BERGOGLIO DESENMASCARADO


Por Antonio Caponnetto

El Jesuita

Finalmente, ha salido a la luz el anunciado libro cuyo propósito es trazar una semblanza oficiosa y una biografía autorizada del Cardenal Jorge Mario Bergoglio.

Se trata de un largo reportaje, pautado y ejecutado prolijamente entre los autores y el personaje; y con la plena anuencia del entrevistado quien, además, promueve formalmente la obra desde la Agencia Informativa Católica Argentina. De modo que cuanto allí se dice debe darse por expresamente avalado y refrendado entre las partes. No hay lugar para el proverbial recurso a la descontextualización mal intencionada.

Los reporteros elegidos para tan singular retrato, retratan a la par las preferencias dialoguistas e intimistas del prelado: Sergio Rubín, el circunciso encargado de “los temas religiosos” en Clarín, y Francesca Ambrogetti de Parreño, la psicóloga social de la Agencia Ansa.

Párrafo aparte para el prologuista escogitado por Su Eminencia, el Rabino Abraham Skorka, ferviente justificador de las coyundas homosexuales, pues aunque “la opinión de la Biblia dice que la homosexualidad está prohibida, en una sociedad democrática hay que apelar a informes antropológicos y sociológicos […] Estamos viviendo en una realidad democrática y sabemos perfectamente bien que existen personas que tienen una sexualidad definida en otro sentido respecto de la concepción bíblica” (Cfr. Agencia Judía de Noticias, 30-6-2008, http://www.prensajudia.com/shop/detallenot.asp?notid=19608 ).

La democracia por encima de la Ley de Dios. ¡Presentador acorde a sus criterios políticamente correctísimos se buscó el Pastor!

Son simples los datos bibliográficos de la obra, para quien quiera ubicarla: Sergio Rubín, Francesca Ambrogetti, El Jesuita. Conversaciones con el Cardenal Jorge Bergoglio, S.J, Buenos Aires, Vergara, 2010, 192 ps.

Castellani contaba que el torpón de Franceschi lo reprendió por aquella humorada de “Las Canciones de Militis”, pues –según él- tal título evocaba “Les chansons de Bilithis” de Pierre Louis, un libro presuntamente inmoral. Bergoglio tuvo más suerte, o no, según se mire. Porque El Jesuita es el mismo título de una obra decididamente anticristiana de Rubén Darío, pero nadie le sugirió que lo modificara. La verdad es que al acabar este inicuo libelo bergogliano, la voz otrora impía del nicaragüense parece hallar, al menos en este caso, su justificación más plena:

“Bien: ahora hablaré yo.

Juzga después, lector, tú:

el jesuita es Belcebú

que del Averno salió”.

Jorge Mario Bergoglio. El Jesuita. De él tratan las páginas que a continuación reseñamos.

Antes era fanfarrón, ahora soy perfecto

Varias obsesiones recorren estas cartillas. Y nada se ha improvisado para darles cauce.

Bergoglio necesita probar que él es un hombre humilde, modesto, austero. Un pibe de barrio que puede hablar de fútbol y de tango –como de hecho lo hace y con abundancia- lo más alejado posible de la imagen tradicional de un Príncipe Cristiano. Acorde con los tiempos y los gustos, y con la línea vulgarizante impuesta por alguno de sus antecesores, lo estimable ya no será el señorío jerárquico sino el muchachismo populista. No la estricta ortodoxia sino la mirada plural, contemporizadora, con calculados barnices de herejía. Tampoco y mucho menos la actitud magistral de quien por ministerio debe ser tenido como Maestro de la Verdad. Por el contrario, lo estimable será la duda, la vacilación, el enjuague, el espacioso mundo donde las ideas se pueden negociar, como quería John Dewey. “Alguien puede pensar que un creyente que llega a Cardenal tiene las cosas muy claras”, le plantea la dupla interrogadora. “No es cierto”, le asegura enfáticamente el interrogado (p. 53). Y en él, tan mísero aserto es verdad pura, patética y funesta.

El modelo a seguir, claro, ya no es el de los eminentes Varones de Cristo, como los Cardenales PieBillot, sino el de aquel monsignori tránsfuga que describiera Hugo Wast, en cuya corona se había incrustado una cuarta diadema en señal de adoración hacia la democracia. No prediquemos entonces el deber de batirse por la Verdad Única, Crucificada e Indivisa, sino “la aceptación de la diversidad que nos enriquece a todos” (p. 169). No la Verdad Revelada sino las verdades múltiples y consensuadas “con diálogo y amor” son “la celebración” preferida por el obispo (p. 169).

Concorde con este clima intelectual y moral se presenta “prefiriendo el simple traje oscuro a la sotana cardenalicia” (p. 18), hincha de San Lorenzo, buen cocinero, antiguo bailarín de milonga (p.120) y ex laburante en un laboratorio (capítulo dos). Y por eso, verbigracia, interrogado acerca del ocio, no recurre para definirlo a los seguros autores clásicos que de él se ocuparon, ni a los modernos como PieperGuardini, que dice haber estudiado, sino a Tita Merello cantando: “che fiaca, salí de la catrera” (P. 37). Dar pruebas de “normalidad” para Bergoglio, no es apelar a lo normativo y eximio sino a lo que abunda, a lo populachero y sensibloide. Ser hijo del Siglo, diría Ernest Hello.

Nadie podrá escribir de él lo que se anotó del Quijote, para su gloria: “parecíales otro hombre de los que se usaban”. No; él es un hombre bien ad usum: vulgar, ordinario, arrabalero, pluralista y prosaico. Moderno. Y en esto, según su errática perspectiva, está la prueba de su obsesiva humildad y de su progreso espiritual en el arte de aprender a superar los defectos.

El Rabino Skorka lo pondera desde el comienzo, no sólo como alguien con quien trabó “la verdadera amistad” que “define el Midrash”, sino como un modelo de humildad, ya que “todos coincidirán en la ponderación del plafón (sic) de humildad y comprensión con que encara cada uno de los temas” (ps.10-11).

Bergoglio deja correr insensatamente el juego del “bajo perfil”, sin querer advertir la paradoja –y aún el pecado- de esta autocomplacencia infatuada en ser descripto como un sencillo y componedor bonachón. La egolatría de mostrarse cual l’uomo qualunque sigue siendo manifestación de la soberbia, no por la naturaleza de lo que se ostenta sino por vicio de la ostentación. Pero esta es, como decimos, una de las obsesiones psicológicas del biografiado: que se lo perciba como un hombre del montón; alguien que continúa “viajando en colectivo o en subterráneo y dejando de lado un auto con chofer” (p. 17).

No son pocas las veces en que los periodistas interrogadores –salvajemente indoctos en materia religiosa- le regalan este tipo de ponderaciones. Y Bergoglio las acepta, con esa fanfarronería del humilde profesional que decía Jorge Mastroianni. Desechando el consejo ignaciano de contemplar la rebelión de los ángeles caídos, para evitar que nos suceda como a ellos, que “veniendo en superbia, fueron convertidos de gracia en malicia”. (E.E, 50).

Porque ¿quién que tenga realmente esa “corona y guardiana de todas las virtudes”, como llamó San Doroteo de Gaza a la humildad, daría su anuencia para que se publiquen páginas y páginas ensalzando la posesión de este don? ¿Quién, que a fuer de genuinamente humilde, practicara ese “laudable rebajamiento de sí mismo” que pedía Santo Tomás, erigiría en vida su propio monumento a la humilitas? ¿Quién veramente abocado a la nadidad evangélica -en preciosa expresión de San Buenaventura- podrá contratar a un puñado de escribas para que le canten la palinodia de su arrollador recato? ¿Quién que no tuviera ese “brote metafísico de la soberbia intelectual que es el principio de la inmanencia”, según clarividente análisis de García Vieyra, prohijaría que se dijera de sí mismo que “su austeridad y frugalidad, junto con su intensa dimensión espiritual, son datos que lo elevan cada vez más a su condición de papable”? (p. 15) ¿Creerá de veras Bergoglio que a la tierra del subte y del colectivo se refería San Isidoro cuando definió al humilde en sus Etimologías como el quasi humo acclinis, o inclinado a la tierra? ¿Creerá de veras que alguien más que Jesucristo puede decir de sí mismo: “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt. 11, 29)?

A Bergoglio le sucede lo que al protagonista del chascarrillo aquel que desenmascara la petulancia invencible del porteño. A la hora de aclarar lo mucho que ha mejorado su vida moral, le dice a su imaginario interpelador: “antes era fanfa, ahora soy perfecto”.

Dejate “sinagoguear” por el mundo

Amigo de neologismos y de chabacanerías, el Cardenal supo acuñar entre otras zarandajas, aquello de “dejate misericordear por Cristo”. Pero él –un exponente más del judeocatolicismo oficial, hoy dominante- ha preferido en principio, dar y recibir las ternezas de los deicidas.

Se cuentan por decenas los gestos judaizantes del Primado, de los que pueden dar clara y ominosa cifra su pública amistad con los rabinos Sergio BergmanAlejandro Avruj, al primero de los cuales prologó su libelo “Argentina Ciudadana”, y al segundo entregó el Convento de Santa Catalina en noviembre de 2009 para que festejara la impostura de “La noche de los cristales rotos”. Y ambos hebreos, al igual que el prologuista Skorka, explícitos justificadores de la sodomía. El fantasma contranatura de Marshall Meyer los protege a todos, y a todos reúne bajo el humo desolador de Gomorra.

Mas aquí estamos ante la segunda obsesión del Cardenal. Se ha impuesto probar su afinidad y su afecto con el mundo israelita; y no conforme con las definiciones eclesiales públicas dadas en tal sentido, abunda ahora en El Jesuita, en testimonios menores, intencionalmente escogidos para agradar al Sanedrín.

Los reporteros –a cuya tribal insipiencia teológica ya hemos aludido- le plantean como una objeción para la aceptación de la Fe Católica, el hecho de que “el principal emblema del catolicismo es un Cristo crucificado que chorrea sangre” (p. 41). “Usted no puede negar” –le reprochan cortésmente- “que la Iglesia destacó en sus dos milenios al martirio como camino hacia la santidad” (p. 42).

Cabían varias y bien sazonadas respuestas católicas, todas ellas partiendo del enfático rechazo de la infame petición de principios de los periodistas, según la cual, la sangre y el martirio son piantavotos, y eso explicaría el alejamiento popular de la Iglesia. Cabía una lección magnífica sobre “la sangre por amor a la Sangre” de Santa Catalina de Siena, y el valor inabolible del martirio con efusión sanguínea para conquistar el cielo por asalto, como rezan los Evangelios. Cabía, en suma, decirles a los escribas con sus propias palabras: ”No, por supuesto, yo no puedo ni debo negar que la Iglesia destacó en sus dos milenios al martirio como camino hacia la santidad. Y no puedo ni debo negarlo porque es la pura y gloriosa verdad que la Iglesia siempre ha enseñado y siempre enseñará”.

Pero no; Su Eminencia no elige ninguna respuesta católica. Sostiene sin rubores que “asociar con lo cruento” al martirio, ligarlo con la idea de “dar la vida por la Fe”, es la consecuencia de que “el término [martirio] fue achicado” (p. 42). El peculiar “achicamiento” consistiría, nada más y nada menos, que en llevar hasta el extremo previsto y deseable las enseñanzas de Jesucristo: “Todo el que pierda su vida por mí la ganará” (Mt. 10, 39). Lo que para la Iglesia fue su corona; esto es, que el discípulo se asemeje a su Maestro aceptando libremente la donación de la propia vida, para Bergoglio es su empequeñecimiento, su reducción, su “achique”.

En consecuencia, él se inclina por “La Crucifixión Blanca, de Chagall, que era un creyente judío; no es cruel, es esperanzadora. A mi juicio es una de las cosas más bellas que se pintó” (p. 41). Esta “cosa más bella”, según declaró el mismo artista en 1938, es un Cristo rodeado de ornamentos, personajes, objetos y simbolismos judaicos en homenaje a las víctimas de los nazis, quienes expresamente aparecen como los verdugos del Señor, por ser judío. En la línea de otros dogmáticos de la Shoa, el cuadro de Chagall desplaza el centro del holocausto, de Jesucristo a las presuntas víctimas de Hitler. Se trata, pues, de una profanación hebrea del Santo Sacrificio de la Cruz. Pero para Bergoglio es “la” pintura (p. 120).

En la misma línea ideológica, y para seguir avivando el fuego semita, Su Eminencia sale del ámbito espiritual y artístico para recalar en el terreno moral.

Con un simplismo impropio de un hombre de estudio, y con un relativismo aún más impropio en un hombre de Fe, sostiene que “antes se sostenía que la Iglesia Católica estaba a favor [de la pena de muerte] o, por lo menos, que no la condenaba”. Pero ahora en cambio, merced al progreso de la conciencia, se sabe que “la vida es algo tan sagrado que ni un crimen tremendo justifica la pena de muerte” (p. 87).

Entendamos el argumento evolucionista de Bergoglio para valorar adecuadamente lo que dirá después. La aceptación de la licitud de la pena de muerte -que aparece taxativamente exigida como tal, tanto en las páginas vetero y neotestamentarias como en un sinfín de doctrineros católicos y de textos pontificios- debe percibirse como un déficit, un tramo oscuro en el devenir de la conciencia que busca la luz. Lo mismo se diga de las sociedades. En la medida en que “la conciencia moral de las culturas va progresando, también la persona, en la medida en que quiere vivir más rectamente, va afinando su conciencia y ese es un hecho no sólo religioso sino humano” (p. 88).

Para el Cardenal, está claro, no por un análisis per se del hecho, que lo valore inherentemente, sino por la evolución de la conciencia, tanto la Iglesia como la Humanidad saben hoy que la pena de muerte debe ser rechazada. Clarísimo caso de aquella ruinosa cronolatría que protestara Maritain en Le Paysan de la Garonne. Pero entonces, ¡cómo no deplorar, en consecuencia, aquellos momentos aún involutivos en los que se juzgó erróneamente que algo podría justificar la pena de muerte, incluso “un crimen tremendo”! ¡Cómo no maldecir los tiempos eclesiales y sociales en los que la conciencia aún juzgaba que bajo determinadas condiciones, circunstancias y requisitos era legítima la aplicación del castigo capital!

Este era el sequitur lógico del razonamiento bergogliano. Pero un tema irrumpe en el diálogo y la ineluctable evolución de la conciencia se puede permitir una excepción. ¿Y cuál será ese tema? Dejémoselo explicar al interesado: “Uno no puede decir: ‘te perdono y aquí no pasó nada’. ¿Qué hubiera pasado en el juicio de Nüremberg si se hubiera adoptado esa actitud con los jerarcas nazis? La reparación fue la horca para muchos de ellos; para otros la cárcel. Entendámonos: no estoy a favor de la pena de muerte, pero era la ley de ese momento y fue la reparación que la sociedad exigió siguiendo la jurisprudencia vigente” (p. 137).

