LA EXISTENCIA DE DIOS Y LA PROVIDENCIA: DE LA NATURALEZA DE DIOS
LA EXISTENCIA DE DIOS Y LA PROVIDENCIA
CAPÍTULO VI
DE LA NATURALEZA DE DIOS
Yo soy el que soy. Éxodo, 3, 14
Las pruebas clásicas de la existencia de Dios expuestas por el Doctor Angélico muestran, como se vio, que existe un primer Motor de los espíritus y de los cuerpos, una Causa primera de los seres que llegan a la existencia, un Ser necesario del cual dependen los seres contingentes y perecederos, un Ser supremo, Verdad primera y Soberano Bien, una Inteligencia ordenadora, causa del orden del universo, que justamente designamos con el nombre de Providencia.
Por estos cinco atributos: primer Motor, Causa primera, etc., concebimos a Dios; por ahí hemos establecido su existencia.
Tócanos ahora declarar qué cosa es Dios; en otras palabras, qué es lo que constituye formalmente su naturaleza.
Ello es necesario para adquirir una idea exacta de la Providencia.
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El problema
Acá en la tierra, ciertamente, no podemos conocer la esencia divina como es en sí misma; sería para ello preciso verla inmediatamente, como en el Cielo la ven los bienaventurados.
Aquí sólo conocemos a Dios como por reflejo en las perfecciones de las criaturas; y siendo éstas tan imperfectas, no nos le dan a conocer tal cual es en sí.
En lo que mira al conocimiento de Dios, como declara Platón en la alegoría de la caverna, nos asemejamos a un hombre que nunca hubiese visto el sol, sino sólo el reflejo de sus rayos en los objetos que ilumina, o a quien nunca hubiera alcanzado a ver la luz blanca, sino solamente y por separado los siete colores del arco iris: violeta, añil, azul, verde, amarillo, naranja y rojo. Nadie en tales condiciones podría formarse idea exacta de la luz blanca, ni concebirla, sino negativamente y de una manera relativa, como un foco luminoso inaccesible.
De igual suerte nosotros no podemos formarnos idea apropiada y positiva de la naturaleza divina por las criaturas, donde resplandecen por partes las perfecciones que en Dios forman un todo absolutamente simple.
No podemos, pues, conocer la naturaleza divina tal cual es en sí misma. De poderla contemplar, veríamos cómo en ella se identifican realmente y sin destruirse todas las perfecciones divinas: ser infinito, sabiduría, amor, justicia y misericordia.
El único recurso que nos queda es deletrear, enumerar, una tras otra todas sus perfecciones, añadiendo que todas ellas se funden e identifican en una simplicidad eminente, en la unidad superior de la Deidad o Divinidad; pero la Deidad o la esencia de Dios (aquello por lo que Dios es Dios) será siempre misterio impenetrable, hasta que le veamos cara a cara en el Cielo.
Es algo así como si viéramos los lados de una pirámide cuyo vértice estuviera fuera del alcance de nuestros ojos.
Siendo, pues, imposible conocer la naturaleza divina tal cual es en sí, ¿no se podrá, al menos en la medida que nuestro entender alcanza, determinar lo que la constituye formalmente?
En otros términos: entre las perfecciones que atribuimos a Dios, ¿no habrá una que sea primordial y como la fuente de todos los atributos divinos y el principio de la distinción entre Dios y el mundo?
¿No habrá en Dios cierta perfección radical que sea en Él lo que es la racionalidad en el hombre? Porque el hombre es un ser racional; y esta cualidad de ser racional le distingue de los seres inferiores y es el principio de las demás cualidades. Por ser racional, el hombre es libre, responsable de sus actos, sociable, religioso, habla y sonríe: cualidades todas ellas ajenas al irracional. Las cualidades, del hombre se deducen a la manera de las propiedades del círculo o del triángulo.
¿No habrá también en Dios una perfección radical que permita definirle, a la manera como definimos el hombre, el círculo o la pirámide?
En otros términos: ¿no existirá en las perfecciones divinas algún orden que permita deducirlas de una perfección primera?
Tal es el problema que tratamos de resolver. Leer más…
EL ATELIER DE SAN JOSÉ: PATRONO DE LA IGLESIA CATÓLICA
SAN JOSÉ
PATRONO DE LA IGLESIA CATÓLICA
En los años 1869 y 1870 se reunieron en Roma todos los obispos del mundo, para celebrar un Concilio general, que fue el primero Vaticano. En este Concilio se habló también de San José, y se hizo más solemnemente de lo que ya se había hecho en el Concilio de Constanza, el año 1414.
En dicho Concilio, Gersón había propuesto se invocara a San José como Patrono de toda la Iglesia. La propuesta fue bien acogida, si bien no pudo actuarse, por varias circunstancias.
En el Primer Concilio Vaticano fue presentada la misma petición por muchísimos obispos, no sólo en nombre propio, sino también en nombre de los feligreses confiados a su cuidado. El Concilio aplaudió la proposición, y el papa Pío IX, de felicísima memoria, con un Decreto que expidió el 8 de diciembre de 1870, Quemadmodum Deus, declaró solemnemente a San José, Patrono de la Iglesia universal.
Este glorioso título dado a San José es antiguo, si se considera el culto privado, porque desde muchos siglos venía siendo invocado como Patrono de la Iglesia universal por algunos cristianos; y es nuevo, si se atiende a la declaración pública y oficial, porque la Iglesia no lo saludó como a tal sino después de 1870.
Muy a propósito fue este Decreto del Sumo Pontífice, y muy propio de San José es el título con que se lo honra, pues Él desde el Cielo hace por todos los cristianos lo que los Santos Patronos locales o particulares hacen para con los cristianos de determinado país, de una provincia, de un reino; esto es, los asiste, los protege, los defiende, y se constituye en su abogado defensor y padre ante el trono de Dios.
Cuan oportuna fuese dicha Declaración lo demuestran claramente las circunstancias, ya que en la tierra se combate encarnizadamente a la Iglesia Católica. Las principales armas de los enemigos son la calumnia contra el sacerdocio, la irrisión de las cosas y prácticas más santas, la incredulidad, la indiferencia religiosa, la expoliación de la Iglesia, la prensa mala e impía, el atentado a la indisolubilidad del matrimonio y muchas otras. Y no pocos, aun de los que se llaman cristianos, con estas armas tratan de esclavizar a la Iglesia, y así destruirla, si fuere posible.
Oprimida por tantas angustias, amenazada por tantos enemigos, la Iglesia se dirigió a Dios implorando su ayuda, y Dios le ofreció un sostén y un defensor en la persona de San José. A Él, cuando estaba sobre la tierra, el Padre Celestial le había confiado la Sagrada Familia, y por su medio la había salvado de las persecuciones. Ahora bien, ¿quién más a propósito para custodiar y proteger la Iglesia de Cristo, que el que tuviera la sublime misión de custodiar y amparar la Familia de Nazaret?
Por esto podemos afirmar que Dios confió a San José en el Cielo, el mismo oficio que tenía cuando estaba en la Tierra. Aquí abajo fue el custodio del Cuerpo real de Jesucristo, y desde el Cielo es el custodio de su Cuerpo Místico, la Iglesia Católica.
Aquí fue el custodio y defensor de Jesús, a quien salvó de la muerte y mantuvo con sus trabajos, y desde el Cielo guarda y defiende al Papa, que representa a Jesús, como Jefe de la Iglesia.
Aquí salvó a la Sagrada Familia de las persecuciones, y desde el Cielo salvará a la Iglesia, que es la continuación de aquélla.
Aquí fue providencial Jefe de la Sagrada Familia, y desde el Cielo es poderoso Patrono de la Iglesia universal, de este gran Cuerpo Místico que une a los cristianos con su Jefe, que es Jesucristo.
El orden de la Divina Providencia nos lleva necesariamente a asignar este oficio a San José; no faltaba más que la voz de la Autoridad Suprema que lo promulgase en el cristianismo, y esta voz se hizo oír por boca de Pío IX el 8 de diciembre de 1870.
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He aquí las veneradas palabras del Decreto:
Como Dios constituyó al antiguo José, hijo del Patriarca Jacob, gobernador de toda la tierra de Egipto, a fin de que no dejase faltar al pueblo el alimento que necesitaba; así, llegada la plenitud de los tiempos, cuando iba a mandar a su Hijo Unigénito Salvador del mundo, escogió a otro José, del cual el primero era tipo y figura, y lo constituyó señor y príncipe de su casa y de su posesión, y lo eligió guardián de sus divinos tesoros. José, en efecto, tuvo por esposa a la Inmaculada Virgen María, de la cual, por obra del Espíritu Santo, nació Jesús, que se dignó ser llamado hijo de José, y a él estuvo sujeto.
Y este José, no sólo vio a Aquel a quien tantos reyes y profetas desearon ver; sino que conversó con Él, y con afecto paternal lo abrazó y besó; y hasta con diligentes cuidados nutrió a Aquel que debía ser el sustento espiritual y alimento de vida eterna para el pueblo fiel.
Por esta sublime dignidad que Dios confirió a su Siervo fidelísimo, siempre la Iglesia honró con sumos honores y alabanzas al bienaventurado San José, después de la Virgen Santísima, su Esposa, e imploró preferentemente su mediación en casos angustiosos.
Viéndose, pues, en estos tristísimos tiempos la misma Iglesia por todas partes perseguida por sus enemigos, y oprimida de tan graves calamidades, hasta el punto que hombres impíos están persuadidos de que ha llegado la hora en que contra Ella prevalecerán las puertas del infierno; los venerables Prelados de todo el orbe católico presentaron sus preces y las de los fieles de Cristo encomendados a su cuidado, y pidieron al Sumo Pontífice que se dignara proclamar a San José, Patrono de la Iglesia Católica.
Habiéndose después renovado insistentemente las mismas súplicas y votos en el Sagrado Concilio Ecuménico Vaticano, nuestro Santísimo Padre el Papa Pío IX, movido por la actual luctuosa condición de los tiempos, y queriendo satisfacer los votos de los obispos, y obtener para sí mismos y los fieles todos el poderosísimo patrocinio del Santo Patriarca José, lo declaró solemnemente patrono de la iglesia católica, y mandó que su fiesta, del 19 de marzo, se celebre en adelante con rito doble de primera clase, aunque sin octava, por razón de la Cuaresma.
Dispuso, además, que semejante declaración se promulgara por el presente Decreto de la Sagrada Congregación de Ritos, en este día consagrado a la Inmaculada Virgen Madre de Dios y Esposa del castísimo José.
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ORACIÓN A SAN JOSÉ DEL PAPA LEÓN XIII
A Vos recurrimos en nuestra tribulación, Bienaventurado José; y, después de invocar el auxilio de vuestra Santísima Esposa, solicitamos también confiadamente vuestro patrocinio.
Por aquella caridad que con la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, os tuvo unido, y por el paterno amor con que abrazasteis al Niño Jesús, humildemente os suplicamos volváis benigno los ojos a la herencia que con su Sangre adquirió Jesucristo, y con vuestro poder y auxilio socorráis nuestras necesidades.
Proteged, oh providentísimo Custodio de la Sagrada Familia, la escogida descendencia de Jesucristo; apartad de nosotros toda mancha de error y corrupción; asistidnos propicio, desde el Cielo, fortísimo libertador nuestro en el combate que al presente libramos contra el poder de las tinieblas; y, como en otro tiempo librasteis al Niño Jesús
del inminente peligro de su vida, así, ahora, defended la Iglesia Santa de Dios de las asechanzas de sus enemigos y de toda adversidad.
Y a cada uno de nosotros protegednos con perpetuo patrocinio, para que, a ejemplo vuestro y sostenidos por vuestro auxilio, podamos santamente vivir y piadosamente morir y alcanzar en el Cielo la eterna felicidad. Amén.
