P. Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Festividad de Todos los Santos

FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

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Todas las Fiestas del Año Litúrgico tienen cada una su excelencia y su utilidad para nuestra alma.

Entre ellas, la Fiesta de Todos los Santos es una de las más instructivas, puesto que nos muestra la gloria que gozan los Santos, nuestros verdaderos y únicos hermanos mayores, y nos hace esperar ir un día a compartirla; ya que, según el dicho de San Agustín, “¿Por qué no podría hacer yo lo que pudieron hacer éstos y aquéllas?”

Excitemos, pues, en nuestro corazón grandes sentimientos de alegría, de esperanza y de agradecimiento a Nuestro Señor Jesucristo.

Reanimemos nuestro valor: el camino está a la vista; sólo hay que seguirlo…

¿Por qué la Iglesia estableció esta Fiesta?

* Con el fin de agradecer a Dios por todas las gracias que concedió a todas estas almas bienaventuradas para santificarlas mientras estaban en la tierra, y por la gloria inefable y eterna con que las recompensó en el Cielo.

* Para honrar en una misma solemnidad a todos los Santos que están al Cielo, conocidos o desconocidos; y para estimular el celo de todos los fieles, que debe reparar hoy, por un entusiasmo mayor y una piedad extraordinaria, toda su falta de devoción y su negligencia en el culto hacia cada uno de los Santos en el curso del año.

* Con el fin de interesar a todos los Santos del Cielo a defendernos y a protegernos… Esta es la razón por la que, en la oración de la Fiesta, la Iglesia pide a Dios “la abundancia de su propiciación”, es decir, de su misericordia, por “el gran número de intercesores” al cual recurre hoy…

* El dogma de la Comunión de los Santos, que hacemos profesión de creer en el Símbolo, nos es recordado por esta Fiesta de la manera más solemne y más provechosa.

Para excitarnos aún más a la práctica de la virtud, presentándonos tantos modelos perfectos que debemos imitar; ya que hay Santos de todas las condiciones de vida… Así encontramos en ellos, según la frase de San León, “una ayuda y un ejemplo”.

* Finalmente, para sacudir nuestra tibieza y nuestra cobardía, mostrándonos que la gloria y la felicidad de los Santos están a nuestro alcance. La misma recompensa de la que gozan se nos promete y está garantizada, a condición de que trabajemos en santificarnos como ellos.

¿Cuál es la felicidad del cielo?

* Señor, dice el Rey David, ¡qué abundantes y excesivas son las delicias que reservas a los que Te temen!

Santa Catalina de Siena, después de un éxtasis donde Dios le había mostrado una esquina del Cielo, se admiraba: “Vi maravillas que la palabra humana no podría expresar”.

San Teresa, después de un éxtasis similar, ya no tenía más que aversión por las bellezas y los bienes de este mundo: “Ved, le decía Nuestro Señor, lo que pierden los que me ofenden, ¡y cuán absurdos son!”

San Agustín tenía tal admiración por el Cielo que decía, “Poder gozar solamente de una hora en el Cielo, exigiría comprar esta hora por la privación de las riquezas y las delicias de un millón de años…”

* En el Paraíso no hay ya ni pena, ni sufrimientos, ni dolor, ni hambre, ni cansancio, ni problemas… es la exención de todos los males, la impasibilidad…

¡Qué diferencia con este miserable lugar de exilio, lugar de todas las miserias, en que todo está para nosotros lleno de peligros, pecados, enfermedades, males físicos y morales de todas clases…!

* El Cielo es la presencia y la posesión de todos los bienes.

Sí, es la plenitud de todos los verdaderos bienes concebibles…

Ver sin velos la esencia de Dios y todas sus perfecciones infinitas.

¡Qué felicidad ver este Ser divino en su inefable esplendor!

Ver la Humanidad santísima de Nuestro Señor glorificada, la Santísima Virgen María exaltada sobre los Coros de los Ángeles y coronada Reina del Cielo y de la tierra…, por fin todos los Santos en este maravilloso estado de perfecta felicidad.

* Y esta bienaventuranza nunca tendrá fin, permanecerá eternamente sin disminución, sin la menor mezcla de temor de perderla…

Tendrá la duración de Dios mismo…

¡Qué magnificencia en esta gloria y esta felicidad de los Santos al cielo! …

¿Tenemos por ella el aprecio debido?

¡Necios seríamos, si nos atreviésemos preferir la tierra y sus males al Cielo con todos sus bienes infinitos!

¿Cómo llegaron los Santos al Cielo?

*Si los Santos hoy gozan de tal felicidad en el Cielo, ¿es porque hicieron milagros y cosas extraordinarias?

De ninguna manera; ya que la vida de muchos no tiene nada semejante, y el don de milagros es una de las gracias gratuitas que es necesario no confundir con la gracia santificante.

Pero todos los Santos fueron fieles a las gracias de Dios, atentos en cumplir su voluntad, haciendo las cosas comunes de una manera no común, es decir, por motivo de fe, con intenciones sobrenaturales, viviendo siempre en la santa presencia de Dios, actuando con fe viva, con generosidad extraordinaria, por amor a Dios y con un inmenso deseo de agradarle y glorificarla en todo.

Para la mayoría, su vida exterior difería apenas de la de los otros hombres; pero, a los ojos de Dios, ¡qué diferencia, debido al principio tan elevado que la dirigía!

*¿Eran, pues, impecables?

No, ciertamente, puesto que tenían la misma naturaleza que nosotros y que vivieron, la mayoría de ellos, en una situación o condición similar a la nuestra.

Pero mortificaban con cuidado sus sentidos y su corazón, huían las ocasiones de pecado, rogaban, vivían sin cesar en un santo temor de Dios y en un gran horror por los menores pecados.

Algunos, obviamente, tuvieron la desdicha de cometer graves faltas y de mantenerse distantes de Dios durante más o menos tiempo; pero lo purgaron por el arrepentimiento y por una vida de penitencia, de caridad y de celo… Ejemplos del Rey David, de San Pedro, de San Pablo, de Santa María Magdalena, de San Agustín, etc.

* Los Santos se aplicaron sin cesar en crecer cada vez más en santidad, para ser más dignos de Dios.

Tuvieron una voluntad enérgica y generosa, activa y eficaz, para superarse, para avanzar siempre, para sufrir, para seguir perfectamente e imitar exactamente a Jesús.

¿Cómo llegar al Cielo?

Un doble desastroso error reina en el mundo que obstaculiza el camino que conduce al Cielo:

* unos creen que se puede llegar sin tomarse mucha molestia; que basta para ello no ofender a nadie, evitar algunos defectos graves y practicar algunas virtudes morales…

* otros, al contrario, exagerando las dificultades, se imaginan que no podrán nunca superar los escollos…

El primer error, fruto de la presunción, ensancha demasiado el camino que conduce al Cielo; y, teniendo apenas en cuenta la absoluta necesidad de la gracia, conduce a la relajación y a una falsa seguridad.

El segundo, al estrechar aún más la estrecha vía y haciendo abstracción o menosprecio de la poderosa ayuda de la gracia, conduce al desaliento y a la desesperación.

Para preservarnos de este doble peligro, observemos a los Santos:

¿Qué hicieron para llegar al cielo? Su vida nos enseña que la gloria celestial no se obtiene sin sufrimiento y sin hacerse violencia.

Pero lo que pudieron y supieron hacer ellos con la ayuda de la gracia de Dios nos demuestra que también podemos hacerlo como ellos, con la misma asistencia… ¡Animo, pues!

El Cielo es nuestra patria, los Santos están allí; y si queremos imitarlos, es decir, combatir generosamente como combatieron, llegaremos, como ellos, a la misma recompensa.

* El Cielo es, pues, el precio de una lucha.

En primer lugar, es necesario hacernos violencia para superar y dominar la naturaleza, por medio de la gracia; resistir nuestras pasiones y todas las tentaciones de Satanás, evitar todo pecado, hacer la guerra a nuestros defectos.

* Debemos, además, estar dispuestos a llevar nuestra Cruz cada día, tras Jesús y los Santos.

Si las soportamos y llevamos, como hicieron nuestros Modelos, con fe, paciencia, renuncia y amor, ellas formarán los diamantes de nuestra corona.

Pero la pena sólo fue momentánea, mientras que la alegría que le sigue no terminará nunca…

La mejor parte consiste, pues, en aceptar nuestras pruebas tal como Dios las permite, en vez de pretender vanamente huirlas.

* A ejemplo de los Santos, imitemos a Jesucristo y practiquemos todas las virtudes cristianas: la humildad, la mansedumbre, la paciencia, la caridad, la pureza, la modestia: esas virtudes, en una palabra, que preconiza el Evangelio de esta Fiesta.

* Tratemos siempre y en todo complacer a Dios, cumpliendo sus menores preceptos.

* En fin, rezar bien, solicitando sin cesar a Dios las gracias que necesitamos.

Sin la gracia, no podemos nada; con ella, podemos todo…

La oración es, pues, la clave de la santidad, la clave del Cielo…

CONCLUSIÓN

¿Qué hicimos hasta ahora para convertirnos en santos y merecer el Cielo?

¿Lo que los Santos hicieron, por qué no lo hacemos nosotros?

¡Desgraciadamente! ¡Cómo nos exponemos a perder esta gloria eterna y a caer en los terribles abismos del infierno; porque no queremos hacernos violencia, porque somos flojos, tibios, negligentes; porque no tenemos ningún deseo del Cielo!

Cuando estemos en la hora de la muerte, ¿cuáles serán nuestros sentimientos?

Entonces, ¿cómo hubiésemos querido haber vivido?

Comencemos a partir de hoy esta vida seria, piadosa, santa, como si ya fuésemos ciudadanos del Cielo.

Dígnese Nuestro Señor, concedernos la gracia, para que merezcamos ir un día a gozar del Paraíso por toda la eternidad, en la sociedad de todos los Santos.

Suiza: quieren controlar clínicas por el auge del “turismo suicida”

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Clínica Dignitas, una de las más cuestionadas

Cada vez más personas buscan asistencia para quitarse la vida. Y el gobierno local cree que no todos son pacientes terminales. El proyecto será sometido a debate público.

En los últimos años, Suiza se volvió el destino predilecto de los llamados “turistas suicidas”, pacientes con enfermedades terminales que buscan asistencia profesional para quitarse la vida. Sin embargo, el gobierno local anunció ayer planes para revertir esta tendencia mediante un proyecto de ley, que deberá ser sometido a debate público.

La idea del es introducir una regulación mucho más estricta para las clínicas que se dedican a proveer este servicio. Según la Ministra de Justicia suiza, Eveline Widmer-Schlumpf, clínicas como “Dignitas” o “Exit” tendrán que aceptar esta nueva regulación o deberán cerrar sus puertas, informó hoy el diario británico The Times.

De ser aprobadas las reformas, los pacientes estarán obligados a presentar dos opiniones médicas que aseguren que su enfermedad es terminal, que su muerte se espera en pocos meses, y que tomaron la decisión de quitarse la vida de manera completamente conciente y en conocimiento de todas las alternativas disponibles.

A pesar de que las clínicas ya adherían a estos criterios, muchos críticos denunciaron que en el último tiempo éstos se habían vuelto cada vez más flexibles, ya que muchos no eran realmente terminales y otros sufrían de depresión clínica.

El objetivo del gobierno es hacer el proceso más lento para darles tiempo a los pacientes para reflexionar sobre su decisión. Widmer-Schlumpf no especificó cuánto será el periodo de espera, ya que será decidido en cada caso individual.

El problema es que estas clínicas dependen financieramente de aquellos pacientes que pasan relativamente rápido por el sistema. Ludwig Minelli, fundador de la clínica Dignitas, describió a la propuesta como “pasada de moda” o “anticuada”, y argumentó que el único resultado de restringir la actividad de las clínicas será el aumento de los suicidios violentos por cuenta propia.

En la base de esta iniciativa se encuentra el miedo del gobierno suizo de que la imagen “alegre” que intenta promover el país en el extranjero para fomentar el turismo sea destruido por los “turistas suicidas”. En el último año más de 400 personas recurrieron a estas clínicas para suicidarse, y la mitad de ellos eran extranjeros.

Fuente: Minutouno.com

EL MUERTO SE ASUSTA DEL DEGOLLADO

La Iglesia católica considera que esparcir las cenizas es un rito pagano

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Los obispos no se oponen a la incineración, aprobada en 1963 por el papa Pablo VI

La Iglesia Católica italiana está a favor de la cremación de los muertos, pero no de que sus cenizas se conserven en urnas en las casas o sean esparcidas al viento, al considerar que así se pierde el recuerdo de los fallecidos y se banaliza el rito de acompañarles al cementerio.

La Conferencia Episcopal Italiana (CEI) se dispone, según informan hoy los medios locales, a aprobar en su reunión en Asís, el próximo 9 de noviembre, un código de como comportarse en los ritos fúnebres.

Los obispos no se oponen a la incineración, aprobada en 1963 por el papa Pablo VI, al considerar que es una práctica que no contradice la doctrina de la Iglesia sobre la resurrección, ya que no toca el alma ni impide a la omnipotencia de Dios reconstruir el cuerpo.

Lo que no les gusta a los prelados, o por lo menos a un grupo de ellos, según las fuentes, es lo que se viene haciendo con las cenizas tras la cremación, después de la normativa italiana de 2001 que contempla que se puedan guardar en una urna en casa o ser esparcidas al viento, en la tierra o al agua.

Los obispos contrarios a mantener las cenizas en casa opinan que de esa manera se acaba con el antiguo rito de acompañar al difunto hasta el camposanto, que une a la comunidad de creyentes.

También señalan que lo lógico es que las cenizas reposen en el cementerio, el “reino de los muertos” y no en la casa familiar, que es el “reino de los vivos”.

El teólogo Enzo Bianchi afirmó a la prensa que mantener la urna con las cenizas en la casa familiar es un rito “fetichista”.

Respecto a que sean esparcidas, los prelados la ven como un rito pagano, que simboliza la unión del muerto con el “gran alma de la madre tierra”.

En Italia las cremaciones cuestan unos 500 euros y se llevan a cabo en el 10 por ciento de los fallecimientos, unas 55.000 al año, una cifra que va en aumento, según las funerarias.

Ese aumento se debe en parte al coste de un entierro, una media de 2.700 euros, más la compra del nicho, que llega a costar, según el diario La Stampa, tres mil euros el metro cuadrado, “lo mismo que un chalé de lujo”.

Los funerales en Italia mueven anualmente 1.500 millones de euros.(RD/Efe)

LA CARIDAD HACIA LAS ALMAS DEL PURGATORIO

Señor, que el fuego de tu Caridad temple el fuego de tu Justicia…

“Léeme o laméntalo” Almas del purgatorio

de † Crux- ε Et – Ω Gladius de cruxetgladiuss@gmail.com (†Crux-εEt-ΩGladius.)

Tomado de: Jesustebusca

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Aprobación de Su Eminencia el Cardenal de Lisboa

Palacio Cardenalicio, Lisboa, 4 de marzo de 1936.

Aprobamos y recomendamos con todo el corazón este librito “Léeme o Laméntalo”, por EDM (Engant de Marie, iniciales con las que se identifica el Padre O’Sullivan).

Aunque pequeño, está destinado a hacer grandes cosas entre los católicos, muchos de los cuales están increíblemente ignorantes acerca de la gran doctrina del Purgatorio. Como consecuencia, ellos hacen poco o nada para evitarlo para sí mismos y tampoco ayudan a las Almas Sufrientes que están en terribles tormentos, esperando por las Misas y las oraciones ofrecidas por ellos.

Es nuestro mas caro deseo que cada católico debiera leer este librito y que lo comunicara por todas partes, tanto como le sea posible.

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Prefacio:

“Léeme o laméntalo”

El título es algo alarmante. Aún, estimado lector, si tú escudriñas este pequeño libro, verás por ti mismo cuán merecido es. El libro nos cuenta cómo salvarnos a nosotros mismos y a otros de un sufrimiento inenarrable. Algunos libros son buenos y algunos otros pueden ser de provecho. Otros son mejores y deben ser leídos sin falta.

Hay, sin embargo, libros de tan excelente mérito por razón de sus consejos, la convicción que acarrean y la acción urgente a la que nos impulsa, que sería cabalmente alocado no leerlos.

“léeme o laméntalo” pertenece a esa clase de libros. Es por tu mayor interés, estimado amigo, que lo leas y releas, para ponderarlo bien y profundamente en sus contenidos. Nunca te arrepentirás de ello, por el contrario, grande y amargo será tu arrepentimiento si tu fallas en estudiarlo en sus sustanciosas páginas.

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¡AUXILIO, AUXILIO, SUFRIMOS MUCHO!

I: Nunca llegaremos a comprender lo suficientemente claro que una limosna, pequeña o grande, dada en favor de las almas sufrientes, se la damos directamente a Dios. El acepta y recuerda como si se la hubieran dado directamente a Él mismo. Así, todo lo que hagamos por ellas, Dios lo acepta hecho para El. Es como si lo aliviáramos o liberáramos a Él mismo del Purgatorio. En qué manera nos pagará!

II. No hay mayor sed, pobreza, necesidad, pena, dolor, sufrimiento que se compare a los de las Almas del Purgatorio, por lo tanto no hay limosnas más merecidas, ni más placenteras a Dios, ni mérito más alto para nosotros, que rezar, pedir celebraciones de Misas, y dar limosnas en favor de las pobres Santas Almas.

III. Es muy posible que algunos de nuestros más cercanos y queridos parientes estén todavía sufriendo las purificantes penas del Purgatorio y llamándonos entre lastimosos gemidos para que los ayudemos y aliviemos.

IV. ¿¿No es terrible que seamos tan duros que no podamos pensar en ellos, ni tampoco podemos ser tan crueles que deliberadamente los olvidemos?

Por el amor de Cristo, hagamos todo, pero todo, lo que podamos por ellas.

Cada católico debería unirse a la Asociación de las Animas Benditas.

PURGATORIO:

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“Tengan piedad de mí, tengan piedad de mí, por lo menos ustedes mis amigos, porque la mano del Señor me ha tocado” (Job 19:21).

Esta es la conmovedora súplica que la Iglesia Purgante envía a sus amigos en la tierra.

Tierra, comiencen, imploren su ayuda, en respuesta a la angustia mas profunda. Muchos dependen de sus oraciones.

Es incomprensible como algunos católicos, aún aquellos que de una u otra forma son devotos, vergonzosamente desatienden a las almas del Purgatorio. Pareciera que no creen en el Purgatorio. Ciertamente es que sus ideas acerca de ello son muy difusas.

Días y semanas y meses pasan sin que ellos reciban una Misa dicha por ellas!

Raramente también, oyen Misa por ellos, raramente rezan por ellos, raramente piensan en ellos! Entretanto están gozando la plenitud de la salud y la felicidad, ocupados en sus trabajos; divirtiéndose, mientras las pobres almas sufren inenarrables agonías en sus lechos de llamas. Cuál es la causa de esta horrible insensibilidad? Ignorancia: gruesa, inexplicable ignorancia.

La gente no se da cuenta de lo que es el Purgatorio. No conciben las espantosas penas, ni tienen idea de los largos años que las almas son retenidas en esas horribles llamas. Como resultado, hacen poco o nada para evitarse a sí mismos el Purgatorio, y aún peor, cruelmente ignoran a las pobres almas que ya están allí y que dependen enteramente de ellos para ser auxiliadas.

Estimado lector, lee detenidamente este pequeño libro con cuidado y bendecirás el día que cayó en tus manos.

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LA IMPORTANCIA DE LA SOTANA

LA DESOTANIZACIÓN LLEVA A LA DESACRALIZACIÓN

VISTO EN:CATOLICIDAD

«De los miles que han abandonado el sacerdocio después del Concilio Vaticano II, prácticamente ninguno abandonó la sotana el día antes de irse: lo habían hecho ya mucho antes».

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«Las Siete Excelencias de la Sotana», estudio que la Congregación del Clero ha publicado (29/07/2009), en «Annus Sacerdotalis», página oficial del Año Sacerdotal 2009-2010:

Hoy en día son pocas las ocasiones en que podemos admirar a un sacerdote vistiendo su sotana. El uso de la sotana, una tradición que se remonta a tiempos antiquísimos, ha sido olvidado y a veces hasta despreciado en la Iglesia posconciliar. Pero esto no quiere decir que la sotana perdió su utilidad sino que la indisciplina y el relajamiento de las costumbres entre el clero en general es una triste realidad.

La sotana fue instituida por la Iglesia a fines del siglo V con el propósito de darle a sus sacerdotes un modo de vestir serio, simple y austero. Recogiendo esta tradición, el Código de Derecho Canónico impone el hábito eclesiástico a todos los sacerdotes (canon 136).

Contra la enseñanza perenne de la Iglesia está la opinión de círculos enemigos de la Tradición que tratan de hacernos creer que el hábito no hace al monje, que el sacerdocio se lleva dentro, que el vestir es lo de menos y que lo mismo se es sacerdote con sotana que de paisano.

Sin embargo, la experiencia demuestra todo lo contrario, porque cuando hace más de 1.500 años la Iglesia decidió legislar sobre este asunto fue porque era y sigue siendo importante, ya que ella no se preocupa de niñerías.

1º – La sotana es el recuerdo constante del sacerdote

Ciertamente que, una vez recibido el orden sacerdotal, no se olvida fácilmente. Pero nunca viene mal un recordatorio: algo visible, un símbolo constante, un despertador sin ruido, una señal o bandera. El que va de paisano es uno de tantos, el que va con sotana, no. Es un sacerdote y él es el primer persuadido. No puede permanecer neutral, el traje lo delata. O se hace un mártir o un traidor, si llega el caso. Lo que no puede es quedar en el anonimato, como un cualquiera. Y luego… ¡Tanto hablar de compromiso! No hay compromiso cuando exteriormente nada dice lo que se es. Cuando se desprecia el uniforme, se desprecia la categoría o clase que éste representa.

2º – La sotana facilita la presencia de lo sobrenatural en el mundo

No cabe duda que los símbolos nos rodean por todas partes: señales, banderas, insignias, uniformes… Uno de los que más influjo produce es el uniforme. Un policía, un guardián, no hace falta que actúe, detenga, ponga multas, etc. Su simple presencia influye en los demás: conforta, da seguridad, irrita o pone nervioso, según sean las intenciones y conducta de los ciudadanos.

Una sotana siempre suscita algo en los que nos rodean. Despierta el sentido de lo sobrenatural. No hace falta predicar, ni siquiera abrir los labios. Al que está a bien con Dios le da ánimo, al que tiene enredada la conciencia le avisa, al que vive apartado de Dios le produce remordimiento.

Las relaciones del alma con Dios no son exclusivas del templo. Mucha, muchísima gente no pisa la Iglesia. Para estas personas, ¿qué mejor forma de llevarles el mensaje de Cristo que dejándoles ver a un sacerdote consagrado vistiendo su sotana? Los fieles han levantando lamentaciones sobre la desacralización y sus devastadores efectos. Los modernistas claman contra el supuesto triunfalismo, se quitan los hábitos, rechazan la corona pontificia, las tradiciones de siempre y después se quejan de seminarios vacíos; de falta de vocaciones. Apagan el fuego y luego se quejan de frío. No hay que dudarlo: la desotanización lleva a la desacralización.

3º – La sotana es de gran utilidad para los fieles

El sacerdote lo es no sólo cuando está en el templo administrando los sacramentos, sino las veinticuatro horas del día. El sacerdocio no es una profesión, con un horario marcado: es una vida, una entrega total y sin reservas a Dios. El pueblo de Dios tiene derecho a que lo asista el sacerdote. Esto se les facilita si pueden reconocer al sacerdote de entre las demás personas, si éste lleva un signo externo. El que desea trabajar como sacerdote de Cristo debe poder ser identificado como tal para el beneficio de los fieles y el mejor desempeño de su misión.

4º – La sotana sirve para preservar de muchos peligros

¡A cuántas cosas se atreverán los clérigos y religiosos si no fuera por el hábito! Esta advertencia, que era sólo teórica cuando la escribía el ejemplar religioso P. Eduardo F. Regatillo, S. I., es demasiadas veces una terrible realidad.

Primero, fueron cosas de poco bulto: entrar en bares, sitios de recreo, alternar con seglares, pero poco a poco se ha ido cada vez a más.

Los modernistas quieren hacernos creer que la sotana es un obstáculo para que el mensaje de Cristo entre en el mundo. Pero al suprimirla, han desaparecido las credenciales y el mismo mensaje. De tal modo que ya algunos piensan que al primero que hay que salvar es al mismo sacerdote que se despojó de la sotana supuestamente para salvar a otros.

Hay que reconocer que la sotana fortalece la vocación y disminuye las ocasiones de pecar para el que la viste y los que lo rodean. De los miles que han abandonado el sacerdocio después del Concilio Vaticano II, prácticamente ninguno abandonó la sotana el día antes de irse: lo habían hecho ya mucho antes.

5º – La sotana supone una ayuda desinteresada a los demás

El pueblo cristiano ve en el sacerdote el hombre de Dios que no busca su bien particular sino el de sus feligreses. La gente abre de par en par las puertas del corazón para escuchar al padre que es común del pobre y del poderoso. Las puertas de las oficinas y de los despachos por altos que sean se abren ante las sotanas y los hábitos religiosos. ¿Quién le niega a una monjita el pan que pide para sus pobres o sus ancianitos? Todo esto viene tradicionalmente unido a unos hábitos. Este prestigio de la sotana se ha ido acumulando a base de tiempo, de sacrificios, de abnegación. Y ahora, ¿se desprenden de ella como si se tratara de un estorbo?

6º – La sotana impone la moderación en el vestir

La Iglesia preservó siempre a sus sacerdotes del vicio de aparentar más de lo que se es y de la ostentación dándoles un hábito sencillo en que no caben los lujos. La sotana es de una pieza (desde el cuello hasta los pies), de un color (negro) y de una forma (túnica). Los armiños y ornamentos ricos se dejan para el templo, pues esas distinciones no adornan a la persona sino al ministro de Dios para que dé realce a las ceremonias sagradas de la Iglesia.

Pero, vistiendo de paisano, le acosa al sacerdote la vanidad como a cualquier mortal: las marcas, calidades de telas, de tejidos, colores, etc. Ya no está todo tapado y justificado por el humilde sayal. Al ponerse al nivel del mundo, éste lo zarandeará, a merced de sus gustos y caprichos. Habrá de ir con la moda y su voz ya no se dejará oír como la del que clamaba en el desierto cubierto por el palio del profeta tejido con pelos de camello.

7º – La sotana es ejemplo de obediencia al espíritu y legislación de la Iglesia

Como uno que comparte el Santo Sacerdocio de Cristo, el sacerdote debe ser ejemplo de la humildad, la obediencia y la abnegación del Salvador. La sotana le ayuda a practicar la pobreza, la humildad en el vestuario, la obediencia a la disciplina de la Iglesia y el desprecio a las cosas del mundo. Vistiendo la sotana, difícilmente se olvidará el sacerdote de su papel importante y su misión sagrada o confundirá su traje y su vida con la del mundo.

Estas siete excelencias de la sotana podrán ser aumentadas con otras que le vengan a la mente a usted. Pero, sean las que sean, la sotana por siempre será el símbolo inconfundible del sacerdocio porque así la Iglesia, en su inmensa sabiduría, lo dispuso y ha dado maravillosos frutos a través de los siglos.

Nota:

Conviene recordar: Muchos sacerdotes y religiosos mártires han pagado con su sangre el odio a la fe y a la Iglesia desatado en las terribles persecuciones religiosas de los últimos siglos. Muchos fueron asesinados sencillamente por vestir la sotana. El sacerdote que viste su sotana es para todos un modelo de coherencia con los ideales que profesa, a la vez que honra el cargo que ocupa en la sociedad cristiana.

Si bien es cierto que el hábito no hace al monje, también es cierto que el monje viste hábito y lo viste con honor. ¿Qué podemos pensar del militar que desprecia su uniforme? ¡Lo mismo que del cura que desprecia su sotana!

- Código de Derecho Canónico (1983): Título III. De los ministros sagrados o clérigos 284 Los clérigos han de vestir un traje eclesiástico digno, según las normas dadas por la Conferencia Episcopal y las costumbres legítimas del lugar. 285. 1. Absténganse los clérigos por completo de todo aquello que desdiga de su estado, según las prescripciones del derecho particular. 2. Los clérigos han de evitar aquellas cosas que, aun no siendo indecorosas, son extrañas al estado clerical.