El pequeño detalle –advertido precisamente por los kelsenianos de estricta observancia- de que “la ley de ese momento”, vigente positivamente en Alemania, no volvía criminales a los jerarcas nazis, se le olvida al Cardenal. El otro detalle más “pequeño” aún, de que en Nüremberg no se dejó tropelía legal por cometer, ni aberración jurídica por aplicar, ni derechos humanos de los acusados por conculcar, ni tortura aborrecible por aplicar, ni mentira por aducir, tampoco cuenta. Ese otro detallecito de que la horca y el tormento atroz para los germanos no fue “la reparación que la sociedad exigió” sino la venganza monstruosa de la judeomasonería, tras los triunfantes genocidios de los Aliados, en Hiroshima y Nagasaki, ninguna importancia tiene. El Cardenal está en contra de la pena de muerte, pero si van a matar nazis seamos comprensivos y hagamos una excepción hermenéutica. ”Era la ley de ese momento”, caramba. La evolución de la conciencia podía esperar un ratito más.

El Cardenal, además, como feligrés y miembro dirigente del judeocristanismo, ya tiene dónde tranquilizar sus escrúpulos, supuesto que le acometieran. “Hace poco” –les confía a sus socios biográficos- “estuve en una sinagoga participando de una ceremonia. Recé mucho y, mientras lo hacía, escuché una frase de los textos sapienciales que nos recordaba: ’Señor, que en la burla sepa mantener el silencio’. La frase me dio mucha paz y mucha alegría” (p. 151).

Lo que no sabemos es si Su Eminencia se refiere a la burla propia o a la que él le propina a Jesucristo al visitar obsecuentemente la morada de los negadores de su divinidad y artífices de su asesinato. Porque el prete podrá hacer silencio ante la merecida chacota que lo tenga por objeto, pero Dios no se deja burlar (Gál. 6, 7). Y el día en que regrese en pos de Su Justicia irrefragable y definitiva, los que se pasaron la vida sinagogueando, a fuer de felones, sabrán qué quería decir Marechal cuando mentaba en el Altísimo “la vara de hiel de su rigor”.

Marxistas buenos y católicos malos

En plena concordancia con lo hasta aquí exhibido –reiterémoslo: una pseudohumildad grotesca y un criptojudaísmo vergonzoso- Bergoglio saca a relucir su tercera obsesión. Consiste la misma en mostrarse ponderativo y encomiástico con los enemigos de la Iglesia, omitiendo todo el vejamen y todo el daño inmenso que los mismos le han infligido y le siguen infligiendo a la Esposa de Cristo. En el trazo maniqueo de su criterio –que él pretende encubrir bajo las apariencias de lo ecuánime- a este polo de positividad sólo puede oponérsele uno de simétrica negatividad; y el mismo, curiosamente, está encarnado en los católicos. No en todos, claro, sino en los “fundamentalistas”. Hablemos claro: en los católicos ortodoxos.

Un primer ejemplo de bondad enemiga lo constituye Esther Balestrino de Careaga.

Para quienes no lo sepan, esta mujer –junto con todo su grupo familiar- era una activa militante del terrorismo marxista, procedente del Paraguay. Bajo el sosías de “Teresa” integró las primeras células que constituyeron la Agrupación Madres de Plaza de Mayo, recibiendo hasta hoy los homenajes laudatorios incesantes de la desaforada Hebe de Bonafini. (cfr.vg.http://www.paginadigital.com.ar/articulos/2002rest/2002seg/entrevistas/hebe26-2.html)

No creemos que en la Argentina del presente haya un solo ciudadano que necesite que se le explique –cualquiera sea su posición ideológica- cuál es la verdadera misión que han cumplido y cumplen las llamadas “Madres de Plaza de Mayo”. Su adscripción a la guerrilla marxista internacional, y no sólo argentina, es explícita, frontal, sostenida, virulenta y particularmente belicosa.

Pero para Bergoglio, esta “simpatizante del comunismo” (sic) se trató de “una mujer extraordinaria”, a quien “quería mucho […] Me enseñaba la seriedad del trabajo. Realmente le debo mucho a esta mujer […] Fue raptada junto con las desparecidas monjas francesas. Actualmente está enterrada en la Iglesia de Santa Cruz” (p. 34). “Tanto me enseñó de política” (p. 147-148).

Iniquidades de los tiempos de los que Su Eminencia deberá rendir cuentas. No hay templos que alberguen los cuerpos acribillados de los civiles o militares católicos a quienes abatió el odio criminal del Comunismo. Pero una iglesia puede ser entregada a las bandas erpianas y montoneras, para que la conviertan en su bastión y en su cementerio. Y el responsable de tamaña profanación lo vive como un logro y una fiesta.

La segunda bondad encarnada es, para Bergoglio, la mismísima Bonafini. Los periodistas se la mencionan dándole pie para alguna observación crítica, para algún llamado tenue de atención, para algún módico tirón de orejas, habida cuenta de la aversión patológica que esta infame mujer viene desplegando desde hace décadas, cada vez con más desenfreno e insolencia.

“Hay también quienes ven actitudes de revanchismo”, le espetan los escribas. “Por caso, la presidenta de las Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini”. Lo que le están queriendo preguntar es, en suma, si actitudes rencorosas y vengativas como la de este monumento al odio “ayudan a la búsqueda de la reconciliación” (p. 139). Y se lo están inquiriendo, no un par de macartistas, sino dos mascarones de proa de la izquierda nativa, de los tantos que hoy se sienten perturbados ante esta abisal frankestein que han creado y ya no pueden controlar.

El Cardenal no admite las premisas implícitas y explícitas contenidas en el interrogante de los reporteros. Quien ya ha hecho el elogio de los desaparecidos, como si la condición de tal probara su inocencia y la justicia de su causa, justificará ahora plenamente a Bonafini: “Hay que ponerse en el lugar de una madre a la que le secuestraron sus hijos y nunca más supo de ellos, que eran carne de su carne; ni supo cuánto tiempo estuvieron encarcelados, ni cuántas picaneadas, cuántos latigazos con frío soportaron hasta que los mataron, ni cómo los mataron. Me imagino a esas mujeres, que buscaban desesperadamente a sus hijos, y se topaban con el cinismo de autoridades que las basureaban y las tenían de aquí para allá. ¿Cómo no comprender lo que sienten?” (p. 139).

Hubo otras muchas mujeres –esposas, madres, hijas, novias, hermanas- a quienes los múltiples retoños de Bonafini asesinaron a mansalva. Mujeres cuyo dolor no subsidió el Estado, cuyo luto no financió la Internacional Socialista, cuyo llanto no rentaron los terrorismos estatales soviético o cubano, cuya venganza monstruosa no prohijó el oficialismo, cuyo rencor satánico no respaldó la jurisprudencia del Poder Mundial. Para estas mujeres heridas, anónimas y silentes, a quienes las actuales autoridades “basurean”, Su Eminencia no tiene una palabra de comprensión ni de consuelo. Tampoco para los cientos de soldados arbitrariamente detenidos por la tiranía kirchnerista, detrás de cada uno de los cuales existen otras muchas centenas de mujeres –católicas prácticas en gran número- a quienes se les ha cercenado la jefatura del hogar.

Hay más “buenos” previsibles nombrados al pasar. Angelelli, Mugica, los palotinos, las monjas francesas, los curas tercermundistas con el Padre Pepe Di Paola a la cabeza (p. 106), los grandes heresiarcas “Hesayne, NovakDe Nevares” (p. 140), los “teólogos de la liberación” que “se comprometieron como lo quiere la Iglesia y constituyen el honor de nuestra obra” (p.82), los redactores de “Nuestra Palabra y Propósitos”, publicaciones ambas del Partido Comunista (p. 48), y hasta el mismísimo Casaroli, a quien insensatamente pone de ejemplo (p. 78), omitiendo que fue el artífice de aquella siniestra y ruinosa felonía denominada Ostpolitik. Para el glorioso Cardenal Mindszenty (cada llaga recibida en las cárceles comunistas lo nimbó de gloria) Casaroli era la imagen negra y enlodada de la “Iglesia de los Sordos”, negociadora ruin de la sangre mártir. Para Bergoglio, Casaroli es un modelo de la “Iglesia Misionera” (p. 78).

“Helada y laboriosa nadería, fue para este jesuita” la Barca de Pedro, diría Borges de Su Eminencia, perdonando por contraste y post mortem a Gracián. Porque en rigor, tanto sorprende la gélida conducta con la que encomia a los peores lobos, como la nadidad a la que reduce a quienes debería tener por arquetipos, si fuera un verdadero creyente. Los óptimos, para el obispo, están cruzando la raya de la Iglesia y confrontando con Ella.

Al fin, y como anticipábamos, si los buenos de la cinematografía bergogliana son todos rojos, aquellos pasibles de reproches y de acrimonias son ciertos católicos claramente identificables como tradicionalistas, o simplemente católicos, apostólicos y romanos. Por ejemplo, los que esperaban que Benedicto XVI criticara “al gobierno de Rodríguez Zapatero por sus diferencias con la Iglesia en varios temas”, como el “del matrimonio entre homosexuales”, sin darse cuenta de que “primero hay que subrayar lo positivo, lo que nos une” (p. 80). Qué puede unir a un católico con un gobierno manifiesta y exacerbadamente anticatólico, no se aclara. Pero la intención es evidente: Zapatero tiene cosas “positivas” que nos permitirían “el caminar juntos” (p. 80). Los desviados son los fundamentalistas que anhelan que el Vicario de Cristo condene a un rufián y a un régimen político en el que Satán se enseñorea a su antojo.

Otros católicos impresentables son los preocupados por “si hacemos o no una marcha contra un proyecto de ley que permite el uso del preservativo” (p. 89). “Con ocasión de la llamada Ley de Salud Reproductiva, algunos grupos de élites ilustradas de cierta tendencia querían ir a los colegios para convocar a los alumnos a una manifestación contra la norma porque consideraban, ante todo, que iba contra el amor […] Pero el Arzobispado de Buenos Aires se opuso a que los chicos participaran por entender que no están para eso. Para mí es más sagrado un chico que una coyuntura legislativa […] De todas maneras, aparecieron algunos colectivos con alumnos de colegios del Gran Buenos Aires. ¿Por qué esta obsesión? Esos chicos se encontraron con lo que nunca habían visto: travestis en una actitud agresiva, feministas cantando cosas fuertes. En otras palabras, los mayores trajeron a los chicos a ver cosas muy desagradables” (p. 90).

Es curioso el razonamiento de Su Eminencia. Por lo pronto, minimizando los alcances y los fundamentos de la Ley de Salud Reproductiva, claramente encuadrable en lo que Roma condena como “cultura de la muerte”. El vocero de esta medida, Ginés González García, Ministro de Salud de Néstor Kirchner, no dejó un solo instante de manifestarse agresivamente contrario al Magisterio de la Iglesia, ni de exteriorizar socarronamente su contento porque con tal disposición legal se coronaba la embestida contra la moral cristiana. La sociedad entera lo recuerda aún con estupor –a él y a su mandante- difamando, calumniando y persiguiendo a Monseñor Baseotto, por haber osado recordarle las prescripciones evangélicas pertinentes.

Sin embargo, tamaña embestida legal contra el Orden Natural, tamaño intento orgánico y oficial por alterar la Ley de Dios, tamaño proyecto gramsciano opuesto al Decálogo, tamaña revolución cultural de inequívoco signo marxista, sería apenas para Bergoglio “una coyuntura legislativa” contra la que no vale la pena movilizar a la juventud tras las clásicas banderas del catolicismo militante.

¿No advierte el Cardenal que ese “chico” que le resulta “sagrado” es el primer damnificado de esta “coyuntura legislativa” contra la cual no desea que se combata? ¿No advierte asimismo que si la ley inicua no se detiene, ese “chico sagrado” empezará por no poder nacer, por ser abortado, o por no poder ser criado en un hogar con padre y madre? ¿No advierte, al fin, que la susodicha Ley de Salud Reproductiva, forma parte de un proyecto mayor, que lejos de ser una mera coyuntura legislativa que “va contra el amor”, instala coactivamente una cosmovisión radicalmente opuesta y contraria a la moral cristiana?

Los “malos”, los merecedores del repudio y de la condena, no son para Bergoglio los gobernantes y sus aliados que promulgan este tipo de normas inicuas, sino los “grupos de élite ilustrada”, los católicos pro vida, que quieren movilizarse con sus familias para hacerle frente a tamaña iniquidad. Y en el colmo del desbarre conceptual, el Cardenal, en vez de encomiar el celo de esos hogares misioneros y de instar a los jóvenes al heroísmo y al testimonio gallardo, juzga la actitud católica como una “obsesión” y aún como una imprudencia. ¡Los “chicos” fueron llevados “a ver cosas muy desagradables”! ¿Es que hay algo más desagradable que pudiera ver un joven, que la ruina de su patria y del lugar santo, sin intentar siquiera una reacción vigorosa y entusiasta? ¿Es que la culpa de la desagradable visión no la tienen los degenerados que arman el espectáculo indecente de su impudicia, sino los que instamos a concurrir a todos en defensa del Bien?

Su Eminencia nunca podría haber escrito ese maravilloso elogio que hizo Eugenio D’Ors al gesto impar de Ananías, Azarías y Misael, pidiendo para sus propios hijos que “en el horno ardiente de la España roja” fueran capaces de ofrendar sus vidas por la Realeza de Cristo. Maldito el profeta Daniel que no comprendió que estos tres muchachos son más sagrados que la “coyuntura legislativa” de Nabucodonosor. Así razona el Primado.

Malos son también los católicos “restauracionistas, para los cuales la Patria es aquello que recibí y que tengo que conservar tal como la recibí”, cuando “todo patrimonio debe ser utópico”, porque “las utopías hacen crecer” (p. 112-113).

Alérgico al uso de la palabra “nacionalista” –“de una persona que ama el lugar donde vive no se dice que es […] un nacionalista (p. 164)- , el Cardenal rechaza de plano al Nacionalismo Católico cuando alude al restauracionismo, y brega neciamente por el utopismo, esa herejía perenne que con sobrados fundamentos desenmascarara Thomas Molnar.

Véase si no esta innecesaria referencia. Cuando se repatriaron los restos de Rosas “los nacionalistas se apropiaron de este hecho y lo transformaron en un acto sectario […] Hasta el cura que rezó el responso se colocó [el característico poncho rojo]; se lo colocó arriba de la sotana, algo aún más desacertado, porque el sacerdote debe ser universal” (p. 110).