ESTUDIOS DOCTRINALES: EDUCACIÓN DE LOS HIJOS: DOS COMPLEMENTOS DEL HOGAR: LA ESCUELA Y LA PARROQUIA
DOS COMPLEMENTOS DEL HOGAR:
LA ESCUELA Y LA PARROQUIA
Pío XII afirma en uno de sus discursos que el ambiente familiar, como nido ofrecido por la naturaleza… es el más apropiado para asegurar una buena e incluso perfecta educación.
Pero esta afirmación no es categórica sino condicional; entre las dos partes de la frase anterior introduce el gran Papa un inciso en el que dice que para que eso pueda afirmarse se requiere una doble condición: que ese ambiente sea complementado por la Iglesia e integrado por la Escuela (Discurso al Internado Nacional Masculino de Roma, del 20 de abril de 1956).
Los padres, según esta doctrina, deberían preocuparse de buscar estos dos complementos del ambiente y educación familiar si quieren que la educación de sus hijos sea buena y completa.
Digamos, pues, algo sobre estos dos ambientes complementarios del hogar, empezando por la Escuela.
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La Escuela
Bajo el punto de vista de instrucción o meramente cultural, es indiscutible que la Escuela es algo más que un complemento de la familia. En la inmensa mayoría de los casos la Escuela es la mandataria de los padres para la instrucción integral de los hijos.
En este aspecto, la acción enseñante del maestro y de la Escuela es fundamental y sustantiva, y lo que la familia puede hacer es relativamente poca cosa.
Pero si se trata, no de la instrucción científica e intelectual, sino de la formación humana, de la educación moral, social, cívica y religiosa, en una palabra, de la formación de la personalidad, indudablemente los términos se invierten y la parte principal corresponde a la familia, siendo la de la Escuela meramente complementaria.
No obstante los empeños de la pedagogía, demuestra la experiencia secular que sobre la formación de la personalidad infantil tiene mucha mayor influencia el medio ambiente familiar que el de la Escuela, habiendo de reservarse la influencia del maestro, en lo que concierne a la formación de la personalidad, a una acción complementaria del medio ambiente familiar.
Sea, pues, el hogar un templo para los hijos y la Escuela una prolongación de la casa paterna.
Esto hay que decirlo muy claro y muy fuerte en los tiempos actuales; pero no para oscurecer la nobilísima misión del magisterio y sacar de quicio lo referente a la dignidad paterna, sino para dejar las cosas en su sitio: para que los padres no exijan de los maestros lo que éstos no pueden dar, y para sacudir la conciencia dormida de muchos padres que abdican de los derechos y olvidan las sagradas obligaciones que tienen como educadores natos y primarios de sus hijos.
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Las razones y las sinrazones en favor de la Escuela
Normalmente, en una situación social normal, aunque se tratara de padres que tuvieran ciencia no común, cualidades de didactas y tiempo suficiente, es recomendable enviar los hijos para su instrucción a una Escuela o Colegio público para una más completa formación de su personalidad.
Aunque la educación individual, hablando en general, tiene una gran superioridad sobre la educación colectiva, bajo algunos aspectos, ésta supera a la anterior.
Sería, pues, prudente tratar de obtener los beneficios de ambas, uniendo a la acción formativa que se da en el hogar la que se da en una Escuela o Colegio.
La Escuela pone mejor en contacto al niño con el mundo y la sociedad; le inicia en el difícil arte de conocer a los hombres al hacerle convivir con una multitud de condiscípulos; educa y desarrolla más pronto el sentido de adaptabilidad; hace conocer experimentalmente al niño que además de la autoridad paterna existen en el mundo otras autoridades dignas del mayor respeto; acostumbra al alumno a una puntualidad, a una disciplina externa, a un orden colectivo que difícilmente se pueden practicar en el hogar.
Por eso, la educación colectiva de la Escuela debería ser un hermoso complemento de la que se recibe en el hogar. Esta sin aquélla fácilmente resultaría excesivamente individualista, parcial y hasta egoísta; ésta con aquélla constituye la mejor solución para una educación integral que se acerca al ideal. Leer más…
P. BASILIO MERAMO: LA INTELIGENCIA AL SERVICIO DE LA ESTUPIDEZ ¡QUÉ SANDEZ!
Puede asombrar el título, pero esto es lo que cabe decir, cuando es lo que hacen personalidades como Monseñor Fernando Ocáriz, aunque muy versado en filosofía, al punto de captar al genio metafísico más grande del siglo XX, el Padre Cornelio Fabro, de quien el Padre Julio Meinvielle decía: “¿Es posible, es posible que después de siete siglos de tomismo, tan sólo el P. Fabro haya vuelto a entender el acto de ser? ¿Es posible…?” Palabras traídas a modo anecdótico por el mismo Padre Fabro, cerrando la conferencia que pronunciara en la Pontifica Universidad Angélicum, con ocasión del homenaje a sus 80 años.
Hago mención de todo ésto, pues qué pensará un prelado como Monseñor Ocáriz, versado en la filosofía al nivel de un Padre Fabro, ante lo ignaro (en estos temas metafísicos de alto vuelo y profunda visión) de Monseñor de Galarreta y de su equipo de filósofos y teólogos en el Vaticano. Pues hay que decir la verdad, aunque duela, puesto que en los seminarios de la Fraternidad, brilla el Padre Fabro por su ausencia.
Al aplicar las categorías de la verdad al error, revestido de legitimidad (falsa, por supuesto) imperando oficialmente en el nombre de Dios, habráse visto mayor fariseísmo.
Pretender defender el Concilio Vaticano II y hacerlo obligatorio, es aplicarle al error lo que es de derecho y patrimonio exclusivo de la verdad.
El Concilio Vaticano II es un adefesio y un absurdo teológico, cual círculo cuadrado, puesto que todo legítimo Concilio Ecuménico es ipso facto, infalible por su misma y propia esencia, dado que su infalibilidad no depende de la voluntad de ninguno de sus miembros, ni del Papa ni de los otros Obispos. Depende del Papa su convocatoria y realización, pero no depende de él el ser o no ser infalible, como no depende de ninguno de los contrayentes, que el matrimonio sea indisoluble, depende de ellos el querer o no querer realizarlo, (casarse) pero si se casan, el matrimonio es indisoluble por su misma y propia esencia. Del Papa depende ser o no infalible queriendo ejercer o no su magisterio ex cátedra. Pues de él depende que quiera o no ejercer dicho magisterio y prerrogativa extraordinaria y exclusiva sólo de él. Pero no depende ni puede depender del Papa, que un Concilio Ecuménico en el ejercicio del magisterio universal y solemne (extraordinario) de la Iglesia, sea o no infalible. La Iglesia no puede darse el lujo de posibilitar el error en materia divina y de fe enseñando o posibilitando el error en nombre de Dios. Un Concilio Ecuménico como el Vaticano II, no infalible por voluntad tanto de Juan XXIII como de Pablo VI, es un Concilio deficiente en su constitución divina y por lo tanto ilegítimo y nulo de pleno derecho, por defecto constitucional que vulnera su propia esencia magisterial e infalible.
Esto es lo que hay que decir teológica y jurídicamente, de lo contrario es admitir que la Iglesia Católica como institución divina, es defectible, pudiendo enseñar el error en materia de fe, no se diga ya de la herejía, que puede no estar garantizada su veracidad por la infalibilidad (indefectibilidad magisterial) en su máximo órgano universal extraordinario.
Es el colmo de los colmos, hacer pasar el Concilio Vaticano II como válido y legítimamente constituido, ésto es un grave error teológico, doctrinal y jurídico que denota una falta de cordura y sapiencia teológica.
El Concilio Vaticano II cae por su propio peso, tiene un error de fundamento que lo vicia en su propia esencia al haber excluido e impedido la presencia sacrosanta del Espíritu Santo, eyectándolo (enviándolo a paseo). Es una gran falacia y engaño el pretender imponerlo haciéndolo pasar como un Concilio válido, legítimo y por lo tanto obligatorio, por lo cual es un pseudo concilio, un anti concilio, un concilio al revés, invertido (sodomizado) y por lo tanto, más que Concilio, es un conciliábulo.
Marín Sola, ya decía: “Está revelado que ‘todo concilio ecuménico es infalible’, o lo que es lo mismo, está revelado que ‘todo concilio es infalible, si es ecuménico’ ”. (La Evolución Homogénea del Dogma Católico, BAC, 1963 p.435). Obra que apareció en Valencia en 1923, siendo avalada además el mismo año, por el que fuera Secretario de Estado del Papa San Pío X, el muy ilustre Cardenal Merry del Val.
Luego no queda otra solución: o el Concilio Vaticano II es legítimo y verdadero Concilio Ecuménico y en consecuencia infalible, por tanto no tiene errores en la fe, ni puede tenerlos, ya ni se diga herejías, quedando éstos excluidos de pleno derecho, por su misma y propia divina esencia constitutiva; o el Concilio Vaticano II no es legítimo y verdadero Concilio Ecuménico y por lo tanto no es ni puede ser infalible, luego no es legítimo Concilio pudiendo tener errores, como de hecho los tuvo y tiene, y no sólo errores, sino hasta herejías, al pretender aggiornarse (ponerse al día) con el mundo moderno, impío y herético que abjura de Dios.
Qué fue entonces el Concilio Vaticano II (el pseudo Concilio) una gran y solemne reunión eclesiástica universal; y que al pretender ser un Concilio Ecuménico, legítimo y obligatorio, como pretende Monseñor Ocáriz(miembro del Opus Dei) y uno de los teólogos de las conversaciones doctrinales de parte de Roma, con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, es un engaño, queriendo meter gato por liebre, y es además hacer servir la inteligencia al error, la mentira y la impostura más descomunal en toda la historia de la Santa Madre Iglesia, como pretende Monseñor Ocáriz, en su artículo publicado en L´Osservatore Romano del 2 de Diciembre de 2011.
Ya Monseñor Lefevbre había vislumbrado que no tiene ningún valor un concilio no infalible, pues dijo en una de sus conferencias espirituales en el Seminario de Ecône, el 27 de Enero de 1986: “Qué valor tiene un Concilio no infalible? ninguno”; pero de esto no queda rastro en la memoria de los que hoy pretenden ser sus fieles y dignos discípulos.
No queda otra calificación teológica- jurídico – exegética, que pueda tener el pseudo Concilio o anti Concilio Vaticano II, ya que con él, se concretiza puntualmente la desaparición del obstáculo que según San Pío X era el Imperio de la Verdad mantenido por la Iglesia. A partir de Vaticano II, se oficializó el imperio de la falsedad, el error y la herejía, pues al impedir al Espíritu Santo su sacra presencia, para que garantizara (por derecho propio como corresponde a todo legítimo y verdadero Concilio Ecuménico) la infalibilidad de la Iglesia y de su sagrado Magisterio Universal, que es lo que impide (obstaculiza) que el error impere sobre la verdad, se abrieron las puertas al error. Con lo cual se hace evidente que con el Concilio Vaticano II se quito el obstáculo del que habla San Pablo y que detiene la aparición (manifestación) del Anticristo.
Decía San Pío X: “Cuando esta doctrina no pueda ya guardarse incorruptible y que el imperio de la verdad no sea ya posible en este mundo, entonces, el Hijo de Dios aparecerá una segunda vez, pero hasta ese último día, debemos mantener intacto el depósito sagrado y repetir la gloriosa declaración de San Hilario: ‘vale más morir en este siglo, que corromper la castidad de la verdad’”. (Píe X, Jérome Dal-Gal, 1953, p.107-108).
