitió que fracasara… ¿Por qué, pues, la pidió? ¿Cómo no la sostuvo?

 Los designios de Dios van muy lejos. Más allá del fracaso de hoy, ve el feliz éxito de mañana; ¡y cuan prodigioso resultado admiramos cuando nuestras miradas, después de haberlas dirigido al Calvario, donde sucumbe el conquistador vencido, se extienden desde ahí a toda la tierra donde se desarrollará su inmenso Reino!

 La sabiduría aconseja a Dios dejar obrar a las causas segundas y reservarse para los grandes golpes que llevarán su sello. Así permite las malas disposiciones de los enemigos de Jesús y el uso mortífero de su autoridad; permite el furor del pueblo engañado y la habitual timidez de los buenos…

 Y después hace salir de esta tremenda derrota la salvación del mundo, la efusión de todas sus gracias y el ejemplo inmortal de todas las virtudes…

 Sigamos al Divino Maestro entrando como triunfador en esa Jerusalén pérfida que, dentro de cinco días, lo clavará en una cruz infame.

 En medio de los clamores, Jesús dijo: Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará. Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero, ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre. Vino entonces una voz del Cielo: “Le he glorificado y de nuevo le glorificaré”.

 Entre quienes rodean a Jesús, se encuentran también sus enemigos venidos para sorprenderle.

 ¡Sus enemigos! ¿Cómo podía Jesús tener enemigos? Sus enseñanzas, ¿no eran de una doctrina irreprochable, que eleva la inteligencia, mueve los corazones, y da a todos confianza y valor?

 Su vida, ¿no era toda de pureza, humildad, despego personal, tierna compasión para todas las miserias?

 Sus milagros tan grandes, tan numerosos, ¿no atestiguan su misión divina?

 Pero cabalmente eran esas cosas las que habían hecho de los conductores del pueblo sus mortales enemigos: “Todos nos dejan y van tras él”, decían.

 El odio ciega; ciega en los juicios que dicta, ciega en los medios que inspira. Así fue cómo progresivamente los escribas y los fariseos, los mismos sacerdotes y doctores de la Ley, llegaron a ser verdaderos asesinos de Jesús. Acaso habían llegado a tal grado de obcecación, que les hacía ver hasta en el crimen un acto de justicia necesaria.

 ¡Tanto pueden el orgullo, la hipocresía y el odio obscurecer el juicio y falsear la conciencia!

Útil será que averigüemos cuál fue la causa profunda del odio de los fariseos y de la defección del pueblo.

 La encontramos en un sentimiento muy humano que no cesa de cegar a los hombres: la procuración exclusiva de los bienes y de las grandezas de este mundo.

 El pueblo judío esperaba un Mesías terrenal, un gran rey que levantaría su nación sobre todas las otras, y la llenaría de gloria y riquezas.

 Este concepto tan humano les impedía penetrar el sentido de las profecías mesiánicas. Sólo conocían la letra, no penetraban el ideal. No obstante, de estas revelaciones forzosamente obscuras, como a través de densas nubes, salían aquí y allá rayos de viva luz que dejaban entrever un Reino muy grande, sin duda, pero todo espiritual, en que imperarían la humildad, el desasimiento de los bienes terrenos y hasta el padecimiento.

 ¡Cuán lejos estaban de esto esos judíos interesados y vanidosos! ¡Con qué desdén miraban a este pretendido Mesías, pobre y humilde, que sólo predicaba abnegación, obscuridad, sostenimiento de injurias y amor al prójimo!

 La naturaleza egoísta tiene horror a estas cosas, y este horror induce a huirlas y aun a condenarlas. Sólo el espíritu sobrenatural es capaz de establecer su reino sobre las ideas como sobre la conducta.

 Estas inclinaciones desdichadas de la naturaleza caída, que produjeron la aberración de los judíos, se encuentran en toda la humanidad. Para el común de los hombres, los intereses mundanos tienen la primacía en todo; absorben la actividad, falsean las ideas, producen disgusto de la piedad y aun de la religión misma.

 Cuando no se piensa más que en fortuna, placeres y vanos éxitos, se pierde el sentido del Reino de Dios. La mayor desgracia es que, como los judíos, queda uno ciego y comete el mal sin remordimiento.

