La Masacre del Seguro Obrero

En chile, en el año 1935, se funda el Partido Nacional Socialista, si, era el mismo nacionalsocialismo nacido en la Europa de los años 30, pero que en Chile tuvo un carácter criollo que se impregno rápidamente de un fuerte sentido religioso, propio de los jóvenes idealistas de la época, que solo buscaban el bien para la patria que los vio nacer.
El general Tobías Barros Ortiz, que los conoció en la campaña presidencial de 1938 y fuera embajador en Berlín, expresa: Los propios nazis tenían un nazismo muy particular. Yo conocí el auténtico después. El nazismo criollo tenía del otro las exterioridades, copiaron el uniforme, el saludo, pero, en realidad, no tenían la base ideológica totalitaria del otro nazismo, por ejemplo, la idea racista y las ideas totalitarias, al contrario eran Catolicos.

El MNS, dirigido por el abogado Jorge González von Marées, creció rápidamente. A los cuatro meses de su fundación, Carlos Dávila Espinoza les pidió formar parte de su gobierno, a lo que se negaron. Pronto van a comenzar los choques callejeros con los comunistas y especialmente con los socialistas, con quienes competían en la venta de sus periódicos, pero había algo en que coincidían: en la oposición al gobierno de Arturo Alessandri Palma (1932-38), al que acusaban de haber traicionado al pueblo.

Al iniciarse 1938, la oposición se presentaba dividida. Radicales, comunistas, socialistas y democráticos constituyeron el Frente Popular, que proclamó la candidatura del abogado y profesor radical y masón Pedro Aguirre Cerda. Otros pequeños partidos (Radical Socialista, Organización Ibañista, Unión Socialista de Ricardo Latcham, etc.) formaron la Alianza Popular Libertadora que, junto con el MNS (que ya tenía tres diputados), proclamó a Carlos Ibáñez del Campo. Los partidos de derecha (Liberal, Conservador, y una fracción Democrática) apoyaban al empresario Gustavo Ross Santa María. A tres bandas, era seguro que ganaría este último, a quien favorecían el gobierno y el poder financiero de la derecha.

El domingo 4 de septiembre de 1938, bajo un brillante sol, se realizó en Santiago la Marcha de la Victoria en apoyo al general Ibáñez, con participación de más de cien mil personas, entre ellas treinta mil nacionalsocialistas. Los principales jefes ibañistas fueron a un local céntrico a celebrar por anticipado el triunfo. No asistió González von Marées. No estaba convencido de triunfar y, por el contrario, había ordenado apurar las acciones golpistas, fijando para el día siguiente la revuelta. Según el plan había que apoderarse de dos edificios céntricos, tomarse una radioemisora y dejar Santiago sin electricidad.

A mediodía del lunes 5 de septiembre el plan empezó a realizarse de acuerdo a lo programado. Un grupo de treinta y dos jóvenes entró al edificio de la Caja del Seguro Obrero (que hoy ocupa el Ministerio de Justicia), y se distribuyó por escaleras y pasillos. A las doce diez algunos ellos comenzaron a cerrar las puertas del edificio pero el mayordomo trató de impedirlo. La dueña de un puesto de diarios avisó a Carabineros.

Otro grupo de treinta y dos jóvenes, había ingresado a la casa central de la Universidad de Chile por la puerta donde hoy está la Librería Universitaria, ocupándola sin resistencia. A los académicos y funcionarios se les permitió retirarse.

A las 12:25, el presidente Alessandri se dirigió de La Moneda a la Intendencia, donde increpó al intendente por creer que se trataba de un asalto gangsteril, volviendo luego a su despacho en La Moneda desde donde convocaría a las autoridades encargadas del orden público. Carabineros, entre tanto, había rodeado el Seguro Obrero, tomado posiciones en techos y terrazas vecinas y emplazado ametralladoras.

A esta altura, cabe señalar que los jóvenes estaban armados, solo con un viejo revolver de aguja y una escopeta de chispero.