* Adaptado de un texto publicado en el Fondo Cultural Católico, Miami, Estados Unidos, en base a textos del P. Jaime Tovar Patrón

INDULGENCIAS PLENARIAS DEL 2 DE NOVIEMBRE

Indulgencias Plenarias del 2 de Noviembre

VISTO EN CRUX ET GLAUDIUS

Enviado por  isa.

Recordemos a nuestros queridos difuntos.

La Indulgencia consiste en esto: cuando alguien comete un pecado y se arrepiente, Dios le perdona, pero le queda algo pendiente. Esa obligación o deuda que nos queda pendiente puede eliminarse total o parcialmente mediante la práctica de Indulgencias.

Existe con motivo de la Fiesta de los Difuntos, la posibilidad de ganar una INDULGENCIA PLENARIA aplicable a las Benditas Almas del Purgatorio. Sólo se puede ganar una indulgencia plenaria por día.

ALMAS DEL PURGATORIO[6]

LAS OBRAS ESCRITAS SON:

1.- El día 2 de Noviembre: Visitar una Iglesia u Oratorio público, y rezar allí, un Pater Noster.

2.- Desde el día 1º al 8 de noviembre: Se puede ganar cada día una indulgencia plenaria, visitando un Cementerio y rezando allí por los difuntos.

CONDICIONES GENERALES PARA GANAR TODA INDULGENCIA PLENARIA:

1.- Estar bautizado y no estar excomulgado.

2.- Tener una intención al menos general de ganar la indulgencia.

3.-Confesión: La misma puede ser hecha dentro de los ocho días anteriores o posteriores al día en cuestión.

4.-Recibir la Santa Comunión en el día.

5.-Rezar por las intenciones del Papa, un Páter Noster y un Ave María (u otra oración). Esas intenciones son las siguientes:

  • Exaltación de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana.
  • Extirpación de las herejías.
  • Propagación de la Fe.
  • Conversión de los pecadores.
  • Paz y concordia entre los príncipes cristianos.
  • Los demás bienes del pueblo cristiano.

7.- No tener afecto actual a ningún pecado, ni venial.

8.- Cumplir con la obra particular prescrita.

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NOTA: Si las condiciones no son cumplidas en su totalidad, igualmente existe la posibilidad de ganar la Indulgencia en forma parcial .

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Lo que nos queda de la masacre a las ciudades católicas de Hirosima y Nagasaki

La imagen de la Sma Virgen María bombardeada en Nagasaki viajará al Vaticano

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La estatua fue dañada por la bomba atómica lanzada sobre la ciudad al sur de Japón en 1945. Serán recibidos por el Papa. Es parte de una peregrinación del 20 de abril al 1 de mayo de 2010 que también incluirá la visita a Guernica, España.

Una estatua de la Virgen María dañada por la bomba atómica lanzada sobre Nagasaki (sur de Japón) en 1945 será llevada en “peregrinación” a la ciudad española de Guernica y al Vaticano en 2010, informó este miércoles la agencia Kyodo.

La estatua de la “Hibaku María”, realizada en madera, estaba originalmente colocada en el altar de la Catedral Urakami de Nagasaki, a medio kilómetro del lugar en el que cayó la bomba atómica lanzada por Estados Unidos el 9 de agosto de 1945.

Los restos de la estatua que sobrevivieron al ataque -la cabeza de la Virgen, con el rostro parcialmente quemado, y parte del pecho- fueron hallados entre los escombros a los que quedó reducida la catedral de Nagasaki, uno de los centros con mayor número de cristianos de Japón.

El viaje tendrá lugar entre el 20 de abril y el 1 de mayo del próximo año y supondrá la tercera ocasión en que la Virgen María de Nagasaki, símbolo del horror del ataque nuclear, sea llevada al extranjero.

Con la estatua viajará un grupo de peregrinos católicos que asistirá a una misa y una ceremonia en Guernica para recordar a las víctimas del bombardeo de las fuerzas alemanas que asoló esa ciudad en 1937 y causó la muerte a entre 150 y 250 personas.

“Una guerra tan cruel nunca se debe repetir; esperamos hacer un llamamiento a la paz desde la no violencia”, indicó el arzobispo de Nagasaki, Mitsuaki Takami, citado por Kyodo.

Posteriormente la “Hibaku María” será trasladada al Vaticano, donde los responsables de la arquidiócesis de Nagasaki serán recibidos por el papa Benedicto XVI.

Fuente: EFE

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SOBRE EL FIN DE LOS TIEMPOS Y NUESTRO DEBER – ACERCA DEL P. EMMANUEL

SOBRE EL FIN DE LOS TIEMPOS Y NUESTRO DEBER

Parusía

El Padre Emmanuel recibió una consulta de una religiosa que le solicitaba explicaciones y le pedía consejos sobre cómo comportarse en el tiempo y en la hora presente.

Respondió con dos cartas, escritas en junio y diciembre de 1880, las cuales no sólo no han perdido actualidad, sino que son muy oportunas 129 años más tarde.

Leamos estos sabios consejos como si estuviesen dirigidos a nosotros.

En junio de 1880, escribió:

“Atenta, como conviene, a la situación de la Iglesia en general y de las congregaciones religiosas en particular, usted me pide que les enseñe la virtud cristiana necesaria para enfrentar las dificultades de los tiempos que vivimos. Tenga en cuenta, ante todo que Nuestro Señor nos ha prevenido sobre los males que nos amenazan.

Estamos, pues, advertidos, y nada tendría que sorprendernos. Por lo tanto, si algo nos sorprende, esto se debería, sea a una falta de Fe, sea a una falta de atención a la Palabra de Dios.

Nuestro Señor nos ha anunciado los males que debemos padecer en general, y he aquí que la Santísima Virgen María nos ha advertido sobre los males en particular que nos esperan en el tiempo presente”.

Prestemos atención: el Padre Emmanuel se refiere al mensaje de Nuestra Señora de la Salette y no conoció las advertencias ni el secreto de Nuestra Señora de Fátima…

El Padre continua, aclarando las causas de los males anunciados:

“Hemos pecado y, en su justicia misericordiosa, Dios nos quiere castigar en el tiempo a fin de no tener que castigarnos en la eternidad.

En los castigos que nos amenazan, habrá una parte para los culpables y una parte para los inocentes. El mal será para unos un justo castigo y para otros un acrecentamiento de méritos”.

A continuación nos ilustra sobre cómo debemos reaccionar ante esos males:

“Debemos penetrar en la inteligencia de los designios divinos sobre nosotros; adorar en todas las cosas su conducta, a la vez justa y misericordiosa. Debemos conducirnos en todo como católicos decididos y fieles. Y luego no nos queda otra cosa por hacer que permanecer en paz hasta que la justicia de Dios y la injusticia de los hombres hayan pasado”.

Las palabras que siguen tienen capital importancia y deben ser meditadas y puestas en práctica con fidelidad:

“El estado al cual la exhorto e invito es el de la resignación cristiana. Esta resignación no tiene nada en común con la actitud confitada de los estoicos respecto del dolor; antes bien, es un concurso sumiso a la ejecución de los designios de Dios, conocidos o desconocidos”.

Ahora proporciona los medios:

“Para entrar con mayor seguridad en dicho estado, le imparto una instrucción y una oración. La instrucción usted la encuentra en el santo Evangelio. Se trata del conocido pasaje evangélico en que Jesús duerme en la barca de Pedro, mientras las olas amenazan con hacer naufragar la débil embarcación.

Jesús duerme hoy como en aquella ocasión. Las olas cubren la barca. Muchos la dan por perdida. Entre los mismos pasajeros se encuentra quienes dicen: “¡Naufragamos!”

Si Jesús despertara, les diría: “Hombres de poca fe, ¿por qué teméis?”. Y luego se levantaría, imperaría a los vientos y a las aguas, y se haría una gran bonanza.

Y la calma duraría el tiempo que sólo Dios conoce; y una nueva tempestad llegaría… y así desde hace 18 siglos [20, ya]. Y así será igualmente hasta que la barca llegue al puerto [hasta que llegue una última borrasca, sin precedentes y sin que otra alguna la suceda].

Entonces, Jesús se despertará de su último sueño para no dormir ya más; se levantará, [vendrá por segunda y definitiva vez], dirá una palabra y se hará una gran calma; que será la del juicio final, y se hará la paz de la eternidad.

Mientras esperamos esta hora bienaventurada, velemos y oremos.

Le voy a enseñar una oración tomada de un tesoro escondido; es una perla preciosa que encontramos en la antigua ceremonia del Sábado Santo, justamente mientras Jesús duerme en el sepulcro, como en la hora presente.

Después de leer la historia del Diluvio (una historia parecida a la del pasaje evangélico que hemos evocado y semejante a la hora que nos toca vivir), la santa Iglesia, por medio de su Liturgia, dirige a Dios esta oración.

Leed bien; es lo sublime de la fe, de la esperanza y del confiado abandono en la Providencia divina:

¡Oh Dios!, fuerza inmutable y luz eterna, mira en tu misericordia el misterio admirable de tu Iglesia, y lleva a cabo muy tranquilamente la obra de la salvación de los hombres. Y que el mundo entero compruebe y vea:

♦ Las cosas derribadas, restablecidas en su perfecto orden

♦ Las cosas envejecidas, rejuvenecidas y renovadas

♦ Y todas las cosas retornar a su integridad primitiva por Aquel de quien recibieron comienzo, Nuestro Señor Jesucristo.

Destaque que la Iglesia pide a Dios que realice nuestra salvación muy tranquilamente.

Todas las agitaciones de este mundo apenas son dignas de la atención de Dios, y, en todo caso, no turban la paz divina en la cual El parece dormir.

Dios lleva a cabo nuestra salvación, muy tranquilamente, ejecutando sus designios divinos, eternos e inmutables.

Destaque, además, cómo la humanidad derribada en Adán, trastocada en la vetustez en que la vemos, será restablecida, restaurada, rejuvenecida por Aquel mismo que es su Creador y Salvador.

El viejo hombre, la vieja civilización, deben ser destruidos… y serán aniquilados… pero el nuevo hombre renacerá, todo volverá a su integridad primitiva… y se hará una gran calma, la paz bienaventurada y eterna”.

En la otra carta, en diciembre de 1880, el Padre escribió:

“Muchas veces usted habrá escuchado que se dice que “un día sigue a otro día sin que se parezcan”; pues bien, yo le digo que “muchas veces las horas se parecen sin que se sigan”. Un cierto día, a una cierta hora, las tinieblas reinaban sobre la tierra, y hombres de tinieblas llevaban a cabo obras de tinieblas… Nuestro Señor les dijo: “Esta es vuestra hora, la hora del poder de las tinieblas”.

Aquella hora pasó hace ya muchos siglos y, sin embargo, la hora presente tiene con ella muchas semejanzas.

Aquella fue la hora de la traición, esta es la hora de la mentira.

La hora presente es la hora en que la fe se calla. Cuando la palabra pertenece a la mentira, la verdad permanece en silencio.

La hora presente tendría necesidad de escuchar y de comprender la palabra de Nuestro Señor: “¡Velad y orad!”

¡Velad!” Cuando Nuestro Señor pronunció esta divina palabra, los apóstoles dormían… ¡Cuántos sobre este punto se asemejan hoy a los apóstoles! La cosa más fácil y menos comprometedora hoy parecería ser la de dormir”.

[No podemos evadirnos de nuestra responsabilidad ante la realidad concreta que nos toca enfrentar. Debemos velar, sin compromisos con el error y el mal].

“Puede ser que usted me pregunte: “¿Qué hace, mientras tanto Nuestra Señora de la Santa Esperanza?”

Yo le respondo: en la hora presente, Ella relee se historia en un viejo libro, el libro de Job.

Allí leemos estas palabras: “Lámpara despreciada por los ricos, preparada para el tiempo establecido” (12: 5)

“Lámpara” Nada más necesario en las horas de tinieblas. Demos gracias a Dios que nos ha proporcionado una lámpara para las horas trágicas que atravesamos.

“Lámpara despreciada” No tenida en cuenta, desconocida.

“Despreciada por los ricos” Incluso hay algunos que no se atreven a pronunciar su Nombre.

“Preparada” Ella espera… aguarda la hora marcada.

“Preparada para el tiempo establecido” Ese tiempo no es este tiempo, aquella hora no es esta hora.

Esta hora pasará, y aquella hora llegará.

Debemos tener paciencia respecto de esta hora presente, y tenemos que obtener esperanza para aquella otra futura, que no tardará en llegar.

Seamos, más que nunca, fieles hijos de Nuestra Señora de la Santa Esperanza”.

A palabras tan profundas, sabias, iluminadoras, consolantes, fortificantes… agrego ahora algunos párrafos de un texto capital sobre el Fin de los Tiempos del mismo Padre Emmanuel, escrito entre los años 1883-1885.

Monseñor Marcel Lefebvre escribió un prefacio con miras a su publicación. De dicho prefacio subrayo y retengo:

“Las páginas que siguen, escritas por el Reverendo Padre Emmanuel tienen cien años, él las redacto en 1884-1885. La lectura de estas páginas sobre la Iglesia entusiasma, se siente en ellas el soplo del Espíritu Santo. Algunas de ellas, incluso, son proféticas: cuando describe la Pasión de la Iglesia.

Ese año de 1884 es también el año en que León XIII redactó su exorcismo por intercesión de San Miguel Arcángel, que anuncia la iniquidad en la sede de Pedro.

Algunos años antes el Papa Pío IX hacia publicar las Actas de la secta masónica de la Alta Venta, que son verdaderas profecías diabólicas para nuestro tiempo.

El Reverendo Padre da precisiones sorprendentes sobre el indiferentismo religioso, que corresponde exactamente a la herejía ecuménica de nuestros días. ¿¡Qué habría dicho y escrito si hubiese vivido en nuestra época!?

Por sus escritos nos alienta a permanecer firmes en la fe de la Iglesia Católica, y a rechazar los compromisos que menoscaban su liturgia, su doctrina y su moral”.

Vengamos ahora al Padre Emmanuel, que escribió lo que sigue:

“Dios ha querido que los destinos de la Iglesia de su Hijo único fuesen trazados de antemano en las Escrituras, como lo habían sido los de su Hijo mismo; por eso, en ellas buscaremos los documentos de nuestro trabajo. La Iglesia, como debe ser semejante en todo a Nuestro Señor, sufrirá, antes del fin del mundo, una prueba suprema que será una verdadera Pasión.

Los detalles de esta Pasión, en la cual la Iglesia manifestará toda la inmensidad de su amor por su divino Esposo, son los que se encuentran consignados en los escritos inspirados del Antiguo Testamento y del Nuevo. Los haremos pasar ante los ojos de nuestros lectores.

No tenemos intención de espantar a nadie al abordar semejante tema. Diríamos más, nos parece desgranar, juntamente con las grandes enseñanzas, grandes consuelos.

Ciertamente es un espectáculo triste ver cómo la humanidad, seducida y enloquecida por el espíritu del mal, trata de ahogar y de aniquilar a la Iglesia, su madre y su tutora divina. Pero de este espectáculo sale una luz que nos muestra toda la historia en su verdadera luz.

El hombre se agita sobre la tierra; pero es conducido por fuerzas que no son de la tierra.

En la superficie de la historia, el ojo capta trastornos de imperios, civilizaciones que se hacen y que se deshacen.

Por debajo, la fe nos hace seguir el gran antagonismo entre Satán y Nuestro Señor; ella nos hace asistir a las astucias y a las violencias de que se vale el Espíritu inmundo, para entrar en la casa de la que Jesucristo lo expulsó.

Al fin volverá a entrar en ella, y querrá eliminar de ella a Nuestro Señor. Entonces se rasgarán los velos, lo sobrenatural se manifestará por todas partes; no habrá ya política propiamente dicha, sino que se desarrollará un drama exclusivamente religioso, que abarcará a todo el universo.

Podemos preguntarnos por qué los escritores sagrados han descrito tan minuciosamente las peripecias de este drama, cuando sólo ocupará algunos pocos años. Es que será la conclusión de toda la historia de la Iglesia y del género humano; es que hará resaltar, con un brillo supremo, el carácter divino de la Iglesia.

Por otra parte, todas estas profecías tienen el fin incontestable de fortalecer el alma de los fieles creyentes en los días de la gran prueba.

Todas las sacudidas, todos los miedos, todas las seducciones que entonces los asaltarán (puesto que han sido predichos con tanta exactitud), formarán entonces otros tantos argumentos en favor de la fe combatida y proscrita.

La fe se afianzará en ellos, precisamente por medio de lo que debería destruirla.

Pero nosotros mismos tenemos que sacar abundantes frutos de la consideración de estos acontecimientos extraños y temibles.

Después de haber hablado de ellos, Nuestro Señor dijo a sus discípulos: “Velad, pues, orando en todo tiempo, a fin de merecer el evitar todos estos males venideros, y manteneros en pie ante el Hijo del hombre” (Lc. 2: 36).

Llegó la hora de la noche, la hora del poder de las tinieblas: velad para que vuestra lámpara no se apague, orad para que el torpor y el sueño no os venzan.

Más bien levantad vuestras cabezas al cielo; porque la hora de la redención se acerca, porque las primeras luces del alba clarean ya las tinieblas de la noche (Lc. 21: 28).

Después de haber hablado de las enseñanzas, digamos algunas palabras de los consuelos.

Jamás se habrá visto al mal tan desencadenado, y, al mismo tiempo, más contenido en la mano de Dios.

La Iglesia, como Nuestro Señor, será entregada sin defensa a los verdugos, que la crucificarán en todos sus miembros; pero no se les permitirá romperle los huesos, que son los elegidos, como tampoco se les permitió romper los del Cordero Pascual extendido sobre la Cruz.

La prueba será limitada, abreviada, por causa de los elegidos; y los elegidos se salvarán; y los elegidos serán todos los verdaderos humildes.

Finalmente, la prueba concluirá por un triunfo inaudito de la Iglesia, comparable a una resurrección.

En esos tiempos, e incluso en los preludios de la crisis suprema, la Iglesia verá cómo se convierten los restos de las naciones.

Pero su consuelo más vivo será el retorno de los judíos. Los judíos se convertirán, ya antes, ya durante el triunfo de la Iglesia; y San Pablo, que anuncia este gran acontecimiento, no puede aguantarse de alegría al contemplar sus consecuencias.

El tema del fin del mundo ha sido agitado desde el comienzo de la Iglesia.

San Pablo había dado sobre este punto preciosas enseñanzas a los cristianos de Tesalónica; y como, a pesar de sus instrucciones orales, los espíritus seguían inquietos por causa de predicciones y rumores sin fundamento, les dirige una carta muy grave para calmar esas inquietudes:

“Os rogamos, hermanos, por lo que atañe al advenimiento de Nuestro Señor Jesucristo y a nuestra reunión con El, que no os dejéis tan pronto impresionar abandonando vuestro sentir; ni os alarméis, ni por visiones, ni por ciertos discursos, ni por cartas que se suponen enviadas por nosotros, como que sea inminente el día del Señor.

Que nadie os engañe de ninguna manera; porque antes ha de venir la apostasía, y se ha de manifestar el hombre del pecado, el hijo de la perdición…

¿No recordáis que, estando todavía con vosotros, os decía yo esto?

Y ahora ya sabéis lo que le detiene, con el objeto de que no se manifieste sino a su tiempo.

Porque el misterio de iniquidad esta ya en acción; sólo falta que el que lo detiene ahora desaparezca de en medio” (II Tes. 2: 1-7).

Así, el fin del mundo no llegará sin que antes se revele un hombre espantosamente malvado e impío, que San Pablo califica llamándolo el hombre del pecado, el hijo de la perdición.

Y éste, a su vez, no se manifestará sino después de una apostasía general, y después de la desaparición de un obstáculo providencial sobre el que el Apóstol había instruido de viva voz a sus fieles.

¿De qué apostasía quiere hablar San Pablo? No se trata de una defección parcial; porque dice, de manera absoluta, la apostasía.

No se lo puede entender, por desgracia, sino de la apostasía en masa de las sociedades cristianas, que social y civilmente renegarán de su bautismo; de la defección de estas naciones que Jesucristo, según la enérgica expresión de San Pablo, había hecho con-corporales a su Iglesia (Ef. 3: 6).

Sólo esta apostasía hará posible la manifestación y la dominación del enemigo personal de Jesucristo, en una palabra, del Anticristo.

Nuestro Señor dijo: “Cuando viniere el Hijo del hombre, ¿os parece que hallará fe sobre la tierra?” (Lc. 18: 8). El divino Maestro veía declinar la fe en el mundo llegado a su vejez.

No es que los vientos del siglo puedan hacer vacilar esta llama inextinguible, sino que las sociedades, ebrias por el bienestar material, la rechazarán como importuna.

El docto Estío, al estudiar el texto del Apóstol, dice que esta apostasía comenzó con Lutero y con Calvino. Es el punto de partida. Desde entonces ha recorrido un camino espantoso.

Hoy esta apostasía tiende a consumarse. Toma el nombre de Revolución, que es la insurrección del hombre contra Dios y su Cristo. Tiene por fórmula el laicismo, que es la eliminación de Dios y de su Cristo.

El Apóstol habla, en términos enigmáticos para nosotros, de un obstáculo que se opone a la aparición del hombre de pecado: “Solo falta que el que lo detiene ahora, dice, desaparezca de en medio”.

Por este obstáculo que detiene, los más antiguos Padres griegos y latinos entendieron casi unánimemente el Imperio Romano. Por consiguiente, explican a San Pablo del siguiente modo: Mientras subsista el Imperio Romano, el Anticristo no aparecerá.

Observemos que San Pablo, al anunciar a los fieles una apostasía, cuando la conversión del mundo apenas estaba esbozada, debió darles una panorámica de todo el futuro de la Iglesia.

Les había hecho saber que las naciones se convertirían, que se formarían sociedades cristianas, y luego que estas sociedades perderían la fe.

Les mostró, sin duda, que el Imperio Romano seria transformado, que un poder cristiano remplazaría al poder pagano, y que la autoridad de los Césares pasaría a manos bautizadas, que se servirían de él para extender el reino de Jesucristo.

Y por eso pudo añadir: Mientras dure este estado de cosas, estad tranquilos, el Anticristo no aparecerá.

Por lo tanto, el sentido del Apóstol, entendido ampliamente, seria el siguiente:

Mientras la dominación del mundo permanezca entre las manos bautizadas de la raza latina, el enemigo de Jesucristo no se manifestará.

Observemos que las razas latinas están destinadas o a ejercer en el mundo una influencia católica, o a abdicar.

Su misión es la de servir a la difusión del Evangelio; y su existencia política está ligada a esta misión.

El día en que renunciasen a ella, par la apostasía completa, serian aniquiladas; y el Anticristo, saliendo probablemente de Oriente, las aplastaría fácilmente con los pies.

(Es tradición de los primeros siglos de la Iglesia que un día el imperio del mundo volverá al Asia).

Entra dentro de lo posible, aunque la apostasía se encuentre muy avanzada, que los cristianos, por un esfuerzo generoso, hagan retroceder a las conductores de la descristianización a ultranza, y obtengan así para la Iglesia días de consuelo y de paz antes de la gran prueba.

Este resultado lo esperamos, no de las hombres, sino de Dios; no tanto de las esfuerzos cuanto de las oraciones.

En este orden de ideas, algunos autores piadosos esperan, después de la crisis presente, un triunfo de la Iglesia, algo así como un domingo de Ramos, en el cual esta Madre será saludada por los clamores de amor de los hijos de Jacob, reunidos a las naciones en la unidad de una misma fe.

Nos asociamos de buena gana a estas esperanzas, que apuntan a un hecho formalmente anunciado por los profetas, y del cual volveremos a hablar más adelante.

Sea lo que fuere, este triunfo, si Dios nos lo concede, no será de larga duración. Los enemigos de la Iglesia, aturdidos por un momento, proseguirán su obra satánica con redoblado odio.

Podemos representarnos el estado de la Iglesia en ese momento, como semejante en todo al estado de Nuestro Señor durante los días que precedieron a su Pasión.

El mundo será puesto enfrente de la verdad: la irradiación divina de la Iglesia brillará ante sus ojos; pero el mundo desviará la cabeza, y dirá: ¡No me interesa!

Este desprecio de la verdad, este abuso de las gracias tendrá como consecuencia la revelación del hombre del pecado.

La humanidad habrá querido a este amo inmundo: ella lo tendrá. Y por él se producirá una seducción de iniquidad, una eficacia de error que castigará a los hombres por haber rechazado y odiado la Verdad.

Al hablar así, no estamos entregándonos a imaginaciones, sino que seguimos al Apóstol.

En efecto, según él, toda seducción de iniquidad obrara sobre los que se pierden por no haber aceptado el amor de la verdad a fin de salvarse. Por eso Dios les enviara una eficacia de error, con que crean a la mentira; para que sean juzgados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia” (II Tes. 2: 11-12).

Es superfluo intentar precisar la hora en que tendrá lugar el segundo advenimiento de Nuestro Señor. Se trata de un secreto impenetrable para toda criatura.

Sin embargo, este momento supremo, que pondrá término a este mundo de pecado, será precedido de señales portentosas, que fijarán la atención no sólo de los creyentes, sino también de los mismos impíos.

Ante todo, tendrá lugar la persecución del Anticristo.

Cuando San Pablo nos dice que Jesucristo destruirá al impío con el soplo de su boca, y lo aniquilara por el esplendor de su advenimiento, parece incluso que el castigo del Anticristo coincidirá con el advenimiento del Juez supremo.

Sin embargo, no es éste el sentimiento general de los intérpretes.

Se puede explicar el texto de San Pablo diciendo que la destrucción del impío no se consumará sino en el día del juicio final, aunque su muerte haya ocurrido algún tiempo antes.

Por otra parte, los Evangelios insinúan con bastante claridad que habrá un cierto lapso, aunque bastante corto, entre el castigo del monstruo y la consumación de todas las cosas.

En efecto, ¿qué dice Nuestro Señor?

Comienza por describir una tribulación tal, cual no la hubo jamás desde el comienzo del mundo; es la persecución del Anticristo.

Después añade “Luego, después de la tribulación de aquellos días, el sol se entenebrecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las fuerzas de los cielos se tambalearán. Entonces aparecerá la señal del Hijo del hombre en el cielo, y se herirán entonces los pechos todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con grande poderío y majestad” (Mt. 24: 29-30).

Estos son los signos que precederán inmediatamente el advenimiento de Jesucristo como Juez. Pero, ¿cómo conciliar con todos estos preludios formidables el carácter repentino e imprevisto que, según otros textos del Evangelio, revestirá este advenimiento?

Un poco más lejos, en efecto, Nuestro Señor nos representa a los hombres de los últimos días del mundo enteramente semejantes a los contemporáneos de Noé, que el Diluvio sorprende comiendo y bebiendo, casándose ellos y casándolas a ellas (Mt. 24: 36-40).

Santo Tomás responde a esta objeción diciendo que todos los trastornos precursores del fin del mundo pueden ser considerados como haciendo cuerpo con el juicio mismo, semejantes a esos crujidos siniestros que no se distinguen del hundimiento que les sigue.

El mismo Santo Tomás da una viva luz sobre los tiempos que transcurrirán entre la muerte del Anticristo y la venida de Jesucristo, cuando dice: “Antes de que empiecen a aparecer las señales del juicio, los impíos se creerán en paz y en seguridad, a saber, después de la muerte del Anticristo, porque no verán acabarse el mundo, como lo habían estimado antes” (Suppl. q. 73, art. 1, ad 1).

Ayudándonos de este pequeño texto, podemos formular las hipótesis más plausibles sobre los últimos tiempos del mundo; y nuestros lectores no dejaran de interesarse, aunque no las reciban sino a titulo de simples conjeturas.

(Aquí es donde el Padre Emmanuel trata del triunfo de la Iglesia de que hace referencia mas arriba).

Hemos dicho, y mantenemos como incontestable, que la muerte del Anticristo será seguida de un triunfo sin igual de la santa Iglesia de Jesucristo.

Seguramente, incluso en este período de triunfo, habrá todavía impíos; pero permítasenos pensar que se esconderán, y que desaparecerán en la inmensidad del gozo público.

Estos hermosos días no durarán, desgraciadamente, sino el tiempo necesario para olvidar los solemnes acontecimientos que los habrán hecho nacer.

Poco a poco se verá cómo la tibieza sucede al fervor; y este paso insensible se hará tanto más rápido, cuanto que la Iglesia no tendrá, por decirlo así, enemigos que combatir.