 Los mismos amigos de Jesús, los Apóstoles, por no haber comprendido esta ley superior, padecieron vértigo al ver a su Maestro crucificado…

 Los Apóstoles, a pesar de su sincero amor a su Maestro, seguían bajo la influencia de las ideas reinantes: esperaban vagamente un reino terrestre cuyos primeros puestos ambicionaban.

 El admirable Sermón de las Bienaventuranzas pasó por su mente como un brillante meteoro, no penetró en su espíritu estrecho y prevenido. La pobreza, la humildad, las lágrimas, todo esto era para ellos el enemigo del cual conviene alejarse; y cuando el Salvador anunciaba que iba a Jerusalén para padecer allí, después de toda suerte de ultrajes, la muerte infame de la cruz, ya vimos con qué horror convencido rechazaron tal augurio.

 No comprendían aún que de estos padecimientos saldría un Reino maravilloso, asentado sobre bases nuevas, donde la pobreza, la humildad, las lágrimas, librando al hombre de la dominación de su naturaleza caída, harían reinar en la tierra la paz, la pureza, el amor de los hombres, dulce imagen del Reino de Dios.

Detengámonos ahora, con Jesús, en lo alto del monte de los Olivos. La ciudad de Jerusalén aparece de súbito, mostrando a sus píes su vasto recinto, sus calles que se entrecruzan, sus ricos palacios y su templo que con su majestad domina todo el conjunto.

 Con tal vista, el divino Salvador experimenta una emoción tan dolorosa, que sus ojos se llenan de lágrimas, y de sus labios temblorosos salen estas tristes imprecaciones: “Si conocieses, por lo menos en este día que se te ha dado, lo que puede atraerte la paz. Mas, ahora está todo ello oculto a tus ojos; vendrán unos días sobre ti en que tus enemigos te circunvalarán, y te rodearán y te estrecharán por todas partes, y te arrasarán con los tus hijos, y no dejarán, en ti piedra sobre piedra, por cuanto has desconocido el tiempo en que Dios te ha visitado”.

 Jesús llora, porque en este momento su mirada, sondeando el porvenir, ve aparecer, en lugar de esta opulenta ciudad, un caos de murallas derribadas y piedras desmenuzadas; vasto desierto sin vida donde reina un silencio de muerte.

 Lágrimas corren por sus mejillas. ¡Cuán lejos está de su Corazón la vana alegría de las aclamaciones que lo acompañan! Su Corazón está totalmente en la espantable catástrofe que Él no puede evitar.

 ¡Cómo ama a esta Jerusalén! Es la ciudad de David, su antepasado; ella fue el amor exaltado de los Profetas, la esperanza de los antiguos desterrados, y seguirá siendo el símbolo terrestre de la ciudad del Cielo.

 ¡Cuánto ama a sus habitantes, que son de su linaje! Los ama más que como a hermanos, tiene para ellos un amor maternal: “¡Cuántas veces quise recoger a tus hijos como la gallina recoge a sus pollitos bajo las alas, y tú no lo has querido!”

En este momento Jesús llora sobre la ciudad porque, en su presciencia, la ve transformada en un desierto donde reina la desolación… Hoy lo acoge como a su rey y jura obediencia eterna. Es lo que significan las aclamaciones: “¡Gloria al hijo de David! ¡Gloria en lo alto de los cielos!”

 Y he ahí que, en pocos días, por manejos ocultos, se alzarán gritos de rabia, pidiendo encarnizadamente su muerte… Amigos tímidos protestarán apenas, y los indiferentes dejarán hacer…

 ¡Cuán débil es la humanidad y cuan inconstante!

 Consideremos las ruinas que puede ocasionar el abuso de las gracias…. Grabemos en nuestro espíritu el cuadro de la Jerusalén devastada… Está muerta… Entendamos lo que es un alma muerta…

 Por la tarde de ese mismo Domingo, Jesús se dirigió en seguida hacia el Templo.

 Ese Templo augusto lo esperaba. Los profetas habían anunciado su venida a él. Y Jesús aparece allí como Maestro, como Rey, coma triunfador.

 Usará de su poder para expulsar a los vendedores que lo deshonraban, y volverá cada día a aparecer en él para llamar a su Reino, no sólo a los judíos, sino también a los gentiles.

 En él manifestará su divinidad bajo velos cada vez más transparentes, y será perseguido sin cesar por los fariseos y los saduceos, que le propondrán cuestiones capciosas.