Los amotinados, que tenían orden de resistir sin disparar, esperaban la aparición de las tropas del ejército que los ayudarían. Ignoraban que el enlace había desaparecido la noche anterior y nadie se había comunicado con los jefes militares de Santiago, por lo que ningún regimiento los auxiliaría.

Pocos minutos antes de las 13 horas se abrió el fuego contra el sexto piso del Seguro Obrero desde el edificio de La Nación. El presidente Alessandri, acompañado de su hijo Fernando, dirigía personalmente las operaciones.

Quince carabineros lograron romper la cadena en la puerta del edificio, y entraron hasta el tercer piso. A las 13:30 o poco antes, llegaron efectivos del regimiento Tacna, leales al gobierno, frente a la Universidad y, para sorpresa de los muchachos, dispararon dos cañonazos con una pieza de artillería, derribando la puerta. Seis muertos fue el resultado de esta acción, en que no hubo, de acuerdo a las instrucciones, mayor resistencia.

A las 13:30 el general director de Carabineros Humberto Arriagada Valdivieso, quien cuatro años antes había dirigido la matanza de Ranquil,  recibió terminantes órdenes de rendir a los amotinados antes de las cuatro de la tarde.

En cuanto a los rendidos en la universidad, se les llevó, con los brazos en alto, por calle Morandé en dirección al cuartel de policial.  Al pasar por La Moneda, Arriagada exclamó: ¡A estos carajos hay que matarlos a todos!. Por órdenes del presidente Alessandri se les hizo volver y entrar al edificio del Seguro. Más o menos a las 14:40 horas fueron llevados a culatazos hasta el sexto piso, quedando en una sala a cargo de un teniente.

Cerca de las quince horas Gerardo Gallmeyer recibe un disparo en la frente (fue el único muerto en acción en el Seguro), al asomarse desde una ventana. Por calle Teatinos aparecen los regimientos Tacna y Buin. Los nazistas al verlos gritan alborozados. Pero al ver que abren fuego contra el Seguro, White grita:
¡Hemos sido traicionados! Estamos perdidos… ¡Chilenos a la acción! ¡Moriremos por nuestra causa! ¡Viva Chile!.

Minutos antes de las 16 horas, y una vez que los rebeldes del Seguro se desprendieron de sus armas (dos revolveres y una escopeta), despejaron la escalera, los hacen bajar al quinto piso, junto a los funcionarios del Seguro. Con las manos en alto son colocados vueltos hacia la pared en la escalera. Los oficiales Pezoa y González mandaron entonces al teniente Angellini a consultar sobre qué hacer.

El general Arriagada contestó textualmente: ¿Que no entienden lo que se les dice? ¡Que los suban arriba a todos y que no baje ninguno!. Pezoa, a los pocos minutos, recaba una orden escrita, la que le fue enviada (De orden de mi general y del gobierno, hay que liquidarlos a todos). Una orden manuscrita del prefecto jefe, coronel Jorge Díaz Valderrama, ratificó la anterior. Pezoa, entonces, ordena el cumplimiento a González, el cual se niega alegando que la orden es contraria a los principios de la institución. Se dirige a la Intendencia, intercede ante sus superiores para no cumplir la orden, recibiendo por respuesta: ¡Es orden del gobierno!. Finalmente, implora clemencia al general Arriagada, quien responde: ¿Cómo se le ocurre pedir perdón para esos ?.

A las 17:30 horas el carabinero que estaba colocado al final del descanso de la escalera, de acuerdo a las órdenes recibidas, hinca la rodilla y aprieta el gatillo de su fusil ametralladora. Durante los cinco minutos siguientes todas las armas policiales disparan sobre los rendidos. Fue un asesinato masivo, cruel y cobarde.