He aquí cómo un autor estimado, el padre Arminjon, describe el estado en que caerá entonces el mundo:

“La caída del mundo tendrá lugar instantáneamente y de improviso. Será en una época en que el género humano, sumergido en el sueño de la más profunda incuria, estará a mil leguas de pensar en el castigo y en la justicia. La divina misericordia habrá agotado todos sus medios de acción. El Anticristo habrá aparecido. Los hombres dispersados en todas partes habrán sido llamados al conocimiento de la verdad. La Iglesia católica, una última vez, se habrá difundido en la plenitud de su vida y de su fecundidad. Pero todos estos favores señalados y sobreabundantes, todos estos prodigios, se borrarán de nuevo del corazón y de la memoria de los hombres. La humanidad, por un abuso criminal de las gracias, habrá vuelto a su vómito. Volcando todas sus aspiraciones hacia la tierra, se habrá apartado de Dios, hasta el punto de no ver ya el cielo, y de no acordarse mas de sus justos juicios (Dan. 13: 9). La fe se habrá apagado en todos los corazones. Toda carne habrá corrompido su camino. La divina Providencia juzgará que ya no habrá remedio alguno.

Será, dice Jesucristo, como en los tiempos de Noé. Los hombres vivían entonces despreocupados, hacían plantaciones, construían casas suntuosas, se burlaban alegremente del bueno de Noé, que se entregaba al oficio de carpintero y trabajaba noche y día por construir su arca. Se decían: ¡Qué loco, qué visionario! Eso duró hasta el día en que sobrevino el diluvio, y se tragó toda la tierra (Lc. 17: 27).

Así, la catástrofe final se producirá cuando el mundo se creerá en la seguridad más completa; la civilización se encontrará en su apogeo, el dinero abundará en los comercios, jamás los fondos públicos habrán conocido un alza tan grande. Habrá fiestas nacionales, grandes exposiciones; la humanidad, rebosando de una prosperidad material inaudita, dirá como el avaro del Evangelio: «Alma mía, tienes bienes para largos años, bebe, come, diviértete… » Pero de repente, en medio de la noche (porque en las tinieblas, y en esa hora  fatídica de la medianoche en que el Salvador apareció una primera vez en sus anonadamientos, volverá a aparecer en su gloria), los hombres, despertándose sobresaltados, escucharán un gran estrépito y un gran clamor, y se dejará oír una voz que dirá: Dios está aquí, salid a su encuentro (Mt. 25: 6)”

La gran catástrofe será precedida de signos aterradores cuyo conjunto formará un supremo llamado de la divina misericordia. ¡Muy ciego y endurecido será quien resista a él!

¿Cuánto tiempo durarán estas señales? Nadie lo sabe. Lo que la Escritura nos dice, es que los hombres se secarán de espanto. Sucederá con ellos lo que sucedió con los contemporáneos de Noé.

Por lo que mira a los justos, levantarán la cabeza con confianza; y la Cruz, que resplandecerá, los llenará de alegría.

La carrera mortal de la Iglesia habrá concluido.

El mundo esperará, para acabar, a que Ella haya recogido al último de sus elegidos.

En realidad, la confianza más absoluta en los magníficos destinos futuros de la Iglesia no es incompatible de ningún modo con nuestras reflexiones y conjeturas sobre la gravedad de la situación presente.

Por otra parte, al estimar que asistimos a los preludios de la crisis que traerá consigo la aparición del Anticristo en la escena del mundo, nos cuidamos muy bien de querer precisar los tiempos y los momentos; lo que consideraríamos como una temeridad ridícula.

Permítasenos una comparación que explicará todo nuestro pensamiento:

Sucede que un viajero descubre, a un cierto punto de su camino, toda una vasta extensión de un país, limitado en el horizonte por montañas. Ve como se dibujan claramente las líneas de esas montañas lejanas; pero no podría evaluar la distancia que las separa a unas de otras.

Cuando empieza a atravesar esta distancia intermediaria, encuentra barrancos, colinas, ríos; y la meta parece alejarse a medida que se acerca de ella.

Así sucede con nosotros, a nuestro humilde entender, en los tiempos presentes.

Podemos presentir la crisis final, viendo cómo se urde y desarrolla ante nuestros ojos el plan satánico del que será la suprema coronación. Pero, desde el punto en que nos encontramos en el momento actual de esta crisis, ¡cuántas sorpresas nos reserva el futuro!, ¡cuántas restauraciones del bien son siempre posibles!, ¡cuántos progresos del mal, por desgracia, son posibles también!, ¡cuántas alternativas en la lucha!, ¡cuántas compensaciones al lado de las pérdidas!

En esta incertidumbre, dominada por el pensamiento de la Providencia, ¿qué podemos hacer? Velar y orar.

Velar y orar, porque los tiempos son incontestablemente, peligrosos (II Tim. 3: 8); pues hay un peligro grande, en esta época de escándalo, de perder la fe.

Velar y orar, para que la Iglesia realice su obra de luz, a pesar de los hombres de tinieblas.

Velar y orar, para no entrar en tentación.

Velar y orar en todo tiempo para ser hallados dignos de huir de estas cosas que sobrevendrán en el futuro, y de mantenerse de pie en presencia del Hijo del hombre (Lc. 21: 24)”.

Padre Juan Carlos Ceriani

La Doctrina de Las Relaciones Entre La Iglesia y El Estado Frente Al Laicismo Completo en pdf

Trabajo completo sobre La Doctrina de Las Relaciones Entre La Iglesia y El Estado Frente Al Laicismo

LA DOCTRINA DE LAS RELACIONES ENTRE LA IGLESIA Y EL ESTADO FRENTE AL LAICISMO (5 de 5)

Partes anteriores

Primera Parte

Segunda Parte

Tercera Parte

Cuarta Parte

Por el P. Juan Carlos Ceriani

kingdom come

F: Utopia de los idealistas irreductibles

¡Ufh!… Salgamos ya de esta atmósfera malsana… Y antes de llegar a la conclusión, como una bocanada de aire puro y fresco, releamos uno de los párrafos más relevantes de la magnífica Encíclica Notre charge apostolique de San Pío X al condenar la utopía de Le Sillon:

“Se proclaman idealistas irreductibles; que tienen doctrina social propia y principios filosóficos y religiosos propios para reorganizar la Sociedad con un plan nuevo; que se han formado un concepto especial de la dignidad humana, de la libertad, de la justicia y de la fraternidad, y que, para justificar sus sueños sociales apelan al Evangelio interpretado a su modo, y lo que es más grave todavía, a un Cristo desfigurado y disminuido

(…) Su sueño consiste en cambiar sus cimientos naturales y tradicionales y en prometer una ciudad futura edificada sobre otros principios que se atreven a declarar más fecundos, más beneficiosos que aquellos sobre los que descansa la actual sociedad cristiana.

¡No!, preciso es recordarlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventarse ni la «ciudad» nueva por edificarse en la nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la «ciudad» católica.

No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo.

(…) Le Sillon tiene la noble preocupación de la dignidad humana. Pero esta dignidad la entiende a la manera de ciertos filósofos, de quienes la Iglesia dista mucho de poder alabar (…) Pero más extrañas todavía, espantosas y aflictivas a la vez, son la audacia y levedad de hombres que, llamándose católicos, sueñan con refundir la sociedad en las condiciones dichas y establecer sobre la tierra, por encima de la Iglesia católica, «el reinado de la justicia y del amor», con obreros venidos de todas partes, de todas las religiones o faltos de religión, con creencias o sin ellas, a condición de que olviden lo que los divide, es a saber, sus convicciones religiosas y filosóficas, y de que pongan en común lo que los une, esto es, un generoso idealismo y fuerzas tomadas de donde puedan.

(…) Asusta ver a los nuevos apóstoles obstinados en hacer cosa mejor con un vago idealismo y las virtudes cívicas. ¿Qué van a producir? ¿Qué es lo que va a salir de esa colaboración? Una construcción puramente verbalista y quimérica, donde espejearán revueltas y en confusión seductora, las palabras de libertad, justicia, fraternidad y amor, de igualdad y exaltación del hombre, todo ello fundado en la dignidad humana mal entendida; una agitación tumultuosa, estéril para el fin propuesto, provechosa para los agitadores de masas menos utopistas.”

Conclusión

El concepto más importante y, al mismo tiempo, el más grave de todos estos textos es éste:

“Bien comprendido, el principio de laicidad pertenece también a la doctrina social de la Iglesia. Recuerda la necesidad de una justa separación de poderes (…) Por su parte, la no confesionalidad del Estado, que es una no intromisión del poder civil en la vida de la Iglesia y de las diferentes religiones, así como en la esfera de lo espiritual, permite que todos los componentes de la sociedad trabajen juntos al servicio de todos y de la comunidad nacional.”

El Vaticano conoce bien muy en qué sentido las autoridades civiles revolucionarias comprenden el principio de laicidad: no es en absoluto en el sentido de la doctrina social de la Iglesia Católica, sino en el sentido masónico y mundialista.

La laicidad es la nueva religión impuesta por la ideología masónica: el Estado garantiza la libertad de culto y la expresión de todas las religiones; todas las “opciones” espirituales o religiosas, todas las creencias y todas las incredulidades tienen delante del Estado exactamente los mismos derechos y los mismos deberes. La religión católica sólo es una opción entre otras, colocada sobre el mismo pie de igualdad que todas las falsas religiones.

Lo que se llama “no confesionalidad del Estado”, “laicidad” o “neutralidad”, es el ateísmo del Estado, es decir su apostasía.

De hecho, lo espiritual se encuentra subordinado a lo temporal. El Estado, al decidir ser neutro entre las religiones, se coloca en posición de árbitro supremo. El poder espiritual le pertenece.

En este sentido, la laicidad es la nueva religión del Estado, que se arroga una autoridad sobre las otras, y las tolera dentro de límites bien precisos.

La religión católica es sumisa como las otras al Estado, que impone a la Iglesia el reconocer a las otras religiones dentro del “pacto republicano”.

No se encuentra en estos textos ningún cuestionamiento al laicismo: las autoridades conciliares consideran la separación de la Iglesia y del Estado como algo definitivo. La situación actual les satisface; “el contexto pluralista, multicultural y multiconfesional” de la sociedad actual es un hecho que no suscita ningún juicio, ninguna evaluación; basta “hacer frente a las nuevas situaciones”. Es la aceptación simple y llana de la laicidad del Estado.

Los valores religiosos aportan solamente algo más a la sociedad; pero la dimensión social y política de la fe, es decir, la Realeza Social de Jesucristo, que es parte integrante de la doctrina católica, está completamente ausente.

La Iglesia conciliar renunció a los Derechos sociales de Nuestro-Señor Jesucristo, abandonó la doctrina católica para suscribir la laicidad. No hay más instituciones cristianas, no hay más Cristiandad.

Para las autoridades conciliares, lo principal es que la “paz” se restablece… Pero es la paz del mundo…, y ella es debido a que la Iglesia Conciliar no reivindica ya todo aquello de lo cual fue despojada la Iglesia Católica; el apaciguamiento consiste, por lo tanto, para la Iglesia Conciliar en someterse a la ley civil y en someter a la Iglesia Católica y a los católicos.

Los textos afirman que esta paz “permite a la Iglesia tomar una parte cada vez más activa en la vida de la sociedad”. Pero es lo contrario lo que ha sucedido: por la penetración del espíritu laico en la misma Iglesia, hay una disminución creciente de la influencia de la Iglesia sobre la vida de la sociedad.

Además, estos documentos silencian y disimulan a los católicos de hoy la persecución orquestada por la francmasonería contra la Iglesia, que se ha desencadenado a partir de 1789, ha culminado con las leyes de separación y se concretizan suavemente hoy por medio del mundialismo.

Estos textos son sobre todo humanistas, que reclaman el respeto por los “valores espirituales”, la “promoción del hombre”… En ese sentido, dicen, el planteamiento religioso de las personas y de los grupos sociales, vivido en cumplimiento de la sana laicidad, no puede sino ser fuente de dinamismo y promoción del hombre…

En una palabra, se trata en el fondo de un discurso idéntico al de los políticos masones y mundialistas.

Laicismo a la turca…, laicismo americano…, concepción francesa del laicismo…, laicismo positivo neo masónico… Esta promoción del laicismo no es otra cosa que la negación de los Derechos Sociales de Nuestro Señor Jesucristo.

“Dad a César lo que es de César, pero todo es de César…; al lanzar esta sandez, Clémenceau no pensaba definir el laicismo de manera tan clara y precisa.

En efecto, finalmente, tanto en el laicismo puro y duro de los revolucionarios del ‘89, como en el laicismo positivo y abierto de Sarkozy, o en el laicismo a la turca, o en el laicismo liberal a la americana, o en la libertad religiosa del Vaticano II, se encuentra el mismo principio básico, a saber, el rechazo de Dios y de la Verdad, la negación de los Derechos de Cristo, la negativa de reconocerlo como el Soberano de todos los hombres, tomados individualmente o reunidos en sociedad.

De este modo, el laicismo se convirtió en la nueva religión del tiempo moderno, la de César haciéndose Dios, donde el culto del hombre sustituye al culto de Dios.

Pero adoptar tal posición es olvidar que César pertenece también a Dios; es ocultar la primera vocación del hombre, creado por Dios para adorarlo, amarlo y servirlo.

La convergencia establecida por estos papas conciliares y estos políticos revolucionarios hacia un laicismo vago e irenista, positivo y abierto, nos recuerda que un día el Falso Profeta llevará la tierra y sus habitantes a adorar a la Bestia… (Apocalipsis, XIII: 12).

Nuestra interpretación tiene sustento en la autoridad de Monseñor Marcel Lefebvre. Con ocasión de los festejos de los 40 años de su consagración episcopal la revista Fideliter publicó en su Nº 59, septiembre-octubre 1987, un artículo de Monseñor cuyo título es de por sí significativo, “El tiempo de las  tinieblas y de la firmeza en la fe”, y donde podemos leer estas palabras, aún más colmadas de contenido:

“Hemos llegado, yo pienso, al tiempo de las tinieblas. Debemos releer la segunda epístola de San Pablo a los tesalonicenses, que nos anuncia y nos describe, sin indicación de duración, la llegada de la apostasía y de una cierta destrucción: “… Que nadie os engañe de ninguna manera. Primero tiene que venir la apostasía y manifestarse el Hombre impío, el Hijo de perdición, el Adversario que se eleva sobre todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de adoración, hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de Dios y proclamar que él mismo es Dios… Porque el ministerio de la iniquidad ya está actuando. Tan sólo con que sea quitado de en medio el que ahora le retiene. Entonces se manifestará el Impío, a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca, y aniquilará con la Manifestación de su Venida.” (2: 1-8).

Es necesario que un obstáculo desparezca. Los Padres de la Iglesia han pensado que el obstáculo era el imperio romano. Ahora bien, el imperio romano ha sido disuelto y el Anticristo no ha venido.

No se trata, pues, del poder temporal de Roma, sino del poder romano espiritual, el que ha sucedido al poder romano temporal.

Para Santo Tomás de Aquino se trata del poder romano espiritual, que no es otro que el poder del Papa.

Yo pienso que verdaderamente vivimos el tiempo de la preparación a la venida del Anticristo. Es la apostasía, es el desmoronamiento de Nuestro Señor Jesucristo, la nivelación de la Iglesia en igualdad con las falsas religiones.

La Iglesia no es más la Esposa de Cristo, que es el único Dios.

Por el momento, es una apostasía más material que formal, más visible en los hechos que en la proclamación. No puede decirse que el Papa es apóstata, que ha renegado oficialmente de Nuestro Señor Jesucristo; pero en la practica, se trata de una apostasía”

Dos años más tarde, cuando rememoraba los 60 años de su ordenación sacerdotal, Monseñor Lefebvre pronunció un célebre sermón, el 19 de noviembre de 1989. La última parte de su disertación fue dedicada al análisis de los sucesos que entonces conmovían al mundo, particularmente a Europa:

“Ahora os diré algunas palabras sobre la situación internacional. Me parece que tenemos que reflexionar y sacar una conclusión ante los acontecimientos que vivimos actualmente, que tienen bastante de apocalípticos.

Es algo sorprendente esos movimientos que no siempre comprendemos bien; esas cosas extraordinarias que suceden detrás, y ahora a través, de la cortina de acero.

No debemos olvidar, con ocasión de estos acontecimientos las previsiones que han hecho las sectas masónicas y que han sido publicadas por el Papa Pío IX. Ellas hacen alusión a un gobierno mundial y al sometimiento de Roma a los ideales masónicos; esto hace ya más de cien años.

No debemos olvidar tampoco las profecías de la Santísima Virgen. Ella nos ha advertido. Si Rusia no se convierte, si el mundo no se convierte, si no reza ni hace penitencia, el comunismo invadirá el mundo.

¿Qué quiere decir ésto? Sabemos muy bien que el objetivo de las sectas masónicas es la creación un gobierno mundial con los ideales masónicos, es decir los derechos del hombre, la igualdad, la fraternidad y la libertad, comprendidas en un sentido anticristiano, contra Nuestro Señor. Esos ideales serían defendidos por un gobierno mundial que establecería una especie de socialismo para uso de todos los países y, a continuación, un congreso de las religiones, que las abarcaría a todas, incluida la católica, y que estaría al servicio del gobierno mundial, como los ortodoxos rusos están al servicio del gobierno de los Soviets.

Habría dos congresos: el político universal, que dirigiría el mundo; y el congreso de las religiones, que iría en socorro de este gobierno mundial, y que estaría, evidentemente, a sueldo de este gobierno.

Corremos el riesgo de ver llegar estas cosas. Debemos siempre prepararnos para ello.”

Sustentados en el Reverendo Padre Leonardo Castellani decimos que el liberalismo ha suministrado a las masas, que no aman bastante la verdad, una religión y una moral de repuesto, sustitutivas de las verdaderas. Habiéndose perdido en gran parte el fermento de la verdad cristiana y, peor aún, habiéndose falsificado y corrompido por el fermento farisaico, el hombre contemporáneo abraza la nueva religión del tiempo moderno.

La actitud modernista es eufórica, pueril…; es el espejismo del progreso indefinido. Para el modernista, la crisis actual no es más que una gripe, que necesariamente sanará y dejará al organismo más sano, robusto y maravilloso. “Estos son dolores de parto y no de agonía”…, dice el hereje, “lo que se está gestando es el Nuevo Orden Mundial, el Tercer Milenio, la Paz Mundial, el Ecumenismo, la Civilización del amor…”

La gran esperanza del mundo moderno…, la paz y unidad de todos los hombres, tiene vigencia religiosa, y su Iglesia es la ONU. Tiene sus teorizantes religiosos, su teólogos o profetas: Lamennais, Maritain, Teilhard de Chardin… Tiene sus divulgadores: Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI…

En efecto, su intromisión en la Iglesia está marcada por el Concilio Vaticano II, y los papas conciliares siguen su alocada carrera.

Hemos llegado de este modo, tanto en la Iglesia como en la sociedad civil, a uno de esos puntos que escapan a la inteligencia humana y a la capacidad natural de reacción.

Cuando las enormes vicisitudes del drama de la Historia llegan a un extremo que excede al poder de remediarlas y más aún de comprenderlas, sólo el creyente posee la fortaleza y la virtud de seguir trabajando tranquilo.

Ahora bien, la fe nos enseña que la unión de las naciones y la paz interna de ellas no pueden hacerse sino por Cristo o contra Cristo.

Lo que sólo puede hacer Dios, y que hará al final, el mundo moderno intenta febrilmente construirlo sin Dios, apostatando de Cristo, abominando del antiguo boceto de unidad que se llamó la Cristiandad, oprimiendo férreamente la naturaleza humana, suprimiendo las familias y las patrias y preparando, en definitiva, la sociedad del Anticristo.

Nosotros, iluminados por nuestra fe y fortalecidos por la esperanza, defenderemos con caridad hasta el fin esos parcelamientos naturales, que son las familias, las instituciones y las patrias, no con la consigna de vencer, sino con la de no ser vencidos. Sabiendo que, si somos vencidos en esta lucha temporal, ese será nuestro mayor triunfo… porque esa derrota es prenda de gloriosa resurrección.

Dad al César lo que es del César…, pero ¡dad a Dios lo que es de Dios!

La Archidiócesis de Miami prohibe a los Legionarios de Cristo ejercer ministerio alguno

No obedecieron a la petición de restringir sus actividades a sus miembros

La Archidiócesis de Miami prohibe a los Legionarios de Cristo ejercer ministerio alguno

Con fecha de 29 de octubre, la archidiócesis de Miami ha enviado una carta a todos sus sacerdotes por la que se informa de que su arzobispo, monseñor Favalora, ha prohibido el ejercicio de cualquier ministerio en su iglesia local a los Legionarios de Cristo. La razón aducida es que los legionarios no han obedecido a la petición que les hizo el Vicario General de la archidiócesis de limitar sus actividades a la atención de sus miembros. La prohibición implicará la salida de Regnum Christi de los colegios católicos de la archidiócesis en los que, igualmente sin permiso, se han involucrado.

Publicado el 2009-10-29 22:19:00

(InfoCatólica) Reproducimos por su interés la carta enviada a los sacerdotes de la archidiócesis de Miami:

Se prohibe a los Los Legionarios de Cristo funcionar en la archidiócesis de Miami, con efectos inmediatos.

En el pasado, se daba a sus sacerdotes permisos individuales, por parte del Vicario General, cada vez que deseaban venir a la Archidiócesis de Miami, pero su ministerio estaba restringido a sus propios miembros.

Debido a que los Legionarios de Cristo no  han cumplido esas restricciones, el arzobispo Favalora les ha prohibido ejercer cualquier ministerio en la archidiócesis de Miami.

Por otra parte, Regnum Christi, no ha sido autorizada ni ahora ni nunca a trabajar en cualquier parroquia, escuela o cualesquier entidad de la Archidiócesis. Recientemente se ha descubierto que Regnum Christi ha participado en varias escuelas sin la aprobación de la Archidiócesis. Semejante participación de Regnum Christi debe finalizar inmediatamente. Pastores / administradores se les pide compartir esta información con los directores de escuela y los que coordinar los actos de la parroquia.

Se requiere a los Pastores/Administradores que compartan esta información con los responsables de los colegios y aquellos que coordinan eventos parroquiales

Gracias

¿Qué es lo que retrasa la constitución apostólica?

La constitución apostólica que permitirá a un gran número de Anglicanos ser recibidos en el seno de la Iglesia está retrasada, ¿el motivo?, de acuerdo a Andrea Tornielli de Il Giornale y Paolo Rodari de Il Foglio, lo que retrasa la publicación del documento es lo siguiente: si anglicanos casados pueden formarse como seminaristas.

Tornielli dice que en los últimos días el Consejo Pontificio para la Interpretación de los Textos Legislativos ha hecho todo para clarificar este punto, y escribe que todo sugiere que los seminaristas en estas futuras comunidades Anglocatólicas tendrán que ser célibes como todos sus pares de la Iglesia Católica Latina.

Tanto Il Giornale como Il Foglio reportan también que el santo Padre hubiera preferido que la constitución apostólica se hubiera hecho al tiempo de la conferencia de prensa, principalmente para evitar que se repitiera lo mismo que ocurrió cuando decidió levantar la excomunión a los obispos de la FSSPX/SSPX a comienzo de año. Pero como el Card. Levada ya había informado a los obispos de Inglaterra y Gales y al Arzobispo de Canterbury acerca de esta provisión, y la fecha para la conferencia de prensa ya se conocía en Londres, fue imposible mantener el asunto en secreto y el Vaticano tuvo que seguir adelante y hacer la conferencia de prensa aunque los detalles de la constitución apostólica no estuvieran todavía ajustados.

LAS TRES RANAS DEL APOCALIPSIS: LIBERALISMO-COMUNISMO- MODERNISMO

LAS TRES RANAS DEL APOCALIPSIS

LIBERALISMO-COMUNISMO- MODERNISMO

Tal como las consideró el R.P. Castellani

Por el P. Juan Carlos Ceriani

tres-ranas-en-una

(Para no repetirnos en las citaciones, damos la lista de las obras del R. P. Castellani  que hemos utilizado y remitos a las páginas correspondientes. Para comprender correctamente las apreciaciones y juicios del R. P. Castellani sobre los temas tratados hay que tener en cuenta los años en que fueron escritos los diversos libros, ensayos o artículos.

El lector que quiera profundizar el tema del Liberalismo puede leer con mucho provecho el ensayo Esencia del Liberalismo, publicado por la Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, Volumen VIII, 1976. Ver bibliografía al final)

Introducción

“Y se enfureció el dragón contra la mujer, y se fue a hacer la guerra contra el resto del linaje de ella, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús. Y apostóse sobre la arena del mar. Y vi surgir del mar una bestia que tenía diez cuernos y siete cabezas, y en sus cuernos diez diademas, y en sus cabezas nombres de blasfemia (…) Y el dragón le pasó su poder y su trono y una gran autoridad (…) entonces la tierra entera se maravilló y se fue en pos de la bestia. Y adoraron al dragón, porque había dado autoridad a la bestia (…) Se le concedió hacer la guerra a los santos y vencerlos (…) Y vi otra bestia que surgía de la tierra. Tenía dos cuernos como un cordero, pero hablaba como dragón. Y la autoridad de la primera bestia la ejercía toda en presencia de ella. E hizo que la tierra y sus habitantes adorasen a la primera bestia (…) Vi en el cielo otra señal grande y sorprendente: siete Ángeles con siete plagas, las postreras, porque en ellas la ira de Dios queda consumada (…) Y el Sexto Ángel derramó su copa sobre el gran río Eufrates; y sus aguas se secaron para preparar el paso a los reyes del Oriente. Y vi cómo de la boca del dragón y de la boca de la bestia y de la boca del falso profeta salían tres espíritus inmundos en figura de ranas. Son espíritus de demonios que obran prodigios y van a los reyes de todo el orbe para convocarlos para la gran batalla del gran día del Dios Todopo­deroso (…) Y los congregaron en el lugar que en hebreo se llama Armagedón” (Apocalipsis, XII: 17-18; XIII: 1, 3-4, 7, 11-12; XV: 1; XVI, 12-16).

Con estas visiones, San Juan entra decididamente en la predicción del tiempo parusíaco. El Bien y la Maldad luchan a cara descubierta, y aparecen en primer plano los personajes principales: la Iglesia, el demonio, el Anticristo y Cristo.

El dragón, el demonio,  es el que incuba con sus ojos las olas del mundo mundano para suscitar de ellas con su poder la bestia del mar, el Anticristo.

La bestia de la tierra, el falso profeta, significa lo religioso; representa la propaganda sacerdotal del Anticristo. Todo un sistema de pensamiento que sustituye al ideal divino un ideal terrestre: estatolatría y culto de la humanidad.

Las características fundamentales de este sistema son la apostasía y el endiosamiento del hombre, tanto en el aspecto religioso como en el político.

Las tres Ranas

En las Tres Ranas del Apocalipsis casi todos los Santos Padres han visto herejías, las últimas y novísimas. Son el Liberalismo, el Comunismo y el Modernismo.

El texto no dice “tres demonios”, sino “tres espíritus”, palabra que designa en todas las lenguas también un movimiento, una ideología o una teología.

Los Doctores nombraron las herejías que tenían ellos ante los ojos, que naturalmente creían las peores posibles: San Agustín, los arrianos, pelagianos y donatistas; San Belarmino, Lutero, Zwinglio y Calvino; y así otros. Yo hago lo mismo. Y puedo equivocarme como ellos; pero me parece que esta vez va de veras.

Herejías siempre las ha habido, y algunas muy extremas y perversas… ¿por qué estas tres de ahora han de ser las Tres Ranas o Demonios, y no quizás otras tres cualesquiera… por ejemplo, otras tres que surjan en el futuro, de aquí a mil años, pongamos por ejemplo?

¡Eche años! ¡No! Estas son las tres primeras herejías con efecto político y alcance universal.

Y son las tres últimas herejías, porque no se puede ir más allá en materia de falsificación del cristianismo. Son, literalmente, los pseudocristos que predijo el Salvador. En el fondo de ellas late la “abominación de la desolación”…

La Sexta Copa

Abominación de la desolación. Se trata de esta herejía política, difundida hoy en todo el mundo, que aún no tiene nombre y cuando lo tenga no será el suyo propio.

El Cardenal Newman la denominó “liberalismo religioso”, y vio en ella presagios del Anticristo; San Pío X la llamó “modernismo”, y Belloc “aloguismo”.

Es el viejo naturalismo religioso, que remonta a Rousseau y a los Enciclopedistas; herejía que en su fondo es la idolatría del Hombre, el peor error posible, atribuido por San Pablo al A’nomos, es decir, hombre sin ley, el Inicuo, el Hombre sin Dios.