El Padre Antonio van Rixtel ya hacía ver que: “Los dogmas de la infalibilidad e indefectibilidad de la Iglesia jerárquica, se fundan precisamente en la asistencia del Espíritu Santo, que impide que Satanás, aprovechando la falibilidad y defectibilidad de los hombres, se apodere -mediante la venida del Anticristo- de la Iglesia, el Lugar Santo, donde Él está congregando y edificando el cuerpo y la esposa de Jesús. Resulta, pues, que ‘el detener del misterio de iniquidad, que va obrando ya’, y el ‘impedir que el Anticristo sea manifestado hasta su propia sazón’, es justamente la tarea y obra del Espíritu Santo, con respecto a la Iglesia jerárquica, instrumento con que Él congrega la esposa de Cristo”. (El Testimonio de Nuestra Esperanza, escrito publicado por Buenaventura Gaviria Cámpora, refundiéndolo en otro libro El Tercer Milenio – El Misterio del Apocalipsis, Fundación Gladius, Buenos Aires, Argentina, 1995, p.559)
No queda más que recordar y tener presente, la visión que proféticamente tuviera el famoso Cardenal Pie al advertir a la posteridad: “La escisión, la separación, el divorcio de las sociedades con Dios, que es dado por San Pablo, como un signo precursor del fin: nisi venerit discessio primum (II Tes. 1,3), se irá consumando de día en día. La Iglesia, sociedad sin duda siempre visible, será de más en más, llevada a proporciones simplemente individuales y domésticas.” (Le Cardinal Pie de A à Z, Textes sélectionnés est classés par Jaquer Jammet,Editions de Paris 2005, p.187).
Estamos así con la Iglesia reducida a un pequeño rebaño fiel, disperso por el mundo en testimonio de la fe, mientras que la diáspora del pueblo elegido se ha concluido (finalizado) hace más de sesenta años, en Mayo de 1948. Dato que marca que estamos en los últimos tiempos apocalípticos como San Lucas lo afirma al decir que: “Y caerán a filo de la espada, y serán deportados a todos las naciones y Jerusalén será pisoteada por los gentiles hasta que el tiempo de los gentiles sea cumplido”. (Lc. 21,24). El que quiera entender que entienda, y el que no, paciencia.
P. Basilio Méramo
Bogotá, 21 de Enero de 2012
P. CERIANI: SERMÓN PARA EL TERCER DOMINGO DE EPIFANÍA
TERCER DOMINGO DE EPIFANÍA
Y habiendo bajado del monte, le siguieron muchas turbas; y he aquí que, viniendo un leproso, le adoraba, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Y extendiendo la mano le tocó, diciendo: Quiero. Sé limpio. Y al punto su lepra fue limpiada.
Y Jesús le dijo: Mira, que no se lo digas a nadie; mas ve, muéstrate al sacerdote y ofrece la ofrenda que mandó Moisés en testimonio para ellos.
Y habiendo entrado en Cafarnaúm, se llegó a Él un Centurión, rogándole y diciendo: Señor, mi siervo está postrado en casa paralítico y es reciamente atormentado. Y le dijo Jesús: Yo iré y lo sanaré. Y respondiendo el Centurión, dijo: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, mas di tan solo una palabra, y será sano mi siervo. Pues también yo soy hombre sujeto a otro, que tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.
Cuando esto oyó Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: En verdad os digo, no he hallado una fe tan grande en Israel. Os digo, pues, que vendrán muchos de Oriente y de Occidente, y se recostarán con Abraham, e Isaac y Jacob en el reino de los cielos. Mas los hijos del reino serán echados en las tinieblas exteriores: allí será el llanto y el crujir de dientes.
Y dijo Jesús al Centurión: Ve, y como creíste, así te sea hecho. Y fue sano el siervo en aquella hora.
Después de la predicación y de la enseñanza en la montaña, se ofrece el momento de empezar a hacer milagros, para que cuanto se ha dicho reciba su confirmación en la virtud de los milagros.
Como enseñaba demostrando que tenía poder, para que no se creyese que era ostentación esta manera especial de explicarse, hace por medio de las obras lo mismo que había hecho por medio de las palabras, como teniendo también el poder de curar.
Entre los que no subieron al monte se encuentra el leproso, que no puede subir a lo alto, abrumado bajo el peso de sus pecados.
La lepra es el pecado de nuestras almas. El Señor bajó de la altura del Cielo como de un alto monte, para limpiar la lepra de nuestros pecados. Y así, como si le aguardase, el leproso sale al encuentro del que baja.
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En el monte enseñó, curó las almas y sanó el corazón humano. Terminado lo cual, como había bajado de los montes celestiales a salvar a los pecadores, un hombre lleno de lepra se llegó a Jesús, e hincadas las rodillas, pegando el rostro con la tierra, le adoró y dijo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.
Aquí se han de ponderar las virtudes de este leproso en su oración.
La primera, grande reverencia exterior e interior, hincando las rodillas, postrándose en tierra, adorando a Cristo y llamándole Señor.
La segunda, fue grande fe en la omnipotencia de Cristo, confesando que con sólo quererlo, podía sanarle
No dice si lo pidieres a Dios, sino si quieres, puedes, confesando que era Mesías, Hijo de Dios.
No dijo si quieres, por dudar de su misericordia, sino por no saber si sus pecados lo desmerecerían, o si le convenía aquella salud corporal.
La tercera, fue gran resignación, porque no pidió alguna cosa expresamente, pues no añadió: límpiame, sino descubrió su necesidad y deseo con vivísimas palabras; y confesó la omnipotencia de Cristo y remitió a su voluntad el sanarle, dejando todo a su arbitrio, y le reconoce como Dios, y le atribuye la potestad de hacerlo todo.
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Aunque podía limpiarlo con la palabra y con la voluntad, le aplicó la mano; el Señor demuestra aquí que no obra como siervo, sino que, como Dios, toca y cura. La mano no se vuelve inmunda por haber tocado la lepra, sino que, por el contrario, el cuerpo leproso se vuelve limpio al simple contacto de la mano santa.
San Juan Damasceno dice: No era sólo Dios, sino también hombre, por eso obraba los milagros por medio de la palabra y del tacto, a fin de que sus actos divinos se llevasen a cabo con el concurso del cuerpo como órgano.
La voluntad de limpiar la lepra fue para el leproso, pero la palabra para los demás que lo presenciaban. Por ello dijo el Salvador: Quiero. Sé limpio.
Y San Jerónimo aclara que no debe leerse juntamente, como quieren algunos autores latinos: “Quiero limpiar”, sino por separado. De tal modo, que primero diga: “Quiero”, y después, mandando, diga: “Límpiate”. El leproso había dicho: “Si quieres”, el Señor le respondió: “Quiero”. Aquél había dicho:
“Me puedes limpiar”, y el Señor le respondió: “Sé limpio”. Leer más…
LA EXISTENCIA DE DIOS Y LA PROVIDENCIA: DIOS, FUNDAMENTO SUPREMO DEL DEBER
LA EXISTENCIA DE DIOS Y LA PROVIDENCIA
CAPITULO V
DIOS, FUNDAMENTO SUPREMO DEL DEBER
Hemos estudiado la prueba de la existencia de Dios sacada del apetito natural de felicidad. Redúcese, como decíamos, a lo siguiente:
El apetito natural, fundado en la misma naturaleza, común a todos los hombres, y no en la imaginación o en algún desvarío de la razón, no puede ser vano, quimérico o engañoso; es decir, no puede tender a un bien irreal o inasequible.
Pero todo hombre naturalmente desea, ser feliz, y la verdadera felicidad no se halla en los bienes finitos o limitados, por cuanto la inteligencia aviva en nosotros el apetito natural del bien universal e ilimitado que concibe.
Es, pues, necesario que exista un Bien sin límites, Bien puro, sin mezcla de imperfección; sin lo cual sería un absurdo psicológico, un contrasentido absoluto, la amplitud universal de nuestra voluntad.
El herbívoro encuentra la hierba que apetece, y el carnívoro la presa necesaria para el sustento; es imposible que sea de peor condición el apetito natural del hombre; debe ser posible la verdadera felicidad, naturalmente deseada, la cual sólo puede consistir en el conocimiento y en el amor del Soberano Bien.
Dios, pues, existe.
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Hay otra prueba de la existencia de Dios, que arranca del deber moral o de la ordenación de nuestra voluntad al bien moral. Y esta nueva prueba conduce al Soberano Bien, no ya como objeto deseable sobre todas las cosas, sino como Ser supremo que tiene derecho a ser amado, exige amor y es el fundamento del deber.
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La ordenación de nuestra voluntad al bien moral
El punto de partida de la prueba es la conciencia humana.
Aun los que dudan de la existencia de Dios comprenden, confusamente al menos, que es necesario hacer el bien y evitar el mal.
Para entender esta verdad, basta tener la noción de bien y distinguir, de acuerdo con el sentido común, tres clases de bien:
1°) El bien sensible o simplemente deleitable;
2°) El bien útil para un fin;
3°) El bien honesto o moral, que es bien en sí mismo, prescindiendo del deleite o utilidad que pueda reportar.
El animal descansa en el bien sensible deleitable y por instinto busca el bien sensible útil, sin relacionarlo con el fin para el cual usa de él. La golondrina recoge la pajuela, sin saber que es útil para el nido que fabrica.
Sólo el hombre conoce la utilidad o la razón de ser de los medios para el fin.
Sólo él también conoce y puede amar el bien honesto y comprender el sentido de esta verdad moral: es necesario hacer el bien y evitar el mal.
Por más que se perfeccione con el adiestramiento, la imaginación del animal nunca llegará a entender dicha verdad.
Pero cualquier hombre, por exigua que sea su cultura, la comprende. Todos los hombres que han llegado al pleno uso de razón distinguen las tres clases de bien arriba mencionadas, aunque no sepan explicarlas. Todos ven que una fruta sabrosa es un bien sensible, deleitable, un bien físico que nada tiene que ver con el bien moral, y que se puede usar de dicha fruta de una manera moralmente buena o moralmente mala; por consiguiente, lo deleitable no es de suyo moral.
Todos saben asimismo que una medicina muy amarga no es un bien deleitable, pero sí útil para recobrar la salud alterada. De la misma suerte, el dinero es útil, pero cabe hacer de él bueno o mal uso moral. Esta es una de las verdades más elementales del sentido común.
Y por último, todo hombre llegado al uso de razón advierte que sobre el bien sensible deleitable y aun sobre el útil existe el bien honesto, que también se dice racional o moral, el cual es bien en sí mismo, aparte el placer, las ventajas y comodidades que pueda proporcionar.
A esta clase de bienes pertenecen las virtudes, como la paciencia, el valor, la justicia.
En lo que toca a la virtud de la justicia, nadie pone en duda ser un bien espiritual, y no sensible; cierto es que recompensa con el gozo a quien la practica; pero aun sin ello es buena; y es buena, porque es razonable, conforme con la recta razón.
Comprendemos que es un deber practicar la virtud de la justicia por ella misma, no precisamente por la utilidad que acarrea o por evitar los males de la injusticia; y ello hasta el punto de padecer antes la muerte que atropellar la justicia y dejarse arrastrar por un acto injusto, sobre todo grave.
He aquí una perfección propiamente humana, es decir, del hombre como racional, no en cuanto animal.
De igual modo, es un bien en sí conocer la verdad y amarla sobre todas las cosas, y obrar en todo conforme a la recta razón, aparte el placer que ello reporta y las ventajas que proporciona.
Y este bien honesto o racional se nos presenta como fin necesario de nuestra actividad y, por consiguiente, como obligatorio.
Todo hombre comprende que un ser racional debe ajustar su conducta a la recta razón, como la recta razón se ajusta a los principios absolutos del ser o de lo real: Lo que es, es; y no hay posibilidad de que a la vez sea y no sea.
El inocente molido a palos por un pillo demuestra la existencia de un mundo inteligible superior al sensible cuando replica al agresor: Me puedes matar; mas no por ello tienes razón. La justicia es la justicia.
Es un hecho que en todos los pueblos se expresa el deber por fórmulas equivalentes: Haz tu deber, venga lo que viniere. Es preciso hacer el bien y evitar el mal. El placer y el interés deben estar subordinados al deber; lo deleitable y lo útil, a lo honesto. Es un principio eterno, que siempre ha sido verdadero y siempre lo será.
