P. CERIANI: SERMÓN DOMINGO 23 DESPUES DE PENTECOSTÉS: BERENICE O LA “VERÓNICA”

VIGÉSIMO TERCER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

Mientras Jesús se alejaba con su Cruz a cuestas, vacilante, Berenice, más conocida como “la Verónica”, lo seguía con la mirada, agradeciendo a Dios haber tenido la oportunidad de aliviar el dolor y el sufrimiento de su Hijo enjugándole el Rostro.

Al mismo tiempo que los fariseos y el populacho descargaban sobre ella un mar de insultos, burlas y amenazas, el restante grupito de las Santas Mujeres la rodeó para felicitarla por su valiente acción, no sin indagar el motivo de una decisión tan audaz como misericordiosa.

“Tenía una deuda de gratitud para con Él”, dijo simplemente…

¿Una deuda que pagar? ¿Qué debía Berenice para interrumpir el demoníaco cortejo y extender su velo para enjugar la Santa Faz, desfigurada por los golpes y velada por los cuajarones de sangre, escupitajos, sudor y polvo…?

Sin advertir que en su velo se delineaban las facciones del Divino Rostro, creando con ello un nuevo débito, mayor aún que el contraído aquel otro día, Berenice les preguntó sorprendida: “¿No se acuerdan de lo que me sucedió en el camino hacia la casa de Jairo?”

Las Santas Mujeres recordaron entonces la historia y el retrato trágico que de la pobre enferma nos dan los Evangelistas: “Una mujer que padecía flujo de sangre, doce años hacía, y que había sufrido mucho en manos de muchos médicos y gastado todo cuanto tenía, y que por ninguno había podido ser curada, ni había adelantado nada, antes empeoraba más”.

Cuando aquella tarde Berenice interrumpió, involuntariamente, otro cortejo, alegre y triunfante en aquella oportunidad (la marcha de Jesús hacia la casa de Jairo para resucitar a la niña de doce años), su situación era desgraciada y desesperante, descrita por los Santos Evangelios en cuatro pinceladas:

* una enfermedad vieja y dolorosa,

* que la había dejado en la miseria,

* desahuciada por los médicos,

* camino de la muerte.

El flujo de la pobre mujer era uterino; enfermedad grave y vergonzosa, que conducía a la extenuación de la paciente y a su muerte lenta y penosa.

Para colmo de males, este tipo de flujo producía entre los judíos la impureza legal, con la consecuente prohibición de participar en los actos cultuales.

Mientras la Verónica estrechaba contra su pecho la divina reliquia y junto con las otras mujeres continuaba el Via Crucis, su pensamiento voló al otro camino y recordó el día en que oyó hablar de Jesús, cuyo poder, que sólo conocía de fama y celebridad, le había inspirado gran confianza.

Todavía tenía grabada la imagen del Maestro, que pasó por delante suyo, apretujado por los cuatro costados. Rememoró como, concebido ya su plan, lo dejó pasar ex profeso para acercarse por detrás, entre la muchedumbre, y tocar solamente la orla de su túnica, no obstante desconocer si Jesús había curado a alguien por el simple contacto de sus vestidos.

Era tal la fe que tenía en la santidad y el poder taumatúrgico de Jesús que se dijo dentro de sí: “Tan sólo con tocar su vestido, seré sana”.

Nada le importaba todo lo que había tenido que sufrir de parte de los médicos judíos, ignorantes como todos los de su época en lo tocante a enfermedades internas, y de parte de las mil recetas que le hicieron ensayar, inverosímiles mezclas de curandería y magia, totalmente ineficaces para atajar los flujos de sangre.

Más afortunada que en los doce largos años de ineficaz terapéutica, sólo tocando a Jesús, en aquel mismo instante, se secó el flujo de su sangre y sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal por la sensación que tuvo del vigor readquirido.