Consiste en una adulteración sutil del Cristianismo, al cual vacía de su contenido sobrenatural dejando la huera corteza, la cual “el espíritu que ama los sitios sucios y los lugares vacantes” rellena de inmediato con el antiguo: “Seréis como dioses”.

Se parecen a ranas, animal viscoso y lascivo, oculto y fangoso, vocinglero y aburridor, que repite sin cesar su croar monótono; tres herejías vocingleras, saltarinas, pantanosas y tartamudas.

Las Tres Ranas surgen en la Sexta Plaga o Copa.

Las Siete Copas simbolizan las calamidades extraordinarias de los últimos tiempos; castigos de Dios a la Gran Apostasía; castigos que, exacerbados y puros en los tiempos últimos, han existido siempre en la humanidad que resiste a Cristo.

El Profeta dice que las tres ranas son tres espíritus inmundos capaces de hacer prodigios para congregar a los Reyes de toda la tierra para la última batalla contra Dios.

Para preparar esa batalla cae el veneno de la Sexta Copa sobre el río Éufrates y lo suprime, para dejar paso a los Reyes de la parte Oriental.

Se seca el Éufrates… Era el límite que separaba primero al pueblo de Dios de los grandes imperios idolátricos; y después fue la frontera oriental del Imperio Romano.

El río Éufrates es la barrera entre Europa y Asia, entre religión e idolatría, entre civilidad y barbarie… Ahora bien, en nuestros tiempos ha sido anulada manifiestamente una inmensa barrera internacional.

¿Qué significa, si no, la entrada de Japón, China y Rusia en el “concierto internacional”, como dicen ahora?

Japón ganó la guerra del 14, China es hoy uno de los Cuatro Grandes, Rusia ha estado confinada, o por lo menos contenida, durante mucho tiempo por la barrera de una política europea preventiva…

La profecía de Mirabeau se ha cumplido; en su Memorial al Rey de Prusia, Federico Guillermo, están estas palabras proféticas respecto de Rusia:

“Rusia es el gran peligro de Occidente. Es invencible en la guerra. Cuando triunfa aferra sus objetivos; si es derrotada se retira. ¿Y quién podrá seguirla en una extensión indefinida y un clima que ellos solos soportan? Dominará sucesivamente a todos sus vecinos, multiplicará sus puntos de presa en Europa, si no es alzada ante ella una barrera. Es insensato quien no prefiera armar y fortificar a Turquía y a Polonia, en lugar de tener que luchar con Rusia. Rusia apresta los mejores soldados del mundo, y los diplomáticos más sinuosos y flexibles de Europa”.


El Liberalismo

Gog y Magog, las inmensas masas del Oriente hormigueante, encabezadas por Rusia, han entrado ruidosamente en el escenario de la política mundial, han entrado con un sentido irreligioso y herético, y han entrado en virtud del liberalismo y sus dos hijos, el comunismo y el modernismo.

El liberalismo deshizo la barrera que el sentido instintivo y tradicional del europeo había creado.

Dice Hilaire Belloc, en su libro Las grandes herejías, que el protestantismo robusteció las naciones protestantes y debilitó las católicas.

En efecto, toda religión, aunque sea falsa, robustece a una nación que la acepta en pleno, puesto que funda su unidad nacional sobre la base más fuerte que existe, que es el sentimiento religioso.

Además, en el siglo XVI el protestantismo fue arrojado de Austria, Italia, España y Francia gracias a los esfuerzos del Imperio Germánico que presidía Carlos V; pero entró en esos países en los siglos XVIII y XIX disfrazado con el bello nombre de liberalismo.

Joseph Pieper observó con justeza que el dicho “la religión es cosa privada y al Estado no le interesa”, lema del liberalismo, comporta nombrar dios al Estado, poniéndolo por encima de Dios.

Es la estatolatría, tan vieja como el mundo, o por lo menos, como los Césares romanos, proclamada ahora abiertamente por Hegel: la adoración de la Nación, creación del hombre.

Dice Santo Tomas que “si el hombre deja de adorar a Dios, cae a adorar al Estado”, o a su Nación, a su Raza, a su Ciencia, a su Estética , a su Poder bélico, a la Libertad, a la Constitución, a la Diosa Razón; a cuyas tres últimas deidades tributó culto la Revolución Francesa… Exactamente como ha de suceder con la Bestia.

Así como los protestantes se llaman cristianos, pero no lo son; de la misma manera los liberales se llaman católicos, pero no lo son, porque desprecian a la Iglesia, traban sus medios de acción, intentan servirse de ella para sus fines terrenos.

El liberalismo, con los falsos dogmas de sus falsas libertades, es un protestantismo larvado y un catolicismo adulterado.

La ficción del catolicismo es lo que debilitó, política y socialmente, a las naciones católicas de Europa. Había una unidad aparente, pero una profunda división ideológica de fondo. Existía una confusión.

El Comunismo

Dios no ama las confusiones; y entonces permitió que naciera del maridaje del liberalismo con la plutocracia un bichito colorado, que se llama comunismo, el cual, después de volverse contra sus padres, proyectó la destrucción de todo el orden social existente, por todos los medios posibles. Maldijo de Dios, y se le vio la pinta al diablo.

El comunismo fue el reactivo que precipitó la división latente en España, Francia e Italia. El pueblo de esas naciones no estaba unido ni concorde, porque, llamándose católicos, muchísimos no lo eran y muchos eran anticatólicos, hipócritas o inconscientes.

El bolchevismo es potencialmente una nueva religión a pesar de su ropaje ateo; y algún día habrá de tomar forma y contextura dogmática, tendrá que organizarse en Iglesia.

El comunismo no es un partido; es una herejía. Es una de las tres Ranas expelidas por la boca del diablo en los últimos tiempos, que no son otros que los nuestros.

La Naturaleza del comunismo es religiosa y no solamente política. Es una herejía cristianojudaica. Del cristianismo descompuesto en protestantismo tomó Marx la idea obsesiva de justicia social, que no es sino la Primera Bienaventuranza vuelta loca, vaciada de su contenido sobrenatural: los pobres deben reinar aquí, reinar políticamente por el mero hecho de ser pobres.

Pero el elemento formal de la herejía es judaico: es el mesianismo exasperado y temporal, que constituye el fondo amargo de la inmensa alma del Israel Deicida a través de los siglos.

El bolchevismo no es un todo, no es un bloque compacto ateo satánico, sino una porción de la magna herejía naciente ante nuestros ojos; porción destinada a integrarse en ella.

El mesianismo bolchévico, la aspiración impaciente a “edenizar” la tierra por la violencia, coincide con el término de la aspiración de Rousseau, Lammenais, Roosevelt…; son tres líneas que tienen que reunirse un día; tienen que encontrarse necesariamente, el día que les salga un padre, así como nacieron de una misma madre: la Sinagoga. Esas tres religiones son herejías judías; son las Tres Ranas.

La pulseada diplomática entre Rusia y Estados Unidos, con la amenaza de una enorme guerra, era en los años 1950-1988 el suceso dominante de la vida política del mundo. Pues bien, era el liberalismo en pugna con su hijo el comunismo… el espíritu batracio que salió de la boca de la Bestia contra el otro espíritu que salió de la boca del Dragón. El modernismo, espíritu batracio que sale de la boca del Falso Profeta, coaligará a los dos, los fusionará al fundente religioso.

El Modernismo

EI modernismo es el fondo común de las dos herejías contrarias, que algún día, que ya vemos venir, las englobará por obra del Pseudo-Profeta…

El modernismo no es más que el núcleo explícito y pedantesco de un impalpable y omnipresente espíritu que permea el mundo de hoy. Su origen histórico fue el filosofismo del siglo XVIII, la herejía del Anticristo, la última herejía, la más radical y perfecta de todas.

“La nueva herejía pone el hacha no en las ramas sino en la misma raíz”, dijo San Pío X en la encíclica Pascendi.

Desde entonces acá ha revestido diversas formas, pero el fondo es el mismo, dice siempre lo mismo: es más un ruido que una palabra; pero es un ruido mágico, arrebatador, demoníaco, lleno de signos y prodigios; atrae, aduerme, entontece, emborracha, exalta.

Cuá Cuá, cantaba la Rana…

  • El cuá cuá del Liberalismo es “Libertad, Libertad, Libertad”…
  • El cuá cuá del Comunismo es “Justicia social”…
  • Al cuá cuá del Modernismo (de donde nacieron los otros dos, y el cual los reunirá un día), podríamos asignarle “Paraíso en la Tierra”; “Dios es el hombre”; “El hombre es dios”.

Por “abominación de la desolación” los Santos Padres entienden la idolatría; la peor idolatría. Ahora bien, en el fondo del modernismo está latente la idolatría más execrable, la apostasía perfecta, la adoración del hombre en lugar de Dios; y eso bajo formas cristianas e incluso manteniendo el armazón exterior de la Iglesia.

La Democracia

¿Y la “democracia”? Es el coro de las tres Ranas juntas: democracia política, democracia social y democracia religiosa.

La canción de la “rana democrática” significa un régimen político religiosamente salvífico, y por lo tanto necesario y hasta obligatorio para todos los pueblos: el Nuevo Catolicismo “democrático, humanitario y progresivo”.

Es la última herejía, definitiva, contra el verdadero Salvador, contra “el único nombre que puede salvar al hombre”.

¿Quién es el patrón, a quién sirve la democracia atea? Ella misma lo ignora. Pero, si la madre lo ignora, la hija, la socialdemocracia, lo sabe bien.

La madre no fue bautizada, y la hija se levantó contra la Cruz. El alma de la democracia es el ateísmo  social y contemplativo; el alma de la socialdemocracia es el ateísmo militante, el antiteísmo en la acción social. La Nueva Iglesia Universal reposa sobre esta acción para que, en lugar del Reino de Dios, venga el Reino del Hombre.

Fusión de las Tres Ranas

Contra lo que va quedando de la Iglesia de Cristo, estas tres herejías un día debían unirse por las colas (cosa admirable, dado que las ranas no tienen cola)… un día que quizás ya no sea lejano, y antes bien ya haya llegado…

En los años de posguerra, el observador clarividente contemplaba la Democracia Liberal y el Comunismo Bolchevique, y consideraba la posibilidad de su unión mediante una falsa religión que se venía desarrollando y consolidando.

En efecto, en los años cuarenta, el Democratismo Liberal, se hallaba en su desarrollo último. Y los buenos pensadores, con una especie de gozo maligno, veían cumplirse todas sus predicciones, y desenvolverse por orden casi automático todos los preanuncios de los profetas y sabios antiguos que, empezando por Aristóteles, lo vieron venir y lo miraron acabar.

De suyo, el democratismo liberal, hubiera debido morir, si la humanidad debía seguir viviendo mucho tiempo aún.

Sin embargo, para el filósofo perspicaz, si es que la humanidad debiera morir en un lapso más o menos próximo, no se excluía la posibilidad de que la democracia liberal siguiera existiendo, e incluso se viera revitalizada nefastamente.

Pero dicho rejuvenecimiento no se presentaba posible al escrutador penetrante  sin el respaldo de una falsa religión, la Tercera Rana, sacando a la luz el fermento religioso que encierra en sí, y que hace estrictamente de ella una herejía cristiana: la última herejía, preñada del Anticristo.

En cuanto al Comunismo, durante los años de la “guerra fría”, para el intelectual sutil había tres posibilidades:

  • Que el comunismo mundial fuera reducido por la fuerza; y en ese caso hubiese venido al mundo una gran prosperidad, o al menos una pacificación, que no hubiese durado empero más de tres generaciones, o quizás dos.
  • Que el comunismo no fuera reducido y siguiera propagándose lentamente; y entones, ni él, ni sus sobrinos nietos, ni sus sobrinos tataranietos hubiesen visto el resultado.
  • Que el comunismo se fundiese, pacíficamente o no, con la Tercera Rana, que es la última herejía, y la más inteligente (satánicamente) de todas. Y entonces clamaba a grandes voces: “¡Agarrate Catalina, que vamos a galopar…!”

Si el mundo debía seguir viviendo, según la primera posibilidad el comunismo hubiese terminado aplastado como la herejía albigense. No era posible convertir a los comunistas rusos tocándoles el violín del Progreso Indefinido, los Derechos del Hombre y la Democracia Liberal.

Pero, era previsible, e incluso probable, al menos para el filósofo bien pensante, que el comunismo no se convirtiera, sino que se fusionase con las otras dos Ranas del Apocalipsis, el Liberalismo y el Modernismo, para formar la trenza del Anticristo.

En este caso, la sombría doctrina del bolchevismo no era la última herejía, sino su etapa preparatoria y destructiva. La última herejía será optimista y eufórica, mesiánica. El bolchevismo se incorporará, será integrado en ella.

Un distinguido profesor y diplomático afirmó que…

“frente al Comunismo y a la amenaza que él representa, la única fuerza eficaz, en el plano del poder material, son los Estados Unidos (…) Sin su presencia, no se alzaría ninguna valla seria ante su avance”.

A esta afirmación San Agustín respondería:

Son dos imperialismos. Poco importa si son imperialismo económico e imperialismo político: las dos cosas hoy día van juntas.

Pero las guerras no son nunca meramente económicas o políticas; son siempre ideológicas; y en este tiempo son guerras religiosas, es decir heréticas.

La economía soviética y la economía americana podrían perfectamente conciliarse, si se conciliasen sus dos “ideas”; ideas que versan sobre el fin del hombre, y, por lo tanto, sobre la naturaleza del hombre: la idea pesimista y maniquea del Oriente, y la idea progresista y liberal del actual Occidente.

Son también conciliables estas dos ideas porque se tocan en un mismo fondo, que es la pretensión de conseguir la felicidad del hombre aquí en la tierra, por medio del saber, del poder y de las fuerzas humanas.

La posibilidad de alianza del Modernismo, que es la idea religiosa que impregna hoy al mundo anglosajón, con el dinamismo violento representado por el Comunismo, es una posibilidad real y demostrable: sus dos teologías tienen un mismo fondo.

Si eso ocurriere, tendríamos sobre nosotros el Anticristo.

Estas previsiones las estamos viviendo bajo los pontificados modernistas de la Iglesia Conciliar, de Juan XXIII a Benedicto XVI, pasando por Pablo VI y Juan Pablo II.

El Democratismo Liberal, que de suyo debería morir, ha sido rejuvenecido nefastamente mediante el respaldo de una falsa religión, la última herejía, preñada del Anticristo.

El Comunismo no se convirtió, antes bien se fusionó con las otras dos Ranas del Apocalipsis, el Liberalismo y el Modernismo, para formar la trenza del Anticristo.

Quien tiene oídos, que oiga. Quien puede entender, que entienda. Quien lea, entienda (San Mateo, 13: 43, 19: 12; 24: 15)

La Séptima Copa

Cierra San Juan la Sexta Plaga con la referencia a la Gran Guerra, para narrar en la siguiente Plaga la catástrofe de la Ciudad Capitalista.

Salieron las Ranas para preparar la batalla del Día Grande del Dios Omnipotente; para congregar a los Reyes de toda la tierra para la última batalla contra Dios.

Armagedón era para los hebreos el lugar típico de la Gran Batalla, de las batallas decisivas.

No designa aquí lugar geográfico alguno; es el lugar simbólico en que serán deshechas para siempre las fuerzas del Mal; y concretamente señala la Guerra de los Continentes; o sea, del Oriente contra el Occidente.

“El Séptimo Ángel derramó su copa en el aire, y salió una poderosa voz del Templo, desde el trono, que decía: «Hecho está». Y hubo relámpagos y voces y truenos, y se produjo un gran terremoto, como no lo hubo desde que existen hombres sobre la tierra. Así fue de grande este poderoso terremoto. Y la Gran Ciudad fue dividida en tres partes, y las ciudades de los gentiles se desploma­ron”.

La Séptima Copa, resumida en el gran terremoto, es la Parusía, precedida por la caída de Babilonia, la Urbe Capitalista.

A modo de conclusión

Cuando las inmensas vicisitudes del drama de la Historia, que están por encima del hombre y su mezquino racionalismo, llegan a un punto que excede a su poder de meditación e incluso a su poder de comprensión —como es el caso en nuestros días—, sólo el creyente posee el talismán de ponerse tranquilo para seguir trabajando (…)

Cuando parece que los cimientos del mundo ceden y se descompagina totalmente la estructura íntegra  —como pasó, por ejemplo, en el siglo XIV—  entonces el sabio lee el Apocalipsis y dice: «Todo esto está previsto y mucho más. ¡Atentos! Pero después de esto viene la victoria definitiva. El mundo debe morir. Aunque de muchas enfermedades ha curado ya, una enfermedad será la última. Mas, el alma del mundo, como la del hombre, no es una cosa mortal» (…)

La consideración de la visión religiosa de la crisis actual es uno de los motores más poderosos (el primer motor incluso) del movimiento político y económico. Si el hombre no tiene una idea de adónde va, no se mueve; o, si se sigue moviendo, llega un momento en que su movimien­to deja de ser humano y se vuelve una convulsión (…)

La unión de las naciones en grandes grupos, primero, y después en un solo Imperio Mundial (sueño potente y gran movimiento del mundo de hoy) no puede hacerse sino por Cristo o contra Cristo. Lo que sólo puede hacer Dios (y que hará al final, según creemos, conforme está prometido), el mundo moderno intenta febrilmente construirlo sin Dios; apostatando de Cristo, abominando del antiguo boceto de unidad que se llamó la Cristiandad y oprimiendo férreamente incluso la naturaleza humana, con la supresión pretendida de la familia y de las patrias.

Mas nosotros, defendere­mos hasta el final esos parcelamientos naturales de la humanidad, esos núcleos primigenios; con la consigna no de vencer sino de no ser vencidos. Es decir, sabiendo que si somos vencidos en esta lucha, ése es el mayor triunfo; porque si el mundo se acaba, entonces Cristo dijo verdad. Y entonces el acabamiento es prenda de resurrección.

Bibliografía

  • · Los Papeles de Benjamín Benavides (escrito en 1947).

3ª edición, Biblioteca Dictio, 1978. Páginas 43-47, 256-258, 289-290.

  • · El Apokalipsis de San Juan (escrito en 1963).

4ª edición, Biblioteca Dictio, 1977. Páginas 159-176, 199-204.

  • · Seis Ensayos y Tres Cartas.

2ª edición, Biblioteca Dictio, 1978.

E  Prólogo al libro Nociones de Comunismo para Católicos, de Enrique Elizalde, 1961. Páginas 152, 154, 161-162.

  • · Cristo, ¿vuelve o no vuelve?

2ª edición, Editorial Dictio, 1976.

El Comunismo. Páginas 204-207.

Una religión y una moral de repuesto, 1957. Páginas 278-283.

Visión religiosa de la crisis actual, 1951. Páginas 284-290.

  • · Las Canciones de Militis.

3ª edición, Biblioteca Dictio, 1977.

La Gran Lección, 1943. Páginas 81- 84.

  • · San Agustín y Nosotros. Buenos Aires, 1954

1ª edición, Ediciones Jauja, 2000.

E  El Punto de Partida. Páginas 27-28.

LA DOCTRINA DE LAS RELACIONES ENTRE LA IGLESIA Y EL ESTADO FRENTE AL LAICISMO (4 de 5)

Primera Parte

Segunda Parte

Tercera Parte

Por el P. Juan Carlos Ceriani

ChristKing

E: El Laicismo y la Iglesia Conciliar

Queda claro, pues, que todos los papas, hasta el Concilio Vaticano II, son unánimes en condenar el laicismo.

Una gran la impiedad se realizó cuando lo que quiso pasar por el Magisterio de la Iglesia adoptó en el Concilio Vaticano II el principio del laicismo del Estado por medio de la Declaración sobre la Libertad Religiosa; cuando se aprobó la norma de la protección del Estado a los adeptos de todos los cultos por igual.

Esto demuestra hasta qué punto las ideas liberales han penetrado la propia Iglesia… hasta sus más altas esferas.

Si la ideología de la libertad religiosa se ha afirmado en el Concilio Vaticano II, cuando es manifiesto que esta regla presenta graves contradicciones con el Magisterio de la Iglesia, esto no es por casualidad, sino pero el hecho de tratarse de hombres impregnados de liberalismo.

En efecto, los católicos liberales consideran que los principios no deben aplicarse ni predicarse porque hoy son inaplicables o porque corren el riesgo de desencadenar persecuciones. Piensan que no se puede ir indefinidamente contra el aire del tiempo, aparecer retrógrados o reaccionarios.

En el contexto del Nuevo Orden Mundial comprobamos una avenencia entre los dirigentes políticos y los hombres de la Iglesia…; conciliación organizada e impuesta por los jefes mayores de la masonería.

Antes de continuar, y para evitar confusiones, es necesario dilucidar una cuestión: ¿existe diferencia entre laicismo y laicidad? ¿Puede aceptarse en al ámbito católico la noción de laicidad, o merece ella la misma condenación que el laicismo?

No nos engañemos; laicismo, laicizar, laicización, tienen la misma raíz y provienen de laico. De allí vendría también el neologismo laicidad, que no está registrado en el Diccionario de la Real Academia Española; se trata simplemente de un galicismo, que proviene de laïcité. [1]

Esta cuestión es de suma importancia, puesto que así como se pretende hoy distinguir entre libertad de consciencia y libertad de cultos, condenadas por los Papas del siglo XIX, y libertad religiosa, sana y positiva, presentada por el Concilio Vaticano II, de la misma manera se quiere diferenciar entre laicismo, reprobado por el Magisterio de la Iglesia, y sana laicidad, aceptable, beneficiosa y recomendable.

Se debate hoy sobre la rehabilitación del laicismo, introduciendo un término nuevo, al cual corresponde un concepto nuevo: laicidad, y ésta positiva y abierta.

Como introducción al tema que nos ocupa, citamos unos textos muy importantes.

En primer lugar, dos párrafos del Discurso al Parlamento Europeo de Juan Pablo II, el martes 11 de octubre de 1988 (L’Osservatore Romano, edición semanal castellana, 27/11/1988).

Esta disertación tiene capital importancia, no sólo por las circunstancias en que fue pronunciada, sino también porque fue considerada por los parlamentarios europeos como el mejor discurso político del pontificado de Juan Pablo II:

“Para algunos, la libertad civil y política, en su día conquistada por el derrocamiento del antiguo orden fundado sobre la fe religiosa, se concibe aún unida a la marginación, es decir, a la supresión de la religión, en la cual se tiende a ver un sistema de alienación.

Para ciertos creyentes, en sentido inverso, una vida conforme a la fe no sería posible más que por un retorno a este antiguo orden, además a menudo idealizado.

Estas dos actitudes antagónicas no aportan una solución compatible con el mensaje cristiano y el genio de Europa.

Puesto que, cuando reina la libertad civil y que se encuentra plenamente garantizada la libertad religiosa, la fe no puede más que ganar en vigor, aceptando el desafío que le presenta la incredulidad; y el ateismo no puede sino medir sus limites ante el desafío que le ofrece la fe.

Ante esta diversidad de puntos de vista, la función más elevada de la ley es la de garantizar a todos los ciudadanos el derecho de vivir conforme a su conciencia y la de no contradecir las normas del orden moral natural y reconocido por la razón”.

Este texto se aparta de lo que el Magisterio de la Iglesia enseñó sobre el «antiguo orden fundado sobre la fe religiosa», base de la doctrina de la Realeza Social de Jesucristo, expresada claramente en las Encíclicas Quanta Cura, Immortale Dei, Sapientiæ Christianæ y Quas Primas.

Pero la conclusión es escalofriante:

“Finalizando, recordaría tres campos donde me parece que la Europa integrada del mañana, abierta hacia el Este del continente, generosa hacia el otro hemisferio, tendría que retomar un papel de faro en la civilización mundial:

Primero, reconciliar al hombre con la creación, cuidando de preservar la integridad de la naturaleza, su fauna y su flora, su aire y sus aguas, sus sutiles equilibrios, sus recursos limitados, su belleza que alaba la gloria del Creador.

Seguidamente, reconciliar al hombre con sus semejantes, aceptándose los unos a los otros entre europeos de diversas tradiciones culturales o escuelas de pensamien­to, siendo acogedores para con el extranjero y el refugiado, abriéndose a las riquezas espirituales de los pueblos de los otros continentes.

Finalmente, reconciliar al hombre consigo mismo: sí, trabajar por recons­truir una visión integrada y completa del hombre y del mundo, frente a las culturas de la desconfianza y de la deshumanización, una visión en la cual la ciencia, la capacidad técnica y el arte no excluyan, sino que reclamen la fe en Dios.”

¡Digno colofón del discurso político más importante de Juan Pablo II!: Ecologismo, Fraternidad y Humanismo… todo bajo el signo del Deísmo. En definitiva, una Europa sin alma y sin Jesucristo. He aquí la Quas Primas en su versión Vaticano II…

Pasemos ahora a Joseph Ratzinger. Mientra sesionaba el Concilio Vaticano II, el entonces simple sacerdote, perito consejero del cardenal de Colonia, en su libro Resultados y Perspectivas en la Iglesia Conciliar expresó conceptos como los siguientes:

“Tiempos vendrán en que el debate sobre la libertad religiosa será contado entre los acontecimientos más relevantes de un Concilio que, por cierto, ofrece tal abundancia de sucesos importantes que hace difícil establecer una escala de valores. En este debate estaba presente en la catedral de San Pedro lo que llamamos el fin de la Edad media, más aún, de la era constantiniana. Pocas cosas de los últimos cincuenta años han inferido a la Iglesia tan ingente daño como la persistencia a ultranza en posiciones propias de una iglesia estatal, dejadas atrás por el curso de la historia. (…) Que la recurrencia al Estado por parte de la Iglesia desde Constantino, con su culminación en la Edad media y en la España absolutista de la incipiente Edad moderna, constituye para la Iglesia en el mundo de hoy una de las hipotecas más gravosas es un hecho al que ya no puede sustraerse nadie que sea capaz de pensar históricamente (…) Está claro que los opositores al texto, al negar no la libertad de conciencia, pero sí la libertad de culto, luchaban por un mundo que se está desmoronando, mientras que la otra parte abrió a brazo partido un camino que conduce al futuro” (Ediciones Paulinas, Buenos Aires, agosto de 1965, páginas 41-45).

Durante el Concilio, Joseph Ratzinger descubrió y absorbió esta tontería de John Courtney Murray, padre de la Libertad religiosa (cfr. Hacia una inteligencia del desarrollo de la doctrina de la Iglesia sobre la libertad religiosa, pp. 128-129). Ver más arriba el principio N° 6 del derecho público de la Iglesia: Función ministerial del Estado frente a la Iglesia.

Esta opinión tiene sus precursores: el período de la historia religiosa de Francia que va de 1836 a 1850 estuvo dominado por la lucha por la Libertad de enseñanza. Era una gran causa, ciertamente; pero por desgracia tuvo por protagonista principal al Conde de Montalembert y por doctor a Monseñor Parisis, obispo de Langres.

Monseñor Parisis expresa con firmeza:

“Habría que probar por la historia que, a pesar de los Teodosio y los Carlomagno, en resumidas cuentas, la intervención de los príncipes en las cosas religiosas causó inmensos daños a la Iglesia. Pero el tiempo de publicar una obra semejante aún no vino. Se nos opondrían tantas Bulas de Papas, tantos Decretos de Concilios que nos aplastarían. Es necesario quizá diez años aún para que las ideas maduren hasta el punto de hacer admitir esta conclusión.”

En otro pasaje expresa con vehemencia “la profunda repugnancia y los temores terribles que le inspira el pensamiento de una religión de Estado”.

Leamos la respuesta del Cardenal Pie, quien declarase a sus sacerdotes:

“Lo saben, Señores, es una propuesta explícitamente condenada por la Iglesia aquella que afirma que la cristianización del poder y de las instituciones políticas por Constantino y sus sucesores ha sido en sí misma una cosa fatal. Nunca es fatal en sí lo que responde a la necesidad del orden y a las exigencias de la verdad. La transformación cristiana del régimen social debía lógicamente seguir a la de los miembros individuales de la sociedad, y la expansión del Evangelio debía con el tiempo traer la conversión de César en cuanto César, y no solamente como hombre particular. Lo dijimos más de una vez: perpetuar el muro de separación entre el hombre privado y el hombre público habría sido instalar en el mundo el sistema de dualismo maniqueo, que es el error principal contra el cual se dirigen los primeros monumentos de la polémica cristiana” (Obras pastorales, IX, 168).