Bergoglio debería saber que el restauracionismo que rechaza tiene su fundamento en San Pío X, y que a él han remitido siempre sus desdeñados nacionalistas para proponerse la empresa de restaurar en Cristo una patria que en Cristo nació. Debería saber igualmente que el anhelo de conservar la patria tal cual la recibimos, es un mandato del Génesis no de Mussolini, y que el Apóstol no predicó “guardad las utopías” sino “conservad las tradiciones”.

Debería saber, además, que la repatriación de los restos de Rosas no fue un acto del que se apoderaron los nacionalistas –que tenían todo el derecho del mundo a hacerlo- sino que manejó discrecionalmente, desde el principio al final, el gobierno que entonces tomó la decisión política de traer al Restaurador de las Leyes. Otros fueron los sectarios en aquellas jornadas. Precisamente quienes adscriptos a vetustas sectas y logias masónicas pretendieron deslegitimar la repatriación del Héroe. Pero para ellos no llegan las reprimendas.

Si el Cardenal repasara a San Pablo, se encontraría con la Carta a los Hebreos (10, 32), diciendo: “Traed a la memoria los días pasados, en que después de ser iluminados, hubisteis de soportar un duro y doloroso combate”. Y comprendería por qué los nacionalistas –que soportamos un duro y doloroso combate por desagraviar la memoria de Rosas- sentimos como propia la repatriación de sus restos, a pesar de que el Menemismo no fue nunca otra cosa que una pluriforme cloaca. Pero sentir y vivir algo como propio, no significa apropiárselo sectariamente.

Este agravio gratuito al Nacionalismo Católico, halla su canallesco estrambote en el ataque al Padre Alberto Ezcurra, el aludido cura de poncho rojo que le rezó a Don Juan Manuel el responso más apoteósico y vibrante del que tengamos memoria.

Verdaderamente, llama la atención tanta infamia. El “Padre Pepe” –uno de los confesos ídolos del Cardenal- va vestido con deliberado aspecto de zaparrastroso. Idéntica facha marginal y rotosa adopta como un emblema la clerecía progresista de todo pelaje. Del modo más aseglarado y secularizante va disfrazado el grueso del clero cuya disciplina depende teóricamente del Arzobispo. Y hasta los altos dignatarios de la Jerarquía –Su Eminencia incluido- no portan más que un traje de calle, en las antípodas del hábito talar cuya preferencia y dignidad predicara obstinadamente, entre otros, Juan Pablo II. Pero al Cardenal Bergoglio lo único que le molesta es el poncho federal del Padre Alberto Ezcurra. Lo único que le parece “un desacierto” es que un destacadísimo sacerdote patriota ande emponchado como supo hacerlo BrocheroFray Luis Beltrán. Que ese poncho insigne –con el que fueron al combate los criollos de ley y sus viriles capellanes, sirviendo de pendón y de mortaja a tanto paisanaje fiel- le parezca al Cardenal que le “quita universalidad al sacerdote”, lo único que prueba es la profunda desafección que tiene de nuestras genuinas raíces nacionales. Y el desconocimiento de aquel axioma clásico que sintetizara Tolstoi: ”pinta tu aldea y serás universal”.

¿Debe extrañarnos? Quien puede lo más puede lo menos. Criptojudío, filomarxista, pro tercermundista, propagador de heterodoxias –de manera formal, externa, pública y notoria- ¿por qué no habría de menospreciar a un cura gaucho y patricio, rezándole un responso a Rosas, ataviado con su poncho punzó, cruzando la vieja, gastada y noble sotana? ¿Por qué la aristocracia de este gesto sacerdotal habría de sintonizar con el plebeyismo más rancio que él ostenta cotidianamente?[1]

El Colaboracionista

Hemos dejado para el final la obsesión central y recurrente de este libro. Posiblemente su causa eficiente y uno de sus principales motores.

Aunque con toda deliberación no se lo menciona, el fiero y terrible replicado en El Jesuita es Horacio Verbitsky. Porque fue y es este sicario mendaz quien más lo hostilizó a Bergoglio inventándole un pasado supuestamente derechista, un presente opositor antikirchnerista y unos antecedentes o comportamientos que lo vincularían con el Proceso. En suma, para Verbitsky, el Cardenal sería culpable del mayor de los males concebibles en todos los tiempos, períodos, latitudes y esferas: no haber hecho nada a favor de los desaparecidos, convirtiéndose así en aliado de la represión militar.

A efectos de replicar esta especie –que para un hombre como Bergoglio es mucho más grave que si lo acusaran de calvinista, de arriano, de sacrílego o de invertido- lo primero que hace es comprar el paquete entero de la historia oficial elaborada por el marxismo dominante. Y demostrar, además, que el paquete comprado le merece plena confianza.

Por eso los elogios a la terrorista paraguaya, la amplísima comprensión y ninguna condena a la Bonafini y su banda comunista, las majaderías hacia el clero tercermundista, la aquiescencia frente a la Teología de la Liberación, las decenas de contemporizaciones con el marxismo, los intencionales aplausos a los “luchadores por los derechos humanos”, y la canonización del clero y del monjerío partícipes activos de la Guerra Revolucionaria. Por eso el guiño constante de aprobación para los nombres de Mugica, Angelelli, Argibay oZaffar oni, y el llanto y rechinar de dientes para las Fuerzas Armadas y de Seguridad.

En los disturbios del 20 de diciembre de 2001 -causados, sin duda, por el nefasto gobierno de De la Rua-, varios policías cayeron salvajemente agredidos por la turbamulta de piqueteros que invadió la Plaza de Mayo. Uno de ellos fue literalmente linchado, sin que sus compañeros pudieran rescatarlo a tiempo. Bergoglio, que observaba los trágicos sucesos, sólo vio lo que quiso. “Llamó al Ministro del Interior […] para detener la represión […] al ver desde su ventana en la sede del Arzobispado cómo la policía cargaba sobre una mujer” (p.18). Es apenas un primer ejemplo, pero el maniqueísmo ideológico queda retratado; y el servilismo al pensamiento único también. La policía represora es siempre malvada. Los manifestantes populares son fatalmente buenos.

“Durante la última dictadura militar –cuyas violaciones a los derechos humanos, como dijimos los obispos, tienen una gravedad mucho mayor ya que se perpetran desde el Estado- hasta se llegó a hacer desaparecer a miles de personas. Si no se reconoce el mal hecho, ¿no es eso un modo extremo, horripilante, de no hacerse cargo?” (p. 138).

Es apenas un segundo ejemplo, pero bien que representativo. El mito basal de las izquierdas es asumido íntegramente por el discurso oficial del Cardenal. El “Proceso” fue una “dictadura”; el Estado Argentino fue terrorista (pero no así los Estados Cubano, Soviético y Chino que sostenían la guerrilla); los desaparecidos se convierten en incuestionables seres en virtud de la inmoralidad del procedimiento que los hizo desaparecer; y el metro patrón para medir la maldad de un gobierno es la violación a los derechos humanos, concebidos ya sabemos cómo: como se conciben desde la Revolución Francesa hasta la Revolución Bolchevique.

Esta es, pues, la obsesión hegemónica de Su Eminencia. Que se lo tenga por un hombre políticamente correctísimo, depósito y heraldo del pensamiento único, lo que implica, en primer lugar, haber combatido “la Dictadura” y cooperado con sus “víctimas”. Gran parte del capítulo trece esta dedicado a probarlo. “A mi me costó verlo [se refiere al sistema represivo], hasta que me empezaron a traer gente y tuve que esconder al primero” (p. 141).

Su Eminencia, claro, da por sentado lo que los reporteros y el imbecilizado público en general acepta a priori y sin condicionamientos: que el escondido era un joven idealista, perseguido injustamente por las brutales fuerzas del orden. La posibilidad de que estos escondidos, al igual que los palotinos y las monjas francesas –a cada rato llorados por Bergoglio- fueran activistas guerrilleros, ideólogos o cómplices activos de la Guerra Revolucionaria que asolaba a la Nación, ni se le pasa por la cabeza. Ni siquiera ante la abundancia de constataciones que hoy permiten saberlo.

Nada le importan la verdad ni el juicio ecuánime sobre los hechos pasados. Su conciencia no sufre mella alguna con mirada tan unilateral y tendenciosa. Los militares eran artífices de “la paranoia de caza de brujas” (p. 149). Sea anatema su obrar, sin matices. Sus perseguidos, en cambio, –como los dos “delegados obreros de militancia comunista” (p.148) por los que procuró interceder y rescatar- son presentados amorosamente como “los dos chicos” de una “viuda” que “eran lo único que tenía en su vida” (p.148). Inofensivos chicos los guerrilleros. Paranoicos cazadores de brujas los militares. ¿Se necesita algo más para insertarse en la burda dialéctica de la historia oficial?

Huero de toda templanza en los juicios, y asustado cuanto ansioso por demostrar que estuvo en el bando de los derechos humanos, lo que le importa a Bergoglio es cohonestar cuanto antes la versión instalada: la represión castrense fue repudiable, todo el que la padeció merece ser defendido, protegido y homenajeado por la Iglesia. Es más, la Iglesia se justifica y se lava en la medida en que pueda demostrar que, durante aquellos años, estuvo del lado de los perseguidos por las Fuerzas Armadas, y tuvo sus propios “mártires” causados por la soldadesca procesista.

Por eso el empeño de Bergoglio en narrar con detalles cómo “en el Colegio Máximo de la Compañía de Jesús, en San Miguel, escondí a unos cuantos” (p. 146), resultando ser hasta “los largos ejercicios espirituales” en el instituto “una pantalla para esconder gente” (p.147). Cómo “luego de la muerte de Angelelli” (a cuyo homenaje cuenta haber asistido) “cobijé en el Colegio Máximo a tres seminaristas de su diócesis” (p.146). Cómo sacó del país “por Foz de Iguazú, a un joven que era bastante parecido a mí, con mi cédula de identidad, vestido de sacerdote, con el clergyman y, de esa forma, pudo salvar su vida” (p.147). Cómo hizo todo lo posible por liberar a “dos delegados obreros de militancia comunista”, por cuya vida le había pedido que mediara Esther Balestrino de Careaga (p. 148).

Entusiasmado por dar noticias de sus proezas a favor del partisanismo marxista, Bergoglio ni siquiera repara en que está confesando públicamente la comisión de delitos. Hasta que llega al punto central de su riña con el incalificable Verbitsky, y entonces jura y rejura, en largas parrafadas, (p. 148-151) que estuvo siempre del lado de YorioJalics, dos de los tantos jesuitas que fungieron de apoyo –intelectual y físico- a los planes de la Guerra Revolucionaria.

Son páginas sin desperdicio para medir el fondo del pecado y del temor servil al que ha llegado este desventurado pastor. Su afán de mostrarse colaboracionista del Marxismo alcanza aquí a su punto culminante. Porque esta es la tragedia veraz que no podrán seguir ocultando los artesanos del lavado de cerebro colectivo.

Durante aquellos años, la patria argentina fue blanco de una guerra, declarada, conducida y financiada por el Internacionalismo Marxista, como parte del programa total de la Guerra Revolucionaria. En esa contienda, Bergoglio estuvo del lado de los enemigos de Dios y de la Patria.

Con cálculo preciso, y para que la delimitación de posiciones ideológicas ya no admita vacilaciones, se le cede la palabra a Alicia Oliveira. Por si algún lector desprevenido no registrara a esta vieja militante izquierdista, los escribas nos la presentan de este modo: “Firmante de cientos de habeas corpus por detenciones ilegales y desapariciones durante la última dictadura, se desempeñó como letrada e integró la primera comisión directiva del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), una de las más emblemáticas ONGs dedicada a luchar contra las violaciones a los derechos humanos […] Con la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia [se desempeñó] como Representante Especial para los Derechos Humanos de la Cancillería” (152).

Y Oliveira habla. Declara su “larga amistad” con el Cardenal “que la terminaría convirtiendo en una testigo calificada de buena parte de la actuación de Bergoglio durante la dictadura militar” (p. 152). Cuenta que, dada su ostensible inserción en los planes de la guerra revolucionaria -que ella llama eufemísticamente “compromiso con los derechos humanos” (p.153)- el Cardenal “temía por mi vida” y le ofreció el Colegio Máximo como aguantadero. Cuenta cómo confió sus cuitas a Carmen Argibay –entonces Secretaria del Juzgado de Oliveira- y cómo “tras la caída del gobierno de Isabel Perón” sus “reuniones con Bergoglio se hicieron más frecuentes” (p. 153). También sus coincidencias ideológicas sobre “los militares de aquella época” (p. 154), y la necesidad de salvarles la vida a quienes ellos perseguían (ídem).

“Yo iba con frecuencia, los domingos, a la Casa de Ejercicios de San Ignacio, y tengo presente que muchas de las comidas que se servían allí, eran para despedir a gente que el padre Jorge sacaba del país […] Bergoglio también llegó a ocultar una biblioteca familiar con autores marxistas” (p. 154).

Emocionada con los altos y muchos servicios que su amigo, el Padre Jorge, prestaba a la causa, Oliveira recuerda que no sólo puso el Colegio Máximo al servicio del ocultamiento de los zurdos, sino la misma Universidad del Salvador, pues “muchos nos fuimos a resguardar allí” (p. 155). Ella, en efecto, dictaba Derecho Penal con Eugenio Zaffaroni, y “en sus clases hablaba con libertad”, analogando la “ley de ordalía” –que “los alumnos me decían que eso era horroroso”- “con lo que estaba pasando en el país” (p. 155).

Una anécdota más le sirve a Oliveira para su apología de Bergoglio. Como el sodomita Zaffaroni estaba empeñado en traer al país a Charles Moyer, ex Secretario de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, al solo objeto de que fogoneara la eterna acusación contra las Fuerzas Armadas argentinas, y encontraba obstáculos para lograrlo, “le preguntó a ella qué podían hacer para que igual viniera, pero con un motivo falso. Oliveira recuerda: ‘¿Qué hice? Recurrí, claro, a Don Jorge, que me dijo que no me preocupara. Al poco tiempo cayó con una carta en la que la Universidad invitaba a Moyer a dar una charla sobre el procedimiento de la Corte Interamericana de Derechos Humanos […] A su regreso, Moyer le envió a Bergoglio una carta de agradecimiento’” (p. 156).

El afecto la desborda al evocar todos estos gestos tan significativos para la causa de los marxistas, y Oliveira culmina diciendo: “La verdad es que si lo hubieran elegido Papa, habría experimentado una sensación de abandono, ya que para mí es casi como un hermano y, además, los argentinos lo necesitamos” (p. 157).

Los “argentinos”, varones y mujeres tan bien definidos, como Argibay y Zaffaroni, sin ninguna duda. Otrosí la cáfila de comunistas –laicos o clérigos- a quienes cobijó con complicidad activa. Los argentinos de verdad y los católicos en serio, difícilmente sientan necesidad de un lobo disfrazado de cordero.

