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Ave Cor Mariæ!
17º Domingo después de Pentecostés
“Amarás al Señor tu Dios
con todo tu corazón,
con toda tu alma,
con toda tu mente,
con todas tus fuerzas”
Dos espíritus
La Tradición nos enseña, y la Sagrada Escritura viene en su apoyo, que después de haber creado Dios a todos los coros angélicos, luego de dotarlos de una naturaleza espiritual purísima y del don de la gracia, los sometió a una prueba.
El príncipe de los Ángeles, el más perfecto y bello, el que había recibido mayores gracias, no quiso someterse a Dios y profirió aquel grito blasfemo y revolucionario: non serviam! ¡No serviré! ¡No quiero servir! ¡No quiero servir a Dios!
La Sagrada Escritura nos narra que se hizo en el cielo un gran silencio… Toda la creación angélica enmudeció durante media hora ante aquella rebelión luciferina, ante el alarido de la independencia de la criatura…
Inmediatamente después, reaccionó San Miguel Arcángel, cuya fiesta celebramos en estos días, y prorrumpió su grito de guerra: quis ut Deus? ¿Quién cómo Dios? ¿Quién tan grande, tan poderoso, tan digno de honor como el Dios infinito, omnipotente y tres veces santo?
Y se entabló en el cielo una gran batalla entre los Ángeles fieles, comandados por San Miguel, y un tercio de ángeles rebeldes, a cuya cabeza iba Luzbel. Venció San Miguel, y fue arrojado al infierno el dragón maldito.
Desde entonces, San Miguel no sólo es el príncipe gloriosísimo de la milicia celestial, sino también el patrono de todos aquellos que combaten contra las fuerzas del mal, de todos aquellos cuya divisa es ¿Quién como Dios?
Amor al Dios verdadero
Aquí se plantea, entonces, un problema grave… Problema planteado por las palabras del evangelio de este 17º domingo después de Pentecostés: ¿Amo a Dios con un amor total… con todo mi corazón, con toda mi mente, con toda mi alma, con todas mis fuerzas?…
¿Dónde está mi corazón…, en Dios o en las criaturas?…
En los Hechos de los Apóstoles se narra que San Pablo llegó a Atenas y predicó en el famoso areópago: “Atenienses -les dijo-, veo que sois sobremanera religiosos, porque al pasar mirando los objetos de vuestro culto, he hallado un altar en el cual está escrito: «al Dios desconocido». Pues bien, ese Dios, al cual sin conocerle veneráis, es el que yo os anuncio”.
Si San Pablo predicase hoy en nuestras ciudades, en sus plazas, en sus calles…; no digo en el Congreso o en el Palacio Deliberante…; ¡no!…, si predicase en nuestros templos, incluso en las capillas tradicionalistas…, ¿no comenzaría también hoy su discurso diciendo: “ese Dios, al cual sin conocerle veneráis, es el que yo os anuncio”?…
Un Dios desconocido por nosotros… Decimos que amamos a Dios… Pero, ¿a qué Dios nos referimos? ¿Es el Dios verdadero…, o acaso no se trata de otro dios?…
Debemos reconocer, aunque nos cueste y nos duela, que estamos inclinados a crearnos un dios a nuestro gusto, a nuestra imagen y semejanza…
Diversas posturas
El hombre moderno, la sociedad moderna tiene frente a Dios posturas muy dispares; incluso un mismo hombre puede tener y tiene actitudes dispares ante Dios, hoy una, mañana otra, según las circunstancias… Y nosotros estamos inmersos en esta sociedad moderna y muchas veces nos dejamos influenciar por sus ideas y costumbres…
Hay quienes aceptan y reconocen la existencia de Dios; y hay quienes la niegan.
1°) Unos niegan la existencia misma de Dios, sea por ignorancia (ni siquiera se plantean la cuestión), sea por soberbia (apoyándose en supuestas pruebas científicas).