Pues bien, nuestro Joseph Ratzinger, veinte años después del Concilio, ya Cardenal y al frente de la principal Congregación Romana, en su libro “Los Principios de la Teología Católica”, confirma su pensamiento sobre este hecho; hablando sobre la Declaración Gaudium et Spes, nos dice:

“Si se busca un diagnóstico global del texto, se puede decir que es (junto con los textos sobre la libertad religiosa y sobre las religiones del mundo) una revisión del Syllabus de Pío IX, una especie de contra-Syllabus (…) Es suficiente que nos contentemos con comprobar que el texto juega el papel de un contra-Syllabus en la medida que representa una tentativa para la reconciliación oficial de la Iglesia con el mundo tal como ha llegado a ser después de 1789 (…) Ya nadie contesta más hoy que los concordatos español e italiano buscaron conservar demasiadas cosas de una concepción del mundo que desde largo tiempo no correspondía más a las circunstancias reales (…) De igual manera, casi nadie puede negar que a este apego a una concep­ción perimida de las relaciones entre la Iglesia y el Estado correspondían anacronis­mos semejantes en el dominio de la educación (…) El deber, entonces, no es la supresión del Concilio, sino el descubrimiento del Concilio real y la profundización de su verdadera voluntad. Esto implica que no puede haber retorno al Syllabus, el cual bien pudo ser un primer jalón en la confrontación con el liberalismo y el marxismo naciente, pero no puede ser la última palabra” (Téqui, Paris, 1985, páginas 426-437).

Hemos comprendido bien; el cardenal Ratzinger nos dice que la Iglesia ha recuperado su patrimonio, la verdadera enseñanza de Jesucristo, cuando el concilio Vaticano II ha hecho suyo uno de los principios fundamentales del Estado moderno, es decir, el Estado laico.

Y cuando monseñor Lefebvre le dijo que no podía borrar 1500 años de la historia de la Iglesia, y que la Iglesia había siempre ensañado lo contrario, el cardenal respondió que “no era un estado normal”… Que el Estado haya vivido en sumisión a los principios de la religión católica, a los mandamientos de Dios, ¡no ha sido un estado normal!

Proponemos a continuación una serie de documentos de Juan Pablo II y de Benedicto XVI sobre el tema del laicismo…, perdón, de la laicidad

Discurso de Juan Pablo II a los miembros del Cuerpo Diplomático

12 de enero de 2004

“3. Las comunidades de creyentes están presentes en todas las sociedades, como expresión de la dimensión religiosa de la persona humana. Por eso, los creyentes esperan legítimamente poder participar en el debate público. Por desgracia, es preciso constatar que no sucede siempre así. En estos últimos tiempos, en algunos países de Europa, somos testigos de una actitud que podría poner en peligro el respeto efectivo de la libertad de religión. Aunque todos están de acuerdo en respetar el sentimiento religioso de las personas, no se puede decir lo mismo del “hecho religioso”, o sea, de la dimensión social de las religiones, olvidando en esto los compromisos asumidos en el marco de la que entonces se llamaba la “Conferencia sobre la cooperación y la seguridad en Europa”. Se invoca a menudo el principio de la laicidad, de por sí legítimo, si se entiende como la distinción entre la comunidad política y las religiones (cfr. Gaudium et spes, 76). Sin embargo, distinción no quiere decir ignorancia. Laicidad no es laicismo. Es únicamente el respeto de todas las creencias por parte del Estado, que asegura el libre ejercicio de las actividades del culto, espirituales, culturales y caritativas de las comunidades de creyentes. En una sociedad pluralista, la laicidad es un lugar de comunicación entre las diversas tradiciones espirituales y la nación. Las relaciones entre la Iglesia y el Estado, por el contrario, pueden y deben llevar a un diálogo respetuoso, portador de experiencias y valores fecundos para el futuro de una nación. Un sano diálogo entre el Estado y las Iglesias -que no son adversarios sino interlocutores- puede, sin duda, favorecer el desarrollo integral de la persona humana y la armonía de la sociedad.”

Discurso de Juan Pablo II a los obispos de la Conferencia Episcopal Española

24 de enero de 2005

4. En el ámbito social se va difundiendo también una mentalidad inspirada en el laicismo, ideología que lleva gradualmente, de forma más o menos consciente, a la restricción de la libertad religiosa hasta promover un desprecio o ignorancia de lo religioso, relegando la fe a la esfera de lo privado y oponiéndose a su expresión pública. Esto no forma parte de la tradición española más noble, pues la impronta que la fe católica ha dejado en la vida y la cultura de los españoles es muy profunda para que se ceda a la tentación de silenciarla. Un recto concepto de libertad religiosa no es compatible con esa ideología, que a veces se presenta como la única voz de la racionalidad. No se puede cercenar la libertad religiosa sin privar al hombre de algo fundamental.

En el contexto social actual están creciendo las nuevas generaciones de españoles, influenciadas por el indiferentismo religioso, la ignorancia de la tradición cristiana con su rico patrimonio espiritual, y expuestas a la tentación de un permisivismo moral. La juventud tiene derecho, desde el inicio de su proceso formativo, a ser educada en la fe. La educación integral de los más jóvenes no puede prescindir de la enseñanza religiosa también en la escuela, cuando lo pidan los padres, con una valoración académica acorde con su importancia. Los poderes públicos, por su parte, tienen el deber de garantizar este derecho de los padres y asegurar las condiciones reales de su efectivo ejercicio, como está recogido en los Acuerdos Parciales entre España y la Santa Sede de 1979, actualmente en vigor.”

Mensaje de Juan Pablo II al Presidente de la  Conferencia Episcopal de Francia

11 de febrero de 2005

“Bien comprendido, el principio de laicidad, muy arraigado en vuestro país, pertenece también a la doctrina social de la Iglesia. Recuerda la necesidad de una justa separación de poderes, que se hace eco de la invitación de Cristo a sus discípulos: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Por su parte, la no confesionalidad del Estado, que es una no intromisión del poder civil en la vida de la Iglesia y de las diferentes religiones, así como en la esfera de lo espiritual, permite que todos los componentes de la sociedad trabajen juntos al servicio de todos y de la comunidad nacional.

Asimismo, como recordó el concilio ecuménico Vaticano II, la Iglesia no está llamada a gestionar el ámbito temporal, puesto que, “en razón de su función y de su competencia, no se confunde de ningún  modo  con la comunidad política y  no  está vinculada a ningún sistema político”. Pero, al mismo tiempo, es preciso que todos trabajen por el interés general y por el bien común. Así se expresa también el Concilio: “La comunidad política y la Iglesia, (…) aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre. Este servicio lo realizarán con tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto más sana y mejor sea la cooperación entre ellas”.

(…) Desde esta perspectiva, las relaciones y la colaboración confiada entre la Iglesia y el Estado no pueden por menos de tener efectos positivos para construir juntos lo que el Papa Pío XII ya definía como “legítima y sana laicidad” (Discurso a la colonia de Las Marcas en Roma, 23 de marzo de 1958), que, como recordé en la exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Europa, no ha de ser un “tipo de laicismo ideológico o separación hostil entre las instituciones civiles y las confesiones religiosas”.

Como para los otros documentos postconciliares, no se encuentra en este ninguna referencia a la enseñanza de los Papas anteriores al Concilio Vaticano II, a no ser para citar, en sentido falso, la expresión de Pío XII « la legitima y sana laicidad ».

Juan Pablo II dice « que el Papa Pío XII ya definía »; ese « ya » insinúa que Pío XII es el precursor de esta nueva doctrina.

Estamos acostumbrados a esta clase de violación de la palabra; maniobra típicamente revolucionaria, par la cual se quiere hacer aceptar algo malo y condenado cambiándole simplemente el rótulo, utilizando, si es necesario, la autoridad de un Papa preconciliar.

Pero en el discurso citado, Pío XII, después de haber evocado el valor de la región y el legítimo amor por la Patria, señala la fidelidad a la Iglesia, y dice:

“Que vuestras ciudades sean una parte viviente de la Iglesia. Hay en Italia quienes se agitan porque temen que el cristianismo usurpe a César lo que pertenece a César. Como si dar a César lo que le pertenece no fuese un mandamiento de Jesús; como si la legítima y sana laicidad del Estado no fuese uno de los principios de la doctrina católica; como si no fuese una tradición de la Iglesia el esforzarse continuamente por mantener distintos, pero siempre unidos, según los justos principios, los dos Poderes; como si, por el contrario, la mezcla entre lo sagrado y lo profano no se hubiese verificado más fuertemente en la historia que cuando una parte de los fieles se desprendió de la Iglesia.

Las ciudades serán una parte viva de la Iglesia, si la vida de los individuos, la vida de las familias, la vida de las grandes y pequeñas colectividades está alimentada por la doctrina de Jesucristo, que es el amor de Dios y es, en Dios, el amor de todo prójimo.

Individuos cristianos, familias cristianas, ciudades cristianas, Marcas cristianas.

Que todas las Marcas lleguen a ser como una gran “Santa Casa”; y que la familia de las Marcas sea una única y gran Santa Familia”

Para quien quiera leer sin prejuicios, Pío XII resume todo lo que hemos tratado en el punto C.

Viaje de Benedicto XVI a Turquía

Como sabemos, Turquía es un Estado laico, como consta en su Constitución. No obstante, la separación entre las Iglesias y el Estado no es recíproca. El laicismo a la turca pretende realmente establecer un control del Estado sobre el Islam nacional.

Es interesante conocer el “panorama religioso” de Turquía. Creada a continuación del desmembramiento del antiguo imperio otomano, la republica turca es un país cuyo territorio esta situado 96% en Asia (Anatolia) y 4% en Europa (Tracia).

Mustafá Kemal, alias Ataturk, elegido presidente en 1923, oponiéndose al poder de toda una tradición islámica y a pesar de que la religión mayoritaria es el Islam (98% sobre una población de 72 millones de habitantes), laicizó el Estado a partir de 1928, y llevó a cabo numerosas reformas en ese sentido: abolición del  Califato, derecho de voto a las mujeres, cierre de centros de peregrinación, prohibición del porte del velo en las administraciones y escuelas publicas… La religión permanece bajo el control del estado por medio del Directorio de Asuntos Religiosos.

En el Encuentro con los periodistas, poco antes de iniciar el vuelo hacia este país original, el martes 28 de noviembre de 2006, Benedicto XVI expresó:

“Sabemos que el objetivo de este viaje es el diálogo, la fraternidad, un esfuerzo por fomentar la comprensión entre las culturas, por favorecer el encuentro de las culturas con las religiones y la reconciliación. Todos sentimos la misma responsabilidad en este momento difícil de la historia y colaboramos.”

En respuesta a la pregunta: ¿Cómo afronta este viaje, uno de los más delicados en la historia de los viajes papales modernos?:

“Lo afronto con gran confianza y esperanza. Sé que muchas personas nos acompañan con su simpatía y con su oración. Sé que también el pueblo turco es un pueblo hospitalario, abierto, que desea la paz. Sé que Turquía, desde siempre, es un puente entre las culturas y así es también un lugar de encuentro y de diálogo.

Quisiera subrayar que no se trata de un viaje político, sino pastoral; y como viaje pastoral se caracteriza por el diálogo y el compromiso común en favor de la paz. Diálogo en varias dimensiones: entre las culturas, entre cristianismo e islam, con nuestros hermanos cristianos, sobre todo con la Iglesia ortodoxa de Constantinopla y, en general, diálogo para una mejor comprensión entre todos. Naturalmente, no se pueden esperar grandes resultados en tres días. El viaje tiene un valor simbólico; el hecho de encontrarse, con amistad y respeto, como servidores de la paz, tiene su peso. Este simbolismo del compromiso por la paz y la fraternidad debería ser el fruto de este viaje.”

Siguió la pregunta: ¿Cree que Europa puede ayudar a Turquía a integrarse, respetando las diversas identidades culturales y religiosas?

“Conviene recordar que el padre de la Turquía moderna, Kemal Ataturk, tomó la Constitución francesa como modelo para la reconstrucción de Turquía. Así, desde su nacimiento, el diálogo entre la razón europea y la tradición musulmana turca está inscrito en la existencia de la Turquía moderna y, en este sentido, tenemos una responsabilidad recíproca.

En Europa se debate sobre laicidad “sana” y laicismo. Y me parece que esto es importante también para el verdadero diálogo con Turquía.

El laicismo, es decir, una idea que separa totalmente la vida pública del valor de las tradiciones, es un callejón sin salida. Debemos volver a definir el sentido de una laicidad que subraya y conserva la verdadera diferencia y autonomía entre las dos esferas, pero también su coexistencia, su responsabilidad común.

Sólo en el contexto de valores que tienen básicamente un origen común, es que la religión y la laicidad pueden vivir, en una relación fértil recíproca. Europeos, debemos reconsiderar nuestra razón laica, laicista, y Turquía debe pues, a partir de su historia, de sus orígenes, reflexionar con nosotros sobre la manera de reconstruir en el futuro este vínculo entre laicidad y tradición, entre razón abierta, tolerante, que tiene como elemento fundamental la libertad, y los valores que confieren su contenido a la libertad.”

Por su parte, el cardenal Bertone, Secretario de Estado, declaró:

“Turquía es desde hace tiempo un socio de Europa (…) En la actualidad, Turquía conoce un sistema de laicismo particular y un régimen que tiende hacia más democracia. Es del interés de Europa de ayudarle a ser una verdadera democracia para consolidar aún más un sistema de valores. Dejar Turquía fuera de Europa corre el riesgo por otro lado de favorecer el fundamentalismo islamista dentro del país. La integración a Europa puede realizarse por círculos concéntricos con un primer círculo de los países históricamente europeos, actualmente reunidos en la zona euro, y un segundo nivel para los que son más distantes.

La expresión “defensa del Occidente” es ambigua y puede tener un valor semántico positivo o negativo. Si se trata de excluir las otras civilizaciones, tradiciones o culturas, y de oponerse a ellas, a veces incluso de manera violenta, eso es inaceptable. Si se trata de tomar conciencia de los valores positivos de una herencia y de una tradición, entonces eso es admisible. No siempre hemos exportado valores positivos. No hay que renunciar a la identidad de la cual somos portadores, pero eso debe hacerse en el rechazo de todo exclusivismo. Esta es, por otra parte, la lección del Concilio Vaticano II”.

Una vez en el territorio, Benedicto XVI, en su Discurso al Cuerpo Diplomático, expresó:

“Turquía tiene desde siempre una situación de puente entre el Oriente y el Occidente, entre el continente asiático y el continente europeo, y de encrucijada de culturas y de religiones. En el siglo pasado, se proporcionó los medios de convertirse en un gran país moderno, haciendo, en particular, la elección de un Estado laico, distinguiendo claramente la sociedad civil y la religión, con el fin de permitir a cada una ser autónoma en su ámbito propio, respetando al mismo tiempo la esfera del otro. El hecho de que la mayoría de la población de este país sea musulmana constituye una realidad destacada de la vida social que el Estado debe tener en cuenta, pero la Constitución turca reconoce a todo ciudadano los derechos a la libertad de culto y a la libertad de conciencia. Es el deber de las Autoridades civiles en todo país democrático garantizar la libertad efectiva de todos los creyentes y de permitirles organizar libremente la vida de su comunidad religiosa. Deseo por supuesto que los creyentes, a cualquier comunidad religiosa que pertenezcan, puedan siempre beneficiarse de estos derechos, seguro de que la libertad religiosa es una expresión fundamental de la libertad humana y que la presencia activa de las religiones en la sociedad es un factor de progreso y de enriquecimiento para todos.”

Ya de regreso al Vaticano, durante la Audiencia general del 6 de diciembre de 2006, resumió su viaje:

“Me entrevisté con el Primer Ministro, el Presidente de la República y el Presidente para los Asuntos religiosos, dirigiendo a éste mi primer discurso. Rendí homenaje al mausoleo del “padre de la patria”, Mustafá Kemal Ataturk; después tuve la posibilidad de dirigirme al Cuerpo diplomático en la nunciatura apostólica de Ankara. Esta intensa serie de encuentros constituyó una parte importante de la visita, especialmente teniendo en cuenta que Turquía es un país muy mayoritariamente musulmán, pero regido por una Constitución que afirma la laicidad del Estado. Es pues un país emblemático con relación al gran reto que se plantea hoy a escala mundial. Por una parte, es necesario redescubrir la realidad de Dios y la importancia pública de la fe religiosa, y por otra parte garantizar que la expresión de esta fe es libre, sin derivas fundamentalistas, capaz de negar firmemente toda forma de violencia.

En el ámbito del diálogo interreligioso, la divina Providencia me permitió realizar, casi al final de mi viaje, un gesto que en un primer momento no estaba previsto y que resultó muy significativo:  la visita a la célebre Mezquita Azul de Estambul. En unos minutos de recogimiento en ese lugar de oración, oré al único Señor del cielo y de la tierra, Padre misericordioso de toda la humanidad, para que todos los creyentes se reconozcan como criaturas suyas y den testimonio de auténtica fraternidad.”

Así pues, fue una oportunidad propicia para renovar mis sentimientos de estima con respecto a los musulmanes y a la civilización islámica. Al mismo tiempo, insistí en la importancia de que cristianos y musulmanes trabajen juntos por el hombre, la vida, la paz y la justicia, reafirmando que la distinción entre la esfera civil y la religiosa constituye un valor, y que el Estado debe garantizar al ciudadano y a las comunidades religiosas la efectiva libertad de culto.

Discurso de Benedicto XVI al Congreso de Juristas católicos italianos

9 de diciembre de 2006

“Queridos hermanos y hermanas:

Bienvenidos a este encuentro, que tiene lugar en el contexto de vuestro congreso nacional de estudio dedicado al tema: “La laicidad y las laicidades” (…) El congreso afronta el tema de la laicidad, que es de gran interés porque pone de relieve que en el mundo de hoy la laicidad se entiende de varias maneras: no existe una sola laicidad, sino diversas, o, mejor dicho, existen múltiples maneras de entender y vivir la laicidad, maneras a veces opuestas e incluso contradictorias entre sí.

(…) Para comprender el significado auténtico de la laicidad y explicar sus acepciones actuales, es preciso tener en cuenta el desarrollo histórico que ha tenido el concepto.

La laicidad, nacida como indicación de la condición del simple fiel cristiano, no perteneciente ni al clero ni al estado religioso, durante la Edad Media revistió el significado de oposición entre los poderes civiles y las jerarquías eclesiásticas, y en los tiempos modernos ha asumido el de exclusión de la religión y de sus símbolos de la vida pública mediante su confinamiento al ámbito privado y a la conciencia individual.

Así, ha sucedido que al término “laicidad” se le ha atribuido una acepción ideológica opuesta a la que tenía en su origen.

En realidad, hoy la laicidad se entiende por lo común como exclusión de la religión de los diversos ámbitos de la sociedad y como su confín en el ámbito de la conciencia individual. La laicidad se manifestaría en la total separación entre el Estado y la Iglesia, no teniendo esta última título alguno para intervenir sobre temas relativos a la vida y al comportamiento de los ciudadanos; la laicidad comportaría incluso la exclusión de los símbolos religiosos de los lugares públicos destinados al desempeño de las funciones propias de la comunidad política: oficinas, escuelas, tribunales, hospitales, cárceles, etc.

Basándose en estas múltiples maneras de concebir la laicidad, se habla hoy de pensamiento laico, de moral laica, de ciencia laica, de política laica. En efecto, en la base de esta concepción hay una visión a-religiosa de la vida, del pensamiento y de la moral, es decir, una visión en la que no hay lugar para Dios, para un Misterio que trascienda la pura razón, para una ley moral de valor absoluto, vigente en todo tiempo y en toda situación.

Solamente dándose cuenta de esto se puede medir el peso de los problemas que entraña un término como laicidad, que parece haberse convertido en el emblema fundamental de la posmodernidad, en especial de la democracia moderna.

Por tanto, todos los creyentes, y de modo especial los creyentes en Cristo, tienen el deber de contribuir a elaborar un concepto de laicidad que, por una parte, reconozca a Dios y a su ley moral, a Cristo y a su Iglesia, el lugar que les corresponde en la vida humana, individual y social, y que, por otra, afirme y respete “la legítima autonomía de las realidades terrenas”, entendiendo con esta expresión -como afirma el concilio Vaticano II- que “las cosas creadas y las sociedades mismas gozan de leyes y valores propios que el hombre ha de descubrir, aplicar y ordenar paulatinamente” (Gaudium et spes, 36).

Esta autonomía es una “exigencia legítima, que no sólo reclaman los hombres de nuestro tiempo, sino que está también de acuerdo con la voluntad del Creador, pues, por la condición misma de la creación, todas las cosas están dotadas de firmeza, verdad y bondad propias y de un orden y leyes propias, que el hombre debe respetar reconociendo los métodos propios de cada ciencia o arte” (ib.). Por el contrario, si con la expresión “autonomía de las realidades terrenas” se quisiera entender que “las cosas creadas no dependen de Dios y que el hombre puede utilizarlas sin referirlas al Creador”, entonces la falsedad de esta opinión sería evidente para quien cree en Dios y en su presencia trascendente en el mundo creado (cfr. ib.).

Esta afirmación conciliar constituye la base doctrinal de la “sana laicidad”, la cual implica que las realidades terrenas ciertamente gozan de una autonomía efectiva de la esfera eclesiástica, pero no del orden moral. Por tanto, a la Iglesia no compete indicar cuál ordenamiento político y social se debe preferir, sino que es el pueblo quien debe decidir libremente los modos mejores y más adecuados de organizar la vida política. Toda intervención directa de la Iglesia en este campo sería una injerencia indebida.

Por otra parte, la “sana laicidad” implica que el Estado no considere la religión como un simple sentimiento individual, que se podría confinar al ámbito privado. Al contrario, la religión, al estar organizada también en estructuras visibles, como sucede con la Iglesia, se ha de reconocer como presencia comunitaria pública. Esto supone, además, que a cada confesión religiosa (con tal de que no esté en contraste con el orden moral y no sea peligrosa para el orden público) se le garantice el libre ejercicio de las actividades de culto -espirituales, culturales, educativas y caritativas- de la comunidad de los creyentes.

A la luz de estas consideraciones, ciertamente no es expresión de laicidad, sino su degeneración en laicismo, la hostilidad contra cualquier forma de relevancia política y cultural de la religión; en particular, contra la presencia de todo símbolo religioso en las instituciones públicas.

Tampoco es signo de sana laicidad negar a la comunidad cristiana, y a quienes la representan legítimamente, el derecho de pronunciarse sobre los problemas morales que hoy interpelan la conciencia de todos los seres humanos, en particular de los legisladores y de los juristas. En efecto, no se trata de injerencia indebida de la Iglesia en la actividad legislativa, propia y exclusiva del Estado, sino de la afirmación y de la defensa de los grandes valores que dan sentido a la vida de la persona y salvaguardan su dignidad. Estos valores, antes de ser cristianos, son humanos; por eso ante ellos no puede quedar indiferente y silenciosa la Iglesia, que tiene el deber de proclamar con firmeza la verdad sobre el hombre y sobre su destino.”

Viaje de Benedicto XVI a Brasil

La Conferencia de Prensa, durante el vuelo, el miércoles 9 de mayo de 2007, prestó la oportunidad para anticipar:

“Por último, será el momento que constituye la finalidad principal de este viaje: el encuentro con los obispos que participan en la Vª Conferencia general del Episcopado latinoamericano y del Caribe. Es un encuentro que, de por sí, tiene un contenido específicamente religioso: dar la vida en Cristo y ser discípulos de Cristo, sabiendo que todos queremos tener la vida, pero la vida no es plena si no tiene un contenido en sí y además una dirección que seguir. En este sentido, responde a la misión religiosa de la Iglesia y también abre la mirada a las condiciones necesarias para las soluciones a los grandes problemas sociales y políticos de América Latina.

La Iglesia como tal no hace políticarespetamos la laicidad—, pero ofrece las condiciones en las que puede madurar una sana política, con la consiguiente solución de los problemas sociales”.

Dicho encuentro con los Obispos, el domingo 13 de mayo, tuvo como centro el Discurso de Benedicto XVI durante la sesión inaugural de la Vª Conferencia del Episcopado:

“Las estructuras justas han de buscarse y elaborarse a la luz de los valores fundamentales, con todo el empeño de la razón política, económica y social. Son una cuestión de la recta ratio y no provienen de ideologías ni de sus promesas.

Ciertamente existe un tesoro de experiencias políticas y de conocimientos sobre los problemas sociales y económicos, que evidencian elementos fundamentales de un Estado justo y los caminos que se han de evitar. Pero en situaciones culturales y políticas diversas, y en el cambio progresivo de las tecnologías y de la realidad histórica mundial, se han de buscar de manera racional las respuestas adecuadas y debe crearse —con los compromisos indispensables— el consenso sobre las estructuras que se han de establecer.

Este trabajo político no es competencia inmediata de la Iglesia. El respeto de una sana laicidadincluso con la pluralidad de las posiciones políticas— es esencial en la tradición cristiana.

Si la Iglesia comenzara a transformarse directamente en sujeto político, no haría más por los pobres y por la justicia, sino que haría menos, porque perdería su independencia y su autoridad moral, identificándose con una única vía política y con posiciones parciales opinables.

La Iglesia es abogada de la justicia y de los pobres precisamente al no identificarse con los políticos ni con los intereses de partido. Sólo siendo independiente puede enseñar los grandes criterios y los valores inderogables, orientar las conciencias y ofrecer una opción de vida que va más allá del ámbito político.

Formar las conciencias, ser abogada de la justicia y de la verdad, educar en las virtudes individuales y políticas, es la vocación fundamental de la Iglesia en este sector.

Y los laicos católicos deben ser conscientes de su responsabilidad en la vida pública; deben estar presentes en la formación de los consensos necesarios y en la oposición contra las injusticias”.

Viaje de Benedicto XVI a Estados Unidos

El viaje a los Estados Unidos, en abril de 2008, proporcionó la ocasión de disertar sobre este tema ante los grandes jefes masónicos…

Para comprender la importancia de este viaje, es necesario saber que la primera enmienda a la Constitución americana, adoptada en 1791, resume por sí sola el principio de laicismo a la americana: el Estado autoriza una libertad religiosa total, permitiendo a cada confesión expresarse libremente, en la esfera privada como en la esfera pública, y prohíbe el establecimiento de una religión oficial.

El dólar es revelador del espíritu liberal que prevalece en los Estados Unidos y de la manera en que se ve la religión: a la izquierda, el triángulo masónico con el delta luminoso y la fórmula “Novus Ordo Saeculorum”, y al medio, la divisa “In God we trust” (Tenemos confianza en Dios)… Alianza de la independencia del hombre frente a Dios y de una creencia en un Dios indefinido.

La visita del Papa a los Estados Unidos (país que él considera como un modelo de libertad religiosa) resulta, pues, muy significativo. Hay que tener en cuenta las declaraciones especialmente elogiosas sobre el laicismo a la americana:

Lo que me encanta de Estados Unidos es que comenzó con un concepto positivo de laicidad”; “Estado laico, secular, que abriera posibilidades a todas las confesiones, a todas las formas de ejercicio religioso”; “Un Estado voluntariamente laico: eran contrarios a una Iglesia de Estado”; “Laico por amor de la religión”; “El modelo fundamental americano parece digno de observarse también en Europa”.

Consideremos los principales pasajes de sus discursos.

Anticipando la visita, aborda el tema en su Discurso a la señora Mary Ann Glendon, nueva embajadora de Estados Unidos ante la Santa Sede (viernes 29 de febrero de 2008):

“Excelencia:

(…) Desde el alba de la República, como usted ha observado, Estados Unidos ha sido una nación que valora el papel de las creencias religiosas para garantizar un orden democrático vibrante y éticamente sano. El ejemplo de su nación que reúne a personas de buena voluntad independientemente de la raza, la nacionalidad o el credo, en una visión compartida y en una búsqueda disciplinada del bien común, ha estimulado a muchas naciones más jóvenes en sus esfuerzos por crear un orden social armonioso, libre y justo. Esta tarea de conciliar unidad y diversidad, de perfilar un objetivo común y de hacer acopio de la energía moral necesaria para alcanzarlo, se ha convertido hoy en una tarea urgente para toda la familia humana, cada vez más consciente de su interdependencia y de la necesidad de una solidaridad efectiva para hacer frente a los desafíos mundiales y construir un futuro de paz para las futuras generaciones.

(…) No puedo dejar de observar con gratitud la importancia que Estados Unidos ha atribuido al diálogo entre las religiones y las culturas como una fuerza que contribuye de forma eficaz a promover la paz. La Santa Sede está convencida del gran potencial espiritual de ese diálogo, en particular para la promoción de la no violencia y el rechazo de las ideologías que manipulan y desfiguran la religión con miras a objetivos políticos, y justifican la violencia en nombre de Dios.