El Cardenal aún no ha terminado de proferir su credo para el regocijo del mundo y de su príncipe. “Creo en el hombre”, declara (p. 160). E interrogado sobre Kirchner, y específicamente sobre la fama que se le ha hecho de ser un opositor a su gestión, se ocupa con diligencia de redondear su pulcra corrección política. “Considerarme a mí un opositor me parece una manifestación de desinformación […] En 2006 le mandé [a Kirchner] una carta para invitarlo a la ceremonia de recordación de los cinco sacerdotes y seminaristas palotinos asesinados durante la dictadura, al cumplirse treinta años de la masacre perpetrada en la Iglesia de San Patricio […] Más aún, como no era una misa lo que iba a realizarse, cuando llegó a la iglesia, le pedí que presidiera la ceremonia, porque siempre lo traté, durante su mandato, como lo que era: el presidente de la Nación” (p. 114-115).

Está claro. Si hubiera sido por Su Eminencia, la profanación hubiera sido doble. Rendirle homenaje a quienes coadyuvaron a los planes de la guerrilla, y hacer presidir dicho homenaje, en una parroquia, a quien a todas luces repugna de la Fe Católica y la persigue sin hesitar. Vamos entendiendo algunas de sus palabras esparcidas en el libro: “Muchos curas no merecemos que la gente crea en nosotros”, (p.101). “Algunos podrán aseverar: ‘¡qué cura comunista éste’! (p. 106).

La Iglesia Adúltera

Nosotros, digámoslo claramente, no creemos que Bergoglio sea comunista, ni peronista, ni nada en particular. En sus opciones temporales debe aplicársele lo que Don Quijote utilizó para zaherir la inconducta de Sancho: “en esto se nota que eres villano, en que eres capaz de gritar ¡viva quien vence!”. Toda esta exhibición de colaboracionismo marxista no brota tanto de un convencimiento ideológico serio, sino de una actitud villana. Si mañana se dieran vuelta las cosas, podríamos escucharlo cantar Giovinezza con acento piamontés.

Su problema es más hondo, más grave, más profundo; más difícil de que el buen Dios se lo perdone. Es el escándalo del Pastor que se vuelve mercenario, cuya semblanza maldita y reprobación consiguiente ha trazado y sentenciado Nuestro Señor Jesucristo con palabras de vida eterna (cfr. Jn.10, 11-13). “Oh mercenario! –grita San Agustín en su Comentario al Evangelio de San Juan- , viste venir al lobo y has huido. Has huido porque has callado, y has callado porque has temido”.

No es, por cierto, el suyo, un caso aislado. Es en este momento, en la Argentina, la cabeza de un conjunto de pastores que tienen similar conducta, y cuya última explicación encontramos en el Apocalipsis, cuando se protesta a la Iglesia ramerizada, fornicando con los poderosos de la tierra y siendo infiel al Divino Esposo.

Pero dejemos las honduras de los Novísimos y ciñámonos al tema del que veníamos hablando.

La Iglesia ha sido puesta en el banquillo de los acusados por sus peores enemigos. Liberales y marxistas insisten en sostener que, durante aquellos difíciles años de la lucha contra la guerrilla, la Jerarquía calló, cohonestando así, de algún modo, las conductas ilegítimas que habrían cometido las Fuerzas Armadas. La respuesta de la acusada Jerarquía –Bergoglio el primero- fue tan frágil cuanto penosa. Pues consistió, por un lado, en recordar sus documentos a favor de los derechos humanos, emitidos durante la convulsa época (p. 141); y por otro, en señalarse como damnificada, reivindicando un martirologio “católico” compuesto por personajes de inequívoca filiación o conexión terrorista.

Si al responder con el recuerdo de textos pro derechohumanistas centraba la cuestión exactamente donde no debía hacerlo, esto es, en el núcleo de la mitología enemiga, convalidándola indirectamente; al atribuirse como víctimas propias o como testigos eclesiales a quienes habían sido cómplices de la escalada subversiva, pidiendo incluso la beatificación para ellos, sembraba la confusión y potenciaba el engaño hasta límites dolorosísimos por el escándalo que comporta.

En efecto, ¿qué clase de Iglesia es ésta que, para defenderse de las acusaciones de haber estado asociada a la lucha contra la Revolución Comunista, rehabilita el tener caídos o ideólogos del bando de la misma, los homenajea efusivamente y los reclama en los altares y en el santoral? ¿Qué clase de pastores son éstos que para levantar el cargo de la complicidad con la represión castrense, aducen haber izado la misma bandera de los derechos humanos que enarbolaron como divisa nuclear de su ficción ideológica las bandas subversivas? ¿Qué clase de coherencia, en suma, pueden exhibir los obispos que hoy no trepidan en contemporizar con los montoneros y erpianos devenidos en funcionarios públicos, como no vacilaron ayer en incumplir el deber irrenunciable que tenían de hablarles claro a los hombres de armas, sea para que no delinquieran ni pecaran, o para que combatieran con cristianos criterios? ¿Qué confianza pueden inspirarnos estos funcionarios eclesiales llenos de movimientos dúplices, medrosos, acomodaticios y heterodoxos?

No; no ha salido airosa del banquillo esta irreconocible Iglesia. Acusada por los protervos de “ser la dictadura”, cuando debió serlo si aquella hubiera existido y en aras del bien común de la Patria, sólo atina a sacarse el incómodo sayo de encima del peor modo posible: reduciendo su naturaleza salvífica a un internismo de derechas e izquierdas, en el que los exponentes de las primeras habrían sido culpables y las segundas constituirían proféticas voces demandantes de los sacros derechos del hombre.

Por eso ha abandonado a su suerte al Padre Christian von Wernich, ultrajado y preso mediante falsías inauditas. Por eso consintió el escarnio público de Monseñor Baseotto. Por eso no tiene una palabra ni un gesto de apoyo para los centenares de militares encarcelados arbitrariamente por la tiranía kirchnerista. Por eso niega todo reconocimiento de beatitud martirial a Genta y a Sacheri, mas anda pronta en canonizar a Angelelli, Pironio, los palotinos o las monjas francesas. Por eso no puede contarse con ella para que en los templos se rinda honores públicos a la memoria de los caídos en el combate contra los rojos, pero entrega al rabinato y a la masonería la mismísima Catedral Metropolitana o la Basílica de Luján.

Esta es la iglesia por la que lloró el entonces Cardenal Ratzinger, cuando en el Via Crucis del último Viernes Santo del pontificado de Juan Pablo II, dijo de ella que la cizaña prevalecía sobre el trigo. Y es la Iglesia por la que lloramos nosotros, con llanto sostenido. Porque se nos crea o no –ya nada importa- no nos causa la menor gracia tener que denunciar a Bergoglio. Sólo Dios sabe el dolor indecible que esto significa. Ya quisiéramos tener un buen señor al que servir, y no un mercenario al que desenmascarar. Un Príncipe al que rendirle nuestro vasallaje, y no un lobo del que tomar prudente distancia.

Envío para necios

Pero el último enunciado merece un párrafo final aclaratorio. Dirigido a los necios, de quienes la Sacra Escritura nos advierte en fecundos pasajes, para que estemos prevenidos, así sea de su ignorancia como de su malicia, de sus calumnias como de sus enojos.

Estos necios pueden ser tanto laicos como religiosos, lo mismo da. Y ante estas páginas nuestras podrán formular diversos cargos, como de hecho ya ha sucedido en anteriores ocasiones.

Por respeto a los justos, sólo levantaremos preventivamente algunas de las posibles objeciones de la vocinglería necia.

1º.- No es atacar a la Jerarquía poner en evidencia la existencia de obispos felones, adúlteros, fariseos o heresiarcas. Es no pecar de omisión ni de encubrimiento ni de complicidad. Precisamente por amor a la verdadera Jerarquía.

Mientras escribimos estas líneas, en Mayo de 2010, el Papa Benedicto XVI ha viajado a Portugal y le hemos escuchado decir que “la gran persecución de la Iglesia no viene de sus enemigos de afuera sino que nace del pecado dentro de la Iglesia”. El Santo Padre no calla ni simula ni atempera esos pecados, así sean repugnantes como de hecho consta públicamente que son en tantos casos. A imitación del Vicario de Cristo, todo laico fiel debe secundar su prédica, repudiando los pecados internos, amonestando a sus cultores, previniendo de sus acechanzas a los desprevenidos, y proponiendo como único antídoto la práctica de la virtud y la predicación de la Verdad entera.

Ya en la Catequésis del miércoles 10 de mayo de 2006, el mismo Benedicto XVI enseñaba que “obispo es la palabra que usamos para traducir la palabra griega ‘epíscopos’. Esta palabra indica a una persona que contempla desde lo alto, que mira con el corazón. Así San Pedro mismo, en su primera carta, llama al Señor Jesús ‘pastor y obispo -guardián- de sus almas’ (1 P. 2, 25)”. Y citando a San Ireneo de Lyon, agrega: ”Los Apóstoles querían que fuesen totalmente perfectos e irreprochables aquellos a quienes dejaban como sucesores suyos, transmitiéndoles su propia misión de enseñanza. Si obraban correctamente, se seguiría gran utilidad; pero si hubiesen caído, la mayor calamidad”.

Celebramos, honramos y obedecemos a “los guardianes”. Pero estamos moralmente obligados a detestar a los artífices de “la mayor calamidad”, no siendo ciegos que se dejen guiar por otros ciegos (Mt. 15,14). Sigue siendo válido lo que santamente escribió el Capitán de Loyola a San Pedro Canisio, el 13 de agosto de 1554: que “los pastores católicos que con su mucha ignorancia pervierten al pueblo, parece deberían ser muy rigurosamente castigados, o al menos separados de la cura de almas”, pues “más vale estar la grey sin pastor, que tener por pastor a un lobo”.

2º.- Existe, efectivamente, esa obligación moral antes aludida, y se nos aplica a los simples “súbditos de celo y libertad, para que no teman corregir a los prelados, especialmente si el crimen es público y corre peligro la mayoría de los fieles”. Son palabras de Santo Tomás de Aquino (In Gal. 2,11, nº 76-77), pero podríase sobre el particular citar una multitud de textos escriturísticos, patrísticos, escolásticos, conciliares, canónicos y pontificios de todos los tiempos, conformando todos ellos un corpus doctrinal que en buena hora redondeó admirablemente Melchor Cano -teólogo de Carlos V en Trento- diciendo: ”cuando los pastores duermen, los perros deben ladrar”. Esta es doctrina católica, y no lo es su negación o intencional olvido.

Ahora bien, en lugar de considerar esta doctrina de los deberes de los súbditos en orden a hacer valer los derechos de Dios; en lugar de tener en cuenta que no pocos santos la aplicaron, sin mengua de su obediencia a la Iglesia Jerárquica, sino por fidelidad a la misma; en lugar de discernir que de la enérgica y necesaria reprobación de los errores de ciertas autoridades eclesiásticas no se sigue la negación o el cuestionamiento de la Iglesia Jerárquica, per se, intrínsecamente y en su totalidad; en lugar, en síntesis, de dirigir la censura a los heresiarcas y rescatar la actitud de quienes para preservar a la susodicha Iglesia Jerárquica cumplen con el deber de señalar públicamente los extravíos, los necios nos condenan diciendo que no se puede “desautorizar públicamente a los superiores jerárquicos, ni criticar sus enseñanzas”.

Lo peor de todo es que para darle carácter apodíctico a este juicio –que contradice, como vimos, expresas enseñanzas de Santo Tomás y del Magisterio- invocan a veces los necios “la regla 10ª para sentir con la Iglesia” (Ejercicios Espirituales nº 362). Pero dicha regla de San Ignacio se refiere a la obediencia a las autoridades legítimas, punto que aquí no está en discusión. Y en plena congruencia con la doctrina antes asentada sobre los deberes de los súbditos, concluye aclarando: ”de manera que, así como hace daño el hablar mal, en ausencia, de los mayores a la gente menuda, así puede hacer provecho hablar de las malas costumbres a las mismas personas que pueden remediarlas”.

Un autorizado comentarista ignaciano, el célebre escritor ascético, R.P. Mauricio Meschler S.J, ha precisado sobre el particular: “lo que el Santo recomienda aquí [en la Regla nº 10, E.E, nº 362] es un principio conservador de gran valía; se refiere a la observancia del cuarto Mandamiento de Dios, del orden y de la paz del pueblo cristiano. Tal espíritu de sumiso respeto a las autoridades constituidas siempre ha sido una prueba del genuino sentimiento cristiano católico. Siempre ha salido la Iglesia en defensa de la obediencia debida a la autoridad. Por esta razón, el que legítimamente advirtiera o hiciera advertir a los superiores sus yerros, sería muy benemérito así de la sociedad como de la Iglesia” (Mauricio MeschlerEnrique Pita, Sentir con la Iglesia y Discernimiento de Espíritus según San Ignacio de Loyola, Buenos Aires, Editora Cultural, 1943, p. 40).

Porque, además, así como aplican indebidamente los necios la Regla nº 10 de San Ignacio, indebidamente aplican también el versículo 26,31 de San Mateo: “heriré al Pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño”, para hacernos responsables del “pecado abominable a los ojos de Dios” de “censurar públicamente a la Jerarquía, incitando a la confrontación y a la división del Cuerpo Místico”.

Pero dicho pasaje del Evangelio de San Mateo tiene precisamente otros destinatarios, pues es dolorosa y profética respuesta de Cristo a la promesa de los Apóstoles de no escandalizarse de Él, “aunque todos se escandalizaren en Ti”.

El Señor entonces le asegura con tristeza a Pedro, portavoz de los Apóstoles en la escena, que “esta noche, antes que cante el gallo, me negarás tres veces”. “La fe de esta predicción” –comenta Santo Tomás de la mano de San Jerónimo y de San Hilario- “estaba fundada en la autoridad de una antigua profecía; por eso añade: hiere al Pastor y las ovejas se descarriarán” (Santo Tomás, Catena Aurea, II, 2, Mateo XXVI, v. 30-35). Es a los sucesores de los Apóstoles, según este oportuno texto, a quienes hay que recordar que no nieguen a Cristo ni se escandalicen de Él, pues de lo contrario se dispersarán las ovejas.

En 1970, el notable Carlos Alberto Sacheri, escribía su libro La Iglesia Clandestina, en el cual, con documentación fidedigna de toda índole, denunciaba el aparato marxista-tercermundista, compuesto por sacerdotes y hasta por obispos, que socavaba los cimientos mismos de la Esposa de Cristo. También –o tal vez, principalmente– por este libro lo asesinaron. Ahora bien; a Carlos Alberto Sacheri, que dio su sangre por Cristo Rey, quitándoles las máscaras a estos lobos, ¿también se le aplica la Regla nº 10 de San Ignacio, el versículo de San Mateo y los epítetos vulgares con que los necios quieren acallarnos? Curioso razonamiento: si un Cardenal de la Santa Madre Iglesia predica heterodoxias, y obra iniquidades, los necios jerárquicos se llaman a silencio. Si un laico recuerda la ortodoxia, es pecado abominable.