Inexcusables, los llama San Pablo. Necios por naturaleza, los denomina el libro de la Sabiduría…
2°) Entre aquellos que aceptan la existencia de Dios, hay quienes tienen una noción clara de Él; pero están también aquellos que desfiguran la idea de Dios, así como aquellos que sustituyen a Dios, los que le abandonan y, finalmente, los que le combaten…
a) Hay quienes conocen bien a Dios, a ese Dios desconocido por tantos. Le conocen porque son humildes y se dejan enseñar por el mismo Dios, que les habla a través de las Sagradas Escrituras, de la Tradición y por medio del Magisterio de la Iglesia.
Conocen a ese Dios trascendente, uno y trino, infinito, eterno, creador, omnipotente, providente… Conocen a ese Dios inmanente, “que no está lejos de nosotros, porque en Él vivimos, nos movemos y somos”. Un Dios que es Padre, que se hizo hombre y habita con los hombres en el Santísimo Sacramento.
Éstos no pueden más que amar a Dios con todas sus fuerzas, con todo su corazón, con toda su alma, con toda su mente…, con todo su ser y poseer…
b) Y, si no le aman así, es porque o le desfiguran, o le sustituyen, o le abandonan, o le combaten…
¿A qué clase de hombres pertenezco? Si no amo a Dios con un amor total, absoluto y exclusivo…, ¿no será acaso porque desfiguro a Dios, o lo sustituyo, o lo abandono, o, lo que sería terrible, porque lo combato?
Ateísmos prácticos
Consideremos cada una estas clases de ateísmos prácticos en las cuales podemos estar involucrados:
1º) Hay quienes desfiguran a Dios…
► Algunos se lo imaginan totalmente despreocupado de nosotros, que no piensa en nosotros, ni en nuestras cosas…
► Otros piensan en un Dios justiciero, dictador, frío, implacable, siempre mandando, prohibiendo, amenazando y condenando… La religión de éstos es negativa, llena de escrúpulos y temores…
► Para otros, en fin, Dios es tan bueno y comprensivo que todo lo tolera; es un Dios tan débil y tan indulgente que podemos hacer lo que queremos… La religión de éstos es permisiva y relajada…
Todos éstos desfiguran a Dios…
¿Acaso desfiguro yo a Dios? ¿Qué imagen tengo de Dios?
2º) Hay quienes sustituyen a Dios… por otros dioses más originales…
Así como los paganos antiguos fabricaban sus dioses, dando culto a las criaturas y a sí mismos, divinizando hasta las pasiones y sus vicios, del mismo modo hoy algunos modernos paganos erigen sus panteones donde rinden culto al progreso, a la cultura, a la raza, a la política, al poder, a la familia…
Otros paganos contemporáneos idolatran la razón, los bienes espirituales (como el honor, la nobleza, la hidalguía, el valor, el heroísmo, etc.), el placer y los bienes del cuerpo (como la comida, la bebida, el amor libre, el sexo, el deporte), los entretenimientos o pasatiempos (como la música, la televisión, la computadora, los juegos electrónicos, el confort, etc…).
Todos éstos exaltan al hombre y reemplazan a Dios… ¿No sustituyo yo muchas veces a Dios por alguna de éstas u otras invenciones humanas?…
3º) Hay quienes abandonan a Dios…
Éstos no sólo desfiguran y sustituyen a Dios, sino que incluso llegan a abandonarlo, es decir, lo dejan de lado, sin permitir que Dios intervenga eficazmente en sus vidas:
► Sea por considerarlo inútil… No necesitan a Dios para nada… Pueden prescindir de Él, se arreglan solos… Son autosuficientes… Ni siquiera recurren a Él (como muchas veces hacemos nosotros) solamente en las necesidades…
► Sea por hastío y aburrimiento… Dios no les dice nada… Las cosas espirituales les saben insípidas… Siempre encuentran larga la Misa, la oración sin sentido, el pensamiento de la eternidad (el cielo, el infierno) totalmente importunas e impertinentes…
► Sea por comodidad o conveniencia… Dios les estorba, les complica la vida y sus cosas porque se mete demasiado en ellas… Prefieren vivir a sus anchas, y Dios, según ellos, ¡es tan exigente y poco comprensivo!…, ¡restringe tanto nuestra libertad!…
¿Acaso no soy muchas veces de aquellos que por considerarlo una inutilidad, o por aburrimiento, o por comodidad dejan de lado a Dios?