El aprecio histórico del pueblo estadounidense por el papel de la religión para forjar el debate público y para iluminar la dimensión moral intrínseca en las cuestiones sociales -un papel contestado a veces en nombre de una comprensión limitada de la vida política y del debate público- se refleja en los esfuerzos de muchos de sus compatriotas y líderes gubernamentales para asegurar la protección legal del don divino de la vida desde su concepción hasta su muerte natural y salvaguardar la institución del matrimonio, reconocido como unión estable entre un hombre y una mujer, así como de la familia.”

El martes 15 de abril, durante el vuelo hacia Washington tuvo lugar una Conferencia de Prensa. Una de las preguntas se refirió a la sociedad estadounidense, exactamente al puesto que ocupan los valores religiosos en esa sociedad: Santo Padre, al recibir a la nueva embajadora de Estados Unidos, usted puso de relieve como valor positivo el reconocimiento público de la religión en Estados Unidos. ¿Considera que este es un modelo posible también para la Europa secularizada? ¿No cree que existe también el peligro de que la religión y el nombre de Dios puedan usarse para promover ciertas políticas e incluso la guerra…?

La respuesta dada es la siguiente:

“Desde luego, en Europa no podemos simplemente copiar a Estados Unidos; tenemos nuestra historia. Pero todos debemos aprender unos de otros.

Lo que me encanta de Estados Unidos es que comenzó con un concepto positivo de laicidad, porque este nuevo pueblo estaba compuesto de comunidades y personas que habían huido de las Iglesias de Estado y querían tener un Estado laico, secular, que abriera posibilidades a todas las confesiones, a todas las formas de ejercicio religioso.

Así nació un Estado voluntariamente laico: eran contrarios a una Iglesia de Estado.

Pero el Estado debía ser laico precisamente por amor a la religión en su autenticidad, que sólo se puede vivir libremente.

Así, encontramos este conjunto de un Estado voluntaria y decididamente laico, pero precisamente por una voluntad religiosa, para dar autenticidad a la religión.

Y sabemos que Alexis de Tocqueville, estudiando la situación de Estados Unidos, vio que las instituciones laicas viven con un consenso moral que de hecho existe entre los ciudadanos.

Me parece que este es un modelo fundamental y positivo.

Por otra parte, hay que tener presente que en Europa, mientras tanto, han pasado doscientos años, más de doscientos años, con muchas vicisitudes.

Actualmente, también Estados Unidos sufre el ataque de un nuevo laicismo, totalmente diverso.

Así pues, primero los problemas eran la inmigración, pero la situación se ha complicado y diferenciado a lo largo de la historia.

Sin embargo, me parece que hoy el fundamento, el modelo fundamental, es digno de ser tenido en cuenta también en Europa.”

En la ceremonia de bienvenida, el miércoles de 16 de abril, dirigió la palabra a Bush en estos términos:

“Señor Presidente:

(…) Me siento dichoso de ser huésped de todos los americanos. Vengo como amigo y anunciador del Evangelio, como uno que tiene gran respeto por esta vasta sociedad pluralista. Los católicos americanos han ofrecido y siguen ofreciendo una excelente contribución a la vida de su País. Al comenzar mi visita, confío en que mi presencia pueda ser fuente de renovación y esperanza para la Iglesia en los Estados Unidos y refuerce la voluntad de los católicos de contribuir más responsablemente aún a la vida de la Nación, de la que están orgullosos de ser ciudadanos.

(…) En los próximos días, espero encontrarme no solamente con la comunidad católica de América, sino también con otras comunidades cristianas y representaciones de las numerosas tradiciones religiosas presentes en este País. Históricamente, no sólo los católicos, sino todos los creyentes han encontrado aquí la libertad de adorar a Dios según los dictámenes de su conciencia, siendo aceptados al mismo tiempo como parte de una confederación en la que cada individuo y cada grupo puede hacer oír su propia voz. Ahora que la Nación tiene que afrontar cuestiones políticas y éticas cada vez más complejas, confío que los americanos encuentren en sus creencias religiosas una fuente preciosa de discernimiento y una inspiración para buscar un diálogo razonable, responsable y respetuoso en el esfuerzo de edificar una sociedad más humana y más libre.

(…)Por su parte, la Iglesia desea contribuir a la construcción de un mundo cada vez más digno de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios (cfr. Gn 1, 26-27). Está convencida de que la fe proyecta una luz nueva sobre todas las cosas, y que el Evangelio revela la noble vocación y el destino sublime de todo hombre y mujer (cfr. Gaudium et spes, 10). La fe, además, nos ofrece la fuerza para responder a nuestra alta vocación y la esperanza que nos lleva a trabajar por una sociedad cada vez más justa y fraterna.”

En su discurso a los Obispos de Estados Unidos, durante la celebración de las Vísperas en el Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción de Washington, manifestó:

“(…) América es también una tierra de gran fe. Vuestra gente es bien conocida por el fervor religioso y está orgullosa de pertenecer a una comunidad orante. Tiene confianza en Dios y no duda en introducir en los discursos públicos argumentos morales basados en la fe bíblica. El respeto por la libertad de religión está profundamente arraigado en la conciencia americana, un dato que de hecho ha favorecido que este País atrajera generaciones de inmigrantes a la búsqueda de una casa donde poder dar libremente culto a Dios según las propias convicciones religiosas.”

No podía faltar un encuentro con los representantes de otras religiones. El discurso del jueves 17 de abril es un ejemplo claro de la ideología ratzingeriana:

Queridos amigos:

(…) Este País tiene una larga historia de colaboración entre las diversas religiones en muchos campos de la vida pública (…) Diferentes formas en que los miembros de diversas religiones se encuentran para mejorar la comprensión recíproca y promover el bien común. Aliento a todos los grupos religiosos en América a perseverar en esta colaboración y a enriquecer de este modo la vida pública con los valores espirituales que animan su acción en el mundo.

El lugar en el que estamos ahora reunidos fue fundado precisamente para promover este tipo de colaboración. De hecho, el “Pope John Paul II Cultural Center” desea ofrecer una voz cristiana para “la búsqueda humana del sentido y objeto de la vida” en un mundo de “comunidades religiosas, étnicas y culturales diversas” (Mission Statement). Esta institución nos recuerda la convicción de esta Nación de que todos los hombres deben ser libres para buscar la felicidad de manera adecuada a su naturaleza de criaturas dotadas de razón y de voluntad libre.

Los americanos han apreciado siempre la posibilidad de dar culto libremente y de acuerdo con su conciencia. Alexis de Tocqueville, historiador francés y observador de las realidades americanas, estaba fascinado por este aspecto de la Nación. Subrayó que éste es un País en el que la religión y la libertad están “íntimamente vinculadas” en la contribución a una democracia estable que favorezca las virtudes sociales y la participación en la vida comunitaria de todos sus ciudadanos.

En las áreas urbanas, es normal que las personas procedentes de sustratos culturales y religiosos diversos se impliquen de manera conjunta cada día en entidades comerciales, sociales y educativas. Hoy, jóvenes cristianos, judíos, musulmanes, hindúes, budistas, y niños de todas las religiones se sientan en las aulas de todo el País uno junto a otro, aprendiendo unos de otros. Esta diversidad da lugar a nuevos retos que suscitan una reflexión más profunda sobre los principios fundamentales de una sociedad democrática.

Es de desear que vuestra experiencia anime a otros, siendo conscientes de que una sociedad unida puede proceder de una pluralidad de pueblos –E pluribus unum, de muchos, uno–, a condición de que todos reconozcan la libertad religiosa como un derecho civil fundamental (cf. Dignitatis humanae, 2).

El deber de defender la libertad religiosa nunca termina. Nuevas situaciones y nuevos desafíos invitan a los ciudadanos y a los líderes a reflexionar sobre el modo en que sus decisiones respetan este derecho humano fundamental.

Tutelar la libertad religiosa dentro de la normativa legal no garantiza que los pueblos –en particular las minorías– se vean libres de formas injustas de discriminación y prejuicio. Esto requiere un esfuerzo constante por parte de todos los miembros de la sociedad con el fin de asegurar que a los ciudadanos se les dé la oportunidad de celebrar pacíficamente el culto y transmitir a sus hijos su patrimonio religioso.

La transmisión de las tradiciones religiosas a las generaciones venideras no sólo ayuda a preservar un patrimonio, sino que también sostiene y alimenta en el presente la cultura que las circunda.

Lo mismo vale para el diálogo entre las religiones: tanto los que participan en él como la sociedad salen enriquecidos. En la medida en que crezcamos en la mutua comprensión, vemos que compartimos una estima por los valores éticos, perceptibles por la razón humana, que son reconocidos por todas las personas de buena voluntad.

El mundo pide insistentemente un testimonio común de estos valores. Por consiguiente, invito a todas las personas religiosas a considerar el diálogo no sólo como un medio para reforzar la comprensión recíproca, sino también como un modo para servir a la sociedad de manera más amplia.

Al dar testimonio de las verdades morales que tienen en común con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, los grupos religiosos influyen sobre la cultura en su sentido más amplio e impulsan a quienes nos rodean, a los colegas de trabajo y los conciudadanos, a unirse en el deber de fortalecer los lazos de solidaridad.

Usando las palabras del Presidente Franklin Delano Roosevelt, “nada más grande podría recibir nuestra tierra que un renacimiento del espíritu de fe”.

Un ejemplo concreto de la contribución que las comunidades religiosas pueden ofrecer a la sociedad civil son las escuelas confesionales. Estas instituciones enriquecen a los niños tanto intelectual como espiritualmente. Guiados por sus maestros en el descubrimiento de la dignidad dada por Dios a todo ser humano, los jóvenes aprenden a respetar las creencias y prácticas religiosas de los otros, enalteciendo la vida civil de una nación.

(…) Que los miembros de todas las religiones estén unidos en la defensa y promoción de la vida y la libertad religiosa en todo el mundo. Y que, dedicándonos generosamente a este sagrado deber –a través del diálogo y de tantos pequeños actos de amor, de comprensión y de compasión– seamos instrumentos de paz para toda la familia humana. Paz a todos ustedes.

Por último, el discurso durante el encuentro con los miembros de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el viernes 18 de abril:

“Señor Presidente, Señoras y Señores:

(…) La referencia a la dignidad humana, que es el fundamento y el objetivo de la responsabilidad de proteger, nos lleva al tema sobre el cual hemos sido invitados a centrarnos este año, en el que se cumple el 60° aniversario de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. El documento fue el resultado de una convergencia de tradiciones religiosas y culturales, todas ellas motivadas por el deseo común de poner a la persona humana en el corazón de las instituciones, leyes y actuaciones de la sociedad, y de considerar a la persona humana esencial para el mundo de la cultura, de la religión y de la ciencia.

(…) Pertenece a la naturaleza de las religiones, libremente practicadas, el que puedan entablar autónomamente un diálogo de pensamiento y de vida. Si también a este nivel la esfera religiosa se mantiene separada de la acción política, se producirán grandes beneficios para las personas y las comunidades.

Por otra parte, las Naciones Unidas pueden contar con los resultados del diálogo entre las religiones y beneficiarse de la disponibilidad de los creyentes para poner sus propias experiencias al servicio del bien común. Su cometido es proponer una visión de la fe, no en términos de intolerancia, discriminación y conflicto, sino de total respeto de la verdad, la coexistencia, los derechos y la reconciliación.

Obviamente, los derechos humanos deben incluir el derecho a la libertad religiosa, entendido como expresión de una dimensión que es al mismo tiempo individual y comunitaria, una visión que manifiesta la unidad de la persona, aun distinguiendo claramente entre la dimensión de ciudadano y la de creyente.

La actividad de las Naciones Unidas en los años recientes ha asegurado que el debate público ofrezca espacio a puntos de vista inspirados en una visión religiosa en todas sus dimensiones, incluyendo la de rito, culto, educación, difusión de informaciones, así como la libertad de profesar o elegir una religión.

Es inconcebible, por tanto, que los creyentes tengan que suprimir una parte de sí mismos –su fe– para ser ciudadanos activos. Nunca debería ser necesario renegar de Dios para poder gozar de los propios derechos. Los derechos asociados con la religión necesitan protección sobre todo si se los considera en conflicto con la ideología secular predominante o con posiciones de una mayoría religiosa de naturaleza exclusiva.

No se puede limitar la plena garantía de la libertad religiosa al libre ejercicio del culto, sino que se ha de tener en la debida consideración la dimensión pública de la religión y, por tanto, la posibilidad de que los creyentes contribuyan la construcción del orden social.

(…) El rechazo a reconocer la contribución a la sociedad que está enraizada en la dimensión religiosa y en la búsqueda del Absoluto –expresión por su propia naturaleza de la comunión entre personas– privilegiaría efectivamente un planteamiento individualista y fragmentaría la unidad de la persona.”

Viaje de Benedicto XVI a Francia

Durante la Conferencia de Prensa, en el vuelo hacia Francia, a la pregunta de un periodista: En 1980, Juan Pablo II, durante su primer viaje, preguntó: “Francia, ¿eres fiel a las promesas de tu bautismo?”. Hoy, ¿cuál será su  mensaje  a  los franceses? ¿Piensa que, a causa de la laicidad, Francia está a punto de perder su identidad cristiana?, Benedicto XVI respondió:

“Hoy me parece evidente que la laicidad, de por sí, no está en contradicción con la fe. Diría incluso que es un fruto de la fe, puesto que la fe cristiana, desde sus comienzos, era una religión universal y, por tanto, no identificable con un Estado; es una religión presente en todos los Estados y diferente de cada Estado. Para los cristianos ha sido siempre claro que la religión y la fe no están en la esfera política, sino en otra esfera de la vida humana… La política, el Estado no es una religión, sino una realidad profana con una misión específica. Las dos realidades deben estar abiertas una a la otra. En este sentido, diría que para los franceses, y no solamente para los franceses, para nosotros los cristianos en este mundo secularizado de hoy, es importante vivir con alegría la libertad de nuestra fe, vivir la belleza de la fe y hacer visible en el mundo de hoy que es hermoso conocer a Dios, al Dios con rostro humano en Jesucristo. Así pues, mostrar la posibilidad de ser creyentes hoy y también la necesidad de que en la sociedad de hoy haya hombres que conozcan a Dios y, por tanto, puedan vivir según los valores que él nos ha dado, contribuyendo a la presencia de los valores que son fundamentales para la construcción y para la supervivencia de nuestros Estados y de nuestras sociedades.”

Con ocasión de la visita de Benedicto XVI a Francia, el presidente de la República, Nicolás Sarkozy alabó la “laicidad positiva y abierta”:

Muy Santo Padre,

(…) Para los millones de franceses católicos, su visita es un acontecimiento excepcional. Les obtiene una alegría intensa y suscita grandes esperanzas. Es pues natural que el Presidente de la República, que el Gobierno, el Primer Ministro, que el conjunto de los responsables políticos de nuestro país, se asocien a esta alegría, como se asocian regularmente a las alegrías y a los dolores de todos nuestros compatriotas cualquiera que sean. Quiero, en su presencia, dirigir a los católicos de Francia todos mis deseos para el éxito de su visita.

Deseé que estén presentes en esta sala un determinado número de ellos, conocidos o menos conocidos, pero comprometidos en todos los sectores de la sociedad: movimientos de juventud y educación, sector social y asociativo, salud, empresa, sindicalismo, administración y vida política, periodismo, comunidad científica, mundo del deporte, las artes y el espectáculo, mundo de la literatura y las ideas, y por supuesto instituciones eclesiales. Son la cara de una distinta Iglesia de Francia, moderna, que quiere poner toda su energía al servicio de su fe.

Están también presentes en esta sala, y les agradezco, los representantes de las otras religiones y tradiciones filosóficas, y muchos franceses agnósticos o no creyentes, ellos también comprometidos para el bien común.

En la República laica que es Francia, todos, muy Santo Padre, le acogen con respeto como jefe de una familia espiritual cuya contribución a la historia de Francia, a la historia del mundo, a la civilización, no es ni cuestionable, ni controvertida.

El diálogo entre la fe y la razón ocupó una parte preponderante en su marcha intelectual y teológica. No sólo no dejó de apoyar la compatibilidad entre la fe y la razón, sino que también piensa que la especificidad y la fecundidad del cristianismo no son disociables de su encuentro con los fundamentos del pensamiento griego.

La democracia tampoco no debe cortarse de la razón. No puede limitarse a basarse en la adición aritmética de sufragios, ni sobre los movimientos apasionados de los individuos.

Debe proceder de la argumentación y del razonamiento, también buscar honradamente lo que es bueno y necesario, respetar principios esenciales reconocidos por el entendimiento común.

¿Cómo por otra parte la democracia podría privarse de las luces de la razón sin rechazarse ella misma, ella que es hija de la razón y de las Luces? Está allí una exigencia diaria para el Gobierno de las cosas públicas y para el debate político.

Por eso es legítimo para la democracia y respetuoso de la laicidad el dialogar con las religiones. Las religiones, y, en particular, la religión cristiana con la cual compartimos una larga historia, son patrimonios, patrimonios vivos de reflexión y pensamiento, no solamente sobre Dios, sino también sobre el hombre, sobre la sociedad, e incluso sobre esta preocupación hoy central que es la naturaleza y la defensa del medio ambiente. Sería una locura privarnos, simplemente una falta contra la cultura y contra el pensamiento.

Esta es la razón por la que apelo a una laicidad positiva, una laicidad que respeta, una laicidad que reúne, una laicidad que dialoga, y no hay una laicidad que excluye o que denuncia.

(…)

La laicidad positiva, la laicidad abierta, es una invitación al diálogo, una invitación a la tolerancia, una invitación al respeto. Dios sabe que nuestras sociedades necesitan diálogo, respeto, tolerancia, calma.

Usted da una oportunidad, un respiro, una dimensión suplementaria al debate público. Este debate es un reto: hace treinta años aún, ninguno de nuestros antecesores habría podido imaginar, ni siquiera sospechar, las cuestiones a las cuales hoy nos encontramos enfrentados. Crea que, para un responsable político, es una pesada responsabilidad de despejar estos nuevos campos del conocimiento, de la democracia y del debate.

(…)

En la India, cristianos, musulmanes e hindúes deben renunciar a toda forma de violencia y confiarse en las virtudes del diálogo. En Asia, la libertad de practicar su religión, cualquiera que sea, debe respetarse. A menudo he tenido la ocasión de hablar de las raíces cristianas de Francia. Eso no nos impide hacerlo todo para que nuestros compatriotas musulmanes puedan vivir su religión a igualdad con todos los otros. Esta diversidad que consideramos como una riqueza, queremos que los otros países en el mundo la respeten. Muy Santo Padre, eso se llama la reciprocidad.

Francia es múltiple. Quiero como prueba que Francia acogió con mucho interés al Dalai Lama. Jefe espiritual del budismo tibetano, el Dalai Lama transmite enseñanzas a las cuales nuestra sociedad está muy atenta. Merece ser respetado, merece ser escuchado, merece que se dialogue con él.

He aquí la práctica de la laicidad positiva: la búsqueda de sentido, el respeto de las creencias. No ponemos a nadie por encima de otro, pero asumimos nuestras raíces cristianas.

Trabajamos por la paz. No queremos una reanudación de guerras de religión. Esta es la razón por la que, tras su entrevista con el rey de Arabia Saudita, que hizo historia, que marcó, yo viajé a Riad para insistir sobre lo que acerca a las religiones más bien que sobre lo que las divide.

El diálogo con y entre las religiones es lo que está en juego principalmente en el siglo naciente. Los responsables políticos no pueden desinteresarse. Pero no pueden contribuir sin respetar las religiones. Ya que no hay diálogo sin confianza, y no hay confianza sin respeto.

Sí, respeto las religiones, todas las religiones. Conozco los errores que ellas cometieron en el pasado, los integrismos y los fanatismos que las amenazan, pero sé el papel que desempeñaron en la edificación de la humanidad. Reconocerlo no disminuye de ningún modo los méritos de las otras corrientes de pensamiento.

Sé la importancia de las religiones para responder a la necesidad de esperanza de los hombres y no desprecio esta necesidad. La búsqueda de espiritualidad no es un peligro para la democracia, no es un peligro para la laicidad.

Por todas estas razones, Santísimo Padre, sea bienvenido en Francia.”

Sabemos perfectamente qué hubiesen respondido a Nicolás Sarkozy Gregorio XVI, Pío IX, León XIII, San Pío X, Pío XI o Pío XII…

No nos sorprende demasiado la respuesta de Benedicto XVI…, los papas conciliares nos tienen acostumbrados, y estamos curados de espanto…

En respuesta al pregón sarkozyniano sobre la neo-masónica laicidad positiva, él declaró:

“Señor Presidente,

Señoras y Señores, queridos amigos

(…) Numerosas personas, también aquí en Francia, se han detenido para reflexionar acerca de las relaciones de la Iglesia con el Estado. Ciertamente, en torno a las relaciones entre campo político y campo religioso, Cristo ya ofreció el criterio para encontrar una justa solución a este problema al responder a una pregunta que le hicieron afirmando: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mc 12,17).

La Iglesia en Francia goza actualmente de un régimen de libertad. La desconfianza del pasado se ha transformado paulatinamente en un diálogo sereno y positivo, que se consolida cada vez más. Un instrumento nuevo de diálogo existe desde el 2002 y tengo gran confianza en su trabajo porque la buena voluntad es recíproca.

Sabemos que quedan todavía pendientes ciertos temas de diálogo que hará falta afrontar y afinar poco a poco con determinación y paciencia.

Por otra parte, Usted, Señor Presidente, utilizó la bella expresión “laicidad positiva” para designar esta comprensión más abierta.

En este momento histórico en el que las culturas se entrecruzan cada vez más entre ellas, estoy profundamente convencido de que una nueva reflexión sobre el significado auténtico y sobre la importancia de la laicidad es cada vez más necesaria.

En efecto, es fundamental, por una parte, insistir en la distinción entre el ámbito político y el religioso para tutelar tanto la libertad religiosa de los ciudadanos, como la responsabilidad del Estado hacia ellos y, por otra parte, adquirir una más clara conciencia de las funciones insustituibles de la religión para la formación de las conciencias y de la contribución que puede aportar, junto a otras instancias, para la creación de un consenso ético de fondo en la sociedad.

(…) El ejercicio de la Presidencia de la Unión Europea es la ocasión para vuestro país de dar testimonio del compromiso de Francia, de acuerdo a su noble tradición, con los derechos humanos y su promoción para el bien de la persona y la sociedad. Cuando el europeo llegue a experimentar personalmente que los derechos inalienables del ser humano, desde su concepción hasta su muerte natural, así como los concernientes a su educación libre, su vida familiar, su trabajo, sin olvidar naturalmente sus derechos religiosos, cuando este europeo, por tanto, entienda que estos derechos, que constituyen una unidad indisociable, están siendo promovidos y respetados, entonces comprenderá plenamente la grandeza de la construcción de la Unión y llegará a ser su artífice activo.

(…) Señor Presidente, queridos amigos, deseo una vez más manifestar mi agradecimiento por este encuentro. Cuenten con mi plegaria ferviente por su hermosa Nación, para que Dios le conceda paz y prosperidad, libertad y unidad, igualdad y fraternidad.

Encomiendo estos deseos a la intercesión maternal de la Virgen María, patrona principal de Francia. ¡Que Dios bendiga a Francia y a todos los franceses!”

En su discurso a los obispos franceses, el domingo 14 de septiembre, Benedicto XVI se refirió el tema de las relaciones entre la Iglesia y el Estado:

“En el Elíseo, mencioné el otro día la originalidad de la situación francesa, que la Santa Sede desea respetar. En efecto, estoy convencido de que las Naciones nunca deben aceptar que desaparezcan lo que forma su identidad propia.

En una familia, sus miembros, aun teniendo el mismo padre y la misma madre, no son sujetos indiferenciados, sino personas con su propia individualidad. Esto vale también para los Países, que han de estar atentos a salvaguardar y desarrollar su propia cultura, sin dejarse absorber nunca por otras o ahogarse en una insulsa uniformidad.

(…) En esta perspectiva, resaltar las raíces cristianas de Francia permitirá a cada uno de los habitantes de este País comprender mejor de dónde viene y adónde va.

Por tanto, en el marco institucional vigente y con el máximo respeto por las leyes en vigor, habrá que encontrar una nueva manera de interpretar y vivir en lo cotidiano los valores fundamentales sobre los que se ha edificado la identidad de la Nación.

Vuestro Presidente ha hecho alusión a esta posibilidad. Los presupuestos sociopolíticos de la antigua desconfianza o incluso de hostilidad se desvanecen paulatinamente.

La Iglesia no reivindica el puesto del Estado. No quiere sustituirle. La Iglesia es una sociedad basada en convicciones, que se sabe responsable de todos y no puede limitarse a sí misma. Habla con libertad y dialoga con la misma libertad con el deseo de alcanzar la libertad común.

Gracias a una sana colaboración entre la comunidad política y la Iglesia, realizada con la conciencia y el respeto de la independencia y de la autonomía de cada una en su propio campo, se lleva a cabo un servicio al ser humano con miras a su pleno desarrollo personal y social.

Diversos puntos, primicias de otros que podrán añadirse según sea necesario, han sido ya examinados y resueltos en el ámbito de la “Comisión de Diálogo entre la Iglesia y el Estado”. De ésta forma parte naturalmente, en virtud de la misión que le es propia y en nombre de la Santa Sede, el Nuncio Apostólico, que está llamado a seguir activamente la vida de la Iglesia y su situación en la sociedad.”

Como podemos comprobar, no se trata de palabras ocasionales, dichas como de paso; estamos frente a un pensamiento consolidado, con bases firmes y al servicio del Nuevo Orden Mundial Masónico…


[1] Laico: palabra proveniente del griego (laos ‘pueblo’, laikos) significa que pertenece al pueblo en general y no a un grupo en particular. En la Edad Media, laikos se utilizó por oposición al clero, que era un grupo particular, o sea, tenía el sentido de “que no pertenece al clero”, “que no es eclesiástico”.

En el español de hoy conserva estos sentidos, pero se aplica también a la entidad que es “independiente de cualquier organización o confesión religiosa”, como en “Estado laico” o en “enseñanza laica”.

Laicismo: se define como “doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa”.

La palabra “Laicidad”, usada a veces por la prensa, debería ser reemplazada por laicismo.

Laïcité : caractère de neutralité religieuse d’un établissement d’instruction ou d’assistance, d’une loi, d’une institution. (carácter de neutralidad religiosa de un establecimiento de instrucción o de asistencia, de una ley, de una institución)

Laicizar: hacer laico o independiente de toda influencia religiosa.

Laicización: acción y efecto de laicizar.

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Continuará

Elecciones presidenciales en Chile: trampas políticas y eclesiásticas

Elecciones presidenciales en Chile: trampas políticas y eclesiásticas

Editorial: El Cruzado

Hace unos días, el candidato presidencial Sebastián Piñera (candidato de derecha, supuestamente) lanzó un documento llamado “Acuerdo de Vida en Común” (AVC). En él, se promueve regular las uniones de hecho, situación anómala que tiende a ser un sustituto – fraudulento, por cierto – de la familia cristiana instituida por Dios y cuyo ejemplo más alto es, sin duda, la Sagrada Familia de Nuestro Señor.

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Sebastián Piñera, candidato presidencial de derecha

En ese documento, se insta a legislar en varias materias las uniones entre personas de distinto o igual sexo. Al legislarse sobre las herencias y otros asuntos, para ese tipo de uniones ilegítimas, se les reconoce una cierta “institucionalidad”. Para ilustrar la gravedad de este asunto: imagine el efecto que tendría, por ejemplo, reconocer la legalidad del “sindicato de narcotraficantes”. Si bien la sindicalización o los gremios por sí mismos, en nada dañan el orden social ni se riñen con el orden jurídico, evidentemente, un reconocimiento a ese gremio perverso, sería, para ellos, un enorme avance estratégico en pos de sus planes más ambiciosos.
En otras palabras: pretender que los asuntos prácticos (como legislar la materia) en nada favorecen la posición de un determinado grupo, es un sofisma que abre camino al total reconocimiento de esos grupos de lobby homosexual. Les allana el camino para ser reconocidos como “matrimonio” y por ende, a adoptar hijos.