3º.- Suelen aducir los necios que con estas denuncias les hacemos el caldo gordo a los enemigos de la Iglesia.

Los enemigos de la Iglesia son, ante todo, los falsos pastores, los fundadores infieles, el clero ganado por el vicio nefando y por el pecado mayor de traicionar la integridad de la Fe. No necesitamos informarles a los lectores despabilados que liberales y marxistas, judíos y masones, ateos y gnósticos –y toda la gama posible de enemigos de la Iglesia- son los socios habituales de nuestra Jerarquía. Con ellos se sienten cómodos, no con nosotros.

No necesitamos agregar tampoco hasta qué punto -en nombre del ecumenismo y desfigurándolo, en nombre del diálogo interreligioso y corrompiéndolo- se ha dado pasto en abundancia a las fieras anticatólicas, desde las mismas autoridades eclesiásticas. El caldo gordo del enemigo lo cocinan muy bien los pastores devenidos en mercenarios.

Bergoglio se sabe papabile. Toda la primera parte de su libro está dedicada a probar que estuvo muy cerquita de suceder a Juan Pablo II. Hay quienes dicen incluso que “El Jesuita” pretende ser su plataforma electoral para el próximo Cónclave. Al mejor estilo de los purpurados europeos, como Giacomo Biffi con sus más que interesantes y aprovechables “Memorie e digressioni di un italiano cardinale“, Su Eminencia ha querido tener su propio relato biográfico. Este es el peligro que debe movilizarnos: que un enemigo declarado de la Verdad como el Cardenal Bergoglio pueda presentarse impunemente como papabile. ¿Cuál es la parte que no entienden los múltiples necios que dicen que desenmascarar a un enemigo es hacerles el caldo gordo a los enemigos? ¿Cuál es el principio de identidad y de contradicción del que no llegan a percatarse?

4º.- Una aclaración postrimera nos queda en el tintero y hemos de reiterarla. No nos causa alegría andar de desencuentro en desencuentro con curas y obispos, incluso con algunos de estos últimos, con quienes habiendo tenido cierta amistad o trato cordial antes de que fueran investidos, nos niegan ahora como si estuviéramos leprosos. Tampoco nos causó alegría en su momento el haber tenido que salir públicamente a discrepar con el Santo Padre por el tratamiento de la cuestión judía.

Somos nadie para decir estas cosas. Individualmente considerados, carecemos de todo rango, de todo encumbramiento y, si se quiere, de todo mérito o autoridad. Pero no es nuestra valía personal lo que aquí está en juego, ni nos importa defender prestigios subjetivos. En esto, coincidimos con Federico Mihura Seeber: “Nuestro móvil no puede ser ya más la fama […] Trabajamos, sin duda, en la tierra, pero para la Ciudad que baja del Cielo” (De Prophetia, Buenos Aires, Gladius, 2010, p. 250)

No hemos sido educados para tener que rebelarnos contra curas y obispos, sino para arrodillarnos frente a la Jerarquía, orgullosos de la sujeción y del honor de poder rendir nuestros servicios. Nos lastima hasta la fibra más honda del alma constatar que, en líneas generales, nuestros pastores y clérigos son medrosos, ambiguos, heresiarcas y hasta poco o nada viriles, como diría Santa Catalina de Siena. Tal situación nos provoca una desazón y un tormento que, insistimos, sólo Dios conoce, y sólo El sabrá por qué lo permite.

Pero no debemos callar. En nombre propio, en el de los tantos y tantos que padecen similar dolor, en el de nuestros maestros mártires y en el de nuestros potenciales discípulos. No debemos callar, porque la esperanza está puesta en el triunfo de la Verdad Crucificada, oportuna e inoportunamente testimoniada. No debemos callar ni retroceder, porque a pesar de la jerarquía prevaricadora y de sus obsecuentes necios, alguien tiene que decir la Verdad.

Bergoglio-L.jpg Bergoglio image by paralela

[1] El Anexo al libro que reseñamos lo constituye un ensayo de Bergoglio titulado “Una reflexión a partir del Martín Fierro”, mensaje que dirigió a las comunidades educativas de Buenos Aires, en el 2002. En el mismo omite decir lo que el poema expresamente dice; esto es, que en tiempos de Rosas el gauchaje vivía espléndidamente. En cambio, atribuye la descripción de esa época rosista próspera, concorde y feliz, a un mero “recurso literario” consistente en “pintar una realidad idílica”, una “situación ideal” (p. 172-173). Hernández no habría retratado el período de la Confederación, como concretamente hizo, sino echado mano de un recurso literario. Si algo le faltaba a Bergoglio era su adscripción al antirrosismo. Ahora, ya tiene todas las carencias necesarias.

Acerca de Fabian Vazquez

La Voz de la Tradición Católica, con la Verdad aunque duela.

50 pensamientos en “BERGOGLIO DESENMASCARADO

  1. Extraordinaria nota del Dr. Antonio Caponnetto. Es la mas incisiva denuncia de la herejía judeo-católica en la persona de su máximo impulsor en la Argentina, el cardenal Jorge Bergoglio.

    Bergoglio no es solamente un personaje limitado a este país. Sus errores afectan a todo el catolicismo por su peligrosisdad y magnitud. No debemos olvidar que en la última elección papal este nefasto personaje cosechó una cuarentena de votos. Es evidente un candidato permanente para tareas mayores del herético sincretismo judeo-católico.

    Felicito al señor Fabián Vásquez por la publicación de un documento de tanta trascendencia que debe quedar como una marca indeleble en la memoria de todos los católicos, anunciando la perversidad de un mal pastor y el peligro luciferino que nos acecha a todos los católicos.

  2. Pintura extraordinaria, retrato fiel de un miserable que deberá rendir cuentas ante Dios por tanto mal hecho a su rebaño.

    Dios tenga misericordia de él (y si es Su voluntad, que le adelante la jubilación cuanto antes)

  3. El Cardenal responde a lo establecido por el Concilio Vaticano II y está subordinado obedientemente a Benedicto XVI, a las pruebas me remito:

    Bergoglio también besaría el Coran, si es que ya no lo ha hecho, como lo hizo Juan Pablo II.
    No hay mas ciego que el que no quiere ver.
    Quieren matar al cartero y no al que escribió la carta.
    Hay q

  4. ¿Es esa la paz que nos deja nuestro Señor?

    Bergoglio sigue los pasos de Benedicto XVI, es obediente.

  5. Fabuloso el artículo, como era esperable de Antonio Caponnetto, gran escritor y gran apologeta. Ahora bien, hasta cuando Antonio seguirás defendiendo lo indefendible? y aún más, hasta cuando evitarás el bulto de pegarle al que hay que pegarle? A Jorgito le tiro hasta yo.

    Mister

  6. Mister:
    Haga una cosa: escriba un extenso ensayo como el del Dr. Caponnetto y diga las cosas que usted piensa.
    Claro que fundamentar bien y con eruditos argumentos, como en el escrito en cuestión, es bastante más difícil y laborioso que poner fotos de ojitos, artilugio propio de cortos e ignaros.

  7. Como bien lo expresa Caponetto, ya es una costumbre que los biógrafos de los “líderes católicos” sean redacatados por hebreos.

    Ahí está el anticristiano abonado de la Sinagoga del Clarín, Sergio Rubin, con la bio de Judas BergUGLY

    Las bios oficiales de “San Juan Pablo El Grande” las escribieron

    1a. el hebreo, rabiosamente anticatólico GORGE WEIGEL: “Biografía de Juan Pablo II, testigo de esperanza”

    2a. El famosísimo Karl Bernstein, El Poder y la Gloria, ganador del Pulitzer por la famosa filtración del Water Gate que prácticamente derrocó al anticomunista Richard Nixon y que le costó la libertad a Vietnam y eliminó por décadas la esperanza de libertad de los países de Asia como Corea, China, Mongolia y la propia Siberia.

  8. Caponnetto y su antisemitismo. Su repelencia de Angelelli y de los curas de camisas arrugadas. Su nostalgia ajena de Rosas, como si de libros de caballería hablara. Su gola sátira de anacronismos que revisten de elegancia como lo haría hoy en día un jabot (aunque eso no importa, sólo es cuestión de gustos). Su insana apología del perverso Von Wernich (sí, porque no sólo es perverso quién abusa sexualmente).

    Uno de los logros que alcanzaría un eventual papado de Bergoglio es saberlo a usted atormentado.

  9. Señor que no pone nombre ni apodo,

    ¿Por que me llama sede? considera ud que yo soy sedevacantista? en base a que? a que dije que hay que pegarle a quien hay que pegarle?? le molesta? Jódase. Que quiere que le diga. Jódase.

    No me pongo a redactar nada porque no tengo ganas ni es mi función dada ni autootorgada. Antonio, gigante mente católica de nuestro país, es fabuloso escritor, gran defensor de lo Cristiano y mejor que todo: una excelente persona.

    Ahora bien: Insisto: pegarle a bergoglio, charlatán de feria, hereje casi tonto, increible mamarracho con solideo, es facil. De hecho, solo con oirlo, ver un par de videos en youtube, alcanza. Ni Ud ni yo necesitamos, si es que Ud esta informado, aclaraciones ulteriores acerca de su iniquidad.

    Lo que interesa es otra cosa, es el patrón del perro. No el perro. En ese orden, Antonio evita el bulto, se hace el mudo, hace ya muchos años. Si no me cree lea cabildo, juntese cabildos viejas, compreselas a los gristelli o a rego y fíjese. No creo tampoco que lo necesite. Supongo que sabe de lo que habla.

    Insisto, si le molesta que diga que hay que pegarle al que corresponde, BENEDICTO XVI, jódase. Y si quiere, y si no está adolorido del rechinar de dientes que evidentemente le produzco, digame por que no tengo razón.

    Mister Mister

  10. Don Astinza:

    no se confunda, Bergoglio no es espejo de Benedicto XVI, es más, lo ignora completamente. Si usted conociera las internas desgarradoras no escribiría de esa forma.
    Mientras el Papa predica el uso del hábito religioso o clerical, Bergoglio lo hostiliza de manera personal (ha llamado a seminaristas de otras diócesis en vacaciones para que no anden de sotana por la ciudad!!!); mientras Benedicto XVI ha pedido ajustar los filtros para evitar homosexuales en los seminarios, Bergoglio los tolera sin mayor inconveniente; mientras Benedicto XVI ha promovido la Misa de San Pío V, Bergoglio la ha reducido a sus dos amigos que no se atienen para nada a lo tradicional; mientras el Papa da la comunión de rodillas y en la boca, Bergoglio ordena (sic) poner las manitos.
    Como verá, son puntos sin mayor profundización, pero gráficos de la realidad de la Iglesia. Hay una guerra intestina, no confunda los oponentes.

    saludos respetable señor

  11. Tiene razón, Victoria Nikemenn, el Dr. Caponnetto tiene repugnacia por Angelelli, heresiarca riojano, terrorista montonero y marxista pero no le molestan los curas con las camisas arrugadas, le molestan los que tiene la camisa manchada en sangre, como Fray Antonio Puigjané, el Capellán Terrorista Adur, Camilo Torres y tantos otros.

    Como a cualquier persona decente, los curas criminales son abominables. Fíjese en Puigjané condenado por la justicia a cadena perpetua por haber causado cuarenta homicidios y terribles mutilaciones a tantos otros. Pero a Ud. eso no le molesta.

    Y no siente nostalgia ajena de Rosas, como no la siento yo. Siente la ausencia de uno de los mas grandes argentinos y su fuerza rectora, aquel que su célebre proclama de 1835 exhortaba a los hombre de bien a perseguir de muerte al homicida, al ladrón y al sacrílego y al que pretenda burlarse de nuestra buena fe.

    Pero eso Ud. no lo puede comprender, vive dominada por sus odios y resentimientos, realmente da lástima.

  12. Mister mister:
    Sintéticamente, no j…. con Caponnetto. Son tan pelmazo que tu apodo lo elegiste en inglés en vez de hacerlo en criollo. Escribí algo, grandísimo sardanápalo, ya que cualquiera se atreve con Bergoglio, y después lo comparamos con lo que hizo Caponnetto. Y tené los testículos suficientes para firmarlo con tu verdadero nombre tal cual lo hace Caponnetto.
    Hasta que no lo hagas, magnífico incapaz, y estoy seguro que no lo harás, cerrá esa cloaca que tenés por boca. Infeliz.

  13. Salve Maria..!

    El honor del mundo y la vanidad hacen que en vida, un sacerdote del prontuario de este innombrable, sea expuesta a la luz.

    Ese libro es una defensa de los heroes del modernismo, mal endemico enquistado en nuestra querida Iglesia Catolica, a la cual han invadido de errores.

    La compania de Jesus ha sido invadida desde tiempos remotos por los errores del modernismo… “ay Jesus, que compañìa” como diria un libro que lei hace algunos años.

    Un abrazo in Jesu et Maria,

  14. Felipe y otros:
    No me ha dicho si la paz que cantaba Benedicto XVI, juntamente con representantes de las falsas religiones, es la Paz que nos da nuestro Señor
    Le concedo que Benedicto XVI es mas culto y además teólogo, no como el chabacán de Bergoglio, pero justamente por eso mas peligroso.
    Lea el documento que está a continuación y fijese que Benedicto XVI, justifica la “libertad religiosa”, siempre condenada por la Iglesia hasta el Vaticano II y desde allí, Bergoglio puede justificar todo su accionar.
    ¿Es un documento Católico?

    http://unavocemx.org/inicio/documentos-eclesiasticos/hermeneutica-de-continuidad/

    Hermenéutica de continuidad

    En lugar de exponer nuestra opinión particular respecto a la hermenéutica de continuidad o de reforma, dejaremos que el mismo papa Benedicto XVI nos diga qué es y qué impacto tiene sobre la Iglesia universal. Este es un extracto del discurso que dirigió a la curia romana, el 22 de diciembre del 2005 (las letras en negrita son nuestras):

    El último acontecimiento de este año sobre el que quisiera reflexionar en esta ocasión es la celebración de la clausura del concilio Vaticano II hace cuarenta años. Ese recuerdo suscita la pregunta: ¿cuál ha sido el resultado del Concilio? ¿Ha sido recibido de modo correcto? En la recepción del Concilio, ¿qué se ha hecho bien?, ¿qué ha sido insuficiente o equivocado?, ¿qué queda aún por hacer?