 Sin duda que los dominará por la lucidez y la fuerza de sus respuestas, pero no los convertirá. Sus malas disposiciones se opondrán a ello. Vencidos en el terreno de la discusión, buscarán en otra esfera su infame desquite.

 Jesús lo sabe, y sabe también que, abusando de su autoridad, lo perderán delante del pueblo con sus odiosas calumnias; y ya le parece oír los confusos clamores en medio de los cuales se oyen gritos de muerte.

 Este pueblo, que es su pueblo, que Él ama, y puede salvarlo; este pueblo, que comienza a abrirse a las cosas del Cielo; este pueblo engañado y, por lo demás, cobarde para tomar el partido del inocente, este pueblo de Jerusalén, ¡se va a levantar contra Él!

 Entonces es cuando lanza sobre la ciudad maldita la predicción, llena de espanto, de su próxima ruina, y, volviéndose hacia sus enemigos, responsables de esta desventura, los maldice…

Así transcurrieron el Domingo, el Lunes y el Martes Santos. Vivamos estos días junto a Él; dejémonos ganar por la fuerte impresión de sus últimos esfuerzos, de sus últimos combates; veamos al Divino Maestro derramando sobre los que fielmente le escoltan las más elevadas luces y las más tiernas efusiones de su Corazón.

 Cuando vuelve a ellos, al salir de las discusiones más irritantes, su semblante muestra nuevamente su serenidad benévola, y su palabra su habitual encanto y suavidad. Ninguna pasión humana lo agita, ningún peligro lo turba: su hermosa Alma es un lago apacible, que no cesa de reflejar el Cielo.

 Cada tarde volvía a Betania. ¿Era únicamente por prudencia, para sustraerse a las tentativas de sus enemigos? No. Hubiera encontrado en otra parte un asilo seguro. En su elección se guiaba por ese sentimiento elevado que tiene sus legítimos privilegios: una santa amistad.

 Lázaro y sus hermanas lo acogían; otros amigos acudían presto, y todo induce a creer que allí encontraba, más que estas dulces y nobles afecciones, el incomparable afecto de su Madre.

 Es permitido a nuestra piedad representarse al Hijo y a la Madre reunidos cada noche, al Hijo abriendo su Alma apenada a la Madre, y a la Madre consolándolo como en otro tiempo cuando era niño, menos con palabras que con las efusiones de su ternura.

 Cuando, la noche del Martes, volvió Jesús a Betania, fue por última vez; debía pasar ahí todo el Miércoles y no volver a Jerusalén sino el Jueves Santo al anochecer.

 Esos dos días le servirán como de larga despedida de su Madre y sus amigos, y de preparación inmediata para la oblación, el sacrificio y la muerte…

 Hagámosle fiel compañía…

BENDITOS SEAN LOS QUE PREDICAN EL VERDADERO ECUMENISMO

MARGARITA CLITHEROW: UNA SANTA CONTRARIA AL FALSO ECUMENISMO

“Yo no rezaré con vosotros, ni vosotros rezaréis conmigo”, dijo, “ni yo diré Amén a vuestras oraciones, ni vosotros a las mías”.

de CATOLICIDAD de Catolicidad

Se le conoce como la Perla de York

Margarita Clitherow se convirtió a la fe católica durante la persecución anglicana contra católicos en el siglo dieciséis, luego del cisma provocado por Enrique VIII en Inglaterra. Creía firmemente que la Iglesia Católica Romana es la única Iglesia de Jesucristo, depositaria de la verdad y única arca de salvación. Junto con otros amigos católicos romanos ocultó sacerdotes católicos y dispuso misas secretas pues se negaba a acudir a los cultos protestantes, esto le ocasionó ser arrestada por su fe católica y al negarse a apostatar fue ejecutada siendo comprimida hasta la muerte con un peso de más de 700 kilos.
Antes de morir, Margarita se rehusó a orar junto a los protestantes, de la misma manera que el beato Guillermo Hart se había negado a hacerlo casi exactamente tres años antes. “Yo no rezaré con vosotros, ni vosotros rezaréis conmigo”, dijo, “ni yo diré Amén a vuestras oraciones, ni vosotros a las mías”. Ella rezó en voz alta por el Papa, los cardenales, el clero, los príncipes cristianos, y especialmente por la reina Isabel para que Dios la convirtiera a la fe católica y salvara su alma.
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Tenemos la fortuna de poseer amplia información acerca de Santa Margarita Clitherow, gracias a la biografía escrita por su confesor, padre John Mush, completada en sus detalles con otros documentos contemporáneos. En York todavía podemos ver la casa del ayuntamiento donde fue juzgada, el castillo en que estuvo encarcelada, la casa vecina al matadero, que se cree haber sido su hogar durante su vida matrimonial y la habitación con la buhardilla en la posada del Cisne Negro, que la tradición señala como el lugar que ella alquiló para que se celebrara la misa, cuando se consideró insegura su propia capilla.