Aquel mismo que ya había llegado ahora a la cima del Calvario y era despojado de su milagrera túnica para ser sorteada entre los soldados romanos mientras Él guardaba silencio, no quiso en aquella ocasión que el milagro permaneciese oculto, y conociendo en sí mismo la virtud que de Él había salido, vuelto a la muchedumbre, preguntó:

“¿Quién ha tocado mi vestidura?”

Todavía retumban en los oídos de Berenice estas palabras, así como la negativa de la multitud, porque todos negaban que le hubiesen tocado con intención.

Recuerda como Pedro, ese mismo Pedro que ahora observa de lejos lo que sucede en el Calvario, contestó aquella tarde a Jesús: “Maestro, ves la multitud que te aprieta y sofoca, y dices, “¿quién me ha tocado?”

La interpelación de Jesús motivó un alto en la comitiva. Conoció que había salido fuerza de Él, porque supo que había curado. La hemorroísa advirtió la curación; Jesús supo que ella lo había tocado por detrás.

Para llamar la atención sobre el hecho y para acomodarse a la inteligencia del pueblo utiliza una locución misteriosa y simple a la vez:

“Alguien me ha tocado, porque he conocido que ha salido virtud de mi”.

Jesús quiso a todo trance descubrir tanto el milagro como la favorecida con él, y miraba alrededor para ver a la que había curado. Miraba, porque conociendo a la mujer en su omnisciencia, quería que ésta declarase públicamente lo ocurrido.

Todavía recuerda Berenice esa mirada de Jesús, escrutando en torno suyo, y cómo sus ojos divinos se clavaron en los suyos miserables. Bajó sus párpados, enrojeció, comprendió que no debía quedar oculto lo que en ella se había realizado. Temió y tembló, por si había obrado mal en tocar clandestinamente a Jesús, como si hubiese robado un milagro…

Pero nuevamente levantó sus ojos temerosos, y una segunda mirada de Jesús le hizo comprender todo lo que ese Rostro, dulcísimo y tierno, manifestaba. Esos ojos divinos, que la miraban con compasión, misericordia y amor, le inspiraban una gran confianza y un infinito agradecimiento.

Al igual que hace unos instantes, pero con menos fortaleza y audacia, venció la muralla de gente y los humanos respetos, se acercó a Jesús, se postró ante Él, buscando una segunda misericordia en quien tan grande ya la había hallado, y declaró toda la verdad, con confesión humilde.

Juntas las manos, le mira. Toda su actitud respira felicidad, está pasmada, suspensa.

¡Qué expresión de profunda gratitud se lee en sus facciones!

Cuenta simplemente su mal, el fracaso de los médicos, el hecho de su repentina curación.

Y no sólo a Jesús lo dijo, sino que, como esta tarde, ante todo el pueblo declaró la causa por la cual había tocado la túnica del Maestro, y cómo al momento había quedado sana.

Jesús, ése mismo Jesús al que después de crucificar estaban ahora elevando para suspenderlo entre el cielo y la tierra, obtenida la confesión de la mujer y hecho público el milagro, lleno de dignidad y de misericordia, disipó todo temor y confirmó su salud: “Ten confianza, hija -le dijo- tu fe te ha sanado”.

Tu fe te ha sanado. Esa misma fe que ahora hace que me reconozcas como tu Dios a pesar de que me ves colgado de un madero ignominioso y entre dos ladrones. Esa misma fe que te hizo reconocer el Rostro de tu Señor debajo de los cuajarones de sangre, escupitajos, sudor y polvo. Esa fe, y no el simple contacto con mi túnica. Esa fe en mi poder y bondad te han sanado…

“Vete en paz”, concluyó Jesús.

Tal vez, el Evangelio no lo dice, el Maestro la invitó para que se sumara al grupo de mujeres que lo acompañaban sirviéndolo a Él y a sus discípulos.

Ella ha perdido todo miedo con el Divino Maestro; su agradecimiento se convierte en una adhesión reverente y fuerte.