4º) Hay quienes combaten a Dios…
Es triste decirlo, pero hay que denunciarlo; existen aquellos que reconociendo la existencia de Dios, lo combaten:
► Unos lo hacen indirectamente, mediante la conspiración del silencio, borrando discretamente, con guante blanco, el nombre de Dios; quitando todo aquello que puede recordar su existencia…
Es el laicismo, con todas sus formas y manifestaciones…
Es el liberalismo, que mata la idea de Dios en las almas de los niños inocentes, en la familia, en las escuelas, en las universidades, en la política, en los medios de difusión y en los centros oficiales del Estado…
¿Acaso mi naturalismo y mi humanismo prácticos no me llevan a aceptar esos postulados del laicismo y del liberalismo y vivir, en la práctica, como si Dios no existiese?…
► Otros combaten a Dios directamente, por medio de la propaganda, la sátira, la ironía, la blasfemia, la herejía, la persecución y la guerra…
Es la sinagoga de satanás y sus invenciones a lo largo de la historia…
Es la masonería y sus satélites…
Es el filosofismo y todos los racionalismos…
Es el comunismo y sus afiliados…
Es el modernismo y su conclusión lógica, la Iglesia Conciliar
Hay gente que injuria diabólicamente a Dios, que maldice a Dios, que insulta o ensucia a Dios…; y lo que es peor todavía, gente que lucha contra la fe en Dios y contra el amor a Dios…; gente que milita, trabaja, suda, escribe, habla, filma, toma y reproduce fotografías en contra de la gloria de Dios…
Esos enemigos personales de Dios son numerosos hoy en día; muchos de ellos tienen mucho dinero a su disposición para sus designios diabólicos; y cuando uno de ellos tiene poder, es más peligroso que la tuberculosis, la sífilis o el sida, a los cuales tanto teme la gente…
Los teólogos enseñan que el odio formal a Dios es el pecado más grave y el mayor que se pueda cometer…, es el pecado del demonio y será el pecado del anticristo…
Ha tocado a nuestros tiempos ver este fenómeno histórico terrible: el odio formal a Dios aflorando en manifestaciones sociológicas y hasta políticas…
Nunca hasta los tiempos modernos había existido en el mundo una nación atea, oficial y constitucionalmente “anti-Dios”.
Nunca en el mundo se habían hecho campañas contra Dios; nunca se habían difundido directamente ideas contra Dios; nunca se habían elaborado leyes contra Dios; nunca se habían compuesto libros, música, pinturas, estatuas contra Dios; nunca se había edificado museos, laboratorios, escuelas y universidades especializadas en destruir la idea de Dios…
¿Por qué combaten a Dios? ¿Por qué esta guerra impía contra Dios? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?…
¿No será acaso que estamos cerca de los últimos tiempos…, los tiempos de la plena manifestación del misterio de iniquidad, anunciado por San Pablo?…
Ese misterio de iniquidad es el odio a Dios y la adoración del hombre. Esa guerra blasfema no puede venir sino del averno.
Nuestra misión
¿Qué podemos hacer nosotros contra estas demoníacas fuerzas ocultas?
Contra ese poder diabólico la Iglesia tiene ante todo dos armas: los brazos levantados al cielo en la oración, y los brazos en cruz de los mártires.
Amor a Dios sobre todas las cosas manifestado en la oración y en la ofrenda de la vida…
Esas dos murallas de contención no son libres sino necesarias, en el sentido que todos debemos oponer la oración contra esa lucha impía y todos debemos estar dispuestos a ofrendar nuestra vida en la defensa de la gloria de Dios.
Entre esos dos diques tiene también la Iglesia todo el arsenal de la doctrina y la moral católica, y la práctica de las virtudes cristianas, así como la inteligencia y el pensamiento puestos al servicio de Dios.