Margarita fue hija de un rico vendedor de cera, llamado Tomás Middleton, que era hacendado de la ciudad de York y que tuvo el cargo de comisario, del año 1564 a 1565. Este murió poco después y su esposa, luego de cinco meses, contrajo nupcias con un hombre de inferior condición, de nombre May, que estableció su residencia con la familia en la casa Middleton y Davygate.

Allí fue donde Margarita se casó, en 1571, con Juan Clitherow, ganadero y carnicero que, como el padre de Margarita, era un hombre acomodado y había tenido cargos públicos. Había sido encargado de puente y camarlengo con lo que llegó a merecer el derecho de usar el título de Sir antes de su nombre.

Margarita fue educada en el protestantismo, pero dos o tres años después de su matrimonio abrazó la fe católica, después de haberla estudiado, como su biógrafo nos dice: “al no encontrar fundamento, verdad, ni consuelo cristiano en los ministros del Nuevo Evangelio, ni en su propia doctrina y, al enterarse de que muchos sacerdotes y laicos sufrían al defender la antigua fe católica”.

Su esposo, bondadoso y de buen carácter, parece no haberse opuesto entonces ni en ningún momento a los deseos de su mujer. El no tenía madera de héroe y continuaba conforme a la religión del Estado, pero tenía un hermano sacerdote, y un cierto Tomás Clitherow que estuvo preso en el castillo de York a causa de su religión, en 1600, fue probablemente otro de sus hermanos.

El señor Clitherow acostumbraba decir que encontraba dos defectos en su mujer: que ayunaba demasiado y que nunca lo acompañaba a la iglesia. Muy al principio, parecía que Margarita podía practicar su fe sin mucha dificultad y podía buscar a los apóstatas y hacer que se convirtieran, pero las leyes se hicieron más duras y fueron cumplidas más estrictamente.

Varios cautelosos amigos le advirtieron que fuera más circunspecta. Se le impusieron multas al señor Clitherow por las continuas faltas de asistencia de su mujer a la iglesia y a ella misma se le encarceló varias veces en el castillo, una de ellas por dos largos años. Las condiciones de vida allí, como sabemos por datos contemporáneos, eran muy malas; las celdas eran obscuras, húmedas, llenas de parásitos, y muchos de los cautivos morían durante su reclusión; aún así, Margarita consideraba esos períodos de encarcelamiento como retiros espirituales, orando y ayunando cuatro días a la semana, práctica que continuó después de obtener su libertad. No está clara la fecha en que ella empezó a abrir su casa a sacerdotes fugitivos, pero se sabe que continuó haciéndolo así hasta el fin, a pesar de la promulgación de la ley que castigaba con la muerte el dar albergue a los sacerdotes.

Los padres Thompson, Hart Thirkill, Ingleby y muchos otros habían estado ocultos en la cámara secreta para sacerdotes, cuya entrada “era molesta para aquél que no estuviera familiarizado con la gran estrechez de la puerta, que era sin embargo amplia para un joven”.

Más aún, a fin de que no se privara a nadie de la misa, cuando se podía celebrar, el padre Mush nos dice: “Ella había preparado dos cuartos, uno junto a su propia casa, adonde ella pudiera tener acceso en cualquier momento, sin ser vista o notada por sus vecinos. El otro, un poco distante de su casa, mantenido en secreto para todos, excepto para aquellos que ella sabía eran fieles y discretos. Ella preparaba este lugar para tiempos más calamitosos a fin de que Dios pudiera ser servido allí, cuando su propia casa no se considerara tan segura, aunque ella no pudiera acudir a ese lugar diariamente, como lo deseaba. También proporcionaba y se encargaba del cuidado de todo el material que se requería para el servicio del altar, tanto ornamentos como vasos sagrados.