Con gritos de terror, unos, y gritando sus consignas partidarias, otros (ha perdurado la frase que Pedro Molleda Ortega dirigió a sus compañeros: ¡No importa, camaradas, porque nuestra sangre salvará a Chile!), todos murieron, siendo después repasados con disparos y/o golpes de sable y yatagán. Después vino el despojo, el botín, el premio a la infamia.

El teniente Antonio Llorens Barrera se negó terminantemente a acatar la orden, por lo que fue detenido y llevado al cuartel de Investigaciones.

Ahora le tocaría el turno a los rendidos en la universidad, que se hallaban en el quinto piso. Se les llevó al cuarto, debiendo pasar por sobre los cadáveres de sus camaradas. José Cabello, alto funcionario del Seguro se identifica como tal, pero el coronel Eduardo Gordon Benavides, dándole un cachazo en la cabeza, le gritó: ?¡Tú eres de los mismos, baja si puedes!?. Cuando comenzaba a hacerlo, un civil que acompañaba a la tropa, Francisco Droguett Raud, lo mató de un balazo. Carlos Ossa Monckeberg, otro empleado, fue ultimado no obstante sus reiteradas súplicas. Luego un capitán grita a los carabineros: ?¡Ya niños, a cumplir con su deber!?, a lo que siguió la segunda parte de la masacre.

Pero faltaba otro capítulo: la impunidad. Comenzó esa misma noche, al arrastrar los cuerpos hacia las escaleras para aparentar que habían muerto en combate.

A las 21 horas el diputado Raúl Marín Balmaceda, el doctor Ricardo Donoso Castro, el periodista Darío Zañartu Cabero, el capellán Padre Gilberto Lizana, piden al mayor Luis Portales Mourgues permiso para entrar. Termina por acceder, bajo su responsabilidad, no obstante existir orden superior de prohibir la entrada a los civiles. Al recorrer el edificio, encuentran entre los cadáveres a tres nazistas vivos (Carlos Pizarro Contreras, Facundo Vargas Lisboa y Daniel Hernández Acosta). El diputado Marín se dirige a La Moneda, en tanto Zañartu y el doctor Donoso quedan junto a los sobrevivientes.

Marín regresó diciendo que Alessandri ordenaba que los tres fuesen protegidos. Los oficiales le creyeron. Pero la verdad es que no había hablado con el presidente. Una hora después se encontraría otro sobreviviente, Alberto Montes Montes, uno de los rendidos en la universidad.
El gobierno puso en marcha lo que el historiador Ricardo Donoso llamó ?el escamoteo de la verdad?. Pidió al Congreso facultades extraordinarias y clausuró los diarios opositores . Quedo circulando el diario La Hora, que inició una campaña destinada a divulgar lo acontecido publicando fotos, comentarios y revelaciones que estremecieron a la ciudadanía.

La Cámara de Diputados nombró una comisión investigadora, ante la cual concurrieron actores y testigos de la masacre, volviendo a conmoverse la opinión pública con las declaraciones y revelaciones que hicieron los tenientes Angellini y Draves. El coronel Aníbal Alvear no dudó en señalar a los verdaderos autores. Preguntado sobre quién dio la orden de matar, contestó: El asunto es bien sencillo, ¿quién da una orden de matanza, cuando el gobierno, un general presente y el presidente de la República están a pocos metros de distancia de donde ocurre la masacre?. La conciencia pública se conmovió aún más cuando se supo que el personal que había participado en la matanza, además de ascensos, había sido gratificado.

La Corte Suprema designó un ministro en visita. Fuertemente presionado prohíbe, a pocos días, la publicación de informes periodísticos sobre el proceso. El 23 de octubre -dos días antes de la elección presidencial- dictó sentencia. Daba por comprobados los delitos de rebelión y conspiración contra el gobierno. Condenaba a veinte años de reclusión mayor a Jorge González von Marées, a quince años a Oscar Jiménez y a penas menores a otros procesados.

La tragedia del 5 de septiembre decidió el resultado de la jornada electoral a favor del candidato del Frente Popular.