Por último, cuando el poder secular es católico, dispone la Iglesia del recurso a las Cruzadas y a la Inquisición. ¡Sí!…, los que han llegado a cierta clase de pecados no se convierten con cualquier clase de sermones, ni siquiera con oraciones…
Pero, ¡atención!: no hay Cruzada verdadera o Inquisición eficaz sin la perspectiva al martirio. Y no hay disposición al martirio si no hay espíritu de oración…
Pedro tenía la espada y la usó…, pero negó a Cristo…, y terminó así porque se durmió en el huerto de Getsemaní en lugar de velar y rezar…
Debemos rezar y trabajar para que Dios vuelva a unir en un mismo haz esas grandes creaciones de la Iglesia, hoy en día desunidas por el liberalismo y el ecumenismo: el espíritu de oración, el espíritu de apostolado, el espíritu de misión y el espíritu de caballería y de cruzada…
Espíritu de oración, ante todo. Oración constante y ferviente… ¡No rezamos lo suficiente! ¡Y rezamos mal! ¡No aprovechamos la Santa Misa, el Santo Rosario, la Confesión, la Sagrada Comunión, los Retiros!…
Espíritu de apostolado, de propaganda: única verdadera y legítima propaganda en un mundo propagandizado; propaganda fidei, propagación de la Fe.
Espíritu de misión, de conversión, convencidos que fuera de la Iglesia católica no hay salvación…
Espíritu de caballería y de cruzada, que implican el espíritu de mortificación y de sacrificio, que preparan y disponen al martirio.
Espíritu de cruzada; ¡hoy!, cuando la Iglesia oficial conciliar se avergüenza y pide perdón por el pasado glorioso de la Iglesia, mientras las fuerzas del infierno parecen desatadas y que van a arrasar con todo, hagamos nuestra aquella coplilla que dice:
¡Ay Virgencita!, que luces
ojos de dulces miradas:
pues viste venir espadas,
que dieron paso a las cruces
¡mira tus tierras amadas!
Y si hoy arrancan las cruces
¡brillen de nuevo las luces
del filo de las espadas!
Conclusión
Pero, ¡atención!…, puede ser que no haya llegado el momento… y que ya no lleguen nunca más las circunstancias de tener que utilizar la espada…, a no ser que sea contra uno mismo…
Tal vez la corrupción ha llegado a tanto que Dios sólo nos pida oración, sacrificio y espíritu de martirio… Amor puro y sereno… ¡Estarse amando al Amado!
De nada valdría organizar una cruzada material y desenvainar la espada como Pedro, si previamente no hemos pasado en vela por el huerto de Getsemaní y si no hemos organizado la cruzada espiritual contra nosotros mismos y nuestros vicios y pasiones.
No es suficiente que no nos alistemos junto a los que niegan o combaten a Dios…
No basta que salgamos en defensa de Dios, de Nuestro Señor Jesucristo, de la Santísima Virgen María, de la Santa Iglesia, de la doctrina tradicional…
No sólo hemos de combatir al marxismo intelectual, al liberalismo y al modernismo, modernos lucíferos que se rebelan contra Dios…
No sólo hemos de estar prontos a dar nuestra vida por Dios…
También es necesario, y anterior a todo aquello, velar en oración en el huerto de los olivos y allí, tomar la resolución, de una vez y para siempre, de que, por lo que nos toca a nosotros, Dios no será ni abandonado, ni sustituido, ni desfigurado…; que para nosotros ya no habrá un dios desconocido como para los atenienses, sino todo lo contrario: nuestro único y verdadero Dios será el de la Revelación, el de la Tradición, el del Magisterio, el del Sagrario y el de la Santa Comunión, que se conoce en la oración y se ama con una amistad íntima y sincera…
Entonces sí podremos, como San Miguel, responder al demonio, al modernismo, al comunismo, al liberalismo, a la masonería, a la judería y a todos los enemigos de Dios, de la Iglesia y de la Patria: quis ut Deus? ¿Quién como Dios?
Y si no estamos dispuestos a pasar por Getsemaní, para velar nuestras armas, mejor será envainar la espada…, o servirse de ella contra nosotros mismos para, al menos, guardar silencio antes que proferir el grito blasfemo: non serviam! ¡No serviré!
Que San Miguel Arcángel y María Santísima, la Reina de todos los Ángeles, nos ayuden en nuestro combate contra el poder y perversidad del demonio.
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