Poseyendo una agradable figura, dotada de agudo ingenio y alegría, Margarita tenía una encantadora personalidad. “Todos la amaban”, leemos, “y acudían a ella en demanda de auxilio, consuelo y consejo en sus penas. Su servidumbre le tenía un amor tan reverente que, a pesar de que su ama los corregía con razonable dureza por sus faltas y negligencias y que sabían cuándo los sacerdotes frecuentaban la casa, tenían tanto cuidado de conservar los secretos de su ama, como si fueran sus verdaderos hijos”.

En muchos casos, gentes que sostenían otras creencias eran las primeras en escudarla y advertirla de algún peligro que la amenazaba. Más aún, como una verdadera mujer de Yorkshire, era una magnífica ama de casa y hábil para los negocios. “Al comprar y vender mercancía”, se nos dice, “tenía mucho cuidado de saber su verdadero precio para satisfacer a su esposo que lo dejaba todo a su confianza y discreción”.

No nos sorprende encontrar que a menudo urgía a su esposo a desentenderse de la tienda y todas sus preocupaciones y dedicar sus energías a ventas al mayoreo. Empezaba cada día con una hora y media dedicada a la oración y meditación. Si había algún sacerdote disponible, se celebraba la misa y para escucharla se arrodillaba atrás de sus hijos y sirvientes en el lugar más bajo, a un lado de la puerta, tal vez para poder dar la señal de alarma en caso de ser sorprendidos.

Dos veces por semana, los miércoles y domingos, trataba de confesarse. Aunque no era una mujer muy culta, había aprendido mucho de los sacerdotes que frecuentaban la casa y conocía tres libros perfectamente: la Biblia, la Imitación de Cristo, de Tomás de Kempis y el Ejercicio de Perrín. En alguna ocasión -quizás en la cárcel-, había aprendido de memoria el pequeño oficio de Nuestra Señora en latín, en previsión de que Dios la llamase alguna vez a la vida religiosa.

Margarita oraba por la conversión de Isabel I
-foto de un film sobre esta reina-

El recuerdo de los sacerdotes martirizados a quienes ella había conocido y que habían sufrido en Knavesmire, estaba constantemente en ella y, cuando su esposo salía de viaje, ella algunas veces iba descalza en peregrinación con otras mujeres al lugar de la ejecución, fuera de las murallas de la ciudad. A todas horas, era esto una acción peligrosa debido a los espías, pero particularmente durante el día, y por lo tanto, iban generalmente de noche y Margarita permanecía meditando y orando bajo la horca “todo el tiempo que su acompañamiento se lo permitía”.


Estas visitas pronto terminaron, ya que Margarita, durante el último año y medio antes de su aprehensión final tuvo que permanecer recluida en su propia casa, “como en libertad encadenada”, por el delito de haber enviado a su hijo mayor a una escuela allende los mares.

El 10 de marzo de 1586, el señor Clitherow fue citado a comparecer ante el tribunal de York, establecido por el Gran Consejo del Norte y, en ausencia del amo, su casa fue cateada. No se encontró nada sospechoso, hasta que los esbirros llegaron a un cuarto alejado, donde los niños y otros más estaban siendo instruidos por un maestro de escuela llamado Stapleton, a quien ellos tomaron por sacerdote.

En la confusión que se siguió, el maestro pudo eludirlos y escapar por el cuarto secreto, pero los niños fueron interrogados y amenazados. Un niño extranjero, de once años, que vivía con la familia, se aterrorizó tanto, que descubrió la entrada del cuarto de los sacerdotes. Nadie lo ocupaba, pero en una alacena se encontraron vasos y libros que obviamente eran usados para la celebración de la misa. Estos fueron confiscados y Margarita fue aprehendida y llevada, primero ante el Consejo y después a prisión en el castillo.

Una vez tranquilizada sobre la seguridad de su familia, su valor nunca la abandonó y cuando dos días más tarde se le reunió la señora Ana Tesk, a quien el mismo niño había delatado por frecuentar los sacramentos, las dos amigas bromearon y rieron juntas hasta que Margarita exclamó: “Hermana, estamos tan contentas juntas que temo, a no ser que se nos separe, perder el mérito de estar encarceladas.”

Poco antes de que se les citara a comparecer ante el juez, dijo: “Antes de partir, haré felices a todos mis hermanos y hermanas del otro lado de la sala”; y, mirando hacia ellos a través de una ventana -eran 35 y la podían fácil mente ver desde allí- hizo un par de horcas con sus dedos y agradablemente se rió de ellas.