    Nadie puede negar que, en vastas partes de la Iglesia, la recepción del Concilio se ha realizado de un modo más bien difícil, aunque no queremos aplicar a lo que ha sucedido en estos años la descripción que hace san Basilio, el gran doctor de la Iglesia, de la situación de la Iglesia después del concilio de Nicea: la compara con una batalla naval en la oscuridad de la tempestad, diciendo entre otras cosas: “El grito ronco de los que por la discordia se alzan unos contra otros, las charlas incomprensibles, el ruido confuso de los gritos ininterrumpidos ha llenado ya casi toda la Iglesia, tergiversando, por exceso o por defecto, la recta doctrina de la fe…” (De Spiritu Sancto XXX, 77: PG 32, 213 A; Sch 17 bis, p. 524). No queremos aplicar precisamente esta descripción dramática a la situación del posconcilio, pero refleja algo de lo que ha acontecido.

    Surge la pregunta: ¿Por qué la recepción del Concilio, en grandes zonas de la Iglesia, se ha realizado hasta ahora de un modo tan difícil? Pues bien, todo depende de la correcta interpretación del Concilio o, como diríamos hoy, de su correcta hermenéutica, de la correcta clave de lectura y aplicación. Los problemas de la recepción han surgido del hecho de que se han confrontado dos hermenéuticas contrarias y se ha entablado una lucha entre ellas. Una ha causado confusión; la otra, de forma silenciosa pero cada vez más visible, ha dado y da frutos.

    Por una parte existe una interpretación que podría llamar “hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura”; a menudo ha contado con la simpatía de los medios de comunicación y también de una parte de la teología moderna. Por otra parte, está la “hermenéutica de la reforma”, de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado; es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo, único sujeto del pueblo de Dios en camino.

    La hermenéutica de la discontinuidad corre el riesgo de acabar en una ruptura entre Iglesia preconciliar e Iglesia posconciliar. Afirma que los textos del Concilio como tales no serían aún la verdadera expresión del espíritu del Concilio. Serían el resultado de componendas, en las cuales, para lograr la unanimidad, se tuvo que retroceder aún, reconfirmando muchas cosas antiguas ya inútiles. Pero en estas componendas no se reflejaría el verdadero espíritu del Concilio, sino en los impulsos hacia lo nuevo que subyacen en los textos: sólo esos impulsos representarían el verdadero espíritu del Concilio, y partiendo de ellos y de acuerdo con ellos sería necesario seguir adelante. Precisamente porque los textos sólo reflejarían de modo imperfecto el verdadero espíritu del Concilio y su novedad, sería necesario tener la valentía de ir más allá de los textos, dejando espacio a la novedad en la que se expresaría la intención más profunda, aunque aún indeterminada, del Concilio. En una palabra: sería preciso seguir no los textos del Concilio, sino su espíritu.

    De ese modo, como es obvio, queda un amplio margen para la pregunta sobre cómo se define entonces ese espíritu y, en consecuencia, se deja espacio a cualquier arbitrariedad. Pero así se tergiversa en su raíz la naturaleza de un Concilio como tal. De esta manera, se lo considera como una especie de Asamblea Constituyente, que elimina una Constitución antigua y crea una nueva. Pero la Asamblea Constituyente necesita una autoridad que le confiera el mandato y luego una confirmación por parte de esa autoridad, es decir, del pueblo al que la Constitución debe servir. Los padres no tenían ese mandato y nadie se lo había dado; por lo demás, nadie podía dárselo, porque la Constitución esencial de la Iglesia viene del Señor y nos ha sido dada para que nosotros podamos alcanzar la vida eterna y, partiendo de esta perspectiva, podamos iluminar también la vida en el tiempo y el tiempo mismo.

    Los obispos, mediante el sacramento que han recibido, son fiduciarios del don del Señor. Son “administradores de los misterios de Dios” (1 Co 4, 1), y como tales deben ser “fieles y prudentes” (cf. Lc 12, 41-48). Eso significa que deben administrar el don del Señor de modo correcto, para que no quede oculto en algún escondrijo, sino que dé fruto y el Señor, al final, pueda decir al administrador: “Puesto que has sido fiel en lo poco, te pondré al frente de lo mucho” (cf. Mt 25, 14-30; Lc 19, 11-27). En estas parábolas evangélicas se manifiesta la dinámica de la fidelidad, que afecta al servicio del Señor, y en ellas también resulta evidente que en un Concilio la dinámica y la fidelidad deben ser una sola cosa.

    A la hermenéutica de la discontinuidad se opone la hermenéutica de la reforma, como la presentaron primero el Papa Juan XXIII en su discurso de apertura del Concilio el 11 de octubre de 1962 y luego el Papa Pablo VI en el discurso de clausura el 7 de diciembre de 1965. Aquí quisiera citar solamente las palabras, muy conocidas, del Papa Juan XXIII, en las que esta hermenéutica se expresa de una forma inequívoca cuando dice que el Concilio “quiere transmitir la doctrina en su pureza e integridad, sin atenuaciones ni deformaciones”, y prosigue: “Nuestra tarea no es únicamente guardar este tesoro precioso, como si nos preocupáramos tan sólo de la antigüedad, sino también dedicarnos con voluntad diligente, sin temor, a estudiar lo que exige nuestra época (…). Es necesario que esta doctrina, verdadera e inmutable, a la que se debe prestar fielmente obediencia, se profundice y exponga según las exigencias de nuestro tiempo. En efecto, una cosa es el depósito de la fe, es decir, las verdades que contiene nuestra venerable doctrina, y otra distinta el modo como se enuncian estas verdades, conservando sin embargo el mismo sentido y significado” (Concilio ecuménico Vaticano II, Constituciones. Decretos. Declaraciones, BAC, Madrid 1993, pp. 1094-1095).

    Es claro que este esfuerzo por expresar de un modo nuevo una determinada verdad exige una nueva reflexión sobre ella y una nueva relación vital con ella; asimismo, es claro que la nueva palabra sólo puede madurar si nace de una comprensión consciente de la verdad expresada y que, por otra parte, la reflexión sobre la fe exige también que se viva esta fe. En este sentido, el programa propuesto por el Papa Juan XXIII era sumamente exigente, como es exigente la síntesis de fidelidad y dinamismo. Pero donde esta interpretación ha sido la orientación que ha guiado la recepción del Concilio, ha crecido una nueva vida y han madurado nuevos frutos. Cuarenta años después del Concilio podemos constatar que lo positivo es más grande y más vivo de lo que pudiera parecer en la agitación de los años cercanos al 1968. Hoy vemos que la semilla buena, a pesar de desarrollarse lentamente, crece, y así crece también nuestra profunda gratitud por la obra realizada por el Concilio.

    Pablo VI, en su discurso durante la clausura del Concilio, indicó también una motivación específica por la cual una hermenéutica de la discontinuidad podría parecer convincente. En el gran debate sobre el hombre, que caracteriza el tiempo moderno, el Concilio debía dedicarse de modo especial al tema de la antropología. Debía interrogarse sobre la relación entre la Iglesia y su fe, por una parte, y el hombre y el mundo actual, por otra (cf. ib., pp. 1173-1181). La cuestión resulta mucho más clara si en lugar del término genérico “mundo actual” elegimos otro más preciso: el Concilio debía determinar de modo nuevo la relación entre la Iglesia y la edad moderna.

    Esta relación tuvo un inicio muy problemático con el proceso a Galileo. Luego se rompió totalmente cuando Kant definió la “religión dentro de la razón pura” y cuando, en la fase radical de la revolución francesa, se difundió una imagen del Estado y del hombre que prácticamente no quería conceder espacio alguno a la Iglesia y a la fe. El enfrentamiento de la fe de la Iglesia con un liberalismo radical y también con unas ciencias naturales que pretendían abarcar con sus conocimientos toda la realidad hasta sus confines, proponiéndose tercamente hacer superflua la “hipótesis Dios”, había provocado en el siglo XIX, bajo Pío IX, por parte de la Iglesia, ásperas y radicales condenas de ese espíritu de la edad moderna. Así pues, aparentemente no había ningún ámbito abierto a un entendimiento positivo y fructuoso, y también eran drásticos los rechazos por parte de los que se sentían representantes de la edad moderna.

    Sin embargo, mientras tanto, incluso la edad moderna había evolucionado. La gente se daba cuenta de que la revolución americana había ofrecido un modelo de Estado moderno diverso del que fomentaban las tendencias radicales surgidas en la segunda fase de la revolución francesa. Las ciencias naturales comenzaban a reflexionar, cada vez más claramente, sobre su propio límite, impuesto por su mismo método que, aunque realizaba cosas grandiosas, no era capaz de comprender la totalidad de la realidad.

    Así, ambas partes comenzaron a abrirse progresivamente la una a la otra. En el período entre las dos guerras mundiales, y más aún después de la segunda guerra mundial, hombres de Estado católicos habían demostrado que puede existir un Estado moderno laico, que no es neutro con respecto a los valores, sino que vive tomando de las grandes fuentes éticas abiertas por el cristianismo.

    La doctrina social católica, que se fue desarrollando progresivamente, se había convertido en un modelo importante entre el liberalismo radical y la teoría marxista del Estado. Las ciencias naturales, que sin reservas hacían profesión de su método, en el que Dios no tenía acceso, se daban cuenta cada vez con mayor claridad de que este método no abarcaba la totalidad de la realidad y, por tanto, abrían de nuevo las puertas a Dios, sabiendo que la realidad es más grande que el método naturalista y que lo que ese método puede abarcar.

    Se podría decir que ahora, en la hora del Vaticano II, se habían formado tres círculos de preguntas, que esperaban una respuesta. Ante todo, era necesario definir de modo nuevo la relación entre la fe y las ciencias modernas; por lo demás, eso no sólo afectaba a las ciencias naturales, sino también a la ciencia histórica, porque, en cierta escuela, el método histórico-crítico reclamaba para sí la última palabra en la interpretación de la Biblia y, pretendiendo la plena exclusividad para su comprensión de las sagradas Escrituras, se oponía en puntos importantes a la interpretación que la fe de la Iglesia había elaborado.

    En segundo lugar, había que definir de modo nuevo la relación entre la Iglesia y el Estado moderno, que concedía espacio a ciudadanos de varias religiones e ideologías, comportándose con estas religiones de modo imparcial y asumiendo simplemente la responsabilidad de una convivencia ordenada y tolerante entre los ciudadanos y de su libertad de practicar su religión.

    En tercer lugar, con eso estaba relacionado de modo más general el problema de la tolerancia religiosa, una cuestión que exigía una nueva definición de la relación entre la fe cristiana y las religiones del mundo. En particular, ante los recientes crímenes del régimen nacionalsocialista y, en general, con una mirada retrospectiva sobre una larga historia difícil, resultaba necesario valorar y definir de modo nuevo la relación entre la Iglesia y la fe de Israel.

    Todos estos temas tienen un gran alcance —eran los grandes temas de la segunda parte del Concilio— y no nos es posible reflexionar más ampliamente sobre ellos en este contexto. Es claro que en todos estos sectores, que en su conjunto forman un único problema, podría emerger una cierta forma de discontinuidad y que, en cierto sentido, de hecho se había manifestado una discontinuidad, en la cual, sin embargo, hechas las debidas distinciones entre las situaciones históricas concretas y sus exigencias, resultaba que no se había abandonado la continuidad en los principios; este hecho fácilmente escapa a la primera percepción.

    Precisamente en este conjunto de continuidad y discontinuidad en diferentes niveles consiste la naturaleza de la verdadera reforma. En este proceso de novedad en la continuidad debíamos aprender a captar más concretamente que antes que las decisiones de la Iglesia relativas a cosas contingentes —por ejemplo, ciertas formas concretas de liberalismo o de interpretación liberal de la Biblia— necesariamente debían ser contingentes también ellas, precisamente porque se referían a una realidad determinada en sí misma mudable. Era necesario aprender a reconocer que, en esas decisiones, sólo los principios expresan el aspecto duradero, permaneciendo en el fondo y motivando la decisión desde dentro.

    En cambio, no son igualmente permanentes las formas concretas, que dependen de la situación histórica y, por tanto, pueden sufrir cambios. Así, las decisiones de fondo pueden seguir siendo válidas, mientras que las formas de su aplicación a contextos nuevos pueden cambiar. Por ejemplo, si la libertad de religión se considera como expresión de la incapacidad del hombre de encontrar la verdad y, por consiguiente, se transforma en canonización del relativismo, entonces pasa impropiamente de necesidad social e histórica al nivel metafísico, y así se la priva de su verdadero sentido, con la consecuencia de que no la puede aceptar quien cree que el hombre es capaz de conocer la verdad de Dios y está vinculado a ese conocimiento basándose en la dignidad interior de la verdad.

    Por el contrario, algo totalmente diferente es considerar la libertad de religión como una necesidad que deriva de la convivencia humana, más aún, como una consecuencia intrínseca de la verdad que no se puede imponer desde fuera, sino que el hombre la debe hacer suya sólo mediante un proceso de convicción.

    El concilio Vaticano II, reconociendo y haciendo suyo, con el decreto sobre la libertad religiosa, un principio esencial del Estado moderno, recogió de nuevo el patrimonio más profundo de la Iglesia. Esta puede ser consciente de que con ello se encuentra en plena sintonía con la enseñanza de Jesús mismo (cf. Mt 22, 21), así como con la Iglesia de los mártires, con los mártires de todos los tiempos.

    La Iglesia antigua, con naturalidad, oraba por los emperadores y por los responsables políticos, considerando esto como un deber suyo (cf. 1 Tm 2, 2); pero, en cambio, a la vez que oraba por los emperadores, se negaba a adorarlos, y así rechazaba claramente la religión del Estado. Los mártires de la Iglesia primitiva murieron por su fe en el Dios que se había revelado en Jesucristo, y precisamente así murieron también por la libertad de conciencia y por la libertad de profesar la propia fe, una profesión que ningún Estado puede imponer, sino que sólo puede hacerse propia con la gracia de Dios, en libertad de conciencia.

    Una Iglesia misionera, consciente de que tiene el deber de anunciar su mensaje a todos los pueblos, necesariamente debe comprometerse en favor de la libertad de la fe. Quiere transmitir el don de la verdad que existe para todos y, al mismo tiempo, asegura a los pueblos y a sus gobiernos que con ello no quiere destruir su identidad y sus culturas, sino que, al contrario, les lleva una respuesta que esperan en lo más íntimo de su ser, una respuesta con la que no se pierde la multiplicidad de las culturas, sino que se promueve la unidad entre los hombres y también la paz entre los pueblos.

    El concilio Vaticano II, con la nueva definición de la relación entre la fe de la Iglesia y ciertos elementos esenciales del pensamiento moderno, revisó o incluso corrigió algunas decisiones históricas, pero en esta aparente discontinuidad mantuvo y profundizó su íntima naturaleza y su verdadera identidad. La Iglesia, tanto antes como después del Concilio, es la misma Iglesia una, santa, católica y apostólica en camino a través de los tiempos; prosigue “su peregrinación entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios”, anunciando la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. Lumen gentium, 8).