Nada más natural que Berenice estuviese presente en la Vía Dolorosa para enjugar con su velo la Santa Faz, de la cual fluía la Preciosísima Sangre, precio de la Redención del mundo.

No fue voluntad del Señor que la Verónica desecase la fuente, porque la Sangre Divina debía ser totalmente derramada para ser recogida en el Cáliz de cada Misa.

Así partió del Calvario Berenice, con la Virgen María, para entrar nuevamente en contacto con la Sangre del Verbo en cada Comunión Eucarística.

Dejemos ya a la Verónica y vengamos a nosotros. “Tan sólo con tocar su túnica seré sana”, dijo ella; ésta, su profunda fe en la eficacia del contacto de Jesús, es la que debemos tener al acercarnos a Él.

¿Qué importa que suframos el hediondo flujo de toda suerte de pecados? El que vino al mundo para purificarlo de ellos no espera más que tocarnos para dejarnos sanos y para que se seque la fuente de nuestros crímenes.

Y para entrar en contacto con nosotros, no espera sino que nos acerquemos a Él con voluntad de tocarle y sacar de Él la virtud curativa.

Tócame, Señor, y seré sano -debemos decirle-. Tocabas a los ciegos, y veían; imponías las manos a los enfermos, y curaban; dabas la mano a la hija de Jairo, y le devolvías la vida. Más amada que sus cuerpos te es nuestra alma: tócala, infíltrale tu virtud, y sentirá el vigor de la vida divina que le falta por haberte dejado a Ti…

“¿Quién me ha tocado?”. Meditemos esta ocurrencia extraña de Jesús…

“Pero, si todos te están tocando, apretujando y sofocando”, respondió, naturalmente, San Pedro.

Pedro no había entendido la intención del Señor. Alguien me ha tocado de una manera distinta, diferente, que no tiene ninguna semejanza al modo común con que toda esta muchedumbre me está tocando.

Solamente la hemorroísa ha estado en contacto con Jesús…

Hagamos una aplicación práctica: muchos fieles están de rodillas en una capilla y semejan la gente que rodeaba a Jesús. ¿No puede suceder que allí también Jesús exclame: ¿Quién me ha tocado?, porque una virtud ha salido de Mi?”

Él ve y siente todas las gracias que llegan a nuestra alma, porque todas dimanan de Él.

La oración superficial no lo alcanza. La que lo toca es la apremiante y viva; la que llega a su Corazón es la que va acompañada por la fe.

La Sagrada Comunión debería realizar esta aproximación inefable, este contacto vivificador. Las Sagradas Especies, los accidentes del pan, son la vestimenta que tocan nuestros labios…; pero muchas veces nuestro corazón se queda lejos y no entra en contacto con Jesús…

Y, con todo eso, está allí, todo para mí, apretujado por tantos, esperando de mi alguna palabra inflamada, o algún trato íntimo.

Y no se trata de un contacto físico, sensible. ¡No! ¡Dejémonos de sensiblerías! Jesús quiere que nos acerquemos a Él por la fe.

Si bien se dejó tocar por las Santas Mujeres y por los discípulos el domingo de la resurrección, y exigió de Santo Tomás que pusiese su dedo en las heridas dejadas por los clavos y metiese su mano en la llaga del costado, sin embargo dijo a la Magdalena: “Nolite me tangere”, es decir, “No quieras retenerme con tu abrazo”.

Jesús quiso conducir a la Magdalena a una región mucho más profunda que aquella a la cual introduce el contacto físico; quiso llevarla a la contemplación más perfecta, preludio de la visión beatífica, cuya puerta de entrada es la fe. Jesús quiere que nos acerquemos a Él por la fe.

“Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado”. Estas dulcísimas palabras de Jesús, en su sentido moral encierran todo el misterio de nuestra vivificación y de nuestra salud espiritual.