¿Cuál será el fundamento próximo del deber o de la obligación moral? Lo es como expone Santo Tomás en Ia-IIæ, q. 94, a. 2, el principio de finalidad, según el cual todo ser obra por un fin y debe tender al fin que le es proporcionado.
De ello se deriva que la voluntad del ser racional debe tender hacia el bien honesto o racional para el que está ordenada. La facultad de querer y de obrar racionalmente está ordenada para el acto racional, como lo está el ojo para la visión, el oído para percibir el sonido, el pie para andar, las alas para el vuelo, la inteligencia para la verdad. La potencia es para el acto correlativo; y, de no tender a él, pierde su razón de ser. No sólo es mejor para la potencia el tender hacia su acto, sino que ahí está su ley íntima y primordial.
La voluntad, que de suyo es capaz de querer, no sólo el bien sensible, deleitable o útil, mas también el bien honesto o racional, es decir, la voluntad, que esencialmente está ordenada al bien honesto, no puede dejar de quererlo, sin perder su razón de ser.
Esta voluntad existe para amar y querer el bien racional; bien, que debe ser realizado por aquélla, es decir, por el hombre que puede realizarlo y existe para realizarlo.
Tal es el fundamento próximo de la obligación moral.
Mas ¿no existirá otro fundamento supremo mucho más elevado?
La voz de la conciencia es a veces extraordinariamente poderosa cuando manda o prohíbe ciertas acciones, como el falso testimonio, la traición, o cuando reprende y reprueba tras una grave falta. ¿Acaso no le remuerde al asesino la conciencia, por oculto que permanezca el crimen? Los hombres lo ignoran, pero la conciencia no cesa de reprochárselo, aun dudando el criminal de la existencia de Dios.
¿De dónde viene esa voz de la conciencia? ¿Sólo de la lógica? ¿Será por ventura sólo de la razón individual? ¡Ah! pero es una voz que se hace oír por todos y cada uno de los hombres; es una voz que a todos domina.
¿Vendrá quizá de la legislación humana? Pero esta voz de la conciencia habla más alto que las leyes humanas de todos los pueblos, más alto que la Sociedad de las Naciones; esa voz nos dice que la ley injusta no obliga en conciencia; y los mismos legisladores que dictan una ley mala son reprendidos allá en el secreto de su alma por la recta razón que en ellos subsiste.
***
La ordenación de nuestra voluntad al bien moral supone
una Inteligencia Ordenadora divina
¿De dónde, pues, sale esa voz de la conciencia, en ocasiones tan potente? ¿No vendrá de arriba? Leer más…
P. LEONARDO CASTELLANI: AYUNO Y TENTACIONES DE CRISTO
AYUNO Y TENTACIONES DE CRISTO
Hoy hay sacerdotes que niegan las Tentaciones. Tengo el resumen de un artículo publicado con toda clase de aprobaciones en la “Revista Eclesiástica” de Lima, que me mandó mi amigo el P. jesuita Florentino Alcañiz: niega la realidad de las Tentaciones de Cristo y afirma que son una “dramatización” para expresar la eterna lucha del bien y del mal. Niega también que haya endemoniados y afirma que todos los “endemoniados” del Evangelio fueron enfermos y nada más. ¿Y cómo Cristo los dio por endemoniados, e incluso habló con los demonios? Ah, ésa es otra “dramatización”, para significar la existencia del mal en el mundo. Después, como si esto fuese poco, se mete con la Santísima Madre de Jesucristo (cosa que Jesucristo no suele tolerar) y dice que la aparición del Ángel Gabriel es un cuento ridículo; y que eso es otra dramatización del “monólogo interior” de María Santísima; o sea, que la Virgen se preguntó ella misma y se respondió ella misma: —¿Quieres ser Madre de Dios? —Sí quiero, cómo no.
Entonces, según Su Sapientísima Reverencia, los milagros de Cristo podrían ser todos “dramatizaciones” —Perfectamente, cómo no —Entonces, Reverendo, ¿en qué se funda su fe? —Se funda en la razón —Hace mucho tiempo que no tienes ni pizca de fe —ni pizca de razón— diría tu Padre San Ignacio de Loyola.
Me hace acordar lo que le sucedió a un paisano mío de Reconquista, que se le paró al lado un turista en auto y dijo:
1. Oiga amigo ¿éste es el camino que va a Reconquista?—Síseñor. El otro puso en marcha el auto y el paisano le gritó: —Ep, párese!
1. ¿Qué hay? —Este es el camino de Reconquista; pero si quiere llegar a Reconquista, pegue media vuelta y agarre pal otro lao, dirección contraria. Así este Profesor de Escritura, anda por la Sagrada Escritura, pero en dirección contraria: cree que anda entrando y anda saliendo.
Las Tentaciones de Cristo son reales y verdaderas. No diré que sean fáciles: son la mar de raras.
Algunos intérpretes (Durand, y también en cierto modo San Jerónimo y San Juan Crisóstomo) dicen que es natural, Cristo siendo Dios no podía ser tentado como nosotros los hombres. Pero Cristo no fue tentado como Dios,
es imposible; y su natura de hombre es esencialmente la misma que la mía.
Mejor dijo el gran místico alemán del siglo XIII Maestro Eckhart: que las tentaciones de Cristo fueron las mismas que las nuestras. ¿Cómo se entiende eso?
La materia de nuestras tentaciones es diferente; en realidad es diferente en cada hombre; pero el fondo (o sea lo que llaman los tomistas “la forma”, que no significa figura sino la estructura esencial de cada cosa, el “alma” como si dijéramos) ésa es la misma. El esquema general es el mismo.
En la parábola de las “Dos Banderas” que inserta San Ignacio en sus “Ejercicios Espirituales”, presenta a Cristo y a Satán como dos caudillos que están reclutando gente para sus campañas bélicas: San Ignacio ve la vida cristiana como una milicia, pues él había sido milico. El Mal Caudillo se sienta en un trono de fuego y humo, en figura horrible y espantosa; y haciendo llamamiento de innumerables demonios los manda a tentar por tres escalones; primero de codicia de riquezas; después de vano honor del mundo; por último a recrecida sobérbia; de donde después los precipiten en todos los vicios y pecados. “Dale al diablo un cabello y te tomará todo el pelo” —dice el español. San Juan Crisóstomo pone también estos tres escalones.
Los que hacen los ejercicios dicen —yo mismo lo he dicho alguna vez: “Eso es inexacto. Las tentaciones comunes son: 1° querer tener mucha plata; 2° exceso de lujo, boato, diversiones y comodidades; 3° pecados carnales”. Eso es así, pero es un caso particular del esquema de San Ignacio y del esquema de las Tentaciones de Cristo: primero tienta el demonio con la codicia de una cosa creada (y todas las cosas creadas menos la salud pueden conseguirse con la plata), una cosa creada que no es mala en sí, pero que apegársele demasiado es malo —a veces muy malo; después tienta con una cosa ya mala, aunque no sea o no parezca un crimen; después tienta con cosas perversas. No está obligado el diablo a tentar en este orden lógico; y por eso tampoco los Evangelistas las ponen en el mismo orden: Lucas lo cambia.
Codicia de riquezas: demasiado nos previno Cristo contra ella; el mundo de hoy ha olvidado esa prevención; y por eso anda trastornado; estamos en el Reino del Dinero. Un multimillonario argentino tiene poco que ver con un multimillonario yanqui; pero aquí no hay muchos. Un millonario yanqui, que había muchos hasta llegar al poder Teodoro Roosevelt y los llamaban “los Megaterios Sagrados” no son millonarios, son billonarios (en Estados Unidos y Francia un billón son mil millones). ¿Saben Uds. cuánto viene a ser un billón? Ni lo imaginamos. Por ejemplo, si al nacer Cristo un hombre tuviera un billón de dólares y gastase mil dólares al día (cosa que ningún hombre puede), ahora, pasados casi dos mil años a 365.000 dólares al año, le quedaría dinero todavía que gastar unos 700 años —un poco más. Hagan la cuenta, es una multiplicación y una división que puede hacer un escuelerito de 6° grado.
Es una aberración que un hombre tenga un billón; no lo ha ganado, es un robo; y esa aberración gobierna hoy al mundo. Santo Tomás dice que si se permite a todos que lucren todo lo que puedan, sin límites, eso no es lícito, es aberrante. Ahora no hay muchos billonarios en E.E.U.U., porque el Estado, por medio de exorbitantes impuestos, barre con las grandes fortunas; pero el Estado a su vez se ha convertido en billonario, trillonario y cuatrillonario, y eso es para peor. No solamente la deuda pública, solamente los intereses de la deuda pública de E.E.U.U. pasan del billón. ¿Y quién va a pagar esa deuda? Nadie, no se puede pagar. ¿Y los intereses? Los paga todo el mundo, empezando por las naciones sonsas.
Un amigo me dijo que el Diablo ha puesto a los E.E.U.U. las tres tentaciones; la tentación de la riqueza, y han caído; la tentación de la fama y el poder, y han caído: robo de territorios a Méjico y España, entrada innecesaria en las dos Grandes Guerras, poder: lo han conseguido. Ahora le ha puesto la última: el gobierno del mundo entero; lo mismo que a China, Rusia y De Gaulle (Europa); a los cuatro Grandes. Veremos lo que pasa.
Esto sólo ya es un loquero; el mundo no puede andar bien; y encima están los otros dos escalones del diablo —que dependen del primero.
Salto los otros dos escalones, porque no hay tiempo. En el segundo escalón están la vanagloria, el auto-engrupimiento y la ambición. Cada día se publican en el mundo (y la gente los lee) millares de libros lascivos, obscenos, sacrílegos, crueles o absurdos. ¿De qué viene eso? De la angurria de gloria, y también de dinero, de los escritores. Y la ambición ha causado más muertes en el mundo que todas las pestes juntas; porque de ella proceden las guerras.
En el tercer escalón está la crecida soberbia, que fue el pecado del Diablo y también de Adán. Al llegar aquí Cristo rechazó a Satanás sin cortesía: “¡Fuera de aquí!”
Así que vean cómo el diablo tentó a Cristo según el esquema; por supuesto que lo tentó en la suposición de que Cristo podía ser el Mesías, cosa que el Maldito no sabía seguro. Primero lo tienta con una cosa buena, el pan; pero que la consiguiera por mal camino, un milagro innecesario; segundo, con el afán de hacerse famoso, pero por medio de una temeridad, la cual es en sí mismo pecado grave contra la Prudencia; tercero, con una máxima maldad —a la cual tentación sucumbirá el Anticristo: tomar al diablo como Dios.
Como dije antes, este Evangelio está erizado de dificultades: he explicado la principal. Por ejemplo: ¿agarró el Diablo a Cristo que estaba en el desierto y lo llevó volando al pináculo del Templo? “¡Qué julepe tendría el Maldito!” —dice Santa Teresa. Probablemente se apareció en figura de peregrino y le pidió lo acompañara al Templo: el texto griego dice “paralambánein” que no significa “agarrar” ni “transportar” sino “conducir consigo”. ¿Y luego lo llevó volando a un monte alto desde donde se vieran “todos los Reinos del Mundo —a la montaña de Djebel Karantal, a 30 km. de Jerusalén, como dice la
leyenda? También aquí dice “paralambánein”. Probablemente produjo una gran visión imaginaria en torno a Cristo, donde se viese además de Jerusalén muchas suntuosas ciudades, ríos, valles y mares — todo el mundo en abreviatura.
El Diablo da bien de comer y da mal de cenar, dice el español. Al final del Padre Nuestro pedimos a Dios nos libre del Mal —o nos libre del Diablo— como traducen los ingleses (“the Evil One”) y los alemanes; y los brasileros. No podemos saber qué palabra aramea dijo Cristo, pues no nos ha quedado el Evangelio arameo de San Mateo —si es que existió. En griego y en latín, la última palabra del Padre Nuestro puede traducirse “de todo mal” o “del Malo”; porque ese ablativo que hay allí: “a malo” y “Apó poneeroú” puede venir de un nominativo masculino o bien neutro.