El 25 de diciembre asume el mando Pedro Aguirre Cerda radical y mason, sellando así, lo que había sido planeado desde el inicio: sofocar un movimiento nacionalista y garantizar el triunfo Radical-masón, a beneplácito de la Derecha liberal. Los culpables jamás recibieron castigo, el General Arraigada, incluso fue homenajeado, pues el principal Hospital de Carabineros de Chile lleva su nombre. El Nacionalsocialismo, murió el día 5 de septiembre, distanciándose así de su símil europeo. Hoy la fecha se ha prestado para que pseudo grupos neonazis tergiversen esta gesta y así se enlode la memoria de estos jóvenes que creían que Chile podía ser un país mejor que lo que el liberalismo les ofrecía en ese momento.

George Valdes Silva

Acerca de Radio Cristiandad

La Voz de la Tradición Católica, con la Verdad aunque duela.

5 pensamientos en “La Masacre del Seguro Obrero

  1. Lo presentado es un buen resumen de la Masacre del Seguro Obrero.
    Sin embargo, las afirmaciones del último párrafo no están respaldadas por el testimonio histórico, estando yo actualmente estudiando el tema. La Masacre no ocurrió por ninguna conspiración para facilitar el triunfo del Frente Popular, sino que por la decisión del Presidente Arturo Alessandri (para entonces proclive a la derecha) y sus asesores en ese momento de aplastar el movimiento por verlo como un grave atentado al Gobierno. Los nacistas chilenos que actuaron ese día, contaban con un cierto conjunto de armas variadas, más bombas caseras de buen efecto (datos del proceso en la Justicia Militar), también con un equipo de radio (muy alta tecnología para la época) por medio del cual recibían instrucciones de los jefes del levantamiento que estaban en Las Condes. En el Seguro Obrero estaban al lado de La Moneda y disparaban hacia la oficina misma del Presidente, el cual estaba agitadísimo y en algún momento incluso con miedo por su propia vida.
    Las alusiones a una especie de conspiración radical masónica tampoco son tales. El Frente Popular era un conglomerado político y bastante más amplio que los radicales (el Radicalismo tuvo gran relación con la Masonería, pero lejos ‘no son todos los que están ni están todos los que son’). A raíz de la masacre, Arturo Alessandri fue expulsado de la Masonería, tal como le había ocurrido a Ibáñez en su período dictatorial.
    Por otra parte, Ricardo Boizard, democratacristiano, en su libro “La Democracia Cristiana en Chile” (1963), presenta a don Pedro Aguirre Cerda como un hombre ejemplarmente tolerante y que tuvo especial deferencia con los católicos, gran amigo del cardenal José María Caro; además la esposa del Presidente Aguirre Cerda era una dama de reconocida devoción, tal como también lo era la esposa de don Arturo Alessandri. Este último le regaló un libro-rosario a su esposa, Rosa Ester Rodríguez (existe hasta hoy) con una dedicatoria así: “Mi religión es usted. Suyo siempre, Arturo Alessandri”.
    Poseo también un testimonio inédito, de quien fue el abogado Noé Ochoa Coronado, quien el 05.9.1938, como teniente de Carabineros y al mando de una sección del Grupo Móvil, fue el primero en llegar al lugar, aunque después no tomó parte en la represión directa, sino que como apoyo desde el edificio de La Nación y el Ministerio de Hacienda, según su propia versión. Su nombre como autor de la masacre, no aparece mencionado en ninguno de los textos que he revisado sobre el tema, aunque él, en su testimonio, señala que para la época la prensa le atribuyó a él (que era conocido su nombre) acciones de homicidio y remate de los heridos.