    Quienes esperaban que con este “sí” fundamental a la edad moderna todas las tensiones desaparecerían y la “apertura al mundo” así realizada lo transformaría todo en pura armonía, habían subestimado las tensiones interiores y también las contradicciones de la misma edad moderna; habían subestimado la peligrosa fragilidad de la naturaleza humana, que en todos los períodos de la historia y en toda situación histórica es una amenaza para el camino del hombre.

    Estos peligros, con las nuevas posibilidades y con el nuevo poder del hombre sobre la materia y sobre sí mismo, no han desaparecido; al contrario, asumen nuevas dimensiones: una mirada a la historia actual lo demuestra claramente. También en nuestro tiempo la Iglesia sigue siendo un “signo de contradicción” (Lc 2, 34). No sin motivo el Papa Juan Pablo II, siendo aún cardenal, puso este título a los ejercicios espirituales que predicó en 1976 al Papa Pablo VI y a la Curia romana.

    El Concilio no podía tener la intención de abolir esta contradicción del Evangelio con respecto a los peligros y los errores del hombre. En cambio, no cabe duda de que quería eliminar contradicciones erróneas o superfluas, para presentar al mundo actual la exigencia del Evangelio en toda su grandeza y pureza. El paso dado por el Concilio hacia la edad moderna, que de un modo muy impreciso se ha presentado como “apertura al mundo”, pertenece en último término al problema perenne de la relación entre la fe y la razón, que se vuelve a presentar de formas siempre nuevas.
    La situación que el Concilio debía afrontar se puede equiparar, sin duda, a acontecimientos de épocas anteriores. San Pedro, en su primera carta, exhortó a los cristianos a estar siempre dispuestos a dar respuesta (apo-logía) a quien le pidiera el logos (la razón) de su fe (cf. 1 P 3, 15). Esto significaba que la fe bíblica debía entrar en discusión y en relación con la cultura griega y aprender a reconocer mediante la interpretación la línea de distinción, pero también el contacto y la afinidad entre ellos en la única razón dada por Dios.

    Cuando, en el siglo XIII, mediante filósofos judíos y árabes, el pensamiento aristotélico entró en contacto con la cristiandad medieval formada en la tradición platónica, y la fe y la razón corrían el peligro de entrar en una contradicción inconciliable, fue sobre todo santo Tomás de Aquino quien medió el nuevo encuentro entre la fe y la filosofía aristotélica, poniendo así la fe en una relación positiva con la forma de razón dominante en su tiempo.

    La ardua disputa entre la razón moderna y la fe cristiana que en un primer momento, con el proceso a Galileo, había comenzado de modo negativo, ciertamente atravesó muchas fases, pero con el concilio Vaticano II llegó la hora en que se requería una profunda reflexión. Desde luego, en los textos conciliares su contenido sólo está trazado en grandes líneas, pero así se determinó la dirección esencial, de forma que el diálogo entre la razón y la fe, hoy particularmente importante, ha encontrado su orientación sobre la base del Vaticano II.

    Ahora, este diálogo se debe desarrollar con gran apertura mental, pero también con la claridad en el discernimiento de espíritus que el mundo, con razón, espera de nosotros precisamente en este momento. Así hoy podemos volver con gratitud nuestra mirada al concilio Vaticano II: si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia.
    UVMX

  15. Azul
    He seguido sus comentarios y me han dado satisfacción el leerlos, pero este último deja bastante que desear, no en cuanto a ponderar el artículo de Antonio Caponneto, pues el artículo se pondera solo, aunque creo que faltaba decir quienes son los resposables mayores del dolor que está sufriendo la Santa Iglesia, sino en cuanto que usted dice:
    “Y tené los testículos suficientes para firmarlo con tu verdadero nombre tal cual lo hace Caponnetto.
    Hasta que no lo hagas, magnífico incapaz, y estoy seguro que no lo harás, cerrá esa cloaca que tenés por boca. Infeliz”.
    ¿Se da cuenta que usted no firma con su verdadero nombre, como lo hace Caponnetto?, Ergo.
    Dejo aclarado que no se quien es “Mister Mister”, pero por lo leido entiendo que habla bien de Antonio Caponnetto, pero le hace ver que en el escrito, le falta reconocer quien es el culpable mayor, en la actualidad.

  16. Felipe
    Usted dice:
    “…mientras Benedicto XVI ha promovido la Misa de San Pío V…”.
    No la ha promovido, la ha humillado, la ha puesto por debajo de la bastarda.

  17. Azul,

    Gracias por haber puesto en su lugar a esos dos estúpidos infiltrados de “Victoria Nikemenn” (Bebel) y “Mister” (Bebel).

    INFILTRADOS en Radio Cristiandad: ¡¡¡ No tienen argumento alguno para descalificar al Restaurador de las Leyes y al Dr. Caponnetto!!!

    “El judío no se contenta con descristianizar, él judaíza, provoca la indiferencia religiosa e impone sus propias ideas con el fin de destruir la religión de Cristo y la Iglesia Católica. (Bernard Lazare)

  18. SAN EZEQUIEL MORENO:

    “…muchos de los que se llaman católicos ayudan a los revolucionarios. Son éstos, siempre “moderados”, que estiman la “tranquilidad pública” como el bien supremo. “Esos católicos tolerantes, condescendientes, blandos, dulces, amables en extremo con los masones y furiosos enemigos de Jesucristo, guardan todo su mal humor para los que gritan ¡viva la Religión! y la defienden sufriendo continuas penalidades y exponiendo sus vidas”. Para ellos estos últimos son “exagerados e imprudentes, que todo los comprometen, con perjuicio de los intereses de la Iglesia”

    Leer más: http://devocioncatolica.blogspot.com/search/label/Hora%20Santa#ixzz0pjhAbGZb

  19. No comprendo en dónde ubicar a Bergoglio. Según Caponetto (que nunca dela de “mostrar la hilacha”)se opuso a dictadura. Según Verbitzky colaboró con ésta. O uno de los dos miente o ambos lo hacen o bien ambos tienen una percepción arbitraria sobre este tipo.

  20. Azul,

    Ud. me da risa. Que quiere que le diga. Me da risa. Como ha aclarado muy bien Adolfo Astinza no solo no ataqué al Dr. Caponnetto, sino que lo ponderé en los mejores términos. No necesito sinceramente que Ud, evidente panfletero mal hablado, me cuente acerca de un tipo como Antonio que es, sincillamente, fabuloso. Jódase, vuelvo a decirlo.

    Mi nombre no lo pongo en este blog, al igual que Ud. ¿o Acaso su DNI dice “AZUL”? No se payaso mi amigo, no sea incoherente.

    Le repito además que no escribo al respecto porque no me corresponde, ni me lo he propuesto, ni me lo han solicitado pertinentemente y aún más, dudo de mi capacidad para ser claro, prolijo y contundente. Para eso está Antonio Caponnetto a quien critico su silencio respecto del “PATRÓN”, como ya dije anteriormente.

    Seguramente vociferará, lloriqueará y pataleará en sus argumentos de jardín de infantes. Seguramente porque lo he irritado. Le pido sinceras disculpas, no es cristiano irritar porque si al prójimo. Menos aún, aclararía yo, a un camarada pero, ¿que quiere que le haga? Ud. se irrita, se hincha, insulta, vitupera, ignora lo escrito, no lee. Jódase. Por vez enésima.

    Mister Mister

    PD: Pongo Mister Mister porque se me canta.
    PD:Felipe: ¿Misa de San Pio V? ¿Ha leído/oido la exposición del Padre Ceriani al respecto? Creo que es más que clara.

  21. “Isidro Corbacho”: No me cambie el nombre. Me llamo Victoria Nikermenn. Mujer, algo pelirroja, intuyo que más joven que usted, de ascendencia holandesa (le comento, antes que empiecen a rastrear qué tanto de impío hay en mi árbol genealógico).

    “Azul”: No hablé de Puigjané. Y no siento odio, creáme. No comparto para nada aquello de “perseguir de muerte al homicida, al ladrón y al sacrílego”, pero eso no me hace ni resentida ni presa del odio. Ahorre su compulsión por el prejuicio.

    ¿Qué es eso de Infiltrados? ¿Es que acaso este es un sitio privado? Ni siquiera quien modera el sitio censura lo que se publica, ¿qué paranoia los lleva a calificar a la gente de infiltrados?

    ¿Hay una invasión? ¿Quiénes son los invadidos? ¿Los depositarios de la verdad? Si la Verdad es Dios, Dios es amor señores, y no fusiles ni mazorcas. Lean bien, porque despotrican con la astucia de las palomas y la humildad de las serpientes.

    PD: Un verdadero “Sardanápalo” moderno es Von Wernich, que confesaba a los que luegos serían torturados o arrojados al mar. Azul, encima de arcaizante, se excede en la imprecisión. (No me va a decir que lo va a defender también…)

  22. Evidentemente la caterva blogera kk se ha metido en el foro. Ahora se hacen pasar por mujeres “pelirrojas” pero el estilo los identifica. Todos cortados con la misma tijera, repiten la lavada de cabeza de la “represion” en cualquier tema que se toque. Siempre atacan al Padre von Wernich porque representa lo que mas odian: La Iglesia y la Milicia.
    Como siempre excelentes los argumentos del amigo Azul.

  23. Verdaderamente es tal cual me lo habían dicho. Yo no lo quería creer, pesné que esos tiempos habían terminado, pero NO. Hoy LAMENTABLEMENTE sigue habiendo católicos (?) que cuestionan la autoridad, no sólo al cardenal sino también a los papas. Quien se anime a hablar mal de Juan Pablo II la verdad debería enjuagar su boca con lavandina.
    Pero no se dan cuenta que el medioevo quedó atrás?, las cruzadas no siervieron (excepto la primera) más que para meternos en la boca del demonio, nada bueno provino de ellas. Claro pero me olvidaba que para esta gente (cristianos?) la palabra misericordia no existió nunca. Sólo están logrando que se alejen de Cristo los fieles de buena fe, porque cuestionan la estructura eclesiástica impuesta por el mismo Cristo, pero clro, también me olvidaba ustedes no creen en el Espíritu Santo.
    Que pena, si algo destruye a la Iglesia es que exista gente que lo unico que buscan es la desunión. “Miren ccomo se aman” siempre fue esto lo que maravilló y convirtió a tantos hermanos, pero si leos sus comentarios solo puedo entender “miren como odian” “miren como desobedecen”, “miren como dividen”, “miren como no reconocen a la autoridad de la Iglesia”, porque quien está contra el cardenal, está contra Benedicto que lo sigue reconociendo como su colaborador

    José.

  24. “Patriotazo”: Abra su persiana. No es todo “k” o “tradición”, o al menos, si puede entenderlo así, no quiera hacer ver a los demás sumergidos en esa chata polaridad. Las convicciones que yo pueda tener no necesariamente merecen ser respaldadas por un voto a los Kirchner o a quién sea. De hecho, no he votado a ninguno de ambos, y si lo hubiera hecho no lo ocultaría.

    No me subestime. Y no dude del color de mi cabello. Es el mismo que el de mi madre, las mismas pecas. Mi abuelo, de carrera en la Marina y no por ello torturador ni nada parecido, no era pelirrojo, si es que le interesa saber.

    Ni había terminado el Colegio cuando ya no masticaba más la historieta de los buenos y los malos, con su pleyades de héroes, sean verdes o rojos. Los colores o los credos no me impiden distinguir a un asesino, a un abusador o a un perverso. (¿Puede creerlo? Ya leía por mis propios medios, y pensaba por mis propios medios, y ya carecía de casi todos los miedos de los que carezco hoy. ¡Y siendo mujer! ¿Qué sería eso según su óptica? ¿Prostitución, blasfemia, sacrilegio, marxismo, masonería, lebsianismo, subversión?).

    Von Wernich es perverso por donde se lo mire. Y claro que me afecta que sea sacerdote, porque espero de ellos, y le aseguro que no tanto como pueda esperar algún asiduo militante de la “tradición”.

    Y le reitero que no odio. Espero que no envidie.

  25. “Patriotazo”: Abra su persiana. No es todo “k” o “tradición”, o al menos, si puede entenderlo así, no quiera hacer ver a los demás sumergidos en esa chata polaridad. Las convicciones que yo pueda tener no necesariamente merecen ser respaldadas por un voto a los Kirchner o a quién sea. De hecho, no he votado a ninguno de ambos, y si lo hubiera hecho no lo ocultaría.

    No me subestime. Y no dude del color de mi cabello. Es el mismo que el de mi madre, las mismas pecas. Mi abuelo, de carrera en la Marina y no por ello torturador ni nada parecido, no era pelirrojo, si es que le interesa saber.

    Ni había terminado el Colegio cuando ya no masticaba más la historieta de los buenos y los malos, con su pleyades de héroes, sean verdes o rojos. Los colores o los credos no me impiden distinguir a un asesino, a un abusador o a un perverso. (¿Puede creerlo? Ya leía por mis propios medios, y pensaba por mis propios medios, y ya carecía de casi todos los miedos de los que carezco hoy. ¡Y siendo mujer! ¿Qué sería eso según su óptica? ¿Prostitución, blasfemia, sacrilegio, marxismo, masonería, lebsianismo, subversión?).

    Von Wernich es perverso por donde se lo mire. Y claro que me afecta que sea sacerdote, porque espero de ellos, y le aseguro que no tanto como pueda esperar algún asiduo militante de la “tradición”.

    Y le reitero que no odio.

    Espero que no envidie.

  26. “Victoria Nikemenn” (Bebel),

    La presente página Radio Cristiandad no es un sitio privado, es público. Sin embargo, está claro que aquí se defiende la Tradición católica, no así para Uds., por tal motivo deberían realizar comentarios en otros sitios de internet.

    Ud. dice que Von Wernich es perverso, yo realmente no lo sé. Pero Ud. y gran parte de la población sí lo creen, puesto que fue condenado por un tribunal presidido por el israelita Carlos Rozanski y por la televiSIÓN liberal y marxista.

    “Es más fácil encontrar un caballo verde que a un judío honesto” (Mohamed Alí Seineldín)

  27. COINCIDO ABSOLUTAMENTE CON LO VERTIDO POR “MISTER MISTER”.
    BASTA RECORDAR LOS ATAQUES QUE LA “LINEA MEDIA” NOS HACIA HACE NO MAS DE 10 AÑOS PARA NO DEJARSE ENGRUPIR CON SUPUESTOS “FAROS INTELECTUALES INFALIBLES”.