Es lo mismo de todos modos: que nos libre del pecado o del Diablo que es el que induce y se aprovecha del pecado.
(P. Leonardo Castellani, Domingueras Prédicas, Ed. Jauja, Mendoza, 1997, p. 67-74)
EL ATELIER DE SAN JOSÉ: EXCELENCIA DE LA DEVOCIÓN A SAN JOSÉ
EXCELENCIA DE LA DEVOCIÓN A SAN JOSÉ
Después de la devoción a Jesús y a su divina Madre, no hay devoción más justa y más sólida que la que la Santa Madre Iglesia nos invita a tener a San José.
De todos los Santos propuestos a nuestra devoción, ninguno es más poderoso que Él cerca de Dios, y nadie tiene más derechos que Él a nuestro amor, a nuestra confianza y a nuestro homenaje de piedad filial.
Dios Padre, confiando a San José los tesoros más preciosos del Cielo y de la tierra, al escogerlo entre todos los hombres para ser el Jefe de la Sagrada Familia, nos dio en cierto modo la medida del respeto que le debemos.
El antiguo Patriarca José conoció en su juventud, por misteriosa revelación, el grado sublime a que sería elevado; vio en un sueño a los dos principales astros de nuestro firmamento inclinarse respetuosos delante de él; pero esta profética visión no se verificó exactamente sino con el segundo José, del cual el primero fue tan sólo una imagen, pues Jesucristo, que es el verdadero Sol de justicia que ilumina a los hombres, y María, la Luna esplendente que envía a la tierra la luz que recibe del Sol, se sometieron enteramente a la dirección de San José, y le tributaron el homenaje de la más respetuosa obediencia, como a su jefe.
La vida de Jesús debe ser nuestro modelo: Os he dado el ejemplo, a fin de que lo que Yo hice, lo hagáis vosotros también.
Pues bien; desde el momento que el Eterno Padre escogió a José para que le representara sobre la tierra, Jesús, lo honró como a su Padre, le obedeció en todas las cosas, y lo sirvió con sus divinas manos, tributándole la más obsequiosa reverencia.
Gersón encuentra en el profundo abajamiento de Jesús, obediente a José, la justa medida de la altura sublime a que fue elevado nuestro Santo. Este subió en la misma proporción en que descendió Jesús, de manera que la obediencia de Jesús nos prueba al mismo tiempo su incomprensible humildad y la incomparable dignidad de José. De manera que los actos de sumisión que practicaba el Hijo de Dios obedeciendo a José, eran para este otros tantos grados de la más sublime elevación.
¿Cómo podremos, pues, comprender la dignidad de un Santo que se vio obedecido, respetado y servido, por el espacio de tantos años, por su Creador, por su Dios?
María Santísima respetó y honró a San José como a dueño y como a esposo, destinado por el Eterno Padre para protegerla y dirigirla.
Y Ella, que es reverenciada por los Ángeles y por los Serafines; que vio inclinarse reverente al Arcángel Gabriel, y ante quien se postra la Iglesia triunfante y militante, se humilló ante José, prestándole los más humildes servicios.
Uno de los motivos que tenía la Virgen Santísima para honrar así a San José, era que conocía todos los tesoros de gracias con que el Espíritu Santo había colmado su corazón; pero cuando vio al Hijo de Dios respetar a José como a padre, servirlo como a su señor, escucharlo como se escucha al maestro, ¿quién podrá apreciar a qué grado se elevó su amor y reverencia a tan santo esposo?
Deseó entonces honrarlo como Jesús lo honraba; y no pudiendo hacerlo con la misma humildad, pues aquella era la de un Dios, se confundía en esa misma impotencia y manifestaba esa santa confusión a José, para compensarlo en alguna manera de cuanto hubiera deseado hacer, no sólo como esposa, sino como sierva, a imitación de Jesús.
La Santa Iglesia, a quien Dios confió las llaves de la verdad, para que nos condujera por el camino de la piedad sólida, al recomendarnos la devoción a San José, trata de inspirarnos una gran confianza en su poderosa protección. Le levantó magníficos santuarios, y estableció más de una fiesta solemne en su honor, que se celebran en todo el mundo católico: de manera que de oriente a occidente, doquiera resuena el nombre augusto del divino Salvador, se repite también el de su dilectísimo Custodio, verificándose así el oráculo de Nuestro Señor Jesucristo: El que permanece alerta en la guardia de su Señor, será glorificado.
La Iglesia propone a San José como modelo de vida interior y patrono de la buena muerte; nos exhorta a consagrarle el miércoles de cada semana, y para inducir a los fieles a honrarlo siempre más y más, concede numerosas indulgencias a las prácticas piadosas que se hacen en su honor.
Es así como la Iglesia trata de dar a su Santo Protector un justiciero tributo de reconocimiento, por los favores insignes que de Él ha recibido.
En efecto —dice San Bernardo—, San José, con la santidad de su vida, cooperó al misterio de la Encarnación del Verbo más que todos los antiguos Patriarcas con sus vivos deseos, con sus lágrimas y con sus méritos. La pureza de San José ha sido, en cierto modo, más fecunda que la fecundidad de todos los antecesores del Salvador.
Él, con su castidad, fue más afortunado que todos los héroes de la Ley antigua; y en cierto modo fue necesario, por así decirlo, para que se cumpliera el más augusto de los misterios: no tan sólo para que el Salvador viniera al mundo, con toda la honra que merecía, sino también —dice Santo Tomás— para que ese mismo mundo creyera al mismo tiempo en la Encarnación del Hijo de Dios y en la Virginidad Inmaculada de María.
¡Ah, si los parientes del joven Tobías se creyeron deudores al Arcángel Rafael, que había sido su guía en el viaje que debió realizar, cuánto más la Santa Iglesia y todo el pueblo cristiano deben demostrar su más vivo reconocimiento a San José, que protegió la infancia del Dios hecho Hombre, su Cabeza y su Salvador!
San José, como el virrey de Egipto, no solamente almacenó el trigo natural para sustentar a los súbditos de un rey idólatra, sino que preparó y conservó para el pueblo de Dios, el trigo de los elegidos, el Pan de los Ángeles, el alimento que lleva a la vida eterna.
Y la Iglesia, teniendo presentes favores tan inestimables, ha querido tributar a San José, honores mucho más elevados que los que otorgara Faraón al hijo de Jacob.
¡Oh José! —exclama la Iglesia—, pongo todos mis hijos bajo vuestra protección. María Inmaculada es mi Madre, mi Reina; Jesús, vuestro Hijo, es mi Esposo divino, y vos ocuparéis el lugar de Protector y de Padre. Adoptando por Hijo al Salvador del mundo, adoptasteis también a sus hermanos, que son mis hijos, y estoy segura de que vuestra caridad inextinguible no les negará ni los cuidados, ni los servicios que tributasteis a Jesús.
Después de estas sublimes e importantes consideraciones, no nos sorprenderá que todos los fieles tengan tanta confianza en San José, ni de que todas las Congregaciones, que son ornamento de la Iglesia, se hayan colocado bajo su protección, tomándolo como Patrono y modelo.
Todos los Santos han tenido la más tierna devoción a San José. Recordemos a San Bernardino de Sena, San Bernardo, Santa Brígida, San Francisco de Sales y Santa Teresa, verdaderos modelos de esta devoción.
El santo Obispo de Ginebra, en todas sus obras habla de San José con la más tierna devoción. A Él le dedicó, como al más querido Protector, su sublime Tratado del amor de Dios, y se gloría doquiera de pertenecer a este gran Patriarca. Escogió al casto Esposo de María como a principal Patrono y ángel tutelar de la Visitación, y manda a las novicias, que lo tengan como guía particular en el camino de la oración mental y de la contemplación.
El celo de Santa Teresa se hermana con el del piadoso Obispo de Ginebra. Encendida en la más viva y tierna devoción a San José, ¡con qué empeño se dedicó a propagarla!… Escribió, habló, y nada ahorró para que San José fuera conocido, amado y honrado de acuerdo con sus méritos.
Lo invocaba como a su Padre y señor; no emprendía ninguna obra sin implorar su socorro; le consagró trece monasterios que fundó en su honor, y exhortaba siempre a todos los fieles a recurrir a Él con confianza, y a ponerse bajo su patrocinio. A pesar de su solicitud en ocultar los favores con que Dios se complacía en enriquecerla, tratándose de contribuir a la gloria de San José, su pluma y su lengua ponían de manifiesto el secreto de su afecto: no podía dejar de manifestar las gracias extraordinarias que obtenía por su mediación.
Pero dejemos que ella misma hable en el capítulo VI de su Vida. La autoridad de una Santa tan venerada en la Iglesia por sus extraordinarias virtudes, debe inspirarnos confianza plena en tan poderoso Protector:
No me acuerdo, hasta ahora, haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma.
Que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; a este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas, y que quiere el Señor darnos a entender que, así como le fue sujeto en la tierra, que como tenía nombre de padre, siendo ayo, le podía mandar; así en el cielo hace cuanto le pide. Esto han visto otras algunas personas, a quien yo decía se encomendasen a él, también por experiencia. Y aun hay muchas que le son devotas de nuevo, experimentando esta verdad.
Querría yo persuadir a todos fuesen devotos de este glorioso Santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios. No he conocido persona, que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud. Porque aprovecha en gran manera a las almas que a él se encomiendan. Leer más…
ESTUDIOS DOCTRINALES: LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS: EL HOGAR PUERTAS AFUERA
EL HOGAR PUERTAS AFUERA
El hogar familiar no es sólo el habitáculo en que aparece y crece el niño; debe ser también el trampolín desde el cual el niño salta a la vida.
El hogar no puede ni debe ser avaro de la vitalidad que encierra; debe irradiar esa vida hacia la sociedad.
El niño nace, crece y se educa en el seno de una familia no para quedarse siempre en ella, sino, normalmente, para salir de ella y darse a la sociedad, ya sea constituyendo una nueva familia, ya continuando la tradición del hogar en que nació, ya fundando obras o empresas de benéfica influencia social, ya colaborando con las que otros fundaron; y todo eso en medio del mundo.
La familia tiene una configuración determinada y unos límites o linderos precisos, pero no para que ellos segreguen al hijo del mundo y de la sociedad, sino para que le introduzcan en él.
Cada familia no está aislada de las demás por el foso de un abismo ni separada por el muro de una incomunicación, sino unida con otras y con la sociedad por vínculos de carne y sangre, de solidaridad y necesidad.
La función básica de la familia es la de hacer al hijo ciudadano de una ciudad, ciudadano de la patria terrena, de una manera que le asegure poder estar después con los Santos en la gloria.
Los padres son un arco que lanza al hijo al espacio, como la flecha. Arco que sigue tenso después del disparo porque su misión no ha terminado. Con el extremo de su convexidad ha de estar dirigido hacia la parábola de aquella trayectoria del hijo, no para retenerlo, pero sí para apoyarlo si fuere necesario, para darle nuevo empuje si fuere preciso, para enseñarle de nuevo si su trayectoria se perdiera.
Por eso el hogar ha de ser no sólo escuela de virtudes personales, sino, además, escuela de virtudes sociales. No ha de enseñar al niño únicamente a vivir en sí y para sí, sino también a vivir en el mundo y para la sociedad.
La familia es para el niño el primer eslabón de su ligazón con el universo; debe ser, pues, también y al mismo tiempo, su primera escuela que le enseñe a relacionarse con el mundo y a proyectarse hacia él.
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El niño y el mundo
El niño, en los primeros cuatro años de su vida, es un gran solitario en medio del hogar; más que en el mundo, vive en sí mismo. Entre los cuatro y los siete años empieza a establecer contacto con el mundo que le rodea y con los demás seres. Más adelante, entre los doce y los dieciséis años, hay en la vida del adolescente como un nuevo descubrimiento del mundo exterior al que sigue la orientación definitiva de la vida.