  2. He leído mil y una vez lo ocurrido ese fatidico día, y mil y una vez me han salido lagrimas.
    No sólo fue un acto cobarde, sino también un acto sátanico al cortar sus exremidades y demás partes del cuerpo, como sí a algun ser se le estuviera regalando( ofreciendo) sangre joven( la mejor sangre).
    Sobre lo que comenta Abel, la respuesta de arriba, le dejo un par de preguntas ¿ Qué hacía un civil disparando en la cabeza a unos de los “malvados” nazis? Lo digo por el tal Francisco Droguett, ¿ sería un agente? ¿ de quién o de quienes?
    Ud sr Abel ¿ justifica la matanza de jóvenes idealistas? ¿ de mutilar a jóvenes ya rendidos? y por favor no nos venga con cuentos de informes y demás porquerías, tanto Alesandri como todos los carabineros presentes son culpables del asesinato; lo peor de todo que ni siquiera la historia los condenara, por qué la misma democracia que mato a estos valientes jóvenes, que derramaron sangre por un Chile que aún existía( hoy no existe), han hecho olvidar los hechos de ese día al resto de la población. Cuando se habla de derechos humanos en este país sólo se recuerdan los actos cometidos en el régimen de Pinochet, pero nadie habla de esta masacre( tampoco del aborto, otro crimen contra la humanidad cometido por la democracia).
    ahhh pobre Pedro Molleda, vuestra sangre no salvo a nadie! ni siquiera a su lider Jorge González von Marées, que debió a ver muerto con ustedes, como un buen soldado y lider, pero sí tengan seguro que su sangre nos da aliento y razón para seguir en pie!

    Descansad en paz allí en el Paríaso que seguro estaís!