La trampa de una derecha “progresista”

El llamado “progresismo” en la esfera política actual, no ha sido definido y ha pasado a ser un privilegio o una cualidad que denota, en quien lo luce con orgullo, estatura de “estadista”. “Progresista” parece ser una palabra-talismán capaz de conquistar un espacio ganado como legítimo en el confuso panorama ideológico de hoy. Al no definirse claramente, el término “progresista”, no ha sido desenmascarado. Tanto derechistas (seudo-derechistas a decir verdad) como izquierdistas se hacen llamar “progresistas”. A final de cuentas, sea el enredo que sea, aquella palabra viscosa, tiene la virulenta capacidad de hipnotizar a los derechistas más laicos y a los conservadores más incautos para que sea aceptada como legítima, una posición de “derecha-socialdemócrata”. Y la campaña de Sebastián Piñera parece ser la plataforma para lanzar una nueva derecha: la derecha “social-demócrata”, es decir, izquierda socialista y atea.

Las consecuencias de la nueva derecha

Una vez cautivados los incautos y adormecidos los reaccionarios de la derecha chilena, éstos optan por apoyar somnolientos a lo que algunos entienden como “el mal menor”; mal que mal, la nueva derecha, que disfruta de una alta probabilidad de triunfo en las próximas elecciones, es “lo que hay”: la única alternativa viable. En medio de la apatía generalizada de los católicos, una nueva derecha avanza para imponerse como la única opción válida para oponerse a los corruptos gobiernos de la izquierda chilena que llevan casi dos décadas. Se quiere presentar al votante de derecha una punta de diamante: o se vota por una derecha que no es tal, y que promueve la unión legal entre homosexuales y la píldora abortiva, o se ganará una serie de nuevos gobiernos de la “Concertación”: la coalición de izquierda que más ha degradado moralmente a la sociedad chilena, la cual tuvo desde sus inicios, rasgos y convicciones  profundamente cristianas. Y he ahí el peligro: aceptar el sofisma de que el “mal menor” debe ser aceptado sin condiciones. Los católicos, por el contrario, deben condicionar el voto para el candidato de “derecha” a un compromiso formal con los preceptos del orden natural y cristiano: oponerse vigorosamente a la equiparación – por indirecta que sea – entre la familia y las uniones de hecho, interrumpir la difusión de la píldora abortiva en los consultorios públicos, etc. Si los católicos no actúan de esta manera- cada uno en su ámbito y de acuerdo a sus posibilidades- pasarán a la historia como aquellos que favorecieron el lanzamiento de la nueva derecha: una derecha más letal y más corrupta que el socialismo de siempre, su compañero de ruta.

La voz del clero a favor de las nuevas familias: las “seudo-familias” homosexuales

Frente a la resistencia de los sectores más conservadores de la derecha, quienes visualizan, en esta propuesta de legislar, el enorme triunfo estratégico para el lobby homosexual, el rol de los pastores ha sido, una vez más, el de acompañar el ataque del lobo contra el rebaño que Cristo les encomendó.  En efecto, hace un par de días, publicamos en El Cruzado.org las declaraciones del P. Felipe Berríos SJ quien ya había mostrado una extraña afinidad con los grupos de presión “pro homosexual” a través de medios de prensa. En ese artículo, mostrábamos cómo el sacerdote, haciendo las veces de un ministro del enemigo de Dios, promovía la legislación de las parejas homosexuales porque, de lo contrario, se “produce algo injusto” (1).

Escandalizados, los católicos más informados, esperábamos la sanción o el llamado a retractarse por parte de los Obispos de Chile. ¿Qué ocurrió entonces?

Monseñor Goic, Presidente de la Conferencia Episcopal, salió en defensa de la legislación de la unión homosexual -que él llama, “de connotación sexual diferente”– en una entrevista a radio Agricultura (2). Con ello, Monseñor Goic se ganó los aplausos del Movimiento de Liberación Homosexual que declaró: “(…) valoramos profundamente que dicha institución [la Iglesia] reconozca la existencia de parejas homosexuales o heterosexuales que conviven y señale la importancia de regular su régimen patrimonial”.

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Mons. Goic en uno de los cordiales encuentros con el presidente del movimiento de integración y liberación  homosexual (Movilh), Rolando Jiménez.

Desconcertados nuevamente, los católicos con quienes comentamos esta noticia, esperábamos la opinión del Arzobispo de Santiago, el Cardenal Errázuriz. Para sorpresa de muchos e indignación de otros, el Cardenal elogió la medida (¡!). Como señala El Mercurio del día domingo 18 de octubre, “El religioso le dio un mérito a la propuesta, al decir en Canal 13 que ‘hay realidades que hay que abordar. La cantidad de parejas que viven sin contraer matrimonio son una realidad’”(3). Sin embargo, aseveró que el documento “todavía es muy rudimentario”. Dicho de otra manera: el documento político que más ha favorecido al lobby que ejercen las ONGs pro-homosexuales en los últimos años, al determinar los primeros pasos al reconocimiento del seudo “matrimonio homosexual”, sería, para la principal autoridad de la Iglesia chilena: rudimentario. Más confusión precisamente en el momento en que la claridad de la doctrina católica es necesaria para guiar a los fieles y al mundo político en la recta senda que preserve a la familia cristiana.

Es triste decirlo, pero la realidad de los hechos demuestra que son los propios pastores “demoledores” los encargados de adormecer las conciencias y desincentivar la resistencia de los católicos que pueden actuar desde la esfera política y en el ámbito particular individual para que en Chile no tengamos nunca un matrimonio homosexual. Aquellos llamados por Nuestro Señor para guiar el rebaño se coluden con el lobo que amenaza los restos que quedan del orden cristiano.

Ayer fue el incondicional apoyo del clero chileno al comunismo. Hoy, los hechos demuestran que los obispos chilenos dan su incondicional apoyo al lobby homosexual y, esta vez, no es por grave omisión: es un apoyo declarado justo antes de las elecciones presidenciales, momento en que la voz de los Obispos se esperaba con ansias.

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Notas:
(1): El Mercurio, 17 de Octubre del 2009.
(2): Blog El Mercurio, Jueves 15 de octubre del 2009. http://blogs.elmercurio.com/cronica/2009/10/15/gays-valoran-que-la-iglesia-ap.asp “Gays valoran que la Iglesia apoye regulación a uniones de hecho”
(3): http://www.emol.com/noticias/nacional/detalle/detallenoticias.asp?idnoticia=380740

P. Basilio Méramo: La Gran Tragedia Desapercibida

LA GRAN TRAGEDIA DESAPERCIBIDA

4 Obispos

Muy pocos se dan cuenta de la nueva maniobra de disolución y reabsorción de la Tradición por el modernismo apóstata de la Nueva Iglesia postconciliar.

La gran tragedia que pasa prácticamente desapercibida, es la caída de la Fraternidad Sacerdotal San Pio X, cual último baluarte organizado de envergadura mundial, en manos de la Roma apóstata que lleva a la desactivación del combate y de la resistencia, contra el modernismo imperante, desarticulando la Tradición.

Después del Motu proprio y el levantamiento del decreto de las excomuniones, como pre requisitos  para entrar en diálogo con los modernistas que ocupan Roma, principales responsables de la crisis de la Fe y los peores enemigos de la Tradición Católica, llegan al sofisma de los diálogos doctrinales (lentos y por etapas) con que se enmascara la claudicación.

Además, ¿de cuál diálogo se trata? Si el mismo Mons. Fellay declaró hace ya 8 años que aceptaba el 95 % del Concilio Vaticano II, concilio atípico e irregular que se declara ecuménico y no infalible, lo cual es una contradicción esencial y conceptual, como un círculo cuadrado o  un triángulo bilátero.

Todo concilio ecuménico verdadero y legítimo, es por definición (y no por voluntad del Sumo Pontífice, ni de los obispos) infalible, pues la Iglesia por divina institución no puede permitirse el lujo de errar en materia de Fe, en su función magisterial extraordinaria y solemne cual es la de todo verdadero, auténtico y legítimo Concilio Ecuménico de la Iglesia divina, incapaz de errar por ser divina.

La Iglesia Católica es infalible por ser divina, si yerra en materia de fe no sería divina, sino puramente humana y esto es contrario a la Fe, al dogma de Fe que dice y proclama que la Iglesia Católica es infalible por ser divina.

Todo el esfuerzo del combate de la Tradición Católica ante el Modernismo innovador en flagrante ruptura con la Iglesia Católica, que es por definición Tradición divina, ha sido desvitalizado por la hábil maniobra de pseudo restauración conservadora de Benedicto XVI, característica de un pseudo profeta , pues en nombre de Dios contradice a Dios, en nombre de Cristo destruye a Cristo (disuelve o diluye a Cristo), en nombre de la Iglesia fomenta la contra Iglesia aggiornada (puesta al día) es decir, en connivencia con el Mundo y la Revolución Anticristiana; la inversión dialéctica es total, la religión está invertida,  no religa al hombre con Dios sino con el mundo.

Todo el esfuerzo del combate y de la resistencia heroica está siendo abandonado, adulterado con la parsimonia y la nueva  orientación de Mons. Fellay que dialoga con Roma modernista, buscando un rincón en el Panteón de las falsas religiones, donde cohabitan en pacifica armonía todas la creencias sin dogmas que dividan, en el más puro y acabado sincretismo ecumenista.

Cómo conciliar sin claudicar, sin traicionar lo que ya señalo Monseñor  Lefebvre, con lo que hoy hace y dice Monseñor  Fellay.

lefebvre

Mons. Lefebvre dijo:

«Lo que les interesa a todos ustedes es conocer mis impresiones después de la entrevista con el Cardenal Ratzinger el 14 de Julio último. Lamentablemente debo decir que ROMA HA PERDIDO LA FE, ROMA ESTA EN LA APOSTASIA. Estas no son palabras en el aire, es la verdad: ROMA ESTA EN LA APOSTASIA.

Uno no puede tener más confianza en esa gente, ya que ellos abandonan la Iglesia. Esto es seguro.

No es fácil trazar rápidamente el cuadro de toda la situación. Así se lo he dicho en pocas palabras al Cardenal: Vea Eminencia, aun si usted nos acuerda un obispo, aun si usted nos consiente una cierta autonomía en relación a los obispos, aun si usted nos acuerda el uso de la liturgia de 1962 y el continuar con nuestros seminarios y la Fraternidad como lo estamos haciendo ahora, nosotros no podremos colaborar. Es imposible.

Para nosotros, Nuestro Señor Jesucristo es toda nuestra vida. La iglesia es Nuestro Señor Jesucristo, es su esposa mística. El sacerdote es otro Cristo y su Misa es el sacrificio y el triunfo de Jesucristo por la Cruz.

En Ecône y en nuestros otros seminarios aprendemos a amar a Cristo, a tender todos nuestros esfuerzos hacia el reino de Nuestro Señor Jesucristo. El objetivo de nuestro apostolado es el reino de Nuestro Señor. Esto es lo que nosotros somos.

Ustedes hacen lo contrario. Usted acaba de decirme que la sociedad no debe ni puede ser cristiana, que esta contra su naturaleza. Usted ha querido demostrarme que Nuestro Señor no debe ni puede reinar en las sociedades. Ha querido probarme que la conciencia humana es libre en relación a Nuestro Señor Jesucristo. Hay que dejar en libertad a los hombres y, según su expresión, un espacio social autónomo. Esto es la descristianización. Nosotros no podemos comprendernos. No estamos con la descristianización. Es todo. Nosotros no podemos, entonces, entendernos. Esto es, en resumen, lo que le dije al Cardenal y nos vemos obligados a constatar que nosotros no podemos seguirlos.

Porque esto es la apostasía. Ellos no creen más en la Divinidad  de Nuestro Señor Jesucristo, Quien debe reinar. ¿Por qué? Porque nuestra concepción del Reino de Nuestro Señor Jesucristo va contra la libertad religiosa y contra el ecumenismo.

La libertad religiosa y el ecumenismo se tocan, al punto que uno puede decir que es la misma cosa.

(…) Pienso que podemos hablar de descristianización y que estas personas que ocupan Roma hoy son anticristos. No he dicho ante Cristos, he dicho anticristos, como lo describe San Juan en su primera carta: “Ya el Anticristo hace estragos en nuestro tiempo”. El Anticristo, los anticristos; ellos lo son, es absolutamente cierto.

Entonces, ante esta situación tal como nosotros la conocemos, no debemos preocuparnos por sus reacciones. Ellos están necesariamente contra nosotros. Le dije al Cardenal Ratzinger: Nosotros estamos en todo por Cristo y ellos están contra Cristo. ¿Cómo quiere que podamos entendernos? Ellos nos condenan porque nosotros no queremos seguirlos.

Luego, podemos resumir así la situación: “Si usted hace Obispos, será excomulgado”.

Sí, seré excomulgado. ¿Excomulgado por quién y por qué? Excomulgado por aquellos que son anticristos, que no tienen más el espíritu católico. Y nosotros somos condenados ¿por qué?, porque queremos permanecer católicos. Esa es la verdadera razón por la cual somos perseguidos; y es porque queremos permanecer católicos, porque queremos guardar la Misa católica y el Sacerdocio católico. Es a causa de esto que somos perseguidos».

Si esto dijo Mons. Lefebvre en 1987, durante el retiro sacerdotal en Ecône el 14 de septiembre, cómo conciliarlo sin claudicar, sin traicionar, con lo que dice y hace hoy Mons. Fellay, para quien Benedicto XVI es un conservador favorable a la Tradición; casi un “tradicionalista” bien dispuesto, en quien tiene gran confianza y esperanzas. Es inconcebible, más aún cuando el mismo Benedicto XVI reafirma y reconfirma su pertinacia en el error y la herejía del Concilio Vaticano II como algo irreversible. Evidentemente, estamos siendo traicionados todos los fieles de la Tradición, aunque los efectos no se manifiesten inmediatamente; de aquí la necesidad de prolongar el tiempo, con los diálogos, cuyo paso termina por ablandar y aflojar toda posible reacción.-

Padre Basilio Méramo

28 de octubre de 2009

LA DOCTRINA DE LAS RELACIONES ENTRE LA IGLESIA Y EL ESTADO FRENTE AL LAICISMO (3 de 5)

Primera Parte aquí

Segunda Parte aquí

Por el P. Juan Carlos Ceriani

D: El Laicismo y su Condenación

Lo esencial de la Realeza de Jesucristo es convertir las almas y unirlas a su Salvador; pero la extensión de esta Realeza consiste en construir una civilización con un determinado espíritu y una determinada forma.

Los hombres no son ángeles y las estructuras de la ciudad pueden contribuir ampliamente a su pérdida o a su salvación; de aquí la necesaria extensión del Reino de Jesucristo a los valores de la civilización, pero es por derivación y subordinación.

Pero esta derivación no es artificial, ella pertenece a la naturaleza de la cosas. Porque Él es Rey interior, Rey en lo secreto de las almas, Rey de conversión, Jesucristo debe ser Rey en el orden doméstico, profesional, político y económico.

La historia política, por lo demás, prueba que la Santa Iglesia no puede evitar de engendrar y preservar un tipo de civilización: la Civilización Cristiana.

La Iglesia tiende a prolongarse en Cristiandad en la medida misma en que sus miembros se comprometen en la sociedad civil y ejercen en ella un oficio y asumen una responsabilidad.

Esta unión de la Iglesia y del Estado no es más que el corolario del dogma de los Derechos Sociales de Nuestro Señor Jesucristo. Debemos recordar un pasaje de la Encíclica Quas primas:

“Respecto a la universalidad del imperio de Cristo no hay razones para hacer ninguna diferencia entre los individuos, las familias y los Estados, ya que los hombres no están menos sometidos la autoridad de Cristo en su vida colectiva que en su vida privada.”

Las autoridades temporales tienen el deber de dar a Dios lo que es de Dios. Tal es la enseñanza de los Padres de la Iglesia, de Santo Tomás y de los Papas. La apostasía general de las naciones nos hace a veces olvidar esta doctrina católica, con todo lo que encierra de valor permanente e inmutable. Después de la Revolución de 1789, cuando los poderes temporales dejaron de ejercer su función, los Papas debieron tratar detenida y explícitamente este punto.

De este modo, pues, el laicismo designa la separación (y no solamente la distinción) de lo civil y de lo religioso, la separación de los poderes político y administrativo del Estado, del poder religioso.

León XIII pone de manifiesto en la encíclica Immortale Dei que el nuevo derecho, el derecho de los principios liberales, conduce al indiferentismo del Estado con relación a la religión y a eliminar la religión católica de la sociedad.

Dicho de otro modo, el objetivo de los impíos liberales no es otra cosa que la eliminación de la Iglesia, por medio de la destrucción de los Estados católicos que sostienen a la Iglesia.

Estos Estados eran la defensa de la fe. Era necesario pues derribarlos.

Y una vez destruidas estas defensas de la Iglesia, una vez suprimidas las instituciones políticas que eran su protección y la expresión de su influencia bienhechora, la propia Iglesia sería paralizada, y con ella la familia cristiana, la escuela cristiana, el espíritu cristiano, hasta el mismo nombre cristiano.

Este plan satánico, tramado por las sectas masónicas, llega hoy a sus últimas consecuencias.

La separación de la Iglesia y el Estado, el laicismo, fue condenado por varias encíclicas y documentos romanos, entre los cuales Mirari Vos, Quanta Cura, Syllabus, Vehementer, Gravissimo Officio Munere, Iamdudum y Quas Primas.

Encíclica Mirari Vos

Mirari Vos es una encíclica escrita por Gregorio XVI el 15 de agosto de 1832 con el objetivo de condenar el liberalismo y el indiferentismo religioso. Condena severamente la libertad de prensa, la libertad de consciencia y la separación de la Iglesia del Estado.

16 “Las mayores desgracias vendrían sobre la religión y sobre las naciones, si se cumplieran los deseos de quienes pretenden la separación de la Iglesia y el Estado, y que se rompiera la concordia entre el sacerdocio y el poder civil. Consta, en efecto, que los partidarios de una libertad desenfrenada se estremecen ante la concordia, que fue siempre tan favorable y tan saludable así para la religión como para los pueblos”.

Encíclica Quanta Cura

Quanta Cura es una encíclica del Papa Pío IX, escrita para condenar los principales errores político-religiosos del siglo IX. Publicada el 8 de diciembre de 1864, fue acompañada del Syllabus.

El Soberano Pontífice critica principalmente el naturalismo aplicado a la sociedad civil. , Retomando los términos de Mirari Vos, denuncia la libertad de consciencia, el laicismo y el anticlericalismo

3-6 “Sabéis muy bien, Venerables Hermanos, que en nuestro tiempo hay no pocos que, aplicando a la sociedad civil el impío y absurdo principio llamado del naturalismo, se atreven a enseñar “que la perfección de los gobiernos y el progreso civil exigen imperiosamente que la sociedad humana se constituya y se gobierne sin preocuparse para nada de la religión, como si esta no existiera, o, por lo menos, sin hacer distinción alguna entre la verdadera religión y las falsas”.

Y, contra la doctrina de la Sagrada Escritura, de la Iglesia y de los Santos Padres, no dudan en afirmar que “la mejor forma de gobierno es aquella en la que no se reconozca al poder civil la obligación de castigar, mediante determinadas penas, a los violadores de la religión católica, sino en cuanto la paz pública lo exija”.

Y con esta idea de la gobernación social, absolutamente falsa, no dudan en consagrar aquella opinión errónea, en extremo perniciosa a la Iglesia católica y a la salud de las almas, llamada por Gregorio XVI locura, esto es, que “la libertad de conciencias y de cultos es un derecho propio de cada hombre, que todo Estado bien constituido debe proclamar y garantizar como ley fundamental, y que los ciudadanos tienen derecho a la plena libertad de manifestar sus ideas con la máxima publicidad ya de palabra, ya por escrito, ya en otro modo cualquiera, sin que autoridad civil ni eclesiástica alguna puedan reprimirla en ninguna forma”.

Al sostener afirmación tan temeraria no piensan ni consideran que con ello predican la libertad de perdición, y que, si se da plena libertad para la disputa de los hombres, nunca faltará quien se atreva a resistir a la Verdad, confiado en la locuacidad de la sabiduría humana pero Nuestro Señor Jesucristo mismo enseña cómo la fe y la prudencia cristiana han de evitar esta vanidad tan dañosa.

Y como, cuando en la sociedad civil es desterrada la religión y aún repudiada la doctrina y autoridad de la misma revelación, también se oscurece y aun se pierde la verdadera idea de la justicia y del derecho, en cuyo lugar triunfan la fuerza y la violencia, claramente se ve por qué ciertos hombres, despreciando en absoluto y dejando a un lado los principios más firmes de la sana razón, se atreven a proclamar que “la voluntad del pueblo manifestada por la llamada opinión pública o de otro modo, constituye una suprema ley, libre de todo derecho divino o humano; y que en el orden político los hechos consumados, por lo mismo que son consumados, tienen ya valor de derecho”.

Pero ¿quién no ve y no siente claramente que una sociedad, sustraída a las leyes de la religión y de la verdadera justicia, no puede tener otro ideal que acumular riquezas, ni seguir más ley, en todos sus actos, que un insaciable deseo de satisfacer la indómita concupiscencia del espíritu sirviendo tan solo a sus propios placeres e intereses?

Apoyándose en el funestísimo error del comunismo y socialismo, aseguran que “la sociedad doméstica debe toda su razón de ser sólo al derecho civil y que, por lo tanto, sólo de la ley civil se derivan y dependen todos los derechos de los padres sobre los hijos y, sobre todo, del derecho de la instrucción y de la educación”.

Con esas máximas tan impías como sus tentativas, no intentan esos hombres tan falaces sino sustraer, por completo, a la saludable doctrina e influencia de la Iglesia la instrucción y educación de la juventud, para así inficionar y depravar míseramente las tiernas e inconstantes almas de los jóvenes con los errores más perniciosos y con toda clase de vicios.

Otros, en cambio, renovando los errores, tantas veces condenados, de los protestantes, se atreven a decir, con desvergüenza suma, que la suprema autoridad de la Iglesia y de esta Apostólica Sede, que le otorgó Nuestro Señor Jesucristo, depende en absoluto de la autoridad civil; niegan a la misma Sede Apostólica y a la Iglesia todos los derechos que tienen en las cosas que se refieren al orden exterior.

Ni se avergüenzan al afirmar que “las leyes de la Iglesia no obligan en conciencia, si no se promulgan por la autoridad civil; que los documentos y los decretos Romanos Pontífices, aun los tocantes de la Iglesia, necesitan de la sanción y aprobación o por lo menos del asentimiento del poder civil; que las Constituciones apostólicas  por los que se condenan las sociedades clandestinas o aquellas en las que se exige el juramento de mantener el secreto, y en las cuales se excomulgan sus adeptos y fautores no tienen fuerza alguna en aquellos países donde viven toleradas por la autoridad civil; que la excomunión lanzada por el Concilio de Trento y por los Romanos Pontífices contra los invasores y usurpadores de los derechos y bienes de la Iglesia, se apoya en una confusión del orden espiritual con el civil y político, y que no tiene otra finalidad que promover intereses mundanos; que la Iglesia nada debe mandar que obligue a las conciencias de los fieles en orden al uso de las cosas temporales; que la Iglesia no tiene derecho a castigar con penas temporales a los que violan sus leyes; que es conforme a la Sagrada Teología y a los principios del Derecho público que la propiedad de los bienes poseídos por las Iglesias, Ordenes religiosas y otros lugares piadosos, ha de atribuirse y vindicarse para la autoridad civil”.

No se avergüenzan de confesar abierta y públicamente el herético principio, del que nacen tan perversos errores y opiniones, esto es, “que la potestad de la Iglesia no es por derecho divino distinta e independientemente del poder civil, y que tal distinción e independencia no se pueden guardar sin que sean invadidos y usurpados por la Iglesia los derechos esenciales del poder civil”.

Ni podemos pasar en silencio la audacia de quienes, no pudiendo tolerar los principios de la sana doctrina, pretenden “que a las sentencias y decretos de la Sede Apostólica, que tienen por objeto el bien general de la Iglesia, y sus derechos y su disciplina, mientras no toquen a los dogmas de la fe y de las costumbres, se les puede negar asentimiento y obediencia, sin pecado y sin ningún quebranto de la profesión de católico”.

Esta pretensión es tan contraria al dogma católico de la plena potestad divinamente dada por el mismo Cristo Nuestro Señor al Romano Pontífice para apacentar, regir y gobernar la Iglesia, que no hay quien no lo vea y entienda clara y abiertamente.”

El Syllabus

En 1864, Pío IX enumera en el Syllabus “cuarenta errores de nuestro tiempo”. Fue publicado junto con la encíclica Quanta cura el 8 de diciembre de 1864, y enviado por el cardinal Antonelli, Secretario de Estado, a los Obispos del mundo entero.

La encíclica denuncia más precisamente el naturalismo político; el Syllabus sobrepasa ampliamente este tema: se trata de una lista de errores tan diversos como el panteísmo, el racionalismo, el naturalismo moral, el modernismo, el socialismo, la libertad de religión, el laicismo, la separación de la Iglesia y del Estado, la negación del principado civil del Pontífice Romano.

He aquí los errores condenados por el Syllabus en relación al laicismo (particularmente los números 19, 20, 39, 42, 54, 55, 75, 77 y 80; entre paréntesis figuran los documentos en los que han sido reprobados):

19. La Iglesia no es una verdadera y perfecta sociedad, completamente libre, ni está provista de sus propios y constantes derechos que le confirió su divino fundador, antes bien corresponde a la potestad civil definir cuales sean los derechos de la Iglesia y los límites dentro de los cuales pueda ejercitarlos.” (Alocución Singulari quadam, 9 diciembre 1854; Alocución Multis gravibusque, 17 diciembre 1860; Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862).

20. La potestad eclesiástica no debe ejercer su autoridad sin la venia y consentimiento del gobierno civil.” (Alocución Meminit unusquisque, 30 septiembre 1861).

24. La Iglesia no tiene la potestad de emplear la fuerza, ni potestad ninguna temporal directa ni indirecta.” (Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851).

25. Fuera de la potestad inherente al Episcopado, hay otra temporal, concedida a los Obispos expresa o tácitamente por el poder civil, el cual puede por consiguiente revocarla cuando sea de su agrado.” (Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

28. No es lícito a los Obispos, sin licencia del Gobierno, ni siquiera promulgar las Letras apostólicas.” (Alocución Nunquam fore, 15 diciembre 1856).

29. Deben ser tenidas por írritas las gracias otorgadas por el Romano Pontífice cuando no han sido impetradas por medio del Gobierno.” (Alocución Nunquam fore, 15 diciembre 1856).

39. El Estado, como origen y fuente de todos los derechos, goza de cierto derecho completamente ilimitado.” (Alocución Maxima quidem, 9 de junio de 1862).

40. La doctrina de la Iglesia católica es contraria al bien y a los intereses de la sociedad humana.” (Encíclica Qui pluribus, 9 noviembre 1846; Alocución Quibus quantisque, 20 abril 1849).

41. Corresponde a la potestad civil, aunque la ejercite un Señor infiel, la potestad indirecta negativa sobre las cosas sagradas; y de aquí no sólo el derecho que dicen del Exequatur, sino el derecho que llaman de apelación ab abusu.” (Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851).

42. En caso de colisión entre las leyes de una y otra potestad debe prevalecer el derecho civil.” (Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851).

44. La autoridad civil puede inmiscuirse en las cosas que tocan a la Religión, costumbres y régimen espiritual; y así puede juzgar de las instrucciones que los Pastores de la Iglesia suelen dar para dirigir las conciencias, según lo pide su mismo cargo, y puede asimismo hacer reglamentos para la administración de los sacramentos, y sobre las disposiciones necesarias para recibirlos.” (Alocución In consistoriali, 1º noviembre 1850; Alocución Maxima quidem, 9 de junio de 1862).

45. Todo el régimen de las escuelas públicas, en donde se forma la juventud de algún estado cristiano, a excepción en algunos puntos de los seminarios episcopales, puede y debe ser de la atribución de la autoridad civil; y de tal manera puede y debe ser de ella, que en ninguna otra autoridad se reconozca el derecho de inmiscuirse en la disciplina de las escuelas, en el régimen de los estudios, en la colación de los grados, ni en la elección y aprobación de los maestros.” (Alocución In consistoriali, 1º noviembre 1850; Alocución Quibus luctuosissimis, 5 septiembre 1851).

46. Aun en los mismos seminarios del clero depende de la autoridad civil el orden de los estudios.” (Alocución Nunquam fore, 15 diciembre 1856).

47. La óptima constitución de la sociedad civil exige que las escuelas populares, concurridas de los niños de cualquiera clase del pueblo, y en general los institutos públicos, destinados a la enseñanza de las letras y a otros estudios superiores, y a la educación de la juventud, estén exentos de toda autoridad, acción moderadora e ingerencia de la Iglesia, y que se sometan al pleno arbitrio de la autoridad civil y política, al gusto de los gobernantes, y según la norma de las opiniones corrientes del siglo.” (Carta al Arzobispo de Friburgo Quum non sine, 14 julio 1864).