Los padres deben procurar que la vida del hogar ayude y conduzca a su hijo en ese doble descubrimiento del mundo y que le facilite medios suficientes para irle conociendo suficientemente y saberse después situar en él.
El hogar moderno tiene a su disposición, para habituar al hijo a ese contacto con el mundo, muchos medios de que carecían las familias de hace un siglo no más: los diarios, las revistas ilustradas, la radio, la televisión, el cinematógrafo, internet últimamente han irrumpido en el hogar y han acortado las distancias que había entre él y el mundo.
Son elementos con los que hay que contar al estudiar el ambiente real de las familias de hoy y los medios que tienen para introducir a los hijos en el conocimiento del mundo.
No se puede vivir de espaldas a esas realidades del ambiente familiar, y mucho menos cuando esas realidades son un arma de dos filos, las cuales tanto pueden ser de excelentes resultados, si se usan con discreción, como tener consecuencias fatales si no son sabiamente dirigidas por los padres.
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Los hijos y la calle
La calle es el puente entre la familia y el mundo. Dos aspectos tiene la calle: la calle jardín y la calle vía pública. Y bajo uno y otro aspecto interesa que el niño tome con ella un contacto gradual guiado por sus padres.
La calle jardín, las zonas verdes de que nos hablan los modernos urbanistas, ocupa desgraciadamente muy poco espacio en las modernas urbes. Ella es el medio de que el niño establezca contacto con el mundo naturaleza.
La calle vía pública es el medio de que el niño empiece a relacionarse con el mundo sociedad.
Ambas son el medio de que el niño sintonice su alma con el mundo patria.
Tanto desde el punto de vista de seguridad personal, como desde el aspecto psicológico y moral, estos primeros contactos del niño con la calle deben hacerse juntamente con los padres.
Los padres serán el ángel tutelar de los hijos para los peligros de la circulación; los padres serán los cicerones natos de sus hijos en esos primeros ensayos de turismo infantil; los padres sabrán apartar la vista del niño de las crudezas que la vida moderna saca a veces a la luz pública.
Hay que procurar que los niños conozcan bien su ciudad, no sólo un barrio o parte, sino toda, con sus monumentos, sus edificios históricos y artísticos y hasta su historia; así la amará más, así se empezará a educar en él el amor a la Patria.
El hogar familiar no existe en el aire, sino en una población determinada, y esa población tiene su influencia y no pequeña en la formación concreta del ambiente familiar.
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Los niños y los espectáculos
Las personas mayores acuden muchas veces a los espectáculos en virtud de una necesidad de divertirse, o lo que es lo mismo, de «verter fuera de sí lo que les estorba».
Bajo este punto de vista, los niños raras veces necesitan del espectáculo; tan pocas, que muy bien se ha podido decir que la mayoría de los espectáculos para niños se fundamentan en una de estas dos mentiras: en las ganas que tienen los padres de divertirse ellos, o en las ganas que tienen de que los niños vayan a su espectáculo para poder ir ellos al suyo.
Hay otro ángulo visual desde el cual se justifica mejor la asistencia de los niños a los espectáculos: es que éstos son una gran ventana al mundo que para aquéllos se abre.
Pero aun bajo este aspecto no se puede abrir inconsideradamente la mano. A los niños no se les debe llevar a espectáculos si no se garantiza que no tienen reparos de orden moral y que favorecerán su instrucción, su educación estética y elevación espiritual.
En otras palabras, los espectáculos deben recrear y no divertir.
¡Qué enorme disparate llevar a un niño a un espectáculo para que salga dos horas más tarde excitado y calenturiento y con el subconsciente lleno de imágenes turbadoras y el entendimiento desquiciado por las cosas a medio comprender!
Por eso los padres deben adoptar ante los espectáculos una prudente actitud de reserva cuando sus hijos son pequeños.
Deben seleccionarlos con rigor, no admitiendo sino los que moralmente carezcan de inconvenientes y sean positivamente aptos para poner a los niños en contacto saludable con el mundo.
Y deben, además, de ordinario, acompañar a sus hijos pequeños en el espectáculo, para poder observar y orientar las reacciones de éstos.
Pero no al revés, ¡por favor! Que no vayan los niños a acompañar a los padres en los espectáculos propios de ellos; allí sólo encontrarán una de estas dos cosas: el aburrimiento o el escándalo.
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La Televisión
La televisión ha irrumpido victoriosa en los hogares. Y al hacerlo, plantea serios problemas pedagógicos, a los que los padres no pueden dejar de prestar la debida atención.
La cuestión ha sido seria y detenidamente estudiada por muchos autores. A ellos remitimos.
Un solo peligro deseamos indicar aquí: la televisión acecha al mismo clima o ambiente familiar en su conjunto.
Si no se evita este peligro, él influirá eficazmente, y con signo negativo, en la educación de los hijos.
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Los periódicos y revistas en la familia
También con atracción fascinadora penetraron en el recinto del hogar los periódicos y las revistas. Leer más…
P. CERIANI: SERMÓN PARA EL SEGUNDO DOMINGO DE EPIFANÍA
SEGUNDO DOMINGO DE EPIFANÍA
Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y llegando a faltar vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino. Jesús le dijo: ¿Qué nos va en esto a Mí y a ti, mujer? Mi hora no ha venido todavía. Dice su madre a los sirvientes: Haced todo lo que él os diga.
Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús: Llenad las tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba. Sacad ahora, les dice, y llevadlo al maestresala. Ellos lo llevaron.
Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el buen vino hasta este momento. Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus milagros. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos.
Este pasaje evangélico muestra que llaman al Señor a las bodas, no como persona distinguida, sino como uno de muchos, y sencillamente porque era conocido. Para expresar esto, el Evangelista dice: Y estaba la madre de Jesús allí. Y así como habían llamado a la Madre, llamaron también al Hijo.
Ante todo, pues, hemos de ponderar la benignidad y caridad de Cristo Nuestro Señor en aceptar este convite para tener ocasión de hacer bien a otros y sacar alguna ganancia espiritual para sus discípulos.
Dice San Agustín: ¿Qué de extraño tiene que fuera a aquella casa donde se celebraban las bodas, Aquél que vino al mundo a celebrar las suyas? Porque tiene aquí a su Esposa, a quien redimió con su sangre, a quien concedió como obsequio el Espíritu Santo, y a la que se unió desde el vientre de la Virgen; porque en realidad el Verbo es el Esposo, y la carne humana es la Esposa.
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Estando ya presente el Señor en las bodas, faltó el vino, con el objeto de que se manifestase la gloria de Dios, oculta bajo la forma humana, por medio del vino de mejor condición.
Debemos considerar la compasión y solicitud de la Virgen Nuestra Señora, pues viendo la falta del vino se compadeció del apuro de los novios y, sin que nadie se lo pidiese, se movió a procurar el remedio de esta necesidad por medio de su Hijo.
Dice San Juan Crisóstomo: Es digno de notarse cómo vino a la imaginación de la Madre haber concebido un concepto tan elevado de su Hijo, siendo así que hasta entonces ningún milagro había hecho. Se ha de recordar que San Lucas dice: María conservaba todas estas palabras, examinándolas en su corazón. Hasta entonces había hablado como uno de muchos, por lo que no presumía su Madre deberle decir tal cosa. Pero como oyó que Juan daba testimonio de Él, y como ya tenía discípulos, ruega con confianza al Señor: Y llegando a faltar vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino.
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A esta requerimiento respondió Nuestro Señor: ¿Qué nos va en esto a Mí y a ti, mujer? Mi hora no ha venido todavía.
Afinadamente enseña San Agustín: Algunos, contrariando el Evangelio, y diciendo que Jesús no nació de la Virgen María, se esfuerzan en sacar de aquí un argumento para confirmar un error, y dicen: ¿Cómo puede creerse que era su madre, aquélla a quien dijo: “Mujer, qué hay de común entre tú y yo?” Pero el mismo Evangelista San Juan poco antes había dicho: “Y estaba allí la madre de Jesús”. ¿Y por qué esto, sino porque una y otra cosa son verdad? ¿O es que Jesús vino a las bodas para enseñar a despreciar a las madres?
Por eso, sobre esta respuesta, al parecer tan desabrida y seca, hemos de buscar las causas misteriosas de ella.
La primera fue para descubrir que era más que hombre, y que también era Dios, de quien es propio hacer la obra milagrosa que se le pedía, en la cual había de seguir su procedimiento y el tiempo y hora que en cuanto Dios tenía señalada, sin mudarla ni anticiparla por respetos de carne y sangre.
Con esto nos enseña que no hemos de afligirnos ni acongojarnos demasiado con nuestras necesidades, queriendo anticipar la hora que Dios Nuestro Señor tiene determinada para su remedio; ni señalarle tiempo para ello; sino, haciendo de nuestra parte cuanto fuere posible, hemos de arrojarnos en su divina Providencia, para que Él nos remedie en su hora, que será para nosotros la mejor y más conveniente.
Dios tiene señalada la hora de los trabajos y la de los milagros… Nuestra voluntad debe estar resignada para seguir y obedecer siempre la suya, sin apartarnos ni una hora ni un momento de ella.
La segunda razón de tal respuesta fue para ejercitar a la Virgen Santísima y darle ocasión de mostrar sus excelentes virtudes, especialmente su gran paciencia, humildad y confianza; porque con respuesta tan seca, ni se turbó ni quejó, ni respondió palabra alguna, ni se tuvo por injuriada; y lo que más admira, no perdió la esperanza de ser oída.
Con su ejemplo hemos de animarnos a tener paciencia y no perder la confianza cuando Dios no oyere nuestras peticiones o dilatare el oírnos; también cuando los hombres nos dieren respuestas desabridas, acordándonos de lo que dice el profeta Isaías: En el sufrimiento, silencio y esperanza está nuestra fortaleza, porque por tales medios alcanzamos de Dios lo que pretendemos.
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Entonces la Virgen dijo a los que servían a la mesa: Haced todo lo que él os diga…
Cuanto os dijere mi Hijo, hacedlo… En estas palabras se ha de ponderar la excelencia de este soberano consejo, el fin por qué le dio, las palabras de que usó y las virtudes heroicas que en todo esto descubrió.
Lo primero, mostró heroica confianza, porque aunque su Hijo le hubiese dicho expresamente: Yo haré todo lo que me pides, no hubiese podido Ella decir otra cosa de lo que dijo.
Lo segundo, tuvo gran luz para conocer el Corazón de Cristo Nuestro Señor y sus intenciones; porque dado el caso que pudiera remediar aquella necesidad creando nuevo vino o multiplicando lo poco que había sin decir nada a los ministros que servían a la mesa, con todo eso entendió la Virgen que su Hijo les había de mandar algo; porque la condición de Dios es querer que los hombres hagamos algo de nuestra parte para el remedio de nuestras necesidades, disponiéndonos con esta obediencia y diligencia para alcanzar el remedio de ellas. Leer más…
LA EXISTENCIA DE DIOS Y LA PROVIDENCIA: DIOS, SOBERANO BIEN Y EL DESEO DE LA FELICIDAD
LA EXISTENCIA DE DIOS Y LA PROVIDENCIA
CAPÍTULO IV
DIOS, SOBERANO BIEN Y EL DESEO DE LA FELICIDAD
Hablando de Dios, Ser y Verdad supremos, vimos que la multiplicidad de seres que se asemejan en una misma perfección, la bondad por ejemplo, no basta para explicar la unidad de semejanza de los mismos; lo múltiple, como dice Platón, no explica lo uno, no basta para dar razón de lo uno.