  3. El 09.02.2010, acabo de leer el comentario que ha seguido al mio inicial.
    En ninguna parte justifico la llamada matanza del Seguro Obrero, lo que hago es aportar datos y precisiones y contextualizar la situación, como a la vez, añadir luces sobre afirmaciones, muchas populares, que se inclinan a lo que se denominan “teorías conspirativas”, carentes de solidez probatoria y, en ocasiones, hasta de lógica o sentido común. No se puede ni se debe “tapar el Sol con un dedo”. Fue un hecho terrible y una represión extrema, y, asimismo, el Presidente Arturo Alessandri Palma, en los momentos iniciales estuvo en verdadero peligro de ser alcanzado por las balas de los jóvenes nacistas. En un “estado de derecho”, una vez rendidos -como ocurrió y quedaron indefensos- debían ser detenidos y procesados con todas las garantías procesales, pero no asesinados sin más y todo lo añadido que se gestó en un abuso impresionante de autoridad, que incluyó también el robo de lo que portaban en dinero y especies.
    De acuerdo con Leonidas Bravo, auditor de ejército, en su libro “Lo que supo un auditor de guerra” (1955) el civil que actuó en masacre era un “soplón” de Investigaciones, fue condenado a muerte pero todo quedó jurídicamente amnistiado como tantas otras veces en nuestra historia, tanto para ese civil como para los carabineros implicados; y sobre las autoridades políticas se levantó una nebulosa, quedando impunes podríamos decir, prácticamente como es casi siempre.
    Una matanza -y esta lo fue- es una matanza, sea quien sea que la haya ejecutado u ordenado, y sean quienes sean las víctimas, ya sean estos jóvenes nacistas en la “Torre de Sangre”, o bien obreros del salitre en la denominada Matanza Santa María de Iquique a principios del siglo XX. Y ocurran estos hechos en la Rusia de Stalin, en la Alemania de Hitler, en la Italia de Mussolini, en los EE.UU., en Chile, o cualquier lugar que se considere culturizado en el mundo.
    En los hechos procesales sobre la masacre del Seguro Obrero, nunca se demostró o se probó que la orden hubiera sido dada por el Presidente. En un juicio, tal hecho basta para ser inocente. Pero todos sabemos, que en decisiones así las autoridades obran verbalmente y buscan o intentan que no quede ninguna prueba de su decisión. Y siempre se usa a terceros, a descubierto o encubiertos. Y ¿cuántas veces terminan pagando condenas los últimos de los últimos, los que cumplían ordenes a las que ni siquiera podían oponerse porque podían hacerles lo mismo a ellos?
    Una orden tan severa y extrema, de seguro provino desde lo más alto.
    En actos así, el verdadero autor puede mantenerse desconocido para siempre. Todos sabemos como murió asesinado Manuel Rodríguez, incluso se sabe bien del autor del disparo, etc. Pero hasta ahora no se demostrado que la orden haya sido dada por nuestro prócer O’Higgins, o permitida por él, gran beneficiario político de dicha muerte, pues lo consideraba entre sus peores enemigos políticos junto a los Carrera, y quien estuvo vinculado al apresamiento; por lo tanto, continuará siendo un enigma histórico, aunque existan sospechas y presunciones.
    Los informes no son “cuentos” ni macanas, si bien algunos pueden ser manipulados o muchos. Y un analista, siempre los estudia en relación y comparación con otros elementos, lo que permite establecer su grado de veracidad y sentido. También existe una técnica moderna, el análisis de contenido, que permite entender el mensaje oculto que subyace en todo mensaje expresivo, y que nos revela aspectos que el propio autor busca que no advirtamos.
    Por otra parte, a pesar de la que vida humana es lo más importante, en realidad históricamente no siempre ha sido así el concepto. En esto hemos ido -al menos eso creemos- evolucionando. Algo similar ha sucedido con la conceptualización y valorización de los denominados “Derechos Humanos”, que tomaron la importancia y rumbo que hoy conocemos con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial, principalmente luego y por lo del holocausto judío, y las matanzas de gitanos, de discapacitados, y homosexuales y todo lo que se estimó que no debía existir y soobre los que se atribuyó el brazo político poder absoluto de decisión sobre la vida y la muerte de millones de seres humanos. Agarró más fuerza con el conocimiento que se tuvo de la represión en la Europa Oriental, y, allí especialmente por las persecuciones, muertes, represiones, purgas y muchos etc., del Stalinismo Soviético.
    (Cabe aquí decir claramente que el Nacismo chileno, el de los mártires de la “Torre de Sangre”, era de un idealismo ideológico distinto, en lo que parecen coincidir distintos autores).
    Finalmente, temas como estos son polémicos, controversiales, generan pasión. El consenso, imposible, pero se debe hacer un esfuerzo para aproximarse lo más posible a lo real y concreto; ojalá aprendiendo de los errores humanos, políticos, ideológicos, u otros, que se van presentando en el transcurso del tiempo y que, suelen repetirse confirmando que el ser humano “es el único ser viviente que tropieza dos veces con la misma piedra”.

  4. Creo que su discución bien fundamentada por ambos, no los llebará a ningun lado. Así como casi todo en la Historia existen mas de una versión, la cuál muchas veces no te deja llegar a la verdad absoluta.

  5. Cuando se hagan decenas de películas sobre la mayor tragedia de la Humanidad, o sea, la matanza del Seguro Obrero (bueno, en Ruanda ellos dicen que la Mayor Tragedia que la Humanidad Jamás vio fue lo ocurrido en su país, y los ucranianos tambien tienen derecho a decir que la Mayor Tragedia de la Humanidad, fue la muerte de su pablo por órdenes del Partido Comnunista Soviético, siete millones de católicos asesinados en un año)…bueno, ese dia la gente exigirá que todos los familiares de los jóvenes nacionalsocialistas chilenos merezcan reparación económica, como hoy reciben las victimas comunistas y socialistas y sus descendientes a causa de la represión militar a partir del Golpe de Estado de 1973. Justicia es Justicia. Lástima que yo no tuve ningún pariente muerto ni en la Mayor Tragedia de la Humanidad, ni en el Golpe de Estado. Sí, digo lástima, porque ahora recibiría miles de miles depesos por hechos que yo no propicié ni tuve responsabilidad.

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