    SI VAMOS A DENUNCIAR EL PROBLEMA EN TODA SU DIMENSIÓN, A LOS COAFAUTORES DEL MISMO Y A SUS CAUSAS, SOBRE TODO ÈSTAS, PUES BIEN HAGAMOSLO CON CARIDAD,¡SI! PERO LLEGANDO A LO ÚLTIMO Y NO QUEDANDONOS EN MEROS ATAQUES – JUSTOS Y LEGITIMOS- CONTRA EFECTOS SECUNDARIOS O PERSONAJES SIN IR A LA “CABEZA” O LAS “CABEZAS” QUE PERMITEN QUE ESOS MALOS FRUTOS CREZCAN Y QUE ESOS ELEMENTOS HUMANOS DAÑINOS, COMO BERGOGLIO Y TANTOS “OBISPILLOS” Y “PSEUDOS CURAS” SIGAN CONFUNDIENDO, ENGAÑANDO Y LLEVANDO A TANTAS ALMAS AL INFIERNO…

    ES PROPIO DEL INTELIGENTE DISTINGUIR LOS MATICES, ES PROPIO DEL “TONTO” NO DIFERENCIAR BIEN LOS MISMOS Y ES PROPIO DEL “CULTOR DE MITOS” DEIFICAR A PERSONAS, UBICÁNDOLAS EN UN NIVEL EN EL QUE NO ESTAN.

    POR ULTIMO, PARA QUE LOS “TARADITOS” QUE DAN VUELTAS EN ESTE FORO
    COMPRENDAN BIEN, RECONOZCO LOS MERITOS DE INTELECTUAL QUE TIENE ANTONIO CAPONNETTO, PERO SOLO LO TENGO COMO UN INTELECTUAL MAS, VALEROSO CLARO, PERO NO LO TENGO COMO FARO Y NORMA A SEGUIR.

    HAGO MÍAS LAS PALABRAS DE “MISTER MISTER”:

    “Lo que interesa es otra cosa, es el patrón del perro. No el perro. En ese orden, Antonio evita el bulto, se hace el mudo, hace ya muchos años. Si no me cree lea cabildo, juntese cabildos viejas, compreselas a los gristelli o a rego y fíjese. No creo tampoco que lo necesite. Supongo que sabe de lo que habla.”

    “O EL INCIENSO A LOS IDOLOS O LA SANGRE POR CRISTO”

  28. Sencillamente no puedo creer que todavía haya caraduras que defiendan a Bergoglio.
    (Si, este comentario va dedicado para vos, José).

    Cuestionar a Bergoglio no es cuestionar al Papa, sencillamente porque son dos personas distintas.

  29. Salve Maria..!

    Me ha dado gusto ver una cita de San Ezequiel Moreno. En la sede actual de la TFP en Bogota tenemos una muy especial dedicacion a San Ezequiel porque en palabras del Sr Luis Fernando Escobar (miembro del grupo en Bogota): “San Ezequiel entendio lo que era la revolucion y llego a la conclusion que el liberalismo es pecado”, segun me comento en alguna ocasion durante el año pasado.

    No es coincidencia que los verdaderos catolicos tradicionalistas mantengan incorrupto su cuerpo despues de la muerte fisica.

    Un abrazo in Jesu et Maria,

  30. Sra. o Sr. Nikemenn o Bebel o como se llame, nos importan poco sus comentarios a los que concurrimos a esta pagina. Tanto como el color de su pelo, o su abuelo o a quien voto. Pero Ud. tiene numerosos lugares en la web de los que piensan como Ud. ¿porque no va a vertir su opinion a ellos? Ahi podran regodearse con la terrible “dictadura militar”, los “jovenes idealistas” victimizados como los heoricos Santucho, Gorriaran o Abal Medina y podran ocuparse del “perverso” von Wernich.

    Fabian, advierta que la dictadura apenas nos ha dejado a los catolicos lugares como el suyo para expresarnos, pero hasta aqui se meten los kakistas, con el odio patologico que tienen por la verdad.

  31. “Isidro Corbacho”: ¿Quién es usted para echarme?

    Si algo le faltaba agregar era citar a Seineldín. Bingo.

    Y con respecto a VW y sus dudas, tenga presente que no hay peor ciego que el que tiene los ojos sanos.

    PD: Por cierto, reprima su deseo de apropiarse del otro cambiándole el nombre. Si se va a referir a mí, use mi nombre y apellido, evite epítetos, apodos o motes, con o sin paréntesis.

    Ah, y disculpe si la discrepancia lo irrita.

  32. Peliroja holanedesa,

    Con el debido respeto para Azul y Astinza, quienes siempre se han portado como caballeros con las auténticas damas, me parece que sólo se equivocan en una cosa:

    Es necesario para los cristianos la participación de todos en RC; desde católicos auténticos hasta de la Nueva Iglesia, incluidos hebreos, satanistas y demás especímenes, eso sí, mientras no blasfemen.

    Amigos Azul y Astinza, aunque algunas participaciones estén de la tiznada, nos ayudan a que se exhiba la realidad. ¿No les parece?.

    Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum

  33. “Patriotazo”

    ¿Usted también polariza?

    ¿Me cree lo suficientemente ingenua como para reivindicar a gente como Santucho, Firmenich, Gorriarán o demás detestables? Y puede dejar de confundir la “k” con otras letras… al menos cuando quiera aludirme.

    No me etiquete tan rápido.

    PD: No pensé que con tan poco ya haya tanto comentador pidiendo que me calle. Eso es como tiritar. Ese espiritu silenciador, esa mirada acotada por las anteojeras…

  34. “Victoria Nikemenn” (Bebel), Ud. es muy evidente, ya qué, le tiré el anzuelo con el nombre de Seineldín y Ud. se enganchó fácilmente. Por tanto, le recomiendo que escriba en otros sitios. Ud. no es afín en éste.
    Y le recuerdo que el héroe Seineldín era un hombre de Dios, muy católico. Ud. en cambio aplaude a Rosanski. Le repito: ¡Ud. es muy evidente!

  35. Corbacho: ¿Ese es el modo con el que se relaciona con las mujeres? ¿Tirando anzuelos? ¿Eso remite a algún tipo de tradición o es mera rusticidad?

    Si va a buscar el pelo al huevo, relea: ya escribí que me cuesta asimilar a tantos héroes, y más aún odiar a tantos villanos.

    ¿Considera como un agravio que no vea un héroe en Seineldín? ¿Ese es el tamiz con el que se consedera capaz de determinar quién puede hablar y quién no?

    Esa obsesión por “sacar la ficha” en los otros. Al igual que por “bebel”. Calculo que aludirá a algún socialdemócrata alemán, más no a Bebel Gilberto (le recomiendo: ¡escuchela! Canta bossa nova y no se mete con la Iglesia). Y si se refería a otro/a “bebel”, Ud. disculpe, no manejo su jerga.

    Logan: Ni satanista, ni hebrea, ni especimen. A lo sumo con alguna duda o alguna certeza más o menos que otros. De todos modos, se agradece, porque permite compartir. Intuyo que Ud. y yo vemos algunos aspectos del mundo desde ópticas distintas y convencidos, pero eso no nos debería privar de compartirlo. Es una práctica interesantísima leer/escuchar/charlar/comentar sobre lo que pueda pensar el otro ¿no?

  36. Como todos los escritos de Caponnetto, de lujo, pero no se puede menos que coincidir con Mister Mister, en cuanto a que en lo relativo a los problemas de la Iglesia, siempre se quedó “ad limina”.

    Es una pena que mente y pluma tan claras se cierren y enmudezcan antes del último paso: el problema no está acá. Está en Roma. ¿Quién lo hizo cardenal? ¿Quién lo mantiene cardenal? ¿Rubín? ¿Ambrogetti? ¿Skorka? ¿Él mismo?

    No. Los usurpadores. Le dolería menos hablar mal de la “jerarquía” si quisiera darse cuenta que la tal jerarquía no es católica.

  37. “Ave Maria Purissima”
    -Sine Labe Originale Concepta-
    +
    Sr. Director, Caros Cristianos, saludos en los Sagrados Corazones de Nuestro Señor JesuCristo y la Santisima Virgen Maria.
    +
    +
    +
    +
    Excelente apunte FEDERICO.
    +
    +
    No basta con un cuasi excelsa retórica, o con señalar con pomposas y embezantes formas, la tragédia de la crucificción de la inmaculada esposa, Ésta es la época en que brilla mas la forma que el fondo, es la época de involucion hasta el punto de los grandes sofistas griegos, es una época, en la que con una riqueza de palabras y aparente pseudo resistencia, que hace a algunos pelear contra mosquitos, “NOS HACEN TRAGAR CAMELLOS”
    +
    +
    +
    A guiza de ejmemplo, me permito citar una cápsila radiofónica que se difunde a menudo al trav´z de la radio, en la que el autor de la nota, comienza, describiendo una escena entre marionetas y habla de sacar el cuero a Topogigio, y dice “se lo estamos diciendo en su cara cardenal (…) por lo que indefectiblemente debo pensar que esa cápsula fue grabada justo en la cara del tal, o en otra, en la que el autor se refiere al “Santo Padre” cuando le incrimina que esta permitiendo que se diga lo que no debe decirce etc. y le preguntaría, ¿Cual Santo Padre?
    +
    +
    +
    +
    SEA PARA GLORIA DE DIOS

  38. “Victoria Nikemenn” (Bebel),

    Claro que eres Bebel, sino fíjate en los post anteriores de ésta página y comprenderás tu error, ¿cuál error? Respuesta: escribir igualito.

    En cuanto a tu género, es muy sencillo “hermosa holandesita”. Recalcas mucho tu condición de mujer, por lo que vuelves a ser evidente.

    A proposito Bebel, ¿Myto Ediciones ya publicó tu novela “Danek y Anna”?

  39. “Corbacho”: Evidentemente me confude con alguien mas. No tengo nada publicado, y calculo que tampoco lo tendré en el mediano plazo, dado que no desarrollo el oficio de la escritura. Y no he comentado, creo, en otros posts.

    Y le sugiero que evite aplicar sus apuntes de filología conmigo. Escribo tan mal como pueda escribir cualquiera.

    Ah, no soy holandesa. Nací en Argentina. Y gracias por lo de hermosa, aunque sea otro prejuicio.

  40. De acuerdo Victoria,

    Por mí, estamos de acuerdo, comente hechos y su interpretación y haremos lo mismo. Si usted se merece respeto, y realmente es una dama -no como otr@s dam@s- cuente con que cuidaremos de ser respetuosos.

    De lo contrario, cuente también con nuestro combate.

    ¿Le parece bien?

    Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum

  41. He leido El Jesuita y el comentario del Dr Caponnetto,-Soy egresado del Mariano Acosta,-profesor en letras-y dr en derecho,-con unos cuantos años màs que el crìtico Dr Caponnetto,-No me sorprende su infame crìtica a la Iglesia,.pero me ofende como catòlico.-He leìdo los pasquines que publican sus opiniones que se dicen catòlicas y nazionalistas,-Cabildo por caso ,-Con una verborragia culta, eminentemente ladina y soez , pretenden descalificar no a Bergoglio-Zaffaroni, y otros prestigiosos y distinguidos intelectuales,-sino a la Iglesia Catòlica,-esposa de Cristo,-como dice,-mostrando un celo indisimulado e hipócrita.-El Sr Caponetto. se siente y asi lo expresa ,-como “el abogado del diablo” personaje siniestro si lo hay.-Sus opiniones perturban y lastiman a quienes con inocencia se dejan llevar por su extenso curriculo,- que de ningun modo le dan autoridad para expresarse con tanta liviandad.

  42. Algunos comentarios son lamentables… Por ejemplo los que dicen: Bergoglio es Benedicto XVI. No es así. O hay mala información. O hay mala fe.
    Además hay quienes quieren aprovechar toda ocasión para, so pretexto de “tradición”, atacar al Concilo Vaticano II. Son los adalides de la lectura rupturista. A ellos les digo: Señores, ustedes no son tradionalistas sino enfermizos apegados a la tradición corta. La Iglesia no empezó en Trento.
    En cuanto a la Sra. Victoria Nikemenn, creo que está muy confundida. La caridad nos impone acogerla en la página y tratar de dialogar con sinceridad procurando hacerle ver sus errores. Si ella tiene buena voluntad (y se ha de suponer que sí) el empeño habrá valido la pena.
    Pax vobis.

  43. EN ITATI ES LAMENTABLE COMO EL PARROCO RECTOR HUGO CAMINO ADMINISTRA LA BASILICA,PARECE NO IMPORTARLE LA JERARQUIA DE UN LUGAR SAGRADO COMO ESTE SANTUARIO MARIANO.ESTA LITERALMENTE DESTROZANDO EL TEMPLOA GGIORNANDOLO A LA MODERNA (???????????),UN MAMARRACHO,SI HASTA PONE CUMBIA EN LA COMUNION!!!!.OTRA COSA,EL PUEBLO ES UN DESASTRE,ITATI ESTA FEO Y ABANDONADO Y EN ESO TAMBIEN SON RESPONSABLES LOS PADRES DE LA DIVINA PROVIDENCIA,LAMENTABLEMENTE NO HACEN NADA POR CAMNIAR LA REALIDAD DEL LUGAR

  44. No salgo ni entro ahora en la polemica, unicamente me extraña que haya quienes ataquen a los Papas y a un Concilio Ecumenico y se digan catolicos Y LO PEOR popr afirmaciones que NUNCA HAN HECHO. Los documentos de los mismos aclaran que quien renuncia a la plenitud de la Fe actua contra la voluntad de Dios y exhortan a la defensa de la misma.Unicamente difieren de sus predecesores en percatarse que el metodo de las hogueras inquisiriales para evityar la difusion de la herejia FUE UN ERROR lamentable Y NO DEFINICION DOGMATICA. ¿QUIEREN ASAR A ALGUNA PERSONA? Sean Valientes y diganlo, ¿ERAN HEREJES LOS PADRES DE LA IGLESIA HASTA SAN AGUSTIN por no ocurrirseles EMPARRILLAR a las personas? Creo que hasta mas tarde en el medioevo se uso el fuego, es mas lo que si es DOGMA y ENSEÑANZA PERENNE DE LA IGLESIA es que nadie debe ser forzado a creer (S.Agustin, Libertas de Leon XIII, C.I.C.,Catecismos)

  45. Hay mas de seis millones de enfermos de Esclerosis Múltiple en el mundo sin esperanzas de recuperación y viendo dia a dia como la enfermedad atrofia su cuerpo llegando en algunos casos a la muerte. Para esta y otras enfermedades hay tratamientos totalmente efectivos descubiertos por el Dr. Omar Ayrad de Argentina, de los cuales se les ha comunicado a todas las autoridades religiosas incluyendo a Bergoglio. Pareciera ser que los intereses económicos de algunos laboratorios son mas importantes que la salud de la población mundial. Esto da asco, no se puede creer.

Los comentarios están cerrados.