Después de leído el cargo, en que se le acusaba de albergar y sostener a los sacerdotes y de oír la misa, el juez le preguntó si se consideraba culpable o inocente. Ella replicó: “No conozco ninguna ofensa por la que me deba declarar culpable”, y cuando se le preguntó cómo quería ser juzgada, ella sólo dijo: “No habiendo cometido ningún delito, no necesito ser juzgada”.

Nunca se apartó de esta posición, aunque se le instruyó varias veces y se le urgió a que se declarara culpable y escogiera ser juzgada por un jurado. Ella sabía que esto significaba la muerte de todas maneras, pero si aceptaba ser juzgada, sus hijos, sirvientes y amigos serian llamados a atestiguar y, o mentirían para salvarla, cometiendo perjurio o tendrían que dar testimonio de lo que sabían y así sufrir el escándalo y la pena de haber causado su muerte.

Se hicieron muchos intentos para persuadirla a que apostatara o, por lo menos, a que se sujetara al juicio y un puritano, que había discutido con ella en la prisión, tuvo el valor de ponerse en pie en la corte y declarar que la condenación, basada en la acusación de un niño, era contraria a la ley de Dios y de los hombres. El juez Clinch, que habría querido salvarla, fue dominado por los otros miembros del Consejo y, finalmente, pronunció la terrible sentencia que la ley inglesa decretaba para todo el que se negaba a declararse culpable, a saber, que debería ser prensado hasta morir. Ella oyó la sentencia con la mayor serenidad y dijo: “Gracias sean dadas a Dios; todo lo que El me envíe es bien recibido. No soy digna de tener una muerte tan buena como ésta”.

Después de esto, fue puesta en prisión en casa de Juan Trew, en Ouse bridge. Ni siquiera entonces se le dejó en paz, sino que fue visitada por diversas gentes que trataban en vano de conmover su constancia, incluyendo a su padrastro, Enrique May, que había sido elegido alcalde de York. Nunca le permitieron ver a sus hijos y solamente una vez pudo entrevistarse con su marido y eso en presencia del carcelero.

Margarita iba a ser ejecutada el 25 de marzo de 1586, viernes de la Semana de Pasión y la noche anterior, ella cosió su propia mortaja. Después pasó la mayor parte del tiempo de rodillas. A las ocho de la mañana, el comisario llegó a conducirla al calabozo, a pocos metros de la prisión y “todos se maravillaron de verla gozosa y de alegre semblante”.

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SE NEGÓ A REZAR JUNTO CON LOS PROTESTANTES

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Llegados al lugar de la ejecución, se arrodilló para rezar y, algunos de los anglicanos ahí presentes le pidieron que rezara con ellos; pero Margarita rehusó, de la misma manera que el beato Guillermo Hart (sacerdote ahorcado y descuartizado por convertir protestantes a la fe católica) se había negado a hacerlo casi exactamente tres años antes. “Yo no rezaré con vosotros, ni vosotros rezaréis conmigo”, dijo, “ni yo diré Amén a vuestras oraciones, ni vosotros a las mías”. Ella rezó en voz alta por el Papa, los cardenales, el clero, los príncipes cristianos, y especialmente por la reina Isabel para que Dios la convirtiera a la fe y salvara su alma.

Maritirio de santa Margarita Clitherow

Entonces fue obligada a desnudarse y tenderse boca bajo en el suelo. Se le puso una piedra lisa sobre sus espaldas y sus manos fueron atadas a postes a los lados. Se colocó otra losa encima de ella y se pusieron pesas sobre esta piedra, hasta llegar a la cantidad de 700 u 800 kilos. Sus últimas palabras, al recibir el peso sobre su cuerpo, fueron: “¡Jesús, Jesús, ten misericordia de mí!”

Tardó alrededor de un cuarto de hora en morir, pero su cuerpo fue dejado seis horas en la prensa. Tenía aproximadamente treinta años. A su esposo le había enviado su sombrero “en señal de amorosa devoción, como cabeza de su familia” y a Inés, su hija de doce años, sus zapatos y medias para significar que debería seguir sus pasos.

La niñita se hizo monja en Lovaina, mientras que dos de los hijos de la mártir fueron después sacerdotes. Una de las manos de Margarita Clitherow se conserva en un relicario en el Convento Bar, en York.

VERGÜENZA