Además, ninguno de los seres qué poseen la referida perfección en grado imperfecto basta para dar razón de la misma, siendo cada uno de ellos un compuesto de perfección y de capacidad restringida, que, como todo compuesto, requiere una causa: quae secundum se diversa sunt, non conveniunt in aliquod unum, nisi per aliquam causam adunantem ipsa (Santo Tomás, I, q. 3, a. 7 y de Potentia, q. 3, a. 5).
El compuesto participa de la perfección, posee una partecita de ella, la tiene recibida; y no la ha podido recibir sino de Aquel que se confunde con la Perfección cuyo concepto no implica defecto alguno.
Esta doctrina es singularmente fecunda en el terreno de la vida moral, pues nos recuerda que cuanto más reparamos en nuestra deficiencia, en la limitación de nuestra sabiduría y de nuestra bondad, tanto más debemos pensar en Aquel que es la Sabiduría y la Bondad por esencia.
Lo múltiple no se explica sino por lo que es uno; lo diverso, por lo idéntico; lo compuesto, por lo simple; lo imperfecto y mezclado con imperfección, por lo perfecto, por lo exento de toda deficiencia.
Esta prueba de la existencia de Dios encierra implícitamente otra, que el Doctor Angélico expone en Ia-IIæ, q. 2, a. 8, demostrando que la beatitud que el hombre naturalmente apetece no puede consistir en bien alguno limitado o restringido, sino sólo en Dios, conocido al menos por modo natural y eficazmente amado sobre todas las cosas. Demuestra que la felicidad del hombre no puede consistir en las riquezas, ni en los honores, ni en la gloria, ni en el poder, ni en bien alguno corporal, ni siquiera en los bienes del alma, como la virtud: en ningún bien limitado. La demostración de esto último se funda en la naturaleza misma de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad.
Veamos 1° el hecho de donde parte la prueba; 2°, el principio en que se funda; 3°, el término a que conduce; 4°, lo que está fuera del alcance de la prueba.
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El hecho de experiencia: La verdadera felicidad, sólida y duradera,
no consiste en los bienes perecederos
Se llega al Bien supremo, fuente de la felicidad perfecta y sin mezcla, tomando por punto de partida ora los bienes imperfectos subordinados, ora el apetito natural que dichos bienes no logran calmar.
Si se mira a los bienes finitos, limitados, que el hombre naturalmente apetece, pronto salta a la vista la imperfección de los mismos: la salud, los placeres del cuerpo, las riquezas, los honores, el poder, la gloria, la ciencia misma, son bienes a todas luces pasajeros, muy imperfectos y limitados.
Pero lo imperfecto, como arriba dijimos, el bien mezclado con imperfecciones, es un bien participado por una capacidad restringida que lo recibe, un bien que supone el bien puro, sin mezcla de defecto; así, la sabiduría acompañada de ignorancia y de error es sabiduría participada, que presupone la Sabiduría por esencia.
Tal es el aspecto metafísico del argumento, tal la dialéctica de la inteligencia por vía de causalidad a la vez ejemplar y eficiente.
Mas la prueba que tratamos resulta más viva, más convincente y sugestiva, tomando por punto de partida el apetito natural de felicidad que tan ardiente sentimos dentro de nosotros mismos. Tal es el aspecto psicológico y moral del argumento y tal la dialéctica del amor, fundada en la dialéctica de la inteligencia que procede ora por vía de causalidad eficiente (productora u ordenadora), ora por vía de causalidad final (Ia-IIae, q. 1, a. 4).
Son las dos causas extrínsecas, tan necesaria la una como la otra, y aun el fin es la primera de ellas. Aristóteles (Met. l. 12, c. 7) comprendió mejor la causalidad final de Dios, Acto puro, que la eficiente, sea productora u ordenadora.
Si en vez de considerar el fin del apetito natural se toma en cuenta la ordenación del apetito al fin, ordenación que requiere una Causa eficiente ordenadora, entonces el argumento queda incluido en la 5a vía de Santo Tornas, por el orden existente en el mundo. Vista así la cosa, la ordenación pasiva de nuestra voluntad al bien honesto, al bien moral, superior al bien deleitable y al bien útil, presupone un Ordenador supremo; la obligación moral, manifestada en el remordimiento o en la satisfacción del deber cumplido, supone un Legislador supremo.
Santo Tomás, siguiendo a Aristóteles y a San Agustín, insiste en la existencia del apetito natural de felicidad; y como la inteligencia humana, muy superior a los sentidos y a la imaginación del animal, además del bien particular deleitable o útil, conoce el bien en general —lo cual constituye el bien como tal, lo deseable, sea cual fuese—, síguese que al tender el hombre, no a la idea abstracta del bien, sino al bien real existente en las cosas, no puede hallar la verdadera felicidad en bien alguno finito y limitado, sino sólo en el Soberano Bien.
Es imposible que el hombre halle en ningún bien limitado la verdadera felicidad que naturalmente apetece; porque apenas su inteligencia repara en el límite, concibe un bien superior, al cual se inclina la voluntad por natural deseo.
Profundamente observado tenía San Agustín este hecho, cuando en el libro inmortal de sus Confesiones (1, 1) estampó la conocida frase: Nuestro corazón, Señor, está siempre inquieto, mientras no descanse en Ti.
¿Y quién de nosotros no lo ha experimentado en su vida íntima? Si enfermamos, por impulso natural apetecemos la salud como un gran bien; y una vez sanos, por grande que sea el contentamiento por la salud recuperada, echamos de ver que ella no basta para dar la felicidad ni la paz del alma; cabe disfrutar de perfecta salud, y estar al mismo tiempo sumido en la tristeza.
Lo mismo se puede decir de los placeres de los sentidos: no sirven para hacernos felices; antes bien, a poco que de ellos se abuse, producen tedio y desengaño, porque la inteligencia, que concibe el bien universal e ilimitado, luego nos dice: ese deleite que hace un momento te cautivaba, ahora que lo has gustado te parece mezquino e incapaz de llenar el profundo vacío de tu corazón, incapaz de calmar tu apetito de felicidad.
Lo mismo sucede con las riquezas y los honores, tan generalmente apetecidos; una vez logrados, ve uno con desencanto que las satisfacciones que proporcionan son por extremo efímeras y superficiales, incapaces de llenar los senos del corazón; la inteligencia nos dice: esos honores y esas riquezas son bienes finitos, humo que disipa el viento.
Lo mismo cabe decir del poder, de la gloria; porque quien asciende en la rueda de la fortuna, una vez alcanzada la cumbre, necesariamente ha de iniciar el descenso, dejando el puesto a otros; pronto figurará entre los astros apagados.
Y si bien hay afortunados que logran retener por algún tiempo el esplendor del poder y de la gloria, no aciertan a encontrar en tales bienes la verdadera felicidad; antes bien con frecuencia se ven tan llenos de inquietud y de fastidio, que ansían abandonarlo todo. Leer más…
P. LEONARDO CASTELLANI: LA DEMOCRACIA
Fue el día en que se verificó en Atenas la restauración de la democracia, después del gobierno de facto de Agiospótamos y Rodomorfos, cuando vino el carcelero con una urna vigilada por dos milicos para que votara Sócrates; pues aunque por la Ley 203.785 inciso 6 los encarcelados no pueden votar, por el decreto adicional 203.786 c. f. están obligados a votar todos los tipos prominentes de la república, como lo era el gran Sócrates, bajo pena de multa y cárcel; y él de todos modos ya estaba en cana. Así que preguntó con murria:
- Dime, oh Platón, ¿qué es la democracia?
- Es el gobierno del pueblo.
- ¿Qué quiere decir del pueblo? Esta partícula de es ambigua en nuestra lengua. ¿El pueblo gobierna? ¿O es gobernado?
- El pueblo gobierna.
- ¿Y a quién gobierna?
- Al pueblo.
- Entonces ¿el pueblo gobierna y es a la vez gobernado?
- Así parece, oh maestro.
- ¿No son contrarios gobernar y ser gobernados?
- Lo son, Sócrates, porque gobernar es mandar y ser gobernado es obedecer.
- ¿Y qué dice el axioma Nº 8?
- Dice que dos contrarios en un mismo sujeto se destruyen.
EL ATELIER DE SAN JOSÉ: PODER DE SAN JOSÉ EN EL CIELO
PODER DE SAN JOSÉ EN EL CIELO
No siempre la gloria y el poder de los justos sobre la tierra están en la medida exacta de su santidad; pero no es así con la gloria y el poder de que están revestidos en el Cielo, donde cada uno es recompensado según sus obras. Cuanto más santos a los ojos de Dios, más sublime es el grado de poder y autoridad.
Sentado este principio, ¿podemos dudar de que entre los Bienaventurados que son objeto de nuestro culto, San José es, después de María Santísima, el más poderoso de todos delante de Dios, y el que con más derecho merece nuestros homenajes y nuestra confianza?
En efecto, ¡cuántos gloriosos privilegios lo distinguen de los demás Santos, que nos inspiran hacia Él una profunda y tierna devoción!
El Hijo de Dios, que eligió a San José para Padre suyo, recibió de Él los cuidados de tal, y le tributó en cambio el más tierno amor durante su vida mortal, no lo ama menos en el Cielo.
Feliz de tener la eternidad entera para dar a su dilecto Padre todo lo que este hizo por Él en el tiempo, con tan ardiente celo, con una fidelidad tan inviolable y una humildad tan profunda, está Jesús siempre dispuesto a escuchar favorablemente todas sus oraciones y a satisfacer todos sus deseos.
Entre los privilegios y gracias de que fue colmado el antiguo José, que no es más que una imagen de nuestro glorioso Patriarca, vemos una figura del crédito todopoderoso de que goza en el Cielo el Santo Esposo de María.
Faraón, para recompensar los servicios que había recibido del joven hijo de Jacob, lo nombró intendente general de su casa y dueño de todos sus bienes, queriendo que cada cosa se hiciera de acuerdo con su criterio. Después de haberlo establecido virrey de Egipto, le confió el sello de su autoridad real, y le dio pleno poder para otorgar todas las gracias que quisiera conceder.
Ordenó que fuese llamado Salvador del mundo, a fin de que sus súbditos supieran que a él le debían la salvación; y por último, enviaba a José a todos los que venían a solicitar algún favor: Ite ad Joseph, a fin de que los obtuvieran de su autoridad y le demostraran su gratitud. Id a José, y haced cuanto él os dijere, y recibid de él todo lo que quiera daros.
¡Cuánto más maravillosos y capaces de inspirarnos una ilimitada confianza son los privilegios del casto Esposo de María y del Padre Adoptivo del Salvador!… No se trata de un rey de la tierra, como Faraón, sino que es Dios omnipotente quien ha querido colmar de sus favores a este nuevo José.
Comienza por establecerlo como dueño y cabeza venerable de la Sagrada Familia; quiere que todos le obedezcan y le estén sometidos, hasta su propio Hijo, que es igual a Él en todo. Lo nombra su virrey, queriendo que represente a su adorable Persona, hasta darle el privilegio de usar su nombre y ser llamado Padre de su Unigénito.
Pone en sus manos a este Hijo, para hacer saber que le da el poder de conceder cualquier gracia. Ved cómo hace publicar en el Evangelio por toda la tierra y en todos los siglos, que San José es el padre del Rey de los reyes. Quiere que sea llamado el salvador del mundo, porque es el que alimentó y conservó al que es salvación de los hombres.
Finalmente., nos advierte que si deseamos gracias y favores, es a San José a quien debemos dirigirnos: Ite ad Joseph, pues que Él tiene todo poder junto al Rey de reyes para obtener cuanto pide.
La Santa Iglesia reconoce este poder soberano de San José, pues que por su intercesión pide todo lo que no puede obtener por sí misma.
Algunos Santos — dice Santo Tomás— recibieron de Dios el poder de socorrernos en determinadas necesidades particulares; pero el poder de San José no tiene límites: se extiende a todas las necesidades, y cualquiera que recurra a él con fe, está seguro de ser pronto escuchado.