Llámala “hija”, dice el Crisóstomo, porque la fe es la que nos da la filiación divina, por cuanto ella es el principio de nuestra justificación.

Así como al tocar la hemorroísa la túnica de Jesús salió una virtud curativa del mismo, del mismo modo, cuando nosotros tocamos a Cristo por la fe, se nos dan asimismo sus virtudes; porque la fe es el punto de contacto entre Dios y nuestra alma.

Y si el simple contacto de la orla del vestido de Jesús produjo la radical curación del cuerpo de la enferma crónica, ¿qué efectos no causará nuestro contacto total, substancial, con Jesús, con todo Jesús, con Jesús todo entero en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, que no es otro que el Mysterium fidei…, misterio de fe, que exige de nosotros el acto más cumplido y acabado de fe sobrenatural?

Al regresar al Cenáculo, la Verónica habrá expuesto la santa reliquia, fruto de su acto de arrojo y de amor. Mientras la contemplaba, sostenida por la esperanza y la caridad de la Reina de los Apóstoles, habrá fortalecido su fe, esperando el reencuentro con su Divino Salvador y el momento de poder recibirlo con devoción y piedad en la Sagrada Eucaristía, que curaría hasta lo más profundo todos los flujos de sus fuentes espirituales mal heridas.

En la Sagrada Eucaristía tenemos al mismo Jesús que curó a Berenice y que estampó su Santa Faz en el velo que ésta le ofreciera para enjugarla. Digámosle con fe firme y segura:

 

Así quiero que me pintes sobre mi pecho tu Rostro.

En el pesebre, de niño, eras estrellita de oro;

de joven, entre lirios, el más fragante de todos;

bajo los soles maduros, pareciste el más hermoso.

Mas hoy, cuando todos dicen que no tienes ni decoro,

es cuando me gustas más: eres el Divino Rostro…

Así quiero que te pintes en mis entrañas, muy hondo,

con pinceladas de sangre, de salivas y de polvo.

Morado de bofetadas, palidecido de oprobios;

me enamores como nunca, porque en tu Rostro conozco

todo la caridad que me tienes, encendida y dolorosa:

mi corazón es el lienzo para que pintes tu Faz…

En Ti quiero retratarme como un espejo en el otro:

que no me falten espinas, ni lágrimas en los ojos,

ni sudor, ni bofetadas, ni manchas de sangre y lodo.

Con tal que a Ti me parezca, sufrir me parece poco...

P. Juan Carlos Ceriani

Acerca de Fabian Vazquez

La Voz de la Tradición Católica, con la Verdad aunque duela.

4 pensamientos en “P. CERIANI: SERMÓN DOMINGO 23 DESPUES DE PENTECOSTÉS: BERENICE O LA “VERÓNICA”

  1. Todos tenemos a la Verónica como segura abogada para pedir perdón por nuestros pecados.

    Como ella, pidamos con fe verdadera y sencilla la curación por Virtud de Nuestro Señor.

    Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum

  2. VERDADERAMENTE BELLÍSIMO SU SERMÓN P. CERIANI. PODEMOS HACER LO QUE ELLA HIZO, ESO ES LO MARAVILLOSO. TRASPASA SEÑOR NUESTRO PECHO CON ESA MIRADA QUE CAMBIÓ PARA SIEMPRE LA VIDA DE BERENICE , DE PEDRO Y DE TANTOS COMO LE AMARON Y LE AMAN CON TODA SU ALMA SABIÉNDOSE Y RECONOCIÉNDOSE PECADORES, PUES LO SOMOS.

  3. Padre; un sermón de la Fe y la Confianza que llega al corazón, que ilumina el alma, la acerca al Divino Redentor para pedirle: Dios mío y Señor mío imprime en mi alma tu Faz para que siempre te tenga conmigo!Que jamás pierda la Fe, que Tu Sangre cubra la multitud de mis pecados!.
    Gracias Padre, Dios lo bendiga!

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