48. Los católicos pueden aprobar aquella forma de educar a la juventud, que esté separada, disociada de la fe católica y de la potestad de la Iglesia, y mire solamente a la ciencia de las cosas naturales, y de un modo exclusivo, o por lo menos primario, los fines de la vida civil y terrena.” (Carta al Arzobispo de Friburgo Quum non sine, 14 julio 1864).

49. La autoridad civil puede impedir a los Obispos y a los pueblos fieles la libre y mutua comunicación con el Romano Pontífice.” (Alocución Maxima quidem, 9 de junio de 1862).

50. La autoridad secular tiene por sí el derecho de presentar los Obispos, y puede exigirles que comiencen a administrar la diócesis antes que reciban de la Santa Sede la institución canónica y las letras apostólicas.” (Alocución Nunquam fore, 15 diciembre 1856).

51. Más aún, el Gobierno laical tiene el derecho de deponer a los Obispos del ejercicio del ministerio pastoral, y no está obligado a obedecer al Romano Pontífice en las cosas tocantes a la institución de los Obispados y de los Obispos.” (Letras Apostólicas Multiplices inter, 10 junio 1851; Alocución Acerbissimum, 27 septiembre 1852).

54. Los Reyes y los Príncipes no sólo están exentos de la jurisdicción de la Iglesia, pero también son superiores a la Iglesia en dirimir las cuestiones de jurisdicción.” (Letras Apostólicas Multiplices inter, 10 junio 1851).

55. Es bien que la Iglesia sea separada del Estado y el Estado de la Iglesia.” (Alocución Acerbissimum, 27 septiembre 1852).

75. En punto a la compatibilidad del reino espiritual con el temporal disputan entre sí los hijos de la cristiana y católica Iglesia.” (Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851).

76. La abolición del civil imperio, que la Sede Apostólica posee, ayudaría muchísimo a la libertad y a la prosperidad de la Iglesia.” (Alocución Quibus quantisque, 20 abril 1849).

77. En esta nuestra edad no conviene ya que la Religión católica sea tenida como la única religión del Estado, con exclusión de otros cualesquiera cultos.” (Alocución Nemo vestrum, 26 julio 1855).

78. De aquí que laudablemente se ha establecido por la ley en algunos países católicos, que a los extranjeros que vayan allí, les sea lícito tener público ejercicio del culto propio de cada uno.” (Alocución Acerbissimum, 27 septiembre 1852).

79. Es sin duda falso que la libertad civil de cualquiera culto, y lo mismo la amplia facultad concedida a todos de manifestar abiertamente y en público cualesquiera opiniones y pensamientos, conduzca a corromper más fácilmente las costumbres y los ánimos, y a propagar la peste del indiferentismo.” (Alocución Nunquam fore, 15 diciembre 1856).

80. El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo y con la moderna civilización.” (Alocución Jamdudum, 18 marzo 1861).

Además de estos errores explícitamente citados, muchos otros son implícitamente reprobados en virtud de la doctrina propuesta y afirmada, y que todos los católicos tienen obligación de sostener firmísimamente como reprobados.

Encíclica Vehementer

La llamada ley de “Separación de las Iglesias y del Estado” es un acontecimiento fundador de la sociedad francesa del siglo XX. Nacida de la Revolución de 1789, se impone definitivamente en 1905. Contiene 44 artículos, cuyo espíritu se enuncia en los dos primeros: Artículo 1.: “La República garantiza la libertad de conciencia. Garantiza el libre ejercicio de todos los cultos. » Artículo 2: “La República no reconoce, asalaria, ni subvenciona ningún culto.” El 11 de Febrero de 1906 San Pío X la condena formalmente por medio de la Encíclica Vehementer:

5. Que sea necesario separar al Estado de la Iglesia es una tesis absolutamente falsa y un error pernicioso, porque, basada en el principio de que el Estado no debe reconocer culto religioso alguno, es gravemente injuriosa a Dios, fundador y conservador de las sociedades humanas, al cual debemos tributar culto público y social.”

6. La tesis de que hablamos constituye, además, una verdadera negación del orden sobrenatural, porque limita la acción del estado al logro de la prosperidad pública en esta vida terrena, que es la razón próxima de las sociedades políticas, y no se ocupa en modo alguno de su razón última, que es la eterna bienaventuranza propuesta al hombre para cuando haya terminado esta vida tan breve; pero como el orden presente de las cosas, que se desarrolla en el tiempo, se encuentra subordinado a la conquista del bien supremo y absoluto, es obligación del poder civil, no tan sólo apartar los obstáculos que puedan oponerse a que el hombre alcance aquel bien para que fue creado, sino también ayudarle a conseguirlo.

7. Esta tesis es contraria igualmente al orden sabiamente establecido por Dios en el mundo, orden que exige una verdadera concordia y armonía entre las dos sociedades; porque la sociedad religiosa y la civil se componen de unos mismos individuos, por más que cada una ejerza, en su esfera propia, su autoridad sobre ellos, resultando de aquí que existen materias en las que deben concurrir una y otra, por ser de la incumbencia de ambas. Roto el acuerdo entre el Estado y la Iglesia, surgirán graves diferencias en la apreciación de las materias de que hablamos, se obscurecerá la noción de lo verdadero, y la duda y la ansiedad acabarán por enseñorearse de todos los espíritus.”

8. A los males que van señalados añádase que esta tesis inflige gravísimos daños a la sociedad civil, que no puede prosperar ni vivir mucho tiempo, no concediendo su lugar propio a la Religión, que es la regla suprema que define y señala los derechos y los deberes del hombre.

Por lo cual los Romanos Pontífices no han cesado jamás, según pedían las circunstancias y la ocasión, de refutar y condenar la doctrina de la separación de la Iglesia y el Estado.

Nuestro ilustre Predecesor León XIII señala, y repetida y brillantemente tiene declarado, lo que deben ser, conforme a la doctrina católica, las relaciones entre las dos sociedades, diciendo ser “absolutamente necesario que una prudente unión medie entre ellas, unión que no sin exactitud puede compararse a la que junta en el mismo hombre el alma con el cuerpo”.

Y añade además: “Sin hacerse criminales las sociedades humanas, no pueden proceder como si Dios no existiera, o no cuidarse de la Religión, como si fuera cosa para ellas extraña o inútil… Grande y pernicioso error es excluir a la Iglesia, obra de Dios mismo, de la vida social, de las leyes, de la educación de la juventud y de la familia”.”

9. Si cualquier Estado cristiano comete una acción sobremanera funesta y censurable separándose de la Iglesia, cuánto más no se ha de lamentar que Francia emprenda tales caminos, cuando ella menos que las demás naciones podía tomarlos porque en el transcurso de los siglos ha sido objeto de grande y señalada predilección de parte de la Sede Apostólica, y porque la gloria y fortuna de Francia han ido siempre unidas a la práctica de las costumbres cristianas y al respeto de la Religión.”

11. Si examinamos ahora en sí misma la ley que acaba de ser promulgada, hallaremos nueva razón para quejarnos más enérgicamente todavía. Puesto que el Estado, rompiendo los vínculos del Concordato, se separa de la Iglesia, debería, como consecuencia natural, dejarla su entera independencia y permitirla que disfrutase en paz del derecho común en la libertad que supone concederla. En verdad, nada de esto se ha hecho: encontramos en la ley multitud de disposiciones de excepción que, odiosamente restrictivas, colocan a la Iglesia bajo la dominación de la potestad secular. Amarguísimo dolor Nos ha causado ver al Estado invadir de este modo el terreno que pertenece exclusivamente a la esfera eclesiástica, y Nos lamentamos todavía más, porque, menospreciando la equidad y la justicia, el Estado coloca a la Iglesia de Francia en una condición dura, agobiante y opresora de sus más sagrados derechos.”

12. Las disposiciones de la nueva ley son, en efecto, contrarias a la constitución dada por Jesucristo a su Iglesia (…) En contradicción a estos principios, la ley de separación atribuye la administración y la tutela del culto público, no al Cuerpo jerárquico, divinamente establecido por el Salvador, sino a una asociación de personas seglares, asociación a la cual da forma y personalidad jurídica, a quien mira, para cuanto se relaciona con el culto religioso, como única adornada de derechos civiles y personalidad.”

15. Por todas estas razones, Nos, teniendo presente Nuestro apostólico oficio, y conocedores de la imperiosa obligación que sobre Nos pesa de defender contra todo ataque y conservar en su integridad los inviolables y sagrados derechos de la Iglesia, en virtud de la suprema autoridad que Dios nos ha conferido, por los motivos que arriba quedan expuestos, Nos condenamos y reprobamos la ley votada en Francia acerca de la separación de la Iglesia y el Estado, por altamente injuriosa para Dios, de quien reniega oficialmente sentando el principio de que la república no reconoce ningún culto. La reprobamos y condenamos como conculcadora del derecho natural, del derecho de gentes y de la fe debida a los Tratados; como contraria a la constitución divina de la Iglesia, a sus derechos esenciales y a su libertad: como subversiva de la justicia y holladora del derecho de propiedad, que la Iglesia ha adquirido por multitud de títulos y, además, en virtud del Concordato; la reprobamos y condenamos como gravemente ofensiva para la dignidad de la Sede Apostólica, para Nuestra Persona, para el Episcopado, para el clero y para todos los católicos franceses. En consecuencia, protestamos solemnemente y con todas Nuestras fuerzas contra la presentación, la votación y la promulgación de esta ley, declarando que jamás podrá alegarse, para invalidarlos, contra los derechos imprescriptibles e inmutables de la Iglesia.”

Encíclica Quas primas

Pío XI instituyó la fiesta de Cristo Rey contra el liberalismo, que afirma el laicismo del Estado y niega los Derechos de Nuestro Señor. He aquí lo que escribe en la Encíclica Quas primas:

15. Por otra parte, erraría gravemente el que negase a Cristo-Hombre el poder sobre todas las cosas humanas y temporales, puesto que el Padre le confirió un derecho absolutísimo sobre las cosas creadas, de tal suerte que todas están sometidas a su arbitrio (…) Por tanto, a todos los hombres se extiende el dominio de nuestro Redentor, como lo afirman estas palabras de nuestro predecesor, de feliz memoria, León XIII, las cuales hacemos con gusto nuestras: El imperio de Cristo se extiende no sólo sobre los pueblos católicos y sobre aquellos que habiendo recibido el bautismo pertenecen de derecho a la Iglesia, aunque el error los tenga extraviados o el cisma los separe de la caridad, sino que comprende también a cuantos no participan de la fe cristiana, de suerte que bajo la potestad de Jesús se halla todo el género humano.”

16. Y respecto a ello, no hay lugar a hacer ningún tipo de diferencia entre los individuos, las familias y los Estados; puesto que los hombres no están menos sometidos a la autoridad de Jesucristo en su vida colectiva que en su vida privada. El es, en efecto, la fuente del bien público y privado. Fuera de El no hay que buscar la salvación en ningún otro; pues no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo por el cual debamos salvarnos.

El es sólo quien da la prosperidad y la felicidad verdadera, así a los individuos como a las naciones: porque la felicidad de la nación no procede de distinta fuente que la felicidad de los ciudadanos, pues la nación no es otra cosa que el conjunto concorde de ciudadanos.”

23. Y si ahora mandamos que Cristo Rey sea honrado por todos los católicos del mundo, con ello proveeremos también a las necesidades de los tiempos presentes, y pondremos un remedio eficacísimo a la peste que hoy inficiona a la humana sociedad.

Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos; y vosotros sabéis, venerables hermanos, que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la sociedad.

Se comenzó por negar el imperio de Cristo sobre todas las gentes; se negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad.

Después, poco a poco, la religión cristiana fue igualada con las demás religiones falsas y rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil y a la arbitraria permisión de los gobernantes y magistrados.

Y se avanzó más: hubo algunos de éstos que imaginaron sustituir la religión de Cristo con cierta religión natural, con ciertos sentimientos puramente humanos. No faltaron Estados que creyeron poder pasarse sin Dios, y pusieron su religión en la impiedad y en el desprecio de Dios.”

25. Nos anima, sin embargo, la dulce esperanza de que la fiesta anual de Cristo Rey, que se celebrará en seguida, impulse felizmente a la sociedad a volverse a nuestro amadísimo Salvador.

Preparar y acelerar esta vuelta con la acción y con la obra sería ciertamente deber de los católicos; pero muchos de ellos parece que no tienen en la llamada convivencia social ni el puesto ni la autoridad que es indigno les falten a los que llevan delante de sí la antorcha de la verdad.

Estas desventajas quizá procedan de la apatía y timidez de los buenos, que se abstienen de luchar o resisten débilmente; con lo cual es fuerza que los adversarios de la Iglesia cobren mayor temeridad y audacia. Pero si los fieles todos comprenden que deben militar con infatigable esfuerzo bajo la bandera de Cristo Rey, entonces, inflamándose en el fuego del apostolado, se dedicarán a llevar a Dios de nuevo los rebeldes e ignorantes, y trabajarán animosos por mantener incólumes los derechos del Señor.

Además, para condenar y reparar de alguna manera esta pública apostasía, producida, con tanto daño de la sociedad, por el laicismo, ¿no parece que debe ayudar grandemente la celebración anual de la fiesta de Cristo Rey entre todas las gentes? En verdad: cuanto más se oprime con indigno silencio el nombre suavísimo de nuestro Redentor, en las reuniones internacionales y en los Parlamentos, tanto más alto hay que gritarlo y con mayor publicidad hay que afirmar los derechos de su real dignidad y potestad.”

Continuará

Inglesas abortan a más del 90 por ciento de bebés con Síndrome de Down

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CAMINEO.INFO.- Un estudio publicado en el British Medical Journal reveló que más del 90 por ciento de los bebés diagnosticados con Síndrome de Down son abortados en Gran Bretaña.

El estudio, recogido por varias agencias, destaca que los diagnósticos prenatales de este síndrome aumentaron en 71 por ciento entre 1989 y 2008, principalmente debido a que cada vez más mujeres postergan la maternidad. Según los investigadores del hospital Barts y de la Escuela de Medicina de Londres, de no ser por los abortos masivos de los niños con esta condición, los nacimientos de niños con síndrome de Down habrían aumentado en un 48 por ciento entre 1989 y el 2008, ya que cada vez más padres inician sus familias tarde.

El estudio británico sostiene que nueve de cada diez mujeres a las que le diagnostican síndrome de Down durante el embarazo, termina sometiéndose a un aborto

Mons. Richard Williamson: El acorde de Tristán

Monseñor Williamson

Comentario Eleison Nº 120

24 de Octubre de 2009

El acorde de “Tristán

A una estructura objetiva del alma humana, corresponde una estructura objetiva de la música. Ambas pueden ser perturbadas por las opciones discordantes de los hombres; pero el libre albedrío subjetivo no puede cambiar estas estructuras, ni su correspondencia recíproca. ¿No es sentido común que así como es corriente la música suave en los supermercados para estimular a las mujeres a comprar, se ejecuta música vigorosa en el ejército para incitar a los hombres a marchar? La mercadotecnia y la milicia son actividades demasiado reales para permitir que las interfieran las fantasías del liberalismo.

Aún así, los liberales fantasean. De ahí, sin duda, la actual producción de “Tristán e Isolda” en el Covent Garden, que se esfuerza en “desconstruir” la obra maestra de Wagner, como se describió en el Comentario Eleison de la semana anterior. Sin embargo, un artículo de dos páginas incluido en las notas del programa para la misma producción, ilustra la correspondencia objetiva entre clases de música y clases de reacciones humanas. Quisiera poder citarlo todo, pero no se asusten de los detalles técnicos, lectores, porque estos son precisamente los que prueban el punto.

El artículo está tomado del libro “Vorhang Auf!” (“Arriba el telón”), de un director alemán que aun vive: Ingo Metzmacher. Se centra en el famoso “Acorde Tristán”, que aparece por primera vez en el tercer compás del preludio. El acorde consiste en un tritono (o cuarta aumentada), fa y si abajo de do central (do4) y arriba de él, una cuarta: re sostenido y sol sostenido. En este acorde, dice el autor, hay una tremenda tensión interna en busca de una resolución, pero de las cuatro veces que este acorde aparece en los primeros 14 compases del Preludio, sólo se resuelve en la dominante 7ª; un acorde irresoluto de por sí y que clama por una resolución. Y cuando al final se alcanza un acorde estable en fa mayor en el compás 18, inmediatamente es desestabilizado por una nota baja elevándose un semitono medio compás adelante, y así sucesivamente.

Los semitonos son de hecho la clave, dice Metzmacher, del nuevo sistema armónico inventado por Wagner en “Tristán” para expresar el anhelo ilimitado del amor romántico. Los semitonos “actúan como un virus; no hay sonido que esté a salvo de ellos y no hay nota que pueda estar cierta de que no variará hacia arriba o hacia abajo”. Los acordes así fraccionados continuamente, reparados e inmediatamente fraccionados otra vez, constituyen una procesión implacable de estados de tensión irresoluta, que corresponde perfectamente en música al deseo mutuo de los amantes, “creciendo inmensurablemente como un resultado de la imposibilidad de encontrarse plenamente”.

Pero Metzmacher señala el precio que se ha de pagar: la música basada en el sistema de claves, una mezcla estructurada de semitonos con tonos plenos, “toma su fuerza vital de una habilidad de darnos con una clave particular, la sensación de estar en casa”. Por el contrario, con el sistema de Tristán, “nunca podemos estar ciertos de que un sentimiento seguro no es en realidad una decepción”. Así, el acorde de Tristán “marca un punto de inflexión en la historia no sólo de la música, sino de toda la humanidad”. Metzmacher entendería bien el viejo proverbio chino: “cuando la modalidad de la música cambia, los muros de la ciudad tiemblan”.

Quizá como la música tonal subvertida de “Tristán”, así este productor del Convent Garden intentó subvertir “Tristán”. Entonces ¿dónde se detiene la desconstrucción de la vida y la música? Respuesta no wagneriana: ¡En las verdaderas celebraciones de la Misa! Con la Nueva Misa Masónica, los verdaderos Católicos nunca se sentirán en casa.

Kyrie eleison.

Londres, Inglaterra

LA DOCTRINA DE LAS RELACIONES ENTRE LA IGLESIA Y EL ESTADO FRENTE AL LAICISMO (2 de 5)

Primera Parte Aquí

Por el P. Juan Carlos Ceriani

Cristo Rey[4]

C: Principios de la política cristiana

El Estado está unido a la Iglesia, pero es distinto de ésta. La Iglesia católica siempre ha mantenido esta fórmula.

Solamente Ella distinguió las dos potestades haciéndolas residir en sujetos distintos, pero sin aislarlas y sin nivelarlas por igual, sino concertándolas según la jerarquía de sus fines para que el superior tuviese sometido al inferior en todo lo que su cumplimiento exige, pero no en lo demás, porque no lo exige todo. Si así no fuera, sobraría el Estado y no habría relaciones entre él y la Iglesia, pues no quedaría más que un término.

Para esclarecer la obscuridad sembrada por el enemigo de la naturaleza humana y para sentar las bases de la restauración enunciemos ahora los principios de la política cristiana.

La fórmula católica que rige las relaciones del Poder Espiritual con el Poder Temporal se enuncia así: “Ni confusión, ni separación, sino distinción y unión por subordinación del inferior al superior.”

Esta fórmula reposa sobre el principio supremo de la política católica, que Santo Tomás presenta de este modo: “El derecho divino que viene de la gracia no destruye el derecho humano que viene de la razón natural”.

La gracia no destruye la naturaleza, antes bien, la purifica, la rectifica, la fortalece y la sobreeleva.

Siendo la Iglesia de derecho divino y siendo las diferentes formas de la sociedad civil de derecho humano, la Iglesia y la Polis han de estar entre sí, al mismo tiempo diferenciadas y ordenadas, como lo están la naturaleza y la gracia.

De este postulado supremo se siguen los principios de la política cristiana.

El estatuto de la Iglesia con relación a la sociedad civil es el objeto de una ciencia eclesiástica especial: el derecho público de la Iglesia.

Los principios del derecho público de la Iglesia son verdades de fe o deducidos de la fe. Son los siguientes:

1) Distinción de la Iglesia y el Estado.

2) Unión entre la Iglesia y el Estado.

3) Independencia de la Iglesia.

4) Jurisdicción indirecta de la Iglesia sobre lo temporal.

5) Subordinación indirecta de lo temporal a lo espiritual.

6) Función ministerial del Estado respecto de la Iglesia.

7) Realeza Social de Nuestro Señor Jesucristo.

1) Distinción de la Iglesia y el Estado

El Estado, que tiene por objeto directo el bien común temporal, es también una sociedad perfecta, distinta de la Iglesia y soberana en su ámbito.

Esta distinción es lo que Pío XII llama “La laicidad legítima y sana del Estado” (Alocución a los habitantes de Marcas, 23 de marzo de 1958), que no tiene nada que ver con el laicismo, que es un error condenado.

¡Atención!, pues, ¡no pasar de una al otro! (Ver más abajo, Carta de Juan Pablo II a la Conferencia Episcopal Francesa).

León XIII expresa bien la distinción necesaria de las dos sociedades:

“Dios dividió el gobierno del género humano entre dos potestades: la potestad eclesiástica y la potestad civil; aquélla destinada a las cosas divinas, ésta a las cosas humanas. Cada una de ellas en su género es soberana; cada una está contenida en límites perfectamente determinados y trazados en conformidad con su naturaleza y con su objeto especial. Hay pues como una esfera circunscrita, en la cual cada una ejerce su acción jure proprio”.

2) Unión entre la Iglesia y el Estado

Distinción no significa separación. ¿Cómo se ignorarían las dos potestades puesto que se ejercen sobre los mismos sujetos y a menudo también legislan sobre las mismas materias: matrimonio, familia, educación, etc.?

Sería inconcebible que se opusiesen, cuando, por el contrario, su unanimidad de acción se requiere para el bien de los hombres.

El conflicto en esta ocurrencia sería absurdo, explica León XIII, y repugnaría abiertamente a la infinita sabiduría: “es necesario pues que haya un medio, un método para hacer desaparecer las causas de conflictos y luchas y establecer el acuerdo en la práctica. Y este acuerdo existe, y no es sin razón que se lo ha comparado a la unión que existe entre el alma y el cuerpo, y eso para la mayor ventaja de las dos partes, ya que la separación es especialmente desastrosa al cuerpo, puesto que ella lo priva de la vida. La Iglesia sin el Estado es un alma sin cuerpo. El Estado sin la Iglesia es un cuerpo sin alma” (León XIII, Libertas).

3) Independencia de la Iglesia

La Iglesia, que tiene por objeto la salvación sobrenatural de las almas, es una sociedad perfecta, dotada por su divino fundador de todos los medios para subsistir por sí misma de manera estable e independiente.

Nunca la Iglesia aceptará el principio del derecho común, nunca admitirá reducirse al simple derecho común de todas las asociaciones legales en la sociedad civil, que deben recibir del Estado su autorización y sus límites.

Por lo tanto, la Iglesia tiene el derecho nativo de adquirir, de poseer y de administrar, libre e independientemente del poder civil, los bienes temporales necesarios para su misión: iglesias, seminarios, obispados, monasterios, beneficios, y de ser libre de todos impuestos civiles. Tiene derecho a tener sus escuelas y sus hospitales, en sí independientes de toda intromisión del Estado. Tiene sus propios tribunales eclesiásticos para juzgar asuntos relativos a las personas de los clérigos y los bienes de Iglesia, con exclusión de los tribunales civiles (Privilegio del fuero) etc.

En resumen, la Iglesia reivindica la soberanía y la independencia por el mismo título que su misión.

4) Jurisdicción indirecta de la Iglesia sobre lo temporal

Es decir que en las cuestiones mixtas, la Iglesia, habida cuenta de la superioridad de su fin, tendrá la supremacía: “Así, todo lo que en las cosas humanas es sagrado, todo lo que afecta a la salvación de las almas y al culto de Dios, sea por su naturaleza, sea en relación a su fin, todo eso incumbe a la autoridad de la Iglesia”.

Es decir, el régimen de unión y de armonía entre la Iglesia y el Estado supone un orden, una jerarquía; por lo tanto, una jurisdicción indirecta de la Iglesia sobre lo temporal, un derecho indirecto de intervención de la Iglesia en las cosas temporales que incumben normalmente al Estado.

La Iglesia interviene allí “racione peccati”, debido al pecado y en razón de las almas que deben salvarse, para retomar la expresión del papa Bonifacio VIII (véase, Dz 468, nota).

5) Subordinación indirecta de lo temporal a lo espiritual

Recíprocamente, lo temporal se supedita indirectamente a lo espiritual.

Este principio es de fe, o al menos de una certeza teológica, que funda el derecho público de la Iglesia.

El hombre, en efecto, está destinado a la bienaventuranza eterna, y los bienes de la vida presente, los bienes temporales, están allí para ayudarle a alcanzar este fin: incluso si no existe proporción, están ordenados indirectamente a ella.

El bien común temporal, que es el fin del Estado, exige facilitar a los ciudadanos el acceso a la bienaventuranza celestial. De otro modo, sería un bien aparente e ilusorio.

6) Función ministerial del Estado respecto de la Iglesia

“La sociedad civil debe, favoreciendo la prosperidad pública, proveer al bien de los ciudadanos de manera, no solamente de no poner ningún obstáculo, sino de garantizar todas las facilidades posibles a la adquisición de este bien supremo e inmutable al cual aspiran”.

“La función real, dice  Santo Tomás, debe procurar la vida buena de la multitud, conforme a lo que es necesario para obtener la bienaventuranza celestial; es decir debe prescribir (en su orden que es el temporal) lo que a ella conduce y, dentro de lo que cabe, prohibir lo que le es contrario”.

Por lo tanto, el Estado tiene respecto de la Iglesia una función ministerial, un papel de asistente: al mismo tiempo que persigue su fin, el Estado debe ayudar positivamente, aunque indirectamente, a la Iglesia para que alcance su fin, es decir, salvar las almas.

Esta doctrina constante de la Iglesia a través de los siglos merece la nota de doctrina catholica, y es necesaria toda la mala fe de los liberales para relegarla en el oscurantismo de un tiempo pasado.

Según el modo de ver liberal, ella valía para “las monarquías sacras” de la Edad Media, pero no vale ya para los “Estados democráticos constitucionales modernos”.

Tontería, en verdad, ya que esta doctrina, deducida de la Revelación y de los principios del orden natural, es tan inmutable e intemporal como la naturaleza del bien común y la divina constitución de la Iglesia.

En apoyo de su desastrosa tesis de la separación de la Iglesia y del Estado, los liberales de ayer y de hoy citan de buen grado esta frase de Nuestro Señor: “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es a Dios” (Mt 22, 21); ¡pero omiten simplemente decir lo que el César debe a Dios!

7) Realeza Social de Nuestro Señor Jesucristo

El último principio, que resume todo el derecho público de la Iglesia, es una verdad de fe: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, Rey de reyes, y Señor de señores, debe reinar no menos sobre las sociedades que sobre los individuos: la Redención de las almas se prolonga necesariamente por la sumisión de los Estados y de sus leyes al yugo suave y leve de la ley del Cristo.

No solamente, como dice León XIII, el Estado debe “hacer respetar las santas e inviolables observancias de la religión, cuyos deberes unen al hombre con Dios”; sino que la legislación civil debe dejarse impregnar por la ley de Dios (el decálogo) y por la ley evangélica, para ser, en su ámbito, que es el orden temporal, un instrumento de la obra de la Redención llevada a cabo por Nuestro Señor Jesucristo. Es eso, esencialmente, la realización del Reino social de Nuestro Señor Jesucristo.

Esta doctrina se expone con una limpidez y una fuerza admirable en la espléndida Encíclica de Pío XI Quas primas, sobre los derechos sociales de Nuestro Señor Jesucristo.

Relean esta frase que aplasta definitivamente el laicismo del Estado:

“Los Estados, a su vez, aprenderán por la celebración anual de esta fiesta que los gobernadores y los magistrados tienen la obligación, así como los particulares, de dar a Cristo un culto público y de obedecer a sus leyes. Los jefes de la sociedad civil se acordarán, por su parte, del juicio final, donde Jesucristo acusará al que lo expulsó de la vida pública, y también a los que los dejaron desdeñosamente de lado o ignorado, y tomará de similares ofensas la más terrible venganza; ya que su dignidad real exige que todo el Estado se regule según los mandamientos de Dios y los principios cristianos en el establecimiento de las leyes, en la administración de la justicia, en la formación intelectual y moral de juventud, que debe respetar la sana doctrina y la pureza de las costumbres”.