Santa Teresa dice que jamás pidió nada a Dios por intermedio de San José, que no lo haya obtenido; y este testimonio vale por mil, por cuanto está fundado en la comprobación diaria de sus beneficios.
Los demás Santos gozan, es verdad, de un gran poder en el Cielo; pero ellos interceden suplicando como siervos, no mandan como dueños. San José, en cambio, que vio a Jesús y a María sujetos a su autoridad, tiene ante ambos un poder ilimitado, y todo lo obtiene del Rey su Hijo y de la Reina su Esposa; y como lo afirma Gersón: José, más que pedir, manda.
Jesús — dice San Bernardino de Siena— quiere continuar en el cielo dando a San José pruebas de su respeto filial, satisfaciendo todos sus deseos.
En efecto, ¿qué podría negar Nuestro Señor Jesucristo a San José, si nada le negó durante su vida mortal?
Moisés, que tan sólo fue cabeza y conductor del pueblo de Israel, tuvo ante Dios tal poder, que cuando rogó en favor de ese pueblo rebelde e incorregible, su oración pareció más bien un mandato, que ató, por así decirlo, las manos de Dios impidiéndole castigar a los culpables.
¡Cuánta mayor virtud y poder tendrá la oración que San José hace por nosotros al Soberano Juez, siendo que fue su padre adoptivo!
Pues que si es cierto — como dice San Bernardo— que Jesús, nuestro abogado ante su Padre, le presenta sus Sagradas Llagas y la Sangre adorable que derramó por nuestra salvación; si María, por su parte, hace valer el haber criado y alimentado al Hijo único del Eterno, ¿no podemos añadir que José muestra al Hijo y a la Madre las manos que tanto trabajaron, y los sudores que bañaron su frente para ganarles el sustento?
Y si Dios Padre no puede negar nada a su Hijo cuando le pide en nombre de sus Llagas, ni el Hijo negar a su Madre Santísima cuando le conjura por su Maternidad, ¿no creeremos que ni el Hijo ni la Madre, convertida en dispensadora de todas las gracias que Jesús nos ha merecido, no pueden negar nada al glorioso San José, cuando este les ruega invocando todo lo que Él hizo en los treinta años de su vida?
Imaginemos que nuestro Santo Protector dirige por nosotros a Jesucristo, su Hijo adoptivo, esta conmovedora plegaria: ¡Oh, Hijo mío, dignaos derramar vuestras más abundantes gracias sobre mis más fieles siervos! Os lo pido por el dulce nombre de padre con que tantas veces me habéis honrado; por estos brazos que os recibieron y acariciaron en vuestro nacimiento, y que os llevaron a Egipto para salvaros del furor de Herodes. Os lo pido por las lágrimas que enjugué de vuestros ojos, por aquella Sangre preciosa que recogí en vuestra circuncisión, por los trabajos y fatigas que soporté con tanta alegría para nutriros en vuestra infancia y fortaleceros en vuestra juventud…
¿Podrá Jesús, tan lleno de caridad, resistir a esta oración?… Y si está escrito que Dios hace la voluntad de los que le temen, ¿cómo puede negarse a hacer la de aquel que le sirvió y alimentó con tanta fidelidad, con tanto amor?
Pero lo que debe redoblar nuestra confianza en San José, es su inefable caridad hacia nosotros. Jesús, haciéndose su Hijo, puso en su corazón un amor más tierno que el del mejor de los padres.
¿Y no somos nosotros sus hijos, así como Jesús es nuestro Hermano, y María, su Santa Esposa, nuestra Madre plena de misericordia?…
Volvámonos, pues a San José con una viva y plena confianza, que su oración, unida a la de María y presentada a Dios en nombre de la infancia adorable de Jesucristo, no sólo no puede ser rechazada, sino que debe obtenernos todo cuanto pide. Leer más…
EL TESTIMONIO DE NUESTRA ESPERANZA P. ANTONIO VAN RIXTEL CAPÍTULO VIII
UNA MEDIDA DE DISCIPLINA DOCTRINARIA QUE ORIENTA LA DISCUSIÓN.
Artículo 1: recapitulación de la doctrina milenarista
Surge la pregunta: ¿Dónde estarán los santos resucitados y los vivientes transformados, luego de ser arrebatados al encuentro de Cristo en los aires? Los milenaristas, tanto los antiguos como los modernos, contestan que vendrán con Cristo, cuando venga El para destruir al Anticristo y para restaurar a Israel. Hecho esto, recibirán el Reino y se sentarán sobre tronos y reinarán con Cristo.
La Sede y el Centro de este Reino será la Jerusalén reedificada. Será, pues, un Reino en la tierra. Durará mil años, es decir, largo tiempo. Será la realización de todas las promesas de Dios hechas a Abrahán y su descendencia; y abarcará al mundo entero y a todas las naciones en él existentes. Este Reino tendrá su apoteosis en los últimos acontecimientos que han de iniciarse con el desencadenamiento de Satanás, que será por poco tiempo, y la rebelión de Gog y Magog; y terminará con la destrucción de aquellas gentes, seguida por la resurrección de los demás muertos y por el juicio delante del gran Trono Blanco. Luego se perpetuará este Reino para siempre jamás en la nueva creación, a la que bajará la Jerusalén celestial. Y Dios morará en medio de sus justos
Los milenaristas afirman, pues, que Cristo ha de venir a reinar, con sus santos resucitados, en esta tierra. La Sede y el Centro de este Reino será la Jerusalén restaurada.
Artículo 2º: Medida disciplinaria al respecto
Refiriéndose a esta enseñanza el Santo Oficio, interrogado por el Arzobispo de Santiago de Chile, ha dictado una medida de disciplina doctrinaria bien concreta. La carta, en la que se comunicaba esta medida, es como sigue:
Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio. Protoc. Nº 126-41
Del Palacio del Santo Oficio, 11 de julio de 1941.
Excmo. Y Revmo. Señor:
En su debido tiempo llegó al Santo Oficio la carta N2 126-40, fechada 22 de abril de 1940, en la cual S.Excia. Rma. Informaba que en esa Arquidiócesis habla quienes defendían el sistema de los milenaristas espirituales y que aumentaban más y más los admiradores de tal doctrina; así como también de la obra del P. Lacunza:”Venida de Mesías en Gloria y Majestad”. Al mismo tiempo, solícitamente S.E. pedía, que se le dieran normas oportunas de parte de la Santa Sede.
Llevado el asunto a la sesión plenaria del miércoles 9 de este mes, los Exmos. Y Revmos. Cardenales de esta Suprema Sagrada Congregación mandaron responder:
“El sistema del milenarismo, aun el mitigado, es decir, el que enseña que, según la revelación católica, Cristo Nuestro Señor antes del juicio final, ha de venir corporalmente a esta tierra a reinar, ya sea con resurrección anterior de muchos justos o sin ella, no se puede enseñar sin peligro”.
Por tanto, apoyado en esta respuesta y teniendo presente, como S.E. mismo lo di, la prohibición del libro del P. Lacunza, hecha ya por el Santo Oficio, tratará de velar cuidadosamente para que dicha doctrina, bajo ningún pretexto, sea enseñada, propagada, defendida o recomendada de viva voz o por cualquier clase de escritos.
Para realizarlo S.E. podrá emplear los medios oportunos no sólo con amonestaciones, sino también empleando la autoridad; dadas, si fuera el caso, las instrucciones que sean necesarias a los que enseñan en el Seminario o en otros institutos. Y si algo más grave ocurriere, no deje de comunicarlo al Santo Oficio.
Aprovechando la ocasión, le aseguro los sentimientos de mi grande estimación, quedando de su Excia. Revma. adictísimo
F.Card. Marchetti Selvaggiani
Secretario.
ESTUDIOS DOCTRINALES: LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS: EL HOGAR PUERTAS ADENTRO
EL HOGAR PUERTAS ADENTRO
El hogar cristiano es el ambiente ideal para la educación de los hijos.
Se ha dicho que el alma de un hombre al nacer es como una tabla lisa en la que nada se ha escrito todavía. Eso es cierto; pero no lo es menos que se puede comparar también el alma del niño a una esponja seca, sin empapar, pero ávida de llenarse del líquido en el que sea sumergida.
Y si el alma infantil es una esponja, el ambiente familiar en que el niño nace y se desarrolla es el mar en, que esa esponja es arrojada. Quiérase o no se quiera, ese ambiente influirá de tal manera en el niño que será su primer y principal factor de educación…o de deseducación.
Un ambiente familiar en que reine el orden, el respeto, el amor, la obediencia, la fe cristiana será, aunque no haya ninguna lección teórica y ninguna exhortación de palabra, una escuela de orden, de respeto, de amor, de obediencia, de fe cristiana y de todas las virtudes.
Por el contrario, una familia en que reine el desorden, la inmoralidad, la indisciplina, la indiferencia religiosa y en que brille por su ausencia la caridad, será fatal e irremisiblemente una escuela en la que el niño aprenderá todos esos defectos, por más que haya una legión de profesores y preceptores que se esfuercen en enseñarle lo contrario.
Esta es la ley general, esta es la regla ordinaria; lo contrario no serán más que raras y contadas excepciones, efectos de esas dos realidades misteriosas: la gracia de Dios y la libertad del hombre. Como normal y ordinariamente una esponja sumergida en un líquido, sea cual fuere, perfumado o maloliente, transparente o turbio, aséptico o miasmático, queda impregnada y llena de ese mismo líquido, así también un niño recibe necesariamente la profunda huella del ambiente familiar en que discurre su vida, sobre todo en los primeros años.
De donde se deduce la ley fundamental de la educación familiar: crear en el hogar un ambiente en el que se contengan y se respiren las cualidades y virtudes que se quieren ver impresas en el alma del niño.
Con esto está hecho casi todo; sin esto no conseguiremos casi nada. Las lecciones y consejos que se dan de palabra quedarán casi totalmente anuladas si contra ellas están las lecciones que se dan con la vida.
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Testimonios decisivos
En demostración de esta verdad es fácil aducir testimonios, tan abundantes como perentorios.
Pío XI en su gran Encíclica sobre la educación afirma tajantemente:
El primer ambiente natural y necesario de la educación es la familia, destinada precisamente para esto por el Creador. De modo que regularmente la educación más eficaz y duradera es la que se recibe en la familia cristiana bien ordenada y disciplinada, tanto más eficaz cuanto resplandezca en ella más claro y constante el buen ejemplo de los padres, sobre todo, y de los demás miembros de la familia
(Encíclica Divini illius Magistri).
El 69° Congreso de las Obras para los Adolescentes de Francia, celebrado en Angers del 8 al 12 de abril de 1958, entre sus conclusiones estableció la siguiente:
La familia, a pesar de las deficiencias de hecho, es el medio providencial por excelencia para la educación. El adolescente sentirá menor tendencia a liberarse de ella, en la medida en que se sienta mejor comprendido y pueda colaborar en su propia educación.
Por eso, siendo de tanta importancia formativa el ambiente familiar, se lamentaba Pío XI de la tendencia moderna de alejar cada vez más de la familia a los niños desde sus más tiernos años, con varios pretextos, ora económicos, ora políticos, y, sobre todo, de que en ciertos países se arrancara a los niños del seno de la familia para deformarlos (Encíclica Divini illius Magistri).
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Elementos constitutivos del ambiente familiar
El ambiente familiar es algo sumamente complejo que resulta de la acción conjunta de todos los elementos que intervienen en la vida familiar. Leer más…
LA APOSTASÍA CLAMA VENGANZA AL CIELO
El cardenal SIJ?

RECORDATORIO: HOMILÍA DEL P. BASILIO MÉRAMO HACE 4 AÑOS – HECHO QUE MARCÓ SU RETIRO DE LA FSSPX
Nuevamente gracias al P. Basilio y a la comunidad que preside en Bogotá.
Es un hecho importante recordar este Sermón. Más hoy en estas “horas de tinieblas” que caen imparables sobre la sociedad, la Iglesia y la Fraternidad.
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